Clemenceau, Georges (1841-1929)

            El que sería eminente hombre político de Francia, dos veces presidente del Consejo, de 1906 a 1909 y de 1917 a 1920, nacía en Mouilleron-en-Pareds (Vandea), el 28 de septiembre de 1841, bajo el reinado de Luis-Felipe, en el seno de una vieja familia de burguesía provinciana, y era hijo de Benjamin Clemenceau, un médico de ideología laica, republicano activo y dotado de ciertas habilidades como pintor y dibujante, ideas y aficiones que transmitirá a Georges. De mediana burguesía, materialista en filosofía y republicano en politica, tal fue el ambiente en el que creció y se educó Georges Clemenceau.

Alumno de secundaria en el lycée de Nantes y bachiller en 1858, seguirá sus estudios de medicina en Paris bajo el Segundo Imperio, hasta 1865. A los veinte años ya había fundado una hoja de oposición y sufrió prisión durante más de dos meses por incitación al desorden, pretendiendo conmemorar el alzamiento republicano de febrero de 1848; y en la cárcel conoce al eterno insumiso Auguste Blanqui.

Él formó parte de aquella joven generación de oponentes republicanos al régimen imperial, muy influenciada por el cientificismo y el positivismo, frecuentando a diversas personalidades republicanas.

Clemenceau, Georges

Aquello fue antes de decidir viajar a los Estados Unidos al término de sus estudios, “para ver cómo funciona la democracia”, -más huyendo, de hecho, del hostigamiento del régimen al que él combatía, que de no sé que penas de amor que algunos le atribuyen por entonces-. El país americano acababa de salir de la guerra de Secesión, y allí permanecerá cuatro años, a pesar de las conminaciones de su padre, ganándose la vida como profesor de francés y de equitación en un colegio de muchachas de buena posición en Stamford (Connecticut), y como corresponsal del diario Le Temps (uno de los más prestigiosos en los últimos años del Segundo Imperio).

            De allá regresa en 1869, casado con una Mary Elizabeth Plummer, de veinte años entonces, alumna suya que había sido, antes de enamorarse de ella y pedirla en matrimonio, y con la que tendrá tres hijos: Madeleine (1870-1949), Thérèse (1872-1939) y Michel (1873-1964),

            De temperamento hiperactivo y gran viajero, Georges Clemenceau va a llevar en adelante una vida frenética como periodista, polemista, político y buen aficionado a las mujeres.

            De vuelta a Francia, es nombrado por el Gouvernement de la Défense Nationale alcalde provisional del distrito XVIII de la Capital (Montmartre) -después de la capitulación de Sedan el 1 de septiembre de 1870, el hundimiento del régimen y la proclamación de la República el 4-.

Clemenceau y el general inglés Douglas Haig (1918)

Diputado en las elecciones del 8 de febrero de 1871 y hostil al armisticio  que el gobierno provisional acababa de firmar a finales de enero y que reconocía la derrota del país frente a Prusia, intenta interponerse, en tanto que alcalde de distrito y diputado, entre los insurgentes de la Comuna y la Asamblea. Incluso si condena sin ambajes la rebelión parisiense, no por ello admite la politica de Adolphe Thiers (ya por entonces Chef du pouvoir exécutif de la République française), al que desprecia. Y el fracaso de su intento le lleva a renunciar a sus funciones políticas cuando estalla la llamada “semana sangrienta” del 21 al 28 de mayo de este 1871, para consagrarse, durante varios años, a su actividad como médico, en el corazón del barrio de Montmartre.

            Mary Plummer de Clemenceau no acababa de entender a su marido, originaria ella de una familia de buena posición, ni le gustaba la vida de los salones que hubiera podido ocupar el vacío sentimental en que Georges la instaló enseguida, para no tardar en enviarla a Vandea con su familia. Ella acabó en los brazos del preceptor de sus hijos, y su marido, que acumulaba sus propias aventuras, lo tomó muy a mal, hasta conseguir mandarla a prisión un par de semanas, y devolverla luego a su país en 1876. El matrimonio acabará divorciando en 1891, y ella volvió a Francia, donde estaban sus hijos, y donde llevará una vida bastante infeliz, hasta su muerte en París en 1922.

            Mientras se iban instalando laboriosamente las instituciones del Estado, a través de las leyes constitucionales de 1875, quizá hacia la República, Clemenceau es reelegido diputado de París, con ocasión de las elecciones generales, en este año de 1876 (lo que no le impide proseguir, por un tiempo, su actividad como médico). Rompe con el presidente Mac Mahon y participa en el combate republicano de los años siguientes; su papel, gracias a su talento como orador, se va afirmando a partir de 1879, tras la definitiva victoria de la República.

Clemenceau actúa como estimulante de la mayoría republicana a la que llaman radicale, derrochando energía, p. ej., para conseguir que se vote la ley de amnistía de los “communards” -la cual será finalmente, adoptada en junio de 1880-, y a través de sus diversas propuestas encaminadas a la instauración íntegral de la democracia política: la supresión del Senado (asamblea no elegida por sufragio universal), la instauración de la enseñanza primaria obligatoria y la proteccion social, la elección de los magistrados y, sobre todo, la separación de la Iglesia y del Estado.

Y es que Clemenceau, anticlerical sin concesiones, consideraba a la Iglesia Católica fuerza de opresión y oscurantismo. Temible polemista -el “eterno oponente”, como le ha calificado el historiador J.B. Duroselle-, se convierte pronto en una de la personalidades más relevantes de la Cámara de Diputados. Imponiéndose como jefe de una oposición de izquierda a los diversos ministerios republicanos, toma parte activa en la caída de los gobiernos “oportunistas”, Ferry en 1881 y de Gambetta y Freycinet en 1882.

Y el 30 de julio de 1885, Clemenceau pronunciaba un importante discurso contra la política colonial de Jules Ferry, comprometida entonces en los acontecimientos del Tonkin, en el que propugnaba la necesidad de no dispersar las fuerzas del país, ante los peligros que amenazaban a Francia en Europa, y rechazando la idea de una raza superior que tendría derechos particulares respecto a grupos “inferiores”.

Con motivo de las elecciones de 1885, Clemenceau es reelegido diputado por el Var (departamento entonces en el que imperaba el pequeño campesinado “rojo”). Pero la configuración de la nueva cámara, donde no aparecía una clara mayoría, y la rivalidad que le oponía a Jules Ferry le cortan el camino a la presidencia del Consejo.

Bien predispuesto, primeramente, hacia el general Boulanger, que le parecía republicano de fiar, favorece su nombramiento en 1886 para el ministerio de la Guerra (siendo presidente de la República Jules Grévy), pero combate luego la empresa “mesiánica” y “plebiscitaria” en la que quiso embarcarse este militar, al que ya llamaba la opinión “le général revanche”. Y Clemenceau participa en la defensa republicana, así como en la creación, en mayo de 1888, de la Sociedad de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

            A principios de los años 90’, la coyuntura política general se le hace mucho menos favorable, desbordado por su izquierda por el empuje socialista. Y, sin embargo, Clemenceau manifiesta un creciente interés por la cuestión social, él que anunciaba en la tribuna de la Cámara, el 8 de mayo de 1891, el ascenso del “cuarto estado”, el proletariado.

            Y, en el momento en que se planteaba la adhesión de los católicos a la República (siguiendo las nuevas orientaciones conciliadoras Leon XIII), Clemenceau recordaba en la tribuna, en enero de 1891, que “la Révolution est un bloc”, del que un verdadero republicano no podría disociar los diversos aspectos de la herencia.

Pero la progresiva formación de una mayoría “moderada”, con el acercamiento de los católicos y una parte de los conservadores al régimen, contribuía a aislar a la izquierda republicana a la que Clemenceau pertenecía. Por el momento, su desgracia politica vino ligada a un acontecimiento preciso: la denuncia del escándalo de Panamá, en noviembre de 1892, y su cuestionamiento público por el nacionalista y fundador de la Liga patriótica, Paul Déroulède: a través del timador Cornelius Herz, el diputado del Var habría recibido los fondos necesarios a la financiación de su periódico La Justice, y aquel caso vino a comprometerle. A pesar de su defensa ante la opinión pública, pronunciada el 9 de agosto de 1893 en la localidad de Salernes (Var), Clemenceau fue derrotado, llegadas las elecciones generales de 1893, y hubo de vender la mayor parte de su colección de arte asiático (sus queridos cofres de incienso, kogos), para hacer frente a sus deudas.

En adelante y ya con cincuenta y dos años, habiendo dejado su confortable y amplio domicilio parisiense para instalarse en otro más modesto, en el 8 de la rue Benjamin Franklin, Clemenceau parecía querer consagrarse a la actividad literaria y periodística. Pero el conocido como “caso Dreyfus” volvió a traerle al proscenio de la vida pública. Escéptico al principio, Clemenceau quedaba convencido, en noviembre de 1897, por el escritor Bernard Lazare, de la inocencia del encausado Alfred Dreyfus, y por el hermano de éste Mathieu Dreyfus; y defenderá la causa del capitán en el recientemente creado periódico l’Aurore, del que era uno de los redactores, publicando, a partir de entonces, sobre el tema, centenares de artículos entre 1897 y 1899, y acogiendo allí el célebre J’Accuse! de Zola. Porque, aun rechazando por principio la intolerancia hacia los judíos, su compromiso tenía menos que ver con la denuncia del antisemitismo que con la defensa de los derechos individuales, frente a una justicia insuficientente independiente de los poderes fácticos.

Poco después, precisamente, Clemenceau abandonaba l’Aurore, para dedicarse a su propio semanario Le Bloc, que va a alimentar él solo durante un año, hasta marzo de 1902.

            Y aquel que había criticado acerbamente la alta asamblea se dejaba nombrar ahora senador del Var en abril de 1902, lo que le reintegraba al juego parlamentario. La formación de una nueva mayoria apoyada en la izquierda, el descollar del nuevo Parti Républicain Radical (del que nunca fue afiliado), las amistades nacidas de su compromiso dreyfusard, hacian a  Clemenceau aparecer de nuevo como un personaje clave de la vida política francesa.

Vino a oponerse a los excesos de anticlericalismo que ilustraba el ministro Émile Combes, que le parecian cuestionar los derechos individuales, y condena también severamente las prácticas del general André, cuando estalla, también en este momento, el que se conoció como “escándalo de las fichas” (1901-1905): discriminación por delitos de opinión y tentativa de dictadura republicana de la izquierda.

            Y tiene ya 65 años cumplidos cuando accede a las esferas gubernamentales, por primera vez; primero, como ministro del Interior del gabinete radical moderado de Ferdinand Sarrien, en marzo de 1906 (siendo presidente de la República Armand Sallières), y luego como presidente del Consejo, de octubre 1906 a julio de 1909 (serán esta vez treinta y seis meses, y uno de los más largos ministerios de la III República). El país se hallaba entonces violentamente enfrentado en torno a la grave cuestión religiosa y a la reciente ley de Séparation des Églises et de l’État (de diciembre de 1905), y Clemenceau, partidario convencido de la separación, prefería, no obstante -contrariamente a lo que el virulento Émile Combes acababa de ilustrar-,  un compromiso en nombre, precisamente, de la libertad: “Rechazo la omnipotencia del Estado laico –había dicho recientemente en el Senado, el 17 de noviembre de 1903-, porque en ella veo una tiranía (…). Si debiera haber conflicto entre la República y la libertad, sería la República la que se equivocaría, y le daría razón a la libertad”.

Y también ha de hacer frente a una agitación social multiforme y con frecuencia violenta: mundo obrero condicionado por el anarcosindicalismo, viticultores del Languedoc, funcionarios reclamando el derecho a sindicarse. “El Tigre” –apodo para referirse a él, que data de estos años-, no se sentía cerrado a las cuestiones sociales, como lo demuestra la creación del Ministerio de trabajo y de la Previsisón social en 1906, bajo su gobierno, en la persona del socialista René Viviani, y estimaba justificadas aquellas reivindicaciones de los trabajadores tendentes a defender su dignidad y su independencia frente a los patrones, pero no admitía que la autoridad del Estado fuese puesta en solfa y cuestionada, considerando las teorías socialistas, por lo demás, como peligrosas quimeras, según daban testimonio de ello los duelos oratorios que le oponian a Jaurès durante este periodo. Y así, temeroso de verse desbordado por el activismo anarquista y revolucionario, sus esfuerzos fueron orientados al mantenimiento del orden (p. ej., con motivo de las huelgas de Draveil-Vigneux y Villeneuve-Saint-Georges, en un contexto de gran agitación social, en 1908), mucho más que a la adopción de medidas sociales, por cuya consecución no forcejeó precisamente, porque las dos grandes reformas proyectadas: la del impuesto sobre la renta –que presenta su ministro de Finanzas Joseph Caillaux-, y el proyecto de ley sobre las jubilaciones conocen bajo su ministerio obstrucción parlamentaria en el Senado.

            En julio de 1909 Clemenceau cesa como presidente del Consejo y pasa a la oposición. Y, en estos años en que va creciendo la tensión internacional, decide hacer un viaje a iberoamérica, Argentina y Brasil, en 1910.

            La entrada en guerra contra Alemania va a despertar el ardor del polemista: las debilidades, errores e insuficiencias de los dirigentes y del Estado Mayor son denunciadas sin piedad en el periódico que ha lanzado en mayo de 1913, “l’Homme libre”, y que, prohibido por el ministerio del Interior en septiembre de 1914, vuelve a aparecer al mes siguiente bajo el título de “l’Homme enchaîné”. Su acceso a la presidencia de las comisiones senatoriales del Ejército y de Asuntos Exteriores, la reunión de “comités secretos” (sesiones a puerta cerrada) del Senado, representan para él ocasiones de ejercer un severo control de los sucesivos gobiernos; y en ese marco, Clemenceau se informa, se presenta en el frente en diversas ocasiones, se preocupa por la condición del soldado, ejerce presiones y lanza en 1917 el combate contra le défaitisme (el derrotismo) y en pro del “jusqu’au-boutisme”(hasta la victoria y el aplastamiento del adversario, cueste lo que cueste).

En noviembre de 1917, en el momento en que una profunda crisis hacía mella en el frente y en la retaguardia, el presidente Poincaré, llamó para formar gobierno a Clemenceau, aquel que le había combatido con ocasión de su elección en 1913. Y “el Tigre”, como le llamaban, constituye un gobierno formado por hombres elegidos a titulo personal, sin consideración de dosificaciones de partidos. Únicamente encuentra la oposición de los socialistas y de algunos radicales. Él fue el primero que dijo aquello de que “la guerre est une chose trop sérieuse pour la confier à des militaires”. Dirige entonces y gestiona los diversos temas con indecible energía, rodeado de un pequeño número de consejeros, como el general Mordacq y Georges Mandel, y apelando con frecuencia a la confianza de las cámaras. Fue con el apoyo de la opinión pública y en estrecha cooperación con los jefes militares, como el Tigre, movido siempre por la preocupación de mantener el contacto con los combatientes, conseguirá llevar al país a la victoria final. Y, conseguida ésta, le quedará negociar las condiciones de la paz.

            Porque Clemenceau, que había venido siendo partidario de una paz sin concesiones, no compartía la opinión del presidente americano Wilson, respecto a la organización futura de Europa. Tenía muy presentes los imperativos que la seguridad de Francia planteaba, pero también hubo de aceptar no pocos de los puntos de vista de sus aliados anglosajones.

Concluídas las hostilidades, Clemenceau, fue recibido miembro de la Academia francesa, en noviembre de 1918 (aunque nunca ocupará su sillón), y permanece en la jefatura del gobierno hasta enero de 1920, mientras se negociaba el tratado de Versalles. Aquel tratado de paz entre Alemania y los Aliados, firmado, finalmente, el 28 de junio de 1919, resultará un compromiso entre las diferentes exigencias, y a Clemenceau, precisamente, se le deben aspectos muy discutibles e intansigentes, preñados de graves consecuencias para el inmediato futuro.

Unos meses antes de aquella firma, en febrero de 1919, Clemenceau había sido objeto de un atentado que, por fortuna, erró en lo que aquel anarquista Émile Cottin se proponía; pero la bala alojada en un pulmón de su víctima permanecerá allí hasta su muerte.

            Inmensamente popular en el país, pensaba concluir su carrera con el acceso a la suprema magistratura, al tiempo que, desde ese puesto, podría controlar mejor la aplicación del Tratado, frente al esperado laxismo de los angosajones. Pero, si la nueva mayoría de la Cámara, “bleu horizon”, admiraba al hombre que había conducido la guerra, también desconfiaba del anticlerical. Y numerosos parlamentarios de los diversos partidos habían sido objeto de sus sarcasmos o de sus ataques, y se acordaban de ello; por lo que, a fin de bloquearle el camino a la presidencia de la República, no le resultó difícil a Aristide Briand –uno de sus viejos rivales-, hacer campaña en favor de otro candidato, Paul Deschanel, que resultó elegido en enero de 1920.

            Decepcionado y amargado, le Père la Victoire, partia para Saint-Vincent-sur-Jard, la que, en adelante, será su casa de campo en Bélébat (Vandea), al borde del mar, alejándose asi, definitivamente, de la vida política. Y decide viajar a partir del otoño de 1920: fueron Egipto, la India, Indonesia, Ceilán (indias británicas y holandesas); y en la primavera de 1921 se hallaba ya en Inglaterra, donde visita a Churchill y a Kipling.

Serán luego los Estados Unidos, en el otoño de 1922, respondiendo a una invitación, y fue aclamado por la muchedumbre.

            Siempre imprevisible, su autoritarismo disgustaba a la izquierda, la derecha desconfiaba de su anticlericalismo, y casi todos hubieron de soportar su temperamento cáustico y desagradable. Tratado por unos u otros de cómplice de los communards, de “tombeur” (derribador) de ministerios, de “briseur de grèves” (esquirol), o de dictador; pero también conocido laudativamente como “le Père de la Victoire”, Clemenceau, el gran artífice del triunfo sobre Alemania, dejaba una imagen llena de contrastes: de una energía fuera de lo común, amante de las rosas y de las mujeres inteligentes (se conoce su postrera relación – entre el amor y la confidencia intelectual-, desde 1923, con Marguerite Baldensperger (1882-1936), 40 años más joven, esposa de un profesor de literatura comparada de la Sorbona, aquella que tenía la delicadeza de decir “Il n’y a pas de vieux messieurs, il n’y a que de femmes maladroites” (No hay señores mayores, sólo mujeres torpes), hombre de acción, aficionado al arte y a la buena pintura, defensor de los impresionistas y amigo personal de Rodin, de Bourdelle y de Claude Monet, apasionado por el budismo y la cultura nipona…

            Pero toda su vida polìtica, plena y ardiente, dio testimonio de su preocupación por conciliar dos aspiraciones que se complementaban: la afirmación de la autoridad del Estado republicano, garante de las libertades, y la primacía del individuo, última finalidad, para él, de la organización colectiva.

Y, entre muchos otros escritos, dejará “Grandeurs et misères d’une victoire” (cuya reedición -en Perrin, 2010-, lleva prefacio de J.-N. Jeannenais), una biografía de Demóstenes, y sus reflexiones en una última profesión de fe positivista: “Au soir de la pensée” (1927).

Moría en la madrugada del 24 de noviembre de 1929, en su domicilio del 8, rue Benjamin Flanklin de París, a los 88 años de edad. “Para mis funerales sólo quiero –parece que había dejado dicho- lo estrictamente necesario, es decir yo”. Sus restos reposan hoy en el parque de la casa familiar de Mouchamps (Vandea), donde ya estaba su padre.

Y su casa de Saint-Vincent-sur-Jard será donada en 1932 al Estado francés por su hijo Michel Clemenceau.

Entre la variada iconografía que de él existe pueden mencionarse, particularmente, un busto ejecutado por Rodin (Musée de l’Orangerie, París), y un retrato de Manet (Kimbell Art Museum, Fort Worth, Tejas, EE.UU).

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

CLEMENCEAU, Georges: Correspondance; Edición científica y anotaciones de Sylvie BRODZIAK y Jean-Noël JEANNENAIS;  París, Robert. Laffont, 2008.

BECKER, Jean-Jacques: Clemenceau en 30 questions; Gestes Éditions, 2001. También: Clemenceau l’intraitable; París, L. Lévy, 1998.

CLEMENCEAU, Georges: CORRESPONDANCE con su amigo Monet (nueva edición). Réunion des Musées Nationaux, 2008.

CLEMENCEAU, Madeleine: Georges Clemenceau (narración de Madeleine Clemenceau, comentada por Juliette Goublet; Éditions du Centre, 1966).

DUROSELLE, Jean-Baptiste:  Clemenceau; France-Loisrs, 1989, Fayard, 2007 y “Le Nouvel Observateur, 2012.” (una de las más completas biografías)

JEANNENAIS, Jean-Noël: Clemenceau, portrait d’un homme libre; Mengès, colección “Destin”, 2005.

LAVALLE, Denis y SAMUEL, Aurélie: Clemenceau, au soir de sa vie; la maison de Saint-Vincent-sur-Jard; Éditions du Patrimoine, 2006. 

MINART, Gérard: Clemenceau journaliste. 1841-1929, les combats d’un républicain pour la liberté et la justice; l’Harmattan, 2005.

MIQUEL, Pierre: Je fais la guerre – Clemenceau, le Père-la-Victoire; París, Tallandier, 2004.

SAULIÈRE, Pierre: Clemenceau; Encre, 1979.

WINOCK, Michel: Clemenceau; Perrin, 2007 y 2011.

En español:

MARTET, Jean: Confesiones de Clemenceau; 1930.

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