Flaubert, Gustave (1821-1880)

          Nacido en Rouen/Ruán el 12 de diciembre de 1821, Gustave Flaubert era nieto, hijo y hermano de médicos; su padre –cuya figura parece presente en el personaje del doctor Larivière en “Madame Bovary”- era cirujano jefe del Hôtel-Dieu de Rouen, hoy museo Flaubert.
Su vida y obra aparecen nítidamente diferenciadas en dos períodos por una gran crisis que vino a durar aproximadamente de 1842 a 1845. Y él mismo subrayará la importancia de esos años.

          El joven Gustave lleva adelante sus estudios, sin excesivo ardor, en su ciudad natal (primero en el Collège Royal y luego en el lycée), compaginándolos con sus lecturas románticas. Atraído inicialmente por los temas de historia bajo la influencia de Dumas y de V. Hugo, poco a poco vuelve hacia una literatura más comprometida y, siguiendo a Balzac, empieza a cuestionar la sociedad de su tiempo. Finalmente, reflejando en esto la propia evolución del movimiento romántico francés, desde Rousseau a Musset, parece esforzarse por revelar al mundo los más íntimos secretos de su alma, en obras autobiográficas, sobre todo su gran amor por Elisa (1810-1888, mujer casada y separada de un Judée, y que acabará convirtiéndose en esposa en segundas nupcias de Maurice Schlésinger, editor de música), a la que ha conocido en Trouville durante el verano de 1836; ella le inspirará “Mémoires d’un fou” (1838, su primera novela de juventud) y las dos versiones de la “Éducation Sentimentale” (1843/45 y 1869). La gran pasión de Gustave por Elisa parece haber durado seis años (1836-1842), sentimiento silencioso al principio y, luego, declarado y correspondido, para desvanecerse, finalmente, y dejar lugar a emocionantes recuerdos: “Cada uno de nosotros tiene en el corazón una cámara real; yo he puesto un muro, pero no la he destruido” (carta a Amélie Bosquet, de diciembre de 1859). Y, con ocasión de un viaje a los Pirineos, al sur de Francia y a Córcega, que el doctor Flaubert le ofreció a su hijo por haber aprobado el examen final de bachillerato (últimas semanas del verano de 1840), una breve y tórrida relación con Eulalie Foucaud de Langladecriolla de treinta y cinco años, “magnifique”-, le había revelado al joven el goce de la voluptuosidad: ([ella tenía] une de ses gorges splendides où l’on voudrait mourir étouffé dans l’amour), y aquella “aventura marsellesa” dejará huella indeleble en el psiquismo de Flaubert. Sus heroínas le deberán muchos de sus rasgos más a Eulalie que a Elisa, “ma toujours aimee” (carta a Elisa Schlésinger, de mayo de 1872).

Flaubert, Gustave

          Las obras de juventud de Flaubert, las cartas a su hermana Caroline,  a sus amigos –Ernest Chevalier, y Alfred Le Poittevin, al que perderá en abril de 1848-, revelan el alma romántica y exaltada del colegial de Ruán: Los cuentos y dramas del ciclo histórico (“Une peste à Florence”, “Louis XI”) siguen el gusto de la época por aquellos tiempos atractivos y pintorescos (Edad Media, siglo XVI), llenos de sombríos crímenes y de figuras satánicas o misteriosas.

Luego, el ciclo fantástico y filosófico, que parece colocarse bajo el patrocinio de Balzac, parece ya más original: porque el joven Flaubert trata sin contemplaciones a las instituciones de su tiempo; su obra expresa el enfrentamiento con la sociedad burguesa que simboliza el personaje ficticio del Garçon: burgués bromista y siniestro, que critica ferozmente a los burgueses. Y esa rebelión, unida a un sentido agudo de la comicidad, inspira obras como Smarh, vieux mystère (1839).

          El ciclo autobiográfico de Flaubert se inicia con “Agonies-Angoisses” (1838), “inmenso resumen de una horrible y negra vida moral”; y “Mémoires d’un fou” (obra de 1838, pero publicada póstumamente en 1901), intento literario, algo deslavazado y exaltado, dedicado a su amigo Le Poittevin; en ella Flaubert expone sus desgracias, sus sueños de adolescente y su reciente amor por Elisa Schlésinger. Los “Souvenirs, notes et pensées intimes” (1840-1841) relatan una profunda crisis religiosa: “Es una hermosa vida la de los santos, me hubiera gustado morir mártir, y si hay un Dios, un Dios bueno, un Dios padre de Jesus, que me envíe su gracia, su espíritu, yo le recibiré y me prosternaré”. Crisis a la que la corta aventura de Marsella vendrá a poner término, pero que el novelista no olvidará. En “Novembre” (1842), breve narración con la que van a concluir sus obras de juventud, Flaubert narra la vida y la muerte de un joven que se parece a él como un hermano y que podría inscribirse en la línea de los héroes románticos: en busca del amor, conoce a una cortesana que se ha quemado en esa misma búsqueda. Desesperado, el protagonista muere “con la sola fuerza del pensamiento”, muerte que, a los ojos del autor, simbolizaba el definitivo fracaso de las aspiraciones románticas hacia la libertad, la justicia y, sobre todo, el amor. Lejos de reivindicar esta obra –que únicamente verá la luz, en versión íntegra, en 1910-, su autor parecerá renegar de ella en adelante, rebasado ya su romanticismo juvenil.

Y comienzan entonces la segunda “existencia” de Flaubert y sus años de crisis.

          A fin de conformarse al deseo de su familia, Flaubert se traslada a París a partir de 1841, para seguir estudios de derecho, entrecortados con numerosas estancias en Rouen y en Trouville, simple pueblecito de pescadores por aquellos años, adonde suele venir también en verano la familia champañesa del doctor Flaubert; aquí los Flaubert han conocido ya a Gertrude Collier (1819-1918) y a su numerosa familia inglesa, instalada en Francia por unos años a causa de un revés de fortuna en Inglaterra; y aquel muchacho, aparentemente despreocupado y transgresor, llegó sin proponérselo, hasta el corazón de la joven Gertrude. ¡Qué chico tan interesante le había dicho su padre, el almirante Collier, a su hija-, lástima que sea francés!

          Dos crisis nerviosas, cerca de Pont-l’Évêque en enero, y en Rouen en febrero de 1844, ponen fin a esos años negros, traídos por “una serie de irritaciones y de disgustos, a fuerza de vigilias y de cóleras” (carta a Marie-Sophie Leroyer de Chantepie, de marzo de 1857). Que se trate o no de un verosímil cuadro epiléptico, esa enfermedad -de la que Flaubert sufrirá de 1844 a 1849 y en los últimos años de su vida-, parece ser consecuencia de la rebelión, la zozobra y la desesperación del joven Gustave, más que el punto de partida, como ha dejado dicho el también escritor e hijo de médico Maxime Du Camp, que le conoce desde los bancos de la facultad y compañero suyo de viajes. Es lo que se desprende de la novela que Flaubert escribe entre febrero de 1843 y enero de 1845, “L’Éducation sentimentale”, donde se percibe una especie de diario de esos años de crisis.

“L’Éducation sentimentale” (versión 1845) cuenta la vida de dos jóvenes, Henry y Jules. La relación amorosa entre Henry y Émilie Renaud se inspira en la pasión de Gustave por Elisa Schlésinger, desde sus inicios en 1836 hasta su decadencia en 1842, y también en su relación sensual con Eulalie Foucauld en Marsella. Y el autor le presta a Jules, en los últimos capítulos de la novela, sus propios hallazgos filosóficos y estéticos. Capítulos que, con el prefacio a “Dernières Chansons” de Louis Bouihet (1870), representan la puntualización más completa que Flaubert haya dejado de cómo entendía la vida y el arte.

          La “filosofía” de Flaubert descansa en dos experiencias vividas: primeramente la toma de conciencia de que las aspiraciones del ser humano hacia la libertad, la justicia, la felicidad y el amor, son insaciables por naturaleza; porque Henry y Jules fracasan ambos en su búsqueda del amor. En 1846, Flaubert escribirá en uno de los guiones de su “Conte Oriental” que “el auténtico amor es el amor desgraciado”

Ante el fracaso de sus esfuerzos y después de haber vivido los valores románticos, Flaubert adquiere la convicción de que el destino humano es trágico.

Y había conocido en diversas ocasiones “éxtasis” de carácter “panteísta” (ambos términos se encuentran bajo su pluma): en Córcega, durante el verano de 1840, o en Trouville, durante el verano de 1842, experiencias que utiliza en su novela “Novembre” (1842): “Hubiera querido absorberme en la luz del sol y perderme en esa inmensidad de azul, con el olor que se elevaba desde la superficie de las olas”. Y esos “éxtasis” tienen lugar siempre en presencia del mar y con una intensa luz, de sol o de claro de luna (ver también la de Belle-Île-en-Mer, relatada en “Par les champs et les grèves”, de 1847).

Confirmadas en el plano filosófico por la lectura de Spinoza (hacia 1843), esas experiencias extáticas conducen a Flaubert a concebir el universo como “una síntesis inmensa de la que [Jules] respetaba cada parte por amor al conjunto, sin querer quitar una lágrima de los ojos humanos, ni una hoja a los bosques” (“L’Éducation sentimentale”, 1845). El fin del arte es representar esa “síntesis”, válida tanto para el mundo moral, como para el mundo físico; pero, para conseguirlo, el artista ha de olvidarse de sí mismo.

          Así se resuelve y concluye la gran crisis psicológica de Flaubert: por el sacrificio de la vida al arte. Como su protagonista Jules, Flaubert se despide de la vida práctica con ”un irrevocable adiós” (carta a Le Poittevin, de mayo de 1845). Renuncia a buscar un amor imposible y una felicidad inaccesible, para así representar mejor el destino humano: “Si nos sumergimos en la vida, la vemos mal, y sufrimos o gozamos demasiado. En mi opinión, el verdadero artista es una monstruosidad, algo fuera de lo natural” (carta a su madre, de diciembre de 1850). Y también: “En cuanto a nosotros [los artistas], vivir no es asunto nuestro” (carta a Louise Colet, de enero de 1854).

Es como consecuencia de su concepción trágica de la vida, por lo que Flaubert elige convertirse en puro espectador y en intérprete. Para las almas exigentes como la suya, la salvación únicamente se halla en el arte; y sus grandes novelas, van a describir el fracaso de las aspiraciones románticas que había vivido su autor.

El solitario de Croisset

          El doctor Flaubert, su padre, que había comprado en 1844 una propiedad en Croisset, al borde del Sena, cerca de Ruán, moría en enero de 1846, y también, pocas semanas después, a los 22 años, Carolina Flaubert -casada el año anterior con Émile Hamard-, de una fiebre puerperal, tras haber dado a luz a una hija, que su tío querrá profundamente y por la que se sacrificará gravemente en lo económico.

A partir de esas fechas, Flaubert va a hacer de Croisset su residencia preferida cerca de su madre, que sólo dejará para realizar algunos viajes (Bretaña, 1847; Oriente, 1849-1851; Túnez, 1858, adonde se traslada para escribir “Salammbô”), con ocasión también de la ocupación prusiana (1870-71), en que se traslada a casa de su sobrina a Ruán, y largas estancias en Paris en los inviernos, de 1856 a 1875. Es cierto que su enclaustramiento no era total, aunque, comparado con sus amigos, Théophile Gautier, los Goncourt, Ernest Feydeau, Flaubert se ha convertido ya en un “reclus de l’art”. Y rechazará ocasiones de volver a la vida, como sucederá a propósito de su relación con la poetisa Louise Colet (1846-1848 y 1852-1855), que se decía poco satisfecha de sus breves encuentros en París o en Mantes, y del escaso lugar que venía ocupando en la vida de su amante.

Una profunda y tierna devoción hacia su madre y su sobrina huérfana, Caroline Hamard, una perfecta amistad por Louis Bouihet, condiscípulo suyo en el lycée de Rouen, vuelto a encontrar en 1846, algunos amoríos sin trasdendencia, y otras amistades amorosas, como Juliet Herbert la institutriz de su sobrina, Jeanne de Tourbey condesa de Loynes, madame Brainne, serán los rasgos más notables de esa existencia consagrada ante todo a su escritura.

          Por no hablar de su obra dramática que únicamente tiene valor documental (“Le Candidat”, que fracasa en 1874), la obra novelística de Flaubert se divide en dos grupos, según distinguía el mismo autor: novelas “filosóficas” (carta a Goncourt, de febrero 1880) y ”romans purs et simples”, novelas, sin más (carta a George Sand, de mayo 1874).

Las novelas filosóficas, el “Conte Oriental” (1846), “la Tentation de Saint-Antoine” (1848-1849, 1856, publicado, finalmente, en 1874), y “Bouvard et Pécuchet” (póstuma de 1881), desarrollan bajo la forma de una fábula, la concepción del mundo de su autor:

El “Conte oriental” relata las aventuras de los siete hijos de un derviche, que van por el mundo en busca de la felicidad, cada uno según su naturaleza, para acabar todos fracasando en su indagación.

La Tentation de Saint-Antoine” -especie de largo poema simbólico en prosa que desconcertará a la crítica-, contiene algunas escenas de gran belleza plástica; inspirado inicialmente en un cuadro de Breughel, reproduce la sucesión, en el alma del cenobita egipcio, de las religiones de su tiempo, el mundo greco-latino del siglo IV después de Cristo:
Desde lo alto de una montaña, el anacoreta, dialogando con las sucesivas apariciones, ve desfilar ante sus ojos los más extraños ídolos, religiones y ritos, y va rechazando sucesivamente las diversas tentaciones: el lujo, la voluptuosidad, el poder… Y se ve arrastrado por el diablo hacia las estrellas, y por los monstruos marinos hacia las profundidades. Finalmente, ante el espectáculo de la materia en plena ebullición, él sólo aspira a dejarse absorber en su seno.

          Las tentaciones que asedian al protagonista representan todo el ciclo de las ilusiones humanas.

          “Bouvard et Pécuchet”, es una especie de “tentation” moderna, la de la ciencia del siglo XIX: “Du défaut de méthode dans les sciences”(carta a madame Tennant, de diciembre de 1879), tal debería ser el subtítulo de la novela.
Es la historia de dos oscuros empleados que, llegados a los cincuenta, deciden trasladarse al campo para allí organizar racionalmente su existencia: sedientos de certidumbres, se lanzan intrépidamente en busca de todos los conocimientos humanos, desde la agricultura a la filosofía trascendental; pero tras numerosas contrariedades, acaban volviendo a su antigua rutina.

          Obra satírica inconclusa (el autor preveía otro volumen), irrisoria enciclopedia del saber humano, diversamente interpretada; advertencia, en todo caso, a todos aquellos que confundían la veneración por la ciencia con la aptitud para comprenderla y asimilarla.

          La trama de esas obras es, pues, filosófica, pues el propósito de Flaubert no era en ellas de representar una vida, sino de mostrar la inanidad de las ambiciones humanas. Las dos primeras versiones de la Tentation se terminaban con la risa de Satán alejándose; Bouvard et Pécuchet, con la decisión de los dos “cloportes” (cochinillas, de la expresión “vivre comme un cloporte” = confinado), de copiar textos que manifestaban su estupidez.

          Las novelas filosóficas vienen a encuadrar los relatos “purs et simples”, sin más:

– “Madame Bovary” Inspirándose en un caso verídico ocurrido en Normandía, cuyos personajes, marco y costumbres provincianas describe con minucioso realismo, Flaubert emprende en esta novela la descripción de un sentimiento de insatisfacción (tanto en lo social como en lo afectivo), que luego se llamará “bovarisme”. Y este cuadro sin complacencias de “moeurs de province” se dobla con la sátira de la sociedad burguesa de su tiempo, y de un cientificismo limitado y estúpido (encarnado en el boticario Homais, anticlerical y sentencioso) y de todas las formas de convención, sociales y literarias:

          Emma, hija de campesinos acomodados, cuya educación en el convento ha exacerbado sus aspiraciones romancescas, ha aceptado casarse con el viudo Charles Bovary, officier de santé de profesión (médico sin el título final de doctor en medicina), cerca del cual ella cree poder satisfacer sus ensoñaciones. Pero no tarda en sentir un profundo tedio, y vive esa atmósfera rutinaria al lado de su marido -buena persona él, pero mediocre-, y entre los burgueses locales que constituyen su entorno social.  No tardará en evadirse de ese ambiente pálido e intrascendente para sumergirse en un romanticismo insignificante y de pacotilla, y luego en un doble adulterio; pero ambos amantes –el joven Léon, y el terrateniente local Rodolphe-, terminan dejándola, agobiados por la exacerbación y las exigencias de su pasión.

Y se inicia su degradación, cayendo en extravagancias sentimentales (su breve aventura con un tenor de Ópera Cómica) y contrayendo deudas a espaldas de su marido. Finalmente, cansada y decepcionada, Emma Bovary terminar suicidándose con arsénico.

Charles Bovary, fiel siempre a la memoria de aquella que había sido su razón de vivir, acabará en la ruina, mientras el satisfecho Homais se verá rico y decorado.

          Aparecida primeramente en la relativamente liberal Revue de Paris de Du Camp en 1856, fue tildada de inmoral, y su autor y la revista acabaron en los tribunales del Segundo Imperio, para ser, finalmente, absueltos a duras penas, en febrero de 1857. La publicación en librería, que tendria lugar poco después, si bien obtuvo un éxito de escándalo, no impidió el inmediato reconocimiento de la novela como una obra maestra de la estética realista, por parte de prestigiosos críticos como Sainte-Beuve y Baudelaire.

“Salammbô” se desarrolla -a partir de algunas líneas del griego Polibio-, en la voluptuosa, heteróclita, feroz y al tiempo refinada Cartago del s. III. Si bien no encontraremos en ella el absoluto rigor arqueológico que esperaríamos hoy -a pesar del inmenso esfuerzo previo del autor por documentarse acerca de la antigüedad mediterránea, y el viaje ex profeso al lugar mismo de los hechos-, la obra presenta, en muchos de sus pasajes, gran valor épico y poético, a través del vocabulario, las imágenes o el ritmo de las frases. Y su éxito fue también grande,  cuando apareció en noviembre de 1862.

          Al no haber recibido sus soldadas, los mercenarios reclutados por Cartago se rebelan y asedian la ciudad que estaban encargados de defender; su jefe el libio Mâtho -enamorado sin esperanza de Salammbô-, entra en la ciudad y se apodera del velo sagrado de Tanit, diosa de la luna y de la fecundidad, cuya custodia le tenía encomendada precisamente a ella, hija de Hamilcar Barca; y llega luego hasta la cámara de la  muchacha, a quien declara su amor.

Cartago está amenazada con perecer, pues aquel velo era su talismán. Obligada por el gran sacerdote Schahabarim, Salammbô, cruza el campamento de los rebeldes, hasta la tienda de Mâtho y consigue recuperar el zaîmph, al precio de su virtud; y luego huye, sin haber matado al general, según era la orden recibida.

 Anibal logra atraer al grueso del ejército mercenario hasta el desfiladero de la Hache cuyas dos salidas han sido cerradas misteriosamente, y allí acaban pereciendo los bárbaros de hambre y sed. El ejército de Túnez, al mando de Mâtho, también es vencido y la rebelión finalmente aplastada. Apresado vivo y culpable de sacrilegio, el libio ha de sufrir el furor de la plebe y viene a expirar a los pies de su amada, que celebra sus bodas con el jefe númida Narr’Havas. También Salammbô muere de desesperación, revelando su secreto amor por Mâtho.

“L’Éducation sentimentale” (1869)

          L’Éducation… narra las “ilusiones” que el joven provinciano Frédéric Moreau, carácter influenciable y veleidoso, irá perdiendo una tras otra, en contacto con la realidad. Frédéric alberga ambiciones artísticas, literarias y mundanas en su época de estudiante en París en 1840; pero, al no atreverse a realizar su pasión “grave y religiosa” por Marie Arnoux, vacila entre la cortesana Rosanette y la rica Madame Dambreuse, que halaga su vanidad. Siempre indeciso en su búsqueda del amor, su pasión va decayendo, y su vida, en la que nada sucede, deslizándose hacia la insignificancia.

          Con muy poco que ver con la primera obra homónima de juventud de 1845, (salvo que aquella anunciaba ya algunos desarrollos de la segunda y que ambas evocan la figura de Elisa Schlésinger), la narración de esta vida fracasada, es paralela a una historia moral, la de aquellos que conocieron el reinado de Luis Felipe, la revolución de 1848, la Segunda República, para sumergirse luego en la fiebre política y social que precedió al advenimiento del Segundo Imperio, como es el caso de Deslauriers, amigo de Frédéric, que soñó con el poder, al igual que éste había soñado con el amor y la gloria. Es el fracaso de toda la generación salida del romanticismo.

Sometiéndose a un riguroso trabajo previo de información sobre los acontecimientos evocados –como había hecho para “Salammbô”-, y adoptando un marco cronológico preciso, Flaubert reconstituye las jornadas revolucionarias de 1848, como hechos menores de las que pueden ser testigos los personajes. Es tal la precisión de los hechos evocados que un Georges Sorel podrá decir: “Un historiador deseoso de conocer la época que precedió al golpe de Estado no puede desdeñar “La Educación Sentimental””.

Y el estilo aparece perfectamente adaptado al transcurrir del tiempo: irónico en ocasiones, es seco y sobrio la mayoría de las veces para evocar lo irrelevante de la vida cotidiana; pero se anima para describir los días de insurrección, y alcanza un lirismo contenido en los retratos de Marie Arnoux, sobre los que vuelve una y otra vez.

          A esas tres novela se podrían añadir “Un coeur simple” (conmovedora narración de la anodina existencia de una sirvienta de los padres del autor) y “Hérodias” (1877), donde surge el mundo judeoromano. “La Légende de Saint-Julien l’Hospitalier” (santo que redime sus crímenes con un milagro) sólo es un admirable ejercicio estilístico sobre un capítulo de “La Légende dorée”, en una evocación del esplendor místico medieval.

          Flaubert cuenta en esas obras el destino de unos seres en el marco mismo en el que han vivido, ya que, como Balzac, él creía en la influencia del medio sobre el hombre: Mâtho y Salammbô. Hérodias y Iokanaan, en el antiguo Oriente; y Emma Bovary, Frédéric Moreau, Félicité, en la Francia del siglo XIX. En el caso de las novelas o de los cuentos históricos, el escritor se esfuerza por hacer revivir civilizaciones desaparecidas, ya sea a través de la abundancia o la precisión de los detalles materiales, o por lo auténtico de la psicología de los personajes.

          Las novela contemporáneas se basan, ante todo, en la experiencia personal del autor (Emma, Frédéric tienen la misma edad que su creador), pero Flaubert ha querido crear tipos con un valor general: “La novela, en mi opinión, ha de ser científica, es decir permanecer en las generalidades probables” –decía él en carta, en febrero de 1867-; o bien: “Creo que el gran arte es científico e impersonal. Por un esfuerzo de la mente, hay que transportarse a los personajes, y no atraerlos a nosotros” (carta a G. Sand, de diciembre de 1866). De ahí los subtítulos de sus novelas: “Moeurs de province”, “Histoire d’un jeune homme”, Pero, entre los documentos explotados figuran en lugar destacado los “documentos Flaubert”. Con lo que el novelista puede escribir sin contradicción: “Madame Bovary no tiene nada de verdad, es una historia totalmente inventada” (carta a mademoiselle Leroyer de Chantepie, de marzo de 1857) y también : “Madame Bovary, c’est moi”. La explicación de estos juicios aparentemente antitéticos se encuentra en esta fórmula suya: “Mi pobre Bovary, sin duda, sufre y llora en veinte pueblos de Francia, en este mismo  momento” (carta a Louise Collet, de agosto de 1853). El novelista elige un personaje que conoce bien, pues proviene de sus recuerdos, lo generaliza y, finalmente, se convierte en él.

Asi, los años románticos de Flaubert se encuentran utilizados, tipificados y, finalmente, revividos por el autor de “Madame Bovary” y de “l’Éducation sentimentale”.

 

Verdad y Belleza

            Filosóficos o ”novelas sin más”, históricos o contemporáneos, los temas de Flaubert revelan una notable unidad. Todos describen una civilización o una sociedad en plena transformación, ya se trate de la decadencia de Cartago, de los orígenes del cristianismo, o del siglo XIX. Consciente del porvenir incierto de su época, Flaubert eligió describir, en la historia de los hombres, momentos semejantes: “Nosotros hemos venido demasiado tarde o demasiado pronto. Hemos hecho lo más difícil y lo menos glorioso…la transición” (carta a Louis Bouihet, de diciembre de 1850). Y un lazo profundo une así a Saint-Antoine, a Emma Bovary, a Salammbô, a Frédéric Moreau y a Bouvard et Pécuchet, víctimas del trágico destino de los hombres y de épocas conturbadas en la que son discutidos valores tradicionales.

Semejante estética rige todas sus novelas. Para Flaubert que, aquí, sigue a Hegel, “la forma y la idea (…) es todo uno, y no sé lo que es uno sin lo otro; cuanto mas hermosa es una idea, más sonora es la frase que la define (…). La precisión del pensamiento hace la de la palabra” (carta a mademoiselle Leroyer de Chantepie, de diciembre de 1857). Lo Verdadero y lo Bello son, pues, criterios intercambiables, y la precisión del estilo equivale a la belleza de las frases. Por eso Flaubert, concedía tanta importancia a la comprobación de los más mínimos detalles, como  a “gueuler” -como él decia- a gritar sus frases por los senderos de su propiedad de Croisset. Él soñaba con un estilo que tendría “el ritmo del verso” y sería “preciso como el lenguaje de las ciencias” (carta a Louise Colet, de bril de 1852). Para Flaubert, el estilo no es un revestimiento de la idea, sino la idea misma: “El estilo sólo es una manera de pensar; está tanto bajo las palabras como en las palabras; es tanto el alma como la carne de una obra“ (carta a Ernest Feydeau, de mayo de 1859).

Pero los valores de Verdad y de Belleza no se identifican únicamente en la frase, sino igualmente en la composición. Flaubert concedía una gran importancia al plan, y todas sus novelas fueron escritas a partir de guiones retocados y modificados una y otra vez, y cada vez más detallados. Su técnica novelística er la de un hilo narrativo, uniendo entre ellas escenas en las que el escritor lentificaba la acción para describir mejor a sus personajes y mostrárnoslos viviendo, por los diversos medios de los que dispone un novelista (análisis, retratos o diálogos): “¡Cuántos escritores, incluso de renombre, serían incapaces de hacer una narración, y de unir un analisis, un retrato y un diálogo!” (Prefacio a “Dernières chansons” de Louis Bouihet). La eleccion y proporción de dichos procedimientos podía variar según la naturaleza de las escenas, porque Flaubert quería que sus descripciones “sirvan a sus personajes y tengan una influencia sobre la acción, lejana o inmediata” (carta a Sainte-Beuve, de diciembre de 1862), y también que sus diálogos fueran “característicos” (carta a Louis Bouihet, de abril de 1867), estando reservados los análisis y el estilo indirecto a los momentos débiles de la novela. Al igual que los pintores, Flaubert tenía muy en cuenta la perspectiva y, bajo su pluma, vienen con frecuencia los términos de “primer plano”, “segundo plano”, “arrière plan” (al/de fondo).

Romanticismo y realismo

            En sus obras de juventud, Flaubert habia adoptado a menudo el procedimiento ¡tan romántico! de la intervención del autor, pero a partir de La Tentation de Saint-Antoine reuncia a ello: “El autor en su obra ha de ser como Dios en el univeerso, presente en todas partes, pero nunca visible. Al ser el Arte una segunda naturaleza, su creador ha de actuar con análogos procedimientos” (carta a Louise Colet, de diciembre de 1852; o a mademoiselle Leroyer de Chantepie, de marzo de 1857). Semejante discreción del autor irá encaminada a ofrecerle al lector la perfecta ilusión de la realidad. Pero Flaubert introducía en sus novela máximas y sentencias generales, que comprometían su concepción tanto como lo hubieran hecho intervenciones personales; y la manera como presentaba a sus personajes secundarios, e incluso los protagonistas a veces, aparece generalmente dominada por esa intuición “de lo grotesco triste”, tan profunda en él, A medida que iba envejeciendo y que aumentaba la distancia entre el mundo y él, de su pluma salían obras cada vez más satíricas, hasta esa especie de “enciclopedia crítica en farsa” que iba a ser “Bouvard et Pécuchet”. Profundamente trágica al principio (“Madame Bovary”), la obra de Flaubert irá dejando paso a una crítica amarga de la existencia.

          El autor conservaba cuidadosamente todas sus notas y borradores y todas las cartas que iba recibiendo; y entre sus papeles figuran sus narraciones de viajes, pasadas a límpio (“Voyage aux Pyrénees et en Corse”, 1840; “Par les champs et par les grêves”, 1848), o tal cual (notas de viaje a Italia, 1845; a Oriente, 1849/1851; o a Túnez, 1858). Resultan de una gran importancia para la comprensión del escritor y de su obra. Más aún, su vasta “Correspondance” revela a los lectores de Flaubert una personalidad atractiva, interesante y variada. La bondad que aparece en ella y su inteligencia crítica, hacen de esa producción epistolar un apasionante y precioso documento.

          Gustave Flaubert moría en Croisset, al final de la mañana del 8 de mayo de 1880, y fue como consecuencia de una hemorragia cerebral, al salir del baño; tenía 59 años. Había estado trabajando desde muy temprano en su nueva novela “Bouvard et Pécuchet” y tenía la intención de trasladarse a París al día siguiente  -según refería a sus lectores Le Figaro del 9-

Sus amigos Zola, Maupassant, Goncourt, Huysmans…acompañaron su féretro, desde la iglesia de  Croisset (Canteleu), hasta el cementerio de Ruán, donde fue inhumado en el panteón familiar.

            Romántico y realista, impregnado de cultura positivista por ambiente familiar y como hijo de su época, lírico y satírico, Flaubert ha realizado en su obra una original combinación de las tendencias de su tiempo: “Hay en mí, literariamente hablando, dos personajes distintos: uno apasisonado de gueulades y de lirismo, de grandes vuelos, de todas las sonoridades de la frase y de la cumbre de las ideas, y otro que hurga y excava la verdad cuanto puede, que quisiera hacer sentir casi materialmente las cosas que reproduce” (carta a Louise Colet, de enero de 1852). Esos dos “bonshommes” -como el decía-, se unieron en él para escribir sus grandes novelas, donde las aspiraciones románticas, el sentido de lo grotesco, la pasión de lo verdadero y de lo bello se armonizan para realizar una de las obras más significativas y hermosas de su tiempo.

 

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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