Varennes, fuga de – (junio de 1791)

          En la primavera de 1791, no contribuían a apaciguar los ánimos en Francia dos breves del papa Pío VI, condenando la Constitución civil del clero y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, votados ambos por la Asamblea francesa. 

          Y se acercaba la Pascua florida en este enrarecido ambiente. Contando con la autorización de la Asamblea, Luis XVI había pensado trasladarse a Saint-Cloud, también este año, desde su confinamiento de las Tullerías, a fin de pasar allí la Semana Santa.

        Con esa intención, pues, el rey subía a la carroza con su familia y el aya madame de Tourzel, pero los granaderos de una guardia nacional cada vez más desafecta cerraron las verjas, impidiéndoles ponerse en marcha. Del otro lado, un gentío convocado en el Carrousel por las secciones populares mostraba su actitud agresiva entre andanadas de insultos y reproches, por la protección que se daba a clérigos enemigos de la revolución y el temor a que la familia real aprovechase la ocasión para huir, zarandeando y golpeando también a algunos servidores de palacio.

          Allí hubieron de presentarse el alcalde Bailly y La Fayette para arengar a la multitud. Todo fue inútil, y así pasaron más de dos horas en tensas negociaciones, tras las cuales los reyes hubieron de apearse y regresar con sus hijos a sus apartamentos. A la mente les vinieron, sin duda, aquellas jornadas violentas en Versalles de octubre de 1789 y, cargándose de razones, tras este último ultraje, su determinación de huir de París quedó fortalecida.

          Ya abnegados realistas le habían hecho llegar al rey decenas de propuestas, con riesgo de su vida, y otras tantas se habían barajado en la intimidad de la familia, a las que Luis XVI no se había atrevido a dar su consentimiento.

          Y hubo de renunciar a sus más fieles servidores, maltratados en la jornada del 18; en la capilla de las Tullerías sólo oficiarán, en adelante, simples canónigos. Y la reina aceptó las dimisiones que le presentaron, entre lágrimas, la princesa de Chimay (su dama de honor) y la duquesa de Duras (dama de palacio).

          Esta vez, el rey parecía bien resuelto a intentar la evasión. Y el enamorado y discreto Axel de Fersen, joven noble sueco afincado entre París y Versalles, quedó encargado de la preparación material.

          Así, con la religión y la política inextricablemente enredadas, no eran pocos los franceses que empezaban a situarse del lado de la contrarrevolución. Por “desorientar a los facciosos y ganar tiempo” -según aconsejaba el embajador de Austria Mercy-, Luis XVI multiplicaba los gestos. Al día siguiente de aquella nueva manifestación de violencia popular contra su real persona, quiso presentarse en la Asamblea Nacional para declarar:

“Vengo a vosotros con la confianza que siempre os he mostrado. Conocéis la resistencia que encontré ayer a mi salida para Saint-Cloud. No quise que se opusiera la fuerza, porque temía que se llevasen a cabo actos de rigor contra una multitud engañada…”

          En respuesta, sólo obtuvo por boca de su presidente, palabras que, lejos de lamentar el atentado cometido en la persona del rey, parecían justificarlo.

          Pero en las Tullerías nadie se engañó. María-Antonieta le escribía a Mercy, del otro lado de la frontera:

“La situación por la que acabamos de pasar nos confirma más que nunca en nuestros proyectos (…). Ni siquiera nuestra vida está segura. Tenemos que ceder a todo, hasta que podamos actuar. Por lo demás, nuestra reclusión prueba que ninguna de nuestras acciones lo es por voluntad propia (…). Nuestra posición es horrible…”

          No era ya cuestión de abrazos fraternales ni de efusiones generosas; por los claustros conventuales, ahora clubs políticos, sólo se oían amenazas siniestras que alejaban la paz civil y la concordia.

          Aun cuando el lado económico, para mantenerse al menos dos meses, seguía planteando dudas, estaban ya avanzadas las modalidades de ejecución de la fuga hacia la frontera nororiental, que se venía planificando con el marqués de Bouillé, comandante en jefe del ejército de Metz

          Fersen se había puesto manos a la obra en la ejecución material del proyecto que los reyes le habían confiado, y comprometía generosamente sumas no pequeñas de sus reservas o de su crédito personal.

          Vivía en París cierta rica baronesa, sueca de origen, viuda de un diplomático Korff, cuya mansión venía siendo lugar habitual de reunión de sus compatriotas. Deseando ella regresar a la Rusia de su difunto marido, había encargado la fabricación de una recia berlina, lista ya, a partir del mes de marzo. Era una excelente circunstancia aquella, y Fersen se la compró de su propio bolsillo. También aceptó la dama cederle su pasaporte al aya de los infantes, que viajaría bajo el nombre de baronesa Korff e iría acompañada de algunos miembros de su servidumbre: el rey sería su ayuda de cámara, la reina su doncella, y el aya de las supuestas niñas madame Élisabeth.

          Pero, ni siquiera en situación tan comprometida se resolvía María-Antonieta a prescindir de esas futilidades cotidianas que habían dado siempre cierto sentido a su vida. A madame Campán le había encargado dos meses atrás, que fuera proveyéndola de lencería y toda clase de ropa para ella y sus hijos, pese a las juiciosas advertencias recibidas de que no le faltarían, allá adonde fuese, camisas a la reina de Francia, ni a los infantes. La camarera mayor semidisfrazada y la hermana de ésta, hubieron de emplearse en recorrer las boutiques de París, con grave peligro de levantar sospechas.

          Ni concebía separarse de su mueble-neceser de viaje. Así que ideó un tosco ardid: Hizo que el encargado de negocios de la embajada de Viena le expresara en público el deseo que supuestamente tenía la archiduquesa María-Cristina de Habsburgo-Lorena, gobernadora de los Países Bajos, de encargar uno igual. Y, con ese pretexto, la reina mandó sacar el suyo de las Tullerías, a fín –dijo- de hacerlo copiar.

          Pasaban las semanas, y el artesano no acababa de dar término a la comisión. Fue entonces cuando, con el argumento de que quería serle agradable a su hermana, dijo María-Antonieta que le enviaba el suyo propio y que ella guardaría el nuevo cuando estuviera acabado, y ordenó enviarlo a Bruselas.

          Este y otros gruesos detalles tocantes a los diamantes y joyas personales de la reina, vinieron a levantar las suspicacias de algunos domésticos del servicio, gente sobornada a quien le faltó tiempo para denunciarlo. Porque era cosa sabida y entendida que los reyes andaban buscando la ocasión de fugarse. Cuando la pareja real se decida a dejar las Tullerías, ya por los albergues de postas y los caminos de Francia se habían instalado expectación y rumores de fuga.

          Fue en la noche del lunes al martes 21 de junio de 1791. Durante toda la jornada, rutina y órdenes para el día siguiente fueron respetadas escrupulosamente.

          Llegado el momento, cada uno con la ropa adecuada a su papel, va a ir saliendo por una puerta no controlada de las Tullerías. En la muy cercana rue de l’Échelle, desde hacía un rato, Fersen, en lo alto de una especie de coche de punto, venía vigilando con indumentaria y ademanes de auriga. Y allí llegaron, con mucha antelación, madame Tourzel (que no conocerá los detalles del viaje hasta el último instante), con Madame royale y su hermano el delfín, éste ataviado de niña, con su gorrito y vestido de tela.

          Por hacer tiempo y no levantar sospechas, Fersen y madame Tourzel decidieron ir hacia los muelles y volver por la rue Saint-Honoré. Siguieron luego unos larguísimos tres cuartos de hora, que a madame de Tourzel le parecíeron una eternidad: la futura duquesa de Angulema en un continuo sollozo, y el delfín bajo sus sayas, cuando, en un momento dado, por la ventanilla, vieron cruzar a La Fayette y a Bailly, que acababan de salir de palacio.

          Y apareció madame Élisabeth. Después el rey, tras haber procedido a los deberes del protocolo y una vez que su ayuda de cámara le hubo dejado, desvestido, al pie de su cama.

Eran las doce de la noche.

Finalmente, llegó la reina, cuando pudo evitar a un centinela a la salida de su apartamento y supo luego acertar entre las callejuelas. Todo fueron abrazos y parabienes, y alegría de verse juntos, convencidos de que lo más difícil había pasado.

Reunidos ya, se dirigieron a Clichy, tras cuya barrera les aguardaba el coche de viaje.

          Después de rebasar sin contratiempo el fielato, donde los empleados parecían más ocupados en una boda que celebraban en el cercano ventorrillo, que en controlar la identidad de los viajeros, los miembros del grupo abandonaron a unos centenares de metros el destartalado fiacre con los caballos, y se instalaron en la nueva y cómoda berlina. Fersen, látigo en mano, se encaramó al pescante, para tomar la dirección de Lorena y dejarlos en la primera posta. Les acompañaban tres guardias de corps, y estaban previstos varios destacamentos de Bouillé en diferentes tramos del camino. Montmédy, a poca distancia de los Países Bajos del Emperador, era su destino. Por delante, en silla de posta, iban las dos primeras camareras del delfín y de su hermana.

          Llegaron a Bondy (a 12 km. de las Tullerías), y allí se bajó Fersen. Despedida. Fueron momentos de emoción contenida y de apresuramiento. Luego, él subió a un cabriolé y desapareció en la noche en otra dirección.

          Algo más repuestos y serenados todos, Luis XVI se volvió entonces animado y dicharachero, y comenzó a hacer proyectos de futuro en la intimidad de su familia: “¡Heme libre, por fin, de ese París que me ha hecho beber la copa hasta la hez!  En cuanto tenga el culo en la silla de montar, veréis que soy muy diferente a lo que hasta ahora me habéis visto hacer”. Y dijo su intención de no abandonar el territorio de Francia, si las circunstancia no lo llegaban a exigir. Habló también de restablecer la dignidad de la religión y de reparar los males que pudo haber causado con los decretos que había tenido que sancionar…

          Y así fueron rodando, camino de la ansiada frontera, entre ratos de adormecimiento y otros de conversación. Sólo se han detenido voluntariamente para aliviarse unos instantes; y quiso Madame Tourzel, subiendo una cuesta en que los caballos iban al paso, que los infantes respiraran un poco el aire fresco de la campiña, caminando con ellos unos momentos.

          Pero ya la salida de la Capital no se había hecho en el horario previsto y el pesado carruaje –detenido un buen rato para una reparación, a doce leguas de París-, irá acumulando retraso a lo largo del trayecto. Los viajeros han pasado por Meaux y por Montmirail – a 100 km de París-, pero llegan aquí con tres horas de retraso.

          En las Tullerías, la fuga de los reyes ha sido advertida ya y, antes de la ocho de la mañana del 21, el comandante de la Guardia Nacional y el alcalde Bailly han lanzado correos armados en pos de los fugitivos, a los que tratarán de dar alcance antes de que lleguen al destino que les suponen, Metz.

          Y desde la presidencia de la Asamblea, Alexandre de Beauharnais comunica la noticia a los diputados. El suceso corre por todo París como reguero de pólvora que enciende los ánimos y abrasa ya los bulevares. Pero, en el fondo, no ha sorprendido.

          De las secciones y los clubs populares salen consignas contra aquellos que consideran cómplices. La Fayette es apresado, y liberado sólo cuando llegan, exigiéndolo, comisarios de la Asamblea.

          El hermano del rey y su esposa la condesa de Provenza, habían huído también esa misma noche, aunque por caminos diferentes, y conseguirán llegar a Namur. Más tarde se reunirán en Coblenza con el conde de Artois su otro hermano, que, desde Turín, acababa de trasladar allí su residencia.

          Aquellos correos salidos de París nunca hubieran encontrado la berlina por la carretera de Metz.  “Una vez que pasemos Châlons –dijo el rey- ya no tendremos nada que temer; en Pont de Somme-Vesle encontraremos el primer destacamento”.

          Pero, rebasado Châlons hacia las cuatro de la tarde (cuando los dos coches hubieran debido pasar por ese punto a mediodia), la primera patrulla venida a su encuentro en Pont de Somme-Vesle (15 km. más allá), hubo de retirarse al cabo de una prudente espera, por no levantar mayores sospechas entre los lugareños; el joven duque de Choiseul que la mandaba concluyó que el viaje se habría pospuesto y ordenó levantar el sistema previsto para el resto del recorrido.

          Sin haber encontrado ni un solo húsar de los que deberían darles escolta, los viajeros no tenían otra opción que continuar viaje y encomendarse a Dios. Presas ahora de una profunda inquietud,  entraron en Sainte-Menehoud.

Fuga de Varennes

Fuga de Varennes

          Mientras cambiaban el tiro en esta etapa, alguien creyó reconocer al rey: era el hijo del dueño de aquella posta, Jean-Baptiste Drouet, de 28 años entonces, ex-dragón metido en política y que, de cuando en cuando, venía a París al club de los jacobinos. Comparó al que veía con aquel de sus recuerdos y con la figura que aparecía en los asignados, y no le cupo duda.

          Y es que la berlina, camino de Montmédy, quiso evitar la carretera principal por Verdun, muy pronunciada a favor de la revolución. Cuando, después de muchas vacilaciones, detenciones y esperas, llegaron a Varennes-en-Argonne en torno a las once de la noche del 21, vieron a lo lejos al cabriolet que venía precediendo a la familia real, detenido por un carro volcado y algunos viejos muebles a la entrada del puente sobre el modesto río Aire; era ya tarde para retroceder: munícipes y guardias nacionales del lugar les estaban esperando, y aquellos viajeros acabaron por reconocer su identidad.

          Estaban a poco más de 50 km de la frontera. Se hizo bajar a todos los pasajeros de la berlina, y a los reyes se les condujo a la casa del alcalde, un tal Sauce, tendero del lugar, y allí, a la primera planta. Y el rey comenzó a explicarle los motivos que le habían determinado a alejarse de París, y que, lejos de ser hostil a las reformas, sólo pretendía recobrar la autoridad necesaria para llevarlas a cabo y traer de nuevo el orden al país. Y la reina, sentada en una humilde silla de paja, entre fardos y costales, hablaba con madame Sauce, cuyo asentimiento buscaba con la mirada, de vez en cuando, su vacilante marido:

– ¿Qué podemos hacer nosotros, Señora! -repetía la pobre mujer, entre las lágrimas que le asomaban al rostro y la desolación de verse en tal postura-, ¡nuestra posición es muy delicada, y mi marido se juega la vida!

– Pues figuraos que el mío es también vuestro rey, ha hecho vuestra felicidad durante mucho tiempo y quiere seguir haciéndola.

– Ya, pero ¡qué podemos hacer nosotros!; yo amo a mi rey, pero mi marido corre mucho peligro, lo matarían…

          En una cama que se encontró, los infantes hermanos dormían ya su sueño inocente.

          La formidable noticia había saltado ya y se habían despachado correos a París y a la próxima localidad pidiendo refuerzos.

          El resultado de aquella desgarradora situación bien pudo haber sido otro, pero a Luis XVI le faltó coraje, una vez más, y capacidad de resolución, y quedará probado también que las pequeñas causas están a menudo en el origen de grandes acontecimientos. Los oficiales de Bouillé, Choiseul y Damas, que acertaron finalmente a acudir en su auxilio, vinieron a instarle en varias ocasiones que podían intentar abrirle paso, si él daba la orden de atacar para dejar el camino franco y expedito, y lo hubieran hecho con peligro de su vida. Pero a la casa iba llegando gente sin cesar, y aumentaba la efervescencia.

– ¿Habría que emplearse muy a fondo?, ya me entendéis…

– Me temo que sí, Majestad.

          Dijo el rey que no quería exponer a su familia, y aquellos soldados no fueron autorizados a intervenir. Ese día, Bouillé cruzaba la frontera.

          La trágica noticia le llegó a Ferxen por boca de Bouillé, cuando hubo alcanzado Arlon a las once de la noche del 23, y un rayo caido del cielo no le hubiera fulminado más brutalmente. Gustavo III de Suecia y Mercy en Bruselas fueron informados.

          Con hondísima pesadumbre, la familia real hubo de retomar, al dia siguiente, el camino del regreso, escoltada su berlina por guardias nacionales.

          A la altura de Épernay, se encontró el séquito con los representantes que enviaba la Asamblea y que venían a su encuentro: eran el fayettista Latour-Maubourg, el moderado Barnave, y el inútilmente grosero Jerôme Pétion de Villeneuve.

          Era Petión el héroe del arrabal entonces, al que llamaban, en el club de los jacobinos, “Petión el Virtuoso”, en esta época de ditirambos fáciles; y recordaría luego la reina su indescriptible ordinariez, comiendo y bebiendo sin ninguna retención y lanzando por la ventanilla, a pocos centímetros de la cara del rey, las mondas de la fruta y los huesos que roía; y, una y otra vez, rodaba su conversación en torno a América y a la felicidad que traían las repúblicas…

          Y así apretados, aquellos singulares compañeros de viaje fueron recorriendo las etapas, (Dormans, La Ferté…); pero una multitud cada vez más hosca y zafia se había ido formando a lo largo del recorrido, y así hubieron de viajar, entre polvo, un calor sofocante y ultrajes, con gritos a l’autrichienne de ¡puta! y ¡pécora!, y diciéndole al rey que aquel heredero no era hijo suyo.

Meaux, Claye y, finalmente, París.

          Ya los periódicos de la extrema izquierda venían adoptando un tono enfurecido contra La Fayette ahora y los moderados de la Asamblea; eran el vociferante Marat, exigiendo el nombramiento de un dictador a la griega en su “Ami du peuple”, Brissot y su “Patriote français”, o Frerón con su “Orateur du peuple”, cuyas consignas saltaron enseguida a las provincias.

          A duras penas se consiguió que casi no hubiera gritos ni manifestaciones ofensivas, al final de la tarde de aquel sábado 25 de junio, cuando la heterogénea comitiva entró por L’Étoile, para evitar los suburbios del este. Las autoridades municipales habían advertido por esquinas y plazas que quien aplaudiera al rey será apaleado, y quien le insultara será ahorcado.

          A pesar de todas las evidencias, la Constituyente se afanó, desde el primer momento, en imponer la ficción del secuestro del rey por “enemigos de la Revolución”, y que no había actuado por voluntad propia. Asustados por las consecuencias políticas que pudieran derivarse, aquellos hombres del 89 quisieron argumentar que la Realeza era patrimonio de la Nación y que, en consecuencia, no debía ser envilecida.

          Pero en la Asamblea, desde los bancos de algunos diputados y entre el público, empezaron a oirse gritos terribles contra la monarquía, y los representantes de la derecha a ser insultados y amenazados.

          Luis XVI no fue depuesto, sólo suspendido. Y los movimientos de la familia real, tanto fuera de las Tullerías como hasta en los lugares más reservados a expensas de la decencia, quedaron, en las primeras semanas, bajo la vejatoria custodia de la guardia nacional, debiendo permanecer obligatoriamente abiertos los dormitorios del rey, de la reina y del “heredero presunto de la Corona”.

          La Constituyente asumió temporalmente el poder ejecutivo. Cerca de trescientos diputados protestaron contra dicho trato y dejaron de participar en las deliberaciones, pero la imagen del rey había quedado irremediablemente rota.

          En Francia, se creyó en la invasión inminente, y la guardia nacional fue reforzada con 100.000 voluntarios, sin recurrir al ejército, del que no se fiaba aquella Asamblea.

          En Worms, el príncipe de Condé seguía intentando levantar un cuerpo armado, con los oficiales sin tropas que le iban llegando. Pero ya Luis XVI, tras la experiencia, parecía volver a posiciones más prudentes, vista la suya propia.

          No hubo otras reacciones en el país ante el intento de huida del rey, pero la corriente republicana quedó reforzada, insuflada violentamente desde la caldera del club de los Cordeliers y, de forma más académica, por el filósofo y matemático Condorcet el 8 de julio, en el seno de aquel entre político y literario Cercle social : “De la République, ou un roi est-il nécessaire à l’établissement de la liberté?”.

          El ambiguo Robespierre evitaba pronunciarse por el momento, y el nada incorruptible Danton propuso una regencia pensando, quizá, en  Felipe de Orleáns.

          A falta de mejor salida, la mayoría de la Constituyente rechazó el enjuiciamiento del rey, votó la inviolabilidad de su persona y declaró ilegal toda acción republicana. Luis XVI fue repuesto el 16 de julio, sin más dilaciones.

          Contra las disposiciones legales de la Asamblea, una petición encabezada desde los Cordeliers por Brissot y Laclos, pidiendo el derrocamiento de Luis XVI y la instauración de la república, fue presentada el mismo el 16 de julio en el altar de la Patria de aquel campo de maniobras, llamado ahora de la Federación, para seguir recibiendo firmas a partir del domingo 17.

          En un ambiente ya tenso, perceptible en la Bastilla y en diversos puntos de la ciudad, la municipalidad de París acabó decretando la ley marcial y exigiendo luego la dispersión de las miles de personas que empezaban a congregarse en el Champ-de-Mars -no todos parisienses, ni tan siquiera franceses, según se venía detectando-.

          Hacia las siete de la tarde, llegaron el alcalde Bailly y La Fayette con su guardia nacional, precedidos de la bandera roja del estado de excepción. Cuando ya muchos habían abandonado el lugar, un grupo de provocadores –según la posterior versión oficial-, atacó con piedras y algunos disparos de pistola aislados a los representantes municipales y a la fuerza pública, la cual tuvo que acabar respondiendo.

          Fue un tiroteo sangriento, con más de cincuenta muertos y centenares de heridos, hubo detenciones y represión antirrepublicana, y nadie se movió en las semanas siguientes. Pero aquel grave suceso marcará la ruptura definitiva del bloque revolucionario. Marat y Desmoulins se escondieron, y Danton –uno de los promotores de la petición-, huyó a Inglaterra.

          La reina parecía haber tomado la iniciativa política de la familia real. Pero con el correr del tiempo, el mundo de la emigración iba perdiendo el pulso de la verdadera situación que se vivía en Francia: el curso efectivo de la revolución en marcha ya se venía decidiendo más en las sociedades populares que en la sala constituyente del Manège, cuya voluntad deliberativa aparecía crecientemente mediatizada, y amenazada también la inviolabilidad de sus miembros, ¡que así entendían algunos la libertad que invocaban!

          Una nueva frontera política se afirmaba ya, con clubs de un nuevo tipo (Cordeliers), que decían que la realeza no era compatible con la libertad, y sociedades más o menos fraternales, que exigían nuevos derechos, eran anticlericales y se alimentaban del peligro de complots, reales o inventados.

          En el verano de este 1791, se daban los últimos retoques a una constitución que habría de sancionar Luis XVI. Los reyes parecían esperar mucho de la presión diplomática de las potencias europeas con demostración de fuerza, pero consideraban entonces contrario a su interés el acercamiento de los ejércitos a las fronteras.

          Después de haber lanzado, desde Padua, la idea de un congreso general contra la Francia revolucionaria -según la idea que Luis XVI venía expresado en su correspondencia secreta-, Leopoldo II había conseguido en Viena, el 25 de julio de 1791, un acuerdo preliminar de acercamiento con Federico-Guillermo II de Prusia. Y, al mes siguiente, ellos dos y el anfitrión de ambos, reunidos en el castillo de Pillnitz, residencia de verano de la corte de Sajonia, hicieron pública una vaga declaración conjunta, por la que invitaban al resto de los soberanos a mantenerse unidos para ayudar al rey de Francia. Si bien la intervención de las dos principales potencias venía condicionada al eventual concurso del resto de los países, aquella declaración de Pillnitz iba a enardecer el ardor nacional de los “patriotas”. La guerra parecía inevitable.

          El conde de Provenza se había proclamado ya “regente”, y en Coblenza había formado una especie de gobierno en el exilio.

          En Francia, días antes de la jura solemne de la Constitución, una delegación de la Asamblea vino a las Tullerías para presentarle al rey un texto en el que no había tomado parte alguna, y dándole diez días para que lo examinara. Huelga precisar que no era cuestion en dicho examen de enmiendas ni correcciones.

          Fue votada una ley de amnistía general y quien quisiera podría, en adelante, abandonar el país.

          El 14 de septiembre de 1791, fue promulgada aquella constitución que se venía elaborando desde 1789 y que había sido revisada durante el verano para reforzar el ejecutivo y el poder político de la burguesía. Y el rey vino a la sala del Manège, para recitar un discurso muy convenido.

          Luis XVI ya no era rey de Francia, sino sólo, “Rey de los franceses, por la Gracia de Dios y la Ley Constitucional del Estado”, con sueldo de la lista civil; y el “delfín” sería llamado, en adelante, “príncipe real”.

          Y se inicio una nueva oleada emigratoria, a pesar de la tranquilizad que algunos bienintencionados deseaban transmitir: “La revolución ha terminado, hay que fijarla y preservarla, combatiendo los excesos”; lo acababa de decir Duport, uno de aquellos liberales que habían pasado hasta entonces por ser la izquierda en la Constituyente, y que aspìraban a vivir, en adelante, en el seno de una sociedad de ciudadanos libres y jurídicamente iguales.

          Ya el británico irlandés Edmund Burke había publicado sus “Reflexiones sobre la revolución de Francia”, crítica de los principios abstractos y racionalistas, que sólo pueden llevar a la tiranía -decía-, cuando con ellos se pretende forzar la evolución natural de las sociedades, como producto de los siglos.

          Quedaban por venir, entre 1792 y 1794, el Terror y el exterminio de los girondinos (¡ayer la izquierda de la Asamblea Legislativa!), y el protagonismo en la política de Francia de unos hombres manchados hasta el alma de sangre humana; y el Gran Terror, hasta Termidor, todo ello –decían- por la libertad y para mayor felicidad del género humano.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

AIMOND, Charles: L’énigme de Varennes [reprod. en fac-similé]; Nîmes, C. Lacour, 2014.
DESTREMAU, Noëlle: Varennes-en-Argonne: mardy, 21 junio 1791, le roi est arrêté; París, Nouv. Éditions latines, 1987.
GIRAULT DE COURSAC, Paul: Sur la route de Varennes; La Table ronde, 1984.
LENOTRE, G.: Le drame de Varennes [reprod. en fac-similé]; Lacour, 2013.
LOMBARÈS, Michel de –: Enquête sur l’échec de Varennes; Perrin, 1988. 
OZOUF, Mona: Varennes: la mort de la royauté, 21 juin, 1791; Ed. France-Loisir, 2006 y Gallimard, 2011.
PERRIN, Jean-Pierre: La machination: le piège de Varennes; París, Grancher, 2004.
TACKETT, Timothy: Le roi s’enfuit. Varennes et l’origine de la Terreur (traducción del inglés al francés); La Découverte, 2007.

En español:

GONZÁLVEZ FLÓREZ, Roberto: De Schônbrunn a la guillotina. La reina María Antonieta en la Francia de su tiempo; Alderabán, 2018.

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