Versalles, palacio de

          Un pueblo medieval, a 20 k. al O. de París, apenas dos horas a caballo, aislado e infestado de mosquitos, Versalles era, a mediados del siglo XVII –según Saint-Simon en sus Memorias-, “el lugar más triste y más ingrato, sin vistas, sin bosques, sin agua, sin tierra, porque todo es aquí arena movediza, o pantano”

          Es en este desagradable lugar donde, en 1623, el joven rey Luis XIII decide construirse un pabellón de caza, elemental alojamiento con cuatro habitaciones, una galería y algunas dependencias. Años después, entre 1631 y 1634, el monarca le encarga ampliar esa residencia al arquitecto Philibert Leroy, y surge entonces un château o mansión palaciega de ladrillo y piedra, en forma de U, que rodea al futuro patio de mármol, con techumbre de pizarra. Y ese gran pabellón queda reservado al rey y a sus compañeros, cuando se acercan al lugar movidos por su afición cinegética; porque las damas no eran admitidas en el rudo ambiente del primitivo Versalles. Los apartamentos del rey estaban situados en el primer piso, en la planta baja se alojaba el capitán de la guardia, y en los extremos de la U venían a situarse los comunes: cocinas, guarda-muebles, aliviaderos personales…

Versalles, palacio

Palacio de Versalles

          A su muerte en 1643, su hijo Luis XIV va a heredar aquella residencia y las tierras del entorno, y acomete enseguida allí los primeros trabajos de una larga y onerosa serie que habría de durar hasta el final del su reinado, con un primer muro conteniendo un foso de resguardo o separación, también de ladrillo y rodeando el conjunto.

          Mientras el jardinero del rey André Le Nôtre empezaba a dibujar el futuro parque, trazando las avenidas e instalando los primeros bosquecillos, parterres, macizos, fuentes y estanques, también comenzaban los trabajos de ampliación. En 1663, como prolongación del château, se levantan dos nuevos edificios a ambos lados de la explanada del lado E., destinados a acoger los comunes: el del S. se destinaba a las cuadras, y el del N. a las cocinas; también se construyen dos pabellones bajos: una cochera para carrozas en la parte N. y un lugar para leña al S.; finalmente, para cerrarlo todo, se conatruye un muro, formando un gran antepatio cuadrado entre los dos nuevos edificios, con una verja central y dos puestos de guardia a ambos lados de ella.

Versalles, courde marbre

Versalles, courde marbre

          Y, deseando Luis XIV hacer de Versalles un lugar de admiración, encarga a Louis Le Vau la construcción de una Ménagerie o pequeño zoológico. En 1666, –juxtapuesto al pabellón bajo N. de cocheras, y en el extremo que da a los jardines-, el arquitecto levanta un curioso edificio, especie de divertimiento acuático: era un pabellón con arcos y un depósito de agua en la parte superior, que disimulaba una gruta dedicada a Thétys, divinidad madre de Aquiles.

          A partir de 1669 los trabajos se aceleran: los edificios communs de cocinas y cuadras son unidos al cuerpo central originario por medio de unos pabellones construidos en el lugar que ocupaban los anteriores fosos. Y del lado del parque, Le Vau recubre enteramente el viejo château de Luis XIII, con una nueva construcción, esta vez de piedra, que vendrá a unirse a lo anterior, con lo que el palacio quedaba profundamente transformado:

          Las nuevas fachadas hacia el O., el N. y el S. recubiertas de piedra blanca, presentaban tres niveles: la planta baja con una sucesión de grandes nichos cimbrados; la planta noble, en la que se abrían amplios ventanales separados por columnas o pilastras jónicas y donde Le Vau había instalado el Grand Appartement del rey (siete salones oficiales y antecámaras en retahila, lujosamente decorados) y, en simetría, otro para la reina, separados ambos por una gran terraza central mirando al anchuroso parque; finalmente, el ático o parte superior, con ventanas más bajas e igualmente ornado con pilastras cortas, por encima del cual corre una balaustrada con jarrones que disimulan la techumbre, y azotea plana a la italiana.

Versalles, Galería de los Espejos

Versalles, Galería de los Espejos – J.H.-Mansart

          En 1678, Jules Hardouin-Mansart, con 32 años, sucede a Le Vau, y será en Versalles donde este arquitecto dé toda su medida; reduce la fachada a un solo plano, y recubre la terraza que unía los apartamentos reales para crear la suntuosa “Galerie des Glaces”, lugar de recepciones y de aparato de la Corte, que el pintor Le Brun decorará, de 73 m. de larga, 17 ventanas cimbradas (ya no rectangulares), dando al parque, y varios centenares de espejos en la pared opuesta.

          Porque, respondiendo a los propósitos de Luis XIV, Le Brun va a hacer de Versalles, con centenares de artistas y artesanos en diversas especialidades trabajando bajo sus órdenes y dirección, un himno a la gloria del soberano y símbolo de la monarquía absoluta: sus gustos por el fasto y la pompa –en perfecto acuerdo con los del rey Sol-, se manifestaban en los decorados de la escalera de los Embajadores (1674-1678, destruido bajo Luis XV), de la Galería de los Espejos (1678-1684) -narrando de modo simbólico los principales episodios del reinado, desde 1661 a 1678-, y del Salon de la Guerra (1684-1687), contribuyendo asi a darle al conjunto una unidad estilística, que permite hablar de “arte versallés”, gracias al sentido de la organización y a la autoridad que este pintor ejercía sobre los artistas, y proporcionando directrices y múltiples modelos.

          Luis XIV se acordaba de los dramáticos años de la Fronda de su infancia, en que a punto había estado su dinastía de hundirse en la humillación y la servidumbre a la díscola nobleza; y temía al inconstante pueblo de París. Así había venido arraigando en él la idea de alejarse de aquellos peligros, de abandonar el Louvre y de condicionar, al contrario, la fortuna y encumbramiento de la aristocracia a su lealtad a la corona y a su persona semidivinizada.

          Tal fue el origen de aquel gran proyecto de fijar su residencia permanente y la de su corte en este nuevo Versalles; con lo que la necesidad de alojar a miles de personas iba a acarrear nuevas ampliaciones. Y Hardouin-Mansart quintuplica entonces la superficie del palacio: En el breve espacio de tiempo que va de 1679 a 1681 construye hacia el S. l’aile du Midi, en el mismo estilo del cuerpo central, de 150 m. de longitud y reservada para la familia real; y hacia el N., la construcción en 1685 de un ala destinada a los príncipes de la sangre acarrea como consecuencia la destrucción de aquella disonante gruta de Thétys construida veinte años atrás.

          Ya para entonces, en 1682, Luis XIV había fijado su residencia permanente en Versalles, y con él vendrá la Corte y la Administración.

          Será luego la obra maestra insólita de Hardouin-Mansart: l’Orangerie (1684-1686), con sus amplios ventanales cimbrados. El interior era de una sobria originalidad: una amplia y larga bóveda de medio punto, interrumpida sólo por anchos voladizos de débil relieve sin ornamentación ni molduras. El peculiar efecto surge de las proporciones, de la amplitud de los huecos y ventanales y de la refinada combinación de la  piedra.

          Todos esos trabajos venían a enmarcarse en un vasto conjunto. En torno al lecho del rey, centro ahora casi mítico, a su apartamento y su alcoba, se disponía una inmensa máquina a escala del Estado, del que cada detalle estaba planificado en una concepción general y rigurosa.

          Y en la Plaza de Armas, a ambos lados de la avenida de París, Mansart edifica cuadras capaces de acoger a centenares de caballos y carrozas: la Grande écurie, albergaba los caballos de montar (de doma, caza…), y la Petite écurie, para el tiro y carrozas.

          En la misma época, por el lado E. de las grandes alas de Hardouin-Mansart, se levantan igualmente unas alas en sentido transversal, destinadas a los ministros, y les Grands communs, donde se va a instalar como se pueda  a aquella legión de domésticos al servicio de palacio.

          Unos años habían transcurrido desde la conclusión, en 1689, del ala N., cuando el rey le encomienda también a Hardouin-Mansart la erección de la Chapelle royale (Capilla real, que se consagrará a San Luis, patrón de la monarquía), encastrada en este ala N. y próxima a sus apartamentos (antes de que el rey Sol decidiera trasladarse al centro pendular del fastuoso palacio), con lo que una parte de lo construido habrá de ser demolida. Pero la guerra contra la Liga Augsburgo, entre 1688 y 1697, y cierta epidemia de paludismo provocaron escasez de recursos y de mano de obra, y la paralización, por un tiempo, de aquella obra, majestuosa y grácil, hasta su terminación en 1710 por R. de Cotte, cuñado de Mansart, resultando la parte más elevada de todo el palacio.

          En aquel Versalles brillante y reglado como un espectáculo público, que Saint-Simon llamaría “le château de cartes”, cerca de doscientos alojamientos estrechos, incómodos, grasientos, llenos de humos y de malos olores albergaban a los más privilegiados (obligados el resto de los cortesanos a incesantes idas y venidas entre Le Louvre u otros apartamentos en París y Versalles); dos mil personas cuidaban, además, de sus señores o se afanaban en el servicio de la familia real. Y las envidias y rivalidades eran frecuentes, en el marco de una representación constante, acompasada y falsa.

          Todo ello, entre medidas estrictas de seguridad para proteger bienes y personas, tan necesarias en este microcosmos heterogéneo y bullente, y en este grandioso palacio, de relativo fácil acceso, salvo a los apartamentos del rey y de la reina.

          Cuando, después de la Regencia de Felipe de Orleáns (¡eran ya otros tiempos!) Luis XV venga  instalarse en Versalles y a ejercer el poder por sí mismo, romperá con la estricta etiqueta de aquella corte y mandará habilitar pequeños apartamentos más cómodos e íntimos. Al final de su reinado, mandará construir lo que aún le faltaba al palacio: una verdadera sala de espectáculos, la ópera real.
Y el arquitecto Gabriel va a modernizar las fachadas hacia la ciudad.

          Llegó la Revolución de 1789 –ya reinando Luis XVI-, y el 5 de octubre de ese año, en el curso de los azarosos acontecimientos que no hacían más que empezar, la familia real se veía obligada a alejarse de Versalles y a trasladarse a París, para nunca más volver; ni ellos, ni ningún otro monarca.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

BARATON, Alain: Vice et Versailles: Crimes, trahisons et autres empoisonnements au palais du Roi-Soleil; Grasset, 2011, y otras ediciones.
BENOIST, Luc: Versailles et la monarchie; Éd. de Cluny, 1947.
BOTTINEAU, Yves: Arthaud, 1989.
CHAMSON, André: Le château et le parc de Versailles; 1936.
DECAUX, Alain: Les grandes heures de Versailles; 1983.
FORTOUL, Hippolyte: Les fastes de Versailles [repr. en fac-similé]; Maxtor, 2015.
LEFRANÇOIS, Marc: Histoire secrète et curieuse de Versailles; Saint-Victor-d’Épine, City, 2016.
MARAL, Alexandre: Le Versailles de Louis XIV, un palais pour la sculpture; Dijon, Éd. Faton, 2013.
MARTINEZ, Frédéric: Versailles, palais des rois;  París, Éd. du Chêne, 2010.
RIOU, Jean-Michel: Versailles, le palais de toutes les promesses; Flammarion, 2011 y París, J’ai lu, 2012; también: Le dernier secret de Versailles 1658-1715; J’ai lu, 2016. Y Les glorieux de Versailles 1679-1682; J’ai lu, 2014.

En español:

CALATRAVA, Juan: Manera de mostrar los jardines de Versalles; Abada, 2004.
HOOG, Simone: Guía completa de Versalles; Art lys, 1997; también: Su visita a Versalles; Art lys, 2000.

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