Abelardo, Pedro (1079-1142)

            El filósofo y teólogo francés Pierre Abélard (Abailard u otras variantes gráficas), de agitada existencia e incómodo carácter (disputador y orgulloso –dicen algunos-), nació en Le Pallet, a unos 20 km. de Nantes, en dirección Poitiers, en 1079, reinando en Francia el capeto Luis VII; y era el primer hijo del noble Bérenger, persona instruida, y de su esposa Lucie, de los que serán cuatro hermanos (Raoul, Porcaire, Dagobert y la pequeña Denyse)

            Después de la instrucción primaria, de la que su padre se encargó personalmente, y habiendo decidido no seguir la carrera de las armas, como su posición de primogénito parecía indicarle, Abelardo pasa a estudiar la gramática y la dialéctica en Melun y en Corbeil. Y llega a París en torno a 1099, con 20 años. Será alumno del nominalista Jean Roscelin / Roscelino (1050-ca. 1122) y del, por entonces, maestro de la escuela episcopal de París Guillaume de Champeaux (1070-1121) al que se opondrá; luego, del también realista Anselmo de Laon, en sus cursos de lectura sacra.

            Vuelto de Picardía a París hacia 1102 y ya maître, rompe con la escuela capitular de Notre-Dame y, en 1108, con la ayuda del poderoso Étienne de Garlande, abre su propia escuela en la montagne Sainte-Geneviève. No tarda en atraer a gran número de oyentes de todas las “naciones” -como se decía entonces-, y en darse nombre y prestigio Y enseña teología escolástica y lógica, disciplina ésta de la que será un gran maestro en su tiempo.

Lo cual no impedía a este intelectual de no anodina personalidad componer en sus horas vagas canciones para sus hermanos de temperamento: los goliardos.

Ya hombres poderosos como Bernardo de Claraval, y Guillermo de Saint-Thierry comenzaban a tildar de héreticas algunas de sus afirmaciones, particularmente aquellas sobre la Trinidad.

Abelardo (P.-J. Cavelier - Louvre)

Abelardo (P.-J. Cavelier – Louvre)

Se alojaba entonces en l’île de la Cité, en casa del canónigo Fulbert (1060-1128).

            A petición de Fulbert, que deseaba perfeccionar la ya muy apreciable formación de su sobrina Héloïse / Eloísa, hija de su hermana fallecida, Abelardo va a convertirse en maestro de la joven. Era de familia noble y de notable inteligencia; y, habiendo pasado parte de su infancia y su adolescencia en el convento de Argenteuil, conocía bien el latín y el griego. Ella salía apenas de la adolescencia cuando se conocieron (o tenía más edad, porque Abelardo dice “adolescentulus” para hablar de sí mismo, cuando tenía 23/25 años ), y él andaba por los 38.

Entre ambos surge un idilio amoroso y es por esta época, para honrar a su amada, cuando Abelardo escribe poemas en lengua vulgar (no en latín), y comienzan a intercambiar cartas. No pasa mucho tiempo cuando Eloísa acaba constatando que está encinta, y Abelardo decide trasladarse entonces con su pupila a su natal Le Pallet, donde aún residía su hermana Denyse; allí nacerá –como él explicará luego en “Historia calamitatum” el hijo de ambos Pierre Astrolabe (Astrolabius).

Habiendo dejado al cuidado de su hermana a la criatura (de la que, con el transcurrir de los acontecimientos, nunca más se van a ocupar), ambos parten para París, con la intención de casarse secretamente, según los términos que, al parecer, han convenido con el tío Fulbert –y a pesar de los iniciales escrúpulos de la joven madre, significándole que un hombre de tanto genio y talento, no debía cargarse de preocupaciones familiares ni asumir otras que las derivadas del estudio y la labor intelectual-.y acaba desposándose con ella.

Pero, movido por el rencor, Fulbert ha resuelto otra cosa en su fuero interno: amputarle la parte de su cuerpo con la que había pecado, y decide hacerle emascular por gente a su servicio (castigo habitualmente reservado a los violadores). Era el año 1117.

Víctima de aquella terrible venganza, Abelardo se hace fraile entonces y se retira a la abadía de Saint-Denis (1119), mientras que Eloísa debía tomar los hábitos en aquel convento de Argenteuil bajo la jurisdicción de Suger, donde había recibido educación con anterioridad.

            Habiéndose tratado de una venganza privada, dicen que sus esbirros fueron castigados cumplidamente por el poder civil (les sacaron los ojos y amputaron sus órganos genitales igualmente) y el mismo Fulbert acabó siendo despojado de sus bienes y encarcelado.

            Apenas repuesto de sus heridas, Abelardo huye de Francia y, a solicitud de sus discípulos, retoma su enseñanza en el priorato de Maisoncelle, en la Champaña de Thibaud II (1093-[1125-1152]), y escribe “Théologie du souverain bien”, donde se deduce que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son diferentes aspectos del Ser divino, más que personas distintas, con lo cual también el Padre habría sufrido en la cruz; afirmaciones que, con parte de su doctrina, la Iglesia condenará en el concilio de Soissons  de 1121

            Entonces, escribe su “Theologia christiana”, obra más conocida por su epígrafe “Sic et non” (hacia 1123, que Victor Cousin publicará), colección de 158 cuestiones suscitadas a partir de discordancias entre los Padres de la Iglesia, tratando de resolver las oposiciones –que otros obviaban-, acerca de las diversos temas.

            Y fue a instancias de su amigo Pierre le Vénérable -abad de Cluny, en mediocres términos personales con el cisterciense Bernardo de Claraval-, como Abelardo se decide a fundar, a 100 km. al SE de París, no lejos de Nogent-sur-Seine, en unos terrenos donados por el conde de Champaña (germen apenas de lo que pudiera llegar a constituir una nueva orden), el vasto monasterio femenino a la Santísima Trinidad, que va a llamar “le Paraclet” –el Espíritu Santo consolador-,  significativo nombre de lo que era su filosofía. Fue en 1130. Y de esa abadía, expulsada ya de Argenteuil con muchas de sus hermanas en religión en 1129-, Eloísa será la primera abadesa. Refugio de mujeres cultas y centro de erudición, importante en la música sagrada de su tiempo, fue un testimonio de cómo la mujer podía elevarse en cotas de intelectualidad.

            Con frecuentes visitas a su creación del Paraclet varias veces al año, él se retira a Saint-Gildas-de-Rhuys (Bretaña), monasterio con dificultades materiales por entonces, y que buscaba un personaje poderoso y reconocido. Abelardo será su abad, pero distó mucho de llevarse bien con aquellos frailes indisciplinados y licenciosos, más atentos a su barragana y a sus hijos, que a los actos de devoción prescritos; en uno de aquellos vivos desencuentros, viendo peligrar su vida, tuvo que huir definitivamente en 1133, para ir a refugiarse a Paraclet, donde, en el apacible ambiente del lugar, escribirá “Historia calamitatum mearum”, en forma de cartas y con cierta influencia de las Confesiones de San Agustín (Abaelardi ad Amicum Suuum Consolatoria). Y, a petición de Eloísa, un comentario completo del Génesis, el “Hexameron”; y compuso 130 himnos para la liturgia de la abadía.

            En 1136, Abelardo –una de las primeras figuras de profesor urbano-, retoma su enseñanza en la montaña Sainte-Geneviève, y escribe una “Teología para estudiantes”. Pero Bernardo de Claraval, con una lista de supuestas herejías impregnadas de escepticismo y racionalidad, va a obtener una nueva condena contra él en aquel concilio (de hecho, simple sínodo local) solicitado por el mismo interpelado a fin de poder explicarse, y que se abría el 2 de junio de 1140 en aquella catedral de Sens, cuya construcción hacia el gótico acababa apenas de iniciarse. Entre otros eminentes eclesiásticos, estarán presentes Gilbert de la Porrée (Gilberto Porretano), futuro obispo de Poitiers en 1148 y que será condenado él mismo, por otros motivos, en posterior concilio, y el romano Jacinto Bobone (único defensor de Abelardo), un día papa Celestino III (1106-[1191-1198]).

            Aquel sínodo será un trampa ratonera (“souricière”, la llama Pierre Aubé, “traquenard” según Jacques Verger).

Y Abelardo fue condenado a pesar de la defensa que el acusado hará de sus posiciones, de la recusación de aquel sínodo para juzgarle y de haber pretendido apelar a Inocencio II, haciendo el penoso viaje de Roma a sus 62 años. Pasará por Cluny cansado y enfermo, y no continuará camino. Inocencio II acabará también condenándole por rescripto de 18 de julio de 1141 y ordenando su ingreso en un convento.

Será en el priorato cluniacense de Saint-Marcel (alrededores de Châlons-sur-Saône), que Pierre le Vénérable le propuso al papa para su amigo. Allí morirá Abelardo, finalmente, el 21 de abril 1142, a los 63 años; y sus restos fueron llevados al Paraclet, según él había expresado. Y allí vendrá también el cuerpo de Eloísa,. 22 años después. La osamenta de ambos esposos permaneció en el lugar durante 650 años, luego unos pocos años en la iglesia de Nogent-sur-Seine, y diecisiete en el convento de “Petis Augustins” de París, para terminar en el cementerio del Père Lachaise, bajo un mausoleo que el conservador Alexandre Lenoir mandó erigir para ellos.

De Paraclet sólo subsisten hoy los muros.

            Pierre Abélard desempeñó un papel relevante en el debate de los Universales -¡el gran problema ontológico de todas las escuelas del Medievo!-, oponiendo lo universal a lo particular, como lo abstracto a lo concreto; universal es lo que se predica común a todos los individuos de una totalidad. ¿Tienen los géneros y las especies existencia real, o son puras concepciones de la mente? ¿Tiene el género una existencia separada de los individuos? Abelardo critica el realismo de Guillaume de Champeaux (1070-1120), universalia ante rem (Sócrates y Platón son sólo manifestaciones de la humanidad, es el género humano el que existe en ellos), sin por ello llegar a adoptar el nominalismo de un Roscelino, que sostenia que género y especie no son nada fuera de las individualidades, que sólo ese árbol que veo en mi jardin existe, y también los individuos Sócrates y Platón, no la “arboreidad”, ni la “humanidad”, simples palabras, meros soplos de voz, “flatus vocis”. La posición  de Abelardo ha sido calificada de “conceptualista”; lo que es real debe ser individual, y sólo a partir de los singulares se puede dar verdadera ciencia.

            Una de las primeras figuras de su tiempo en filosofía, lógica y teología escolástica, Abelardo fue un “diálectico“, que reflexionó desde la lógica y sobre el problema del lenguaje (“Dialectique”“Gloses sur Porphyre”). Existen cuatro lógicas de Abelardo: “Introductiones parvulorum”,”Logica ingredientibus”, “Logica nostrorum petitioni sociorum” y, sobre todo, la “Dialectica”.

            Es también autor de tratados teológicos, como su “Introductio ad Theologiam” (acerca de la Trinidad) y de una obra autobiográfica, la “Historia calamitatum”, ya citada.

            Y no fue menos original en sus concepciones éticas: Lo que ya en la patrística se admitia sin discusión -a saber, que la cualidad moral de un acción radica en el conocimiento y en la voluntad, en la intención y en la libertad-, se habia ido desdibujando. El resultado jurídico era lo decisivo. Bien es verdad qu la Iglesia se venía pronunciando contra esas prácticas, pero el antiguo uso seguía aún en la mentalidad de la época. Abelardo distingue entre voluntad (intentio, consensus) y obra externa (opus): el cazador que dispara una flecha en el bosque contra un animal y casualmente mata a un hombre, o el que se casa y yace con su hermana sin conocerla como tal, no cometen pecado. Si todo está en la intención y en el consentimiento, la acción pecaminosa misma carece de sustancia de pecado; y el paso siguiente sería decir que con que la intención sea buena, la obra es buena. Pero, ¿podría bastar una conducta moral que sólo se preocupe de la intención y no se aplique seriamente a realizar una obra vital correspondiente? La intención no ha de tener valor absoluto, porque  no es más que el camino hacia la acción propuesta; sin la obra, la intención resulta vacía. Una moral que sólo cuide de la intención interior corre el peligro de reducirse a subjetivismo. Abelardo quiso evitar ese peligro: comprende el influjo de lo subjetivo, pero no cae en el puro subjetivismo. Por ello es significativo el hecho de que se retractara de aquella su primera opinión de lo que los judíos no pecaron al crucificara a Jesús.

            Por lo demás, no obstante su nueva valoración de la subjetividad, Abelardo se mantiene en la línea tradicional como todos los escolásticos.

            Tuvo entusiastas seguidores, y fue discípulo suyo Arnaud de Brescia (1090-1155), pesadilla, allá en Roma, del papa Eugenio III, y fue grande su influencia en la escolástica posterior. Fue, sobre todo, su método del Sic et non el que hará escuela, marcando los inicios de la metodologia y  del pensamiento escolásticos.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

Cartas atribuidas de Abelardo a Eloísa, “Epistolae Dourum amantium”, 1115. Edición Ewald Könsgen, Leiden, Brill, 1974, traducidas por Sylvain Piron; París, Gallimard, 2005.
FERROUL, Yves: Lettres et vies: Héloïse et Abélard; introd., trad. y notas  de –; Flammarion, 1996 (nueva ed. en 2015).
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JOLIVET, Jean y VERGER, Jacques, Bernard, Abélard, ou le cloître et l’école; 1982
LETORT-TRÉGARO, Jean-Pierre: Pierre Abélard, 1079-1142; París, Payot, 1981 y 1996 (nueva ed. Payot et Rivages, 2002).
OBERSON, Roland:  Héloïse-Abélard. Correspondance; Éditions Hermann, 2008.
VERGER, Jacques: L’amour castré. Histoire d’Héloïse et Abélard; Paris, Hermann, 1996.

En español:

“Cartas de Abelardo a Eloísa”, editadas por P.R. SANCHIDRIÁN y M. ASTRAGA; Madrid, Alianza, 2002.
BACIGALUPO, L. E.: Pedro Abelardo, un esbozo biográfico; en F. BERTELLONI y G. BURLANDO (eds.). La filosofía medieval; Madrid, Trotta-CSIC, 2002, pp. 93-122.
FORTUNY, F.J.: Pedro Abelardo y el paradigma jurídico de los Universales y la ética; Barcelona Kosmoi, Archai, Logoi, 2001.
PERNOUD, Régine: Eloísa y Abelardo; Madrid, Espasa Calpe, 1973.
RAÑA DAFONTE, César: Pedro Abelardo (1079-1142); Madrid, Ediciones del Orto, 1998.

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