Carlomagno (Carolus Magnus, 742-814)

            No se conoce a ciencia cierta el lugar de nacimiento de Charlemagne,
Carlos I el Magno (Carolus Magnus [Rex]), aquel 2 de abril del año 742 (algunos dicen el 747).

Segundo rey de la dinastía carolingia, a la que llevará a la cumbre de su poderío, será rey de los francos [768-814] y Emperador de Occidente (800-814). Era hijo primogénito de aquel que se había alzado en 751 contra el último rey merovingio, Pipino III “el Breve”, y de Bertrade, o Berta au grand pied (la de los pies grandes). Y a la muerte de su padre, en el otoño del 768, hubo de repartirse el reino, según costumbre germánica, con su hermano menor Carlomán (no confundirlo con su tío Carlomán, hijo de Carlos Martel): para Charles, sería “Neustria”, con capital en Noyon, además de la Aquitania aún no sometida; y para Carloman, “Austrasia”, parte oriental del Regnum francorum, con capital en Soissons.

Imperio Carolingio

Imperio Carolingio

Mal avenidos entre sí, e inopinadamente desaparecido Carlomán en diciembre de 771, Charles consigue restablecer la unidad territorial y política, convirtiéndose en el único rey de los francos; para ello no ha dudado en expoliar los derechos de los hijos del difunto, a los que ordena enclaustrar en un monasterio, y contra cuyos partidarios habrá de mover guerras.

Renunciando a la política de alianza franco-lombarda, repudia a la hija de Didier, rey de aquel pueblo, que atacaba Roma. Y Didier fue depuesto, después de haberse visto obligado a capitular en Pavía, cerca de Milán, tras un largo asedio. Charles ciñe entonces la corona de hierro de los lombardos (5 de junio del año 774), para hacer de aquel estado una especie de virreinato franco.

            Actuando como protector de la Iglesia, en el lugar que venia ocupando hasta entonces un Bizancio ahora claudicante, Carlos le renueva al papa la “donación de Pepino”, con lo que se aseguraba su apoyo definitivo. Sin embargo, va a necesitar aún varios años hasta conseguir imponerse en Italia, donde los ducados lombardos meridionales de Espoleto y Benevento conservaban una independencia de hecho.

En las Galias mismas y en Germania, su autoridad chocaba con poderosos particularismos: se aviene a reconocer la autonomía de Aquitania, haciendo de estas tierras un reino para su hijo Luis (781), pero Baviera, cuyo duque Tassilon III se había rebelado, pierde completamente su independencia (788)

            Siguiendo la tradición de los francos, Carlomagno va a utilizar, como instrumento principal de su política de expansión el ejército de todos los hombres libres, alzado cada primavera; pero, si bien aquella contribución general permanece, en principio, exigible (tareas de defensa territorial, abastecimiento de víveres o equipo), van interviniendo cada vez más restricciones, según criterios geográficos o socio-económicos, hasta ser llamados solamente aquellos hombres capaces de presentarse con armas de calidad y un caballo (progresivo deslizamiento hacia un ejército aristocrático).

Y multiplica el número de sus vasallos directos (los vassi dominici) disponibles en cualquier momento, entre los que recluta a sus tropas de elite, con lo que podía comprometerse, en adelante, en campañas repetidas y en escenarios alejados.

            Desde el principio de su reinado, Carlomagno había calibrado bien la amenaza que los sajone paganos, establecidos en las llanuras pantanosas entre Rin y Elba, hacían pesar sobre Austrasia. La lucha comenzó a partir del 772 con una campaña que sólo era, por el momento, intimidatoria: Habiendo destruido al ídolo Irsminsul –símbolo de la resistencia del paganismo sajón-, Carlos alcanzó el Weser e hizo rehenes.

Nuevas operaciones desarrolladas en el 775, con los grandes del reino convocados previamente en Quierzy, mostraron, esta vez, la nueva voluntad del rey franco de conquistar el pais, llevando las operaciones militares en paralelo con la evangelización (el bautismo o la muerte), único modo capaz de hacer duraderos los resultados ya adquiridos. Las guerras de Sajonia serán largas y encarnizadas, y obligarán a Carlos a utilizar métodos brutales. El levantamiento del jefe sajón Wittikind, a partir del 778, supuso para los francos graves derrotas, particularmente en el monte Sunthal (782). Respondiendo con el terror, el rey franco hace degollar en Verden, ese mismo año, a 4.500 rehenes. La rendición y el bautismo de Wittikind, a finales de 785, no bastarán para pacificar aquel vasto territorio, y los francos deberá recurrir, una vez más, a deportaciones masivas de sajones en 799 y 804.

La consolidación de las Marcas orientales del reino franco quedó completada con la anexión de Frisia, frente a las islas británicas (785) y con las campañas llevadas a cabo en la zona del Danubio contra los ávaros -presas de discordias internas y de la conjunción de las presiones francas y búlgaras- entre el 791 y el 805.

            Y en el Sur -después de haber conquistado también Gascuña-, sin pensar por ello en una conquista de España, Carlos aporta su apoyo a los príncipes sarracenos en lucha contra el emir de Córdoba, pero la expedición limitada de 778, acabó en el desastre de la retaguardia franca, sorprendida por los vascones (y no por sarracenos, como dice “la Canción de Roldán”), en el desfiladero de Roncesvalles (agosto del año 778). A partir del 785, Carlos se contenta con ocupar progresivamente plazas de seguridad en Cataluña (Gerona en 785, Barcelona en 801), y en Navarra.

            Para proteger el imperio así constituído, Carlomagno organiza “Marcas” en las fronteras de los territorios anexionados: marca danesa, marca de Sorabia (frente a los eslavos de la región del Elba), Ostmark o marca del Este (Austria), frente a los ávaros, marca de Friul, frente a los croatas, marca de España, marca de Bretaña.

            En estos últimos años del siglo VIII, el rey de los francos aparecía como el supremo árbitro del Occidente cristiano; y vio crecer aún más su prestigio cuando el papa León III (750-[795-816], atacado por una facción romana y prisionero de ella, se vio obligado a implorar su ayuda. Carlos bajó a Italia, se erigió en juez del papa, al que justificó de las acusaciones de las que era objeto y, a cambio de ese gran servicio, el obispo de Roma le pagó con otro no menos insigne, exaltándole, el día de Navidad del año 800, en la basílica de San Pedro, a aquella dignidad imperial, “Emperador de los Romanos”, desaparecida desde el 476, lo cual hacía del poderoso rey franco el protector oficial de la Iglesia, según la concepción política agustiniana de “la Ciudad de Dios”.

Ese acontecimiento, del que Carlomagno simuló ser el primer sorprendido, creará, al princìpio, cierta tensión con el Imperio de Bizancio que le acusó de usurpación. Después de haber pensado, tal vez, en zanjar la cuestión desposándose con la emperatriz Irene, Carlos resolvió optar por la intimidación, utilizando sus buenas relaciones con el califa abasida de Bagdad, Harún-el-Rachid (766-809, el de “las Mil y una Noches”), y luego ocupando Dalmacia y Venecia (809).

Hacia el final de su reinado, un compromiso parecía esbozarse entre el viejo imperio de Oriente y el nuevo imperio de Occidente; el emperador Miguel I consentía en llamar a Carlomagno “hermano” en 812, aunque será sólo bajo Ludovico Pío [814-840] cuando Bizancio reconozca el título imperial del soberano de Occidente. Y, en adelante, Carlos el franco, Carlomagno, va a autotitularse en los documentos de su cancillería “Carlo, serenísimo augusto, coronado por Dios, grande y pacífico emperador, por la gracia de Dios, roi de francos y lombardos”.

La idea de Imperio

            Convencido de que las dignidades real e imperial le habian sido conferidas por Dios, Carlomagno va a gobernar con el alto designio de asegurarle a la sociedad cristiana que le había sido confiada, la paz, el orden y la prosperidad que habrían de prepararla para su salvación, anunciando la armonía celeste.

Desde el punto de vista político, la coronación imperial del hijo de Pipino el Breve no produjo, en lo inmediato, grandes cambios, porque –como dice J. Calmette, “Le monde féodal”-, el imperio no era entonces un régimen o manera de gobierno, sino un ideal moral: la unidad de Occidente bajo un jefe que ejerce la plenitud del poder temporal, en interés de la res publica cristiana. El mismo término de “fideles” designaba a los súbditos del Estado y a los fieles de la Iglesia. El papa y el Emperador se situaban en la cumbre de la jerarquía, presidiendo el destino de los cuerpos y de las almas.

Y la relación del imperio con el papado va a condicionar, en adelante, el equilibrio del sistema, porque aquel acto del día de Navidad del 800 abría a los emperadores numerosas posibilidades de intervención en los asuntos eclesiásticos. Carlomagno protegió los monasterios con diligencia y celo, y se hizo el defensor de la cristiandad, pero no por ello dejó de proseguir aquella tutela sobre la Iglesia practicada ya por sus predecesores Carlos Martel y Pipino. Para él, el cristianismo era, ante todo, un elemento de orden y de estabilidad, porque en el vasto imperio, que se extendía desde el Mar del Norte a la Toscana, y del Elba y el Danubio a los Pirineos, la anarquía continuaba siendo muy grande, a pesar de un poderoso esfuerzo de organización administrativa llevada a cabo:

  • división en condados,
  • asamblea anual de dignatarios laicos y eclesiásticos en el palacio imperial,
  • envío a las provincias de los missi dominici (parejas de conde y obispo, elegidos entre la pequeña aristocracia y vigilándose uno al otro), encargados de investigación e inspección, tanto en lo terrenal como en lo espiritual, en la administración como en la disciplina.
  • publicación de ordenanzas imperiales o capitulares, a la luz de la información y de las quejas recogidas, donde no faltan las de orden moral, como aquella de 802 que prescribía que todos vivieran “siguiendo los preceptos divinos”, o de carácter dogmático como una del 809 que decretaba, contra Bizancio, que el Espíritu Santo procede no del Padre por el Hijo, sino del Padre y del Hijo” (¡el famoso Filioque, sutileza que tanto contribuirá a alejar el Occidente cristiano de Bizancio!).

            Paralelamente a ese esfuerzo de normalización política y territorial Carlomagno instó a los grandes (a los que, en diversas ocasiones: 786, 792, 802, impuso un juramento de fidelidad cada vez más constringente), a que enviaran a sus hijos al palacio imperial, donde comenzó a funcionar lo que hoy entenderíamos como una “escuela de futuros mandos y ejecutivos”, condes y obispos, obviamente nombrados por el soberano como altos funcionarios del Estado.

            La paz carolingia permitió, al menos, un cierto renacimiento y renovación de los estudios, en los que Carlos -¡ese bárbaro apenas sin letras, que sólo hablaba el fráncico y acabará aprendiendo latín con Alcuino, para darle a esa lengua el rango de reina indiscutida de la cultura occidental!-, participó personalmente, enmarcado ello en su gran proyecto de elevar el nivel moral e intelectual de la sociedad cristiana. Por la “Admonitio generalis” (“Aviso general”) de 23 de marzo del año 789, y otras posteriores, ordenaba que en cada obispado y monasterio se creara un centro de formación para laicos y clérigos, y se fomentara la actividad de scriptoria o talleres de reproducción de manuscritos; y quiso igualmente atraer a su corte a los mejores eruditos de Europa: el lombardo Paul Diácono (720-799), el alemán Eginhard (su biógrafo), el español Teodulfo (750?-821), que Carlos hará obispo de Orleáns; y una escuela fue abierta en el palacio mismo del soberano en Aix-la-Chapelle (Aquisgrán, su capital, particularmente a partir del 790, hoy en Alemania), que dirigió el inglés Alcuino (735-804).

La arquitectura y las artes conocieron igualmente un brillante desarrollo, preparación directa del renacimiento románico (capilla palatina de Aquisgrán, hacia 796-803, mosaicos, frescos, esculturas en marfil, miniaturas…)

            Conquistador, gran ordenancista de lo grande y lo pequeño, visionario adelantado a su tiempo, Carlos, al que pronto llamaron el Magno y que podemos considerar padre político y cultural de Europa, moría en Aix-la Chapelle/Aquisgrán (Renania), después de 42 años de reinado, el 28 de enero del año 814, a los 71 años, ya plenamente reconocido en Bagdad por el califa Harun-al-Rachid, y en Constantinopla por el basileus Miguel I. Y fue inhumado en la capilla palatina. Meritorio protagonista y artífice de un singular equilibrio continental, no llegará a conocer las divisiones y nuevos peligros que su construcción va a sufrir, ya él desaparecido. El imperio carolingio (un millón de km2 y quince millones de habitantes entonces) apenas durará medio siglo más, y por Vandea y las tierras bajas del norte del Imperio empezaban a llegar las primeras incursiones vikingas.

Porque Carlomagno, a pesar de la magnitud de su obra, permaneció siempre anclado en la tradición franca, y no se aprecia en él ese hondo sentimiento de unidad que luego hará la fuerza de los Capetos. Ya en 806, había decidido que, a su muerte, sus estados serían divididos entre sus tres hijos legítimos supervivientes: Carlos el Joven (772-811), Pipino (777-810) y Luis (778-[814-840]), lo que, inevitablemente hubiera provocado el caos si Luis el Piadoso no hubiera sido el único de sus hijos que le iba a sobrevivir.

 

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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