Gide, André (1869-1951)

            Andre Gide, despertador de conciencias un día, personalidad protéica y perpetuo disputador consigo mismo, nacía el 22 de noviembre de 1869, en el acomodado apartamento de la rue de Médicis que sus padres ocupaban entonces en París. Fue en vísperas del derrumbamiento del Segundo Imperio de Napoleón III y de los años convulsos de la derrota ante Prusia y la Comuna. Era originario, por su padre (Paul Gide -1832-1880-, profesor de derecho en París, siempre cariñoso y jovial), de una familia protestante del Languedoc, y, por su madre (Juliette Rondeau -1835-1895-), de la burguesía industrial textil normanda). Aun inclinándose más por Normandía, él atribuirá a esa doble ascendencia la causa de su permanente desgarro interior y la doble postulación tan perceptible en su obra.
Protestantes ambos progenitores, en un ambiente económicamente sólido y entre algodones, donde la reflexión intelectual alternaba con las lecturas bíblicas, el pequeño André comienza a frecuentar, a partir de los ocho años, la pedagógicamente pionera École Alsacienne de la rue d’Assas, laica aunque de inspiración protestante, de donde le expulsaron un día por “malos hábitos”. Él mismo escribirá en “Si le grain…”: “En cuanto a mí, no puedo decir si alguien me enseñó o cómo descubrí el placer, pero, por mucho que remonte en el tiempo, ahí estaba”. El gran conflicto de su vida había surgido: por un lado, el deber y los principios, y por otro el placer clandestino percibido como pecado.

Andrés Gide con M. Alegret

Andrés Gide con M. Alegret

            Y vive la desgracia de quedar huérfano a los once años. Madame Juliette Gide decide entonces bajar al Midi, a la tierra de su marido, en la dinámica de ciertas cuestiones de herencia por resolver. Hijo único y educado ahora según la moral de su madre -buena y entregada, pero autoritaria y rígida-, André ingresa a los doce años en el lycée de enseñanza secundaria de Montpellier, donde proseguirá, por poco tiempo, unos estudios mediocres y discontinuos. Allí, probablemente influido emocionalmente por la pérdida de su padre, se muestra retraido, desmañado en el vestir y mirando de soslayo; y tendrá escasos amigos, objeto, no pocas veces, de lo que hoy identificaríamos como acoso escolar. Una pequeña viruela, y diversas crisis nerviosas -sin duda, ansiedad- ante la perspectiva de regresar a las aulas, alejan al adolescente de aquel infierno personal.

Ambos regresan a París y André acaba retomando la enseñanza de l’École Alsacienne, donde -ayudado por cursos particulares que le imparte el pastor Élie Allegret, cuatro años mayor que el-, va a proseguir, esta vez, brillantes estudios; y aquí conoce al poeta Pierre Louÿs, con el que entablará amistad.

            A la inspiración simbolista (en la que coincidía con Huysmans, Mallarmé, Maeterlinck…) pertenecen “Le Traité du Narcisse” (1891), “La Tentative amoureuse, ou le Traité du vain désir” (1893) y “Le Voyage d’Urien”, éste con ilustraciones de Maurice Denis (1893).

Es la época en que se empieza a ver a este dandy de veintitantos años, tímido y amanerado, por los salones literarios, de cuyo medio hará una sátira en “Paludes” (1895).

            Siempre de frágil salud, en 1893 Gide se traslada en convalecencia a África del Norte en compañía del pintor Paul Albert Laurent (1870-1934), viejo compañero de l’École Alsacienne. Pero, de hecho huía de París y de su madre -con quien las relaciones venían deteriorándose-. Atraviesa entonces una crisis espiritual determinante y su coraza de virtud se rompe; en adelante, va a ensalzar la legitimidad de una felicidad humanista (“rien que la terre”, “solo la tierra”) y a rechazar, con lo adquirido en la educación, los imperativos de la moral; el escritor exalta “la ferveur” y la ebriedad de una disponibilidad sensual en ese himno a la alegria, prácticamente panteísta que son “Les Nourritures terrestres” (“Los frutos de la tierra”/ “los alimentos terrestres”), de 1897, después de que, en un segundo viaje con Oscar Wilde, éste le hubiera llevado ya por senderos de renovadas licencias.

En “Les Nourritures…”, –“livre de convalescent” –dirá él luego-, cuyo tono lírico no excluía el carácter didáctico, el escritor/Ménalque prescribía al joven Nathanaël que abandonara toda regla moral y todo hábito de pensamiento a fin de saborear fervorosamente la vida en su espontaneidad y conocer mejor, de este modo, el mundo y a si mismo. Semejante exaltación del sensualismo y culto de la disponibilidad, implicaban, no obstante, un esfuerzo personal y un don total de sí mismo: “Que lo importante esté en tu mirada, no en lo que miras”. La obra en la que se sucedían ensueños poéticos inspirados en múltiples fuentes (textos bíblicos, cuentos orientales y discursos inspirados de Nietzsche), ejerció en su momento, una influencia considerable: “¡Y ahora, Nathanaël, arroja lejos de ti este libro, emancípate!, porque, a cada cual corresponde su propia moral”

            El libro recibirá tanto elogiosos comentarios cuanto acerbas críticas, como la de su amigo el que será prestigioso poeta católico Francis Jammes, que censuraba su exacerbado individualismo y encontró indecente la alegría allí expresada.

            Su madre ha fallecido ya para entonces, en mayo de 1895, y -desaparecido el obstáculo mayor, ella que siempre se había opuesto a este proyecto de su hijo familiar y desigual- André Gide contraía matrimonio, el 8 de octubre siguiente, en Cuverville, cerca de Étretat, con su prima Madeleine, tres años mayor, la hija primogénita de su tío Henri Rondeau, que siempre había influído positivamente en él con su carácter aposentado y tranquilo, y en quien él veía la imagen de un ángel; a ella le unían sentimientos sobre los cuales se había expresado en “Les Cahiers d’André Walter” (1891), colección de prosas poéticas; y de ese amor nacerá un día “La Porte  étroite”.
Y de su viaje de bodas, Madeleine regresó tan virgen como se había ido. Amor sin componente sexual y repleto de tensiones en adelante hasta la muerte de ella, porque en ella sólo amaba al doble de sí mismo, su alma hermana.

            De su madre ha recibido algunas propiedades en herencia y, en particular, una mansión rural (château) en la normanda Roque-Baignard. Sin haberlo postulado particularmente, en 1896 se ve elegido alcalde del lugar y allí continuará durante una legislatura, yendo y viniendo, gestionando los asuntos de la pequeña comuna de 160 hbs. por entonces, sin comprometerse en partidismos activos.

Château que venderán a finales de 1900 para sustituir sus estancias por la propiedad de Madeleine en Cuverville.

Y el matrimonio Gide se ha instalado, en marzo de 1897, en el 4, bd. Raspail de París, cerca de la rue du Bac y del Sena.

            Ya matizado en el cuento filosófico “Prométhée mal enchaîné” (1899) y en el drama “Saül” de 1903, aquel ideal individualista resulta aún amortiguado en la novela del “Immoraliste” de 1902.

Michel, hombre de estudio, que ha recobrado la salud después de un primer viaje a los mismos lugares, se traslada otra vez a Argelia, acompañado ahora de Marceline. Pero su esposa cae enferma y él, abriéndose a una sensualidad que le conduce a rechazar la moral burguesa, prefiere dejarla morir de abandono y de amargura…

            En un ambiente igualmente argelino y con su protagonista Michel/Gide, vuelven a aparecer aquí los mismos temas de homosexualidad y fracaso de la pareja. Pero, más “moral” de lo que deja esperar el titulo, de hecho, es una interrogación acerca de los límites de ese culto a la independencia.

            Y escribe entonces (1907) “Le Retour de l’enfant prodigue” que publicará dos años después.

            En 1909 –compensación al “Immoraliste”-, aparecía en “La Nouvelle Revue française” (que acaba de fundar con Copeau y J. Schlumberger, y de donde saldrá “Éditions Gallimard”), “La Porte étroite” (narración, no novela -precisa él-) donde, manifestando una austera imparcialidad, Gide respetaba “la evasión hacia lo sublime” de su heroína Alissa, mientras Jérôme, el otro protagonista, soñaba únicamente con las victorias obtenidas sobre sí mismo. Eran claves del mundo de su autor.

            Tenso y orientado hacia la búsqueda de un equilibrio interior que tuviera en cuenta tanto la sensualidad como la inteligencia, el egoísmo como el altruismo, el escritor va a escribir, sucesivamente, “Isabelle” (1911), “Les Caves du Vatican” (1914) y “La Symphonie pastorale” (1919), que le aseguran, en adelante, una notoriedad indiscutida.

“Les Caves…”, arranca con el rumor que se extiende de que el papa ha sido secuestrado en los sótanos del Vaticano por la banda de Protos, y que un doble le está sustituyendo. Y Lafcadio, hijo natural del conde de Baraglioul, buscando siempre el acto gratuito, puede salvarle la vida a una muchacha, de la misma manera que matar, en un acto gratuito, a Amédée Fleurissoire, pueto en viaje para liberar al Jefe de la Cristiandad. Fleurissoire resulta ser cuñado de Julius, hijo legítimo del conde.

            Obra, deshilvanada e irónica, que su autor definía como una “sotie” al modo de farsa, y que mezcla sátira, intriga y personajes en un tono, a menudo, de parodia y de ironía. El libro escandalizó a los sectores católicos, pero, en torno a él, vino a encontrarse una joven generación desenvuelta y libre que acababa de leer a Nietzsche y descubría a Freud. Y de la sátira-diversión sacará el autor una obra de teatro que será representada en 1951.

            Y llegó la guerra. Sin pretender situarse “au-dessus de la mêlée”, como hará Romain Rolland desde Suiza, Gide prefiere guardar silencio, implicándose, eso sí, en alguna obra de solidaridad con los refugiados belgas, y haciendo a su Diario único confidente de su pensamiento.

Fue al abrir por distracción una carta dirigida desde el frente a André, en junio de 1916, por su amigo Ghéon, como Madeleine vino a descubrir, para estupor suyo, la condición activamente homosexual de su marido.

            Y en junio de 1918 –la guerra no ha terminado aún-, Gide parte para Inglaterra con su amante Marc Allegret, futuro cineasta, hijo de aquel Élie Allegret su preceptor, de quien acaba de enamorarse –siente él-, y con quien podía reconciliar sexo y sentimiento; él tiene 49 años y Allegret 17.  A su mujer Madeleine le ha dejado una carta, diciéndole que no puede continuar en la convivencia. Ella conocía ya sus calaveradas sexuales, pero, esta vez, era el corazón de André el que estaba comprometido. Luego sabrá él que Madeleine ha roto toda la correspondencia que ha venido dirigiendole desde hacía treinta años.

            Ya para muchos se ha convertido en un maître à penser, un guía de pensamiento.

            La “Symphonie…” -publicada ya tras la gran contienda-, es el drama moral y conyugal de un pastor protestante (de ahí el juego de palabras del título), donde el clasicismo de la expresión se halla perfectamente al servicio del sincero fervor que destila el tono general.

            Mientras las relaciones con su esposa entraban en una fase de irreversible deterioro, Gide se acerca al Nuevo Testamento, siguiendo las instancias de escritores como Paul
Claudel y Rivière, viejos amigos como Ghéon –vuelto ahora al catolicismo-, y otros que no lo eran tanto como Du Bos y el filósofo Gabriel Marcel, y toma notas en su “carnet vert” escritas bajo el choque moral de la guerra, hasta 1920; de ese ejercicio reflexivo saldrá “Numquid et tu?” en 1922. Él dirá en el prólogo que, escritas durante la guerra, esas páginas guardaban el reflejo de la angustia y del desconcierto de la época.

A algunos pudo hacerles pensar en una conversión.

            Cruel desmentido. Porque, en un ejercicio que unos quisieron llamar de sinceridad, y otros de impudicia y desvergüenza, hasta la pose y el artificio, Gide publicaba en 1926 una novela autobiográfica, “Si le grain ne meurt” (“Si la semilla no muere”): “En esa edad inocente en la que uno quisiera ver únicamente ternura, pureza y almas transparentes, yo sólo veia en mí sombra, fealdad y socarronería”.

Y en este mismo año de 1926,“Corydon”, segunda edición en La Pléiade de una primera impresión de 1922, sin nombre de autor ni de editor, ensayo en el que hacía una minuciosa apología de la homosexualidad masculina.

            Preocupado por las cuestiones de la técnica novelistica, Gide publica, también en 1926, una obra compleja, crítica y lírica al mismo tiempo, en la que se mezclan hechos diversos, enseñanza moral, redacción de un diario íntimo y el tema del libro por escribir. Era “Les Faux-Monnayeurs” (“Los Monederos falsos”) -a la que acepta por primera vez llamar “roman”-, novela de una novela escribiéndose, y en ella retomaba su autor el problema de la creación literaria, ya abordado en “Paludes”.

En torno a Édouard, escritor que lleva el diario de un libro que quiere escribir (y que llevara el título alegórico y moral de “Faux-Monnayeurs”), pululan personajes diversos, definido cada uno en función del novelista “que se persigue él mismo sin cesar a través de todos y de todo”. Paralelamente a la aventura de Olivier Molinier, que ilustra la moral del instante y representa un conjunto de virtualidades (durante un tiempo estárá ligado por una pasión homosexual a su tío Édouard) es presentada la evolución de Bernard Profitendieu, su amigo, el cual se piensa a sí mismo en función del futuro: en rebelión contra sus orígenes familiares, conocerá la rica y contradictoria moral de ruptura que Gide ya había exaltado en “Le Retour de l’enfant prodigue”.

“Los Monederos falsos” representaban, en el animo del autor, a todos los falsarios del alma y a los estafadores de la moral. Pero Gide, al igual que el Édouard de la novela –o el pastor de la “Symphonie…”, o la Evelyne de “l’École des femmes”, o “Robert”, que vendrán-  seguía dándose buenas razones a sí mismo para seguir su línea.

Y dedicado “a aquellos a quienes estas cuestiones interesan”, “Le Journal des Faux-Monnayeurs” que siguió a la novela es una reflexión crítica del novelista sobre su propia creación.

            Orientado ahora hacia un ideal humanitario, tras un viaje con Marc Allegret al África negra, Gide denuncia la miseria y los excesos del colonialismo en “Voyage au Congo” de 1927 y en “Retour du Tchad” de 1928.

            En 1929  publicaba en la N.R.F. “l’École des femmes”, en dos partes y un epílogo:
El narrador recibe, en tanto que editor, el diario de una madre (Evelyne) que su hija ha recibido en herencia, en el cual cuenta ella lo enanmorada que estuvo del padre de sus hijos, su triple papel de mujer, de esposa y de madre, y las desilusiones que siguieron.

            Y la Iglesia católica, como chivo expiatorio de los fantasmas y obsesiones del autor.
Luego, en lo que será una trilogía, las respuestas a lo anterior: primero del marido “Robert” (1930), y luego de su hija “Geneviève” (1936), cada uno con su visión personal.

            Y vuelve con sus aversiones en 1930; será el breve drama en tres actos y en prosa “OEdipe”, de variados tonos (lo trágico, lo cómico y el lirismo), vagamente inspirado en Sofocles, donde el autor exponía su propia concepción de la existencia humana y en el que se perciben paralelismos con sus propios personajes de novela: la atracción por la libertad individual, contrapuesta a las normas de sumisión que marcan la religión. Y ello, paralelamente a un debate de ideas acerca del progreso de la humanidad y el pueblo.

            A despecho de su proclamado apego por el individualismo a ultranza –y, sin duda, incómodo en el lugar de magisterio moral en el que le han situado-, se acerca al partido comunista y al reformismo social desde la planificación aplastante del Estado, tal como lo ilustraba la Unión Soviética. Ello se inscribía en el marco de la general empresa de seducción que por entonces desarrollaba Moscú y, en su estela, los P.C.’s nacionales, cerca de la clase intelectual. Posición que corregirá, desencantado y crítico, unos años después. Le bastó un viaje, invitado por los soviets (“Retour de l’URSS”, 1936), para oponerse, en adelante, con toda claridad al dogmatismo marxista.

            Su esposa Madeleine fallecía en abril de 1938 en Cuverville. Ella no habrá sabido nunca de la existencia de Catherine, la hija de André, nacida en abril de 1923 y a la que sólo ahora querrá reconocer; su madre: una relación familiar antigua, Élisabeth Van Rysselberghe.

            Con la llegada del nazismo y la actitud agresiva de Hitler, la Segunda Guerra Mundial estalla, y Gide se exilia en Túnez, donde se impondrá silencio durante todo el conflicto.

            Y en 1946, después de haber escrito obras menores desde “OEdipe”, publicaba “Thésée”, último mensaje con el que parecía aportar la conclusión de su pensamiento moral; y era de fe en el progreso, exaltando toda forma de acción que le devuelva al hombre su libertad interior.

            En 1947, este anticonformista en ruptura con la sociedad aceptaba encantado el premio Nobel de literatura y entrar así en el panteón de glorias mundiales.

Les “Feuillets d’automne” (1949) eran su testamento espiritual: “Ya habré hecho mucho, si saco a Dios del altar y pongo al hombre en su lugar (….) y pensaré que la virtud es aquello que el ser humano puede obtener mejor de sí mismo.”

            Habiendo vivido intensamente, y en conflicto constante, su particular culte du moi, André Gide, homosexual y pederasta (con prácticas que hoy le hubieran llevado ante un tribunal), escritor vanguardista, pero de sorprendente factura clásica, moría en París, a consecuencia de una congestión pulmonar, en su apartamento del 1 bis, rue Vaneau, el 19 de febrero de 1951. Tenía 82 años. Y la familia de Madeleine Gide pedirá que sus funerales tengan lugar en Cuverville

            Ese  año  de 1951, poco después de su muerte, salía a la luz “Et nunc manet in te” (y ahora [ella] permanece en ti), historia de su vida conyugal y patético testimonio donde su autor utilizaba el trasfondo no consumado de su matrimonio, verdadero calvario para la sufrida Madeleine.

            Paralelamente a lo que había ido desgranando a lo largo de una extensa obra literaria difícil de captar, entre idas y venidas, posicionamientos y giros, rupturas y oscilaciones (“les extrêmes me touchent”-decía él-), como en un interminable debate consigo mismo, el escritor daba cuenta en su “Journal”/ Diario (mantenido desde 1889 hasta 1949, y publicado entre 1943 y 1953), con lúcida sinceridad y una constante exigencia literaria, de la complejidad de su vida moral, sentimental e intelectual; era la confesión de un yo real y de otros yo posibles, con la que completaba sus publicaciones autobiográficas anteriores.

En 1952, la Iglesia Católica pondrá en el Index de libros prohibidos el conjunto de su obra..

Además de numerosas otras obras no señaladas en esta breve reseña biográfica, a título póstumo, se han venido publicando, entre otros textos,  “Ainsi soit-il ou Les jeux sont faits”” (“Así sea”), que había comenzado poco tiempo antes de morir, en 1952; “Hugo, hélas!”, en 2002, y diversos escritos.

            Y están igualmente sus interesantes “Correspondances”, ricas y elaboradas, con F. Jammes, 1948; con Paul Claudel, 1949; con Rilke, post., 1952; y con Paul Valéry, post. 1955), recogidas por la biblioteca “La Pléiade”, de Gallimard, entre 1096 y 1997.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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En español:

BORRÁS DUNAND, Josette: El tiempo de André Gide; Univ. Salamanca (tesis extractada), 1982, 1984
VILLENA, Luis Antonio: André Gide, un intelectual del siglo XX para el futuro; Cabaret Voltaire, 2013.
VIVERO GARCÍA, María Dolores: La estructura temática del “yo” en los escritos autobiográficos de André Gide; Ed. de la Univ. Complutense, Madrid, 1988.

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