Luis XV (1710-[1715-1774])

            Nació en Versalles el 15 de febrero de 1710. Hijo del duque de Borgoña, era viznieto del Rey Sol, y de él recibió la corona a la edad de cinco años. Mientras era educado por madame de Ventadour y, luego, por el duque mariscal de Villeroi, con diversos preceptores, el país será gobernado por su primo Philippe d’Orléans (Felipe de Orleáns), sobrino, él mismo, de Luis XIV; y, a la muerte del regente, ocho años después, por el duc de Bourbon (duque de Borbón), de 1723 a 1726, quien concertó en 1725 el matrimonio del rey con la hija de Estanislao I de Polonia. Porque Luis XV, declarado mayor de edad en 1723, fue proclamado rey oficialmente. De aquella unión con María Lesczynska (1703-1768) habrían de nacer diez hijos, de los que seis hembras y un varón sobrevivirán.

A Bourbon le sucedió en 1726, ya con 73 años, como ministro de Estado, André Hercule Fleury obispo de Fréjus y antiguo preceptor del nuevo rey, pronto nombrado cardenal.

Priorizando, en el exterior, la alianza con España y el mantenimiento de la paz, siempre que fue posible, Fleury iba a ejercer el poder con firmeza, no incompatible con la flexibilidad y la prudencia: buena administración financiera y fiscal, regreso al colbertismo con el Contrôleur général des finances (ministro de Hacienda) Philibert Orry [1730-1745], junto al desarrollo del comercio y la industria, son los principales rasgos de su gestión al frente del gobierno; si bien hubo de enfrentarse a un recrudecimiento de la cuestión jansenista, solapada con la persistente oposición de los parlamentos.

El benéfico gobierno de Fleury concluía con su fallecimiento en 1743. Y fue entonces cuando el rey tomó la decisión de gobernar por sí mismo.

Luis XV

Luis XV

            Sus primeros actos parecían mostrar que, efectivamente, tenía la intención de tomar directamente las riendas del gobierno. Pero, aunque con sentido común e inteligente, Luis XV era veleidoso e indolente, al tiempo que celoso de una autoridad que ejercía por arrebatos; y el resultado será una política errática, sometida a la influencia de sus favoritos o de sus numerosas amantes (él, que pasaba por uno de los hombres más guapos y apuestos del reino), como madame de Châteauroux y, sobre todo, madame de Pompadour, dama que, durante cerca de veinte años (1745-1764), ejercerá un relevante papel en el Estado, concediendo o retirando mandos en los ejércitos o haciendo despedir a ministros que le desagradaban; y, finalmente, la poco inteligente y vanidosa madame du Barry. Yendo así el gobierno a la deriva, a falta de una dirección competente y firme.

            El conjunto del reinado iba a estar marcado por el problema financiero:

            El escocés John Law (1671-1729) vino a publicar, en 1705, sus “Consideraciones sobre el numerario y el comercio”, donde preconizaba la creación de bancos estatales y de un sistema de crédito con papel moneda en circulación. Y fue en la Francia de la Regencia donde habia venido a poner esas ideas en práctica, comenzando por crear un banco privado en 1716, que obtuvo licencia para emitir billetes; y al año siguiente, será la “Compagnie d’Occident”; finalmente, para devolver la deuda pública y con la oposición del poderoso grupo de presión financiero de los arrendatarios de impuestos (fermiers généraux), Law creaba un “sistema” que uniría el banco, la Compañía y el Estado, y que tuvo el control del comercio exterior (hacia el Mississipi, la China y las Indias) y de las grandes empresas del Reino. El crédito público y el comercio parecieron reanimarse, y el “sistema” fue imitado en otros lugares de Europa. Pero la imprudencia de las emisiones, la fiebre especulativa (cuyo centro era la rue Quincampoix de  París), junto a los manejos de mala fe de sus enemigos -particularmente los conocidos hermanos Pâris-, acabaron provocando la bancarrota, y Law, convertido por entonces en Superintendente de Finanzas, hubo de huir.

Era el año de 1720. Y el recuerdo de ese fracaso influirá no poco en la evolución de la vida financiera en Francia.

            En lo inmediato -en un estado desastroso después del fracaso de Law-, las finanzas habían quedado saneadas por Fleury, como se ha visto. Sin embargo, nuevas necesidades iban a surgir pronto, traídas por la política extranjera.

Había sido la guerra de la Sucesión de Polonia (1733-1738), que le valió al pais la Lorena (en la persona del desposeído Estanislao –suegro del rey- con carácter vitalicio), a pesar de su participación limitada.

Y ya había expresado Luis XV su intención de gobernar personalmente, cuando en 1744 vinieron los austríacos a invadir la Lorraine (Lorena), y él acudió personalmente para organizar la resistencia. Pero cayó gravemente enfermo en Metz y, en todo el reino, sus súbditos quisieron dar esspontáneo testimonio de su afecto al rey, al que llamaban ya le Bien-Aimé (sólo en la catedral Notre-Dame de París fueron sufragadas 6.000 misas por su restablecimiento). Y el rey sanó. Era la guerra de Sucesión de Austria (1740-1748), en la que, a pesar de brillantes victorias (Fontenoy, 1745), nada pudo conseguir Francia y ello provocó el descontento de la opinión pública –ya relativamente vigorosa por entonces-.

Ésta se vió aún más sorprendida con el vuelco de alianzas, inspirado por Bernis y el “secreto del rey” (diplomacia paralela ignorada por los ministros), y reforzada y completada por Choiseul, auspiciando el matrimonio del Delfin con la archiduquesa de Austria María Antonieta y firmando con España, Parma y Nápoles el pacto de familia (1761). Y fue consecuencia de ello la guerra de los Siete Años (1756-1763), desarrollada por tierra y por mar, que desembocará en un fracaso (a pesar de los esfuerzos de Choiseul en Asuntos Exteriores y Marina) y acabará consagrando la supremacía británica, con el final de las posesiones coloniales francesas. Sin embargo, la caprichosa opinión recibió favorablemente esa paz desastrosa.

            La oposición parlamentaria alcanzaba por entonces su paroxismo. Restablecidos en todo su poder por la Regencia, los parlamentos habían manifestado ya su hostilidad bajo el ministerio de Fleury. Aquellos parlamentarios franceses, que gozaban de la enorme prerrogativa del registro de las leyes, venían amparándose en la anfibología del término “parlamento”, cuando sólo eran magistrados sin carácter representativo alguno, originarios de grandes familias, que habían heredado sus cargos o los habían adquirido venalmente, y cuya nobleza hereditaria había sido reconocida desde principios de siglo. Defendían, de hecho, los privilegios contra las reformas reales, pero ante la opinión parecían defender las libertades públicas frente al despotismo y se veían sostenidos por todo el movimiento de los filósofos y de la Enciclopedia -que, en eso, se equivocaron históricamente como los años posteriores vendrán a demostrar-. Y aquella lucha prosiguió en el terreno religioso con la querella del jansenismo.

            Ya desde antes de la guerra de los Siete Años, Luis XV había apoyado la política reformadora del Contrôleur général des finances (ministro de Hacienda) Machault d’Arnouville, en cuyo programa iba particularmente la igualdad ante el impuesto, haciendo recaer sobre todos -privilegiados y Estado llano (roturiers)- una contribución del 1/20 de los ingresos (1749). Los parlamentos, los estados provinciales y la asamblea del Clero protestaron al unísono, llegando a organizar auténticas revueltas. Pero el rey acabó despidiendo a su ministro unos años después, ante la violencia de la oposición, y esa vuelta atrás, tuvo el doble efecto de hacerle antipático entre las clases populares y de envalentonar aún más a los parlamentarios, de todo lo cual vino Luis XV a tomar conciencia con ocasión del atentado de Damiens en 1757.

Era ese Damiens un viejo soldado y luego criado de diversos amos en los medios parlamentarios; de carácter exaltado e influenciable, quiso atentar contra la persona sagrada del rey (crimen de lesa majestad); pero la irrisoria arma que utilizó (una simple navaja) y no poca suerte que tuvo la víctima, quedaron en algo de sangre y, al final, un simple susto. No ocurría nada semejante desde el atentado de Ravaillac de 1610 contra Enrique IV. Lo cual no libró al regicida del descuartizamiento en la plaza de Grève de París, para ejemplo de imitadores. Era el 28 de marzo de 1757.

            Choiseul, el ministro más influyente de 1758 a 1770, iba a proseguir esa política de debilidad de la Monarquía, no atreviéndose a entrar en guerra abierta con los parlamentos.  En 1764, con ocasión de cierto proceso contra el padre La Valette (un jesuíta que habia malversado fondos allá en las Antillas), el Parlamento consiguió imponerle al rey la supresión en Francia de la Compañía de Jesús –bestia negra del jansenismo y los parlamentarios-; sólo podrían permanecer en el Reino como simples clérigos sometidos a los obispos. Jesuíta era el confesor del rey, desde los tiempos de Enrique IV, en los inicios del siglo XVII.

Y, durante seis años (1765-1771) los parlamentos mantuvieron su enfrentamiento con el rey.

            Debilidad de la monarquía que vino a  transformarse, a partir de 1770, en reacción autoritaria. Al débil Choiseul -que terminó siendo exonerado-, sucederá el triunvirato formado por Maupeou,-Terray-D’Aiguillon.

El enérgico Maupeou, aunque de vieja familia de magistrados él mismo, decidió tomar partido contra sus colegas. El parlamento de París se había declarado en huelga una vez más y Maupeou quiso esta vez actuar con energía. Ordenó preguntar a cada magistrado si estaba dispuesto a retomar el servicio, y casi todos se negaron, tras lo cual, les fueron retirados sus cargos y enviados al exilio, con la supresión de la venalidad de las funciones judiciales, para pasar a ser simples funcionarios del Estado; y les estaba prohibido, en adelante, recibir todo tipo de “estimulos” materiales, ni tasas (épices) en el ejercicio de sus actuaciones. Para acelerar la justicia en la inmensa jurisdicción de París, se creaban, además,  seis consejos superiores. Los parlamentos conservaban el derecho de interpelación al monarca (remontrance), si bien limitado ahora.

Reforma de capital importancia que, curiosamente, fue aceptada con relativa facilidad; había bastado un gesto enérgico del gobierno para que aquella nobleza de toga (noblesse de robe) doblegara la cabeza.

Pero la corona había caído ya en el descrédito. Porque, al impuesto del vingtième creado por Machault, se había venido a añadir un segundo 1/20, tan deficientemente repartido como el primero, y el abate Terray, desde Hacienda, se veía envuelto en inextricables expedientes, por evitar la bancarrota.

            Los parlamentos habían sido disueltos, pero la medida venía demasiado tarde, pues la muerte del monarca reinante va a poner término a esa política.

            El 28 de abril de 1774, Luis XV había sufrido un fuerte malestar durante una estancia en Trianón. De regreso a palacio y con el correr de los días, el cuadro general fue degradándose y aparecieron las fatídicas manchas rojas en la piel, que no dejaban dudas sobre la naturaleza del mal, y vinieron fiebre, escalofríos, naúseas y postración extrema, entre rumores todo ello, inquietud creciente e intrigas de palacio.

Se ha dejado escrito que el partido jesuítico intentó posponer hasta el final el alejamiento de su valedora la Du Barry, en la esperanza de que el rey pudiera recuperarse. Y fue así que, paradójicamente, los partidarios de Choiseul y de los parlamentos aceleraban la confesión sacramental y el arrepentimiento del monarca (tanto como decir la expulsión de la favorita su enemiga), mientras los devotos deseaban retrasarla -¡con grave peligro para la salud de su alma!, clamaron entonces filósofos, descreídos y jansenistas-.

El estamento eclesiástico -según tradición bien asentada en la monarquía-, prescribió al moribundo el repudio de la concubina; tras lo cual, este monarca escéptico y libertino, por expreso deseo personal y entre muchas señales de pesar, pudo, finalmente, recibir óleos y sacramentos.

El miércoles 4 de mayo, la dama Bécu recibía discretamente la orden de retirarse, y fue acogida, en las primeras semanas, por el duque d’Aiguillon, en una de sus propiedades.

Muchos de los que, en la Corte, habían apostado por el partido anti-Choiseul, y los que se habían arrimado al favor de la Du Barry ahora expulsada, sintieron que una nueva época menos propicia comenzaba para ellos.

Sumido en agonía desde el día anterior, aquel que había recibido al comienzo de su reinado el sobrenombre de Bien-Aimé, se extinguía en Versalles el martes 10 de mayo de 1774, a los 64 años de edad, llevándose con él la antipatía de su pueblo. Si bien la causa inmediata que le marcó el camino de la tumba fue un ataque caracterizado de viruela, la vida de excesos que siempre llevara le había debilitado prematuramente y, desde hacía algún tiempo, no eran pocos, entre la opinión general y la diplomacia internacional, los que venían especulando con su muerte.

Desde el momento del tránsito, el cuerpo del monarca, ya violáceo oscuro, sufrió una tan acelerada putrefacción, que no se pudo exponer según la costumbre y hubo de hacerse precipitadamente una primera inhumación. Y en la basílica de Saint-Denis, tres días después, fue preciso emparedar el féretro, a causa del hedor que seguía despidiendo. Estaban previstos, no obstante, funerales con gran pompa, transcurridos cuarenta días, pero en las honras post-mortem del monarca extinto no estuvieron presentes ni el duque de Orleáns ni su hijo Chartres (futuro Philippe Égalité), a pesar de que ciertas señales habían dejado pensar que las tensiones derivadas de la reforma judicial de Maupeou habían quedado superadas. Esa ausencia era un mal presagio y un pulso lanzado al siguiente monarca.

Al conocerse su muerte, hubo festejos solapados por los barrios de París y en otras ciudades del Reino.

            Luis XV dejaba una monarquía institucionalmente debilitada y con pérdida de influencia en el Continente europeo, pero su reinado habia estado caracterizado por una gran prosperidad, favorecida por una coyuntura favorable, y  por el esplendor e influencia que la cultura francesa no conocía desde el siglo XIII.

            Era el Siglo de las Luces (le Siècle des Lumières), cuya correspondencia en Europa fueron el “Aufklärung” alemán, y el “Enlightenment” inglés; su apoyo teórico remontaba al cartesianismo y a aquella voluntad de denunciar los prejuicios y de confiar en la razón. Y fue, sobre todo, después de las obras de Fontenelle y de Bayle en Francia, y de Newton y Locke en Inglaterra, cuando realmente vino a desarrollarse esta corriente filosófica. En Francia, los principales representantes serán Montesquieu, Helvétius -ya fallecidos cuando muere Luis XV-, Voltaire, Diderot, Rousseau, d’Alembert, d’Holbach, Buffon…

            La crisis que atenazaba ya la maquinaria del Estado no iba a tardar en desembocar en crisis política y social; el movimiento de los filósofos venía lanzando, desde hacía tiempo, sus ataques y sus consignas contra las instituciones más sólidas del Antiguo Régimen y empezaba a amenazar la autoridad real y el poder secular de la Iglesia.

El próximo reinado no arreglará las cosas.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

ANTOINE, Michel: Louis XV; Fayard, 1989; luego Hachette, 2006.  
BORDONOVE, Georges: “Louis XV le Bien-Aimé”; Pygmalion, 2013 y otras ediciones anteriores.
BLUCHE, François: Louis XV; Perrin, 2003 y ediciones anteriores.
COMBEAU, Yves: Louis XV, l’inconnu bien-aimé; Belin, 2012.
GAXOTTE, Pierre: Le Siècle de Louis XV; Fayard, diversas ediciones desde 1933.
LEVRON, Jacques: Maria Leszczynska, madame Louis XV; Perrin, 2006
MAZÉ, Jules: La cour de Louis XV; 1944.
MICHELET, Jules: Histoire de France, 19 [Louis XV et Louis XVI, 1758-1789]; muchas ediciones desde la original, concretamente: París, J. de Bonnot, 1979.
PETITFILS, Jean-Christophe: Perrin, 2014.
RÉTAT, Pierre: L’attentat de Damiens; 1979.
SALLES, Catherine: Louis XV, les ombres et les lumières; Le Grand livre du mois y Tallandier, 2006.

En español:

LEVER, Maurice: Luis XV; 2002

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