Marat, Jean-Paul (1743-1793)

            Segundo hijo de una familia que acabará siendo numerosa, Jean-Paul Marat nacía en Boudry (condado de Neufchâtel) el 24 de mayo de 1743; y fue bautizado el 8 de junio; su padre, Jean-Baptiste Marat (o Mara) era de origen sardo recientemente instalado en Suiza, y su madre, Louise Cabrol, calvinista ginebrina. El joven Marat estudia en el colegio de Neufchâtel, para vérsele enseguida, con 16 años, preceptor en Burdeos, donde va a iniciar estudios de medicina.

En 1762 (el año en que Rousseau publicaba “Du Contrat Social”), Marat se traslada a París, deslumbrante capital entonces de una Francia donde iba aumentando la movilidad social. Y aquí completa su formación filosófica y termina sus estudios de medicina, antes de pasar a Inglaterra en 1767. En ese país, que se imponía a las mentes ilustradas como un modelo político, Marat ejerce su profesión y publica sus primeras obras en inglés, de inspiración revolucionaria y materialista; eran, particularmente sus “Essay on the human Soul” (1773) y, sobre todo, “The Chains of Slavery” de 1774 (publicado en Francia en 1792), uno de sus libros más célebres, en el que desarrollaba una teoría de la insurrección y legitimaba la violencia politica. Y en 1775,  en el transcurso de un viaje a Edimburgo, fue recibido doctor en la universidad de St. Andrews.

Jean-Paul Marat

Jean-Paul Marat

            Vuelto a Francia en 1777, gracias a su fama ya adquirida de práctico en sus artes médicas, se convierte en médico y veterinario de la guardia del conde de Artois (futuro Carlos X) y de sus cuadras, al tiempo que prosigue actividades de investigación e ingresa en la francmasonería. Sus memorias sobre el fuego (1780), la luz (mismo año) o la electricidad (1782) se hallan en el corazón de los desvelos de la comunidad científica del momento, y atraen la atención de Franklin (embajador, por entonces, en la corte de Francia), y de Goethe. Pero aquellos trabajos y resultados son rechazados por la Academia de las ciencias que le cierra sus puertas y no le perdona sus ataques a Newton.

Amargado y habiéndose significado, sin duda, por sus ideas, en 1783 cesa como médico de la guardia del conde de Artois. Los años siguientes van a ser para Marat época de repliegue social, y su existencia cotidiana queda fragilizada. Se toma por un genio incomprendido y surge entonces en él la incontenible furia igualitaria.

À Marat, David.

À Marat, David.

            Pero la efervescencia nacida a partir del momento en que Luis XVI anuncia la convocatoria de Estados Generales, a partir de agosto de 1788, vuelve a darle a Marat nuevo vigor. A la reflexión política que había continuado desarrollando después de su estancia en Inglaterra, sobre todo en su “Plan de législation criminelle” (1780), va a suceder casi inmediatamente el compromiso apasionado. Y desde el principio del año 1789 se dedica a escribir panfletos, uno tras otro, acerca de la situación del reino; y la libertad de prensa recientemente concedida, le permite, a partir de septiembre, crear su propio periódico, “L’Ami du peuple”, publicación regular que se imprimía en la rue du Commerce, y en la que fundará su popularidad a partir de los meses siguientes. Tirado a 2.000 ejemplares aprox., “L’Ami du peuple” se apoyaba en un público lector de sans-culottes, que aunque no considerable, se mostraba fiel y atento. A lo largo del millar de números que hará aparecer, Marat llamará a la vigilancia popular, a fin de evitar –decía-, la confiscación de la Revolución en beneficio de los poderosos y de los ricos.

 Y fue uno de los primeros miembros del club de los Cordeliers que Danton fundaba en abril de 1790.

Pero su forma de expresarse, virulenta e intransigente, le acarrea disgustos, sobre todo cuando se enfrenta a personajes como Nécker, Mirabeau o La Fayette -a los que califica de falsos ídolos de la opinión-, o a la monarquía misma a partir de 1791: ya en 1789 conoce prisión entre octubre y noviembre; y habrá de huir a Londres u ocultarse en enero/mayo de 1790, y de diciembre 1791 a mayo 1792, con su periódico suspendido.

Las persecuciones han agriado su carácter, ya naturalmente desapacible y receloso, pero han acrecentado aún más su popularidad, y su posición viene a reforzarse considerablemente a partir de la jornada del 10 de agosto de 1792, con el cruel y sañudo asalto a las Tullerías.

Abolida la realeza, proclamada la República (21 de septiembre de 1792), y elegida la Convención nacional, el furibundo Marat, pidiendo a diario sangre y cabezas, y reclamando para Francia una “dictadura suprema”, ocupa un escaño entre los montagnards y sostiene una línea republicana popular, radical y “democrática” (según la acepción que el término tenía entonces); y también él votó la muerte inapelable de Luis XVI.

Señal de su influencia y de sus aspiraciones, su hoja política cambia de título, para adoptar el de “Journal de la République Française”, y en ella continúa exaltando a las masas populares, y a toda la sans-culotterie, por quien y para quien había de construirse el movimiento revolucionario. Encontraba legítima y necesaria la eliminación física de los enemigos de la República y, sin haber participado directamente en ellas, sino a través de la incitación, apoyará las atroces matanzas de septiembre de 1792:

Entre el domingo 2 y el viernes 7 de septiembre, cuadrillas a sueldo del “Comité de vigilancia de la Comuna” irrumpieron violentamente en las viejas prisiones y en todas aquellas que habían ido habilitándose en París, donde se mantenía hacinados a refractarios, aristócratas y rehenes de emigrados, algunos casi niños y adolescentes, junto a prostitutas, vagabundos, gente miserable y otros condenados de derecho común.

En la Abadía de Saint Germain, la que llamaban comúnmente l’Abbaye, acabaron de degollar a los suizos que no habían perecido en el asalto a las Tullerías. En el convento de los Cármenes, rue de Vaugirard, en la Conciergerie con más de 350 ejecuciones, en Bicêtre, en la Force de la rue Saint-Antoine, donde perecieron 170 detenidos; y en otras prisiones también. Aquellos “enemigos de la libertad”, iban siendo llamados por las celdas y, tras un expeditivo simulacro de juicio, a cargo de una parodia de tribunal, un frutero, un carpintero, o un tendero y algún escribiente sacado de cualquier tribunal, exculpaban a unos pocos, protegidos a tiempo por algún valedor, pero hacían creer que quedaban libres a la inmensa mayorìa, cuando, en el exterior, a una señal, les esperaban ya sicarios, para abatirlos como a reses, a palos y a sablazos.  Hubo más de mil trescientas víctimas. Y Danton, desde el ministerio de Justicia de quien dependía la seguridad de los presos, dejó hacer. “Je me fous des prisonniers!” (“¡me importan un carajo los presos!”), parece que dijo, según madame Roland.

            Sintiéndose fuerte con la autoridad que ejerce sobre el pueblo menudo de París, Marat es vigorosamente combatido por los girondinos -después de una nueva llamada suya a la insurrección- que consiguen llevarle ante el Tribunal revolucionario, en abril de 1793; pero la maniobra se vuelve contra los federalistas: absuelto y acompañado triunfalmente por los agitadores de las seccciones parisienses hasta la Convención, aquel 24 de abril de 1793, Marat se siente más fuerte que nunca y participa activamente en la preparación de las jornada de los días 31 de mayo y 2 de junio, que van  poner fin a las pretensiones girondinas.

            Pero enfermo ahora en su casa de la rue des Cordeliers, Marat –médico de si mismo-, deja ya de aparecer regularmente por la Convención.

El jueves 11 de julio, había llegado a París, desde su Normandía, cierta joven mujer que  pedía ser recibida por Jean-Paul Marat, a quien, sintiéndose amenazada –había dicho-, tenía importantes revelaciones que hacer. Era Charlotte Corday, de simpatías girondinas, y en París nadie la conoce, a pesar de descender –se sabrá luego- del dramaturgo Corneille. Ella insiste y, en su último recado, escribe: “Marat, basta con que te diga que soy desgraciada, para estar segura de tu protección”.

El sábado 13, finalmente, a las siete y media de la tarde, fue recibida por el político y publicista en su domicilio. Le encontró en su bañera donde, para tratarse de cierta grave afección de piel (probablemente lepra), pasaba habitualmente varias horas al día, que aprovechaba para escribir sobre un tajo de carnicero y para despachar:

                        -Ciudadana, la desgracia tiene derechos que siempre han sido dignos de consideración para mí, siéntate…

            Ella empezó hablándole de cierto complot que agitaba la región de Caen y el político prometió que todos los conspiradores acabarían en la guillotina. En eso estaban cuando, sin más palabras, la joven sacó un cuchillo y le asestó varias puñaladas…

                        -¡A mí, socorro!

            A los gritos de muerte del convencional acuden varias personas: Marie Évrard, su ama de veintisiete años y muy particular amiga, que encuentra a la ejecutora de pie y serena; Laurent Bas, que ordenaba periódicos en el domicilio y golpea a la forastera con una silla; la cocinera Jeanne Maréchal, que encuentra aún a su amo con los ojos abiertos, intentando decir algo y se arroja sobre la desconocida; y llegan luego otros vecinos. Cuando, entre todos, le sacan de la bañera, Marat era ya cadáver.

La escena quedará como uno de los hitos pictóricos de David, y la acción misma, por la personalidad de la víctima y las circunstancias que concurrieron en su muerte, va a provocar por toda Francia una profunda conmoción. Marat se convertía en mártir, y su justiciera, en heroína para otros:

                        -¡Mi tarea está consumada, que los demás hagan la suya!

            Fue detenida en el acto, trasladada a la prisión de l’Abbaye e inmediatamente sometida a un exhaustivo interrogatorio. Juzgada el 16 de julio, al día siguiente subía al suplicio con entereza, en la plaza de la Revolución, con la camisa roja de los parricidas. Diez días después, Charlotte hubiera cumplido veinticinco años.

            El 16, habían tenido lugar grandiosos funerales ante el cuerpo de Marat –apresuradamente embalsamado y semiputrefacto, al final-, tres días después de su muerte y tras siete horas de exposición pública, en la iglesia/club de los Cordeliers, aquel caluroso día de julio. “Ici repose Marat, l’ami du peuple, assassiné par les ennemis du peuple” (“Aquí yace Marat, el amigo del pueblo…” -era el epitafio que el poder político mandó grabar sobre su tumba-.

Celebrado como un mártir de la libertad y exhumado a propuesta del pintor David (se conoce su lienzo “Marat assassiné”, pintado antes de adular a Napoleón, o cómo acabar con las libertades políticas), Marat entraba en el Panteón en fructidor, An II (agosto/septiembre, de 1794), antes de ser expulsado por la reacción termidoriana en febrero de 1795.

Su nombre, como el de Hébert, p. ej., permanecerá asociado a la desaforada violencia física y verbal de la Revolución, y a sus exigencias más radicales y “democráticas”. Y, tanto para sus admiradores como para sus detractores, el personaje aparece como una de las figuras más representivas de aquel período. Su influencia en el movimiento popular parisiense, su relativa independencia respecto a las principales corrientes política de su tiempo y, finalmente, las circunstancias de su asesinato, hacen de él una personalidad relevante de la historia revolucionaria.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

MARAT, Jean-Paul: “Les chaînes de l’esclavage” (con introducción de J.D. SELCHE); Union Générale d’Éditions, 1988, y otras editoriales, como Lille, Éditions Laborintus, 2016. También: “Plan de Législation criminelle”(texto conforme a la edición de 1790); inroducción y comentario final de Daniel HAMICHE; Aubier Montaigne, 1974.
BIANCHI, Serge: Marat, “l’Ami du Peuple”; París, Belin, 2017.
BREDIN, Jean-Denis: “On ne meurt qu’une fois”, Charlotte Corday; Le Grand livre du mois, 2006.
CHEVALIER. Kristell: L’assassinat de Marat: 13 juillet, 1793; París, B. Giovanangeli, 2008. 
COQUART, Olivier:  Jean-Paul Marat; Fayard, 1993.
DE COCK, Jacques: Marat et la lumière;  Pôle Nord, 1991.
GUILHAUMOU, Jacques:  La mort de Marat, 1793;  Bruselas, Éd. Complexe, 1989.
JACOTEY, Marie-Louise:  J’ai  tué Marat;  Langres, D. Guéniot, 2004.
MASSIN, Jean:  Marat; Aix-en-Provence, Alinéa, 1988
PONS, José: Jean-Paul Marat, l’ami du peuple, défenseur des droits de l’homme; un immortel méconnu; Saint-Denis, José Pons, 1999.

En español:

MARAT, Jean-Paul: “Las cadenas de la servidumbre, obra destinada a revelar los atroces atentados cometidos por los príncipes contra los pueblos”, traducida por Ambrosio V. López; Matanzas, 1891.

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