Cátaros o albigenses (siglos XII y XIII)

          El catarismo (de “catharos” = puro), nombre que parece haber arraigado más que el de albigenses, fue una secta cristiana herética, extendida por el Mediodía de Francia, le Midi, particularmente en el Languedoc, cuya primera atestación data de 1163, pero sus seguidores no se llamaban a sí mismos “puros”. El término “ketter” -peyor. por katte, (alt. alemán = gato)- fue utilizado por primera vez en sus sermones, por un abad de Colonia de nombre Eckbert, hacia 1160 o algo después, para designar a los heréticos renanos. Y, aprovechando la resonancia similar a /kátaro/, aquellos herejes reivindicaron para sí ese vocablo. Nunca los creyentes provenzales o languedocianos se dijeron “cátaros”, sólo “bons hommes”, “bons chrétiens” (de lo que dan testimonio los procesos inquisitoriales).

También se les conoce por “albigenses” -apelativo que sería más apropiado que el de “cátaros”, y que aparece en el momento de la cruzada.

          Si debiéramos adentrarnos en el posiblemente inútil ejercicio de buscar unos orígenes exógenos al catarismo –como a los demás movimientos dualistas del norte del Loira, de Renania o de Flandes-, podríamos ver en él la forma francesa de una amplia corriente de gnosticismo maniqueo que se había venido manifestando entre los siglos VII y XI en el imperio bizantino con los paulicianos, en el siglo XI en Bulgaria con los bogomilos -y que los caballeros de la segunda Cruzada (1147-1149) habrían descubierto e importado a mediados del siglo XII-, y ya desde el siglo X en Italia, de donde pasó a la Galia meridional. En todo caso, hacia 1145, todo el Mediodía tolosano parecía ya afectado de catarismo, fenómeno que alcanzará su momento culminante hacia 1200.

Catarismo – fortaleza de Peyrepertuse (Aude)

          Aunque probablemente resulte más productivo rastrear los factores endógenos que contribuyeron a su arraigo:

Sus principales adeptos fueron dos grupos de notabilidades minoritarias, conviviendo en los mismos ámbitos urbanos meridionales y descontentos ambos por motivos distintos.

  • Por un lado los burgueses, que prosperaban paulatinamente con el comercio y las finanzas, en un contexto de creciente monetarización de la riqueza, y que, aun cuando se iban liberando paulatinamente del marco feudal, aspiraban a un mayor protagonismo y reconocimiento social que el aristocrático poder político del norte no les concedía.
  • Y por otro, los chevaliers, los nobliaux o hidalgüelos –generalmente pobres, en un contexto económico en que sus ingresos se estancaban y aumentaban los precios y sus gastos (de los que el mantenimiento del rango no era el menor), endeudados con los anteriores, desposeídos en gran parte del poder por estas tierras, amenazados de marginación social y, en consecuencia, crecientemente movidos por un análisis mental pesimista de la existencia-, muchos de los cuales (aunque no todos los clanes nobiliarios), volcarán en la herejia.

          Y notarios, y abogados y gente letrada. Teología para gente culta, religión de los dominantes -según la expresión de Jean-Louis BIGET-, pero no la religión dominante (que seguía siendo la que dictaban Roma y los concilios).

          Sus centros más notorios fueron Albi (de ahí el nombre de albigenses que también se les dio), Béziers, Carcassonne, Castres, Montauban, Toulouse… Pero no fue una herejía de masas, más allá del mito cultivado: los represores tendrán interés en magnificar el fenómeno para justificarse, y lo harán luego los anticlericales. Tampoco fue la expresión de una resistencia regional, pues no faltan los casos de cátaros más allá de estas tierras -Flandes, Charité-sur-Loire (Centro) o Champaña-.

          Si bien insistían en la renuncia a la riqueza y bienes terrenales, los cátaros o albigenses difundían una enseñanza muy diferente al cristianismo. En el origen de su doctrina sólo estaba la Biblia y, si bien la mayor parte de las fuentes proceden de sus detractores (ya sea la Iglesia dominante, ya otros de sus enemigos, heréticos también, los valdenses o vaudois), su credo -campo de la constante contradicción, teología de la ruptura radical-, presentaba una gran simplicidad doctrinal y litúrgica, oponiendo lo perfecto a lo imperfecto, lo finito a lo infinito, lo eterno a lo efimero; y descansaba en un dualismo que afirmaba la existencia de dos principios eternos: uno bueno, creador de los espíritus, y otro malo, autor de la materia, la carne, el mundo y todo lo perecedero, creación del demonio. Tras una caída, una parte de los espíritus perdió su dignidad original y se encuentra, desde entonces, prisionera de la materia; tal es la condición humana. Para liberar a los hombres, Dios les ha enviado a su Hijo, no a un hijo consustancial, sino a un ángel, revestido de un cuerpo aparente, que no sufrió, murió, ni resucitó, y cuya obra redentora consistió únicamente en extender la verdadera doctrina, de la que los albigenses eran depositarios; porque la Iglesia de Roma –decían ellos-, oculta esa enseñanza y se niega a reconocer el alcance revolucionario de los Evangelios, los únicos divinos, pues el Antiguo Testamento (donde ellos sólo retienen algunos textos proféticos y otros poéticos) es obra del mal.

          En una visión hondamente pesimista, pues, y considerando de antemano que la Iglesia era incapaz de reformarse, esta corriente desarrolla un anticlericalismo de rencor (ante la riqueza creciente de la Iglesia), y propugna el regreso a la simplicidad evangélica; tales eran los principales pilares de aquella doctrina.

De la condena radical de la materia se desprendian todas las actitudes de aquellos cátaros con relación a la fe, a la Iglesia y a la vida moral: negando la interpretación ortodoxa, interpretaban las Escrituras en sentido alegórico, y rechazaban los diversos aspectos de la realidad encarnada de la Iglesia y de su organización eclesiástica, como los sacramentos, la misa, la liturgia, así como los fundamentos del orden temporal, como el matrimonio y la autoridad política.

“Mi reino no es de este mundo” –había dicho Jesús-. Y ellos adoptaron esta moral extremadamente rigorista, que imponía ayunos severos a los verdaderos cátaros, mortificaciones e incluso la abstención de todo alimento (endura), con grave peligro para la salud del cuerpo (lo que la Inquisición interpretará como suicidio ritual).

Y eran llamados respetuosamente por sus seguidores “bons hommes” y “bonnes femmes”, ellas muy minoritariamente atraidas, por cierto, dentro del minoritario catarismo, a pesar de lo que el historiador alemán Gottfried Koch  ha podido escribir.

          Moral que no estaba, evidentemente, al alcance de cualquiera, y, por ello, se distinguían dos clases:

  • Aquellos que recibían el “consolamentum” -único sacramento de ordenación para el clero, por imposición de manos-, a través del cual, el receptor rompía todo lazo familiar, se consagraba a la predicación y al ascetismo, y observaba en todo su rigor las prescripciones cátaras. Además de condenar el matrimonio -peor que la prostitución, decían-, se vedaban a sí mismos el consumo de carne animal, pervertida por la sexualidad e incitadora del deseo (salvo el pescado, considerado asexuado por esta época). Otras de las principales prescripciones a las que se atenía el clero cataro eran: No matarás, ni invocarás en vano el nombre de Dios, ni juzgarás, ni tendrás relaciones sexuales (pues la procreación contribuye a reducir las almas a esclavitud y a mantenerlas en la materia).

          Han pasado a la historia bajo el nombre de “perfectos”, que ellos no se daban a sí mismos y que procede, posiblemente del calificativo “hereticus perfectus” que la Inquisición les daba, es decir “acabados”, “consumados”.

  • Y los simples “creyentes”, obligados a escasas reglas de comportamiento, sin la angustia del pecado y que continuaban llevando una existencia relativamente libre; pero, eso sí, comprometidos a recibir el “consolamentum” en la hora de la muerte o si vinieren a encontrarse en peligro mortal, lo cual les liberaba entonces de la materia. No obstante, si el “consolado” venía a recuperarse o sobrevivía, debía comprometerse a llevar la vida de los perfectos en adelante, o a morir de inanición.

          En aquella sociedad sacral del medievo, donde orden temporal y espiritual prácticamente se confundían o aparecían estrechamente ligados, el catarismo, verdadera contra-Iglesia, vino a constituir un grave peligro no sólo para la fe católica, sino, igualmente, para la autoridad política, en razón misma de sus actitudes asociales.

          Después de la Cruzada, por los altos valles y en las faldas pirenaicas del condado de Foix y en el albigense van a surgir focos de neocatarismo, que la Inquisición  -esa institución que el papa Gregorio IX habia creado recientemente en 1231-, seguirá persiguiendo, pero ahora con bastante laxitud (ver Jean-Louis BIGET) y como fenómeno puramente residual; pero a su extinción contribuyó grandemente también la paciente labor de los hermanos predicadores y las ordenes mendicantes (reclutados tanto en la nobleza como en las nuevas elites económicas): ellos eran Iglesia, pero querían ser pobres también, y cercanos.

Y en el primer tercio del siglo XIV prácticamente ya no existía el catarismo.

          Es cierto que la misma Iglesia oficial habrá de encontrar respuesta a los nuevos anhelos espirituales del siglo XIII, y una teología positiva contra el pesimismo cátaro; y deberá reflexionar también acerca de una mejor adaptación de su pastoral a las nuevas elites urbanas, en cuestiones como el sexo, la natalidad y la relación con el dinero, afirmando la belleza del mundo, imponiendo ahora una visión relativamente naturalista y restringiendo, en suma, el territorio del pecado; además de nuevas vías para la salvación (indulgencias, sacramento de la confesión y purgatorio –concepto revigorizado a partir de mediados del siglo XIII).

Pero un catarismo imaginario va a instalarse y a arraigar en la memoria colectiva regional.  A ello coadyuvarán en su momento el romanticismo liberal (con el paralelo reverdecer de la poesía de los trobadores occitanos) y ciertas contribuciones del siglo XIX (v. Napoléon Peyrat, pastor protestante, con su “Histoire des albigeois” en 5 vols., de 1870-1872), que quisieron ver en el fenómeno de los “puros” señales precursoras de una nueva edad democrática, tolerante e igualitaria donde todos íbamos a ser mejores.

Más allá de la leyenda, la memoria que ciertos sectores han querido retener de aquellos albigenses sólo presenta hoy un lejano parecido con la verídica historia de esa herejía medieval.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

BELPERRON, P.: La croisade contra les albigeois et l’union du Languedoc à la France, 1209-1249;  París, Plon, 1942 y París, Perrin, 1967.
BERLIOZ, Jacques: “Tuez-les tous, Dieu reconnaîtra les siens”. La croisade des Albigeois vue par Cesaire de Heisterbach; Portet-sur-Garonne, Loubatières, 1994. También: Le pays cathare: les religions médievales et leurs expressions méridionales; Seuil, 2000.
BIGET, Jean-Louis: Hérésie et inquisition dans le midi de la France; París, Picard, 2007.
BORST, A.: Les Cathares; París, Payot, 1974 (después de la edición alemana de 1953).
BRENON,A.: Le vrai visage du catharisme; Portet-sur-Garonne, Loubatière, 1991 (4ª edición)
DUVERNOY, J.: Le Catharisme. T. I: L’Histoire des Cathares; t. II: La Religion des Cathares; Toulouse, Privat, 1976 y 1986.
KOCH, Gottfried: La question féminine et l’héresie (título original: Frauenfrage und Ketzertum in Mittelalter…, Berlín, 1962)
NELLI, René: Les Cathares; París, Marabout, 1972 y 1981. También: La vie quotidienne des Cathares en Languedoc; París, Hachette, 1969; y Le Phénomène cathare; Toulouse, Privat, 1990 (1964).
ZERNER.CHARDAVOINE, M.: La Croisade albigeoise; París, Gallimard, “Archives 79”, 1979.

En español:

BARRERAS, David: Breve historia de los cátaros; Madrid, Nowtilus, 2012
MESTRE i CAMPI, Jesús: Atlas de los cátaros; Península, 1997.
O’SHEA, Stephen: Los cátaros; Barcelona, Zeta, 2010.
NELLI, René: Los cátaros del Languedoc en el siglo XIII; Palma de Mallorca, Olañeta, 2012.

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