Barrès, Maurice (1862-1923)

            Auguste-Maurice Barrès nacía el 19 de agosto de 1862 en la rue des Capucins, la calle principal de Charmes-sur-Moselle, en el departamento de los Vosgos; y llegaba a un hogar donde ya había nacido su hermana Anne-Marie (un día Marie Demange). Su padre, Joseph-Auguste Barrès, ex-alumno de l’École Centrale, había sido profesor de química, antes de convertirse en recaudador de impuestos. Los Barrès eran originarios de la Haute Loire, allá en Auvernia. Y era de su madre, Claire-Anne Luxer, hermosa y delicada mujer, de quien podía reclamarse el futuro defensor de Lorena, pues los Luxer se habían establecido en esa antigua provincia histórica allá por el siglo XVII.

Igual que Gide, siete años después, también él unía dos orígenes.

            El pequeño Maurice vive la derrota ante los prusianos de 1870, el paso de soldados franceses, a los que se traen bebidas calientes, la desastrosa retirada, la presencia cotidiana del ocupante… Y esos acontecimientos y las reacciones que suscitaron serán uno de los puntos de arranque de su obra: Philippe, en “Le Culte du moi”, defiende su independencia contra los Bárbaros como el lorenés “acuciado por los extranjeros” intenta proteger a su raza (“Un homme libre”, cap. VI; e igualmente “Le roman de l’énergie nationale” y “Les Bastions de l’Est”).

Maurice Barrès, (1862-1923)

Maurice Barrès, (1862-1923)

 

Nervioso y de constitución delicada (a duras penas pudo salir con vida de la fiebre tifoidea de 1867), el niño ingresa interno en 1873, con once años, en el colegio de La Malgrange, que llevaban los jesuítas cerca de Nancy; allí permanecerá cuatro años, hasta julio de 1877, y conservará de la experiencia un amargo recuerdo: “En el colegio, cuando yo tenía once años, mis compañeros me llamaban “el cuervo”, porque era un niño de pelo negro, serio y aislado”. Se puede leer en las Concordances de “Sous l’oeil des Barbares” algunas frases de venganza contra la incomprensión de sus antiguos compañeros y la de sus profesores. Y esa primera impresión queda luego confirmada en su paso por el lycée de Nancy (1877-1880). Pero aquí dos encuentros van a marcar la existencia del adolescente:

  • Primero la de Stanislas de Guaita, alumno también del centro; Barrès y “Stani”, pasan noches enteras leyéndose los poetas, y es entonces el descubrimiento entusiasta de Théophile Gautier, de Baudelaire…, o la prosa brillante del “Salammbô” de Flaubert. A pesar de las disputas, las divergencias de puntos de vista y, sobre todo, la evolución de Guaita hacia el ocultismo, ambos amigos no dejaran de relacionarse y de confrontar sus ideas.
  • Luego la de su profesor de filosofía Auguste Burdeau (también lo fue del poeta y dramaturgo Claudel), que Barrès ha descrito en “Les Déracinés” bajo el nombre de Paul Bouteiller. Los sentimientos del joven alumno eran muy favorables hacia ese inteligente profesor que llegará a ser una de las figuras de la Tercera República: Barrès se sentía seducido y fascinado, pero seguía desconfiando y denunciará más adelante, el carácter abstracto de la enseñanza de Burdeau y su moralismo kantiano.

            Concluidos sus estudios medios, Barrès se inscribe en la facultad de derecho de Nancy. Liberado del rigor del internado, participa ahora en la vida estudiantil y pasa sin convicción sus primeros exámenes.

Barrès -Su casa en Charmes

Barrès -Su casa en Charmes

 

En julio de 1881 –tiene ahora diecinueve años-, efectúa un primer viaje a París, adonde llega por la gare de Est; allí Stanislas de Guaita va a ejercer de improvisado agente literario suyo.

Al año siguiente comienza su colaboración con un estudio literario en “La Jeune France” y no tardará en escribir para diversos otros periódicos y revistas, como la “Revue des Lettres et des Arts”, “Paris illustré” o “la Vie moderne”.

El parnasiano Leconte de Lisle y Anatole France han detectado ya el joven talento; y, a pesar de la resistencia de sus padres, que deseaban retenerle en provincia, el 12 de enero de 1883, Barrès acaba instalándose en ese París que él siente tan diferente a él pero cuyo prestigio literario le atrae irresistible, para seguir aquí sus estudios de derecho –según le ha dicho a su familia y tiene él, por un momento, la intención de cumplir-. De hecho, piensa ya dedicarse a la escritura. Sus sentimientos eran como los del joven Rastignac de “la Comédie Humaine” de Balzac,  a la conquista de la capital.

            Comienza entonces el período más fecundo, sin duda, de la vida de Barrès. La tarde/noche de su llegada, ya se encontraba en el salón de Leconte de Lisle al que sorprende y divierte, y en quien provocará curiosidad y hasta cierta irritación, porque Barrès no dejaba a nadie indiferente, con su actitud de petimetre rebelde. También frecuenta a otros maestros de las letras parnasianas, como José María de Heredia y Louis Ménard, a los que conoce en los cénaculos literarios, y a jóvenes ambiciosos de su edad como el luego bien conocido dandi, crítico, poeta y mecenas Robert de Montesquiou.

Gracias a un talento muy pronto reconocido, y a las recomendaciones de amigos y relaciones como Stanislas de Guaita y Leconte de Lisle, Barrès va abriéndose camino en aquella sociedad. Y en el mundo algo frívolo de periodistas principiantes mal pagados, hace su aprendizaje de escritor y publicista.

Ello paralelamente a ocupaciones más serias, como su asistencia a los cursos de Jules Soury -filósofo seducido por el espíritu alemán-, y sus lecturas de Renan (cuyo escepticismo irónico acaba decepcionándole) y de Taine, “maîtres à penser”, guías intelectuales por entonces de aquella juventud inquieta.

Y ensancha su cultura con los viajes que hará a Italia a partir de 1883.

Ante la reticente acogida que recibe inicialmente entre los editores, redacta casi únicamente él mismo y publica en 1884 los números de una revista que va a revelarse efímera, porque, a pesar de la publicidad y la acción de quienes le apoyan, “Taches d’encre” no tiene el éxito esperado, hasta que deja de salir cuatro números después, “porque la redacción tiene la gripe”.

            En enero de 1887 Barrès vuelve a Italia, mayormente por razones de salud. Y este mismo año, pasa sus vacaciones en Bretaña con Charles Le Goffic (1863-1932); -los diez minutos de conversación que el maestro de Tréguier les concede se convertirán en los “Huit jours chez monsieur Renan” que, en 1888, al mismo tiempo que “Sous l’oeil des Barbares”, le valdrán a Barrès su primer éxito.

Son los años 1887-1891 los que marcan su salida del anonimato. Después de “Huit jours chez monsieur Renan”, “Sous l’oeil des Barbares” desconcierta pero interesa, y el artículo que Paul Bourget le consagra atrae sobre su autor la atención de la gente de letras.

En 1889, después de una grave enfermedad y una larga convalecencia, en su natal Charmes, Barrès publica “Un Homme libre”; y en septiembre era elegido por Nancy diputado “boulangista” (movimiento populista con ribetes “socialistas”). “Et puis ce fut la vie, car il fallut agir” (y la vida se impuso, porque había que actuar) –decía en “Un Homme libre”

Éxito precoz y brillante, en dos campos generalmente separados, y Barrès aparece entonces como “le prince de la jeunesse”.

            Luego vienen “Trois Stations de psychothérapie” y “le Jardin de Bérénice” ambos de 1891, y el suicidio en Bélgica, sobre la tumba de su amada, madame de Bonnemains, del fugado general Boulanger: Era el grotesco epílogo de una aventura alocada.

            Enfrentado a la dura realidad de la vida política y literaria, la conducta de Barrès se vuelve vacilante y menos segura, para dar paso a éxitos y fracasos. Aquellos momentos decisivos de la llegada a París o de la trilogía de “le Culte de Moi”  no volverán a darse.

            1892 es el año del exotismo, con un viaje a España, de donde volverá con imágenes deslumbrantes o sugestivas de Toledo, Córdoba… y del anarquismo, con “l’Ennemi des lois”.

En las elecciones legislativas de agosto/septiembre de 1893, en que su movimiento -tras el lamentable final de Boulanger-, acusa un importante retroceso en relación a 1889, Maurice Barrès sufre un descalabro personal en la circunscripción de Nancy, y contrae matrimonio con Paule Couche, culta y con ingenieros y generales en su familia, de cuyo matrimonio nacerá Philippe Barrès en julio de 1896 (que morirá en 1975).

“De sang, de la volupté, de la mort” (1894, los recuerdos españoles), es contemporáneo de la fundación de “la Cocarde”, publicación en la que se codeaban mistralianos, proudonianos, jóvenes judíos, neocatólicos y socialistas; pero esa publicación, que reunía en notable confusión a todos los opositores a la Tercera República, sólo dura seis meses, dinamitada su convivencia cuando vino a estallar el caso Dreyfus.

Porque en septiembre de ese año, el capitán Dreyfus era detenido, y en diciembre siguiente condenado, degradado y deportado; y “l’Affaire”, divide a los colaboradores del periódico, como divide a toda Francia.

No sin dudas e inquietudes en ese compromiso, Barrès adquiere entonces su figura legendaria: la de defensor de la tradición, del orden establecido y de la cosa juzgada. Y cuenta su hijo Philippe que no era su padre persona practicante de misa dominical en París, salvo cuando se encontraban en Charmes, porque allí el párroco representaba la civilisación y la herencia nacional, y habia que sostenerle.

            En 1896, en Boulogne-Billancourt, era derrotado en las elecciones.

“L’Action Française”, fundada en noviembre de 1898, sostiene las ideas nacionalistas de Barrès; pero él perdía, una vez más, en Nancy en las elecciones de este año.

En enero de 1899, en la ebullición del caso Dreyfus y como respuesta a la “Ligue des Droits de l’Homme”, era fundada la nacionalista “Ligue de la Patrie Française”, de cuyo comité director forma él parte; y el 23 de febrero de este año, sigue a Paul Déroulède en su tentativa por arrastrar a las tropas contra el palacio presidencial del Elíseo.

Una de las cuestiones que siempre excitarán la reflexión de Maurice Barrès –según recordará más adelante su hijo Philippe- era por qué razón aquella Francia de honda tradición monárquica y cristiana era el mismo país donde eclosionará luego la “Declaración de Derechos Humanos”, el pensamiento moderno y la democracia; y, viviendo aquel tránsito como un ruptura, él buscará el enlace intelectual armonioso (la soudure).

            Durante ese período, y después de la trilogía “le Culte du Moi”. Barrès escribe y publica “le Roman de l’énergie nationale”: “Les déracinés”, en 1897; “l’Appel au soldat”, en 1900; “Leurs figures” en 1902. Porque, entre ese culto individualista y el nacionalismo de la nueva trilogía no hay ruptura sino profundización, una especie de nacionalismo del yo.

            Monsieur Bouteiller, nuevo profesor de filosofía que llega a Nancy en 1879, seduce a sus alumnos por la distinción de su mente y su cálida palabra. Pero también inocula en ellos un humanismo abstracto que destruye los lazos que les unían instintivamente a su tierra natal, a su provincia histórica. Conquistados por su enseñanza disolvente, un puñado de aquellos jóvenes, reniega de su Lorena y se aleja para buscar fortuna en París: lejos de sus raíces, luchan pero también sufren desengaños y contrariedades. Su viejo profesor, al que acuden para que les ayude, se sustrae, y el periódico que han fundado quiebra. Para encontrar dinero, dos de ellos, incurren en asesinato: Racadot es condenado a muerte, mientras Mouchefrin, su cómplice se salva por falta de pruebas. Eran las consecuencias del desarraigo y de haber olvidado sus raíces y sus valores…

            Ya su padre ha muerto en 1898, y su madre morirá en 1901.

Luego viaja por España y por Grecia (“le Voyage de Sparte”, 1906), y cede a esa fascinación de Oriente que representa para él Anna de Noailles (1876-1933), poetisa y novelista francesa de origen rumano (Anna Bessaraba de Brancovan).

            En 1906 es elegido miembro de la Academia francesa, para suceder a José María de Heredia, muerto el año anterior; y se le abre también la Cámara de Diputados, con su reelección entre los nacionalistas en mayo de este mismo año (30 escaños, de 583 representantes: Clemenceau no tardará en formar un largo gobierno).

Con lo que Barrès invertirá su tiempo entre, por un lado, su actividad parlamentaria (frecuenta la Cámara asiduamente, preside banquetes y conmemoraciones e interviene alguna que otra vez en la tribuna), y por otro, su actividad de escritor y los viajes a Oriente (particularmente en 1907 y 1908).

            Diez años después de aquella su fundación, el monárquico Maurras retomará el título de “l’Action Française” en 1908, para su diario, que reivindicaba, entre otros, a Barrès, pero que éste rechaza. Rememorándo la conocida frase de Pascal en “les Provinciales”: “La justicia sin la fuerza es impotente, y la fuerza sin la justicia es tiránica”, aludía Barrès a las instituciones políticas del momento. Y a Maurras, que desenvolvía su acción impregnada en una especie de fervor casi violento, le decía: “Al no ser posible vuestro rey, tratemos, al menos, de perfeccionar lo que existe, y que lo que es fuerte sea justo”.

            En agosto de 1909, se suicidaba en Épinal, con 25 años, por amor por Anna de Noailles, su sobrino Charles Demange –joven escritor dandy y nihilista, hijo de su hermana Anne-Marie Barrès-, y esa pérdida le afectó a él profundamente.

            Y ha publicado ahora “Le Greco ou le secret de Tolède”, 1911

            En Europa la situación se degradaba paulatinamente, a pesar de las corrientes pacifistas que pugnaban, ellas, por lo contrario. Y, en vísperas ya de la guerra, “la Colline inspirée”(1913) es recibida como una de las obras maestras de Barrès.

            Existen lugares elegidos para ser sede de emociones religiosas: Lourdes, Vézelay, Domrémy o la colina de Sion-Vaudémont. En 1837, tres sacerdotes, los hermanos Baillard, quisieron volver a restablecer en esa colina de “la vieille Lorraine mystique” el culto olvidado tras el período revolucionario. El mayor de ellos, Léopold –con sus hermanos François y Quirin-, guiado por el celo de un viejo fundador de una orden religiosa, compra a plazos varias propiedades de los alrededores, y aquella “sainte montagne”se convierte en lugar de peregrinación. Pero sus aturdidos gastos y su espíritu independiente acaban suscitando la desconfianza de su obispo, y ha de hacer un retiro en la Cartuja de Bosserville. Siguiendo el consejo de uno de aquellos cartujos, Léopold va a buscar a Normandía a Vintras, personaje iluminado con visos de profeta, que se traslada a Sion donde introduce un culto demoníaco.

Pero la paradógica alianza entre sus superiores jerarquicos y los sectores librepensadores conseguirán acabar con aquella experiencia, El rumor público habla ya de prácticas heréticas, entre panfletos y estribillos donde se mezclan la verdad y la difamación. Un breve papal excomulga a los Baillard y François muere sin recibir los sacramentos. Tras un exilio, Léopold regresa a Sion –muertos ya Quirin y Vintras-,donde continúa viviendo entre peligrosas ensoñaciones y en total soledad. Hasta que llega la hora de su muerte, momento en que, en la agonía, se retracta instado, por el párroco del lugar que muere antes por aquella santa causa (“Il faut le rendre au Christ qui m’en a donné la charge”, he de devolvérselo a Cristo que me lo había confiado-), y un joven oblato.

En todos los tiempos han sucedido dramas semejantes, en torno a lugares inspirados. No rechacemos el espíritu que sopla en las cumbres y también en nuestro interior, pero sepamos controlar su ímpetu.

            Tras lo cual Barrès volvió por los caminos de Oriente que, junto con Germania, constituían los dos principales polos de su pensamiento.

Regresó para ver cómo, en julio de 1914, caía asesinado Jaurès, y llegó la que resultará horrible conflagración. Pero aquellas fiebres que habían fragilizado desde su niñez la salud de Barrès, le encontraron clasificado inválido para el servicio militar, a pesar de peticiones formales del interesado en diferentes momentos. ¡No importaba! Durante los cuatro años que va a durar el sangriento conflicto, él escribirá sin descanso para sostener la causa de Francia: Sus 14 volúmenes de “Chroniques” (1915-1920), dan testimonio de su empeñada tarea. Fue su manera de alistarse. Los combatientes le deberán la mejora de los cuidados a los heridos, la adopción de hospitales volantes en campaña y medidas en favor de las viudas de guerra, entre otras. A lo que ha de añadirse su perseverante acción para sostener la moral del combatiente y de toda la nación (en lo que coincide con alguien bien alejado de su propio ideario: Clemenceau,) Pero esa acción, apreciada por toda la opinión pública, le granjea, sin embargo, la hostilidad de algunas mentes. Fue así como Romain Rolland -que declaraba él: “Tout comprendre pour tout aimer”-, escribía en su diario (1914): “En tiempo de paz [Barrès] arrastraba su tedio y su nostalgia de cementerio. Sobre esas tumbas recientes, él se abrió y desarrolló (…), pero, por muy hermosa que sea la flor, yo veo el tallo que sale del vientre de los cadáveres”; y tratará a Barrès de “rossignol du carnage”, ruiseñor de la matanza. Era el mismo Rolland que en 1927 adherirá, él, al comunismo.

Y, en 1917, Barrès escribe ese valioso e inesperado libro de reconciliación que fue “Les Diverses Familles spirituelles de la France”, canto a la unidad, a “l’union sacré”, que integraba a socialistas, a judíos y a protestantes en el mismo rango, en el momento en que, en la retaguardia, la moral colectiva atravesaba su peor momento. Todos reconocían ahora en Barrès, su absoluta sinceridad y su total compromiso. Por lo demás, sus extensos “Cahiers” muestran una meritoria lucidez: “…El fracaso de los intelectuales tampoco ha sido menor. En Anatole France es el silencio, y Bourget se calla después de algunos meses de reflexión. No han intentado buscar directrices. Al menos Romain Rolland se atrevió, él pecó por orgullo, los demás por humildad….”

            Después de la guerra, aun cuando las circunstancias parecían menos urgentes, la actividad política de Barrès no decreció; porque la organización de la paz en Europa, la nueva puesta en orden -material y moral-, de Francia exigían medidas rápidas y eficaces que él exigía en sus intervenciones en la Cámara de los Diputados, en sus conferencias y en sus libros.

            Y consigue, con su iniciativa parlamentaria, que el 24 de junio de 1920 fuese votada su propuesta de ley para que quedase instituída la fiesta nacional francesa de Juana de Arco, el segundo domingo de mayo de cada año.

El crítico literarario Albert Thibaudet escribia en 1921 en “la Vie de Maurice Barrès”: “Trente ans de pensée et de travail… han hecho de él tal vez la principal y la más viva de las personalidades actuales (…) de la tradición francesa, como esas fuentes que aparecen surgiendo de canales subterráneos y filtrados por el arrastre acumulado de los siglos”.

            En medio de esa actividad política austera, Barrès había vuelto, sin embargo, a lo que era su verdadero oficio de escritor y poeta en prosa. En 1921 parecía “Le Génie du Rhin” y, al año siguiente, “Un jardin sur l’Oronte” de 1922 (narración del tiempo de las cruzadas y obra maestra de pureza, entre anotaciones de viaje e introspección poética, amor y religión), venía a inquietar, no obstante, a lectores preocupados por la ortodoxia católica. El escritor se hallaba ahora en plena gloria y rodeado del respeto general, pero algunos grupos -como los surrealistas que le critican acerbamente en 1922-, atacan su persona y su obra política y literaria.

            Principal inspirador del nacionalismo francés moderno y escritor de primera fila, Maurice Barrès moría el 4 de diciembre de 1923, de un ataque al corazón, en su domicilio de Neuilly, dejando inconcluso “Le Mystère en pleine lumière”, y unas memorias que había empezado en 1907.

Y se le hicieron funerales nacionales. No resulta irrelevante señalar que su figura gozaba ya de un extendido sentimiento de respeto, incluso entre notables políticos de la izquierda que, de hecho, nunca habían visto en él otra cosa que un brillante dilettante, no a un enemigo político (Jean Jaurès, Leon Blum, Alexandre Millerand, Jules Guesde…) , amortiguadas ya las pasajeras pasiones que el “Affaire” había levantado en su momento, revisado aquel proceso y anulada en casación la sentencia condenatoria del desgraciado oficial Dreyfus.

            Barrès era de esos hombres que se buscan a si mismos y persiguen la verdad durante toda su vida. Porque no hay doctrina que satisfaga plenamente al egotismo, y los sucesivos enfoques contienen cada uno su parte de verdad. El mismo Barrès quiso proporcionarles a sus amigos razones para dudar de él y a sus adversarios para que dudaran de ellos mismos. El anarquismo de “l’Ennemi des lois”, asusta al lector católico admirador de “la Colline inspirée” y más interesado por la tradición que por la originalidad, y el nacionalista de “les Déracinés”, decepciona al dilettante.

En la cambiante figura de Barrès permanece la certeza del deseo tensamente orientado hacia un imposible absoluto, porque “le culte du moi” no consiste en aceptarse tal cual, sino en una dolorosa y permanente operación de “élaguement” de si mismo (poda) y de “accroissement” (crecimiento). Es cierto que semejante actitud conllevaba riesgos: el rechazo a dejarse definir, podría ser interpretado como el culto de un sueño interior sin relación con la presencia apremiante de la cosas. Pero la relación entre el sueño interior y la acción no es fácil para un egotista, y asistimos en Barrès, a lo largo de su obra, al continuo vaivén del Yo al Mundo, del egotismo al nacionalismo, del hombre dilettante al comprometido.

En él coexisten el rechazo de la sociedad por un lado y, por otro, la apología de la tradición, de la nación y del “racinement” –según su expresión-, de “la Terre y les Morts”, en fin (según el título de una célebre conferencia suya de 1899, en el marco de la “Ligue de la Patrie Française”). Una tal actitud supone opciones básicas que parecen escapar a la lógica, porque es del orden de los sentimientos, y la mejor ilustración es la imagen, que obsesionaba a Barrès, del niño que él fue: en el patio de recreo de la Malgrange, se aislaba, pero no podrá dejar de soñar (¡como Rousseau!) en una sociedad ideal donde él podría fundirse. En su obra, el moi y el mundo se confunden.

La obra literaria es provocación y búsqueda del éxito, pero en la vida política, donde, como en las ciencias, el sentido común y el empirismo terminan imponiéndose, semejante concepción no tiene sitio. Por lo que su acción fue –en la Cámara y en el país-, más espiritual que política (en el sentido coyuntural de esta palabra). Esfuerzo por instaurar una vida pública más moral, intento de unión de las diversas “familias espirituales de Francia”…

Por el contrario, en el campo literario y artístico, el doble movimiento de la sensibilidad barresiana se expresan mejor (“l’intelligence, quelle petite chose à la surface de nous-même!” –dirá él). En la siempre matizada frase de Barrès coexisten el horror de los Bárbaros y el  vértigo de sentirse desposeído de sí mismo. Liberado del horror de tomar partido, de elegir y de excluir, Barrès encuentra en su propia frase la música que apacigua, porque ella es la expresión de los contrarios. La obra literaria es el modo privilegiado de la vida del autor, y todo Barrès se encuentra en ella.

Su posteridad literaria podría rastrearse en Henri de Montherlant, en Drieu la Rochelle, en Malraux y, por lo que respecta a la “Colline…”, en Georges Bernanos y en Mauriac, en los que, como en Barrès, se percibe el deseo de liberar a la novela de la exterioridad de las cosas, para hacer de ella la medida de la experiencia humana.

Su obra podría quedar estructurada así:

Le Culte du Moi

  • Sous l’oeil des Barbares” (1888): Nuestro primer deber es defender contra los Bárbaros nuestro moi contra todo lo que pueda contrariarlo o debilitarlo.
  • Un Homme libre” (1889): Sólo en la exaltación y en su análisis nos sentimos felices
  • Le Jardin de Bérénice” (1891): Debemos buscar nuestros amigos e intercesores, en todas las épocas y según nuestras afinidades (Benjamin Constant. Sainte-Beuve, Juana de Arco, René II de Lorena…). El torpe y cerrado cientifismo del político Martín, confrontado con la inteligencia del narrador y el instinto de Bérénice.

Con cuya trilogía podrían relacionarse: “Huit jours chez monsieur Renan” (1888); “L’Ennemi des lois” (1891); “Trois Stations de psychothérapie” (1891).

Le Roman de l’énergie nationale (análisis de sí mismo y de su relación con Lorena, su tierra ancestral)

  • “Les Déracinés” (1897)
  • “L’Appel au soldat” (1900)
  • “Leurs Figures” (1902)

Con cuya trilogía podría relacionarse: “Scènes et doctrines du nationalisme” (1902, colección de artículos seleccionados por el autor, entre muchos otros consagrados al mismo tema), y “Les Amitiés françaises” (1903).

Les Bastions de l’Est

  •  “Au service de l’Allemagne” (1905)
  • “Colette Baudoche” (1909)
  • “Le Génie du Rhin” (1921)

            Fuera ya de un ciclo determinado, “Le Voyage de Sparte” (1906), “Gréco ou le secret de Tolède”(1911), “La Colline inspirée” (1913), “Le Jardin sur l’Oronte” (1923), el inconcluso “Le Mystère en pleine lumière” (1923), son también hitos importantes en la obra de Barrès.

La ”Chronique de la grande guerre” (1914-1920), es obra y producto de su tiempo, prácticamente para especialistas interesados.

Mientras que los 14 vols. de su diario “Cahiers”(1896-1923), representan una insustituible fuente para el conocimiento de la vida y obra de este autor.

“Du sang, de la volupte et de la mort” (1894) y “Amori et dolori sacrum” (1903, notas consagradas a Venecia  en sus diversos viajes), ocupan, igualmente, un lugar no desdeñable en la obra general de Maurice Barrès.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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