Corday, Charlotte (1768-1793)

            Marie-Anne (o Marianne) Charlotte de Corday d’Armont, mejor conocida por Charlotte Corday (aun cuando ella decia llamarse Marie Corday), nació el 27 de julio de 1768, en la granja de Ronceray, parroquía de Ligneries, o Lignerits (y no en Saint-Saturnin-des-Ligneries, como se acostumbra a decir, que sólo era la iglesia parroquial). Descendiente del dramaturgo Pierre Corneille –cinco generaciones atrás-, era hija de Jacques-François de Corday d’Armont -modesto hidalgo normando, ex-teniente en los ejércitos del rey, que vivía ahora pobremente de sus tierras-, y de Charlotte-Marie-Jacqueline de Gautier des Authiers de Mesnival.

Y entre su casa de Ménin-Imbert adonde se había trasladado la familia, y luego Caen, fue creciendo Charlotte, al lado de sus hermanos (María Charlote Jacqueline –que morirá en 1774, a los ocho años-, Jacqueline Jeanne Éleonore y Charles Jacques François).

No tenía aún catorce años cuando su madre vino a morir, en abril de 1782, lo que obligó a su padre a separarse de sus hijos. Con su hermana Jacqueline, Charlotte ingresa interna en la abadía de la Sainte Trinité  de Caen (conocida como l’abbaye aux Dames, de relajadas reglas, donde eran acogidas algunas jóvenes de nobleza sin recursos). Y, con liberal acceso a la biblioteca del convento, allí pudo ella alimentar su formación con lecturas de los clásicos (Tácito, Plutarco…) y los autores de la reciente Ilustración (Montesquieu, Rousseau, Voltaire…); y se convierte en secretaria de la que iba a ser última abadesa titular, Marie Aimée Jacqueline Le Doulcet de Pontécoulant, pariente suya, cuando ya se inclinaba hacia las nuevas ideas moderadas de la Revolución y hacia la igualdad jurídica, hija ella de un benjamín de nobleza sin herencia. En l’abbaye aux Dames permanecerá ocho años hasta que, ya la Revolución en marcha, se acaben suprimiendo los monasterios por aquel decreto de 13 de diciembre de 1790.

Corday, Charlotte (musée Lambinet, Versalles)

Corday, Charlotte (musée Lambinet, Versalles)

Por el momento, Charlotte y su hermana vuelven con su padre. Y, habiendo sus hermanos seguido el camino de la emigración, su prima madame de Bretteville acoge unos meses después a Charlotte en su casa de Caen. Era la época en que los girondinos hacían frente a sus enemigos en la Convención, y en la que el violento montagnard Jean-Paul Marat triunfaba en el París de los arrabales, llamando constantemente a la insurrección y atacando con inusitada violencia, no sólo a aristócratas y monárquicos (huidos a estas alturas, eliminados físicamente o soterrados), sino, igualmente, a los revolucionarios moderados, a los girondinos y a todo aquellos que él considerara conspiradores.

No necesitaba Charlotte referir su información a lo que venía sucediendo en París: a su alrededor, entre familiares, amigos y relaciones veía cómo por Normandía y en Caen mismo caían unos guillotinados, se ocultaban otros y huían al extranjero los más dinámicos o económicamente capacitados. Y su padre mismo hubo de sortear la muerte cambiando de domicilio.

            El rey Luis XVI había sido guillotinado en enero de 1793, pero la reina, los infantes de Francia y su hermana Elisabeth seguían padeciendo prisión en el Temple, desde el asalto a las Tullerías en agosto de 1792 y la instauración de la República, a la espera de las atroces matanzas de septiembre siguiente.

En marzo de 1793 fue decretada la leva en masa de 300.000 hs. para llevarlos a las fronteras, muchos de los cuales, antes de ir a morir por una causa que detestaban, comenzaban a desertar para ir a engrosar las filas de la reacción; y había sido instaurado un Tribunal révolutionnaire, a instigación de Robespierre, Danton y Marat.

Después de que hubo fracasado, en abril de este 1793, el intento de los federalistas por llevar al furibundo Marat ante el Tribunal revolucionario, una parte de aquellos girondinos, proscritos y fugitivos a partir del 2 de junio, habían ido a refugiarse al Calvados y a otros departamentos; y allá en Normandía mantenían asambleas a las que, de cuando en cuando, asistía la romancesca Charlotte. Y fue así como conoció a Buzot, a Pétion, a Barbaroux y a otros de igual ideología, cuyas palabras inflamaban su corazón idealista.

Y Charlotte tomó una audaz decisión: le hizo creer a su padre que pasaba a Inglaterra en estos tiempos de zozobra y de guerra civil; y el martes 9 de julio de 1793, montaba en la diligencia de las dos de la tarde y dejaba Caen en dirección a París, adonde llegaba el jueves 11 a mediodía para hospedarse en el hôtel la Providence, rue des Vieux Augustins.

            Con una carta de presentación de Barbaroux, se persona en casa del diputado Claude Romain Lauze de Perret, girondino que había podido librarse de la primera persecución, y que le dice que Marat hace ya días que no aparece por la Convención. Así que Charlotte resuelve presentarse en su domicilio del 18 rue des Cordeliers.

        Su primera nota fue:

            “Acabó de llegar de Caen. Tu amor por la patria me deja pesar que te gustaría conocer los desgraciados acontecimientos de esa parte de la República. Volveré hacia la una de la tarde. Te ruego tengas la bondad de recibirme y de concederme unos momentos, y yo te proporcionaré la ocasión de prestarle un gran servicio a Francia.”

            Esa primera carta pudo no haber llegado a las manos de Marat, bien por suspicacias o por celos de aquella que entonces se ocupaba del interior del incendiario periodista y de su persona. Por lo que Charlotte Corday decide escribirle una segunda:

            “Te he escrito esta mañana, Marat. ¿Has recibido mi carta? No puedo creer que me cierren tu puerta. Espero que mañana puedas recibirme. Te repito que he venido desde Caen, y que tengo secretos muy importantes que confiarte para la salvación de la República. Además me siento perseguida por la causa de la libertad. Soy desgraciada y sólo eso me da derecho a tu patriotismo.”

            Sin esperar otra respuesta, Charlotte sale de su hotel a las siete de la tarde de ese sábado 13 de julio para dirigirse a la rue des Cordeliers. Y allí se encuentra con las mismas fuertes reticencias para poder acceder a presencia del publicista.  La joven normanda pugna y alza la voz, para que la dejen ver al Amigo del pueblo, y portera y amante del tribuno por impedirle el paso, todo entre voces y gritos. Fue así como Marat pudo oir lo que aquella joven desconocida estaba pidiendo desde la escalera, y comprendió que era la misma que firmaba las cartas.

-¡Dejadla pasar! -ordenó una voz fuerte e imperativa desde el interior-. Y entre protestas y refunfuños de unas y otras, la visitante fue introducida hasta una pequeña habitación donde habían instalado una bañera; allí pasaba Marat habitualmente varias horas al día, para tratarse  cierta grave afección de piel (probablemente lepra), que aprovechaba para escribir sobre un tajo de carnicero y para despachar:

-Ciudadana, la desgracia tiene derechos que siempre han sido dignos de consideración para mí, siéntate…

            La puerta del cuarto había quedado entreabierta. Ella empezó hablándole de cierto complot que agitaba la región de Caen, y el político le pidió nombres que iba anotando, mientras prometía que todos los conspiradores acabarían en la guillotina. En eso estaban cuando, sin más palabras, la joven sacó un cuchillo y le asestó varias puñaladas…

-¡A mí, socorro!…

            A los gritos de muerte del convencional acuden varias personas: Simone Évrard, su ama de veintisiete años, concubina de Marat (entre los papeles del médico se encontrará una especie de promesa de matrimonio), que encuentra a la ejecutora de pie y serena; Laurent Bas, que ordenaba periódicos en el domicilio y golpea a la forastera con una silla, tirándola al suelo; la cocinera Jeanne Maréchal, que encuentra aún a su amo con los ojos abiertos, intentando decir algo y se arroja sobre la desconocida; y llegan luego otros vecinos. Cuando, entre todos, le sacan de la bañera, Marat era ya cadáver.

La escena, además de haber sido tratada por numerosos artistas, quedará como uno de los hitos pictóricos de David, y la acción misma, por la personalidad de la víctima y las circunstancias que concurrieron en su muerte, va a provocar por toda Francia una profunda conmoción. Marat se convertía en mártir, y su justiciera, en heroína para otros:

-¡Mi tarea está consumada, que los demás hagan la suya!

            Charlotte Corday fue detenida en el acto, trasladada a la prisión de l’Abbaye e inmediatamente sometida a un exhaustivo y destemplado interrogatorio, del que resultó la información que la Convención conoció al día siguiente. Y entre su ropa se halló, cuidadosamente plegada, una hoja donde habia escrito una larga y desolada llamada “aux Français, amis des lois et de la paix”: “¡Hasta cuando, oh, desgraciados franceses, consentiréis vivir en la discordia y las divisiones…! (…). ¡Franceses, vosotros conocéis a vuestros enemigos, alzaos contra la Montaña…!”.

            Además de una carta a Barbaroux “député à la convention nacionale, refugié à Caen”, digna, serena y determinada, que nunca le llegará, esta fue la última que quiso hacerle llegar a su padre, con fecha 15 de julio:

“Al Señor Darmont, rue Dubegle, en Argentan, departamento del Orne: Perdonadme, querido papá, por haber dispuesto de mi existencia sin vuestro consentimiento; he vengado muchas inocentes víctimas y he atajado muchos otros desastres; el pueblo, un día desengañado, se alegrará de verse liberado de un tirano. Si he tratado de haceros creer que pasaba a Inglaterra, era porque esperaba poder mantener mi incógnito, pero no ha sido posible; espero que esto no os cause excesivos trastornos, y en todo caso, creo que tendréis en Caen quien os defienda. He tomado como defensor a Gustave Doulcet; un tal atentado no permite ninguna defensa, es sólo por la forma. Adiós, querido papá, os ruego que me olvidéis, o mejor, que os alegréis de mi destino, la causa es hermosa. Un abrazo para mi hermana, a la que amo con todo mi corazón, y a toda la familia. No olvidéis este verso de [Thomas] Corneille:
le crime fait la honte, et non pas l’échafaud (“Deshonra el crimen, no el cadalso”).
Será mañana, a las ocho, cuando me juzguen”.

            No fue Louis-Gustave de Doulcet, conde de Pontécoulat, quien, finalmente, defendió a la joven Charlotte (ya sea, como dicen algunas fuentes, porque Fouquier-Tinville se encargó de que la comunicación no le llegara a tiempo, o porque él mismo, notorio girondino, no se atrevió a hacerlo), sino el abogado Chauveau-Lagarde. Mientras ella era juzgada en la Conciergerie, efectivamente, por el Tribunal revolucionario –con el terrible Fouquier-Tinville oficiando de fiscal-, ese mismo 16 de julio se desarrollaba, en otro lugar de París, la gran pompa fúnebre ante el cuerpo de Marat –apresuradamente embalsamado y semiputrefacto, al final-, tres días después de su muerte y tras siete horas de exposición pública, en la iglesia/club de los Cordeliers, aquel caluroso día de julio.

Charlotte Corday d’Armont subía al suplicio al día siguiente, hacia las siete de la tarde, en la plaza de la Revolución, con gran entereza y revestida de la camisa roja de los parricidas. Diez días después, hubiera cumplido veinticinco años. También ella podría haber exclamado aquellas palabras que dirá madame Roland en noviembre siguiente, camino del cadalso: ¡Oh, libertad, cuántos crímenes se comenten en tu nombre!

“He matado a un hombre para salvar a cien mil” –había exclamado ante el tribunal-; pero su acción sólo provocó, en lo inmediato, la crispada reacción del régimen. Su contacto en París, Lauze de Perret, será guillotinado el 31 de octubre siguiente, por complicidad, junto a una veintena más de girondinos. Y el Terror se amplificó hasta el paroxismo por toda Francia.

            El poeta André Chénier –uno de los grandes de la poesía francesa y, sin duda el primero del siglo XVIII-, que morirá, también él, guillotinado en julio de 1794, a los 32 años-, ha dejado un hermoso y sentido poema en alejandrinos (“À Charlotte Corday”, Hymnes et Odes), digno de su talento [“Toi qui crus par ta mort ressuciter la France/et dévouas tes jours à punir des forfaits” = “Tú que quisiste resucitar Francia con tu muerte, y ofreciste tu vida para castigar crímenes y desmanes], justiciera del diputado montagnard Marat, al que llama “ídolo vil”, “monstruo”, “tirano furioso”; y a ella “grande y sublime”, “hermosa heroína”.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

BREDIN, Jean-Denis: “On ne meurt qu’une fois”, Charlotte Corday; Le Grand livre du mois, 2006.
CHEVALIER. Kristell: L’assassinat de Marat: 13 juillet, 1793; París, B. Giovanangeli, 2008. 
COQUART, Olivier:  Jean-Paul Marat;  Fayard, 1993.
GUILHAUMOU, Jacques:  La mort de Marat, 1793;  Bruselas, Éd. Complexe, 1989.
JACOTEY, Marie-Louise:  J’ai  tué Marat;  Langres, D. Guéniot, 2004.
LAMARTINE, Alphonse: Histoire des Girondins, numerosas ediciones desde 1847, hasta París, Plon, 1984.
LE QUELLENEC, Catherine: Charlotte Corday: tuer un homme pour en sauver 100.000 ? París, Oskar, ed.  2012.
MAZEAU, Guillaume: Charlotte Corday et la Révolution française;  La Crèche, Geste ed., 2006.
MELCHIOR-BONNET, Bernardine: Charlotte Corday; Perrin, 1972 y Tallandier, 1989.
MICHELET Jules: Histoire de la Révolution française; numerosas ediciones desde 1847/1853.

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