Francisco I, rey de Francia (1494-[1515-1547])

          Después de los Capetos-Valois, y del Valois-Orléans Louis XII, aparece este rey inaugurando la serie de los Valois-Angoulême, que concluirá con Henri III, antes de dar paso a los Borbones en 1589, con Henri IV.

Primo de Luis XII, hijo del conde de Angulema Charles de Valois –muerto a los dos años de su nacimiento-, y de Louise de Savoie (Luisa de Saboya), François I (Francisco) nacía en Cognac (Charente) el 12 de septiembre de 1494 y, prometido desde 1506, contraía matrimonio el 18 de mayo de 1514, en la capilla del château vieux de Saint-Germain-en-Laye, con Claude de France, de quince años entonces, hija de Anne de Bretaña y del rey Louis XII, al que sucederá pronto, cuando éste venga a morir el 1 de enero de 1515. Además de otros territorios, Claude aportaba como dote a la corona de Francia, sobre todo el ducado de Bretaña. La joven delfina, ligeramente coja, estrábica de un ojo y escasamente agraciada, era caritativa y gozaba de gran popularidad fuera de la corte, pero no tardará su marido en apartarse de ella en lo sentimental, aun cumpliendo con los preceptivos deberes en pro de la dinastía.

Francisco I (Jean Clouet)

Francisco I (Jean Clouet)

          Antes de Francisco I la autoridad del rey se había visto cuestionada por los grandes feudales en no pocas ocasiones, y por el alto clero también y el Parlamento. Pero sólo un gran señor se hallaba, a estas alturas, en situación de contrariar la acción del monarca: el 8º duque de Borbón, Charles de Bourbon, que reunía inmensos dominios. Pero, tanto François I como su hijo y sucesor Henri II, no encontrarán oposición política digna de tal nombre.

Y el nuevo rey, ocho meses después de su accesión al trono, asumirá con entusiasmo el legado de sus predecesores, en las guerras de Italia, con idénticas pretensiones.

          Se conoce por guerras de Italia, la serie de expediciones que Charles VIII y Louis XII habían iniciado a partir de 1494, con vistas a la conquista de una parte de aquella península. Charles VIII se decía con derechos al reino de Nápoles y a ellos vinieron a añadirse aquellos que a Louis XII le plugo encontrar sobre el ducado de Milán. Y conquistando el reino de Nápoles, Francia -que había consolidado su posición en el Mediterráneo con la anexión de Provenza -corolario de la cruzada albigense-, se instalaba en el camino de Levante. Conquistando el Milanesado, se aseguraba la posesión de un rico territorio y de la importante ruta comercial que, a través del paso de San Gotardo, unía Génova al valle del Rin.

Francisco I - La salamandra fue su emblema

Francisco I – La salamandra fue su emblema

Pero esa ambiciosa política iba a enfrentar a los reyes de Francia no sólo con aquellos a quienes pretendía destronar, sino también con la República de Venecia, con Fernando de Aragón (emparentado con el rey de Nápoles), y con Maximiliano de Habsburgo (señor del duque de Milán). Ya Charles VIII había debido batirse en retirada desde Nápoles, y a duras penas lo había conseguido; Louis XII le arrebató el Milanesado a Ludovico el Moro, pero hubo de abandonar Nápoles al aragonés en 1504.

Y ahí hubieran concluido las guerras de Italia, si no hubiera sido la voluntad que tuvo el papa Julio II, adversario de los franceses. A pesar de las brillantes actuaciones de Bayard y del sobrino del rey Gaston de Foix, Francia perdió el Milanesado e incluso fue invadida por ingleses, suizos y españoles.

Fue entonces cuando Francisco I quiso restablecer la situación.

          Después de haber sido consagrado o ungido en Reims el 25 de enero de 1515 (según la vieja tradición), el joven rey cruzaba los Alpes al mando de 30.000 hs. (de ellos 20.000 aprox. eran landsquenetes, mercenarios casi todos alemanes), y obtenía sobre los suizos, aliados del duque de Milán, la victoria de Marignano en la llanura del Po -siempre con el arrojado Francisco en las primeras filas del combate-. Ocurrió entre el 13 y el 14 de septiembre de 1515, gracias al auxilio de los venecianos sus aliados, llegados oportunamente en su ayuda.

Y sus adversarios se avinieron a negociar:

  • Los helvetas aceptaron firmar una “paz perpetua”, en virtud de la cual el rey de Francia tendría facultad para reclutar soldados en aquellos cantones.
  • El nuevo rey de España, Carlos I, nieto de Fernando de Aragón, retenía el reino de Nápoles, mientras Francisco I recuperaba el Milanesado.
  • Y el nuevo ocupante del solio pontificio, León X (1513-1521), firmaba con la corona de Francia el concordato de Bolonia de 1516, que anulaba la “Pragmatique sanction de Bourges”, que Charles VII habia dado en 1438.

          Si bien dicho concordato volvía a reconocer la supremacía del papa sobre los concilios, el rey de Francia tendría facultad, en adelante, para nombrar a los arzobispos, obispos y abades del reino, reservándose el titular del trono de San Pedro el derecho a darles la institución canónica, antes de que pudieran ejercer sus nuevas funciones. Concordato que asegurará a los reyes de Francia, por largo tiempo, la sumisión del alto clero y les permitirá disponer de los bienes de la Iglesia.

          Apurada y costosa victoria aquella de Marignano (más de 10.000 suizos y 6.000 hbs. del ejército real perecieron allí), además de efímera, que le abría a Francia, por el momento, la Lombardía, y Francisco I quiso hacerse armar caballero de manos de Bayard.

          La reina Claude de France será consagrada en Saint-Denis, en mayo de 1517. Y durante unos años el poder del rey de Francia apenas fue discutido en Europa.

          Pero la rivalidad entre Carlos I de España y el no menos ambicioso Francisco I vino a acrecentarse en 1519 (muerto Maximiliano I), con ocasión de la elección al trono imperial, al cual pretendía igualmente el francés. Habiendo ganado la pugna Carlos, en junio de 1519, gracias a los subsidios del banquero Jacob Fugger, Francisco I sintió ahora la amenaza de cerco que podría ejercerse sobre sus estados, pues Carlos reunía en su cabeza cuatro herencias:

  • la austríaca de los Habsburgo (Alsacia meridional, Tirol, Austria y sus dependencias hasta el Adriático).
  • la burguiñona (Países Bajos, Flandes, Artois, Franco-Condado).
  • la aragonesa (Aragón, Cerdeña, Sicilia, Nápoles).
  • la castellana (Castilla y la América española).
    Además de la imperial electiva ahora.

Sin embargo, el intento llevado a cabo para obtener la alianza de Enrique VIII Tudor que podría ejercerse (Camp du Drap d’Or, cerca de Calais, en junio de 1520) concluirá en fracaso para el francés.

          La guerra se reanudaba en 1521 (el año en que Niccolò Machiavelli publicaba “el Arte de la Guerra”) y, con la derrota de la Bicocca, cerca de Milán, en 1523, Francia perdía el Milanesado. La defección del poderoso duque de Bourbon debilitará aún más al reino.

          La infeliz reina Claude –apagada ella de carácter, desdeñada sentimentalmente por su marido, poco estimada en la corte después de la muerte de su padre Luis XII y  destempladamente tratada por su suegra Louise de Saboya-, moría en 1524, posiblemente a consecuencia del parto de su último hijo Philippe (1524-1525), o simplemente, de agotamiento.

          Entretanto los imperiales, que habían invadido Provenza, hubieron de retirarse de estas tierras, ante la resistencia de Marsella (con Andrea Doria, al servicio del francés, enfrentándose a la armada de Carlos V en aquellas costas). Y Francisco I decidió cruzar los Alpes en el otoño de 1524. Pero su contraataque –combates diversos donde encontrarán la muerte el famoso Bayard y el favorito del rey Bonnivet-, abocará, entre el 23 y 24 de febrero 1525, en la derrota de Pavía, plaza a la que había puesto cerco durante el invierno, contra la opinión de sus asesores, que le instaban a retirarse a Milán, 30 kms. más al N.; fue a manos de los imperiales que mandaba el flamenco Lannoy, virrey de Nápoles entonces, al servicio de Carlos.

Sucedía esta amarga derrota diez años después de aquella victoria de Mariñán que tantas resonancia había tenido en Francia. Además de una notabilísima pérdida de nobles franceses, caidos en la batalla, el rey se verá reducido a prisión en Pavía y luego en Madrid, con Luisa de Saboya de regente del reino, allá en Francia.

Para vengar esa derrota, el mariscal Lautrec (conocido ya por su crueldad en el gobierno del ducado de Milán en 1516), saqueará la ciudad de Pavía dos años después.

          El rey de Francia tuvo que aceptar el severo tratado de Madrid, de 14 de enero de 1526 -que acababan de negociar el cardenal Tournon por parte francesa y Lannoy por parte de los imperiales-, según el cual renunciaba al Milanesado y, con mucha resistencia y repugnancia,  se comprometía a ceder Borgoña. Pero no lo ejecutará una vez libre (a pesar de que sus hijos François y Henri, de nueve y siete años, quedaban en territorio español como rehenes), y reemprenderá la guerra, después de haber concluido la Liga de Cognac de ese mismo año con el Papa Clemente VII, Venecia, el milanés Francesco Sforza, Florencia e Inglaterra; porque todos consideraban ahora al emperador Carlos demasiado poderoso después de Pavía.

Pero el regreso a Francia, aquel 17 de febrero siguiente, y la posterior liberación de sus hijos cuatro años después, le costará al incumplidor François el pago de un considerable rescate de un millón doscientos mil escudos en oro. Todo ello en medio de las graves dificultades financieras, subsecuentes a Pavía, que Semblançay pagará con su vida en 1527.

          La guerra volvió a encenderse, efectivamente; y aquí se enmarcan:

  • la capitulación de Milán (julio de 1526),
  • el asedio de Roma (donde el duque de Borbón halló la muerte) y el subsiguiente saco de Roma (6 de mayo de 1527),
  • el infructuoso sitio de Nápoles que protagoniza Lautrec (abril de 1528), tras la defección del genovés Andrea Doria, que se pasó a los imperiales, y la aparición de la peste en las filas francesas, que le costará la vida, meses después, al mismo Lautrec,
  • la consecutiva derrota francesa posterior de Landriano en Lombardía (21 de junio de 1529).

          La paz de Cambrai que siguió (5 de agosto de 1529), redactada en terminos similares a los de la paz de Madrid de tres años antes, fue sólo un compromiso y resultará precaria. Había sido negociada entre Louise de Savoie (1476-1531) en nombre de su hijo y Margarita de Austria (1480-1530), en representación de su sobrino Carlos (de ahí el nombre de paix des Dames que también se le da). Ambas damas se conocían bien, por haber vivido Margarita diez años en la corte francesa, prometida frustrada que había sido del delfín (luego Charles VIII), para luego casarse con el hijo de los Reyes Católicos Juan de Aragón y Castilla.

Conformándose a las cláusulas de Cambrai, el 7 de agosto de 1530 Francisco I, viudo desde hacía seis años, contraía nuevo matrimonio en Saint-Laurent, Villeneuve de Marsan (Landas), con Leonor de Austria (1498-1558) –hermana del rey de España y viuda ella misma, desde diciembre de 1521, de Manuel I de Portugal-, de cuya unión no habrá hijos; y renunciaba también a todo derecho sobre Italia que hubiera podido aducir hasta entonces, y a cualquier tipo de señorío o soberanía sobre Flandes y Artois; por su lado, el Habsburgo Carlos desistia de sus pretensiones sobre aquella Borgoña que había pertenecido a su bisabuelo Carlos el Temerario.

La paz iba a permitir al rey de Francia acercarse a los protestantes alemanes y, en 1536, a los turcos (¡con gran escándalo de la cristiandad!).

Porque los otomanos se hallaban entonces en el apogeo de su poderío. Conquistadas por Selim Siria, Palestina, Egipto y las ciudades santas de Medina y la Meca, su sucesor Soleimán el Magnífico (1520-1566) acababa de arrebatarles la isla de Rodas a los Caballeros de San Juan de Jerusalén, se había apoderado de casi toda Hungría y había cercado Viena en 1529.

          Aquella alianza, por la que la custodia de los Lugares Santos quedaba confiada a Francia, le entregaba, sobre todo, el monopolio del comercio con la Media Luna y permitiría a Francisco I atacar por la espalda a los Habsburgo, al tiempo que le aseguraba el apoyo del poderío naval turco en el Mediterráneo.

          Fortalecido con aquel pacto, Francisco I romperá otra vez la paz en Europa, y las hostilidades se reanudaron en ese 1536.

Pero, en el seno del consejo real habían surgido dos bandos encabezados, respectivamente, por:

  • Anne de Montmorency, partidario de un entendimiento con el emperador Carlos, única vía, a su entender, para una posible recuperación del Milanesado.
  • el almirante Philippe de Chabot, partidario del enfrentamiento.

          Prevaleció esta última postura, Montmorency fue apartado y la guerra se reactivó.

          A pesar de la toma de Niza y de la victoria de Cerisoles (Ceresole d’Alba, en el Piamonte) en 1544, sobre españoles e imperiales, que le daba a Francia el Monferrato, tampoco la paz de Crépy-en-Laonnoy, de 18 de septiembre de ese año, iba a aportar nada definitivo: Nuevamente Carlos V renunciaba a Borgoña, a cambio de similar desistimiento de Francisco I de sus pretensiones sobre Flandes, Artois, Milanesado y Nápoles.

                                                               *

          Aun cuando la burocratización de la monarquía no era todavía realidad cotidiana, el reinado de Francisco I comenzaba a acusar un reforzamiento del absolutismo real, hacia la construcción de un estado moderno y centralizado (particularmente en materias judicial y financiera), donde la autoridad del rey se hacía sentir implacable, si el caso venía a darse. Fue así con ocasión del juicio y condena a muerte del financiero Semblançay en 1527, en un asunto de malversación, entre la finanza y la política, que anunciaba y recuerda el sonado caso Fouquet, a principios del reinado de Luis XIV.

          Y en el interior del reino, la actitud ante los protestantes había pasado de una tolerancia explicada por las simpatías erasmistas de la hermana del rey, Margarita de Navarra (Marguerite de Navarre), a la represión y a la persecución, tras el episodio llamado affaire des Placards:

Fue en la noche del 17 al 18 de octubre de 1534, cuando unos carteles fueron clavados por el partido protestante en varias ciudades, en Paris y en Amboise, donde se encontraba el monarca,  y hasta en la puerta misma de la cámara real; su titulo: “Articles véritables sur les horribles abus de la messe royale”. En ellos se insultaba al papa y se atacaba tanto la transustanciación de los católicos como la consustanciación de los luteranos.  Su autor había sido Antoine Marcourt, pastor protestante de Neuchâtel.

          El osado gesto fue interpretado como un desafío al monarca. Francisco I confesó entonces públicamente su fe católica, ordenó detenciones y mandó quemar a algunos herejes. Y ordenó también, bajo pena de muerte, que ningún libro pudiera publicarse sin su permiso.

Era el principio de la represión sangrienta contra el protestantismo; tras lo cual numerosos reformados se exiliaron entonces, entre ellos Calvino. Quedaban por llegar las guerras de Religión, largo período de enfrentamientos civiles que, entre tratados precarios, se desarrollarán en Francia entre 1562 y 1598.

                                                                 *

          Alto de estatura y seductor, personaje frívolo y contradictorio, Francisco I (“le roi chevalier” le llamaban, aun cuando, rebasados los cuarenta, ha echado carnes y su silueta no es ya lo que había sido), aliaba bravura y arrojo físico –si no impulsividad-, con una no desdeñable cultura e inteligencia.

Y a su alrededor, comenzaba a desarrollarse una apreciable vida cortesana, en compensación a la pérdida de poder político de la nobleza, que esperaba regalos, pensiones o cargos (militares, civiles y eclesiásticos). Y eran varios miles de personas de todo rango y condición siguiéndole de ciudad en ciudad y de château en château -al no existir entonces una residencia oficial-, adonde llegaban también la valiosa vajilla, los tapices y los ricos muebles que les seguían. Todo ello, entre cazas, justas, torneos y juego de pelota, y bailes, conciertos, divertimentos y representaciones de teatro, con las damas y bellezas de corte jugando un papel más relevantes que en épocas anteriores.

          Porque el reinado de Francisco I corresponde a un período de renacimiento cultural y de brillantez artística y literaria:

En 1524, el florentino Giovanni Verrazano, navegando al servicio de la corona de Francia, le daba al Canadá el nombre de “Nouvelle France”. Y Jacques Cartier recorrerá aquellas costas semi-ignotas entre 1534 y 1542. Sucedía ello en el marco de un renovado interés europeo por la nueva América y de la voluntad de Francia por romper el monopolio de facto de España y Portugal.

Y en el campo de las letras, en 1526/27 aparecen las “Épîtres” (Epístolas) de Clément Marot, con las que ese autor venía a renovar el género; el mismo que en 1540 traducirá y publicará “Trente Psaumes de David”, cuyas evidentes simpatías hugonotas le obligarán a exiliarse. Y, de Rabelais, aparecían en 1532/34 el “Pantagruel” –que la Sorbona condenará en 1543- y el “Gargantua”, donde su autor mezclaba tradición popular y humanismo. Por su lado, en 1550/52, el poeta Ronsard daba a conocer sus “Odes”, a la manera de Píndaro y Horacio.

Ya la lengua francesa se ha convertido en lengua literaria y de cultura, gracias a la protección del rey y a la positiva acción de algunos intelectuales y escritores, como aquel manifiesto contra los latinizantes  “Defense et Illustration de la langue française”, que apareció en 1542 bajo el nombre del poeta Du Bellay.

El mismo rey -al que llamarán también el “restaurateur des lettres”-, alentaba el trabajo de los eruditos sobre las lenguas clásicas y, siguiendo la sugerencia de Guillaume Budé, -de quien aparecían, en 1529, los “Commentaires sur la langue grecque”, fundaba en 1530 el que entonces se llamó “Collège des Trois Langues” y que hoy es el “Collège de France”, que entraría en rivalidad con aquella Universidad de París, tan poco receptiva a las corrientes humanistas.

Y, por la Ordenanza Real de Villers-Cotterêts, de 1539, Francisco I imponía que los actos administrativos, jurídicos y notariales habrían de ser redactados en francés en adelante, y no en latín.

          En artes y arquitectura, en 1516 ha comenzado la construcción del ala del château de Blois que se conocerá por “aile François I”, donde la influencia del renacimiento italiano es notoria en la decoración y, particularmente, en la octogonal escalera monumental. Pronto empezarán a levantarse esos palacios inspirados de Italia, según la nueva estética y los nuevos usos sociales renacentistas, que ya no eran exactamente châteaux-fortalezas. Porque, el creciente papel de la artilleria y su elevado precio han hecho que los grandes señores ya no puedan darse los medios materiales de resistir al monarca.

Serán Azay-le-Rideau (de 1518 a 1529), Chambord (1519 a 1547), Fontainebleau (a partir de 1527), Chantilly (a partir de 1528), Villers-Cotterêts (1530-1556), Saint-Germain-en-Laye (a partir de 1539, sobre un viejo château del s. XII), con Pierre Lescot dando inicio a la reconstrucción del “nuevo” Louvre, que busca ahora simetría y equilibrio.

Y François Clouet se convierte en pintor oficial del rey en 1541, a la muerte de su padre Jean Clouet.

          El lujo, si no el fasto, de la corte, reflejo de la prosperidad económica del reinado considerado en su conjunto, vino a favorecer el desarrollo de las artes, y Francisco I será uno de los grandes introductores del Renacimiento italiano en Francia. Entre otros artistas que el rey supo atraer se encontraban Leonardo de Vinci (que llega a Francia en 1516 y permanecerá aquí hasta su muerte tres años después), Benvenuto Cellini, el Primaticio, que, con otros, van a formar “l’École de Fontainebleau”; además de una breve estancia en Francia de Andrea del Sarto.

          Al margen de sus esposas -Claude primero, y luego Leonor de Austria-, François I multiplicó las aventuras sentimentales (como aquella Belle Ferronnière, sin relación con el cuadro homónimo de Leonardo de Vinci),  de las que dos de ellas merecen particular mención:

  • Françoise de Foix, su primer amor (ca. 1495-1537), condesa de Chateaubriant, célebre por su belleza y hermana de Odet de Foix, vizconde de Lautrec. Entre otras cualidades de la dama, además de culta y de agradable trato, se contaba la de protectora de artistas y hombres de letras; y aquella posición de favorita en la corte duró hasta Pavía (1525) y la prisión en Madrid de su regio amante. Debiendo afrontar la hostilidad de la reina madre, Françoise hubo de partir para su Bretaña natal, de donde había venido.
  • Y Anne de Pisseleu (1508-1580) que sustituyó a la anterior al regreso a Francia del rey, la cual, por matrimonio venal –a fin de asentarla mejor en la corte-, con un gran señor arruinado (a quien se le promete un ducado y tierras en consecuencia), se convierte en duquesa de Étampes y favorita indiscutida hasta el fallecimiento del monarca, momento a partir del cual conocerá la humillación y el trato que ella le había infligido a Françoise de Foix. Habrá de devolver las joyas y será expulsada de la corte; pero la mano ejecutora fue esta vez Diana de Poitiers, favorita ahora del sucesor Enrique II.

          Todo ello, mientras Francisco I dejaba gobernar a sus validos (su ex-preceptor Antoine Duprat, Anne primer duque de Montmorency, el cardenal de Tournon o el almirante Annebault), o bien a su madre la inteligente e intrigante Louise de Savoie. Al menos esa era la imagen exterior que le llegaba al embajador de Venecia Francesco Giustiniano en 1537, cuando escribía a la Serenísima diciendo que al rey de Francia no le interesaban los asuntos de Estado, ni las preocupaciones, y que sólo le gustaban la caza y los placeres; su sucesor Marino Cavali mandará parecidas impresiones en 1546.

En lo que se refiere a validos, nada que ver, no obstante, con la figura futura de un todopoderoso Richelieu con Luis XIII. o de un Mazarino durante la minoria de Luis XIV. Si bien bajo el riesgo de una siempre posible desgracia (y los casos en el reinado no son infrecuentes), los favoritos de Francisco I son únicamente delegados con poderes extensos e instrumentos de su poder, en la medida en que se conforman a su visión de los diversos asuntos.

                                                                   *

          Figura acabada del príncipe renacentista, Francisco I -aquel cuyo reinado se había caracterizado por sus continuas guerras contra Carlos V, su gran adversario-, fallecía en Rambouillet a los 52 años, de una septicemia final (consecuencia de un cuadro complejo. donde la sífilis y cierta fístula en la zona anal-testicular no estaban ausentes), dejando un país en precaria situación financiera. Fue el 31 de marzo de 1547, entre la una y las dos de la tarde, después de haberse confesado con grande repentance de todos sus yerros, de haber comulgado y de manifestar que moría en la fe de Jesucristo. Y a su hijo y sucesor Henri, con la débil voz que las escasas fuerzas le iban dejando, le dio toda suerte de instrucciones acerca del reino y de recomendaciones morales para su ejercicio como rey. Todo el brillo renacentista con el que este monarca ha traspasado los siglos de la Historia, no prevaleció, finalmente, ante el profundo sentimiento religioso de su primera formación.

Después de haberle extraído el corazón que fue introducido en una urna, y de sus exequias en Saint-Cloud, será inhumado, dos meses después, en la abadía de Saint-Denis, bajo un mausoleo, al lado de sus hijos fallecidos y de su primera esposa (ambos, monumento e inhumación, saqueados durante el período revolucionario, en 1793).

De los siete hijos legítimos que tuvo con Claude de France, llegaron a la edad adulta:

  • François, duque de Bretaña (presunto heredero que morirá en 1536).
  • Henri, que heredará la corona con el nombre de Henri II (1519-[1547-1559]).
  • Madeleine, que casará con Jacques (Jacobo) V de Escocia (1512-1542) y morirá pocos meses después, en 1537, con 17 años.
  • Charles, duque de Orleáns (1522-1547).
  • Marguerite (1523-1574), que casará con Emmanuel-Filiberto, duque de Saboya, después de la paz de Cateau-Cambrésis en 1559.
    Además de dos o tres hijos ilegítimos.

          Y la digna Leonor de Austria, o de Habsburgo recibió, a la muerte de su esposo, el ducado de Touraine hasta su propio fallecimiento. Viuda ya, se trasladó a los Países Bajos españoles, donde su hermana María ejercía de gobernadora, hasta la abdicación del Emperador, hermano de ambas, en 1556, momento en el que, con María, decide volver a España.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

BOURASSIN, Emmanuel: François I, le roi et le mécène; France Loisirs, París, 1998.
CHASTEL, Pierre du – (obispo de Macon y presente en el momento del óbito): Le trespas, obsèques et enterrement de treshault, trespuissant et tresmagnanime François par la grace de Dieu roi de France, treschrestien, premier de ce nom, prince clement, pere des ars et sciences…, 1547 
GALLO, Max: François I, roi de France, roi chevalier, prince de la Renaissance française (1594-1547); XO Éd., 2014 y France-Loisirs, 2015.
GUERDAN, René: François I, le roi de la Renaissance; París, R. Laffont, 1981.
HAMON, Ph.: L’argent du roi. Les finances de François I;  París, Imprimerie nationale/Comité pour l’histoire économique et financière de la France; 1994.
JACQUART, J.: François I; París, Fayard, reed. 1994.
LANG, Jack: François I, ou le rêve italien; Perin, 1997.
LE FUR, Didier: François I; París, Perrin, 2015.
TOMMASCO, N.: Relations des ambassadeurs vénitiens sur les affaires de France, au XVIe. siècle; París, Imprimerie royale, 1838.

En español

BENITO RUANO, Eloy: Los aprehensores de Francisco I en Pavia; CSIC, Instituto Jerónimo Zurita, 1958.
FERNÁNDEZ DE OVIEDO, Gonzalo: Relación de lo sucedido en la prision del rey Francisco de Francia, desde que fue traido a España…hasta que el Emperador le dio libertad y volvió a Francia…(manuscrito), 1501.
GARCÍA CÁRCEL, Ricardo: Carlos V, Francisco I; en “La Aventura de la Historia”, 2007.
GARCÍA MERCADAL, J. : Carlos V y Francisco I; Libr. General, 1943; también Imperio y acción: Carlos V y Francisco I, mismo año.

Deja un comentario