Baudelaire, Charles (1821-1867)

          Charles Baudelaire, el que sería crítico de arte, traductor y, sobre todo, gran poeta, nacía en París, en la rue Hautefeuille, el 9 de abril de 1821. También ese año nacía Flaubert ese autor de “Madame Bovary” con quien tendrá en común el verse ambos, un día, en el banquillo de la justicia del Segundo Inperio, por alguna de sus obras.

          Era su padre Joseph-François Baudelaire (1759-1827), ya un afable sexagenario cuando Charles vino al mundo; clérigo en su juventud, antes de abandonar las órdenes en pleno Terror revolucionario y optar por el estado más apacible del matrimonio, era amigo de las Luces y amante de pintura; finalmente, jefe de negociado en el Senado Imperial bajo Napoleón I. Su madre, Caroline Archembaut-Defays (1794-1871), había nacido en Londres, en los tiempos de la emigración, preservadora de la vida contra el terrorismo jacobino.

François Baudelaire muere en febrero de 1827, dejándole a su hijo un holgado peculio, y su madre, viuda ahora con 33 años, se vuelve a casar, en noviembre del año siguiente, con Jacques Aupick (1789-1857) un militar jefe de batallón por entonces, de buenas intenciones, pero rígido carácter, que continuará próspera carrera bajo Napoleón III. Fue aquello el brusco final, para el pequeño Charles, de una etapa feliz al lado de su madre, con quien las relaciones serán, toda su vida, estrechas y complejas. Y el niño es internado en pensión (según decisión no inhabitual entre las clases medias).

Charles Baudelaire

Charles Baudelaire

Ascendido a coronel, Aupick fue destinado a Lyon, y allí se traslada con su familia. Y Charles, interno en la pensión Delorme, sigue estudios, durante tres años en el Collège royal de Lyon. Luego será París, a partir de 1836, y la errática continuación de sus estudios finales secundarios en el prestigioso lycée “Louis le Grand” del barrio Latino (ora aplicado y diligente, ora perezoso y desordenado), que concluye en 1839 -después de una expulsión-, en un estado mental de melancolía y sentimiento de profunda soledad.

Tenía dieciocho años, y se enmarca en esta época cierta fuerte discusión con su padrastro Aupick. Ya Baudelaire empezaba a relacionarse con algunos otros jóvenes inclinados a la literatura y a la vida bohemia y desordenada. Era más de lo que Aupick podía aceptar.

En rebelión contra su burguesa familia, a la que tenía más en escándalo que en vilo la vida que llevaba, el adolescente es embarcado en Burdeos, manu militari, en mayo de 1841, en el Paquebot-des-Mers-du-Sud con destino a Calcuta. Pero era tal su aislamiento y tal el estado enfermizo que presentaba que el capitán decide hacerle desembarcar en la île Bourbon. Nueve semanas pasó en aquellas islas de Mauricio y La Reunión, y en febrero de 1842, vía El Cabo, ya estaba de regreso. Experiencia y viaje de los que traerá la nostalgia  y el exotismo de los mares del Sur.

Se instala entonces en París, en el 10 del quai de Béthune (Île Saint-Louis) primero, y luego en el faubourg Saint-Germain, con frecuentes cambios de domicilio posteriores, ya en posesión de su herencia paterna (¡75.000 frcs. de la época!), a la que enseguida empieza a darle generoso empleo en vinos caros, ropa, libros o pinturas…, pero también en el opio que estimula y hace evadirse.

Y comienzan sus primeros ensayos poéticos, frecuentando los medios literarios, con Théophile Gautier y Sainte-Beuve.

En la primavera del París bohemio de 1842 –con la monarquía burguesa, chata y trivial, del rey Louis-Philippe bien instalada en el poder-, conoce a la mulata Jeanne Duval (o Lemer, a la sazón oscura actriz del bulevar, y que malvivirá, en adelante, entre la ayuda económica de Charles y el comercio con su cuerpo. Exótica en el contexto social francés de la época, es la ”Vénus noire”, alta y de generosos senos según fuentes coincidentes, musa maléfica, erótica, fatal y negativa al fin, origen, sin embargo, de algunos de sus mejores poemas (“Parfum exotique”, La Chevelure”, “Le Serpent qui danse”, “Je te donne ces vers…”, y otros) donde celebrará su “ténébreuse” belleza y a la que Édouard Manet pintará en 1862.

                Parfum exotique

Quand, les deux yeux fermés, en un soir chaud d’automne,
Je respire l’odeur de ton sein chaleureux,
Je vois se dérouler des rivages heureux
Qu’éblouissent les feux d’un soleil monotone;

Une île paresseuse où la nature donne
Des arbres singuliers et des fruits savoureux;
Des hommes dont le corps est mince et vigoureux,
Et des femmes dont l’oeil par sa franchise étonne.

Guidé par ton odeur vers de charmants climats,
Je vois un port rempli de voiles et de mâts
Encor tout fatigués par la vague marine, 

Pendant que le parfum des verts tamariniers
Qui circule dans l’air et m’enfle la narine,
Se mêle dans mon âme au chant des mariniers.

          Con la Duval será casi un cuarto de siglo, en adelante, de convivencia tormentosa y de rupturas que no le hicieron feliz, precisamente. Y él vendrá a ayudarla materialmente, de cuando en cuando, en la salud y en la enfermedad (hemiplejia de Jeanne, en abril-mayo de 1859, pérdida de visión, andando el tiempo, hasta que acaba cesando toda mención a ella en su correspondencia, en 1866). Los testimonios sobre Jeanne, de personas cercanas, ya muerto Baudelaire, se perderán definitivamente en 1870.

          Por de pronto, con la intención de que no dilapide aquellos recursos de los que viene disponiendo atolondradamente (en dos años ha derrochado la mitad de su herencia), su familia no ha tardado, ya en 1844, en imponerle un consejo jurídico, que le abonará, en adelante, modestas mensualidades.

Aparecen por esta época sus primeras publicaciones, con un artículo: “Le Salon de 1845” (crítica del Salón de pintura anual), comienza a componer algunas piezas de “Les Fleurs du Mal”, e inicia su colaboración en un pequeño periódico literario que estuvo activo entre 1844 y 1847, el “Corsaire Satan” (Journal des spectacles, de la litterature, des arts et des modes).

          A partir de entonces, su repulsa del mundo contemporáneo y un “spleen” profundo  (agravado por la angustia de la impotencia creadora que le asalta, y la obsesión de la vejez y de la muerte luego), llevarán al poeta, paulatinamente, a buscar la evasión bajo todas sus formas, alardeando de la superioridad aristocrática de su espíritu, a través de un dandismo deliberado, o entregándose a excitantes y a las drogas. En julio de 1845, protagoniza un intento de suicidio (anecdótico, a juzgar por los intrascendentes cortes que le produjo), tras lo cual el joven Baudelaire vive durante un tiempo en casa de sus padres, en la acreditada place Vendôme.

          Salón de 1846: Baudelaire se expresa muy laudativamente respecto a la pintura de Delacroix.

          Llegó la revolución de febrero de 1848, que derroca a Luis-Felipe de Orleáns, y a Baudelaire se le ve en las barricadas, y participa en las acciones del momento que van a desembocar en la Segunda República, con algunos artículos que publica en el efímero periódico “Salut public”, que él acaba de fundar con Champfleury.

          Lejos de comprometer a su padrastro en su carrera, Jacques Aupick –ya comandante de l’École polytechnique  desde el año anterior-, es ahora nombrado embajador en Constantinopla (abril de 1848).

Pero las convicciones “democráticas” y republicanas  de Baudelaire no duran más allá del golpe de Estado de Luis-Napoleón, de diciembre de 1851; ni él estaba hecho para la política activa. Se retira y enseguida va a comenzar a traducir las obras del norteamericano Edgar Poe, que acababa de morir en octubre de 1849 en Baltimore, que él descubre, y cuyas O.C. ha pedido a Londres; labor que continuará durante dieciséis años.

          Y, ya de un tiempo a esta parte, empieza a sentir los efectos del mal venéreo que posiblemente le ha transmitido la Duval.

          En junio de 1851 Aupick, general de división ahora, es nombrado embajador en Madrid, donde permanecerá hasta 1853 en que solicita su regreso a Francia.

          Es en torno a esta época, 1851/1852, cuando comienza la breve relación amorosa del poeta con la actriz Marie Daubrun, e igualmente su pasión secreta por Apollonie Sabatier, a la que enviaba poemas anónimos.

Madame Sabatier, “l’Ange gardien, la Muse et la Madone” –elegante cortesana de altos vuelos, semibohemia y con salón en París, rue Frochot, en el que recibía a artistas, músicos, escritores e intelectuales del momento-, fue esporádica amante del poeta en el verano de 1857 (coincidía con la publicación de “Les Fleurs du Mal”), pero ella le inspirará siempre un amor más místico y poético que físico y concreto (“Que diras-tu ce soir”, “À une madone”, “Tout entière”, “L’Aube spirituelle”…), ocupada ella en sucesivas relaciones con magnates y gente rica que la entretenían a cuerpo de reina.

Que diras-tu ce soir

Que diras-tu ce soir, pauvre âme solitaire,
Que diras-tu, mon coeur, coeur autrefois flétri,
À la très belle, à la très bonne, à la tres chère,
Dont le regard divin t’a soudain refleuri? 

Nous mettrons notre orgueil à chanter ses louanges:
Rien ne vaut la douceur de son autorité;
Sa chair spirituelle a le parfum des Anges,
Et son oeil nous revêt d’un habit de clarté. 

Que ce soit dans la nuit et dans la solitude,
Que ce soit dans la rue et dans la multitude,
Son fantôme dans l’air danse comme un flambeau.

Parfois il parle et dit: “Je suis belle et j’ordonne
Que pour l’amour de moi vous n’aimiez que le Beau:
Je suis l’Ange gardien, la Muse et la Madone”.

          Fue hasta 1862, época en que Baudelaire, arrastrado ya en la pendiente irreversible de la degradación, cesará de interesarse por ella.

          El 1 de junio de 1855, ya bajo el Segundo Imperio, “la Revue des Deux Mondes” insertaba 18 poemas suyos, bajo el título de “Les Fleurs du Mal” lo que contribuye a establecer su reputación de poeta.

          El embajador Aupick moría el 28 de abril de 1857. No llegará a conocer los últimos avatares que va a vivir el hijo de su esposa; porque la publicación y puesta a la venta de “Les Fleurs du Mal”, en junio de 1857, en la editorial de su amigo Poulet-Malassis -cien poemas, de los que cuarenta y ocho han sido ya publicados en diversas revistas-, le acarreaba a Charles Baudelaire una condena ante los tribunales del Segundo Imperio, tras un célebre proceso, por varios de los poemas que contenía el libro, y que han de ser suprimidos por razones de moralidad pública (piezas que serán publicadas en Bélgica en 1866). El 5 de julio de ese año, el periodista Gustave Bourdin escribía en “Le Figaro” del que su suegro Villemessant era fundador: “Ese libro parece un hospital abierto a todos los extravíos de la mente y a todas las podredumbres del corazón”; y también: “Hay momentos en que podríamos dudar del estado mental de monsieur Baudelaire, y otros en que ya no caben dudas. La mayor parte de las veces se trata de la monótona y premeditada repetición de las mismas cosas y los mismos pensamientos (…) lo odioso se codea con lo vil, y lo repulsivo se alia con lo infecto”. Articulo, hay que decirlo, al que vino a oponerse algún otro en términos elogiosos, como el de Édouard Thierry en “Le Moniteur Universel”, el 14 de julio siguiente.

“Vos Fleurs du Mal rayonnent et éblouissent comme des étoiles”(“Vuestros poemas resplandecen y deslumbran como estrellas”) –le escribirá Victor Hugo, el 30 de agosto siguiente, desde su exilio de Guernesey-, y el 6 de octubre de 1859 de nuevo: “Vous créez des frissons nouveaux” (“Creáis nuevos estremecimientos”)

Pero, sin restar un ápice de la intrínseca y alta calidad poética de“Les Fleurs du Mal”, de aquel lance judicial le vendrá a Baudelaire gran parte de su notoriedad del momento.

          “Le Haschisch”, primera parte de los “Paradis artificiels” aparecía en septiembre de 1858 en la “Revue Contemporaine”

          En 1859, entre dos rupturas con Jeanne Duval, Charles se traslada cerca de su madre, que vive en Honfleur, en el bajo Sena, ya viuda de aquel Aupick detestado. Y, en cuatro entregas a lo largo de junio y julio de este año, bajo la forma de cartas dirigidas a Jean Morel, director de “La Revue Française” publicaba su provocador “Salon de 1859”, donde decía, en general, haber encontrado en los participantes poco talento: “beaucoup de pratique et d’habilité, mais très peu de génie”. Hubo ese año, en pintura, entre otros muchos, algún Delacroix, Daubigny, Delaunay, Millet, Pissarro, Puvis de Chavannes, Rousseau… Y, junto a aquellos primeros Salones de 1845 y 1846 y la Exposición Universal de 1855, este último Salón le consagraba como un maestro del género y contribuía a establecer su sólida reputación de critico de arte (Será vuelto a publicar en 1868 en “Curiosités Esthétiques”)

          Y, en 1860, publicaba “Paradis artificiels” (con el subtítulo de “Opium et Haschisch”), inspirados por “Confessions of an English Opium-Eater”, de Th. de Quincey. Será, de hecho, el único libro que su autor considerará acabado.

          Baudelaire había asistido a uno de los ciclos de los celebrados conciertos Pasdeloup que, durante tres semanas consecutivas -25 de enero a 8 de febrero de 1860- vino a ofrecer la música de Richard Wagner a un público muy reservado (el compositor había llegado a París en el otoño de 1859, en medio de grandes prevenciones de los entendidos). Y el 1 de abril de 1861 aparecía, en la “Revue européenne”, un gran estudio suyo sobre Wagner y su “Tannhaüser”, en el que saludaba al renovador de la música moderna, cuyo genio iba a contribuir él a que fuera mejor comprendido en Francia.

          En 1861 salía una segunda edición de“Les Fleurs du Mal” (también en la editorial Poulet-Malassis, que pronto va a quebrar), aumentada con treinta y cinco nuevos poemas, menos seis ya condenados y ahora suprimidos. Si bien Baudelaire había ordenado su libro con exquisito cuidado, su verdadera unidad radicaba en su profunda sinceridad y en sus sentimientos puestos al desnudo:  “Dans ce livre atroce, j’ai mis toute ma pensée, tout mon coeur, toute ma religion (travestie), toute ma haine” (A Narcisse Ancelle, 1866).

          En la parte primera que llama “Spleen et Idéal” (la más extensa), el poeta opone las virtudes exaltantes del Arte y del Amor, la miseria deprimente de la existencia cotidiana, y se dirige a la poesía y luego al amor, evocando la belleza eterna, a Jeanne Duval, a madame Sabatier (“L’Aube spirituelle”, “Que diras-tu…”, “Harmonie du soir”…), a Marie Daubrun, y a otras mujeres que ha conocido, y analiza el mal del que él sufre…Vienen luego “Tableaux parisiens”, “Le Vin”, “Fleurs du Mal” donde describe sus intentos por liberarse del “spleen”, a través del espectáculo de la ciudad y la comunión con sus semejantes, embriagándose o hundiéndose en el vicio; todos fracasan, y es entonces la “Révolte”, con “Le Reniement de Saint-Pierre”, y “La Mort”(donde se inscribe el largo poema “Le Voyage”: inútil tentativa para escapar de sí mismo y afirmación de la vanidad del progreso técnico y de la ciencia).

          Y en este año de 1861 presentaba -de manera tan audaz cuanto infructuosa- su candidatura a la Academia Francesa, que enseguida va a retirar.

          Es la época, 1862, en que –como él dirá-, siente volar sobre él “le vent de l’aile de l’imbécilité”. Y se concentra ahora en la redacción de poemas en prose, de los que “La Presse” publicaba los veintiún primeros; eran “Petits Poèmes en prose”, tentativa original para adaptar a los movimientos líricos del alma una prosa “musicale, sans rythme et sans rime…”,

          El 13 de agosto de 1863 moría Eugène Delacroix, y Baudelaire, después de aquella importante toma de posición a su favor con ocasión del Salón de 1846, publicaba en el republicano “L’Opinion nationale” un estudio necrológico sobre el pintor.

          Con una indecible sensación de fracaso, y debiendo afrontar deudas y dificultades materiales, en abril de 1864 el poeta decide partir para Bélgica, desalentado y disminuido físicamente por la droga y por la sífilis que venía arrastrando; allí va a intentar vivir de algunas conferencias que vaya dando. Y publica en periódico y revistas, “Petits Poèmes en prose” (seis de los cuales bajo el título “le Spleen de Paris”).

Son publicadas también en “le Parnasse contemporain” dieciséis nuevos poemas de “Les Nouvelles Fleurs du Mal”.

Pero su salud venía ya deteriorándose rápidamente; y en Namur es presa de graves trastornos nerviosos en marzo de 1866.

Trasladado primero a Bruselas, Charles Baudelaire fue traido a París, en los primeros días de julio de 1866, afásico y semiparalizado, para morir en la clínica del doctor Duval, rue du Dôme, al cabo de un año, el 31 de agosto de 1867, después de una larga agonía y en los brazos de su madre; tenía cuarenta y seis años. Y fue enterrado el 2 de septiembre, en el cementerio de Montparnasse, ¡al lado del general Aupick!

Michel Lévy adquiere los derechos sobre  su obra.

Y Charles Asselineau, su fiel amigo desde 1845, publica en 1869 en la editorial Alphonse Lemerre la primera biografía del poeta: “Charles Baudelaire, sa vie et son oeuvre”.

Cuatro años después, su madre morirá en Honfleur, en agosto de 1871, a los 77 años.

          Incluido por Verlaine entre los “poetas malditos”, la 3ª edición de “Fleurs du Mal”, de 1868/1869, venía precedida de un prefacio de Théophile Gautier. Edición póstuma, con veinticinco nuevas piezas, que llevaba, además, las “Curiosités Esthétiques” y ”l’Art romantique”, con una selección de artículos de crítica artística y literaria, publicados antes en revistas, y los “Petits Poèmes en prose” o “Le Spleen de Paris” (50, contando los publicados con anterioridad). Notas dispersas fueron agrupadas en los “Journaux intimes” (“Fusées”, 1851; “Mon coeur mis à nu”,  1862-1864).

Es digno de particular mención aquel poema, publicado el 1 de noviembre de 1861 en “la Revue européenne” y luego en 1866 en “Le Parnasse contemporain”, uno de los más célebres de Baudelaire y, posiblemente, entre sus mejores sonetos: melancolía, el placer que nos esclaviza, dulzura final lejos de los hombres…

Recueillement

Sois sage, ô ma Douleur, et tiens-toi plus tranquille.
Tu réclamais le Soir; il descend; le voici:
Une atmosphère obscure enveloppe la ville,
Aux uns portant la paix, aux autres le soucis.

Pendant que des mortels la multitude vile,
Sous le fouet du Plaisir, ce bourreau sans merci,
Va cueillir des remords dans la fête servile,
Ma Douleur, donne-moi la main, viens par ici,

Loin d’eux. Vois se pencher les défuntes Années,
Sur le balcon du ciel, en robers surannées;
Surgir du fond des eaux le Regret souriant; 

Le Soleil moribond s’endormir sous une arche,
Et, comme un long linceul traînant à l’Orient,
Entends, ma chère, entends la douce Nuit qui marche

          Baudelaire expresó en su obra todo el conflicto del alma moderna, desgarrada por el antagonismo entre la carne y el espíritu. Y fueron temas de su predilección: la idea de paraíso perdido (infancia, vida anterior, edad de oro), el “ailleurs”, es decir la evasión por los sentidos o la huida (el viaje sentimental, el vino y la droga, la muerte), y, finalmente, el “spleen” (melancolía sin causa, repugnancia hacia un objeto vago). Madurado durante quince años, su gran libro de poemas “Les Fleurs du mal” no será comprendido ni bien aceptado por aquella sociedad, y le acarreará no pocos quebraderos de cabeza. Buscando las relaciones del mal con la belleza, de la violencia con la voluptuosidad, Baudelaire representa un compromiso místico, al mismo tiempo que estético; su intención era encontrar en la vida cotidiana lo insólito y esas señales sensibles de un mundo ideal, no sometido a la fatalidad del pecado y del sufrimiento. Y se leen, en paralelo, poemas graves (“Semper Aedem”) con otros escandalosos para su tiempo (“Delphine et Hyppolite”, uno de los poemas condenados) o melancólicos (“Moesta et errabunda”), o que expresan el ansia de evasión (“L’Invitation au voyage”). De ahí esa obra, que obedece, como el amor, a un doble postulado satánico y angélico, donde las imágenes y los símbolos son renovados por la sutil red de asociaciones y ”correspondances” que llevan implicitas.

Al servicio de ese “art pur” espiritual, Baudelaire puso una métrica, generalmente de factura clásica, y un lenguaje riguroso, ajenos, sin embargo, tanto al culto parnasiano de la forma, como al “art positif” de los realistas. Su sintaxis conforma siempre una frase firme y noble, y en su estilo, relativamente sencillo, utiliza, sobre todo, imágenes (la mayoría de las veces afortunadas y a menudo inesperadas), y adjetivos –posiblemente excesivos-, a través de los cuales –imágenes y adjetivación-,  traduce sentimientos.

          Y se le debe a él haber defendido a creadores como Delacroix y Constantin Guy (“Curiosites esthétiques”), de haber comprendido el genio musical de Wagner (“L’Art romantique”), y de haber revelado al británico Thomas de Quincey, ¡de personalidad tan parecida!,  en “Les Paradis artificiels”, y a Edgar Poe, al que tradujo (1852-1865) y en quien veía a un “génie fraternel”.

Solitario, pero metafísicamente solidario con los demás hombres, a los que convida “par la poésie et à travers la poésie”, a entrever “les splendeurs situées derrière le tombeau”, Baudelaire ha enunciado los principios creadores de la poesia moderna, del simbolismo al surrealismo.

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