Eugenia de Montijo (1826-1920)

          En un ambiente familiar liberal y afrancesado, aunque domésticamente no muy bien avenidos sus progenitores, María Eugenia nacía en Granada el 5 de mayo de 1826, y era hija menor del apacible y de sencillos hábitos Cipriano de Palafox-Portocarrero, conde de Montijo (por fallecimiento de su hermano mayor) y de Teba (1776-1839), grande de España que había servido a José I, y de la pródiga María Manuela Kirkpatrick de Closemburn (1794-1879), malagueña descendiente de familia escocesa católica, atiborrada la mente de brillos y grandezas.

Viuda su madre, desde marzo del 1839, y administradora de la considerable fortuna de su marido de la que habrían de heredar sus hijas, se traslada primero a Madrid, para huir luego de las guerras carlistas de España. Y, con la esperanza de poder casar a sus hijas con buenos partidos, convenablement, fija residencia en París, después de haber viajado por Europa y de haber unido recientemente a su hija mayor María Francisca (“Paca”) con el duque de Alba, Jacobo Fitz-James Stuart.

Luis-Napoleón acababa entonces de acceder a la presidencia de la República. Y fue en  el hôtel de Mathilde Bonaparte, 1820-1904 (hija del tarambana Jerôme Bonaparte, rey de Wesfalia que había sido, cuando su hermano Napoleón I era el amo de Europa), donde ambos se vieron por primera vez. El salón de la princesse Mathilde era ya lugar de encuentro –y seguirá siéndolo-, de las más brillantes y acreditadas personalidades del mundo intelectual y artístico de la época.

Eugenia de Montijo

Eugenia de Montijo

Luego Eugenia se hace notar por su notable elegancia y belleza en las recepciones del prince-président en el Elíseo en 1851, y durante una estancia en el palacio de Compiègne en el otoño de 1852. Fue el asalto definitivo al corazón de Eugenia, después de que hubieron fallado vanos intentos de efimera aventura, que la aristócrata española había rechazado. “¿Por dónde se va a vuestro dormitorio?” –parece que le había preguntado el impenitente calavera en cierta ocasión- “¡Por la sacristía, Sire!”.

          Ya proclamado el Imperio y tras haber trasladado comunicación al cuerpo legislativo y al Consejo de Estado, y de haber obtenido su agrément o beneplácito el 22 de enero de 1853, Eugenia contraía matrimonio civil con Napoleón III en las Tullerías una semana después y, al día siguiente, 30 de enero, tenía lugar la ceremonia religiosa con gran pompa, ante el altar mayor de la catedral de Notre-Dame de París; ella tenía 27 años, y el esposo contrayente, estaba ya en sus 45.

Sin pretender reducir las cualidades que Luis-Napoleón haya podido encontrar en la española, en lo tocante a formación y belleza, no fueron razones menores para que el nuevo emperador acabase fijando su atención en ella y su empeño en obtenerla como esposa, el que pocas Casas reinantes o aristocráticas estuvieran dispuestas a cederle una de sus hijas a ese revoltoso aventurero francés, un Bonaparte, por lo demás… (se contaron entre las sondeadas la sueca Carolina de Vasa y la alemana Adelaida de Hohenlohe-Langenburgo, sobrina de la reina Victoria). Y tanto menos, cuanto que aquel trono imperial que se le ofrecía desde París a la casadera no parecía bien asentado.

Aquella unión, que el Emperador presentó como un asunto privado, sorprendió a la familia Bonaparte y a las cortes europeas, pero encantó, por el momento, al pueblo de Francia, que quiso ver en ella un matrimonio de amor. Y la joven casada emplea en obras de caridad los 600.000 francos ofrecidos por la Municipalidad de París para las galas y el traje de boda.

Será Jefe de la Casa de la Emperatriz aquel Louis Tascher de La Pagerie, primo de Josefina de Beauharnais que, al caer Napoleon I, había pasado a Baviera cerca de Eugenio de Beauharnais.

Pero, impulsiva ella y muy suya de carácter –lejos de la calculada y suave parsimonia de salón-, también comienza a conocérsela por una cierta viveza temperamental que muchos atribuyen a su origen español, y que, asociada a su atractivo personal, a una cierta audacia en sus lujosos vestidos y su atuendo y a cierta desenvoltura en la conversación, harán a algunos franquear, con no poca mala fe, la raya de la murmuración, respecto a su pasado sentimental.

Haciéndose eco de lo que venían insinuando caricaturistas y cierta prensa, el mismo Victor Hugo –admirativo siempre ante el Primer Imperio y que nunca había dicho ni escrito palabra de censura en cuanto a la poco edificante vida moral de las hermanas de su Emperador (¡no faltan los ejemplos de adulterio que podrían citarse de Elisa y de Carolina!)- descendía a la procacidad irónica con un juego de palabras tocante a la ahora emperatriz Eugenia: “L’Aigle épouse une cocotte!” (literalmente: el águila se casa con una pajarita; invitando a entender entre líneas: “el Emperador se desposa con una mujer de ligeras costumbres”), ¡era –decían otros-, la alianza de dos advenedizos!

Lo cierto es que, además de su natural belleza -según los testimonios de la época y la iconografía que la representa-, su persona dejaba una impresión externa de gran dignidad, lo que algunos tomaban por altivez. Pero ella gratificaba a todos con su simpatía, y no tardó en hacerse querida y popular. Compartiendo su tiempo, en adelante, entre las Tullerías, Saint-Cloud y Biarritz (donde mandará construir una residencia: “Villa Eugénie” en 1854), y pronto desatendida por su marido –cuyas humillantes y frecuentes aventuras femeninas ella conllevaba con paciencia (¡o no!, como pretenderá la maledicencia de cierta oposición)-, l’imperatrice Eugénie iba a desempeñar un papel apreciable en la vida política y social. A partir de los años 60, en que el régimen comienza tímidamente su transición hacia una mayor tolerancia, Eugenia fomenta la cultura con su acción, y protege a artistas y a escritores; se conoce su amistad familiar con Prosper Mérimée, el autor de “Carmen”, asiduo de la corte, y que hará carrera con el Imperio.

Como también anima con intervenciones suyas, simbólicas y personales, la promoción de la mujer hacia la cultura, los estudios y la expresión artística (casos como el de la periodista sansimoniana y feminista Victoire Daubié, o el de Madeleine Brès, una de las primerísimas doctoras en medicina de Francia)

Y de las brillantes fiestas de la época, en las Tullerías y en Compiègne ella va a ser el centro y el modelo de la moda para la alta burguesía, e incluso de la tendencia en la decoración de interiores y mobiliario. a partir de las reformas que la propia Emperatriz mandará hacer en sus salones de las Tullerías al ecléctico arquitecto Hector Lefuel, o del mobiliario elegido para sus apartamentos de París, Compiègne o Saint-Cloud.

          El presunto heredero al trono imperial nacía el 16 de marzo de 1856, después de algún aborto anterior y de no pocas dificultades en el alumbramiento. Ese día tronaron ciento un cañonazos anunciadores en el cielo de París, y fiestas por los barrios en los días siguientes, y generosa amnistía política, de la que vinieron a beneficiar los incursos en penas y proscritos del 2 de diciembre de 1851,

A partir de ese momento la Emperatriz comenzó a preocuparse por el futuro de la dinastia y a desempeñar un papel político, defendiendo –católica íntegra ella-, los intereses de su religión y una visión ultramontana, contra la política proitaliana del Emperador su esposo. Porque Eugenia, con más prejuicios que afinadas ideas políticas, carecía de una inteligencia medianamente penetrante, y ni será ni podrá ser, para el Emperador de Francia, entera confidente de sus proyectos, al menos al principio del reinado.

Y acompañará al Emperador en diversos viajes: Inglaterra, Saboya, Argelia…

En 1859 ejerce la regencia por primera vez, durante la guerra que Francia le hacía a Austria en Italia; y, en contacto con los negocios públicos, comenzó a tomarle afición a la política.

Su hermana mayor, la duquesa de Alba, moría inopinadamente en septiembre de 1860, y la noticia le llegó a la Emperatriz en el transcurso de aquel viaje a Argelia con Napoleón III, que hubieron de abreviar para regresar a la Metrópoli.

El estado de salud de su esposo iba agravándose y la emperatriz Eugenia, con el aumento de sus propias ambiciones irá asumiendo paulatinamente un cierto protagonismo en el curso de los acontecimientos, según el poco margen que el Emperador le dejaba: ella incita a un mayor compromiso en favor del poder temporal de Pío IX, y a intervenir también en la aventura mejicana entre 1861 y 1867, que acabará en desastre.

Y, encuentra un aliado en el ministro de Estado Rouher para obstaculizar, a partir de 1863, la deriva liberal del régimen.

Vuelve a ejercer Eugenia la regencia en 1865, con ocasión de un nuevo viaje del Emperador a Argelia. Y es ella la que inaugura, sola, a finales de 1869, junto a numerosas otras personalidades (el emperador Francisco-José, los príncipes herederos de Gran Bretaña y de Prusia, Abd el-Kader…), aquel canal de Suez que ella había defendido, con Napoleón III, contra la desconfianza, si no la hostilidad de los ingleses.

Surgió la crisis diplomática con Prusia en 1870, Y la Emperatriz, al frente del partido belicista, incita a su esposo para que se declare la guerra a Guillermo I (¡era, precisamente, lo que Bismarck deseaba!).

Nombrada regente por última vez, el 27 de julio de 1870, y conocidos los primeros reveses, ella toma la decisión de sustituir a Émile Ollivier, el 9 de agosto, por un gabinete dirigido por el temperamental bonapartista Cousin-Montauban. Pero los acontecimientos se precipitaban ya, de derrota en derrota.

Llegó el desastre de Sedan del 2 de septiembre, la reducción a cautividad de Napoleón III, y la proclamación en París de la República dos días después.

El régimen se habia deshecho, en pocos días, como azucarillo en el agua. Prácticamente abandonada por todos, la Emperatriz Eugenia abandonaba París en dirección a Inglaterra, aquel 4 de septiembre.

Y fija entonces residencia en Camden Place, cerca de Chislehurst (Kent). Allí vendrá el depuesto emperador, ya liberado, a reunirse con ella, y allí morirá él el 9 de enero de 1873. Viuda y muerto ya su hijo, se instalará, doce años después, en Farmborough (Hampshire), en la costa sur.

El príncipe imperial Louis Napoléon Bonaparte, teórico garante de la continuidad del Imperio, después de haber conocido una infancia feliz, tenía 14 años en el momento de Sedan. Vivirá con sus padres en Inglaterra, y será alumno de la escuela militar de Woolwich, entre 1872 y 1875, de donde saldrá 7º de su promoción como teniente. Era la esperanza -ahora él-, del bonapartismo, y llevaba la vida dorada de un príncipe exiliado. Pero en los primeros meses del año 1879, las fuerzas británicas acababan de sufrir un grave percance en Zululandia (África del Sur), que provocó fuerte conmoción en Inglaterra cuando fue conocido. Eugène-Louis Bonaparte solicitó entonces ser agregado al E.M de aquel ejército, y morirá en Ulinda, el 1 de junio de 1879, con 23 años, en el transcurso de un simple reconocimiento convertido en emboscada.

Y la muerte de su pequeño afectará profundamente a su madre en adelante.

En noviembre de este 1879 también fallecía en Carabanchel (proximidades de Madrid), con 85 años, su propia madre María Kirkpatrick de Closemburn, con quien las relaciones -no muy cálidas nunca, a decir verdad-, habían ido enfriandose.

La Costa Azul comenzaba entonces a cobrar cierto prestigio, a partir de su descubrimiento, para uso estival, por los ingleses, a finales del siglo XVIII (su “French Riviera”); y en Cap Martin, cerca de Mónaco -donde coincidía con Francisco-José de Austria y su esposa Elisabeth, “Sissi”- quiso construirse un palacete la ex-emperatriz de Francia en 1892, adonde venían a visitarla, remedo y eco de la vieja corte de las Tullerías, algunos de sus amigos,  rescatados del tiempo y del olvido.

Y el 5 de marzo de 1906 la ex-emperatriz fue la madrina de Victoria Eugenia de Battenberg (1887-1969) -nieta por su madre la princesa Beatriz de la reina Victoria de Gran Bretaña-, en la ceremonia, desarrollada en la capilla del palacio de Miramar de San Sebastián, en la que la futura reina de España se convertía preceptivamente al catolicismo, ante de desposarse  con Alfonso XIII en los Jerónimos de Madrid, el 31 de mayo siguiente.

          En Francia, con no pocas dificultades, se había ido instalando la República, y llegó la terrible Primera Guerra Mundial y su conclusión. Saliendo de su largo silencio, entre Inglaterra y Biarritz (¡sin nadie ni nada ya por lo que luchar!), la ex–emperatriz Eugenia ha venido a París y coopera con Clemenceau, cerca de 50 años después, a fin  de lograr, a través de los aliados, la devolución a Francia de Alsacia y de Lorena, perdidas en la malhadada guerra franco-prusiana que había acabado con el Imperio. Y hace pública entonces cierta carta fechada a 26 de octubre de 1870, en la que Guillermo I reconocía que la anexión por Prusia de aquellas provincias históricas se había hecho por razones de estricta seguridad militar.

Y sucedió por esos días aquella amarga anécdota. Paseábase la exiliada, ¡al cabo de tanto tiempo!, con paso melancólico y el débil andar de sus 88 años, por los jardines de aquellas Tullerías que otrora había cuidado ella, y cuyos caminos de arena y gravilla había transitado en compañía de sus damas. El Emperador había muerto, y también el príncipe imperial su hijo, y se acordaba Eugenia de este lugar que había cruzado cuando huía, aquel aciago 4 de septiembre de 1870. Casi veinte años de su vida le venían a la memoria, entrelazados de brillo y de dolor, de sueños truncados, de gloria y de tristezas. Con cuarenta años de distancia, María Eugenia, anónima paseante, quiso coger una flor, con gesto de mimo y de nostalgia, en este jardin donde ella creía encontrarse otra vez con sus recuerdos. Y aquella desconocida fue recriminada destempladamente por un guardia del parque. La ex-emperatriz de los franceses, pidió disculpas y se alejó sonrojada.

          Mujer de carácter y de personalidad curiosa, atenta siempre al mundo en evolución en el que le tocó vivir (ella que, nacida reinando en España Fernando VII, verá volar los primeros aviones hacia 1910), la acción general de Eugenia de Montijo ha sido juzgada con escasa indulgencia por los historiadores y buena parte de sus contemporáneos, arrastrada su propia imagen en el descrédito general del Segundo Imperio. Sin embargo, aun cuando su pretendida influencia sobre el Emperador pudo parecer fuente de desgracias en algún momento (Méjico. Guerra con Prusia), es poco probable que haya orientado nunca, real y decisivamente, la política de Napoleón III, siempre celoso de su poder personal.

Morirá en Madrid el 11 de julio de 1920, a la edad de 94 años, en el palacio de Liria de su sobrino Jacobo, duque de Alba, adonde había llegado para someterse a una operación de cataratas.

          Hoy yace en Inglaterra, en la cripta imperial de St. Michael’s Abbey (Farmborough), al lado de su esposo y de su hijo. Y ello, a pesar de algunas voces razonables que han venido alzándose a favor de que aquellos ilustres difuntos vengan a reposar en el suelo que marcó su identidad y su vida toda, Francia –ya sea en el continente o en la isla origen de la familia Bonaparte, donde todo había empezado.

APUNTE BIBLIOGRÁFICOç

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DAUDET, Lucien: Dans l’ombre de l’Impératrice Eugénie; Gallimard, 1935.
DARGENT, Raphaël: L’Impératrice Eugénie; Belin, 2017 (proyecto confesado de reivindicar su figura).
FILON; Pierre-Augustin: Souvenirs sur l’Impératrice Eugénie; Calmann-Lévy, 1889 (fue el preceptor en Inglaterra de Eugène-Louis Napoléon Bonaparte).
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En español

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ESCOFET, José: La emperatriz Eugenia de Montijo; Barcelona, Juventud, 1960;. También:  La emperatriz Eugenia; Barcelona, Planeta-De Agostini, 1996.
EYRE, Pilar: Pasión imperial: la vida secreta de la emperatriz Eugenia de Montijo, l< española que sedujo a Napoleón III; L Esfera de los libros, 2010 y posteriores.
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