Napoleón III (1806-1893)

          Charles-Louis Napoleón Bonaparte nacía en París, en el palacio de las Tullerías, el 20 de abril de 1808. Era el tercer hijo de Luis Bonaparte, rey de Holanda y hermano de Napoleón I, y de Hortensia de Beauharnais, hija de Josefina.

          Con la caída del Primer Imperio y rota la convivencia entre sus padres, fue llevado al exilio por su madre a Arenenberg, en el cantón de Thurgovie, a orillas del lago Constanza en Suiza, donde la ex-reina de Holanda fijará su residencia a partir de 1815. Y tuvo como preceptor, hasta 1827, a Philippe Le Bas, hijo del convencional regicida Le Bas, que le hizo amar el pasado revolucionario. Luego siguió estudios en el colegio de Augsburgo y en la escuela militar federal suiza de Thoune, recientemente abierta en 1819, de donde salió oficial de artillería.

Ya el inquieto Charles-Louis se mostraba impaciente por combatir, en pleno romanticismo de las nacionalidades, a favor de la liberación de los pueblos y, en 1830 –remedo de Byron-, parte para Italia, se afilia al movimiento clandestino carbonario, y participa en el levantamiento de Menotti, en Romagna, contra el papa Gregorio XVI (en cuyos avatares su hermano mayor vino a contraer el sarampión, que le acabó siendo fatal).

Muertos, pues, sus hermanos Charles (†1807) y Napoleón-Louis (†1831) y, desengañados ya de la política su padre y sus tíos Joseph y Luciano, él se convierte, de hecho, en la esperanza del neobonapartismo, a la muerte, en 1832, del hijo de Napoleón I, el duque de Reichstadt (“l’Aiglon”).

Ayudado por Persigny, aventurero fiel, recientemente expulsado del ejército por sus convicciones republicanas, Charles-Louis Napoleón intenta el 30 de octubre de 1836 alzar a la guarnición de Estrasburgo. Pero el gobierno de Louis-Philippe, que deseaba minimizar aquel irrisorio lance, se contentó con exiliarle al Brasil, de donde no tardará en pasar a los Estados Unidos.

Napoleón III

Napoleón III

En 1837, se instala en Inglaterra -donde visita a su tío José Bonaparte, allí por entonces-, defiende sus ideas de cesarismo democrático en su libro “Les idées napoléoniennes” (1839) y decide aprovechar el aumento de fervor bonapartista, suscitado en Francia por el anuncio del regreso de las cenizas de Napoleón I, para protagonizar en Boulogne una nueva intentona, el 6 de agosto de 1840, que fracasa, otra vez, penosamente.

Charles-Louis Napoleón Bonaparte comparece esta vez ante los Pares, constituidos en tribunal (Cour des Pairs) y, condenado a cadena perpetua, se le envía al fuerte de Ham, en el departamento de la Somme (Picardía). Mientras sus partidarios le presentaban como un mártir, él aprovecha su encarcelamiento para completar su, hasta entonces, deslavazada cultura política (“l’Université de Ham” –dira él más tarde): estudia al conde de Saint-Simon y a otros economistas y socialistas, y, muy consciente de los problemas socio-económicos de su tiempo, escribe un libro, “L’Extinction du paupérisme”, convencido de los beneficios, para la clase obrera, del desarrollo de intercambios y producción de bienes. Y trabaja en su “Histoire de Jules César” (que será publicada en 1865-1866), para acabar evadiéndose bajo las trazas de un albañil, un tal Badinguet, aquel 25 de mayo de 1846.

Durante estos años de forzosa inacción no le faltó tiempo tampoco para hacerle dos hijos, en 1843 y 1845, a Alexandrine Vergeot, entre costurera y sirvienta de la prisión de Ham.

          De regreso a Inglaterra, el inquieto conspirador se convierte en amante de una rica semimundana ex-actriz, miss Harriet Howard; y ella pone su fortuna al servicio del ambicioso.

          La monarquía de Julio cae en febrero de 1848, y el pretendiente Bonaparte trata de volver a Francia, pero las nuevas autoridades le consideran, por el momento, persona non grata.

Sin embargo, Louis-Napoléon (es así como se hace llamar ahora), es elegido por tres departamentos en las elecciones de junio de 1848, y por cinco departamentos en agosto. Y, a finales de septiembre, tomaba posesión de su escaño, aunque fue sólo para dejar entonces una mediocre impresión: torpe, con escasos recursos oratorios, no muy locuaz y con cierto acento germánico adquirido durante su largo exilio, del que le costará desprenderse.

          De rostro impenetrable, Louis-Napoleón carecía en lo físico de auténtica prestancia, ni tenía el magnetismo de su tío de quien se reclamaba. Y no eran pocos entre sus enemigos los que -conocidas las detestables relaciones del rey de Holanda con su esposa Hortense-, ponían en tela de juicio el vínculo biológico con Louis Bonaparte, aquel que pasaba por ser su padre. Pero el personaje tenía un vago encanto y cierto ingenio en la conversación que gustaba a las mujeres, de cuya intimidad se mostrará siempre asiduo, incluso después de su matrimonio.

Aunque más pertinaz y obstinado que lúcido en sus propósitos, y de ideas imprecisas, no carecía de inteligencia ni de cultura (lenguas extranjeras, historia antigua…), sin mostrar particular interés por la literatura y las artes. Rasgos de luces y sombras a los que unía indiscutibles cualidades de corazón, como su fidelidad en la amistad, su sensibilidad natural ante el sufrimiento y su generosidad.

          Pero el diputado no perdía el tiempo, diciéndole a cada cual lo que quería oír: tranquilizaba a los conservadores -espantados por los recuerdos de las insurrecciones de Junio- y seducía a los sectores obreros con vagas declaraciones acerca de la riqueza y las altas finanzas; seguro, por lo demás, llegado el caso, de poder contar con el ejército -nostálgico de la aventura imperial y aureolado, a los ojos de una inmensa parte del pueblo, por la leyenda napoleónica-.

Y “le neveu de l’Empereur” –como se le conocía entre la gente-, se presenta candidato a la presidencia de aquella II República que se empezaba a construir. En las elecciones de los días 10/11 de diciembre de 1848, deja muy atrás al resto de los candidatos: el escritor Lamartine (18.000 votos) y el general Cavaignac (1.448.302), siendo elegido él por más de cinco millones de electores.

Varias fueron las razones de su éxito:

1ª – su nombre, conocido por todos (sinónimo, para muchos, de grandeza y gloria y, sobre todo, de orden y seguridad, después de haber conocido la inminencia del “peligro rojo”).
2ª – el desconcierto en que se encontraban los socialistas después de las jornadas de junio. Tras la represión de la que se había encargado Cavaignac, ellos se acordaban de cierto opúsculo de resonancia socializante (“L’Extinction…”) que este candidato había publicado no hacía mucho.
3ª – la hábil propaganda de la que sacó mucho rédito el ambicioso candidato Napoleón (periódicos afines, agentes bonapartistas por los talleres obreros, folletos…)
4ª – la decisión de los medios orleanistas y conservadores de no presentar candidato propio, sino de favorecer a Louis-Napoleón, ese “crétin” –según la expresión de Thiers-, probablemente fácil de manejar.

          Consumado maniobrero, Louis-Napoleón va a dejar a la mayoria conservadora de la  Asamblea legislativa (el “parti de l’Ordre”) desacreditarse ella sola con una serie de medidas “reaccionarias” a las que se vio forzada, buscando sacar al pais del marasmo económico-social en el que se encontraba, y por la supresión del sufragio universal (mayo de 1850), mientras él se presentaba como partidario de ese sufragio. Y asi (alentado por Rouher, Persigny y ese medio hermano Morny, hijo de Hortensia), iba preparando su proyecto personal, con un viaje previo de popularidad por distintos departamentos, entre agosto y noviembre de 1850.

La destitución del general legitimista Changarnier (enero de 1851), y el fracaso de su intento de revisar la Constitución, a fin de poder ser reelegido en 1852, fueron, entre otros, sus principales enfrentamiento con el poder legislativo.

Prácticamente decidido desde el verano de 1851, el Presidente se rodea de hombres capaces de secundarle llegado el momento: los generales Saint-Arnauld –al que sitúa titular del ministerio de la Guerra en octubre-, y Magnan –nombrado comandante del ejército de París-, y algunos otros nombres como Émile Maupas –colocado al frente de la prefectura de policía-.

          El golpe de Estado tenía lugar, finalmente, en la noche del 1 al 2 de diciembre de ese 1851 (aniversario de la coronación de Napoleón I y de la victoria de Austerlitz en 1805). Mientras se bailaba en el Elíseo, tropas al mando del general Espinasse invadían el palais Bourbon, sede del parlamento, y ocupaban los puntos estratégicos. Y fueron lanzados dos decretos en París: declarando el primero el estado de sitio, y anunciando el segundo la disolución de la Asamblea, el restablecimiento del sufragio universal y la convocatoria de los franceses a un próximo plebiscito.

Una oposición al golpe quiso organizarse en la Capital, con barricadas en los bulevares, sangrientamente desmanteladas luego con vigorosa fusilería, que provocó más de doscientos muertos; y París quedó paralizado de estupor; en algunos departamentos (Nièvre, Hérault, Allier, Lot-et-Garonne, Var…), los republicanos quisieron alzarse en armas, pero fueron reprimidos fácilmente por el ejército. Y las grandes ciudades aceptaron el golpe por temor a los “rojos”.

Mientras una severa represión se abatía sobre sus adversarios a derecha e izquierda, particularmente contra los republicanos (cerca de 10.000 personas fueron deportadas a Argelia y a Cayena), Louis-Napoleón conseguía sin dificultad que se aprobara su actuación, por medio de aquel plebiscito anunciado, que tenía lugar los días 20 y 21 de diciembre y que arrojaba el resultado de 7.439.216 síes y 640.737 noes (votos negativos a los que se podrían añadir -si deseáramos acercarnos a una mayor fidelidad del sentir real de la población- veinte o treinta mil más, entre deportados, proscritos y ocultos); ¡pero hubo también un millón y medio de abstenciones!

 Y la Constitución del 14 de enero de 1852, le daba la presidencia por diez años con plenos poderes, en detrimento del legislativo. Sólo le quedaba ya preparar a la opinión francesa y europea para la restauración del Imperio.

          En el transcurso de viajes a provincias, Louis-Napoléon se muestra entonces locuaz y generoso en comentarios tranquilizadores (“L’Empire c’est la paix”, Burdeos, 7 de octubre de 1852). Y, habiendo constatado -declaró al término de su periplo-, que Francia parecía querer “revenir à l’Empire”, procedió a un nuevo plebiscito (21 y 22 de noviembre de 1852). La consulta fue positiva, y el 2 de diciembre siguiente Louis-Napoléon Bonaparte se hacía proclamar “Empereur des Français”, bajo el nombre de Napoleón III.

          Unas semanas después con 45 años (29 de enero de 1853), se desposaba en Notre-Dame, con Eugenia de Montijo, condesa de Teba, una dama granadina de 27, de una familia española aristocrática liberal y afrancesada. Viuda su madre, huyendo de las guerras carlistas de España y con la esperanza de poder casar a sus hijas convenablement, había venido a fijar residencia en París, después de viajar por Europa y haber casado recientemente a su hija mayor con el duque de Alba. Luis-Napoleón acababa de acceder, por esa época, a la presidencia de la República.

Sin pretender reducir las cualidades que Napoleón III haya podido encontrar en la española, en lo tocante a formación y belleza, no fueron razones menores para que el nuevo emperador acabase fijando su atención y su empeño en obtenerla el que pocas Casas reinantes o aristocráticas estuvieran dispuestas a cederle una de sus hijas a ese revoltoso aventurero francés, un Bonaparte, por lo demás… (se contaron entre las sondeadas la sueca Carolina de Vasa y la alemana Adelaida de Hohenlohe-Langenburgo, sobrina de la reina Victoria). Y tanto menos, cuanto que el trono que le ofrecían desde París a la casadera no parecía bien asentado.

          Se suele dividir el reinado de Napoleón III en tres momentos diferenciados:

Imperio autoritario (1852-1859)

          Durante este período, el Emperador ejerce plenos poderes, apoyándose en el sufragio universal, que le proporciona mayorías aplastantes, pero cuya orientación es dirigida por el principio de la “candidatura oficial”. El más apreciable apoyo le viene de la antigua burguesía orleanista, de los católicos y de los sectores financieros e industriales.

Pero, mientras la vida politica se hunde en el marasmo, una opresión silenciosa se extiende por todo el país:

  • la oposición legitimista guarda silencio y se atiene a las consignas de abstención dadas por el pretendiente conde de Chambord;
  • la oposición republicana queda decapitada y con sus jefes exiliados; pero la voz de Víctor Hugo, en sus satíricos “Châtiments” (1853) contra Napoléon-le-petit, tendrá en Francia una profunda resonancia y contribuirá a forjar una nueva juventud republicana;
  • los funcionarios tienen que prestar juramento de fidelidad al Emperador, y el poder de los prefectos en los departamentos es prácticamente ilimitado;
  • la Universidad es férreamente controlada: profesores republicanos como Michelet,  Quinet o Jules Simon son revocados, y se suprimen las cátedras de historia y filosofía, disciplinas consideradas sospechosas;
  • la prensa es amordazada por diversas vías: autorización previa, derecho de timbre elevado y el sistema de “advertencias”;
  • la misma literatura quedaba sometida a una censura moralizadora, como de ello dieron testimonio los procesos de “Madame Bovary” de Flaubert y “Les Fleurs du Mal” de Baudelaire.

          Pero, a fin de hacerle olvidar al país la falta de libertad política, el régimen va a ofrecerle fastos, prosperidad e incluso gloria como forma de gobierno. Porque el Segundo Imperio parecía desarrollarse a un ritmo de fiesta trepidante, que acompañaban la música de Offenbach y los vodeviles de Labiche: fue la época de los grandes bailes en las Tullerías y en Compiègne y del apogeo del Bulevard, de la primera voga también de estaciones balnearias, de la creación de Deauville, Biarritz, Montecarlo…

Asimismo, los espectaculares trabajos de modernización y embellecimiento llevados a cabo por el barón Hausmann, emprendedor y enérgico prefecto de París de 1853 a 1869, representan el fehaciente símbolo del potente desarrollo de la vida económica en esta época: para acabar con el trazado laberíntico de calles oscuras y estrechas (adoquinadas y con un surco de desagüe por el medio de la calzada), que –salvo algunos islotes urbanos como Notre-Dame, l’Hôtel de Ville, les Tuileries…-, constituían aún lo principal de la ciudad, se trazaron avenidas anchas y rectilíneas, a expensas del pasado medieval, ventiladas y pronto bordeadas de edificios en piedra y jardines, y se acometieron alcantarillados y depósitos de aguas, todo lo cual contribuirá a darle a la Capital el aspecto de una gran ciudad moderna y racional, a despecho de la oposición republicana que encontró en ello abundante materia de crítica.

Algo similar podría  decirse de otras ciudades como Lyon.

          Es de Napoleón III de quien arranca la verdadera industrialización de Francia. Y ese desarrollo no hubiera sido posible sin la fundación de grandes establecimientos que iban a desarrollar el crédito y a movilizar los capitales –“Crédit foncier”, controlado por el Estado y que iba a ayudar a los agricultores a modernizarse (1852), “Crédit mobilier” de los hermanos Pereire (1852), “Crédit lyonnais” (1853), “Crédit industriel et commercial” (1859), “Société générale” (1864)-; ni sin la rápida modernización de los transportes, capítulo en el que Francia registraba un notable retraso respecto a Inglaterra, los Estados alemanes e incluso Bélgica: las vías férreas pasan de 3.100 km en 1851 a 17.000 km a finales del Imperio; y en las rutas marítimas se crean las “Messageries maritimes” (1851) y la “Compagnie générale transatlantique”(1862); ni, finalmente, sin la conversión del antiguo régimen aduanero proteccionista en una política de librecambio (tratado de comercio anglofrancés, de enero de 1860. Y la producción de hulla pasa, entre 1850 y 1870, de 4,9 millones de tn a 13,4 millones de tn.

Tan impresionante como los progresos de la industria son los del comercio en estos veinte años: un poderoso movimiento de concentración provoca la creación de “grands magasins”, grandes almacenes: “Au Bon Marché” (1852), “Le Louvre” (1855), “La Belle jardinière” (1856), “Le Printemps” (1865), “La Samaritaine” (1869), cuyo reflejo aparece ya en la literatura de la época (ver, p. ej., “Au Bonheur des Dames” (1883)de Les Rougon-Macquart de Zola).

Y los intercambios internacionales son estimulados por las Exposiciones de 1855 y 1867; pasando el comercio exterior de mil millones en 1848 a 6,5 mil millones en 1870.

          Ni que decir tiene que los obreros –aun constatándose una cierta degradación moral, derivada de las condiciones de su alojamiento y las largas jornadas de trabajo-, sacarán provecho de ese enriquecimiento material general de Francia; es cierto que la huelga continúa estándoles prohibida al principio, y que el régimen reactivaba en junio de 1854 el impopular “livret ouvrier” (documento con los rasgos de identidad de su titular, en el que habrían de ir consignándose los diferentes lugares donde habia trabajado, con sus fechas, y las circunstancias de su cese, y que había sido establecido ya por Bonaparte en 1803 para todos los obreros); aun deseando el Emperador su pronta supresión, el documento habría de durar hasta 1890. Pero el paro disminuyó y aumentaron los salarios, y la acción imperial creó obras de asistencia y emprendimientos urbanos obreros.

          Finalmente, la gloria militar fue una de las grandes razones del prestigio que conservó el Segundo Imperio, durante un tiempo. Olvidando sus declaraciones pacifistas anteriores e impaciente por tomar su revancha sobre los tratados de 1815, Napoleón III va a convertirse en el campeón de las nacionalidades “oprimidas”, y ello en contra de la idea de equilibrio europeo imperante tras la caída del tinglado continental napoleónico.

La guerra de Crimea va a asegurarle gran prestigio internacional:

          El conflicto vino a enfrentar, desde 1853 a 1856, a Rusia por una parte, y a Francia e Inglaterra, como principales actores, por otra. Fueron sus causas inmediatas la ambición de Nicolás I que pretendía alcanzar los Estrechos y proceder al desmembramiento de Turquía, la voluntad de Inglaterra de cerrarles a los rusos el paso al mediterráneo y el deseo de Napoleón III de defender en Oriente (tierras entonces bajo dominio otomano) los intereses de los católicos y de los franceses. El ataque aliado a la fortaleza de Sebastopol y su posterior evacuación por los rusos, en septiembre de 1855, fue el episodio principal.

Ya con el nuevo zar Alejandro III, el conflicto concluyó con el congreso de París de febrero/abril de 1856, donde el conde Walewsky (hijo natural de Napoleón I con la condesa polaca Walewska, y primo biológico del actual Emperador) representó Francia como ministro de Negocios Extranjeros. El tratado de 30 de marzo de ese año, preveía la neutralización del mar Negro, la libertad de navegación por el Danubio y la autonomía de los principados de Moldavia y Valaquia, amenazados hasta entonces por Rusia. La independencia e integridad del imperio otomano quedaban también aseguradas.

          Esa preponderancia la utiliza, primeramente, para apoyar la creación de un reino de Rumanía, a partir de aquellos principados.

Pero es, sobre todo, en Italia –donde había comenzado su ajetreada carrera política cerca de treinta años antes-, donde pretende Napoléon III que triunfe, con las armas de Francia, el principio de las nacionalidades.  Y el atentado, el 14 de enero de 1858, del carbonario Orsini, que consideraba al emperador francés el principal obstáculo para la reunificación de su país, no va a conseguir apartarle de su gran proyecto. El 20 de julio de 1858 Napoleón III se entrevistaba secretamente en Plombières con Cavour -primer ministro de Víctor-Enmanuel II-, al que prometía el auxilio de un ejército de 200.000 hs. para la constitución de un reino de Italia del Norte; y, si bien reclamaba para Francia Niza y Saboya, aceptaba la extensión del Piamonte hasta el Adriático, a expensas de Austria, y apoyaba la creación de una confederación italiana de cuatro grandes estados. Tal acuerdo quedó confirmado con la alianza franco-piamontesa de Turín del 26 de enero de 1859.

La campaña que siguió en la primavera de ese año quedará marcada por las victorias de Magenta (4 de junio) y la más indecisa y pírrica de Solferino, donde se enfrentaron franco-sardos y los austríacos de Francisco-José (24 de junio). Solferino supuso un auténtico desastre en vidas humanas, con 40.000 cadáveres sembrando el campo de batalla. Semejante carnicería había de inspirar al filántropo suizo Henri Dunant para fundar la Cruz Roja en 1863.

Temiendo una intervención de Prusia en el conflicto, y después de la entrevista de Villafranca con Francisco-José (11/12 de julio de 1859), Napoleón se apresuró a firmar allí los preliminares de la paz, seguidos de los tratados de Zurich en noviembre de ese año, entre Austria, Francia y Cerdeña, que iban a decepcionar a sus aliados italianos: Austria cedía Lombardía, pero seguiría quédandose con el Véneto; y el tratado de Turín (24 de marzo de 1860) permitió la anexión de Niza y de Saboya.

          El Segundo Imperio se hallaba en su apogeo y, sin embargo, conocía ya su primera crisis interior; porque, a pesar de las sistemáticas intimidaciones, varios diputados republicanos eran elegidos en 1857 (“Les Cinq”: Émile Ollivier, Jules Favre, Louis Darimon, Ernest Picart y Jacques-Louis Henon). El atentado de Orsini (14 de enero de 1858), gesto aislado de un revolucionario italiano, fue presentado por el gobierno como un complot republicano, y la ley de seguridad general (sûreté générale), de 19 de febrero siguiente, vino a reforzar aún más el despotismo imperial, dándole al poder facultad para internar o desterrar sin juicio previo a los antiguos condenados políticos desde 1848. Trescientos republicanos fueron deportados de ese modo a Argelia.

Imperio liberal (1860-1870)

          Pero la política que Napoléon III venía desarrollando en Italia comenzaba a hacerle perder también, en el interior del país, el apoyo de los católicos, defensores del poder temporal del papa; y el régimen se vio en la coyuntura de tener que volverse hacia los liberales. Hubo entonces tratado librecambista con Inglaterra en 1860 y oposición ahora de aquellos sectores industriales que hasta entonces habían venido prosperando, al amparo de las barreras proteccionistas.

Nuevas razones que mueven al Emperador a realizar su viejo sueño de un imperio popular y obrero. De hecho, la evolución de la que va a nacer el “Empire libéral” fue irresoluta al principio: por decreto de 24 de noviembre de 1860, se concedía al Cuerpo legislativo el “droit d’adresse”, o derecho a dirigir mensajes al gobierno; y esa simple medida provoca ya un estímulo de la vida política. Los republicanos piden la abolición de la ley de seguridad general, las libertades de prensa y de reunión y la supresión de la llamada “candidature officielle”. En las elecciones de 1863, los opositores de derecha e izquierda sólo obtienen todavía 32 escaños, pero el ex-ministro de Luis-Felipe, Adolph Thiers figura entre los elegidos, y las grandes ciudades (París, Lyon y Marsella) han votado mayoritariamente por los republicanos, que van a seguir ganando escaños en las elecciones complementarias.

Frente a esa evolución, Napoleón III sólo acertaba a tomar medidas tímida y vacilantes, perdiendo así el beneficio de concesiones sucesivas que parecía ir dejándose arrancar: nombra al universitario anticlerical Victor Duruy como ministro de Educación (1863-1869), concede el derecho de huelga y de coalición (abril de 1864), el derecho de interpelación (enero de 1867), libera la prensa y suprime las advertencias (mayo de 1868), concede libertad de reunión (junio de 1868)…

            Napoleón III había inaugurado ya una gran política de expansión de Francia, no sólo en el continente europeo, sino por todo el mundo.

La conquista de Argelia –iniciada en las postrimerías de la Restauración de los Borbones y continuada bajo la Monarquía de Julio- es terminada ahora con la pacificación brutal, por el mariscal Randon, de la Gran Kabilia (1857). Y el Emperador crea en junio de 1858 un ministère de l’Algérie a cuya cabeza pona por un tiempo a su primo Napoléon-Jerôme. Y en esa política argelina, Napoleón III iba demostrar ideas avanzadas respecto a las de sus contemporáneos. Declarando –en el transcurso de un viaje a Argel, con la Emperatriz, en septiembre de 1860- que aquella posesión africana no era “una colonia ordinaria, sino un reino árabe” (lo que provocó cierto escándalo en Francia), proclamaba su voluntad de ser “el emperador de los árabes, tanto como de los franceses” y deseaba “la perfecta igualdad entre los indígenas y los europeos”; vía aquella de difícil tránsito en la que encontró la decidida oposición de los colonos, indignados por su carta de 6 de febrero de 1863, tanto como por el senadoconsulto de 22 de abril siguiente, que declaraba a las tribus de Argelia “propietarias de los territorios de los que gozan de forma permanente y tradicional”.

          La historia colonial del Segundo Imperio vino marcada, también, por:

  • la adquisición de Nueva Caledonia en 1853,
  • la obra del general Faidherbe en Senegal (a partir de 1854),
  • la conquista de la Cochinchina (toma de Saigón en 1859 y tratado de Hué en 1863),
  • la anexión de O’bock, para mejor controlar la entrada del mar Rojo (1862).

          Y, en la misma dinámica, Francia intervenía en China junto a Inglaterra (1858/60), protegía a las comunidades cristianas de Siria (expedición de 1860/61), firmaba un tratado económico con Madagascar (1862) y fomentaba la apertura del Canal de Suez por Lesseps (1859/69).

Es en este marco general donde se viene a situar, entre 1862 y 1867, la singular y lamentable aventura militar de Méjico, país que sólo se había emancipado de España para caer en una continua anarquía, y donde las ambiciones personales, las luchas de clases y algunos problemas de fondo como la cuestión étnica, la laicidad del Estado o el problema federal venían alimentando inestabilidad política y guerras civiles. Aquella expedición habría de ser “la grande pensée du règne”, a través de la cual Napoleón III pretendía realzar el prestigio de su régimen con victorias aureoladas de exotismo, acercarse al papa, erigiendo en la vecindad de los EE.UU. un sólido imperio latino católico, y reanudar las relaciones con Austria, ofreciéndole la corona de emperador de aquellas tierras al Habsburgo Maximiliano, hermano de Francisco-José.

            Ya a partir de 1845, a petición del gobierno de Nicaragua, que deseaba la excavación de un canal interoceánico, Luis Napoleón Bonaparte había formulado un proyecto de fomento de determinadas regiones no explotadas de América Central, al tiempo que se instalaría una nación latina frente a los vecinos anglosajones que, además, ofrecería amplias salidas para las manufacturas francesas.

Después de la llegada de los liberales en 1860, al término de una guerra civil, el presidente de Méjico Juárez acababa de decidir unilateralmente la suspensión de la deuda exterior y la imposición de un impuesto sobre los capitales. Velando por los intereses de sus propios ciudadanos en aquel país, los gobiernos británico, español y francés le dirigieron una protesta y enviaron tropas, que desembarcaron en Veracruz a finales de 1861.

Pero Gran Bretaña y España firmaron con Juárez la convención de Soledad (abril de 1862), y se retiraron enseguida, mientras Napoleón III, convencido por conservadores mejicanos emigrados e incitado por Morny (que defendía los intereses del financiero genovés Jecker y, con ellos, los suyos propios), decidía continuar solo aquellas operaciones. Entre vicisitudes, aquel primer cuerpo expedicionario de 7.000 hombres conseguía entrar en la ciudad de Méjico, el 7 de junio de 1863.

Después de largas vacilaciones el Habsburgo acabó aceptando la corona que se le ofrecía, en los primeros meses de 1864 (contando con la promesa del emperador de Francia de que le apoyaría durablemente con su ejército). Pero, llegado al país y proclamado Emperador, Maximiliano no tardaría en atraerse, con su política entre dos aguas, la hostilidad conjugada de la derecha católica y de la izquierda liberal, y en ser objeto de intrigas contra él (entre ellas la de Bazaine, sustituto de Forey). El final de la guerra de Secesión, en abril de 1865, permitirá, además, a los EE.UU. aportar su ayuda al presidente Juárez.

En 1866, aduciendo la llamada “doctrina Monroe” (ya argüida en su momento contra España), los Estados Unidos acabaron exigiendo al gobierno de Francia la retirada de sus tropas, y Napoleón III, con desprecio de sus compromisos, ordenó la salida del país en febrero de 1867.

Abandonado a su suerte, Maximiliano fue hecho prisionero por los partidarios de Juárez y fusilado en Querétano, con dos de sus generales, el 19 de junio de 1867.

          Aquel descalabro final de Méjico representó un grave golpe moral para el Segundo Imperio. Porque en Europa, Prusia estaba ya forjando la unidad alemana, proyecto con el cual el ingenuo de Luis-Napoleón, imbuido de su doctrina de las nacionalidades, se sentía en sintonía  natural. A partir de 1864, en el conflicto que se preparaba entre Prusia y Austria, él se había puesto del lado de Bismarck (fue aquella entrevista de Biarritz, de octubre de 1865, en la que se estaba jugando Europa), al tiempo que pretendía desempeñar en Alemania un papel de árbitro y hacerse pagar su comprensión por medio de pourboires, “propinas” (deberian ser la orilla izquierda del Rin, con Landau, Sarrelouis, Luxemburgo e incluso Bélgica). Pero lo tortuoso de semejante diplomacia -hábilmente desvelada por el ministro-presidente del rey de Prusia-, provocó la irritación de los alemanes y el desprestigio del Emperador ante la opinión europea.

            Bruscamente despertado por la sonora derrota de los austríacos en Sadowa (3 de julio de 1866), a manos del rey Guillermo y de Moltke, el Imperio intentó, precipitadamente, reorganizar su ejército -con el mariscal Niel en el ministerio de la Guerra-, extendiendo el reclutamiento y creando una guardia nacional móvil.

Sucedia en el momento en que, determinadas consideraciones de política interior llevaban a la expedición de Roma en 1867, que salvó a Pio IX y tranquilizó a los católicos de Francia. Y en ese vaivén de contradicciones, Napoleón III se aliena definitivamente a los patriotas liberales italianos, convertidos ahora en aliados de Prusia.

Las elecciones de 1869 fueron pésimas para el régimen, con la oposición recogiendo cerca del 45% de los votos. A Napoleón III sólo le quedaba ya apoyarse en el centro orleanista y liberal, el llamado “tiers parti” cuyo jefe, Émile Ollivier, republicano adherido al Imperio, fue llamado al poder en enero de 1870.

Imperio parlamentario (1870)

          Va a ser esta la última transformación del régimen, que evolucionaba así hacia el Imperio parlamentario.

El Emperador seguía siendo popular, como lo demostró el último plebiscito de 8 de mayo de 1870 (7.350.000 síes / 150.000 noes / 1.920.000 abstenciones). Pero su indiscreta insistencia cerca de Guillermo I, a propósito de la candidatura Hohenzollern al trono de España (¡cuando el rey de Prusia ya había aceptado verbalmente retirarla!) proporcionó a Bismarck la ocasión que esperaba, para sellar la unidad alemana con una gran guerra nacional contra el vecino del Oeste.

          Era este Hohenzollern biznieto de aquel Claude de Beauharnais, primo por alianza que había sido de Alexandre de Beauharnais, el primer marido de Josefina. Y Louis-Napoleón (como hijo de Hortensia de Beauharnais), era su primo lejano. No importaba: se trataba de un prusiano, e impedir que se sentará en el trono de España, cuestiòn de Estado para Francia.

          A pesar de la oposición de Thiers y del republicano Jules Favre, los créditos necesarios fueron votados y Francia declaró la guerra a Prusia el 19 de julio de 1870.

Con la emperatriz Eugenia nombrada regente el 28 de julio y Napoléon III en el frente de guerra, empezó entonces la negra serie de derrotas que van a concluir en el cerco definitivo del ejército de Bazaine en Metz.

Para sustituir a Ollivier, la regente había encargado formar nuevo gobierno, el 9 de agosto, al viejo general bonapartista Cousin-Montauban, conde de Palikao (aquel que había entrado en Pekin en 1860), que nada pudo hacer.

Seriamente enfermo del mal de la piedra, Napoleón III capitulaba el 2 de septiembre de este 1870, con 83.000 soldados encerrados en Sedan (Ardenas). Y tuvo que verse con Bismarck, que salió a su encuentro. Fue en el pueblecito de Donchéry, y será luego en el château de Bellevue, afueras de Sedan, ya en presencia de Guillermo I, donde tendrá lugar el acto formal de rendición.

Este fue el sucinto telegrama que recibió su esposa y regente la emperatriz Eugenia: “L’armée est vaincue et captive, moi-même suis prisonnier”.

          En cuanto la formidable noticia fue conocida en la Capital, la muchedumbre irrumpió en el Palais-Bourbon, y allí Jules Simon, Gambetta y otros republicanos anunciaron la caída del Imperio, lo que fue seguido, momentos después, por la proclamación de la República en el Hôtel-de-Ville o Municipalidad. Era el 4 de septiembre de 1870. Un vez más en la historia de Francia, París le imponía a la inmensa mayoría del resto del país las instituciones que sólo deseaba una minoría de activistas políticos.

Prisionero ahora de los prusianos, Napoleón III fue conducido a Wilhemshöhe (Hesse). y la Emperatriz Eugenia partió a refugiarse en Inglaterra.

El nuevo gobierno provisional intentó desesperadamente continuar la resistencia. Pero Francia iba a perder Alsacia y Lorena. El Segundo Imperio, al igual que el Primer Imperio de Napoleón I, concluía en catástrofe.

          El depuesto emperador irá a reunirse con su esposa en el castillo de Chislehurst (Kent), después de su liberación. Y pensaba ya en una restauración, cuando vino a morir allí el 9 de enero de 1873, a los 65 años, a consecuencia de su dolencia renal-urinaria.

Su hijo Eugène-Louis Bonaparte, conocido como el príncipe imperial y teórico garante de la continuidad del Imperio, después de haber conocido una infancia feliz, tenía 14 años en el momento del desastre de Sedan. Vivirá con sus padres en Inglaterra, y será alumno de la escuela militar de Woolwich, entre 1872 y 1875, de donde saldrá 7º de su promoción como teniente. Esperanza -ahora él-, del bonapartismo, llevaba la vida dorada de un príncipe exiliado. Pero en los primeros meses del año 1879, las fuerzas británicas acababan de sufrir un grave percance en Zululandia (África del Sur), que provocó fuerte conmoción en Inglaterra cuando fue conocido. Y Eugène-Louis Bonaparte  solicitó ser agregado al E.M de aquel ejército. Morirá en Ulinda, en junio de 1879, con 23 años, en el transcurso de un simple reconocimiento.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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DANSETTE, Adrien: Louis-Napoléon à la conquête du pouvoir; Hachette, 1961 y posteriores. También: La Seconde République et le Second Empire; 1942; Napoléon III; Ginebra, Famot, 1977; Histoire du Second Empire, Hachette, 1961; y Les amours de Napoléon III; A. Fayard, 1938.

DUVEAU, Georges: La vie ouvrière en France sous le Second Empire (tesis);  Gallimard, 1946
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En español:

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