Renan, Ernest (1823-1892)

            Junto a Fustel de Coulanges y Taine, Ernest Renan forma parte del panel representativo de la historiografía y la crítica positivista y, con ellos, es producto de su tiempo, del paso de la edad romántica (que, en el pensamiento social e histórico podría concluir en Michelet), a la época realista positivista y naturalista de los Flaubert y Zola en la novela, y el Parnaso en poesía. Época de tránsito mental que, parcialmente y de forma paradógica, comparte con las corrientes idealistas y simbolistas de los Baudelaire, Rimbaud y Verlaine, de Mallarmé, Barbey d’Aurevilly o Huysmans…

Ernest Renan, el que sería notorio representante del “anticristianismo científico” del siglo XIX en Francia, habrá sido, él mismo, producto de una genuina formación eclesiástica.  Nació en la antigua villa episcopal de Tréguier (Côtes-d’Armor, Bretaña) el 27 de febrero de 1823, y era hijo de Philibert-François Renan (1774-1828), capitán de navío de convicciones republicanas (en un tiempo, con los azares de la Revolución, en que eso significaba algo) y de Madeleine Féger, “Manon” (1783-1868), una muchacha de la vecina Lannion, donde su familia, de tradición realista, ejercía la desahogada actividad de comerciantes. Ella le educará en la fe católica de los suyos. Y siempre se sentirá él dividido entre las encontradas tendencias de sus dos familias.

Ernest Renan (1823-1892)

Ernest Renan (1823-1892)

Su padre muere tempranamente en accidente de mar, y la madre se queda sola, con Ernest, de cinco años, y sus dos hermanos, Alain, de diecinueve años y Henriette de diecisiete. Y, en pleno infortunio económico, su familia se traslada por un momento, a Lannion, donde su madre tenía su familia, pero regresa pronto a la casa paterna, con más posibilidades de encontrar trabajo.
Formado desde muy niño en la acendrada fe de su madre, y mostrando notable disposición intelectual, el niño Ernest fue destinado al sacerdocio.

Sus hermanos se han trasladado a París para ganarse la vida, y Henriette, bien instruida ella misma, consigue un puesto de educadora que se le ha ofrecido en una modesta institución.

Ernest ha comenzado su primera formación en la escuela eclesiástica o “petit séminaire”, de Tréguier. Luego, tras la revolución de 1830 y la nueva dinastia burguesa de los Orleáns en el poder, ya con quince años y gracias a su hermana, consigue ser admitido con una beca –dada la brillantez de este nuevo alumno-, en el pequeño seminario/colegio parisiense de Saint-Nicolas-du-Chardonnet, donde acababa de asumir la dirección Félix Dupanloup –importante figura, andando los años, del episcopado francés del s. XIX-. Tres años después, Ernest entraba en el gran seminario de Saint-Sulpice, donde el abate Le Hir le va a iniciar en los estudios del hebreo y del siríaco.

Su espíritu sensible y soñador inclinaban a Ernest Renan hacia la religión y su encanto, pero su mente intelectual le llevaba a la duda y a la discusión. En diciembre de 1843 recibe ya la tonsura y, al año siguiente, las órdenes menores.

            Sin embargo, sus convicciones han ido debilitándose, en medio de un agitado debate personal, y el estudio de Hegel viene a suscitar en él, a los 22 años, una grave crisis religiosa  (evocada luego en sus “Souvenirs…”), que le hace renunciar a la clerecía en octubre de 1845, de acuerdo con sus maestros y el beneplácito de su propia hermana, ¡tan cercana siempre a él! Y rompe entonces con la fe cristiana. Pero él conservará la nostalgia de los misterios de la religión.

En el momento de abandonar el gran seminario, no tenía aún el título de bachelier ès-lettres, que obtendrá en enero del año siguiente, para superar con éxito la licenciatura de letras, en octubre de este 1846 (en 1847 sacará su bachillerato de ciencias).

            Henriette Renan había debido alejarse en 1841, con gran dolor, de sus hermanos y de su madre dejada en Bretaña, en pos de cierto puesto de institutriz, que una noble familia le ha ofrecido para que asuma la educación de sus hijos allá en Polonia, Y con ellos viajará por Alemania e Italia, completando su ya buena formación.

“Viejo de pensamiento –dirá él luego, en “Ma soeur Henriette”– pero novicio e ignorante del mundo”, Ernest Renan frecuenta los medios intelectuales en voga y, sin comprometerse a fondo, los sectores liberales también, en estas víspera de la caída de Felipe de Orleáns y de proclamación de la Segunda República (proceso que acabará beneficiando al sobrino de Napoleón I, o cómo acabar con la libertad). Y Renan va viviendo con algún dinero que su hermana le envía, trabajillos que le dejan tiempo libre para sus estudios y algunas colaboraciones.

            En este 1848, aprueba con el número uno las oposiciones de filosofía, y empieza su formación en paleografía en l’École des Chartes, de sánscrito con el orientalista Eugène Burnouf en el Collège de France, y de persa con Étienne Quatremère en l’École des langues orientales. Y de la amistad intelectual con Marcelin Berthelot (unos años más joven que él), que será larga y se irá afianzando, saldrá ese sistema de pensamiento positivista que es “L’Avenir de la Science” (redactado a partir de ahora y que será publicado en 1890), donde afirmaba que la religión deberia ser sustituida por la poesía superior de la realidad, y por una nueva fe que diera respuesta al corazón y a la razón al mismo tiempo, y también que habia llegado el momento de una ciencia de la humanidad: la filología.

            Después de una estancia científica en Italia, acompañando a Charles Victor Daremberg, historiador de la medicina antigua, ya de regreso, en septiembre de 1850 viaja al Este para encontrarse con Henriette en Berlín y acompañarla de vuelta a Francia, una vez terminado aquel cometido que la había llevado a Polonia. Y en París, cerca del Val-de-Grâce, compartieron los dos hermanos un modesto apartamento: “Nuestros pensamientos estaban tan perfectamente al unísono, que apenas necesitábamos comunicárnoslos, nuestra visión general sobre el mundo y sobre Dios eran idénticas ( …) y su parte en la dirección de mis ideas fue muy extensa…”

            En 1852, Renan sostiene su tesis doctoral sobre “Averroès et l’Averroïsme”, y después de haber terminado su propia formación con Burnouf, y ya sólido filólogo en los estudios semíticos, saca a luz en 1855 su “Histoire générale et système comparé des langues sémitiques”, donde pueden rastrearse indicios de antisemitismo:

            “…El semita sólo conoce deberes para consigo mismo. Perseguir su venganza, reivindicar lo que cree que es su derecho, es para él una especie de obligación. Por el contrario, pedirle que mantenga la palabra dada o que imparta justicia de manera desinteresada, es pedirle lo imposible (…). Así pues, la raza semítica se reconoce casi únicamente por sus rasgos negativos: no tiene ni mitología, ni epopeya ni ciencia, ni filosofía ni ficción, ni artes plásticas ni vida civil; en todo, ausencia de complejidad y de matices, sentimiento exclusivo de la unidad (…). La raza semítica nos aparece incompleta a causa de su misma simplicidad…semejantes a esas naturalezas poco fecundas que, después de una graciosa infancia, sólo llegan a una mediocre virilidad (…). La abstracción le es desconocida [a la raza y a las lenguas semitas], la metafísica, imposible” (L. 1, cap. 1º, pgs.. 15 y ss.).

            En septiembre de 1856 Ernest Renan contraía matrimonio con Cornélie Scheffer, de 23 años –ya él con 33-, de una acreditada familia de pintores, unión de la que llegarán a la edad adulta dos hijos.

E ingresa este año en la “Académie des Inscriptions et belles-lettres”, período durante el cual escribe “Essai sur l’origine du langage” (1858).

            En octubre de 1860 Renan parte en misión oficial para Siria, Líbano y Palestina (donde su hermana Henriette Renan, colaboradora suya, morirá en septiembre de 1861), y allí tiene ocasión de encontrarse en medio de los paisajes y el entorno testigos de los primeros pasos del cristianismo. Renan medita y toma sus primeros apuntes, que pronto le inspirarán su “Histoire des origines du christianisme” en ocho volúmenes (1863-1882), destinada a fundar el cristianismo “rationnel et critique”. El primer volumen, la “Vie de Jésus” (1863), exégesis crítica y racionalista de los Evangelios, trataba a Jesús simplemente de “hombre incomparable”, lo que iba a provocar gran escándalo y a hacerle perder su cátedra de hebreo y arameo en el Collège de France, para la que había sido nombrado a su regreso, en 1862, en sustitución de Quatremère; pero la obra tuvo también considerable repercusión en Europa, tanto por su estilo poético, como por la interpretación, respetuosa aunque racionalista, de la figura de Jesús.

Vista su revocación del Collège, en noviembre de 1864 embarca para Asia Menor, en compañía de su esposa Cornélie, en pos de las huellas de San Pablo; luego serán Siria y Egipto. Y, con el principio del verano de 1865, estaban de regreso en París.

            Su madre muere en junio de 1868, en las postrimerías del Segundo Imperio.

En 1869, Renan se presenta a las elecciones legislativas por el Tiers Parti dinástico y liberal de Émille Ollivier (entre las oposiciones monárquica y republicana), pero no obtiene escaño. Y, llegada la ultimísima fase del Imperio liberal, su cátedra del Collège de France le fue restituída en abril de 1870.

            Pero llegó la guerra francoprusiana de 1870, el desastre de Sedan, la caída de Napoleón III y la guerra civil; y Renan, como Taine y otros intelectuales, sufre moralmente por la derrota de Francia, pero no tarda en adherirse a la III República –tambaleante aún en sus primeros pasos-.

Su entusiasmo de juventud y las certezas inconmovibles de su primera madurez han ido perdiendo de su inicial empuje, aun sintiéndose convencido positivista. Sus “Dialogues philosophiques”, escritos desde 1871, pero publicados en 1876, revelaban, entre hipótesis metafísicas, vacilaciones y escepticismo.

Era ya la obra de un puro diletante, como lo serán también sus “Drames philosophiques”: “Caliban” (1878), “L’eau de Jouvence” (1880), “Le Prêtre de Némi” (1885), donde pretendía su autor mostrar la fe en el progreso religioso y moral: a pesar de las repetidas victorias del mal y de la estupidez, la buena causa acabaría ganando pese a las amarguras e incluso los errores de sus apóstoles y sus mártires; y, finalmente, “L’Abbesse de Jouarre” (1886), drama éste en cinco actos bajo la Gran Revolución, donde aparece la culta abadesa Julie-Constance de Saint-Florent, personaje de fuerte carácter y que ha leído a los enciclopedistas: el poder del amor y el comportamiento del alma humana en circunstancias críticas.

            Convertido en personaje oficial ahora -como sucedía también con la figura de Victor Hugo hasta su muerte-, y objeto de prestigio entre jovenes y luego brillantes díscipulos como Maurras, Bourget o Barrès, Ernest Renan entraba en la Academia Francesa en junio de 1878, en sustitución de Claude Bernard, para ser nombrado, unos años después, administrador del Collège de France (1883). Pero ya venía manifestando un creciente escepticismo ante aquella democracia que empezaba a forjarse tras la caída de Napoleón III; y en “La Réforme intellectuelle et morale” de 1871, esbozaba un programa de restauración nacional. Renan iba instalándose en el papel de vate de una Francia ideal, desembarazada de dudas y conflictos.

Ya en una célebre conferencia pronunciada en la Sorbona en marzo de 1882, “Qu’est-ce qu’une nation?” había expresado su desacuerdo con la visión romántica de “nación” que seguía prevaleciendo en el mundo germánico: una amplia comunidad fundada en los lazos de sangre y en la lengua, cuyos ecos lejanos venían de Fichte. Para Renan la nación es algo más racional, un continuo plebiscito, si bien basado en el culto de los antepasados y en la posesión en común de una rica herencia de recuerdos…

Aunque rechazaba los dogmas del catolicismo, él continuará admirando la historia judeo-cristiana y, antes de morir, comenzará a editar aún una “Histoire du peuple d’Israel”, en 5 vols., cuya publicación no verá terminada (1887-1893), tratando de conciliar siempre “el sentimiento religioso y el análisis científico” –como dirá Maurice Barrès-.

            Ernest Renan fallecía en París, después de una breve enfermedad, el 2 de octubre de 1892, a los 69 años, con una opinión pública y política muy dividida en torno a su persona, aunque con funerales nacionales e inhumación en el cementerio de Montmartre. En Tréguier, quisieron elevarle un monumento, once años después, aquel 13 de septiembre de 1903, con asistencia de Anatole France, Berthelot, y el presidente del Consejo Émile Combe, notorio anticlerical; lo que sólo pudo hacerse entre grandes medidas de seguridad, ante los tumultos que el acto provocó. Al año siguiente, el 19 de mayo de 1904, los católicos erigirán, ellos, en la misma ciudad, un “Calvaire de réparation”, recordando, con las palabras que se leen en Marcos (15:39), que VERI HIC HOMO FILIUS DEI ERAT (“En verdad, este hombre era Hijo de Dios”)

            Si hemos de distinguir en Renan al filósofo, al escritor y al filólogo, los dos últimos valían, en definitiva, más que el filósofo. Considerado en su tiempo como un maestro del estilo, Renan utiliza una prosa acompasada y cadenciosa, entre meditaciones líricas y finas anotaciones.

            Publicó también unos “Souvenirs d’enfance et de jeunesse” (1883), llenos de lirismo donde, entre digresiones, revive sus, a menudo, emocionados recuerdos de infancia y juventud: Tréguier, su paso por los seminarios que le fueron formando, y sus inicios de existencia laica, hasta terminar en el positivismo de su edad adulta.

Consciente él mismo, de ser una “maraña de contradicciones”, en la hermosa “Prière sur l’Acropole”(a partir de una revelación en 1865, en el lugar mismo, completada luego para su publicación en 1876), Renan celebra el “milagro griego” y a la Grecia clásica, aquel momento histórico en que el hombre alcanzó la perfecta armonía entre belleza, razón y el sentido de lo divino. Era una meditación lírica sobre sí mismo y sobre el destino de la humanidad, bajo la forma de una oración a Atenea, diosa de la Sabiduría, de las Artes y de las Ciencias; y aquí, como en la mayor parte de su obra, combina también Renan sensibilidad poética y rigor positivista.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

CORRESPONDANCE GÉNÉRALE de Ernest RENAN, en seis tomos; edición bajo la dirección de Jean BALCOU; Honoré Champion, a partir de 1995.
BALCOU, Jean: Renan, un celte rationaliste; Presses Universitaires de Rennes, 1997; también:  Renan de Tréguier; Saint-Cyr-sur-Loire, C. Pirot, 1999; y Ernest Renan: une biographie; Honoré Champion, 2017.
BARRÈS, Maurice: Ernest Renan; Abbeville, 1923.
CHAUVIN, Charles; Renan, 1823-1892; Desclée de Brouwer, 2000.
GORE, KEITH: L’idée de progrès dans la pensée de Renan; París, A-G. Nizet, 1970.
HAYOUN, Maurice-Ruben: Renan, la Bible et les Juifs; París, Arléa, 2008.
MERCURY, Francis: Renan; París, O Orban,1990.
MILLEPIERRES, François: La Vie d’Ernest Renan, sage d’Occident; París, M. Rivière et Cie.,1961.  
PEYRE, Henri: Renan; Presses Universitaires de France, 1969.
POMMIER, J.: Ernest Renan, essai de biographie intellectuelle; París, 1923.
STANGUENNEC, André: Ernest Renan, de l’idéalisme au scepticisme; H. Champion, 2015.
VAN TIEGHEM: Renan; Hachette, 1948.

En español:

DE ROBERTO, Diego: Renan; 1911.
PÉREZ GUTIÉRREZ, Francisco: Renan en España; Taurus, 1988.

Deja un comentario