Comuna de París (1870)

            Después de aquella que, durante la Revolución, había hecho sentir sobre la Convención todo el peso de la dictadura popular y del Terror, se da también el nombre de Comuna al gobierno insurreccional que ejerció la autoridad en París durante 72 días, desde el 18 de marzo al 28 de mayo de 1871. Última revolución del siglo XIX y la primera tentativa de una dictadura del proletariado, la Comuna de París tuvo causas lejanas y otras inmediatas, y fue el resultado final de una tradición revolucionaria, ya casi secular.

El desarrollo económico que marcó el Segundo Imperio había venido acompañado de un crecimiento numérico de la clase obrera (en 1866, París contaba con 442.000 obreros de un total de 1.850.000 habitantes) y del desarrollo de un movimiento dirigido por obreros. En 1862, Napoleón III había permitido a una delegación obrera presentarse en la Exposición universal de Londres, donde sus miembros pudieron hablar con representantes de los Trade Unions, mejor organizados y mejor pagados, gracias a la vía reformista del sindicalismo inglés. Y, en febrero de 1864, se había publicado en “L’Opinion nationale” aquel programa de reivindicaciones obreras -con ocasión de la candidatura del cincelador en bronce Tolain a una elección parcial-, donde sesenta trabajadores proclamaban que “la igualdad inscrita en la ley no está en las costumbres sociales y ha de ser realizada en los hechos”, por lo que reclamaban una verdadera democracia política, económica y social, y “la libertad de trabajo, el crédito y la solidaridad”. El Emperador había reconocido el derecho a la huelga, y se había creado a finales de ese año la I Internacional.

Los conflictos laborales se multiplicaron en los últimos años del régimen imperial, y los nuevos jefes socialistas, Eugène Varlin y Benoît Malon utilizaron la ley de 1868 sobre el derecho de reunión para desarrollar en todas las grandes ciudades y, sobre todo, en la Capital, una activa propaganda sobre temas como “la expropiación de todas las compañías financieras, la expropiación por la nación, para transformarlos en servicios públicos, de la banca, canales, ferrocarriles, transporte rodado, seguros y minas” (Programa electoral socialista de 1869). Al lado de esos socialistas internacionalistas, los blanquistas se preparaban para el momento favorable a una insurrección y a la toma del poder por una minoría activa que arrastraría luego al pueblo a la revolución. La Comuna no fue, pues, un movimiento accidental.

Barricade rue la Fayette - Paris

Barricade rue la Fayette – Paris
(18 de Marzo de 1871)

            Pero sus orígenes inmediatos han de buscarse, por un lado, en la humillación de la derrota: en 1814, Francia había sucumbido en Waterloo ante la Europa coaligada, pero el desastre de Sedan había tenido lugar ante aquella pequeña Prusia con aires de grandeza, que pretendía ser ya toda Alemania. Y, por otro lado, en las duras pruebas, las decepciones que conocieron los parisienses durante cuatro meses y en el transcurso del terrible invierno 1870/71. Asediada por los prusianos a partir del 18 de septiembre anterior, la Capital había respondido con heroísmo, siguiendo las declaraciones intransigentes y belicosas de aquel “Gobierno de la Defensa Nacional” (creado con republicanos de la primera hora, al desmoronarse el Segundo Imperio), que se declara resuelto  -había dicho-, a no ceder “ ni un palmo de nuestro territorio, ni un piedra de nuestras fortalezas”. Evocando a aquellos soldados del Año II y el mito del alzamiento en masa, habían convencido a los parisienses de que la victoria era aún posible.

A partir de ese momento, con los sufrimientos del cerco, la falta de abastecimiento y de combustible, la paralización de casi todos los trabajos (la mayor parte de los hombres sólo tenían para vivir su soldada de guardias nacionales 1,50 frcs. diarios = 30 sous), y el bombardeo de la ciudad por los prusianos a partir de enero de 1871, una verdadera psicosis de traición se extendió por toda la población, que reclamaba acciones militares vigorosas y, a partir de octubre de 1870, la elección de una Comuna.

Porque podría rastrearse cierto paralelismo entre aquellas matanzas generalizadas de septiembre de 1792, con el enemigo cruzando las fronteras y amenazando París, y la actual situación. El 31 de octubre de 1870, con la noticia de la capitulación de Metz el 28 y de la pérdida del fuerte de Bourget (10 kms. al NE del centro de la Capìtal), algunos batallones de guardias nacionales habían intentado ya derrocar al gobierno provisional. Una nueva tentativa insurreccional tuvo lugar el 22 de enero de 1871, tras el fracaso del desastroso intento por romper el cerco por Buzenval.

Después de la firma del armisticio el 28 de enero, la elección de una Asamblea Nacional el 8 de febrero siguiente -impuesta por los prusianos, que deseaban tener frente a ellos instituciones legales con quien negociar, que resultó fuertemente conservadora y favorable a la paz, terminó por aislar a los parisienses (esto es, a quienes controlaban la situación dentro de la ciudad), del resto de Francia. Y la exasperación de la Capital alcanzó su cénit cuando, el 1 de marzo, los prusianos desfilaron por París, después de que Thiers había debido consentir esa humillación para que Francia siguiera conservando Belfort.

            A partir de los primeros días de marzo de 1871 quedaba bien patente la oposición entre la Asamblea nacional que seguía teniendo sus sesiones en Burdeos, y los parisienses, armados en el marco de la guardia nacional, cuyos efectivos llegarán a alcanzar cerca de 200.000 hombres.

Era la guardia nacional una milicia de ciudadanos cuyo origen se remontaba a 1789  para la defensa de los derechos constitucionales, y que había pasado por diversos estados de activación o letargo, según el momento político. El gobierno de la Defensa nacional acababa de hacer un verdadero ejército popular que, desde finales de septiembre de 1870, contaba 254 batallones y se iba  convertir en la gran fuerza política de París.

Mientras la guardia se movilizaba, pasaba bajo el control de un Comité Central elegido por sus delegados de distrito el 3 de marzo (sin reconocer, en adelante la autoridad del general Aurelle de Paladines, que el gobierno acababa de nombrar su comandante en jefe), y se constituía el 15 siguiente en Federación republicana, la mayoría realista y “rural” de la Asamblea multiplicaba las medidas, entre torpes y vejatorias, hacia la población de la capital: supresión de las soldadas de la guardia nacional, suspensión de la moratoria de los efectos comerciales y de los alquileres –pretendiendo así reactivar la vida económica- y, finalmente, aleccionados por el precedente de 1792 y ss., transferencia de la Asamblea no a París, sino a Versalles.

Efectivamente, el 18 de marzo, Thiers, jefe del gobierno provisional, decidido a desarmar a la guardia nacional, que disponía en Montmartre y en Belleville de más de 200 cañones, puestos a resguardo antes de la entrada de los prusianos, envió a una tropa con ese cometido. Pero aquellos soldados fueron rodeados por la multitud y por los guardias, con los que empezaron a confraternizar. En unas pocas horas la insurrección se propagó por el centro y el este de París, y los generales Lecomte y Clément-Thomas (de un inequívoco pasado de exilio y activismo republicano ellos) fueron asesinados ese días. Eran las primeras víctimas de la Comuna.

            Negándose a toda negociación, Thiers ordenó evacuar la capital, abandonada así a los insurrectos; medida justificada por la preocupación de evitar que el gobierno viniera a encontrarse, como en 1848, prisionero de París, pero creaba, al mismo tiempo, una situación que no podria resolverse sin violencia.

Viéndose dueño de la gran ciudad, aquel Comité central preparó la elección de un Consejo Comunal, el cual tuvo lugar el 26 de marzo con 229.167 votantes, sobre un total de 485.569 (es decir, más del 50% de los electores se abstuvo, sin contar que un centenar de miles de parisienses ya habían huido de la gran ciudad desde la jornado del 18).

Aquel Consejo fue a instalarse, el 28 de marzo, en el Hôtel-de-Ville o Municipalidad (decorado para el acto con una gran bandera roja), bajo el nombre de “Commune de París” y el Comité central le traspasó inmediatamente sus poderes. “Quelle journée…”, “¡que gran día -escribía esa noche Jules Vallès- el cielo claro y tibio iluminaba con su luz dorada la boca de los cañones!” Asamblea municipal, la Comuna se consideraba igualmente el gobierno de toda Francia, y procedió a constituir nueve comisiones (Finanzas, Ejército, Justicia, Seguridad General, Subsistencias, Trabajo-Industria y Comercio, Relaciones Exteriores, Servicios Públicos, Enseñanza), cuya coordinación quedaba asegurada por una Comisión ejecutiva.

En principio, el Consejo de la Comuna debería estar compuesto de 90 miembros, si bien dicho efectivo no pudo alcanzarse en ningún momento, debido a diversos motivos: candidaturas múltiples, dimisión casi inmediata de una veintena de diputados moderados como Clemenceau, ausencia de Blanqui (elegido por dos distritos pero preso en provincias por orden de Thiers), etc.

El Consejo general quedó pues, compuesto sólo por revolucionarios. Pero aquellos aproximadamente 70 miembros restantes eran muy diversos, tanto por sus orígenes sociales como por sus tendencias políticas; 25 obreros (más de un tercio del Consejo, proporción sin precedentes en ninguna otra Asamblea política), 12 artesanos, 4 empleados, 6 tenderos y un grupo importante de intelectuales y de miembros de profesiones liberales (abogados, periodistas y profesiones médicas y técnicas) (Ver  Bernard NOËL: “Dictionnaire de la Commune”, Hazan, 1971).

Y, desde el punto de vista político, el Consejo se dividió muy pronto en dos grupos:

  • Una veintena de jacobinos, herederos de la tradición de 1792, entre los que se contaban los ex-deportados Delescluze y Charles F. Gambon, los periodistas Félix Pyat también exiliado, y Paschal Grousset, el farmacéutico Jules Miot…
  • . Entre 25 y 30 “radicales”  o “revolucionarios independientes”, muy cercanos a la autonomía municipal de París y partidarios de una “République Démocratique et Sociale” (con Arthur Arnould, Amouroux, J.B. Clément, Rastoul, Bergeret).
  • unos 10 activistas blanquistas intransigentes, partidarios de un régimen fuerte y autoritario, deseosos de que la Comuna se convirtiera en “la organización insurreccional permanente del proletariado” (Charbon, Eudes, Ferré, Mortier, Rigault).
  • disidentes como Protot, Ranvier, Tridon, Trinquet.

            Y enfrente, la minoría, compuesta, sobre todo, de obreros miembros de la Internacional, con proudhonianos y libertarios, hombres preocupados, más por conseguir reformas sociales que por cuestiones estrictamente políticas, a veces influenciados por el marxismo (Frankel, el anarquista Benoît Malon, Varlin), e independientes como el escritor y periodista Jules Vallès y los pintores Courbet -en torno al cual, los artistas van a reivindicar la liberación del arte-, o Jean-François Millet.

            Por el hecho de esas múltiples tendencias, la Comuna de París en ningún momento presentó una doctrina política precisa; la mayoría permanecía fiel a una concepción romántica o idealista de la revolución. Y algunos, obsesionados por el recuerdo de 1793, pensaban que deberían ejercer sobre toda Francia una dictadura revolucionaria; otros, seguidores de Proudhon, llamaban a las comunas provinciales para que se unieran a París en una libre federación.

La Comuna se apoyaba en una minoría revolucionaria que podía movilizar, como máximo, 60.000 personas, donde artesanos y obreros predominaban en un 80%; y la guardia nacional federada, en ningún momento llegó a superar los 30.000 combatientes, aunque, oficialmente, contase con 200.000 efectivos.

La mayoría de la población permaneció, pues, al margen de la organización política, y ello a pesar de la actividad propagandística desplegada por una multitud de clubs (club de la Revolución, de los Amigos del Pueblo, de los Proletarios, de la Marsellesa, etc.), como de periódicos (más de 70 títulos creados entre marzo y mayo de 1871). Los principales órganos de esa prensa de la Comuna (ella misma con su Journal Officiel, Boletin o Diario Oficial), fueron “Le Réveil” de Delescluze, “Le Cri du Peuple” de Vallès, “Le Mot d’ordre” de Rochefort, “Le Vengeur” de Félix Pyat, “Le Tribun du peuple” de Lissagaray, “Le Père Duchesne” de Vermersch. Y aquella repentina libertad, entre proclamaciones anticlericales y antiburguesas constantes, dio por un momento a la Capital reconquistada aires olvidados de espontaneidad festiva, muy en la atmósfera del París de los arrabales del Este de 1793, antes de que el paroxismo del gran Terror en 1794, viniera a helarles el aliento, en aquella República de Robespierre virtuosa y totalitaria.

            Ocupados por entero, desde principios de abril, por las operaciones militares contra los versalleses, la Comuna sólo pudo acometer reformas limitadas, algunas simbólicas, como la adopción de la bandera roja, el 28 de marzo, o del calendario revolucionario (que ya Napoleón I había debido abolir allá en enero de 1806); también el derribo, el 16 de mayo, a instigación de Courbet, de la sufrida columna Vendôme, “símbolo del militarismo” (¡ya con dos demoliciones en su haber, desde aquella estatua ecuestre de Luis XIV en el pináculo, de 1699!) y, ya de paso, el derribo de la residencia de Thiers.

En el plano más político, fueron decretados la separación de la Iglesia y del Estado -lo cual no era ninguna innovación-, la laicización de las escuelas religiosas, la escuela gratuita y obligatoria, la gratuidad de la justicia, la elección de los jueces y de los altos funcionarios, la supresión del ejército permanente (al que vendría a sustituir el pueblo en armas), la supresión de toda distinción entre hijos legítimos y naturales, como entre mujeres casadas y concubinas. Y, entre las medidas sociales aparecían la prolongación de los plazos y del precio de los alquileres, la reorganización del Monte de Piedad, supresión del sistema de multas patronales, supresión del trabajo nocturno en las panaderías o la prohibición de acumular ingresos públicos; además de otras dictadas por la urgencia y las circunstancias, como la requisición de alojamientos y de talleres abandonados.

La Comuna se orientó igualmente hacia la emancipación completa de las mujeres, que desempeñaron un gran papel en este período revolucionario (Louise Michel, Andrée Léo, Nathalie Lemel, Paule Minck, Élisabeth Dmitrieff, Ana Jaclard y otras).

Pero, en muchos otros campos, la Comuna mostró extrañas vacilaciones, manteniendo intangible la duración de la jornada de trabajo y los antiguos impuestos; ni procedió a ninguna nacionalización de empresas privadas, ni tomó el control del Banco de Francia.

            Alzada contra una Asamblea que acababa de ser elegida por sufragio universal de toda Francia, y que representaba, si no la exacta opinion política, al menos la profunda voluntad de paz del país, la insurrecta Comuna no logró ganarse la comprensión de la gran mayoría de los franceses, y será objeto, por el contrario, de acerbas censuras e incriminaciones. En la mayor parte de las provincias ella traía a la memoría los terribles recuerdos de la dictadura parisiense de 1793/94. Sin duda, en marzo/abril de 1871, movimientos comunalistas estallaron también en Lyon, Saint-Étienne, Le Creusot, Limoges, Narbonne, Toulouse… pero fueron rápidamente reprimidos. El más poderoso de ellos fue el de Marsella (23 de marzo al 4 de abril).

El 19 de abril de 1871, la Comuna lanzó una “Déclaration au peuple français” inspirada en las ideas federalistas de la minoría, y pedía la “autonomía absoluta de la Comuna, extendida a todas las localidades de Francia (…), sin otros límites que el derecho de autonomía igual para las demás comunas que se adhieran al contrato del que la asociación asegurará la unidad francesa”. Pero aquella proclamación apenas tuvo eco, ni lo obtuvo tampoco aquella llamada a los trabajadores del campo, del 28 de abril.

            El gobierno de Thiers denunció la insurrección communarde como la de la más vil canalla y levantó para reducirla un ejército de campesinos y de provincianos, dispuestos a habérselas con aquellos intelectuales parisienses y con quienes, otra vez, parecian querer sembrar el terror en las familias de Francia.

Los combates contra estas tropas regulares de Versalles comenzaron el 2 de abril, en Courbevoie. Mientras que la Comuna sólo conseguía movilizar, finalmente, entre 20 y 30.000 combatientes -más animosos que competentes y disciplinados, con sus jefes divididos acerca de lo que convenía hacer-, Thiers había obtenido de Bismark la liberación anticipada de 60.000 prisioneros, y dispuso enseguida de un ejército de 100.000 soldados, cuyo mando le fue confiado a MacMahon. El 3 de abril, la Comuna intentó una marcha sobre Versalles en tres columnas por Rueil, Meudon y Châtillon (en un arco de O. a S.), que se saldó en fracaso.

Mientras la dirección militar pasaba sucesivamente a Cluseret (4 de abril), a Rossel (1 de mayo) y, finalmente (10 de mayo) a Delescluze, y se iban ahondando las diferencias entre mayoría y minoría del Consejo de la Comuna, con la creación de un Comité de Salvación Pública el 1 de mayo, los de Versalles estrechaban su presión al SO. de la Capital: el 9 de mayo se apoderaban del fuerte de Vanves y el 14 siguiente del fuerte de Isssy, antes de entrar en París, finalmente, por sorpresa, el domingo 21, por las puertas Point-du-Jour y Saint-Cloud.

El Oeste cae enseguida pero la lucha va a ser encarnizada en el centro de la ciudad y hacia el Este; durante toda una semana (21 al 28 de mayo), que se ha dado en llamar “semaine sanglante”, el ejército fue rechazando a las fuerzas de la Comuna, barrio por barrio y, en ocasiones, casa por casa. “La hora de la guerra revolucionaria ha sonado –proclamaba Delescluze el 22-, el pueblo ignora las sabias maniobras, pero cuando tiene un fusil en la mano, y adoquines a sus pies, no teme a los estrategas de la escuela monárquica”. Sobraban ya las grandes frases: esa tarde-noche, los versalleses habían alcanzado las estaciones de Montparnasse y de Saint-Lazare (centro-sur y centro-norte, respectívamente, de la Capital); el 24, se apoderaban del neuralgico Hôtel-de-Ville y del Panthéon (barrio latino); el 25 eran dueños de toda la parte Sur (rive gauche) y, ese día, Delescluze encontraba la muerte en una barricada de la place du Château-d’eau (hoy, place de la République). El 26, el barrio de la Bastilla era ocupado por el ejército, y la postrera resistencia de los communards se concentra entonces en una parte del distrito XX (Belleville) y en un cuadrilátero del distrito XI. La lucha se desarrolló entonces con extremado empeño, entre atrocidades por ambos bandos. A los fusilamientos de los versalleses, respondíeron los de la Comuna con la degollina de los rehenes detenidos el 5 de abril, entre los que se encontraba Monseñor Georges Darboy (1813-1871), arzobispo de París -uno de los primeros en ser fusilados aquel 24 de mayo con quince otros sacerdotes y religiosos-; luego pasarán el presidente de la Corte de Casación, Louis-Bernard Bonjean y unos cuarenta gendames y policías lo cual va a suscitar indignación y repulsa a lo largo y ancho de Francia.

            Por desesperación ante la derrota y a fin de retrasar el avance de los de Versalles, el 23 de mayo, prendieron fuego, en su retirada, a calles y a numerosos monumentos, como el palacio de las Tullerías, el Tribunal de Cuentas, el Consejo de Estado, el palacio de la Légion d’Honneur, el ministerio de Finanzas…, perdidos así, definitivamente, para la ciudad y para la Historia. El sábado 27 de mayo, mientras se ocupaban ya los barrios de Belleville, del Trône y de Charonne, los versalleses logran, finalmente, rodear el cementerio del “Père Lachaise”, donde habían venido a replegarse una parte de los resistentes que iban quedando, dentro del cual y por entre las tumbas acaban el 28 los últimos combates cuerpo a cuerpo. Cerca de 150 communards, hechos allí prisioneros, fueron fusilados contra el muro SE, el “mur des fédérés”, convertido, en adelante, en lugar de culto y peregrinación para los simpatizantes de la causa.

La última barricada, en la rue Ramponneau, caía hacia las dos de la tarde de ese 28 de mayo de 1871.

            La represión fue entonces implacable. En el transcurso de los combates, los versalleses habían venido procediendo a ejecuciones sumarias, y se estima generalmente que unos 20.000 communards encontraron la muerte en el transcurso de aquella “semana sangrienta”. El gobierno procedió a más de 38.000 detenciones. Los consejos de guerra que mantendrán sesiones a partir de agosto de este 1871, pronunciarán relativamente pocas condenas a muerte (un centenar, de los que una veintena fue seguida de inmediata ejecución); pero 410 persona fueron condenadas a trabajos forzados, 7.500 a la deportación (generalmente, a Argelia y Nueva Caledonia), 4.600 a prisión temporal y 322 al exilio; finalmente 56 niños fueron internados en correccionales.

Aleccionado por la experiencia, el gobierno de Thiers suprimió definitivamente la guardia nacional, por ley de 31 de agosto de 1871.

Detenido el 7 de junio de 1871, el pintor Courbet fue recluído en la prisión de Sainte-Pêlagie y trasladado en diciembre una clínica de Neuilly, a causa de algunos problemas de salud. Al parecer, la protección del palacio de las Tullerías no entraba en el programa de aquella “Fédération des Artistes”, de la que él había formado parte, pues, además de otros importantes edificios, como l’Hôtel-de-Ville, los Communards arrasaron e incendiaron, en su retirada final, aquel viejo palacio de los reyes y del Imperio, y privaron a la posteridad de su goce y su memoria; desmanes contra los que Courbet dicen que alzó su voz para oponerse.

Cuarenta y siete mil procesos habrían sido sustanciados hasta 1875; pero las leyes de amnistía de 1879 y 1880 permitirán ya a los supervivientes, deportados o exiliados, regresar a Francia, y todos los presos fueron liberados. No obstante, la represión había decapitado, para largo tiempo, el movimiento revolucionario francés.

            La mayoría de los grandes escritores de la época se mostraron contrarios o extremadamente hostiles a la Comuna, y las expresiones que suscitaron sus actos y los actores que los protagonizaron serian apenas reproducibles (Leconte de Lisle, José Maria de Heredia, Gustave Flaubert, Alphonse Daudet, Dumas hijo, Edmond Goncourt…).

Gustave Flaubert a Georges Sand, el 29 de abril de 1871, contra el desastre de la Comuna y el sufragio universal:

“Quant à la Commune qui est en train de râler, c’est la dernière manifestation du Moyen-Âge, la dernière? Espérons-le! Je hais la démocratie (telle du moins qu’on l’entend en France) (…). Peu importe que beaucoup de paysans sachent lire et n’écoutent plus leur curé; mais il importe infiniment que beaucoup d’hommes, comme Renan ou Littré puissent vivre et soient écoutés. Notre salut est maintenant dans une aristocratie légitime, j’entends par là une majorité qui se composera d’autre chose que de chiffres. (…). Si l’on eût eté plus éclairé, s’il y avait eu à Paris plus de gens connaissant l’histoire, nous n’aurions subi ni Gambetta, ni la Prusse ni la Commune”

En cuanto a esa Comuna que gruñe, es la última manifestación de la Edad Media. ¿La última? ¡Esperemos! Odio la democracia (al menos tal como se entiende en Francia) (…). Poco importa que muchos campesinos sepan [ahora] leer y ya no escuchen al cura; lo que importa infinitamente más es que muchos hombres como Renan o Littré puedan vivir y ser escuchados. Nuestra salvación está ahora en una aristocracia legítima, quiero decir una mayoría compuesta de otra cosa más que de cifras (…).  Si hubiera habido más luces, y en París gente con más conocimientos de historia, no hubiéramos sufrido ni a Gambetta, ni a Prusia ni a la Comuna”

Y, a la misma destinataria, en octubre siguiente:

“On aurait dû condamner aux galères toute la Commune et forcer ces sanglants imbéciles à déblayer les ruines de Paris, la chaîne au cou. Mais cela aurait blessé l’humanité. On est tendre pour les chiens enragés et point pour ceux qu’ils ont mordus (…). Cela ne changera pas tant que le suffrage universel sera ce qu’il est…”

Tendrían que haber condenado a galeras a toda la Comuna y forzar a esos sangrientos imbéciles a desescombrar las ruinas de París, con la cadena al cuello. Pero eso hubiera herido [la sensibilidad] de la humanidad. Y es que nos mostramos sensibles con los perros rabiosos y en absoluto hacia aquellos a los que han mordido (…). Eso no cambiará, mientras el sufragio universal siga siendo lo que es…”

            O Édouard Manet, que calificaba el 21 de marzo de 1871, en carta al grabador Braquemond, de “cobardes asesinos”  aquellos que habían matado a los generales Lecomte y Clément-Thomas; y añadía: “Hay que conocer las provincias para medir todo el odio que se siente hacia Paris”.

            Incluso mostraron su fuerte reprobación, a través, particularmente, de su correspondencia privada, aquellos mismos que se decían más abiertos a las ideas republicanas y socialistas, como Anatole France, Victor Hugo, Georges Sand o Émile Zola.

Para la derecha conservadora aquellos hechos fueron la expresión del odio social alimentado por unos sectores determinados, un complot contra el orden establecido y la civilización, que venía a revelar la “barbarie” de cierta fracción de las clases trabajadoras.

Para la tradición socialista, la Comuna, dados sus contenidos y su fin, se convirtió en un mito, símbolo de la emancipacion obrera.

Y, para los anarquistas, representaba el final del Estado y el triunfo de la autonomía.

Carlos Marx, que habia deseado en 1870 la victoria de los prusianos sobre Francia (carta a Engels, de 20 de julio de 1870) y que, hasta el 18 de marzo de 1871, había multiplicado los consejos de prudencia a los revolucionarios de París, vino a manifestar luego una solidaridad bastante discreta con la Comuna; y en su “Address of the General Council of the International Working-men’s Association”, de 30 de mayo de 1871 (largo análisis, conocido bajo el nombre de “La Guerra civil en Francia”), veía en ella una fase esencial del movimiento revolucionario. Integrada así en el patrimonio marxista, la Comuna también constituye un mito cristalizador para el anarquismo, que encuentra en ella temas que la crisis de mayo de 1968, cien años después, volvió a poner en primer plano: autonomía comunal, asociación federativa, consejos obreros, sustitución de los ejércitos regulares por el pueblo en armas…y cosas así.

            Por la lección unívoca de determinados sectores, la Comuna de París ha conseguido mantener, hasta tiempos recientes, una aureola mítica de bondad y victimismo, sin tacha de culpa ni sombra de asunción de responsabilidades. Diversos canales han coadyuvado a ello: canciones nostálgico-sentimentales como “Le Temps des cérises” reapropiada por la causa, pero cuyo texto (de Jean-Baptiste Clément, miembro luego de la Comuna) y música (de Antoine Renard) son de 1866 y 1868 respectivamente;  u otras como el “Chant de l’Internationale”, de 1871, escrita por Alfred Isch-Wall y Paul Burani y música de Antonin Louis (republicano francmasón éste, que acabará militando en la derecha nacionalista de Déroulède) o “l’Internationale”, de Eugène Pottier de ese 1871 y música posterior de P. Degeyter. O en literatura “l’Insurgé, 1871” que Jules Vallès (miembro de la Comuna y próximo de Proudhon y de Bakounin) hará publicar a partir de 1882.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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