Guerra franco-prusiana (1870/71)

            No carecería de razones ir a buscar el lejano origen de este conflicto en la vivaz llama de resentimiento dejada en toda Alemania por la ocupación francesa en los tiempos de las guerras napoleónicas, y la entrada en Berlín, en octubre de 1806, tras las derrotas prusianas de Jena y Auerstadt. La decidida y heroica actitud, en aquel aciago tiempo, de la reina Luisa (†1810) había dejado en Prusia imborrable memoria.

Ahora, fiel a su política de las nacionalidades, el incauto e impenitente idealista Napoleón III (¡hijo, al fin, de su tiempo!) se venía mostrando favorable a la unidad alemana que buscaba Otto von Bismarck, recientemente instalado en la presidencia del Consejo de Prusia. Después de aquella entrevista de Biarritz entre ambos, de octubre de 1865, y de la convención secreta de 2 de junio de 1866, además de su mediación para el entendimiento de Berlín con Italia (que podría obtener el Véneto, olvidando así, tal vez, sus reivindicaciones sobre Roma) el francés dejó a Prusia aplastar a Austria en la llamada “Guerra de las Siete Semanas”.

Napoleón III pensaba que aquella guerra-confrontación entre Prusia y Austria iba a ser larga, y esperaba poder imponer en Alemania su arbitraje, por lo que se declaró beatamente neutral, contra el parecer de algunas personalidades influyentes como el ministro de negocios Extranjeros Drouyn de Luys y, sobre todo, de la Emperatriz Eugenia, furiosa de tanta pasividad y partidaria, al contrario, del acercamiento activo a Austria. Y pretendía cobrarse su comprensión con “propinas” (“pourboires”, como las llamará despectivamente Bismarck), que habrían de ser la orilla izquierda del Rin, con Landau, Sarrelouis, Luxemburgo o incluso Bélgica.

Llegado el momento, el ministro-presidente del rey de Prusia opondrá respuestas dilatorias y cada vez más secas y humillantes, y sabrá explotar las torpezas de Napoleón III y su tortuosa diplomacia para excitar la hostilidad de los alemanes y desconsiderarle ante la opinión europea.

Apostando en diversos tapetes de juego, el francés va a perder en todos.

Guerra franco-prusiana 1870/71

Guerra franco-prusiana 1870/71

            Aquella derrota austríaca en Sadowa (Bohemia), el 3 de julio de 1866, a manos del rey Guillermo I y de Moltke, fue -como se dijo ya entonces- “un coup de tonnerre dans un ciel serein”, un trueno en un cielo azul; y, con la subsecuente formación de la Confederación de la Alemania del Norte -bajo la presidencia del rey de Prusia y un parlamento común elegido por sufragio universal- sonoros aldabonazos que vinieron a despertar a los dirigentes del Segundo Imperio.

Los Estados del Sur de Alemania, si bien no incluidos, por el momento, en aquella Confederación, suscribieron enseguida su entrada en el Zollverein o union aduanera,

El entonces ministro de la Guerra mariscal Randon dirá: “También nosotros hemos sido derrotados en Sadowa”. Pero voluntariosamente tranquilizante, el Emperador va a declarar a principios de 1867, con motivo de la apertura de las sesiones parlamentarias del Cuerpo legislativo: “Un gran pueblo como el nuestro no tiene nada que temer de la unificación de Alemania”. Y mucha gente lo creyó.

No obstante y por si acaso, con el mariscal Niel en el ministerio de la Guerra, se quiso precipitadamente reorganizar el ejército, extendiendo el reclutamiento y creando una guardia nacional móvil, que no estará aún operacional en el momento en que estalle la guerra. Contando con sus aliados de la Confederación y las importantes reservas, las fuerzas que oponía Prusia eran más numerosas, como era también superior su artillería con el cañón Krupp en acero, cargable por la culata y que permitía mayor intensidad de tiro (frente al cañón francés en bronce cargable por la boca).

El fusil “chassepot” francés (modelo 1866), cargable por la culata, constituía la excepción en la comparación de fuerzas y armamento.

            Sucedía ello en el momento en que determinadas consideraciones de política interior llevaban a Francia a la expedición de Roma de 1867, que salvó a Pío X y tranquilizó a los católicos de Francia. Pero las elecciones de 1869 fueron pésimas para el régimen. A Napoleón III sólo le quedaba apoyarse en el amplio centro orleanista y liberal y, en enero de 1870, Émile Ollivier, republicano adherido al Imperio, fue llamado para formar gobierno.

El nuevo gabinete fue bien acogido por la burguesía, los católicos liberales y el mundo de los negocios, pero provocó cierta agitación en los sectores republicanos y obreros, donde, desde el verano de 1869, se venían registrando huelgas, activadas por afiliados a la Internacional, con enfrentamientos sangrientos en algún caso. La muerte en duelo del periodista Victor Noir, en enero de 1870, a manos de Pierre Bonaparte, primo del Emperador, no había venido, precisamente, a apaciguar los ánimos.

Los moderados comenzaban a tener miedo. Un senadoconsulto, de abril siguiente, acercaba aún más el régimen al sistema parlamentario y el Emperador sometía al país las diversas reformas intervenidas desde el decenio anterior: fue el plebiscito del 8 de mayo de 1870 que vino  arrojar 7.500.000 de síes contra 150.000  noes (registrados, sobre todo, en las grandes ciudades y los barrios obreros), y 2.000.000 de abstenciones. ¡El Imperio parecía consolidado!

Ollivier parecía haber encontrado la fórmula: nuevas y paulatinas reformas políticas y sociales, y rigor en la represión obrera.

            Por su lado, esperando sellar en el campo de batalla la unidad de los alemanes, Bismarck deseaba una gran guerra nacional contra Francia, dada la oposición de este país, desde 1866, a que los estados del sur -aliados de Austria antes de 1866-, acabaran integrándose en la Confederación en torno a Prusia.

            Sin embargo, el conflicto no hubiera estallado, en lo inmediato, sin la ceguera e incluso la arrogancia de los dirigentes del Segundo Imperio. Se conoce la secuencia diplomática de aquellos días: Después del discurso belicista del ministro de Asuntos Exteriores Agénor de Gramont, el 6 de julio de 1870, el rey Guillermo de Prusia quiso mostrar, tres días después, su buena voluntad, renunciando, como le pedía Francia, a seguir sosteniendo la candidatura de su primo católico Leopoldo de Hohenzollern-Sigmaringen al trono de España (disponible tras la revolución que acababa de expulsar a la reina Isabel II en 1868).

            Era este Hohenzollern biznieto de aquel Claude de Beauharnais, primo por alianza que había sido de Alexandre de Beauharnais, primer marido de Josefina. Y Louis-Napoleón (como hijo de Hortensia de Beauharnais y nieto de la que luego sería emperatriz), era su primo lejano. No importaba: ¡era, sobre todo, un prusiano!

            Justamente preocupados por el cerco Hohenzollern al Este y al Sur, aquello no satisfizo a Napoleón III ni a sus consejeros (¡cuando algunas voces hablaban ya de la reconstitución del imperio de Carlos V!), y el gobierno francés, a través de Gramont, volvió a relanzar el tema pidiéndole a su embajador en Berlín, el conde Vincent Benedetti, que exigiera garantias escritas del rey de Prusia y de su gobierno de que no habría, en adelante, otras candidaturas. Guillermo I opuso entonces una cortés negativa a esa indiscreta insistencia, declarando que no tenía nada más que añadir, lo que el consejero diplomático del rey, Heinrich Abeken, transmitió a su amigo Bismarck el 8 de julio.

Fue entonces cuando este, irritado con los, a su juicio, excesivos miramientos que venía mostrando su soberano, vino a redactar el conocido despacho de Ems (del nombre del balneario Bad Ems donde se encontraba en esos días el rey de Prusia), que no era falso en sí, sino un resumen del tema, redactado en un estilo entre destemplado e injurioso, que buscaba enfurecer al “”toro galo”; en él se afirmaba que el rey habia recibido secamente al embajador de Francia y que se había negado a aquella “insolente” petición. Era el 13 de julio.

            El cálculo se reveló certero y, cuando el despacho de Ems fue conocido y hecho público, hubo manifestaciones nacionalistas en los dos países.

El régimen de Napoleón III, que creía poder reunir a los franceses en torno a su trono y reconquistar, gracias a la guerra, su tambaleante prestigio (después de la desafortunada aventura mejicana), se vio inmediatamente apoyado por una opinión enardecida. Todo un partido, en torno a la Emperatriz y a la mayoría de los generales más destacados pensaba también que la guerra consolidaría al régimen.

Pero algunas mentes lúcidas la temían. A pesar de las llamadas a la prudencia de Adolph Thiers, de Jules Ferry y de la mayoría de los republicanos, la guerra fue aceptada “d’un coeur léger” (“decididos y animosos”) –según la expresión de Émile Ollivier-, por el Cuerpo legislativo, que votó sin vacilar los créditos de guerra (15/16 de julio), y declarada aturdidamente por Francia aquel 19 de julio de 1870. El optimismo del reciente ministro de la Guerra tras el fallecimiento de Niel, el general Edmod Le Boeuf (mariscal ahora), que había dicho: “Estamos preparados y archipreparados” y también: ”El ejército prusiano no existe”, iba a recibir inmediatamente un terrible desmentido.

            La reorganización emprendida por Niel en 1868 no estaba terminada aún y la movilización se hizo con no poca confusión; por lo que, a pesar de su heroísmo, el ejército francés (apenas 270.000 hbs. para un frente de 250 kms.), irá de revés en derrota: Napoleón III, seriamente enfermo ya y sin voluntad, no se hallaba ni física ni mentalmente en condiciones de asumir sus funciones de comandante en jefe de sus ejércitos, y pronto cederá el mando a Bazaine; sus generales, envejecidos y celosos unos de otros, conocían mejor la rutina de las tácticas coloniales que las exigencias de la guerra moderna; mientras que el ejército enemigo contaba con un jefe notable, von Moltke, una red ferroviaria excelente para la época y 600.000 hbs de Prusia y la Confederación.

Tres ejércitos alemanes mandados, respectivamente, por el Konprintz de Prusia (futuro emperador Federico III), por el príncipe Federico-Carlos, sobrino del rey Guillermo, y por Karl Friedrich von Steinmetz, penetraron en Alsacia y en Lorena por el Palatinado.

Rusia se acordaba de la reciente guerra de Crimea (1854/55) y mostrará enseguida su benevolente neutralidad a favor de Prusia; Austria se la tenía jurada a Napoleón III, después de haberse visto abandonada en el conflicto austro-prusiano de 1866; los italianos no le perdonaban su política “papista” y Gran Bretaña desconfiaba de sus intenciones anexionistas en Bélgica.

Así, sin ningún aliado en el exterior, la batalla de fronteras estaba perdida para Francia, a partir del 12 de agosto, como consecuencia de las derrotas de Forbach (6 de agosto) y de Woerth-Froeschwiller el mismo día, con la carga de los acorazados montados cerca de Reichshoffen. Estrasburgo, asediado a partir del 9 de agosto, capitulaba el 28, y Nancy era ocupada a partir del 14 de agosto.

            Mientras el ejército de MacMahon se replegaba sobre Châlons, Bazaine se enfrentaba a los alemanes en las batallas de Borny (14 de agosto), Rezonville (16 de agosto), y en las sangrientas de Gravelotte y Saint-Privat (18 de agosto), viéndose obligado, finalmente, a encerrarse en Metz con 177.000 hbs.

En el campo de Châlons, MacMahon y Napoleón III habían podido alzar otro ejército de 130.000 hbs., con el que intentarían desbloquear Metz; pero serán rechazados hacia Sedan (Ardenas) donde el Emperador, con 83.000 soldados asedidos y seriamente enfermo del mal de la piedra él mismo, se deja torpemente rodear y aplastado por la artillería prusiana, acaba capitulando y reconociéndose prisionero el 2 de septiembre, por evitar una degollina.

Tuvo que verse con Bismarck, que salió a su encuentro  -en lugar del rey de Prusia, de quien esperaba mayor benignidad-. Fue en el pueblecito de Donchéry, y será luego en el château de Bellevue, en Frénois, afueras de Sedan, ya en presencia de Guillermo I, donde tendrá lugar el acto formal de rendición.

Guillermo II entrevistándose con Napoleón III derrotado

Guillermo II entrevistándose con Napoleón III derrotado

Este fue el sucinto telegrama que recibió su esposa la emperatriz Eugenia: “L’armée est vaincue et captive, moi-même suis prisonnier” (El ejército, vencido y cautivo; yo mismo me veo prisionero).

            La formidable noticia llegó a París el 3 de septiembre de este 1870 y, al anochecer de ese día, bajo la presión de Gambetta, de Jules Simon y todo el activismo republicano, el Cuerpo legislativo hubo de pronunciar la caída del Imperio y el derrocamiento del Emperador, a lo que siguió, momentos después, la proclamación de la República en el Hôtel-de-Ville o Municipalidad. Era el 4 de septiembre de 1870. El ejército –probable sostén del régimen, que hubiera sido-, se hallaba lejos, y nadie quiso oir el sentir de la Francia profunda. Un vez más, París le imponía a la inmensa mayoría del resto del país las instituciones que sólo deseaba una minoría de políticos profesionales.

            El régimen se había deshecho como azucarillo en el agua. Prácticamente abandonada por todos, la Emperatriz regente abandonaba París en dirección a Inglaterra, aquel 4 de septiembre, para no verse obligada a abdicar.

            El gobierno constituido en París en la jornada revolucionaria del 4, declaraba, a través del nuevo ministro de Asuntos Exteriores Jules Favre, que Francia no cedería nada a Prusia y, ante las exigencias de Bismarck de apoderarse de Estrasburgo y Alsacia, intentará desesperadamente proseguir la lucha con elementos improvisados.

La resistencia tendrá lugar en el doble frente de París y las provincias.

A partir del 19 de septiembre, París va a conocer un terrible asedio, con bombardeos desde finales de diciembre, y resultarán inútiles los diversos intentos (mal organizados y costosos en hombres), por romper el cerco: Bourget (octubre de 1870), Champigny (noviembre), Buzenval (enero de 1871).

Fueron, para los parisienses, largas semanas de mucha hambre, tensión y sufrimiento, en un invierno excepcionalmente riguroso, a partir de enero de 1871. Y comenzarán a desarrollarse situaciones prerrevolucionarias, con invocaciones de “la Patrie en danger” y llamamientos a la “levée en masse”, como en 1792/93. Y, de octubre a enero, diversas manifestaciones tumultuosas (severamente reprimidas), reclamarán la formación de una Comuna.
De hecho, aquella inercia del gobierno y de las autoridades parisienses (instruidas ahora por las lecciones de la Historia) se explicaba por el temor a que se desarrollara un movimiento insurreccional que les rebasara.

            Léon Gambetta -nuevo ministro del Interior en el “Gouvernement de la Défense Nationale” que presidía el popular general Trochu-, había abandonado la Capital en globo el 7 de octubre; y desde Tours –donde también asumió la cartera de la Guerra-, con la ayuda del ingeniero Freycinet, va a organizar nuevas fuerzas en el Sur y en el Norte, a partir de los jirones de ejércitos de los que podía disponer.

            El 27 de octubre, Bazaine (después de unas falaces negociaciones con las que quiso  entretenerle Bismarck, tendentes a una hipotética reposición de Napoléon III), se veía obligado a rendirse, él también, en Metz asediado.

            Con el gobierno retirado a Burdeos, el ejército del Loira -creado con soldados sacados de Argelia y de la reserva y puesto bajo el mando de Aurelle de Paladines-, obtuvo la victoria de Coulmiers (9 de noviembre de 1870) que obligaba al enemigo a evacuar Orleáns; pero las tropas prusianas liberadas del asedio de Metz, serán decisivas aquí, y Aurelle de Paladines fue derrotado por el príncipe Federico-Carlos en Beaune-la-Rolande (28 de noviembre) y en Orleáns (entre el 3 y el 4 de diciembre). La pérdida de Orleáns acabó con la esperanza de llegar  a salvar París.

En el Norte, Louis Faidherbe había sido nombrado por Gambetta general de división, al mando de 45.000 hbs., pero fue derrotado en San Quintin (19 de enero de 1871), tras haberse enfrentado, entre éxitos y fracasos, durante dos meses, a Manteuffel y a von Goeben, y aquellas tropas prusianas enfilaron en dirección a Paris.

Después de haber sido reorganizado, el II ejército del Loira del general Alfred Chanzy, acababa de sufrir la derrota de Le Mans (entre el 11 y el 12 de enero).

            Por los mismos días, el ejército del Este conseguía recuperar Dijon; Bourbaki, su jefe, decidía marchar sobre Belfort, que venía defendiendo heroicamente para Francia el coronel Denfert-Rochereau; aun debilitado por graves carencias de abastecimiento y la rigurosa climatología de la estación, Bourbaki salía victorioso en Villersexel el 9 de enero de 1871, pero fue vencido, finalmente, el 17 por el cuerpo Werder, a orilla del Lisaine, y hubo de refugiarse en Suiza (1 de febrero).

            Entretanto, un jira de Thiers por las capitales europeas, a fin de obtener la intervención de los estados neutros, no conseguía ningún resultado, mientras París seguia resistiendo en medio de una grave crisis social.

Fue hasta el día 28 de enero de 1871, fecha en que el gobierno, desalentado ya y en contra del parecer de Gambetta, partidario de la continuación de la guerra, se avenía a firma un armisticio por una duración de cuatro semanas, que Bismarck aceptó con la rendición de París y los fuertes circundantes. Y una asamblea nacional constituyente habría de ser elegida cuanto antes, a fin de que sus mandatarios pudieran legalmente firmar la futura paz.

Los preliminares de 26 de febrero en Versalles (donde los prusianos habían establecido su C.G., con Guillermo I asentado en el palacio), fueron ratificados por aquella A.N. instalada en Burdeos, tres días después. Varios diputados presentaron su dimisión a modo de protesta y desacuerdo: eran Gambetta, Victor Hugo, Henri Rochefort y algún otro. Y -entre la exasperación de buena parte de la población y la humillación por la presencia de los alemanes-, hubo también protestas en París, con la Marsellesa y otros cantos patrióticos, que iban a desembocar, a partir del 10 de marzo, en la insurrección inicio de la guerra civil y la Comuna.

            Aquellos términos de Versalles serán confirmados por el tratado de Francfort de 10 de mayo de 1871, que vinieron a firmar, por parte francesa, Adolphe Thiers, “chef du gouvernement exécutif de la Republique Française”, y Jules Favre, su ministro de Negocios Extranjeros; y, por la parte vencedora, Bismarck, canciller del nuevo imperio germánico, y los representantes de Würtemberg, Baviera y del Gran Ducado de Bade.

Será aprobado por la A.N. el 18 del mismo mes, en el transcurso de una tensa ceremonia desarrollada en el hotel del Cisne de aquella localidad germana: Francia perdía Alsacia -histórica tierra del Santo Imperio Germánico, que Luis XIV había conquistado (salvo Belfort, retenida después de difíciles negociaciones)-, y -con menos fundadas razones-, era amputada también de una parte de Lorena con Metz (el actual departamento de la Mosela); y se veía imponer una indemnización de guerra de un montante de 5 mil millones de francos, con la ocupación de parte del territorio nacional, hasta que dicha indemnización quedara extinguida.

Clemenceau se acordará de estas duras condiciones en 1918/19. Decenas de miles  de franceses decidieron abandonar para siempre su tierra natal, ahora germanizada, para instalarse unos en los departamentos limítrofes, otros en Paris y no menos de diez mil en la colonizada Argelia.

            Para orgullo de Francia, aquella desorbitada indemnización será pagada mucho antes de lo previsto, gracias a varios empréstitos nacionales cubiertos rápida y holgadamente y que venían a demostrar la confianza de los franceses y de la banca internacional en la economía del país. Ese era el indiscutible saldo en el haber político del Segundo Imperio.

Napoléon III y sus graves errores en política exterior habían quedado barridos con la instauración de la Tercera República.

            Y de aquel mosaico de estados que habían hecho piña en torno a la Prusia de Guillermo I, salía el Imperio alemán, proclamado en la Galería de los Espejos de Versalles el 18 de enero de 1871.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

Sobre la guerra de 1870, la sociedad y el ambiente general de la época, puede verse “Les Soirées de Medan” (1880), afirmación de la nueva corriente literaria naturalista, título colectivo al que concurrieron Zola, Maupassant, Huysmans y algún otro.

Y Alphonse Daudet ha dejado una evocación de la caída del Segundo Imperio y la guerra franco-prusiana

BÉGUIN, André: La candidature Hohenzollern; Bruselas, Édition MYG, 2018; también: La demande de garanties (12 juillet-19 juillet) ; misma editorial, misma fecha.  
CANONGE, Frédéric: Histoire de l’invasión allemande en 1870-1871; 1915.  
GOUTTMAN, Alain: La grande défaite, 1870-1871; Le Grand livre du mois, 2015.
GUILLEMIN, Henri: Cette curieuse guerre de 1870: Thiers, Trochu, Bazaine; Éd. d’Utovie (reprod. fac-similar), 2007.
HOYNDORF, Roland: 1870. La perte d’Alsace-Lorraine; Estrasburgo, Éd. Coprur, 2000.
HUON, Jean: Les armées françaises en 1870-1871; Chaumont, Crépin-Leblond, 2007.
MONTESQUIOU, Léon de –: Les causes politiques du désastre; 1915
OLLIVIER, Émile: Philosophie d’une guerre; É. Flammarion, 1911.
ROTH, François: La Lorraine dans la guerre de 1870; Presses universitaires de Nancy, 1984. También: La guerre der 1870; Fayard, 1990.  
SESMAT, Pierre: 1870-1871. L’année terrible; París, Éd. de la Réunion des musées nationaux, 1989.

En español:

GREVE, Wilhem: Alemania Historia Guerra franco-prusiana, 1870-1871; 1880.
MICHAL, Bernard: La guerra de 70; 1970.
MOLTKE, Helmut Karl Bernhard, graf von –: La guerra franco-alemana de 1870-1871; 1891.
O’RYAN y Vázquez, Tomás: Consecuencias tácticas deducidas de la guerra de 1870-1871; 1890.
RUBIO GARCÍA MINA, Javier: España y la guerra de 1870; 1989. 
TANERA, Karl: La guerra franco-alemana de 1870-1871; 1915.
TENREIRO, Laureano: Apuntes sobre la administración militar en la guerra franco-prusiana; 1898.

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