Curie, Pierre (1859-1906) y Marie (1867-1934)

          Resulta prácticamente obligatorio citar conjunta y solidariamente a Pierre Curie con su esposa Marie, ambos eminentes físicos.

Él nacía en París el 15 de mayo de 1859, y era hijo de Eugène Curie (1827-1910) -librepensador e intransigente republicano, que se había distinguido ya en la revolución de 1848 y lo hará también en la Comuna de París, de una familia protestante de médicos por tradición, originaria de Alsacia-; y de Claire Depouilly (1832-1897), hija ella misma de un industrial de la cercana Puteaux al O de París.

          Muy ideológicamente hostil su padre al sistema educativo del Segundo Imperio de Napoléon III en el que habría de ser educado su hijo, el niño Pierre no frecuenta ni colegio ni lycée (instituto de secundaria), recibiendo en el hogar su formación, a cargo, primero, de su hermano primogénito o de sus padres, y luego de algún profesor del ámbito familiar. Y, aun con algunas deficiencias en el campo de las letras, fue con tal aprovechamiento y brillantez, que consigue superar sin dificultad los exámenes oficiales exteriores: bachiller primero (1875) y, luego, antes de los 20 años, licenciado por la Sorbona, muy interesado por las ciencias de la naturaleza.

Sus profesores advierten su capacidad y, en 1878, se le ve ya como preparador de Paul Desains (1817-1885) en la Facultad de Ciencias de París.

Con su hermano Paul-Jacques Curie -cuatro años mayor que él y, por entonces, preparador de mineralogía en la Sorbona-, en 1880 Pierre descubre en el laboratorio la piezoelectricidad, fenómeno por el cual algunos cristales producen una corriente al ser sometidos a presión, y la aplican en un aparato (“cuarzo piezoeléctrico”) que permitía la medición de muy débiles cantidades de electricidad (lo que será luego de gran utilidad en el estudio de la radioactividad).

Curie, Pierre (1859-1906) y Marie (1867-1934)

Curie, Pierre (1859-1906) y Marie (1867-1934)

          Pero su hermano se traslada a Montpellier como profesor y aquella prometedora colaboración ha de cesar. También él es nombrado, poco después (1882), jefe de proyectos en la recientemente fundada Escuela de Física y Química industrial de la ciudad de París. Y será en sus locales donde Pierre desarrolle la mayor parte de su futura actividad, durante los veintidós años siguientes.

Autor de importantes trabajos relacionados con la cristalografía, es él quien, a partir de sus investigaciones, enuncia en una memoria de 1884, y afinará posteriormente en 1894, el principio de la simetría general en los fenómenos físicos, afirmando que los elementos de simetría de las causas han de encontrarse en los efectos producidos. También diversos descubrimientos en el campo del magnetismo para su tesis de 1895 “Propriétés magnétiques des corps à diverses températures” y, en particular, el descubrimiento del llamado “point de Curie” (temperatura a partir de la cual un cuerpo ferromagnético se hace paramagnético), y que el diamagnetismo es independiente de la temperatura, o la influencia de la temperatura sobre las propiedades paramagnéticas. Y obtiene entonces cátedra en la École de Physique et de chimie, donde profesaba.

          Ya para entonces, Pierre Curie ha conocido a una joven científica de origen polaco, instalada en París desde 1891, adonde había llegado movida por el deseo de proseguir sus estudios científicos, dadas las escasas perspectivas que su país natal –ocupado por Rusia-, ofrecía a una brillante alumna; era Marya Sklodowska. Nacida en Varsovia el 7 de noviembre de 1867, era hija de un profesor de matemáticas y de una maestra. Después de haber aceptado un puesto de institutriz en su país, en el seno de una familia noble, a finales de 1891, con 24 años, había decidido dar el salto y trasladarse a París. Se inscribe entonces en la Sorbona y sigue, al igual que una ínfima minoría de mujeres, la enseñanza de algunos maestros como el matemático Henri Poincaré y el físico Joseph Boussinesq. Y obtiene aquí una licenciatura de matemáticas en 1893 y otra de física al año siguiente.

Pierre Curie se ha fijado en ella, le gusta, aprecia su gran capacidad y, el 26 de julio de 1895, después de haberla disuadido de regresar a su país, se unía en matrimonio con aquella joven rubia extranjera, en adelante madame Curie. Y el brillante profesor va a asociarla a su quehacer científico, en una colaboración que resultará asombrosamente fecunda. La existencia de la pareja va a ser sencilla en adelante, únicamente centrada en la investigación y apartados ambos de la agitación social.

Y en 1896, naturalizada francesa por matrimonio, Marie Curie conseguia la agrégation de ciencias físicas, que la facultaba para la enseñanza en centros oficiales.

Pierre et Marie Curie

Pierre et Marie Curie

          Ya ella pensaba en una tesis doctoral, y nada vendría a apartarla de la investigación fundamental. Instada por su marido, aborda el estudio y profundización de ese nuevo fenómeno de radiación que, en 1896, acaba de descubrir Henri Becquerel en ciertos minerales que contienen uranio, fuente de inmensa energía, a la que Marie va a dar el nombre de “radioactividad”. Será “Études des rayons uraniques”, donde concluirá que se trata de una propiedad de los átomos; lo cual la llevó a sospechar que existían elementos todavía desconocidos, de gran radioactividad. Y ella será la primera mujer en el mundo en obtener el doctorado de física.

Descubre la radioactividad del torio (th) -ya nacida su hija Irène el 12 de septiembre de  1897- y, al año siguiente, en colaboración con su marido Pierre, que ha abandonado sus propios estudios de cristalografía, para apoyarla a ella, dada la trascendencia de este nuevo campo, identifican y aislan, después de muchos meses de esfuerzo, esos dos nuevos radioelementos que eran el polonio (nombre dado en honor al país de Marya), y luego, tras muchos meses de esfuerzo, el radio, potentemente radioactivo; pero, aun así, no pueden verlo puro, sino unos decigramos, en forma de cloruro de radio, obtenido después de tratar toneladas de pechblenda (óxido de uranio), que lo contiene en cantidades ínfimas. Y determinará su masa atómica: 226,0254.

          Ambos trabajaban en condiciones poco propicias en un laboratorio que habían instalado en una vieja nave abandonada de la rue Lhomond, detrás del Panteón. “Los esposos Curie, en el fondo de su destartalado laboratorio -escribía el astrónomo Camille Flammarion en 1900-, parecen haber hecho retroceder las fronteras de lo imposible”.

          En 1903 los Curie obtenían el premio Nobel de física, junto con Henri Becquerel (1852-1908). Tras lo cual se le concede a Pierre una cátedra de física en la facultad de Ciencias de París (¡con un nuevo laboratorio, donde también estará presente su mujer como jefa de trabajos!). Ambos pretenden investigar en calma y en silencio, lejos de las perturbadoras visitas de prensa, pero sus nombres han saltado irremediablemente a la opinión pública y ya se habla frívolamente de aquel “idilio de laboratorio”. Es posible, pero, sobre todo, era pasión compartida por la ciencia “¡Uno quisiera ocultarse bajo tierra para estar tranquilo!” –escribía Marie Curie a su familia-.

Al año siguiente, el 6 de diciembre de 1904, nacía Ève Curie, y Marie simultanea sus deberes de madre con el puesto de profesora en l’École Normale Supérieure de Sèvres.

Y en 1905 Pierre Curie ingresaba en la Academia de las Ciencias.

          Las hijas crecían y la brillante pareja de investigadores veía su futuro familiar y profesional con optimismo; pero el destino les reservaba otra cosa. Pierre y Marie trabajarán sólo once años juntos, porque él muere en París, aquel aciago 19 de abril de 1906, atropellado por un furgón de caballos entre el Pont-Neuf y la rue Dauphine.  Y aquel absurdo y estupido accidente, a media tarde, como tantos otros en un gran ciudad, acababa, cuando aún no había cumplido 47 años, con la vida de aquel “grand garçon timide, silencieux et doux”…, de rostro meditativo, hasta la tristeza –como dirá en “Le Figaro”, evocando su muerte, el crítico literario André Beaunier-. Así se iba uno de los más eminentes sabios mundiales del momento.

          Fallecido Pierre Curie, y truncada así su joven y ya brillante trayectoria, Marie fue la primera mujer en ser nombrada profesora en la Sorbona, para ocupar la cátedra que su marido dejaba; y el todo París científico y hasta mundano se apresuró a asistir a sus primeras clases. Su gran deseo era ya entonces instalar un gran laboratorio para el estudio de la radioactividad y de sus aplicaciones, lo cual vino a hacerse realidad en 1909, gracias a la generosa colaboración del banquero filántropo Daniel Osiris: fue el Institut du radium, Instituto del radio, que con el tiempo, pasará a llamarse Instituto Curie.

Pero, muy afectada por la desaparición de su esposo, compañero de afectos y de investigación y padre de sus dos hijas, María Curie, taciturna ahora y silenciosa, aunque empeñada siempre en su trabajo, se aparta prácticamente del mundo par sumirse en sus indagaciones y experimentos -eternamente enfundada en su vestido de algodón negro-; de lo cual Irène y Ève, aún muy niñas, vinieron a resentirse, acompañadas en su educación y compensadas en el cariño por su abuelo paterno, hasta la muerte de éste en 1910.

A pesar de los obstáculos que encuentra como mujer y como extranjera, en 1910 y en colaboración con A. Debierne (1874-1949), Marie acaba obteniendo una cantidad visible de radio metálico puro. Algunos colegas científicos la alientan para que presente su candidatura  a la Academia de Ciencias, pero la institución acaba prefiriendo en 1911, por dos votos de diferencia, al físico Édouard Branly (1844-1940), el inventor, no menos meritorio, en 1890, de la telegrafía sin hilos (TSF). Ese mismo año, no obstante, se le concede -sola esta vez-, el premio Nobel de química, que hubo de viajar a Suecia para recibir del rey Gustavo V.

Cierta prensa popular en estas vísperas de guerra, que unos años antes la había adulado, le reprochaba ahora su desmedida inclinación a los honores y las recompensas; incluso saltó a los mentideros de la opinión pública la relación sentimental que tuvo por estos años con el físico Paul Langevin, algo más joven que ella. Y la prensa nacionalista explotó el tema, acusando a aquella “apátrida sin escrúpulos” de romper un honorable hogar francés.

          Ya, por esta época, ciertas señales y trastornos renales que no la abandonarán daban testimonio del deterioro paulatino de su salud.

Entreverándose el nacionalismo con los últimos fogonazos de la Belle Époque, así llegó la Primera Guerra mundial, y Marie Curie –acompañada de su hija Irène, ya con 17 años, que por querer ser util, ha interrumpido momentáneamente sus estudios-, tuvo amplia ocasión de demostrar su compromiso humanitario y su abnegación, organizando el primer servicio radiológico móvil del ejército, con una veintena de vehículos desplazándose a lo largo del frente y dos centenares de puestos permanentes. Y a ella se debe la creación del “Institut du radium” en 1914, una de cuyas secciones dirigirá hasta su muerte, con investigación y trabajos que vienen a financiar fundaciones como la Rothschild, Carnegie, Rockefeller, a través de la “Fondation Curie”, en 1920, a través de los cuales la ciencia fundamental se ponía al servicio de la medicina.

Ya su hija Irène –que casará en 1926 con Frédéric Joliot-,  había venido siendo asociada paulatinamente a los trabajos científicos  de su madre.

          Pero, agotada ella y afectado su cuerpo por las dosis masivas de radioactividad a las que ha estado expuesta a lo largo de su vida científica, Marie Curie, célebre ya mundialmente, morirá en un sanatorio de Sancellemoz, cerca de Sallanches (Saboya), el 4 de julio de 1934, a los 67 años, víctima de lo que los médicos no habían tardado en diagnosticar como leucemia o anemia perniciosa, rodeada del respeto de todos y el reconocimiento mundial.

Su hija Irène Joliot-Curie (1897-1956), y su yerno Frédéric Joliot -nueva pareja de físicos relevantes-, acababan de descubrir la radioactividad artificial, poco antes de su fallecimiento, y el premio Nobel vendrá al año siguiente a recompensar su hallazgo.

Y la hermana menor, la no menos talentosa y activa Ève Curie (1904-2007), ha sido escritora, periodista y diplomática.

          Marie Curie fue enterrada entonces en el cementerio de Sceaux, al lado de su marido Pierre Curie, donde permanecieron hasta el 20 de abril de 1995, momento en que las cenizas de ambos eminentes investigadores fueron depositadas en el Panteón de la montagne Sainte-Geneviève de París. Y en honor a ambos ilustres investigadores, una de las unidades de radioactividad será designada con el nombre de “curie”(Ci, curio), sustituida en 1982 por el becquerel -1 curio = 3,7 x 1010-.

Museo Marie Curie

Situado en el nº 1 de la rue Pierre et Marie Curie, el museo Curie dispone de un espacio de exposición permanente en los locales históricos que fueron del Institut du radium, que Marie Curie dirigió hasta su muerte en 1934. El laboratorio y el que fuera despacho de Marie están en acceso libre, con una reconstitución de las investigaciones en curso en esa época. El museo dispone también de un centro de recursos históricos sobre la radioactividad y la cancerología. Y se organizan visitas guiadas y conferencias.

 

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

CURIE, Marie: Lettres. Marie Curie et ses filles; Pygmalion, 2010
BALIBAR, Françoise: Marie Curie; Gallimard, 2006.
CURIE, Éve: Madame Curie; Gallimard, 1938 y diversas ediciones posteriores.
DAMANY, André: Pierre Curie. Frédéric Joliot-Curie. Origine de leur famille; La Compagnie littéraire, 2006.
LANGEVIN-JOLIOT, Hélène: Marie Curie et ses filles; París, Pygmalion, 2011.
LEHEMBRE, Bernard: Marie et Pierre Curie: unis dans la science; París, Acropole, 1999.
LEMIRE, Laurent: Marie Curie; Perrin, 2005.
PFLAUM, Rosalynd: Marie Curie et sa fille Irène: deux femmes, trois Nobel; (trad. del inglés americano: “Grand Obsession: Madame Curie and her world”); París, P. Belfond, y le Grand livre du mois, 1992.
RADVANYI, Pierre: Les Curie, pionniers de l’atome; París, Belin, “Pour la Science”, 2005.

En español:

ALONSO, José Manuel: Madame Curie; Madrid, Club internacional del libro, 2002.
COTTON, Eugénie: Los Curie; Madrid, Cid, 1963.
GORDON PÉREZ, Mercedes: La descubridora del radio: María Curie; Barcelona, Casals, 1999.
MONTERO, Rosa: La ridícula idea de no volver a verte; Barcelona, Seix Barral, 2013.
SÁNCHEZ RON, José Manuel: Marie Curie y su tiempo; Crítica, 2009.
SARRÓ, Gloria: Madame Curie; Inst. de Artes Gráficas, 1964 y posteriores ediciones en diversas editoriales.
STRATHERN, Paul: Curie y la radioactividad; Siglo XXI de España, 1999.

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