Lamartine, Alphonse de – (1790-1869)

            Con iniciadores como Chateaubriand y Nodier, a Lamartine (aun con ciertas reservas) se le incluye ya en la generación romántica de poetas que vendrán a ilustrar pocos años después Vigny, Hugo y Musset.

            Alphonse Marie Louis de Prat de Lamartine nacía en Macon (Borgoña), el 21 de octubre de 1790, iniciada ya la Revolución, en el seno de un familia de pequeña nobleza provinciana, en cuyo hogar han nacido ya Marie Cécile et Césarine, y nacerán luego Jean Marie Félix, Susanne y Sophie. En 1797, sus padres (Pierre de Lamartine y Alix des Roys) se han establecido ya en Milly (hoy Milly-Lamartine), a 10 km de allí, donde el niño recibirá su primera y más duradera formación, en contacto con la naturaleza y los campesinos, y al lado de una madre que le transmitirá su fe.

Alphonse de Lamartine. Busto del conde de Orsay

Alphonse de Lamartine. Busto del conde de Orsay

En Belley, de 1803 a 1807, bajo el Imperio, les Pères de la Foi (congregación creada por esos años, que pretendía cubrir el vacío dejado por la Compañía de Jesús prohibida) le enseñarán las humanidades y será un brillante alumno; pero aquella enseñanza le marcará menos que las amistades que entonces entabla -con Aymon de Virieu (1788-1841), sobre todo, de cuya relación existe una interesante correspondencia-.

Llega la adolescencia y Lamartine pierde la fe; metamorfosis acentuada por su tercera educación: aquella que él mismo se da a la salida de las aulas. Porque, vuelto a Milly, se enfrasca en la lectura de los clásicos y los modernos (Chateaubriand, madame de Staël), pasando por los filósofos del siglo, con algunas incursiones en las literaturas extranjeras. Y el viaje que emprende a Italia (1811-1812) le da una segunda patria sentimental y artística.

Cuando, en 1816, ya con la Restauración, este joven aficionado a la poesía anuncia la publicación próxima de “elegias” todo dejaba prever que se afirmaría como un discípulo del delicado poeta erótico Parny, desaparecido recientemente y muy del siglo anterior. Pero su idilio, en septiembre de 1816, con madame Julie Charles (casada con el físico Jacques Charles, más de treinta años mayor), en las aguas termales de Aix-les-Bains -tratando ella de luchar contra la tuberculosis-, su reencuentro en París en el invierno, y la profunda conmoción espiritual y afectiva que le acarreará su muerte en diciembre de 1817, a los 33 años, van a orientar en otra dirección los proyectos poéticos de Lamartine.

A este hidalgo provinciano imbuído de Voltaire y de Rousseau, aunque también del didáctico poeta Delille, no se le ve predispuesto a derribar las modas e ideas recibidas en literatura. Su regreso al catolicismo precede apenas la aparición de su primer libro de poemas, y no habría que buscar señales de una ruptura radical con la herencia espiritual y artística del siglo anterior.

Es, precisamente, porque no venía a trastornar ningún hábito por lo que las “Méditations” (marzo 1820) conocieron tan extendido éxito.

Pero también aportaban la novedad que el público parecía estar esperando. Sin ser una confesión rimada, aquellas elegías puras y melodiosas, que eran las “Meditaciones” ilustraban la evolución de un hombre que había pasado de la ligereza sensual a la inquietud religiosa y a un amor depurado. El autor traducía un tormento y una abatida fatiga que le aparentaban al René de Chateaubriand; pero, ni en amor ni en religión había alcanzado un punto fijo y Dios era aún “el vago objeto de [sus] anhelos”.

            Julie Charles (a la que el poeta llama Elvire) se halla postrada por la enfermedad en París. Y ante el lago de Bourget (Saboya) el poeta evoca a la mujer amada -hoy ausente a la cita que se habían dado-, en esta elegía que intenta en vano detener el tiempo. Inquietud dolorosa antes de la muerte de la persona amada (“Le Lac”  en 16 cuartetos de alejandrinos franceses):

(…)
Ô lac! l’année à peine a fini sa carrière
Et près des flots chéris qu’elle devait revoir,
Regarde! Je viens seul m’asseoir sur cette pierre
Où tu la vis s’asseoir!
(…)
Ô temps, suspends ton vol, et vous, heures propices!
Suspendez votre cours:
Laissez-nous savourez les rapides délices
Des plus beaux de nous jours!
(…)
Ô lac! rochers muets! grottes! forêt obscure!
Vous, que le temps épargne ou qu’il peut rajeunir,
Gardez de cette nuit, gardez, belle nature,
Au moins le souvenir!
(…)
Que le vent qui gémit, le roseau qui soupire,
Que les parfums légers de ton air embaumé,
Que tout ce qu’on entend, l’on voit et l’on respire,
Tout dise: Ils ont aimé!

“L’Inmortalité”, (1817); desamparo después del fatal desenlace (“l’Isolement”, 1818), y apaciguamiento (“Le Soir”, ”Le Vallon”…), entre otros poemas como “Le Chrétien mourant” o “La Providence”, que dan testimonio de un sentimiento religioso renacido. Y en estas breves “Meditaciones” muchos contemporáneos encontraron sus propios anhelos. Libro de una edad de la vida y de un momento de la sensibilidad francesa, hastiada ya de “heroísmo” y sedienta de rêverie, de vagos ensueños, de aspiraciones místicas.

Éxito que descansaba igualmente en la afirmación de un nuevo arte. Es verdad que ni la lengua clásica, ni el estilo noble, ni las imágenes empleadas, ni la composición eran nuevos; únicamente el empleo de variadas estrofas aportaba cierto rejuvenecimiento. Pero es que Lamartine evocaba, en vez de describir, los desvaídos estados de su alma penetrando y fundiéndose en el paisaje; arte de evocación apoyado en la feliz musicalidad del verso. Ahí radicaba el don del poeta y el secreto de su irresistible atractivo.

1820 no marcaba, pues, una revolución poética, las “Méditations” seguían siendo neoclásicas, pero iban un paso más allá del primer romanticismo.

            Ya convertido, en junio de 1820 contrae matrimonio en Chambéry (Saboya) con una joven inglesa, Mariana Elisabeth Birch, a quien se le reconoce alguna disposición en las artes plásticas; unión de la que nacerán un hijo varón que no rebasará el año, y Julia de Lamartine en 1822. E ingresado en el cuerpo diplomático, parte para Italia (Nápoles, Florencia), como agregado de embajada, y allí permanecerá hasta 1828. Pero Lamartine no abandona la poesía. En 1823, con “La Mort de Socrates”, da un buen ejemplo de clasicismo rejuvenecido, influenciado por Chénier. Ese mismo año, las “Nouvelles Méditations”, si bien contienen algunos hermosos poemas (“le Crucifix”, “les Préludes”), adolecen de ese tono “désuni”, que notaba Vigny.

            En “le Crucifix”, el poeta evocaba a Elvira (es decir Julie Charles) y su muerte envuelta en su fe. Y meditaba sobre el crucifijo que ella había estrechado y que él conservaba. Símbolo sagrado de resignación y también de fraternidad de todos los cristianos que lo estrecharán a su vez.

            Y su “Harold” (1825), soportaba mal la comparación con el de Byron. La más rica producción de estos diez años se revelará después: el poema épico, cuya finalidad únicamente se realizará con “Jocelyn” y “La Chute d’un ange”; y sobre todo, esa cincuentena de poemas que son las “Harmonies”, redactadas en su mayor parte en Italia, en 1826/27, que inspirarán a Litz y publicadas en junio de 1830, siete meses después de la muerte de su madre y ya miembro él de la Academia francesa.

De un lirismo místico o metafísico buena parte de estos “salmos modernos”, la religión de Lamartine en “Harmonies poétiques et religieuses” no era ya exactamente la que enseñaba la Iglesia Católica. El poeta se afirmaba hostil al clericalismo de la Restauración (“Aux chrétiens”) y dejaba entrever la desazón de su razón ante el misterio; si todavía seguía creyendo era en la noche del alma (“Novissima Verba” [últimas palabras]). Finalmente, el problema del mal y la hipótesis de un Dios malo, le oprimen aquí angustiosamente (“Hymne à la douleur”). Eran razones de peso que pronto le iban a apartar de aquel catolicismo recuperado en 1820.

            Pero, en 1830, esos dolorosos latidos no podían destruir el gozo del poeta en plena posesión de sus recursos, del creyente exaltando al Dios revelado en la creación. Y ello sin sombra de panteísmo, porque este mundo magnífico no es Dios, sino sólo su creación. Se pueden, no obstante, descubrir en las “Harmonies” tintes modernistas: la verdad religiosa es progresiva y el cristianismo, únicamente una etapa histórica. La apelación final “à l’Esprit saint” invoca la llegada de un nuevo guía espiritual de la humanidad y participa del anhelo mesiánico de toda una generación. Fue en este libro en el que su autor más trabajó. La unión de una indudable inspiración y de un oficio rayando en el virtuosismo lleva a Lamartine a una altura en la que no volverá a mantenerse. Se le ha definido a menudo como el autor de las “Méditations”, pero las “Harmonies” sería una elección más acertada.

Política y Epopeya
A partir de 1830 (ya bajo la monarquía de Luis-Felipe), Lamartine abandona la diplomacia por la política. Elegido diputado en 1833, después de un intento fallido dos años antes, ocupará escaño parlamentario hasta 1851, pero sin querer adscribirse a ningún partido. Y durante ese largo período, la preocupación política es dominante; aparece primero en las odas de 1830/32: como “À Némésis”, dirigida al satírico poeta Auguste Barthélemy, que le reprochaba prostituir su talento por pura ambición política. Lamartine respondía con un lirismo ahora comprometido, basado en la fe religiosa y la libertad como ideal:      

Honte à qui peut chanter pendant que Rome brûle,
S’il n’a l’âme et la lyre et les yeux de Néron,
Pendant que l’incendie en fleuve ardent circule
Des temples au palais, du Cirque au Panthéon!
(…)
Honte à qui peut chanter pendant que les sicaires
En secouant leur torche aiguisent leurs poignards,
Jettent les dieux proscrits aux rires populaires
Ou traînent aux égouts les bustes des Césars!
(…)
La liberté! Ce  mot dans ma bouche t’outrage?
Tu crois qu’un sang d’ilote est assez pur pour moi,
Et que Dieu de ses dons fit un digne partage,
L’esclavage pour nous, la liberté pour toi?
(…) 

Y en “Les Révolutions”. Y se afirma igualmente en el tratado “Sur la politique rationnelle” de octubre de 1831. Cuando él parte para un largo viaje por Oriente (julio de 1832 a octubre de 1833), si bien es cierto que va a las fuentes del cristianismo –como Chateaubriand- a buscar imágenes para un poema, también va a recoger información sobre el futuro político de la región. El poema en el que piensa sería una epopeya del alma humana, a través de las encarnaciones de un ángel caído; pero únicamente dos “episodios” serán concluidos: los extensos “Jocelyn” (1836) y “la Chute d’un ange” (1838).

Las nueve épocas de “Jocelyn” (presentadas como un diario encontrado entre los papeles de un cura rural), forman un tríptico: el idilio, el sacrificio y la renuncia. Ciertas negligencias de la narración podrían hacer pasar por una mediocre novela en verso lo que es una obra maestra que hay que leer como un poema: a la vez éxito de poesía familiar y revelación velada de un credo.

Y “La Chute d’un ange” –en 15 visiones y un Epílogo, fríamente acogida- desarrolla el amor del ángel Cédar por Dhaida, descendiente de Caín, con las consecuencias de esa pasión culpable.

Y es que, si Lamartine se considera aún cristiano, al menos ya no es católico, después de la visita al Santo Sepulcro y la muerte en el Líbano de su pequeña hija Julia aquel 7 de septiembre de 1832, que le inspirará el punzante poema de “Gethsémani” (192 versos en 24 estrofas).

Nos convencemos de ello siguiendo la enseñanza del cura de Valneige (Jocelyn), creyente ferviente pero liberado de dogmas rígidos (a la manera del vicario saboyano de Rousseau). A una firme arquitectura general, el poeta ha unido gran cuidado por hacer alternar en cada “época”, narración, cánticos y cuadros de naturaleza o intimidad. Y apreciamos en “Jocelyn” tanto la música de algunos versos como el realismo de muchas anotaciones. Pero, queriendo hacer “l’epopée (…) humanitaire”, Lamartine abusa de lo patético. “Jocelyn” no era la perfección misma, pero la fuerza se ocultaba bajo la suavidad, y la grandeza surgía de escenas y gestos cotidianos. Y el poeta había sabido renovar algunos de sus temas más queridos: el entierro de Laurence respondía emotivamente a los últimos versos de “le Lac”.

El mundo de la crítica se mostró más riguroso con “Jocelyn ”, en el momento de su aparición, que el público en general; pero unos y otros mandaron “la Chute d’un ange” al fracaso: apresuradamente terminada, la obra encierra trozos admirables, como “le Choeur des cèdres du Liban”, pero sufre del desacuerdo entre el mito y la forma adoptada; nada más romántico que un ángel que se encarna por amor, redimiéndose por el sufrimiento y luchando contra Titanes por la liberación de los hombres. Pero nada más neoclásico que el vocabulario adoptado, las figuras y la construcción misma de este gigantesco “episodio”, donde esperaríamos ya el Hugo de “la Légendes des siècles”.

            Si el poeta había traído de Levante hermosas imágenes para “la Chute d’un ange”, también él, como Chateaubriand, describe su “itinerario” en “le Voyage en Orient”(1835), su primera gran obra en prosa. Si renunciamos a encontrar en el libro el sentido de las proporciones, encontramos bellas páginas sobre la naturaleza, la religión, la vida cotidiana, la política y la economía. Además, Oriente revelaba a Lamartine una nueva manera de creer, y aspectos de su sensibilidad que antes apenas discernía. El enorme Baalbek (Heliópolis) seduce a este clásico más que el Partenón, y las escenas voluptuosas de “la Chute”, dan testimonio de una turbación suscitada o despertada en el viajero por ciertas visiones orientales.

            El fracaso de “Recueillements” (1839), con su lirismo y su preocupación social, y el compromiso parlamentario (primero en las bancadas del legitimismo -1833/1837- y luego de la oposición de izquierda a la monarquía burguesa en el poder y al ministerio Guizot), apartan a Lamartine de la poesía.

Su padre ha muerto ya en agosto de 1840.

Aristócrata amante de la libertad y de la fraternidad, y lleno de esperanza en el progreso del género humano, sólo dará una gran obra antes de 1848, su “Histoire des Girondins” (1847), con la que él quiso hacer moral política y que aparece como un enorme manifiesto que va a contribuir a la revolución y con la que cosechó enorme popularidad; es, en cierto modo, el autor de los “Girondins” quien fue llevado al poder el 24 de febrero 1848, como miembro del Gobierno Provisional y ministro de Asuntos Exteriores; pero se enfrentó a los extremistas que querían imponer la bandera roja en aquella Segunda República. Sin obviar estas repercusiones, ha de verse en los Girondinos, ante todo, la historia épica que su autor quiso escribir. Como historiador, intenta documentarse y mostrarse objetivo, en medio de una buena galería de retratos finamente trazados; pero, como poeta épico en prosa, Lamartine no puede resistirse a las simplificaciones grandiosas. Y al servicio de su proyecto, pone “un estilo de bronce”, conciso y noble.   

Pero su evolución hacia la izquierda y las utopías de  su programa provocaron su rápido hundimiento en la opinión y, pocos meses después, candidato a la presidencia de la República contra el general Cavaignac y contra Louis-Napoleón, únicamente obtuvo 18.000 votos.

El advenimiento del Segundo Imperio marcará el final de su carrera política. Pero los años que preceden al golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851 ven todavía a Lamartine intentado hacer novela popular y edificando moralmente con “Geneviève” (1850), y “le Tailleur de pierres de Saint-Point” (1851). Su incursión en el teatro (“Toussain Louverture”, 1850) sólo obtuvo un mitigado éxito de curiosidad.

            El periodo que sigue a su breve paso por el poder va a pesar sobre su destino literario; es ahora cuando escribe él mismo su leyenda, publicando “les Confidences” y “Raphaël” en 1849, y las “Nouvelles Confidences” en 1851; y comentando (en la edición de los Souscripteurs, 1849/50) sus obras poéticas anteriores. Lamartine presenta las “Confidences” como memorias, “Raphaël” como una novela, y las “Nouvelles Confidences” como una combinación de ambas. Son, todas estas obras, documentos acerca de un hombre que, acercándose a la vejez, sueña y recompone su vida. La maestría del prosista se afirma, p- ej., en el episodio de Graziella, aquella muchacha napolitana que conociera en su primer viaje a Italia, 40 años antes;  y, descubrimos a un observador a lo Balzac en las páginas de “Nouvelles Confidences” que describen la buena sociedad de Mâcon. “Raphaël”, éxito en su tiempo, parece hoy insulso y verboso; pero la obra es importante para la correcta interpretación de Lamartine por la posteridad.

            Al regreso de un nuevo viaje a Oriente, lanza un vibrante adiós a sus ambiciones con las estrofas “Au comte [Alfred Grimod] d’Orsay”:

(…)

Oui, brise ô  Phidias!…Dérobe ce visage
À la postérité, qui ballotte une image
De l’Olympe à l’égout, de la gloire à l’oubli ;
Au pilori du temps n’expose pas mon ombre !
Je suis las des soleils, laisse mon urne à l’ombre !
Le bonheur de la mort, c’est d’être enseveli.

Que la feuille d’hiver au vent des nuits semée,
Que du coteau natal l’argile encore aimée
Couvrent vite mon front moulé sous son linceul,
Je ne veux de vos bruits qu’un souffle dans la brise,
Un nom inachevé dans un cœur qui se brise !
J’ai vécu pour la foule, et je veux dormir seul.

            Y, a partir de 1851, Lamartine entra en años sombríos donde, una tras otra, van alejándose de él las posiciones y los afectos que, hasta entonces, habían sostenido sus luchas y su creación. El viejo poeta cuenta, a su lado, con su fiel esposa Marianne, que morirá, ella, en 1863; y siente un profundo afecto por su sobrina Valentine de Cessiat

Hasta el final de su vida consciente, las importantes deudas que ha acumulado por su prodigalidad e imprevisión,  le encadenan a “travaux forcés littéraires” y a la humillación, en 1860, de tener que vender Milly, la casa donde había pasado su infancia, al lado de una madre tierna y amorosa. Por consideración a su nombre, la municipalidad de París le ofrece entonces el uso vitalicio del chalet de la Petite Muette en Passy.

Pero todo no es indiferente en los libros que acumula entonces. Si bien sus obras históricas (sobre la Revolucion, Rusia, Turquía…), sólo son compilaciones, el “Cours familiers de littérature” (1856-1869) que sus abonados reciben por entregas mensuales, encierra, entre muchas páginas de relleno, recuerdos personales y estudios críticos de gran interés. Y aquí aparecerán los últimos frutos de su poesía, ese año de 1856 en que retoma y concluye “le Désert”, y compone “La Vigne et la maison”, en un  momento en que, con 67 años, en el invierno de su vida, regresa a la casa de su padre; poema sin el cual, por sus emocionados acentos y su variedad rítmica, faltaría al lirismo lamartiniano una de sus cumbres…

“Efface ce séjour, ô Dieu!, de ma paupière,
Ou rends-le-moi semblable à celui d’autrefois,
Quand la maison vibrait comme un grand coeur de pierre
De tous ces coeurs joyeux qui battaient sous ses toits!
(…)

            Viudo él desde 1863, solitario y casi en la miseria, la muerte física de aquel que la tradición neoclásica universitaria hará pasar, durante mucho tiempo, por el gran poeta de su siglo, le llega en Passy, el 28 de febrero de 1869, a los 78 años. El escultor Samuel Adam Salomon hará su máscara mortuoria, y al conde de Orsay se le debe un busto (hoy en el palacio de Versalles).

Fue enterrado en el panteón familiar del château de Saint-Point. Y existe en Macon un Musée Lamartine.

Originalidad de Lamartine
Si bien excelente prosista en ocasiones, es, sobre todo, en tanto que poeta como Lamartine ha alcanzado la gloria literaria. Se le sigue clasificando como “romántico”, por su poesía espontánea y sincera, y 1820 continua siendo en su obra una fecha clave; pero Lamartine, no solamente se mantuvo al margen de aquella “nouvelle école”, sino que por la lengua, la retórica y el tono empleados sigue siendo un clásico. Su desdén de gentilhombre, su indiferencia hacia las disputas técnicas de artesanos y su larga existencia lejos de los cenáculos parisienses explican cómo este “amateur” no quiso perder el tiempo recurriendo a otras palabras o figuras literarias que aquellas que había recogido de las generaciones precedentes.

La originalidad de su obra no radica, pues, en lo que pueda tener de romántica. Y, sin embargo, quizá inconscientemente e hijo ya de su nuevo tiempo, Lamartine contribuyó a la revolución poética de su generación, creó estrofas o volvió a ellas; y, porque creía en la inspiración (quizá, en algún momento, con cierta desenvoltura), pretendió ser no puro artista, sino un guía espiritual escribiendo la epopeya de la humanidad.

Pero existe un lirismo propiamente lamartiniano, constituido por la musicalidad y la vaguedad que sabía poner en lo que decía. Por la música, Lamartine deposita en el lector ese estado de ánimo que es el suyo y que busca transmitir; porque el poeta sugiere más que describe y a menudo  en su poesía, los contornos y el paisaje parecen fundirse con el hombre. Lo vago en que se disuelven las apariencias nos deja ante un ritmo puro, exaltante o melancólico.

            Era en él pura afectación cuando decía que sus más hermosos poemas sólo eran “graine de niais” (alimento de tontos). Pero es cierto que dió más importancia a sus sueños épicos que a su poesia de circunstancias, “Méditations”, “Harmonies”, cuyo éxito le sorprendía. Es a esos libros a los que Lamartine debe su supervivencia, como poeta auténtico, en los primeros puestos de la poesía francesa, porque esa poesía es “respiración del alma” en lo que tiene de esencial.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

CORRESPONDANCE D’ALPHONSE DE LAMARTINE, reunida y anotada por Christian CROISILLE; H. Champion, 2000–.
DUPART, Dominique: Le lyrisme démocratique ou La naissance de l’éloquence romantique chez Lamartine (1834-1849); H. Champion, 2012.
GUILLEMIN, Henri: Lamartine; Hatier, 1940; luego Lamartine, l’homme et l’oeuvre; sucesivas ediciones (última Éd. d’Utovie, 2016). También: Lamartine et la question sociale, seguido de Lamartine en 1848; Éd. d’Utovie, 1999.
LA FOURNIÈRE, Xavier de –: Lamartine; París, Perrin, 1990.
LUPPÉ, A. de –: Les Travaux et les Jours d’Alphonse de Lamartine; Albin Michel, 1942.
TOESCA, M.: Lamartine ou l’amour de la vie; Albin Michel, 1969, 1983.
UNGER, Gérard: Lamartine, poète et homme d’État; Flammarion, 1998.
VÉDRINE, Mireille: Lamartine retrouvé: paysages romantiques; Chambéry, Agraf, 1991.

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