Lamartine, Alphonse de – (1790-1869)

           Con iniciadores como Chateaubriand y Nodier, a Lamartine (aun con ciertas reservas) se le incluye ya en esa generación romántica de poetas que vendrán a ilustrar pocos años después Vigny, Hugo y Musset.

            Alphonse Marie Louis de Prat de Lamartine nacía en Mâcon (Borgoña), el 21 de octubre de 1790, iniciada ya la Revolución, en el seno de un familia de pequeña nobleza provinciana, en cuyo hogar han nacido ya Marie Cécile et Césarine, y nacerán luego Jean Marie Félix, Susanne y Sophie.

Y eran sus progenitores Pierre de Lamartine (1752-1840), chevalier de Pratz, capitán de caballería, realista y ferviente católico, y Alix des Roys, hija del intendente de Louis-Philippe, duque de Orleáns (luego “Philippe Égalité” que morirá bajo la cuchilla). Los agitados años que vivió Francia golpearon también a su familia, como a tanta otras, señaladas por los orígenes, las opiniones o el simple apellido; y el joven adolescente hubo de visitar a su padre en las mazmorras del Terror revolucionario.

Alphonse de Lamartine. Busto del conde de Orsay

Alphonse de Lamartine. Busto del conde de Orsay

          En 1797, bajo el Directorio, sus padres se instalan en Milly (hoy Milly-Lamartine), a 10 km de allí, donde su padre se dispone a explotar una modesta propiedad familiar. Y allí  recibirá el niño su primera formación, en contacto con la naturaleza y con los campesinos, y al lado de una madre que le transmitirá su fe. De Milly se acordará el poeta con mucho sentimiento, andando los años (Milly ou la terre natale”, “La Vigne et la Maison”)

En Belley, de 1803 a 1808, bajo el Imperio, les Pères de la Foi (congregación creada por esos años, que pretendía cubrir el vacío dejado por la Compañía de Jesús prohibida) le enseñarán las humanidades y será un brillante alumno; pero aquella enseñanza le marcará menos que las amistades que entonces entabla -con Aymon de Virieu (1788-1841), sobre todo, de cuya relación existe una interesante correspondencia-.

Llega la adolescencia y Lamartine pierde la fe; metamorfosis acentuada por su tercera formación: aquella que él mismo se da a la salida de las aulas. Porque, vuelto a Milly y bien decidido a no servir a Napoleón el “usurpador” (su familia consigue “comprarle” un sustituto en la obligada conscripción), lleva allí la existencia de un hobereau , de un hidalgüelo ocioso, y se enfrasca en la lectura de los clásicos y los modernos (Chateaubriand, madame de Staël), pasando por los filósofos del siglo, con algunas incursiones en las literaturas extranjeras. Y el viaje que emprende a Italia (1811-1812) con de Virieux le va a dar una segunda patria sentimental y artística.

Cuando, en 1816, ya con la Restauración, este joven aficionado a la poesía anuncia la publicación próxima de “elegias” todo dejaba prever que se afirmaría como un discípulo del delicado poeta erótico Parny, desaparecido recientemente y muy del siglo anterior. Pero su idilio, en septiembre de 1816, con madame Julie Charles (casada con el físico Jacques Charles, más de treinta años mayor), en las aguas termales de Aix-les-Bains -tratando ella de luchar contra la tuberculosis-, su reencuentro en París en el invierno, y la profunda conmoción espiritual y afectiva que le acarreará su muerte en diciembre de 1817, a los 33 años, van a orientar en otra dirección los proyectos poéticos de Lamartine.

      A este hidalgo provinciano imbuído de Voltaire y de Rousseau, aunque también del didáctico poeta Delille, no se le veía predispuesto a derribar las modas e ideas recibidas en literatura. Su regreso al catolicismo precede apenas la aparición de su primer libro de poemas, y no habría que buscar señales de una ruptura radical con la herencia espiritual y artística del siglo anterior.

Es, precisamente, porque no venía a trastornar ningún hábito por lo que las “Méditations Poétiques” (marzo 1820) conocieron tan extendido éxito.

Pero también aportaban la novedad que el público parecía estar esperando. Sin ser una confesión rimada, aquellas elegías, puras y melodiosas, que eran las “Meditaciones” ilustraban la evolución de un hombre que había pasado de la ligereza sensual a la inquietud religiosa y a un amor depurado. El autor traducía un tormento y una abatida fatiga que le aparentaban al René de Chateaubriand; pero, ni en amor ni en religión había alcanzado un punto fijo y Dios era aún “el vago objeto de [sus] anhelos”.

           

          Julie Charles (a la que él llama Elvire) se halla postrada por la enfermedad en París. Y ante el lago de Bourget (Saboya), en esta elegía que intenta en vano detener el tiempo, el poeta evoca a la mujer amada -hoy ausente a la cita que se habían dado-,. Inquietud dolorosa antes de la muerte de la persona querida (“Le Lac”  en 16 estrofas de tres alejandrinos franceses y un verso final hexasílabo):

 

(…)

Ô lac! l’année à peine a fini sa carrière
Et près des flots chéris qu’elle devait revoir,
Regarde! Je viens seul m’asseoir sur cette pierre
Où tu la vis s’asseoir!

(…)

Ô temps, suspends ton vol, et vous, heures propices!
Suspendez votre cours:
Laissez-nous savourez les rapides délices
Des plus beaux de nous jours!

(…)

Ô lac! rochers muets! grottes! forêt obscure!
Vous, que le temps épargne ou qu’il peut rajeunir,
Gardez de cette nuit, gardez, belle nature,
Au moins le souvenir!

(…)

Que le vent qui gémit, le roseau qui soupire,
Que les parfums légers de ton air embaumé,
Que tout ce qu’on entend, l’on voit et l’on respire,
Tout dise: Ils ont aimé!

(…)

¡Oh, lago! El año apenas ha acabado su curso
Y junto a olas queridas aue por ella esperaban,
¡mírame! ¡Vengo solo a sentarme en la roca
En que ella se sentó!

(…)

¡Detén tu vuelo, oh, tiempo, y vosotras, horas propicias!
Suspended vuestro curso:
¡Dejadnos saborear las fugitivas delicias
De nuestros más hermosos días!

(…)

¡Oh, lago! ¡rocas mudas! ¡grutas! ¡oscura floresta!
A quienes el tiempo preserva o rejuvenece,
¡Conservad de esta noche, guardad, bella natura,
Al menos el recuerdo!

(…)

¡Que el viento que gime y el junco que suspira,
Que los leves aromas de tu aire perfumado,
Que todo cuanto se oye, se ve o se respira,
Diga: Amaron!

 

          “L’Inmortalité”, (1817); desamparo después del fatal desenlace (“l’Isolement”, 1818), y apaciguamiento (“Le Soir”, ”Le Vallon”…), entre otros poemas como “Le Chrétien mourant” o “La Providence”, que dan testimonio de un sentimiento religioso renacido. Y en estas breves “Meditaciones” muchos contemporáneos encontraron sus propios anhelos. Era libro de una edad de la vida y de un momento de la sensibilidad francesa, hastiada ya de “heroísmo” y de “gloria” militar, y sedienta ahora de rêverie, de vagos ensueños, de calma y de aspiraciones místicas.

Éxito que descansaba igualmente en la afirmación de un nuevo arte. Es verdad que ni el clasicismo de su lengua, ni el estilo noble, ni las imágenes empleadas, ni la composición eran nuevos; únicamente, si acaso, el empleo de variadas estrofas aportaba cierto rejuvenecimiento. Pero es que Lamartine evocaba, más que describía, los desvaídos estados de su alma, penetrando en el paisaje y fundiéndose con él; arte de evocación apoyado en la musicalidad del verso. Ahí radicaba el don del poeta y el secreto de su irresistible atractivo.

1820 no marcaba, pues, una revolución poética, las “Méditations” seguían siendo neoclásicas, pero iban un paso más allá del primer romanticismo.

          Ya convertido a la religión, en junio de 1820 contraía matrimonio en Chambéry (Saboya) con una joven inglesa, Mariana Elisabeth Birch, a quien se le reconocía alguna disposición en las artes plásticas, y que será para él, hasta su muerte, una esposa abnegada y su primera admiradora; unión de la que nacerán un hijo varón que no rebasará el año, y Julie de Lamartine en 1822, de desgraciado final también

Y de su padre recibe entonces la propiedad del cercano Saint-Point, cuyo château deberán restaurar los recién casados.

Ingresado en el cuerpo diplomático, Alphonse de Lamartine parte para Italia (Nápoles, Florencia), como agregado de embajada, y allí permanecerá hasta 1828. Pero no abandona por ello la poesía. En 1823, con “La Mort de Socrates”, da un buen ejemplo de clasicismo rejuvenecido, influenciado por Chénier. Ese mismo año, las “Nouvelles Méditations”, si bien contienen algunos hermosos poemas (“le Crucifix”, “les Préludes”), adolecen de ese tono “désuni”, que ya notaba Vigny.

          En “le Crucifix”, el poeta evocaba a Elvire (es decir Julie Charles) y su muerte envuelta en su fe. Y meditaba sobre el crucifijo que ella había estrechado y que él conservaba. Símbolo sagrado de resignación y también de fraternidad de todos los cristianos que lo estrecharán a su vez.

          Y su “Harold” (1825), soportaba mal la comparación con el de Byron.

La más rica producción de estos diez años se revelará después: el poema épico, cuya finalidad únicamente se realizará con “Jocelyn” y “La Chute d’un ange”; y, sobre todo, esa cincuentena de poemas que son las “Harmonies”, redactadas en su mayor parte en Italia, en 1826/27, que inspirarán a Litz y que serán publicadas en junio de 1830.

De un lirismo místico o metafísico buena parte de estos “salmos modernos”, la religión de Lamartine en “Harmonies poétiques et religieuses” no era ya exactamente la que enseñaba la Iglesia Católica, sino más “romántica” y mucho menos formal, El poeta se afirmaba hostil al clericalismo de la Restauración (“Aux chrétiens”) y dejaba entrever la desazón de su razón ante el misterio; si todavía seguía creyendo era en la noche del alma (“Novissima Verba” [últim

as palabras]). Finalmente, el problema del mal y la hipótesis de un Dios malo, le oprimen aquí angustiosamente (“Hymne à la douleur”). Eran todas razones de peso que pronto le iban a apartar de aquel catolicismo recuperado en 1820.

          De regreso ya de Italia, Lamartine conoce a Chateaubriand, a Sainte-Beuve, a Victor Hugo…, gracias a cuyos apoyos consigue entrar en la Academia francesa el 5 de noviembre de 1829; alegría dolorosamente empañada por la muerte de su querida madre, precisamente, ese 16 de noviembre.

Alphonse de Lamartine

Alphonse de Lamartine

          Pero esos punzantes latidos no podían acallar, en 1830, el gozo del poeta en plena posesión de sus recursos, del creyente exaltando al Dios revelado en la creación. Pero sin sombra de panteísmo, porque este mundo magnífico no es Dios, sino su creación. Y se pueden descubrir en las “Harmonies” tintes modernistas: la verdad religiosa es progresiva y el cristianismo, únicamente una etapa histórica. La apelación final “à l’Esprit saint” invoca la llegada de un nuevo guía espiritual de la humanidad y quiere participar del anhelo mesiánico de toda una generación. Fue en este libro donde su autor más trabajó. La alianza de una indudable inspiración y de un oficio rayando en el virtuosismo lleva a Lamartine a una altura en la que no volverá a mantenerse. Se le ha definido a menudo como el autor de las “Méditations”, pero serían las “Harmonies” una más justa elección.

Política y Epopeya

          Llegó la revolución de 1830 que daba paso a la monarquía de Louis-Philippe, pero aquellos acontecimientos no cogen de sorpresa a un Lamartine que ya evolucionaba hacia el liberalismo. Abandona entonces la diplomacia por la política, y sólo será elegido diputado en 1833, después de un intento fallido dos años antes, para ocupar escaño ahora como parlamentario hasta 1851, sin adscripción partidaria precisa; y allí se revelará como uno de los grandes oradores políticos de su tiempo.

Durante ese largo período, la preocupación política es dominante en el; aparece primero en las odas de 1830/32: como en su “Réponse à Némésis”, dirigida al poeta satírico Auguste Barthélemy, que le reprochaba prostituir su talento por ambición política. Lamartine le responde con un lirismo ahora comprometido, basado en la fe religiosa y en la libertad como ideal:

     

Honte à qui peut chanter pendant que Rome brûle,
S’il n’a l’âme et la lyre et les yeux de Néron,
Pendant que l’incendie en fleuve ardent circule
Des temples au palais, du Cirque au Panthéon!
(…)
Honte à qui peut chanter pendant que les sicaires
En secouant leur torche aiguisent leurs poignards,
Jettent les dieux proscrits aux rires populaires
Ou traînent aux égouts les bustes des Césars!
(…)
La liberté! Ce  mot dans ma bouche t’outrage?
Tu crois qu’un sang d’ilote est assez pur pour moi,
Et que Dieu de ses dons fit un digne partage,
L’esclavage pour nous, la liberté pour toi?
(…)

 

          Y en “Les Révolutions” también. Y se afirma igualmente en el tratado “Sur la politique rationnelle” de octubre de 1831.

Cuando –después de un fracaso electoral-,  él parte, acompañado de su esposa y de su hija, para un largo viaje por Oriente (julio de 1832 a octubre de 1833), si bien es cierto que va a las fuentes del cristianismo –como Chateaubriand lo había hecho- a buscar imágenes para un poema, también va a recoger información sobre el futuro político de la región.

          Si el poeta trajo de Levante hermosas imágenes, también él, como Chateaubriand, describe su propio itinerario en “Impressions, souvenirs, pensées et paysages pendant un voyage en Orient (1832-1833)”, más conocido por “Voyage en Orient” (1835), su primera gran obra en prosa. Libro en el que se encuentran bellas páginas sobre la naturaleza, la religión, la vida cotidiana, y hasta la política y la economía. Oriente revelaba a Lamartine una nueva forma de creer, y aspectos de su propia sensibilidad que antes apenas discernía. El enorme Baalbek (Heliópolis) le seduce más que el Partenón, y las escenas voluptuosas que se encontrarán en “la Chute”, son el reflejo literario de la turbación suscitada en el viajero por ciertas visiones orientales.

          Y fue pronto elegido diputado, a su regreso a Francia, codición que no abandonará hasta 1851.

          El poema en el que Lamartine pensaba cuando embarcó para Oriente habría de ser una epopeya del alma humana, a través de las encarnaciones de un ángel caído; pero únicamente dos “episodios” iban a ser concluidos: los extensos “Jocelyn” (1836) y “la Chute d’un ange” (1838).

Las nueve épocas de “Jocelyn” (poema de 8.000 versos, presentado como un diario encontrado entre los papeles de un cura rural), forman un tríptico: el idilio, el sacrificio y la renuncia. Debía ser el último episodio de las “visions”, vasta epopeya mística destinada a mostrar el alma humana elevándose hacia Dios a través del sufrimiento libremente consentido.

Y, aunque ciertas negligencias de la narración podrían hacerlo pasar por una novela en verso, es en realidad una obra maestra que conviene leer como un poema, himno a la esperanza y a la bondad: y fue a la vez éxito de poesía familiar y revelación velada de un credo.

 

          Y es que, si Lamartine se consideraba aún cristiano, al menos ya no era católico, después de la visita al Santo Sepulcro y la muerte en el Líbano de su pequeña hija Julia aquel aciago 7 de septiembre de 1832, que le inspiraría el punzante poema de “Gethsémani” (192 versos en 24 estrofas)…

Nos convencemos de ello, precisamente, siguiendo la enseñanza del cura de Valneige (Jocelyn), creyente ferviente pero liberado de dogmas rígidos (a la manera del vicario saboyano de Rousseau). A una firme arquitectura general, el poeta ha unido gran cuidado por hacer alternar en cada “época”, narración, cánticos y cuadros de naturaleza (los paisajes alpestres, p. ej., transposición de sus recuerdos), o de intimidad. Y se aprecian en “Jocelyn” tanto la musicalidad de algunos versos como el realismo de muchas anotaciones. Pero, queriendo hacer “l’epopée (…) humanitaire”, Lamartine acaba abusando de lo patético.

El “Jocelyn” que Lamartine ofrecía no era la perfección misma, pero la grandeza surgía de escenas y gestos cotidianos. Y el poeta supo renovar algunos de sus temas más queridos: el entierro de Laurence respondía emotivamente a los últimos versos de “le Lac”.

          “La Chute d’un ange” –en 15 visiones y un Epílogo, fríamente acogida- desarrollaba el amor del ángel Cédar por Dhaida, descendiente de Caín, con las consecuencias de esa pasión culpable.

Si bien el mundo de la crítica se mostró, en el momento de su aparición, más riguroso con “Jocelyn ”, que el público en general, unos y otros sancionaron “la Chute d’un ange” con su desaprobación: apresuradamente terminada, la obra encerraba trozos admirables, como “le Choeur des cèdres du Liban”, pero se resentía del desacuerdo entre el mito y la forma adoptada; nada más romántico que un ángel que se encarna por amor, redimiéndose por el sufrimiento y luchando contra Titanes por la liberación de los hombres. Pero nada más neoclásico, igualmente, que el vocabulario adoptado, las figuras y la construcción misma de este gigantesco “episodio”,  a la espera ya del Hugo de “la Légendes des siècles”.

Con su lirismo, sus preocupaciones sociales y sus ideas humanitaria y pacifistas, “Recueillements” (1839), recibió una muy templada acogida; y aquel fracaso, unido al compromiso parlamentario (primero en las filas del legitimismo -1833/1837- y luego en una oposición cada vez más decidida a la monarquía burguesa en el poder y al ministro Guizot, que le ha ofrecido una cartera), apartan a Lamartine de la poesía.

          Su padre ha muerto ya en agosto de 1840.

Modesto aristócrata, amante de la libertad y de la fraternidad, y lleno de esperanza en el progreso del género humano, Alphonse de Lamartine sólo dará una gran obra antes de 1848, su “Histoire des Girondins” (1847), obra con la que él quiere reconciliar al gran público con la Gran Revolución y hacer moral política; era un enorme manifiesto que coadyuvará a los próximos acontecimientos y con el que vino a cosechar enorme popularidad. Para sus “Girondinos” Lamartine intentó documentarse y mostrarse objetivo historiador, en aquella panorámica y aquella galería de retratos finamente trazados; pero, aun en prosa, surgía el poeta épico en él, y Lamartine no puede resistirse aquí a las simplificaciones grandiosas, en “un estilo de bronce”, conciso y noble. 

            La revolución estalla, efectivamente, en febrero de 1848, y el elocuente Alphonse de Lamartine –convertido ya en uno de los jefes de la oposición-, desempeña un papel determinante, mostrándose contrario  a que la duquesa de Orléans fuera nombrada regente y rechazando, por otro lado, en un sonado discurso, la bandera roja de la izquierda socialista, en beneficio del mantenimiento de la tricolor, como enseña de la naciente Segunda República

 Y es, en buena medida, el autor de los “Girondins” el que es llevado al poder ese 24 de febrero 1848, como miembro del Gobierno Provisional y ministro de Asuntos Exteriores.

Lamentablemente para su figura, después de la primera “ilusión lírica” de la que él fue la representación viva en las primeras semanas siguientes, su continua evolución hacia la izquierda y las utopías e indefiniciones de su programa no tardaron en provocar su rápido hundimiento en la opinión; pocos meses después, candidato en las elecciones de diciembre de 1848 a la presidencia de la República, obtuvo el irrisorio resultado de 18.000 votos, sólo por delante del legitimista Chargarnier que obtuvo 5.000 (contra los 5.500.000 aprox. de Louis-Napoléon, y el millón y medio para Cavaillac, entre otros candidatos). Y el advenimiento del Segundo Imperio marcará el final de su carrera política.

          Pero los años que preceden al golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851 ven todavía a Lamartine intentado hacer novela popular y edificando moralmente con “Geneviève” (1850), y “Le Tailleur de pierres de Saint-Point” (1851). Y su incursión en el teatro (“Toussain Louverture”, 1850) sólo obtuvo un mitigado éxito de curiosidad.

          El periodo que siguió a su breve paso por el poder iba a pesar sobre su destino literario; es ahora cuando escribe él mismo su leyenda, publicando en 1849 “Les Confidences” –que  presenta como memorias-; obra en la que aparece una narración, “Graziella” (que será publicada aparte tres años después), donde el autor traspone un episodio sentimental de juventud.

Luego, “Raphaël”, breve narración poética de amor (que él presenta como novela -la segunda después de “Graziella”-), donde su autor evoca, treinta años después, su lejano idilio con Julie Charles, allá en Saboya. Pero “Raphaël” -importante para la correcta interpretación de Lamartine por la posteridad-,  que fue éxito en su tiempo, resultaría hoy, quizá,  algo insulso y verboso.

Alphonse de Lamartine

          Y en 1851 las “Nouvelles Confidences” -como una combinación de ambas-.

Y comentando también (en la edición de los Souscripteurs, 1849/50) sus obras poéticas anteriores. Son documentos, todas estas obras, de un hombre que, a las puertas de la vejez, revive y recompone su vida. La maestría del prosista se afirma, p- ej., en el episodio de Graziella, nombre traspuesto de aquella muchacha napolitana, empleada cigarrera de la Manufactura, de una familia de pescadores, que conociera en su primer viaje a Italia, 40 años antes. Y descubrimos a un observador a lo Balzac en las páginas de “Nouvelles Confidences” que describen la buena sociedad de Mâcon.

Llegó el golpe de Estado de Louis-Napoleón Bonaparte, que instauraba el Segundo Imperio, y Lamartine lanzaba un vibrante adiós a sus ambiciones con las estrofas “Au comte [Alfred Grimod] d’Orsay”:

(…)

Oui, brise ô  Phidias!… Dérobe ce visage
À la postérité, qui ballotte une image
De l’Olympe à l’égout, de la gloire à l’oubli.
Au pilori du temps n’expose pas mon ombre!
Je suis las des soleils, laisse mon urne à l’ombre!
Le bonheur de la mort, c’est d’être enseveli.

Que la feuille d’hiver au vent des nuits semée,
Que du coteau natal l’argile encore aimée
Couvrent vite mon front moulé sous son linceul,
Je ne veux de vos bruits qu’un souffle dans la brise,
Un nom inachevé dans un cœur qui se brise;
J’ai vécu pour la foule, et je veux dormir seul.

 

          Y fueron, a partir de entonces, años sombríos, entristecidos y amargados por puras cuestiones de dinero. Años en los que, uno tras otro, irán alejándose de él las posiciones y los afectos que habían sostenido sus luchas y su creación. Pero el viejo poeta seguía contando, a su lado, con su fiel esposa Marianne, y sentía un profundo afecto por su sobrina Valentine de Cessiat, hija de su hermana Cécile.

Pero las importantes deudas que ha ido acumulando por su prodigalidad e imprevisión, le encadenarán hasta el final de su vida consciente, a “travaux forcés littéraires” y a la primera gran humillación, en 1860, de tener que vender Milly, la casa donde había pasado su infancia, al lado de una madre tierna y amorosa. Por consideración a su figura, la municipalidad de París le ofrece entonces el uso vitalicio del chalet de la Petite Muette en Passy.

Todo no es indiferente en los libros que acumula entonces. Si bien sus obras históricas (sobre la Revolución, Rusia, Turquía…), sólo son compilaciones, el “Cours familiers de littérature”, que imparte a partir de 1856 y que sus abonados reciben por entregas mensuales, encierra, entre muchas páginas de relleno, recuerdos personales y estudios críticos de gran interés. Y aquí aparecerán los últimos frutos de su poesía, ese año de 1856 en que retoma y concluye “le Désert”, y compone “La Vigne et la maison”, en un  momento en que, con 67 años, en el invierno de su vida, regresa a la casa de su padre; poema sin el cual, por sus emocionados acentos y su variedad rítmica, le faltaría una de sus cumbres al lirismo lamartiniano …

 

  

“Efface ce séjour, ô Dieu!, de ma paupière,

Ou rends-le-moi semblable à celui d’autrefois,

Quand la maison vibrait comme un grand coeur de pierre

De tous ces coeurs joyeux qui battaient sous ses toits!

(…)

 

¡Borra esta morada, oh Dios mío, de mi vista,

O devuélvemela tal como era en otro tiempo,

Cuando la casa vibraba como un gran corazón de piedra,

Con los felices corazones que palpitaban bajo su techo!

(…)

 

          Viudo él desde 1863, solitario y casi en la miseria, hubo de pasar por la segunda humillación de solicitar del Imperio una pensión para seguir viviendo.

Y, después de haber sufrido un ataque repentino en 1867, que le dejó semi-inconsciente, la muerte física de aquel que la tradición neoclásica universitaria hará pasar, durante mucho tiempo, por el gran poeta de su siglo, le llegaba en Passy, el 28 de febrero de 1869, a los 78 años. El escultor Samuel Adam Salomon hará su máscara mortuoria, y al conde de Orsay se le debe un busto (hoy en el palacio de Versalles).

  Su familia rechazó los funerales nacionales con los que el gobierno hubiera querido honrarle. Fue enterrado en el modesto panteón familiar del château de Saint-Point.

Y existe en Macon un Musée Lamartine.

                                                                 *

          Si bien excelente prosista en ocasiones, es, sobre todo, en tanto que poeta como Alphonse de Lamartine ha alcanzado la gloria literaria. Se le sigue clasificando como “romántico”, por su poesía espontánea y sincera, y 1820 continúa siendo en su obra una fecha clave.

Pero Lamartine, no solamente se mantuvo al margen de aquella “nouvelle école”, sino que por la lengua, la retórica y el tono empleados seguía siendo un clásico. Su desdén de gentilhombre, su indiferencia hacia las disputas técnicas de artesanos y su larga existencia lejos de los cenáculos parisienses explican cómo este “amateur” no quiso perder el tiempo recurriendo a otras palabras o figuras literarias que aquellas que él había recogido de las generaciones precedentes.

La originalidad de su obra no radica, pues, en lo que pueda tener de romántica. Y, sin embargo, quizá inconscientemente, hijo ya de su nuevo tiempo, Lamartine contribuyó a la revolución poética de su generación, creó estrofas o volvió a ellas; y, porque creía en la inspiración (tal vez con cierta desenvoltura, en algún momento), pretendió ser no puro artista, sino guía espiritual, escribiendo la epopeya de la humanidad.

Pero existe un lirismo específicamente lamartiniano, hecho de esas musicalidad y vaguedad que sabía poner en lo que decía. Porque el poeta sugiere más que describe y a menudo  en su poesía, contornos y paisajes parecen fundirse con el hombre. Lo vago en que se disuelven las apariencias nos deja ante un ritmo puro, exaltante o melancólico.

Era en él simple afectación cuando decía que sus más hermosos poemas sólo eran “graine de niais” (alimento para simples). Pero es cierto que dió más importancia a sus sueños épicos que a aquella su poesía de circunstancias “Méditations” y “Harmonies”, cuyo éxito seguía  sorprendiéndole. Y, sin embargo, es a esos libros a los que Lamartine debe su supervivencia, como poeta auténtico, en los primeros puestos de la poesía francesa, porque esa poesía esencial es la “respiración del alma”.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

CORRESPONDANCE D’ALPHONSE DE LAMARTINE, reunida y anotada por Christian CROISILLE; H. Champion, 2000–.
COURT, Antoine: Les Girondins de Lamartine; Éd. du Roure, 1988/90.
COURTINAT, Nicolas: Philosophie, histoire et imaginaire dans le ”Voyage en Orient” de Lamartine; H. Champion, 2003.   
DUPART, Dominique: Lamartine le lyrique; La Documentation française, 2011. También: Le lyrisme démocratique ou La naissance de l’éloquence romantique chez Lamartine (1834-1849); H. Champion, 2012.
GUILLEMIN, Henri: Lamartine; Hatier, 1940; luego Lamartine, l’homme et l’oeuvre; sucesivas ediciones (última Éd. d’Utovie, 2016). También: Lamartine et la question sociale, seguido de Lamartine en 1848; Éd. d’Utovie, 1999.
LA FOURNIÈRE, Xavier de –: Lamartine; París, Perrin, 1990.
MOLARD, Julien: Alphonse de Lamartine, âme de la Seconde République; Victor Hugo opposant farouche au coup d’État de Louis-Napoléon Bonaparte: deux poètes qui illuminent la politique; A à Z patrimoine, 2011.
LUPPÉ, A. de –: Les Travaux et les Jours d’Alphonse de Lamartine; Albin Michel, 1942.
RIGAUX, Bernard: Lamartine historien; Académie de Mâcon, 2014.
TOESCA, M.: Lamartine ou l’amour de la vie; Albin Michel, 1969, 1983.
UNGER, Gérard: Lamartine, poète et homme d’État; Flammarion, 1998.
VÉDRINE, Mireille: Lamartine retrouvé: paysages romantiques; Chambéry, Agraf, 1991. 

En español:

LAMARTINE, Alphonse de: Viaje a Jerusalén; La Coruña, Ediciones del Viento, 2010. También: Viage (sic) a la Palestina de Mr. de Lamartine: comprende los recuerdos, las impresiones, pensamientos y descripciones de este célebre poeta, durante su viage al Oriente en los años 1832 y 1833. Valencia, 1844

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