Surrealismo (Superrealismo) (1924-1969)

            Herederos inconscientes de las Luces como de toda concepción mesiánica del intelectual, el surrealismo, como movimiento literario y artístico, no supuso ni una escuela ni un grupo claramente delimitado; su objeto pretendía ser liberar al hombre de una civilización demasiado opresora y redefinir sus relaciones con el mundo, buscando aprehender la realidad por vías diferentes a las de la conciencia y la razón, derribando la escritura artística y fundando su discurso teórico a partir de las aportaciones del psicoanálisis freudiano, que vino a darles entonces sus principales herramientas. La expresión literaria y artística debería separarse de toda coacción o constreñimiento para expresar lo inesperado, ya sea, entre otras técnicas, por la costumbre de anotar los sueños o a través de la escritura automática bajo el dictado del inconsciente.

Los universos surrealistas aparecerán poblados de personajes que viene a relacionar un azar no fortuito, como sucede en “le Paysan de París” de Aragon (1926), o en “Nadja” de Breton (1928); también de objetos descontextualizados o curiosamente asociados, como en la representaciones fantásticas de Salvador Dalí, o visionarias de Max Ernst. L’amour fou (“el loco amor”), título de una obra de Breton (1937), aparece como una abertura privilegiada sobre la libertad y lo imaginario.

También se renueva el lenguaje. Los poetas multiplican las experiencias de escritura, tales los “cadavres exquis” (juego que consistia en escribir frases entre varios participantes [suj- + adj. + verbo + compl.], sin que el siguiente conociese o tuviera en cuenta lo ya escrito por el anterior); aplicable también al dibujo), los calambours o retrúecanos, las asociaciones de imágenes inesperadas…

Y los pintores explorarán nuevas técnicas, como collages (pegando sobre un lienzo o tabla trozos de diversos materiales, generalmente papel), frottages, reempleo de fotografías (Max Ernest, Pierre Reverdy).

Las correspondencias poéticas de Rimbaud, la obra de Lautréamont y de Apollinaire, las investigaciones de Freud, las prácticas hipnóticas y ocultas, las experiencias halucinatorias, y también las artes llamadas “menores”, fueron otras tantas fuentes de inspiración para la familia surrealista, ávida de sondear el inconsciente humano y las múltiples posibilidades de creación.

            En marzo de 1919, tres jóvenes prácticamente de la misma edad, Louis Aragon (n. 1897), Philippe Soupault (n. 1897) y André Breton (n. 1896) habían fundado “Littérature” (que, en 1921, publicaba una entrevista con el padre del psicoanálisis Freud), revista de un buen tono modernizante donde firmarían Jean Giraudoux, Jean Paulhan, Paul Valéry, Max Jacob o Pierre Drieu La Rochelle.

En 1920, André Breton y Philippe Soupault publicaban una colección de textos automáticos y despersonalizados, que iba a marcar el principio de la escritura surrealista. Son los mismos, junto con Louis Aragon, quienes, atraídos por la escritura automática y las investigaciones acerca del inconsciente, fundaban en 1924, en compañía de Paul Éluard, “la Révolution surréaliste” -es decir la revolución por el surrealismo-, que durará hasta 1929.

Paul Éluard, (izq.) y André Breton (dr.)

Paul Éluard, (izq.) y André Breton (dr.)

Todo eso venía después de haber acogido las producciones dadaistas, aplaudidas inicialmente por su dimensión provocadora, pero juzgadas luego excesivamente destructoras. El surrealismo procedía, pues, del devastador movimiento Dada que, bajo el impulso del joven rumano Tristan Tzara, había ponderado, entre 1919 y 1922, a la salida de la Primera Guerra Mundial, primero en Zurich y luego en París (donde Tzara se instala en enero de 1920), un espíritu de subversión radical contra los valores morales, culturales y sociales de aquella cultura y sociedad burguesa, neciamente optimista, cientificista y liberal, acusada directamente de haber provocado la hecatombe de la que Occidente acababa de salir.

Considerada una etapa que debía rebasarse, el grupo surrealista había roto con Dada, en febrero de 1822, pero de aquellos orígenes les quedará en su propio ADN el gusto por la provocación y el escándalo: Aragon decía haber soñado con una gran goma para borrar la inmundicia humana; en mayo de 1921, habían organizado un proceso contra Maurice  Barrès, acusado de crímenes “contra la seguridad del espíritu” (a causa de su nacionalismo exacerbado); en octubre de 1924, con ocasión de la muerte de uno de los grandes santones culturales de la III República, rompían el gran consenso en un panfleto colectivo “Un Cadavre”, en el que vilipendiaban la figura de Anatole France: “Con France se va también un poco del servilismo humano”; y en julio de 1825, invitados a un banquete en homenaje al poeta Saint-Pol Roux, los surrealistas provocaron un escándalo mayúsculo en el que se distinguió Michel Leiris y en el que toda Francia se sintió insultada, vociferando “Vive l’Allemagne!” y cosas así, en un contexto de posguerra en que las heridas continuaban abiertas; o la carta abierta, de estas mismas fechas,  al poeta y embajador Paul Claudel que acababa de calificar el surrealismo de actividad “pédérastique”: “Deseamos con todas nuestras fuerzas que las revoluciones, las guerras y las insurrecciones coloniales vengan a aniquilar esta civilizacion occidental, cuya miseria defiende usted hasta en Oriente”

            “La Révolution surréaliste” –dirigida por Benjamin Péret y Pierre Naville en sus primeros tiempos-, atrajo enseguida en torno a ella a nuevos nombres como Antonin Artaud, Robert Desnos, Michel Leiris, Roger Vitrac, Max Jacob y otros.

Las preocupaciones comunes al grupo aparecían en la partida de nacimiento teórico del surrealismo que Breton -de cuya personalidad el movimiento resulta inseparable- firmaba en 1924: era el “Manifeste du Surréalisme”. En él se daba prioridad al “automatismo psíquico”, a lo onírico y a la investigación de lo insólito. Y en octubre de 1924, abrían en el 15, de la rue Grenelle, un “Bureau de recherches surréalistes”, que iba a gestionar Antonin Artaud.

Antonin Artaud

Antonin Artaud

            Pero no tardarán en surgir divergencias y rupturas. Caótico, paradojico y ambiguo, el movimiento surrealista va a renovarse en diferentes momentos, a causa de disputas y exclusiones pronunciadas por Breton, al que llegarán a llamar “le pape du surréalisme”. Las relaciones vinieron a deteriorarse en el seno del núcleo inicial, particularmente por razones políticas, aun cuando en el tránsito de 1924 a 1925, los surrealistas se mostraban todavía pasablemente desdeñosos por ese ámbito, y Louis Aragon (luego notorio comunista), polemizaba con la revista “Clarté” -de fuertes simpatías bolcheviques, aunque no orgánicamente relacionada con el PCF-.

Pero, a partir de julio de 1925, el surrrealismo y su revista “la Révolution Surréaliste” emprenden un giro que va a ser decisivo, más allá de la pura provocación, con su  acercamiento, por un lado a “Clarté” (1921-1928), y, por otro lado, a “Philosophies” (cuyo primer número aparece en la primavera de 1924, y que se mueve en similares referencias marxistas, con nombres como Henri Lefebvre y Georges Politzer), pareciendo sugerir con ello que la revolución poética podía ir pareja con un proyecto de transformación politica.

En octubre de ese año de 1925, Breton acababa de publicar en “La Révolution surréaliste” una laudativa reseña de un “Lenine” de Trotski, añadiendo por su cuenta que el comunismo se había revelado como “el más maravilloso agente de sustitución de un mundo por otro”. Si bien, en un artículo publicado en “Clarté” en diciembre siguiente, Breton, en nombre de todo el grupo, pretendía dejar nítidamente trazadas, con la compatibilidad, también las fronteras con los comunistas y el PCF: “No creo que, actualmente, haya motivo para oponer la causa del espíritu puro a la de la Revolución (…). Y comprendería aún menos que, por razones utilitarias se pretendiera obtener de mí la retractación de la actividad surrealista”.

 “La Révolution surréaliste”, “Clarté” y “Philosophies”, bajo el paraguas tutelar del Partido Comunista francés, coinciden, por estos años, en un frente común contra la política colonial de Francia en el norte de África, de todo lo cual se hacía eco fiel “l’Humanité”, órgano, ya, desde 1920, del PCF.

Tras aquel acercamiento -sin que la desconfianza mutua desaparezca por ello-, las adhesiones al Partido comunista de muchos miembros del grupo –Breton, Aragon, Éluard, Péret, Pierre Unik…-, singularizan, a partir de 1927, a surrealistas que pretendían desempeñar un papel revolucionario: “No somos utópicos –decían por entonces-, esta revolución sólo la concebimos bajo su forma social”. Pensaban poder desempeñar dentro del Partido un papel de vanguardia de la vanguardia y conciencia de la revolución. Era la época en que el PCF se instalaba en su táctica de “clase contra clase”, antes de que, con el ascenso del hitlerismo, venga de Moscú la consigna de la “alianza antifascista”. Pero era ignorar la política cultural estalinista –no enteramente desvelada ni conocida entonces en Occidente- que consideraba al intelectual un mero agente de propaganda.

            Aquella dicotomía no había tardado en provocar tensiones, cuando Naville, uno de los corredactores de“La Révolution surréaliste” (al que enseguida se verá en “Clarté” y luego entre los trotskistas de Francia), había instado a un mayor compromiso con el Partido. Poco sensibles al obrerismo comunista, como todo el movimiento surrealista en general, Soupault, Vitrac, Artaud (el más integral de todos, en su radicalismo negacionista), y algún otro fueron entonces marginados, desde finales de 1926; Jacques Baron, Michel Leiris, Robert Desnos y Raymond Queneau purgados en 1929; y otros se irán voluntariamente.

            Coincidía con el “Second manifeste du Surréalisme”, aparecido en 1929. Y, de presencia diversamente efímera, llegaron entonces nombres nuevos al grupo surrealista, como René Char, Salvador Dalí, Francis Ponge, ¡el mismo Tzara se reconciliaba con Breton! Y, tras incitar a los artistas a adoptar una línea política clara, la revista adoptaba, en julio de 1930, el inequívoco nombre de “le Surréalisme au service de la révolución” (1930-1933).

Y en 1931 se alineaban con los marxistas en una activa campaña de boicot a la Exposition Coloniale internacional de Vincennes.

            Sin embargo, varios miembros del grupo, como p. ej., Desnos, rechazan esa servidumbre política, por lo que una nueva fractura surge entre los partidarios de una estricta obediencia a la línea que dicta el Partido Comunista Francés, y los que se pretenden defensores de una creación autónoma: Breton, nunca totalmente integrado en sus estructuras, abandona el PCF en 1933, después de haberse enemistado con Aragon (comunista éste, hasta su muerte en 1982), ruptura causada entonces por el sonado “caso Aragon” (“l’affaire Aragon”):

Y es que, acompañado de Georges Sadoul, Aragon había asistido en Kharkov -reciente aún el suicidio del poeta futurista Maiakovski- en noviembre de 1930, al segundo Congreso de la Unión Internacional de escritores revolucionarios, de donde había vuelto comprometido a someter su actividad literaria a los juicios del Partido y de la III Internacional, desdiciéndose del Surrealismo y apartándose de la inspiración del Segundo Manifiesto que Breton auspiciaba y de sus “errancias” freudo-trotzkistas.

            También Paul Éluard fue apartado del PCF, por desacuerdo con Aragon, en 1933 (aunque volverá a él en la clandestinidad de 1943).

Con aquellas purgas y salidas, “Le Surréalisme au service de la révolution” llegaba a su natural  término en mayo de 1933.

¿Transformar el mundo, como había preconizado Marx, o changer la vie, como había querido Rimbaud?: “esas dos consignas sólo son lo mismo, para nosotros”, seguirá protestando Breton en junio de 1935; pero, de hecho, tal había sido la difícil e incómoda disyuntiva.

            La exclusión del PCF de Breton, Éluard, Crevel y otros no significaba que vinieran a desentenderse de toda actividad política en adelante; se vió la prueba en aquella jornada del 10 de febrero de 1934 -tras la demonstración de fuerza de las ligas antiparlamentarias cuatro días antes, manifestándose contra la corrupción del régimen y el sistema todo-, en que los surrealistas lanzan un “Appel à la lutte” y se adhieren al que llamaron  “Comité de vigilancia de los intelectuales antifascistas”. Difícil posición, en adelante, en su doble confrontación contra fascismo y comunismo. Si bien, luego, se mostrarán hostiles, por la izquierda, al “Front populaire” de 1936, al que reprochaban su carencia de dimensión revolucionaria, y acabarán en simpatias trotskistas buena parte de ellos.

            En el Moscú de Stalin, y en el contexto general de las grandes purgas de los años treinta, acababan de concluir los sonados procesos políticos contra los opositores (1936-1938). Era el año en que Breton visitaba a Trotski en su exilio de Méjico (adonde había llegado año y medio antes). Y regresó más convencido que nunca de sus posiciones antiestalinistas, particularmente en lo relativo a la servidumbre del arte a la política, participando ahora, con el pintor Diego Rivera y el mismo Trotski, en la redacción de un Manifiesto fundacional de la “Fédération de l’art révolutionnaire indépendant”, fórmula definitiva de las relaciones entre el surrealismo y la revolución, cuyo boletín mensual, “Clé”, no irá más allá del segundo número, a causa de la guerra.

            Marginal en los años 1920, el Surrealismo conoce su punto culminante en los 30’, particularmente gracias a la Exposición internacional de 1937. Pero lo que ahora se jugaba, los grandes retos, estaban en otra parte. Llegados los acuerdos de Munich, de septiembre de 1938, con el retroceso de las democracias occidentales, la posición general de los surrealistas será “niniste”, es decir ni Hitler, ni Stalin; y su compromiso no serán ya exactamente el del Surrealismo.

            1938: era el año en que Paul Éluard era expulsado del movimiento surrealista.

            Más allá de las disputas políticas y las reticencias, la mentalidad de capilla que denunciaba Michel Leiris (que no duda en hablar de la “abominable intelectualidad surrealista”), va ahuyentando a artistas que comienzan a explorar vías diferentes a aquellas elegidas por Breton; Georges Bataille se interrogaba sobre el poder del goce y del erotismo, Artaud se entregaba a una exploración psíquica vertiginosa y Raymond Queneau centraba su investigación en la complejidad del lenguaje.

En nombre mismo del grupo, las diferencias acerca del sentido del trabajo artístico tambien fueron notables; así, por ejemplo, se oponía la producción pictórica razonada del belga René Magritte a la más agitada de André Masson, Como tampoco existía apenas similitud entre artistas tal Dalí, que no renunciaban a la figuración –aun tratándose de objetos fantasmagóricos-, y otros que, como Miró, se orientaban por el camino de la abstracción.

Y no obstante, a pesar de sus divergencias, el movimiento surrealista iba a ejercer, en aquel período de entreguerras, una poderosa influencia y una fuerte capacidad de atracción. Más allá de la poesía y de la pintura, el movimiento surrealista afectó igualmente a la actividad cinematográfica (Buñuel y Dali: “Un chien andalou” (1928), “L’Âge d’or” (1930)), a la fotografía (Man Ray), a la escultura (Jean Arp), pero apenas al teatro, a pesar de algunas declaraciones más teóricas que efectivas (Artaud, Vitrac).

Y llegó la ocupación de Francia por los alemanes. Desde Nueva York Bretón expresaba una visión surrealista de la guerra en los “Prolégomènes à un troisième manifeste du surréalisme ou non” (1942).

Tras la Liberación, el surrealismo seguirá ejerciendo su influencia, provocando y desconcertando al público, como sucedía con la exposición inspirada en la magia primitiva (París, 1947), o el rechazo de Julien Gracq al premio Goncourt que le había sido atribuido por “Le Rivage des Syrtes” (1951).

Y en una óptica cercana a las aspiraciones libertarias, André Breton, había publicado “Ode à Charles Fourier” (1947) y proseguía su trabajo. En 1956, asumía la dirección de otra revista: “Le Surréalisme, même” que durará cinco años, seguida durante un tiempo de “La Brèche”, a partir de 1961.

Hasta su muerte en 1966, Breton trabajará en colaboración con algunos nombres como Robert Benayoun o Jean Schuster, que dirigirá luego “L’Archibras”, entre 1967 y 1969.

Será, precisamente, el poeta y periodista J. Schuster, presente en el surrealismo desde los 18 años en 1947, el ejecutor testamentario de su amigo Breton, y firmará también él, con su artículo “Le Quatrième Chant”, el acta de defunción del grupo, aquel 4 de octubre de 1969.

            El surrealismo tuvo amplia irradiacion internacional; en Bélgica, particularmente, donde René Magritte, entre otros, desarrolló su actividad; y sobre otras familias artísticas también, como la pintura abstracta americana.

Lejos de haber supuesto una ruptura radical, el surrealismo, tal como Breton quiso definirlo e ilustrarlo, podría ser considerado, en cierto modo, el resultado o término final tanto del romanticismo, en lo que aquel tenía de liberación y de ruptura, como del simbolismo, para instalarse entre los capítulos más notables del arte y la cultura contemporánea.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

Textos y documentos:

BÉHAR, Henri y CARASSOU, Michel: Le Surréalisme. Textes et débats (presentación); París, Le livre de poche, 1984.
BRETON, André:  Manifestes du Surréalisme; París, J.J. Pauvert, 1962.
PIERRE, José: Tracts surréalistes et déclarations collectives (presentación), t. I (1922-1939); París, Eric Losfeld y Le Terrain Vague, 1980.

Estudios:

GANOUILLET, Michel: Dada à Paris; .J.-J. Pauvert, 1965.
GUIEU, Ariane: Le Surréalisme; Bréal, 2002.
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MOREL, Jean-Pierre: Le Roman insupportable.L’Internationale littéraire et la France (1920-1932); París, Gallimard, 1985.
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PASSERON, René: Surréalisme; Terrail, 2005.
RACINE, Nicolas: Une revue d’intellectuels communistes dans les années 20, “Clarté” (1921-1928); “Revue française de Science Politique”, junio de 1967.

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