Proust, Marcel (1871-1922)

            Hijo de padre católico y de madre judía, Marcel Proust nacía en París el 10 de julio de 1871, durante los aciagos días de la insurrección de la Comuna, en el burgués apartamento del boulevard Malesherbes que ocupaban sus padres, Adrien Proust, un afamado médico de la capital y profesor de medicina en la Facultad, y Jeanne Clémence Weil, mujer culta y delicada, proveniente de una rica familia de Lorena; después de él, vendrá su hermano Robert en 1873, que un día será médico como su padre.

De constitución siempre débil y de carácter sensible hasta la susceptibilidad, desde la edad de los nueve años Marcel empieza a sufrir los síntomas del asma que le aquejará toda su vida y acabará limitando su vida social y su existencia. Pero su madre y sus abuela rodean su frágil infancia de los más tiernos cuidados, hasta la sobreprotección. Sigue, con la regularidad que le va dejando su enfermedad, las clases del lycée Condorcet y, concluidos ya sus estudios secundarios, los cursos de filosofía de Alphonse Darlu y de Henri Bergson.

Pasa los veranos en Illiers, no lejos de Chartres, en la casa de uno de sus tíos, o bien en las playas de Normandía, en Trouville, Dieppe y luego en Cabourg, de cuyos recuerdos nacerá Balbec.

Y, más allá de sus primeros ensayos desde los bancos del lycée de secundaria,  aborda ahora la literatura, aunque sólo como dilettante y hombre de mundo: Al tiempo que se sumerge en lecturas antes pospuestas durante sus estudios reglados (Saint-Simon, La Bruyère, madame de Sévigné…), da sus primeras producciones a la “Revue verte” y a la “Revue lilas” que han fundado condiscípulos suyos.

Después de un año de voluntariado en el ejército, en 1892 funda, con Fernand Gregh, Robert Dreyfus, Daniel Halévy, Robert de Flers, la revista “Le Banquet”. Luego reúne relatos, retratos y poemas en prosa, de escritura algo rebuscada y antigua, en un lujoso album que ilustrará Madeleine Lemaire, “Les Plaisirs et les Jours” (1896).

Licenciado ès-Lettres en filosofía en 1895, es nombrado “agregado no retribuido” en la “Bibliothèque Mazarine”, donde, de hecho, nunca se le verá. Y comienza, a partir de noviembre de este 1895 una novela autobiográfica, “Jean Santeuil”, en la que viene trabajando en secreto, que no terminará y que sólo se publicará en 1952.

Proust. Photo Otto (Exposición BNF 1965)

Proust. Photo Otto (Exposición BNF 1965)

Finalmente, a partir de 1900, traduce, con ayuda de su madre, diversas obras del teórico y crítico de arte John Ruskin (“la Bible d’Amiens”, “Sésame et les Lys”), al que ha descubierto el año anterior y que ejercerá sobre él una profunda influencia. Colabora igualmente en “Le Figaro”, y en los medios literarios se gana pronto la reputación de un dilettante amateur de alto y refinado gusto.

Ya, desde muy joven, Proust ha sentido gran atracción por la vida mundana y viene frecuentando diversos círculos: el salón de Geneviève Halevy, la viuda de Georges Bizet, casada luego con Émile Straus, abogado de los Rothschild, donde coincidía, entre otros, con los escritores Maupassant y Paul Bourget, con el músico Gounod y el libretista Henri Meilhac, o con Degas el pintor; el de la acuarelista Madeleine Lemaire, en cuyo salón y estudio de artista puede ver a la condesa Greffulhe y a madame Laure de Chevigné, futuros modelos de su obra; el de madame Arman de Caillavet, donde conoce a Anatole France, el rey de la casa; o el de madame Aubernon de Nerville. Y así conoce a ilustres representantes de la aristocracia, como el conde Robert de Montesquiou, que le llevará un día du côté des Guermantes; a escritores, y a músicos como Reynaldo Hahn, que será su amante durante un tiempo…Homosexualidad que aparece difusamente perceptible a lo largo de su obra.

            En 1902, Proust viaja a Holanda y tiene ocasión de ver la “Vue de Delft” de Vermeer. Y en noviembre de 1903, Marcel pierde a su padre, y a su madre en septiembre de 1905. Profundamente afectado, ha de pasar cierto tiempo en una clínica, para después, con la pena y su enfermedad ir alejándose del mundo y la sociedad. Se instala luego en la primera planta del 102 del boulevard Haussmann, donde permanecerá durante doce años, y prácticamente se confina en su habitación que manda revestir de corcho y aislar, cargada con el denso olor de sus fumigaciones. Allí escribe y publica algunos “pastiches” o parodias “A la manera de”, que le publican en “Le Figaro”, sobre Balzac, Edmond Goncourt, Flaubert, Faguet, Sainte-Beuve, Renan… Y recibe, es cierto, a algunos amigos, pero dedicará, en adelante, la mayor parte de su tiempo a la soledad y al trabajo.

Redacta observaciones acerca de la crítica literaria que serán publicadas en 1954, bajo el título de “Contre Sainte-Beuve”, y prepara un gran libro en el que, transpuestos, revivirán sus recuerdos.

Hacia 1911, considera ya haber llegado al final de su empresa, pero diversos editores como Eugène Fasquelle y la “Nouvelle Revue Française” rechazan la oferta. Bernard Grasset, finalmente, acepta publicarle (1.200 ejemplares por cuenta del autor), la primera  parte de lo que será una novela cíclica, “Du côté de chez Swann” (noviembre de 1913), pero aquel volumen pasa casi desapercibido, a pesar de las críticas positivas de Cocteau y de su particular amigo Lucien Daudet (hijo, como su hermano Léon, de Alphonse Daudet). Ya en mayo de este 1913 ha adoptado el título general de “À la recherche du temps perdu”.

Marcel Proust. Du côté de chez Swann

Marcel Proust. Du côté de chez Swann

Y así llegó la Primera Guerra Mundial y pasaron aquellos cuatro años de soledad y dispersión, salvo algunas cenas en el Ritz bajo los bombardeos.

            Terminado ya el conflicto, en octubre de 1919 se muda al 44 de la rue Hamelin. Y publica en Gallimard “À l’ombre des jeunes filles en fleurs”, por el que recibe el premio Goncourt de ese año, y la reputación de Proust beneficia ahora de un extraordinario capricho.

Estimulado por aquella inesperada y excelente acogida, el escritor se aplica, a pesar de su enfermedad, a perfeccionar su obra, que ahora desborda el primitivo proyecto y a la que se consagra, obsesionado por terminarla, al precio de una increíble energía que va minando su vida.

Pronto aparecen “Le côté de Guermantes” (1920-1921) y “Sodome et Gomorrhe” (1922); luego, después de su muerte, bajo el cuidado de su hermano Robert Proust y de Jacques Rivière, son publicados “La Prisonnière” (1924), “Albertine disparue” (1925), “Le Temps retrouvé” (1928). Y el conjunto constituye una quincena de volúmenes, bajo el título colectivo de “À la recherche du temps perdu”.

Marcel Proust moría en su domicilio parisiense el 18 de noviembre de 1922, víctima de una neumonía. Y está enterrado en el cementerio del Père Lachaise.

Du côte de chez Swann –Por el camino de Swann: Fruto de una fortuita asociación, todo un pasado vuelve a la memoria del Narrador. He aquí Combray (Illiers), donde la familia pasa sus vacaciones y donde él vivió tantos días felices siendo niño. De camino a Méséglise, nos encontramos con la casa de M. Swann, un antiguo clubman parisiense, que amó a la frívola Odette de Crécy, con la que, después de crueles pruebas y sufrimientos, habia contraido matrimonio. Y los ensueños del narrador le llevan también, a veces, en la dirección de la prestigiosa mansión rural de los Guermantes.

Unos años después, en París, Gilberte, la hija de Swann, se convierte en su compañera de juegos y le inspira su primer amor.

À l’ombre des jeunes filles en fleur –A la sombra de las muchachas en flor: El Narrador frecuenta el salón de los Swann. Pero Gilberte se va alejando y él acaba olvidándola también. En la playa normanda de Balbec, un grupo de chicas jóvenes llama su atención; entabla amistad con ellas y en el grupo distingue, sobre las demás, a Albertine Simonet.

Le côté des Guermantes –El mundo de los Guermantes- : En París, el Narrador siente una gran pasión por la duquesa de Guermantes y en vano aspira a ser recibido en su salón. La muerte de su abuela y los inicios de una relación con Albertine, apartan el curso de sus preocupaciones. Introducido, finalmente, en casa de los Guermantes, conoce y observa a la gloriosa y secreta aristocracia del faubourg Saint-Germain.

Sodome et Gomorrhe:  En primer plano de la narración aparece monsieur de Charlus, hermano del duque de Guermantes, aristócrata de desconcertantes maneras, grosero o delicado, cruel unas veces, bueno otras, imperioso o humilde… Otros salones permanecen también abiertos a la curiosidad del Narrador, particularmente el de la burguesa madame Verdurin. De nuevo en Balbec, vuelve a encontrar “la petite bande”, descubre estupefacto las extrañas costumbres de Albertine y, presa de los celos, siente en su interior una pasión que le tortura.

La Prisonnière: Donde aparece el amor celoso y posesivo que el Narrador siente por Albertine, que ha aceptado vivir con él en París. Él sigue considerando la posibilidad de matrimonio, aun sintiendo que, he hecho, ya no la ama, ni la encuentra tan hermosa. “Prisionera”, él nota que Albertine se le va escapando, con sus pequeños secretos y los silencios a las preguntas que él le hace sobre sus salidas.

Albertine disparue (o La Fugitive): Una mañana Albertine desaparece, para enterarse luego el Narrador de su muerte accidental de una caída de caballo, cuando, al parecer, tras muchos ruegos, ella ya había decidido regresar; después y retrospectivamente, él sufre de sus traiciones y sólo con esfuerzos va consiguiendo encontrar la paz interior.

Le Temps retrouvé  -El Tiempo recobrado- (novela de una novela): Llega la Primera Guerra Mundial. El Narrador observa irónico o melancólico las transformaciones de la sociedad que él había descrito. De camino a una matinée en el salón de la princesa de Guermantes, descubre en un destello mental la verdad que viene a dar luz y a justificar su narración: fijar en una obra los momentos de un pasado que no volverá es como volver a encontrar le temps perdu.

            Proust tuvo una infancia excepcionalmente feliz y mimada, y esos años de felicidad aparecen en los primeros volúmenes del ciclo. Recuerda la ternura de una madre que, cada noche, venía a darle un beso al acostarse, las manías de tante Léonie, una tía de provincias, y la ingenua dignidad de una sirvienta. Describe la casa de Illiers, los campanarios del entorno, los lirios de agua del río Vivonne… Y evoca también los jardines de los Campos Elíseos, adonde iba a veces algunos jueves y domingos, o después de las clases de secundaria; pensando en las niñas con las que compartía juegos, recrea la imagen ideal de Gilberte Swann. Y ese mundo infantil le aparece como un prestigioso paraíso en la Tierra.

Luego Proust tuvo ocasión de observar las costumbres de la sociedad mundana, de la que da minuciosa cuenta. Si es cierto que no hay una clave única para cada uno de sus personajes, todos, sin embargo, están descritos según sus observaciones: Swann, pelirrojo y con el cabello cortado a cepillo, se parece a cierto miembro del Jockey-Club, llamado Charles Haas (al que conoció en el salón de madame Straus), pero debe su erudición a otro israelita, Charles Éphrussi; el barón de Charlus presenta los modales insolentes y bruscos del conde Robert de Montesquiou, pero el aspecto físico y las costumbres de un tal barón Doazan. Y a través de esas amalgamas se constituye toda una galería de tipos sociales: la duquesa de Guermantes encarna el orgullo aristocrático; madame Verdurin ilustra el esnobismo burgués. Y ese universo de los salones, tan buscado durante un tiempo por el autor, es juzgado luego con una severidad no carente de humor.

Aplicado a estudiar el trabajo del subconsciente, el escritor ha estudiado también el mecanismo de la pasión amorosa y de ella da numerosos ejemplos con cruel lucidez. Cuando Swann se interesa por Odette y se encapricha de ella, la adorna con todas las virtudes en su imaginación, pero pronto el entusiasmo cede ante la inquietud y la decepción de no poder penetrar en el secreto mundo de aquella a la que ama; luego se da cuenta de que Odette se va alejando de él; y las dudas y el tormento de los celos contribuyen a exasperar su amor por ella, que una prolongada separación acabará, sin embargo, destruyendo. También el Narrador se siente bajo la fascinación de Gilberte o de Albertine, cuando se enamora de ellas, y atraviesa las mismas zozobras antes de encontrar la paz en el olvido. Todas las aventuras así imaginadas se desarrollan según una ley constante, de la que el mismo novelista ha conocido, según otras modalidades, el inflexible rigor. El mundo de las pasiones es una tragedia en el que el alma se agota, para terminar hundiéndose en el desencanto.

            La sujeción al tiempo – El tiempo causa estragos en nuestro cuerpo, y la vida de nuestra mente, inestable e incoherente, aparece como una sucesión de períodos donde nada de lo que sostenía el anterior subsiste en el que sigue: “la desagregación del “yo” es una muerte continua” –escribe-.

Gracias a su lucidez de enfermo crónico, hipersensibilizados los sentidos, Proust constata con angustia la corrupción primero, y luego la destrucción de las cosas por el Tiempo. Aquel paraíso infantil se ha perdido, la muerte nos priva de familiares queridos y nuestro corazón sólo acaba conservando de ellos un recuerdo intermitente. El amor, pura creación de nuestra mente, es un espejismo que va descubriendo, al disiparse, una realidad vulgar. Tampoco la vida social tiene más existencia real: el mundo aristocrático se hunde, el faubourg Saint-Germain se disuelve, y aquellos rígidos usos sociales revelan su vanidad.

Y, sin embargo, el pasado no muere para siempre, sino que permanece soterrado en las profundidades de nuestro inconsciente. Y esos momentos de resurrección se producen cuando una sensación presente trae a nuestra memoria afectiva una sensación vivida en otro tiempo. Así, el contacto sobre los labios del Narrador de una servilleta almidonada le trae una impresión idéntica vivida en otro tiempo en el Gran-Hôtel de Balbec: y entonces resucitan mil emociones de la vida pasada. Viviendo en dos instantes distintos al mismo tiempo, podemos tener la sensación de escapar a la servidumbre del tiempo y de acceder a una especie de eternidad.

Pero semejantes sensaciones son infrecuentes y fugitivas, y sólo nos aportarían un goce precario, sin el concurso de nuestro espíritu, que ha de responder a esas llamadas espontáneas y sacar de nuestras intuiciones fugaces alguna verdad permanente. Esa elaboración, que consagra nuestra victoria sobre el Tiempo, es lo propio del Arte.

El arte de Proust

            Para Proust, el artista no puede contentarse con un realismo estrecho que reproduzca las apariencias. La verdadera visión es la visión enriquecida con los múltiples matices que el recuerdo asocia. “Por ejemplo, el ver las tapas de un libro ya leído ha tejido en los caracteres de su título los rayos de luna de una lejana noche de verano,”  Crear una obra de arte es, pues, ejercitar esa memoria afectiva de la que la mayoría de las personas desdeñan ahondar las sugerencias para captar las insospechadas relaciones.

            El arte es una especie de religión para Proust, y toda su obra resulta un largo comentario acerca de la creación literaria y artística. Cualquier obra maestra resuena en nosotros como una “llamada hacia un goce supraterrestre”. Todo artista es como un sacerdote que ejecuta los ritos de una iniciación. Cuando Vermeer pinta en su “Vue de Delft”, un pequeño lienzo de muro amarillo, lo transfigura con su genio, hasta el punto de expresar en su tela toda la poesía divina que se oculta bajo las apariencias. De igual manera, un motivo musical salido de lo hondo de un alma inspirada, le aporta al oyente el eco de una patria celeste de la que la inmediatez de lo contingente le habia hecho perder el recuerdo. Y así, por la intercesión de los grandes pintores y músicos, llegamos a conocer “esa realidad lejos de la cual vivimos…y que, simplemente, es nuestra auténtica vida, descubierta e iluminada”.

            Y para expresar esas relaciones de las que él habla, el escritor recurre a las metáforas, que, entre dos objetos, pone en evidencia una analogía implícita (“À l’ombre des jeunes filles en fleurs”), o a la comparación, hilada a veces a lo largo de una frase sinuosa. La frescura y la profusión de la imágenes que surgen así en cada página mantienen, a lo largo de toda la obra, un clima de intensa poesía.

            Otros textos de Proust son también:“Chardin y Rembrandt”, escrito en 1895 y sólo publicado en 2009; y “La muerte de las catedrales”, de agosto de 1904 (con ocasión de cierto proyecto del anticlerical ministro Aristides Briand, en relación con la ley de separación de la Iglesia y el Estado).

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

BARDÈCHE, Maurice: Marcel Proust romancier. 2. Les Sept couleurs, 1971. 
BOUILLAGUET, Annick, BRIAN G. Rogers (dir.): Dictionnaire Marcel Proust; Honoré Champion (“Dictionnaires et références”), 2004.
BRÉE, Germaine: Du Temps perdu au Temps retrouvé; introduction à l’oeuvre de Marcel Proust; Les Belles lettres, 1969. 

CATTAUI, Georges: Marcel Proust; Ginebra, 1956. Proust et son temps. Proust et le Temps; Julliard, 1952; también: Proust perdu et retrouvé; Plon, 1963.
COMPAGNON, Antoine: Proust entre deux siècles; Seuil, 1989.
ERMAN, Michel: Marcel Proust; Fayard, 1994.
MAURIAC, Claude: Proust par lui-même; Seuil (“Écrivains de toujours”), 1953.
MEGAY, Joyce N.: Bergson et Proust. Essai de mise au point de la question de l’influence de Bergson sur Proust; Paris, Librairie philosohique J. Vrin, 1976.
PAINTER, George D.: Marcel Proust; París, Mercure de France, 1966.
PIERRE-QUINT, Léon: Marcel Proust, sa vie et son oeuvre; Sagittaire, 1925 y ediciones poteriores.
TADIÉ, Jean-Yves: Marcel Proust; NRF/Biograhie; Gallimard, 1996.

En español:

GRIMALDI, Nicolas: El beso de buenas noches. Sobre la psicología de Proust, Barcelona, Entre ambos, 2016.
MATAMORO, Blas: Por el camino de Proust; Barcelona, Anthropos, 1988.
MAUROIS, André: En busca de Marcel Proust; Janés, 1951 y ediciones posteriores.
PAINTER, George D.: Marcel Proust, biografía; Barcelona, Lumen, 1967 y otras ediciones.

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