República, Tercera – (1870-1940)

            La Tercera República quedó fundada por la revolución del 4 de septiembre que vino a estallar en París al conocerse la capitulación de Sedan. Los jefes republicanos de la oposición bajo el Segundo Imperio, los Gambetta, Jules Favre, Jules Ferry, Jules Simon… proclamaron la república en el Hôtel-de Ville o municipalidad, y formaron un gobierno provisional que tomó el nombre de “Gouvernement de la Défense nationale”, cuya presidencia fue confiada al general Trochu. París fue asediado por los prusianos a partir del 19 de septiembre, pero aquellos republicanos, que se acordaban del “levantamiento en masa” de 1792, quisieron emular a sus mayores y proseguir la resistencia: Gambetta se puso al frente de la delegación de Tours para organizar la guerra en provincias.

Pero aquellos ejércitos improvisados fueron derrotados y París hubo de capitular el 28 de enero de 1871; ese mismo día fue firmado el armisticio franco-prusiano. Prusia exigía una Asamblea legalmente constituida con quien firmar la paz, y por toda Francia (territorios ocupados incluidos) se organizaron elecciones por sufragio universal que arrojaron, finalmente, una mayoría de rurales monárquicos favorables a la paz. Y aquella Asamblea, elegida el 8 de febrero,  fijó su sede provisional en Burdeos.

Para hacerles frente a jacobinos y gambettistas Adolph Thiers fue designado “Chef du pouvoir exécutif de la République française” el 16 de febrero de ese 1871, si bien añadiendo aquella Asamblea la previsora fórmula de “en attendant qu’il soit statué su les institutions de la France” (“a la espera de que quede estatuído acerca de las instituciones de Francia”).

Y es que, por el “Pacto de Burdeos”, de 19 de febrero de 1871, Thiers y las diferentes tendencias habían decidido dar prioridad absoluta a la reorganización del país y dejar para más adelante la discusión sobre la forma definitiva del gobierno.

            El nuevo régimen iba a conocer al principio una existencia precaria, amenazado por su izquierda con la insurrección de la Comuna (del 18 de marzo al 28 de mayo de 1871) y a la derecha por la mayoría monárquica que ocupaba la Asamblea nacional.

            Thiers, que ya había dado pruebas de clarividencia intentando evitar la guerra el año anterior, dará orden de ratificar en Francfurt (10 de mayo de 1871) aquellos anteriores preliminares de paz: Francia perdía Alsacia y buena parte de Lorena, y se veia imponer el pago de una enorme indemnización de guerra de cinco mil millones de francos.

            La fórmula republicana daba un primer paso el 31 de agosto de 1871, cuando la “Constitution Rivet”, (o “ley Rivet”), le atribuía a Thiers el titulo oficial de “Président de la République; pero el debate sobre las instituciones definitivas de Francia se abría el 13 de noviembre de 1872 con un mensaje de Thiers en favor de la solución republicana como único regimen durable en Francia: “La República existe y es el gobierno legal del país, querer otra cosa supondría una nueva revolución (…). La República sera conservadora o no será”. Los realistas consideraron roto el pacto de Burdeos y provocaron la caída de Thiers (24 de mayo de 1873), que fue sustituido por el mariscal de Mac-Mahon, personalmente favorable al restablecimiento de la monarquía, aunque respetuoso con sus deberes constitucionales.

La República acabará instalándose en Francia, más por un golpe de suerte en favor de sus partidarios y por desunión de los propios monárquicos, que por convicción profunda y expresada del fondo del país. A pesar de la adhesión del conde de París, jefe de la Casa de Orleáns, al duque de Burdeos, conde de Chambord, “Henri V” -gesto importante que hacía preveer la restauración como cercana-, la cuestión de la bandera (¿la blanca de los monárquicos, o la arraigada tricolor?) y la intransigencia del último pretendiente (carta de 23 de octubre de 1873 a Charles Chesnelong, uno de los jefes legitimistas), harán fracasar definitivamente las negociaciones. (Muerto luego Chambord sin heredero, la Casa de Orleáns será, en adelante, la teórica heredera del trono de Francia).

            Entretanto, despejada la hipoteca político-social de la Comuna, la recuperación financiera y económica se hacía a buen ritmo; la confianza de los inversores volvió enseguida, y el empréstito para la obtención de los cinco mil millones de indemnización al vencedor fue cubierto ampliamente. A partir de septiembre de 1873, las últimas tropas alemanas evacuaban el país. Y Thiers recibió el nombre de “liberador de la patria”.

            Vistos el posicionamiento de Thiers, y la rigidez del conde de Chambord, solo les quedaba a los monárquicos dejar la cuestión en suspenso, a la espera de la muerte del pretendiente, con lo que aquella mayoría (después de haber obligado a Thiers a retirarse), no vio otro recurso que hacer votar la ley del septenado que confiaba el poder ejecutivo a Mac-Mahon por una duración de siete años (20 de noviembre de 1873). Y el duque de Broglie se hizo el adalid del “Ordre moral” aplicando una política conservadora y defensora de la Iglesia.

            Pero aquella mayoría monárquica se fue disolviendo, consecuencia de la falta de perspectiva y del acercamiento de muchos orleanistas hacia los republicanos conservadores; lo cual iba a permitir el voto de las llamadas leyes fundamentales, que formarán la Constitución de la III República; por un lado, la enmienda Wallon que, votada por sorpresa, el 30 de enero de 1875, y por un voto de diferencia, decia: “El presidente de la República, elegido por mayoría absoluta de los sufragios por el Senado y la cámara de los diputados, reunidos en Asamblea nacional, es nombrado por siete años y reelegible”; y, por otro, las leyes constitucionales de los días 24 y 25 de febrero de 1875, de cuyo diseño final resultó que aquella República sería un régimen parlamentario, con un presidente elegido por sufragio indirecto y un parlamento compuesto de:

  • Cámara de los diputados, por cuatro años y sufragio universal.
  • Senado por nueve años y poderes judiciales, además de los ordinarios compartidos con los diputados, formado de hombres de al menos 40 años, elegidos por sufragio colegial.

            Esta “Constitucion” republicana de 1875, sin preámbulo ni declaración de principios, que la Asamblea hubo de votar aun temiéndola, iba a revelarse, entre innumerables crisis e inestabilidad ministerial, como la más duradera de cuantas se habían intentado desde 1791.

Una ligera modificación constitucional tendrá lugar en 1884, que suprimirá los senadores inamovibles.

            Las elecciones de 1876 les habían dado la victoria a los republicanos y Mac-Mahon trató de resistir, haciendo dimitir a Jules Simon como jefe del gobierno y disolviendo la Cámara, lo que provocó una crisis (del 16 de mayo), que la oposición llamó “golpe de Estado institucional”. Las nuevas elecciones reafirmaron a los republicanos y Mac-Mahon se sometió para luego dimitir (30 de enero de 1879.)

            Después de la elección de Jules Grévy a la presidencia de la República, los republicanos, dueños del poder, encontraron en el anticlericalismo su aglomerante, y así pagó  la Iglesia Católica su compromiso con el “Orden moral”.

Imbuídos de una rígida moral sin Dios, de un ideal masónico y de una especie de misticismo cientificista, queriendo arrebatarles la enseñanza a las congregaciones, hicieron de la nueva escuela, laica, gratuíta y obligatoria, las bases de su régimen. Período conocido como de “la República oportunista” y marcado por la influencia de “dinastías burguesas”, de politicos ligados a los grandes negocios (los Rouvier, Freycinet, Ferry…), que incitaron a grandes gastos de equipamientos y al desarrollo de una política colonial. Y esos mismos hombres supieron también darle a Francia el régimen más libre hasta entonces conocido: desde 1879/80, fue votada la amnistía para los condenados de la Comuna; el segundo ministerio Ferry (1883/85) decidió la abolición de los senadores inamovibles y la elección de los concejales municipales  por sufragio universal, consagró la libertad de prensa, el derecho de reunión, de huelga y de asociación e hizo votar la ley del divorcio que había sido abolido con la Restauración (27 de julio de 1884).

            Después de la desgraciada guerra con Prusia, la nueva República venía observando en Europa una actitud de recogimiento y, aun cuando hubo establecido, a partir de 1872, el servicio militar obligatorio, se esforzaba por desviar hacia la expansión colonial los sentimientos belicosos de una opinión revanchista sobre Alemania. Lo consiguió a medias, porque el imperialismo colonial nunca fue en Francia la gran pasión popular que conoció en Inglaterra. Y en marzo de 1885, algunas dificultades en la conquista del Tonkin provocaron la caída de Ferry.

Sin embargo, a pesar de la inestabilidad ministerial, la Tercera República prosiguió la expansión por ultramar, respondiendo no únicamente a ambiciones económicas y estratégicas, sino también a exigencias morales, porque Francia venía considerándose a sí misma, desde los tiempos de la Gran Revolución, la mensajera de la razón y de la democracia. La colonización del África Ecuatorial, comenzada por Brazza a partir de 1872, continuó hasta 1910; la conquista del África Occidental se emprendió en 1879; el Annam y el Tonkin se convirtieron en protectorados en 1882/85, y Madagascar se vio colonizada en 1896. En vísperas de la “Grande Guerre”, las colonias francesas englobaban 10 millones de km2 y  cerca de 50 millones de habitantes.

Y, no obstante, la opinión metropolitana, calentada por Clemenceau o los Déroulède, mantenía la mirada fija sobre “la línea azul de los Vosgos”. Al anexionar Alsacia-Lorena en 1871, Bismarck había cometido el error de despertar en los franceses los demonios del nacionalismo. Asociándose a un antiparlamentarismo que “l’affaire des décorations” (1887) había venido a fortalecer, fue ese nacionalismo exasperado la causa de la “crisis boulangista” de 1886/89.

            El general Boulanger había llegado a director de la Infantería en el ministerio  de la Guerra, después de una buena hoja de servicios en diversos escenarios. Y luego a general de división de las tropas estacionadas en Túnez. Con el apoyo de Clemenceau, fue nombrado ministro de la Guerra en el gobierno Freycinet (1886). Las reformas que emprendió en su cargo (ley de exilio contra los príncipes, supresión del sorteo en el servicio militar, además de su hostilidad a Alemania) le hicieron apartar del ministerio por Rouvier en 1887, cuando ya había cristalizado en torno a él una heteróclita oposición de descontentos (nacionalistas deseosos de revancha, bonapartistas  e incluso monárquicos).

Pasado a la reserva por el gobierno en 1888, Boulanger se presenta a la elecciones, cuando el caso Wilson había agravado la oposición al régimen parlamentario. Apoyado por sus partidarios (Déroulède, Rochefort…),. que habían formado la Liga de patriotas, fue plebiscitado en varios departamentos, y luego en París en 1889. Pero, en parte por influencia de su amante madame de Bonnemain, y en parte también por pusilanimidad personal, renuncia a marchar contra el Elíseo, cuando ya sus partidarios le instaban a ello, dejando al gobierno el tiempo de tomar medidas contra él.

Acusado de complot contra el Estado, Boulanger huyó al extranjero, estuvo en Bélgica (abril de 1889), y pasó un tiempo en Inglaterra, antes de acabar pegándose un tiro en Ixelles, cerca de Bruselas, en 1891, sobre la tumba de su amante, fallecida poco antes.

            Después del escándalo de Panamá (1889/93), encontró el nacionalismo también nueva ocasión de afirmarse con ocasión del caso Dreyfus (Affaire Dreyfus, 1894/1899).

Un oficial judío, el capitán Alfred Dreyfus, había sido detenido en octubre de 1894, acusado de alta traición. Declarado culpable  -a la vista de ciertos papeles manuscritos que dijeron ser suyos- de haber comunicado información militar a la embajada de Alemania, había sido condenado a cadena perpetua por un consejo de guerra, y enviado a la Isla del Diablo. En aquella época (a pesar de que el consejo de guerra hubiera obtenido ilegalmente comunicación de piezas ignoradas por la defensa, y otras irregularidades formales), el veredicto había merecido escasa atención, ¡si bien algunas voces, como Jaurès y Clemenceau habían deplorado la excesiva indulgencia del tribunal!

Pero Dreyfus no estaba solo, su familia se propuso demostrar su inocencia y luchó hasta obtener la revisión del proceso.

            La defensa del ejército, instrumento de la futura revancha, degeneró en antisemitismo y en xenofobia.

            Y el caso de Fachoda, Sudán, en 1898, provocó una explosión de odio contra Inglaterra, y fue necesaria toda la energía del ministro de Exteriores Delcassé para neutralizar poco a poco esa corriente y llegar así a la “Entente cordiale”.

No es menos cierto que la Francia nacionalista, a pesar de contar con valedores de talento, como Barrès y Maurras, la Tercera República, continuaba siendo minoritaria en el país. Los últimos años del siglo XIX vieron también el desarrollo del sindicalismo (fundación de la CGT en Limoges, en 1895) y el progreso del movimiento socialista (cuya unidad iba a realizarse en 1905, después del Congreso de Amsterdam).

 

La República radical. Hacia la guerra (1899-1914)

            La revisión del proceso Deyfus (“J’accuse” de Zola, en “l’Aurore” de Clemenceau, el 14 de enero de 1898), vino a suscitar una poderosa renovación de la mística republicana, y la constitución del “Bloc des gauches” trajo la formación de los gobiernos Waldeck-Rousseau (1899/1902) y Combes (1902/1905).

Después del fracaso del “ralliement” -más que “adhesión”, simple aceptación de la República, aconsejado por León XIII (1890)-, la mayoría de los católicos, que no perdonaban al régimen las leyes laicas de Jules Ferry, se volvió a encontrar en el campo antirrepublicano durante el caso Dreyfus. Y es que fue en el anticlericalismo, una vez más, como los republicanos rehicieron su unidad.

Después de la promulgación de la ley sobre las congregaciones, de 1901 -aplicada por Combes mucho más agriamente de lo que Waldeck-Rousseau había deseado-, Francia rompía sus relaciones en 1904 con la Santa Sede y, en diciembre de 1905, proclamaba la separación de las iglesias y del Estado. Aquella ley fue condenada por Pío X, pero ella iba a permitir, paradógicamente, a la Iglesia de Francia, liberada ahora de las ataduras del viejo concordato de Bonaparte de 1801, conocer una rápida y brillante renovación.

No bastaba el anticlericalismo para construir una política: a partir de 1906, se asiste al resquebrajamiento del Bloque de izquierdas, con los radicales solos en el poder con Clemenceau (1906/09). En adelante, las cuestiones sociales se volvieron más importantes que las religiosas, a pesar de la fijación por la ley Millerand, de la duración de la jornada de trabajo en diez horas (1900); porque, a pesar de la que luego se llamará “Belle époque” (1896-1914), retrospectivamente idealizada (solidez del régimen, influencia y brillo de Francia y de su cultura, avances científicos, exposiciones…), la apariencia era engañosa y las condiciones laborales del obrero francés seguían siendo mucho más precarias que las de sus compañeros alemanes e ingleses, que ya beneficiaban de un importante sistema de protección social. Y graves alteraciones del orden público tienen lugar entre 1907 y 1910. La represión enérgica llevada a cabo por Clemenceau terminó por dislocar aquella unión de las izquierdas y, hasta la guerra, el régimen va a conocer una grave inestabilidad ministerial.

            Tras el retraimiento, a partir de 1890, la Tercera República adopta una política exterior muy activa: la alianza franco-rusa, tan temida por Bismarck, es un hecho a partir de 1892. Después de un efímero intento de acercamiento a Alemania con el gobierno de Hanotaux, Delcassé realiza la “Entente cordiale” con Inglaterra en 1904, y ello, a pesar de la hostilidad de la opinión. Y Alemania se encontró aislada internacionalmente cuando vino a surgir la primera crisis de Marruecos, en la conferencia de Algeciras de 1906. La ocupación de Fez por las tropas francesas, en mayo de 1911, provocó una fuerte respuesta germánica, con el envio de la cañonera Panther a Agadir, en julio siguiente, si bien la diplomacia personal de Caillaux permitió evitar el conflicto, al tiempo que aseguraba la libertad de acción del gobierno de París en Marruecos (acuerdo franco-alemán, de noviembre de 1911).

            Y es que, aletargado después del caso Dreyfus, el nacionalismo volvía a conocer un nuevo resurgir (fundación en 1908, de la “Action française” cotidiana). Después de la crisis bosniaca de 1908/09, Europa entera se había adentrado en la carrera armamentística, mientras, en Francia, se alzaba Jaurès alertando a la opinión, como voz en el desierto. A la ley de 1913, instituyendo el servicio militar de tres años, respondía el triunfo de la izquierda pacifista en las elecciones de mayo de 1914. Sin embargo, el nuevo presidente de la República Poincaré, instalado en funciones en enero de 1913, originario de Lorena y poseído, también él, por el anhelo irredentista, desarrollaba su política personal de firmeza a toda costa, frente a la amenaza alemana. Su acción, o mejor su inacción sobre el aliado ruso iba a pesar trágicamente en el desencadenamiento de la guerra mundial.

            Con una moneda fuerte, que era aún la primera del mundo, y con un vasto imperio colonial, Francia realiza también grandes progresos económicos durante la Tercera República: la producción de hulla triplica desde 1870, cuadruplica la de hierro, y se multiplica por diez la de acero¸ pero esos avances siguen manteniendo a Francia muy por detrás de su principal rival en el Continente. La industria mecánica es mediocre (salvo en el sector del automóvil, la primera en Europa por entonces); ni tampoco las industrias química y eléctrica pueden compararse a las de más allá del Rin.

Y, desde el punto de vista demográfico, el país que durante mucho tiempo había sido la nación más poblada de Europa, en cuarenta años, sólo aumentaba su población de 36 a 39 millones, mientras que, durante el mismo período, Alemania había pasado de 41 a 67 millones de habitantes.

 

            La Grande Guerre, o  Primera Guerra Mundial (1914-1918) y la Francia de contradicciones.

            En el ánimo de los beligerantes, la guerra que estallaba en el verano de 1914 iba a ser corta, pero el fracaso de las primeras ofensivas vendrá a arruinar semejante expectativa. Y Europa se instala entonces en la guerra durante cuatro largos e indecibles años. En 1915 y 1916 los combate de trincheras no consiguen inclinar la balanza en un sentido u otro y los adversarios se agotan. Y esta guerra sin precedentes, costosísima en hombres y material, impone una movilización total de la economía y de la opinión. El cansancio era ya general en 1917.

Con la decisión de los EE.UU. de entrar en la guerra, en la primavera de 1917, será 1918 el que traiga, finalmente, la salida del conflicto, con decisivas batallas en este frente occidental, porque l’Entente y el campo democrático contaban ahora con la superioridad material. Al Este, los imperios centrales se hundían en noviembre.

Se firmó el armiticio, y Philippe Pétain, nombrado ahora mariscal de Francia, hacía su entrada en Metz el 19 de noviembre, Castelnau el 22 en Colmar, y ese día también Gouraud en Estrasburgo. Las tropas alemanas evacuaron Alsacia-Lorena y aquellas provincias recuperadas acogieron al ejército liberador con entusiasmo.

            Pero la Primera Guerra Mundial le había costado a Francia 1.400.000 muertos, los gastos de guerra se elevaban a 150 mil millones de francos-oro aproximadamente, y la deuda pública alcanzaba los 219 mil millones de francos. Toda la Francia del NE había quedado devastada. Pero la conmoción moral resultaría más grave todavía, porque Francia sintió que sólo había podido vencer con la ayuda decisiva de Inglaterra y de los EE.UU. Con lo que Francia no estuvo en condiciones de dictar ella sola la paz.

            La Conferencia de París pondrá de relieve, en 1919, las graves divergencias entre los Aliados, y el tratado de Versalles que se firmaba el 18 de junio dejaba en el país casi tanta amargura y rencor como en Alemania. Francia no pudo obtener la anexión de Renania que los sectores militares reclamaban y hubo de contentarse con una garantía anglo-americana para el caso de un nuevo conflicto. Como el Senado americano –volviendo al aislacionismo-, se negó a ratificar aquel tratado, la garantía en cuestión quedó perdida y el Reino Unido retiró la suya. Las reparaciones impuestas a Alemania por la Conferencia de Spa (1920) no iban a ser pagada con regularidad y, después de varias reducciones (plan Dawes, 1925; plan Young, 1929), cesaron completamente en 1932. El alza de los precios y el espectáculo de la opulencia que ostentaban los “nuevos ricos”, aprovechados de la guerra, provocaron desde el final mismo de las hostilidades un grave malestar social, cuando el campo y las ciudades de Francia, rebosaban ahora de lisiados, inválidos y enfermos por las secuela del infernal conflicto.

            El año 1920 vino marcado por numerosas huelgas, particularmente en los ferrocarriles. Clemenceau concedió la jornada de ocho horas, pero la activa propaganda bolchevique progresaba entre la clase obrera y entre la marinería. Después del Congreso de Tours (1920) quedó creado el partido comunista francés (S.F.I.C.); y la escisión en el movimiento socialista repercutió en la organización sindical, habiendo fundado los comunistas una C.G.T.U. rival de la C.G.T.

            El miedo del bolchevismo había contribuido a la victoria del Bloc national (conservadores y nacionalistas) en las elecciones de diciembre de 1919. Francia adormecida por el eslogan de “l’Allemagne paiera!” se dejó llevar por la ilusión de las reparaciones, presentada como la panacea a la crisis económica y financiera. Numerosos dirigentes franceses, practicando una politica de bajo vuelo, consideraban tranquilamente la perspectiva de la ruina completa del vecino alemán, sin darse cuenta de lo peligroso que resulta siempre reducir un gran pueblo a la desesperación y empujarle por el camino del nihilismo (putch fallido de Hitler, de nov. de 1923).

            Aislado entre la clase polìtica, Aristide Briand, mostraba, él, una visión de futuro. El que llamaban “Apóstol de la paz”, soñaba con fundar una solidaridad europea sobre las bases de la reconciliación franco-alemana y del arbitrio de la Sociedad de Naciones (SDN). Pero la dimisión de Paul Deschanel, que daba señales de alienación mental, había llevado a la Presidencia de la República, en septiembre de 1920, a Alexandre Millerand, venido del socialismo y jefe ahora de la mayoría del Bloque nacional (que se mantendrá hasta junio de 1924), el cual pretendía reforzar el poder del Presidente y llevar desde el Elíseo una política personal.

En enero de 1922, Briand quiso hacer concesiones a Alemania en la Conferencia de Cannes, pero Millerand le obligó a retirarse, sustituyéndolo en la presidencia del Consejo por Raymond Poincaré (enero de 1922-junio de 1924), aquel al que la izquierda llamaba “Poincaré-la-guerre”, recordando su responsablidad en el inicio del conflicto de 1914.

Adalid del nacionalismo francés, Poincaré llegaba decidido a hacer que Alemania pagará y, al primer pretexto, ordenó ocupar militarmente la región del Ruhr (enero de 1923), pero hubo de afrontar la resistencia pasiva de los alemanes y la enemistad de Inglaterra. Semejante política y las veleidades de Millerand (discurso en la prefectura de Évreux, del 14 de oct. de 1923, abogando por una reducción del poder del parlamento en favor del ejecutivo), provocaron la formación del Cartel de izquierdas (socialistas, radicales-socialistas, izquierda radical) que le ganó al Bloc nacional en las elecciones de mayo de 1924. Millerand hubo de dimitir y fue sustituido en el Elíseo, al mes siguiente, por Gaston Doumergue.

            El regreso al poder de la izquierda iba a acarrear también un cambio sustancial en la política exterior de Francia: ministro de Negocios Extranjeros casi sin interrupción, desde abril de 1925 a enero de 1932, Briand llegaba a los acuerdos de Locarno (1925), que habrían de garantizar la frontera francesa del Este (y permitir a Alemania entrar al año siguiente en la SDN), se entrevistaba en Thoiry con el ministro de Asuntos Exteriores alemán Stresemann (septiembre de 1926) y firmaba, el 27 de agosto de 1928 el pacto Briand-Kellogg de solemne renuncia a la guerra como instrumento de política nacional, que suscribirán otros 57 países. Gestos espectaculares, todos ellos, que hicieron nacer grandes esperanzas, pero resultarán ilusorios. Porque cualquier tentativa de reorganización pacífica de Europa, tras la Primera Guerra Mundial, quedaba viciada por el hecho de que la Sociedad de Naciones no había sido dotada de un poder sancionador eficaz. Aquel acercamiento franco-alemán no iba a sobrevivir llegada la crisis de 1929, que, hundiendo otra vez a Alemania en nuevas dificultades económicas, iba a permitir la llegada de Hitler al poder.

            A pesar de la magnitud de su ruina, el país se habia recuperado rápidamente a partir de 1920, y la guerra habia acelerado la industrialización y la producción de hierro y acero. Serán los “felices años 20’”, “les années folles”. El mayor problema residía en la falta de mano de obra, consecuencia de la deficiencia demográfica: de 1919 a 1931 habrá que hacer venir a más de un millón y medio de extranjeros. Y la Francia de 1925 era el único país de Europa que no había concluido aún la  crisis monetaria de la inmediata posguerra.

La hostilidad del gran capital, “le mur d’argent”, provocó, finalmente, el fracaso del Cartel de izquierdas, y el radical-socialista Édouard Herriot tuvo que dimitir en abril de 1925; una nueva tentativa del mismo, al año siguiente, fracasó también y Poincaré volvió al poder encabezando dos ministerios sucesivos de “union nationale” (julio de 1926-julio de 1929), dejándole la dirección de los Asuntos Exteriores a Briand. Poincaré se consagró, él, a salvar el franco que conseguirá estabilizar en junio de 1928 (“franc Poincaré”). Gracias a su solidez monetaria recuperada, Francia no sufriría en lo inmediato los embates de la crisis mundial venida de Wall-Street. Pero la obstinación de los gobiernos de la época por no devaluar (cuando, de hecho, libra esterlina en septiembre de 1931 y dólar en 1933 habían procedido a serios ajustes) tuvo muy negativas  consecuencias: la crisis empezará a dejarse sentir en Francia en 1932, con efectos hasta 1939

République Français - Biliothèque nationale de France

République Français – Biliothèque nationale de France

Frente popular y guerra mundial

            Llegó la crisis con paro y recesión, en el momento en que los discursos incendiarios que venían del otro lado del Rin, no apaciguaban, precisamente, los animos, y tanto la SDN como la Conferencia de Desarme habían perdido toda autoridad.

El primer gabinete Daladier (31 de enero a 24 de octubre de 1933) será constituido en circunstancias dramáticas, pues el déficit alcanzaba ya los diez mil millones y determinadas medidas financieras, aun moderadas, le valieron a Daladier la oposición virulenta conjugada de la extrema derecha y de la extrema izquierda.

En este contexto, el sonado caso Stavisky, a finales de 1933, que se inscribía en la serie de escándalos político-financieros, surgidos bajo la III República (tráficos de decoraciones -el de 1887 que salpicó a Grévy y el de 1926-, escándalo de Panamá, 1889/1892…), vino a desatar las pasiones y, con ellas, se extendió una amplia y virulenta desafección  en el sistema parlamentario.

            Este Serge Stavisky -“le beau Sacha”, como le llamaban-,  al que se veía por los salones del tout Paris del brazo de su mujer Arlette, una ex-maniquí de Chanel, era un hombre de negocios judío, de origen ucraniano pero ya francés, y con antecedentes penales en su haber. Fundador y director del Crédit municipal de Bayona (1931), especie de Monte de Piedad, desvía varias decenas de millones de francos (“lavados” a partir de bonos emitidos por el Crédit contra joyas falsas o robadas, que él ha depositado en la entidad). El descubrimiento de este escándalo financiero contribuyó a desacreditar al régimen, ya que varias personalidades aparecian implicadas. Buscado por la policía, el turbio personaje fue encontrado en un chalet de Chamonix, agonizando de un disparo, el 9 de enero de 1934. Las Ligas de extrema derecha acusaron al gobierno de haberle hecho callar para impedir que denunciara a sus cómplices.

            Francia, que se había creído victoriosa en 1918, se daba ahora cuenta que era presa de los mismos males que la Alemania vencida; las deudas no pagadas a América.

Y una política excesivamente laxa de naturalizaciones (caso Stavisky) había provocado una oleada de xenofobia que mostraba los rencores del pueblo francés; las organizaciones de ex-combatientes, las ligas de extrema derecha (“Action française”, “Croix de feu”, “Jeunesse patriotique”, etc.), ¡y hasta los comunistas! desataron una violenta campaña contra aquel régimen al que consideraban decadente.

El 30 de enero de 1934, Chautemps dejaba paso a Daladier, que se reservaba los Negocios Extranjeros y una de cuyas primeras medidas fue sustituir al prefecto de policía Chiappe, sospechoso de debilidad hacia los movimientos de derecha. ¡Con lo que no sólo quedaban impunes turbios y corruptos, sino que era a ellos a quienes se perseguía! La bronca manifestación -entre tumulto y revuelta-, del 6 de febrero de 1934, hasta las puertas del Palacio Bourbon, sede de los diputados, les hizo ver que la República estaba amenazada.

Mientras se formaba, bajo la presidencia de Gaston Doumergue, un nuevo ministerio de “unión nacional”, las fuerzas de izquierda daban sus primeros pasos hacia la unidad, con ocasión de la manifestación de Vincennes, el 12 de febrero siguiente. Y, tras unas difíciles negociaciones se llegó a la firma, en julio siguiente, de un pacto de unidad de acción social-comunista, al que se adhirieron ulteriormente los radicales; y así se pudo llegar a un Frente popular, cuya primera manifestación fue el desfile del 14 de julio de 1935. El antifascismo venía a sustituir al anticlericalismo como cimiento de la unidad de la izquierda.

            Es cierto que la llegada al poder de Hitler había contribuido poderosamente a ese cambio político, tanto internamente como en el Exterior. Francia intentó aislar a la Alemania nazi y, con esa intención, el ministro Laval quiso esforzarse por mejorar las relaciones con Mussolini (acuerdos de Roma, de enero de 1935), y firmó un tratado franco-soviético de asistencia mutua (2 de mayo de 1935). Pero el caso de Etiopía y la adhesión de Francia a la política de sanciones vinieron a arruinar la alianza franco-italiana y echaron a Mussolini en los brazos de Hitler. Cuando este quiso denunciar los tratados de Locarno y reocupar Renania en marzo de 1936, Francia -sin gobierno entonces- hubo de contentarse con protestas puramente verbales.

            Las elecciones del 26 de abril y 3 de mayo de 1936 dieron la victoria al Frente popular, que obtenía 378 escaños contra 220, pero el partido radical continuaba siendo árbitro de la situación. Habiéndose pronunciado los comunistas por un apoyo sin participación, el jefe del partido socialista, León Blum formaba el 4 de junio de 1936 un gobierno constituido solo por socialistas y radicales (con Daladier en la Defensa nacional) que, hasta junio de 1937, realizará importantes reformas sociales y económicas: acuerdos de Matignon (7 de junio de 1936), leyes sobre las convenciones colectivas, semana de cuarenta horas, vacaciones pagadas, nacionalización parcial de las industrias de armamento y creación de la SNCF (a partir de las redes privadas de ferrocarriles exitentes), reforma del Banco de Francia… Pero Blum chocaba con la hostilidad de múltiples oposiciones: no solo la de los medios financieros y de las grandes empresas industriales (las “200 familias”), sino igualmente la del comunismo trotskysta, cuyos miembros –minoritarios pero activos-, consideraban que las condiciones de una revolución se daban ya.

République-Française

République Française

Con la huida de oro y de grandes masas de capitales al extranjero, y la renuencia de los empresarios a invertir por temor a las ocupaciones de fábricas, la crítica situación a la que se llegó obligó al ministro de finanzas Vincent Auriol a proceder, en menos de un año, a dos devaluaciones y a desvincular al franco del patrón-oro en junio de 1937.  Y el paro persistía, pese a lo que la CGT habia previsto con la reducción de la jornada a 40 horas.

A principios de 1937 las ventajas salariales obtenidas un año antes habían sido casi absorbidas por la devaluación y el alza de los precios (reducción brutal de la producción y fuerte aumento de la demanda). A partir de marzo, Blum anunciaba una “pausa” social.

            La política de no-intervención adoptada en la guerra civil española (por no mencionar la abierta hostilidad de los radicales) vino también a enturbiar las relaciones entre socialistas y comunistas -cuya influencia sobre la clase obrera era entonces considerable, con más de 300.000 militantes, siempre atentos a las consignas venidas de Moscú-. Y en junio de 1937, Blum tuvo que dejar la dirección del gobierno otra vez al radical Chautemps. El fracaso de una nueva tentativa gubernamental de Blum, entre marzo y abril de 1938, puso fin a aquel Frente popular que tanto entusiasmo y tantas falsas expectativas, así truncadas, habia hecho nacer en el mundo obrero.

La CGT conoce entonces un hundimiento de su afiliación y el desarrollo de una fuerte corriente anticomunista, hostil al sindicalismo “politizado”.

En medio de una creciente incertidumbre en la escena internacional, el radical Daladier asumió un gobierno con radicales y moderados (abril de 1938-1940), con el liberal Paul Reynaud en las finanzas.

            Las repercusiones de la guerra civil de España habían hecho crecer también los odios políticos: las ligas fueron disueltas por el gobierno (junio de 1936), pero “les Croix de feu” del coronel De La Rocque, se convirtieron en el “Parti Social Français” (PSF).

Y los elementos más activos de la extrema derecha se desplazan entonces hacia posiciones fascizantes, como el “Parti Populaire Français” (PPF) del ex-comunista Doriot; o bien creando una organización terrorista, el “Comité Secret d’Action Révolutionaire” (CSAR), que los medios periodísticos llamaron “La Cagoule”. Y de “l’Action Française” a “Gringoire”, la prensa de extrema derecha volcaba su animadversión hacia “el judío Blum”-

            Hitler seguía progresando en sus maquinaciones agresivas, ante la pasividad de Francia y su aliada británica. La ocupación de Austria y la proclamación del Anschluss (15 de marzo de 1938), volvieron a encontrar a París sin gobierno. Y se veía la politica extranjera de Francia cada vez más a remolque de Londres; el 30 de septiembre de 1938, Inglaterra impuso los acuerdos de Munich que, de hecho, sacrificaban Checoslovaquia.

Lejos de calmar a Hitler, aquellos acuerdos tuvieron el efecto contrario: a partir del otoño el canciller alemán formulaba oficialmente nuevas reivindicaciones sobre Dantzig, y Daladier, obsesionado por ganar tiempo en el rearme de Francia, siguió contemporizando.

            El 15 de marzo de 1939, Hitler ocupaba toda Checoslovaquia, y el 22 de mayo tenía lugar la firma del llamado “Pacto de acero” entre Italia y Alemania.

Fue Inglaterra también la que, a partir de mayo de este 1939, arrastrará a Francia por la vía, esta vez, de la resistencia militar a cualquier nueva expansión del hitlerismo.

Pero ya Munich había hecho perder a Francia la confianza de los pequeños países balcánicos y, sobre todo, la de la URSS, la cual, preocupada por su propia protección, firmaba con Hitler el pacto de no agresión del 23 de agosto de 1939 (lo cual sembró un profundo desconcierto entre los comunistas de Francia). Y Daladier, que presidía el gobierno desde el 9 de abril de 1938, tomó inmediatamente medidas contra el PCF.

La Segunda Guerra Mundial

            El 1 de septiembre de 1939 las tropas alemanas penetraban en Polonia; y el 3 de septiembre, unas horas después del Reino Unido, Francia declaraba la guerra a Alemania.

Sin aviación moderna ni una verdadera arma blindada autónoma, Francia va a ser vencida, ¡a pesar de la línea Maginot! Fue primero “la drôle de guerre” (o “curiosa-guerra- esta-en-que-no-pasa-nada”, invierno 1939/40), y luego el hundimiento de 1940, en solo cinco semanas.

Ante el desastre, (la débâcle), Reynaud, jefe del gobierno desde marzo se declara dispuesto a proseguir la lucha a partir de las colonias. Pero el mariscal Pétain llamado al ministerio por el mismo Reynaud a partir del 18 de mayo, apoya al comandante en jefe Weygand que rechaza la acusación de que todo el peso de la derrota haya de recaer sobre el ejército, y exige que el poder civil asuma su propia responsabilidad solicitando el armisticio.

            Impotente, Reynaud se retiró el 16 de junio y fue sustituido por Pétain, que pidió el armisticio, el cual, en medio de una indescriptible confusión político-social y total zozobra, era firmado el 22 de junio en el simbólico Rethondes (en Compiègnes, donde había tenido lugar aquel primer armisticio del 11 de noviembre de 1918): Según sus términos, las autoridades francesas conservarían el gobierno administrativo sobre el conjunto del país (salvo Alsacia-Lorena que fue de nuevo reanexionada al Reich), pero toda la parte N y O del país permanecería ocupada por el ejército alemán, y dos millones de prisioneros franceses fueron enviados a Alemania.

Amplios sectores de la población francesa quedaron invadidos por un inmenso desaliento y también la exasperación contra aquel parlamentarismo estéril y el régimen republicano, responsables de la incuria militar.

La Tercera República parecía querer suicidarse. El 10 de julio siguiente, sus parlamentarios, reunidos en Vichy (dep. Allier) en  Asamblea Nacional (Cámara y Senado reunidos), votaban, por 569 votos contra 80 y 17 abstenciones una delegación de “todos los poderes al gobierno de la República, bajo la autoridad y la firma del mariscal Pétain, “el vencedor de Verdun”, a los efectos de promulgar, en uno o varios actos, una nueva constitución del Estado francés”.

Fueron presidentes de la III República:

  • Adolphe Thiers (31 de agosto de 1871-24 de mayo de 1873)
  • Mac-Mahon (24 de mayo de 1873-30 de enero de 1879)
  • Jules Grévy (30 de enero de 1879-2 de diciembre de 1887)
  • Sadi Carnot (3 de diciembre de 1887-25 de junio de 1894)
  • Jean Casimir-Périer (26 de junio de 1894-15 de enero de 1895)
  • Félix Faure (17 de enero de 1895-16 de febrero de 1899)
  • Émile Loubet (18 de febrero de 1899-18 de febrero de 1906)
  • Armand Fallières (18 de febrero de 1906-17 de enero de 1913)
  • Raymond Poincaré (17 de enero de 1913-17 de enero de 1920)
  • Paul Deschanel (17 de enero de 1920-20 de septiembre de 1920)
  • Alexandre Millerand (23 de septiembre de 1920-11 de junio de 1924)
  • Gaston Doumergue (13 de junio de 1924-13 de junio de 1931)
  • Paul Doumer (13 de junio de 1931-6 de mayo de 1932)
  • Albert Lebrun (10 de mayo de 1932-10 de julio de 1940)

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

BAQUIAST, Paul: La Troisième République (1870-1940); L’Harmattan, 2002.
BOUJU, Paul M. y DUBOIS, Henri:  La Troisième République (1870-1940; Presses Universitaires de France, 1952 y posteriores ediciones.
BOURSON, Pierre-Alexandre: La III République, histoire chronologique (1870-1940); París, Godefroy de Bouillon, 2010. 
DUCLERT, Vincent: La République imaginée, 1870-1914; París, Belin, 2010. 
LEJEUNE, Dominique: La France de la Belle Époque; Armand Colin, 2007.
MAYEUR, Jean-Marie: La vie politique sous la Troisième République (1870-1940); Seuil, “Points”, 1984.
MIQUEL, Pierre: La Troisième République; París, Fayard, 1989.
NICOLET, Claude: Le Radicalisme; PUF, 1957 y posteriores.
RENAUDEAU, Pierre-Marc: La Troisième République; Seuil, 1998.
SOULIER, A.: L’instabilité ministérielle sous la Troisième République (1871-1938); 1939.
WINOCK, Michel y AZÉMA, Jean-Pierre: La III République; 1969.

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