Bonaparte, José (1768-1844)

          Ghjiseppu Buonaparte (al que empezarán a llamar Joseph cuando de Francia empiecen a venir otros vientos políticos), aquel que habría de ser un día rey de Nápoles y luego de España, por la gracia de su hermano Napoleón, nacía en Corte (Córcega) el 7 de enero de 1768, y era hijo primogénito de Carlo Buonaparte y de Letizia Ramolino, emparentados ambos con familias de notables de la isla.

Siempre de suave trato y humor estable, fue enviado por su padre (junto con su hermano menor Napulioni), al colegio de Autun en Borgoña, y allí cursará humanidades con la intención familiar de hacer de él un buen eclesiástico; luego el muchacho empezó a hablar de la milicia y a decir que quería servir al rey. Pero la temprana muerte de su progenitor en 1785, con su madre viuda, allá en Ajaccio, y sus numerosos hermanos aún niños, le obligará a cambiar sus planes: comenzó a estudiar leyes y fue abogado.

Bonaparte, José

Edificio en Corte (Córcega), donde vivieron sus padres y donde nació José Bonaparte. Una placa, al fondo, lo recuerda.

Entrado en política en 1789, se comprometió con los jacobinos corsos en su lucha contra Paoli, cerca del cual no pudo satisfacer sus ambiciones y, al igual que su hermano Napulioni y toda su familia, tuvo que huir, abandonar Córcega en 1793 e instalarse en la Provenza. Tras lo cual, se convierte en comisario de guerra, aprovechando ya la notoriedad de su hermano, el joven y prometedor general Bonaparte.

          Y en el verano de 1794 se unía en nupcias con Julie Clary (mujer de físico ingrato, pero portadora de una generosa dote, como hija que era de un acomodado negociante marsellés en jabones (muerto recientemente, después de haber vivido la insufrible ansiedad del Terror jacobino), y hermana de Désirée Clary, con quien Bernadotte casará. Con Julie tendrá dos hijas: Zénaïde y Charlotte, en 1801 y 1802 respectivamente –entre frecuentes infidelidades a su esposa-, que se desposarán, cada una de ellas, andando el tiempo, con un primo Bonaparte.

Luego, siempre en el surco de su hermano, es elegido diputado de Córcega en el Consejo de los Quinientos, bajo el Directorio, en 1797, y breve embajador en Roma, de agosto a diciembre de este año.

          Propietario ya del opulento château de Mortefontaine, contribuirá, con su personalidad, tacto y savoir-faire, a la lenta preparación del golpe de Estado del 18 de Brumario contra el Directorio, mientras el general Bonaparte andaba guerreando por las arenas africanas. Meses y semanas antes del golpe que se venía preparando, bien introducido en los medios de negociantes y financieros, gracias a la familia de su mujer, José se mostraba con todos de lo más obsequioso; pero, no desempeñará en él un papel determinante, llegado el momento.

          Ya bajo el Consulado, miembro del Cuerpo Legislativo y del Consejo de Estado (adonde ha hecho entrar con su influencia, por unos meses, a su concuñado Bernadotte), José Bonaparte –la cara amable del régimen-,  cumplía con éxito diversas misiones diplomáticas: serán las firmas del tratado de Lunéville y del Concordato de 1801 con la Iglesia Católica (él, notorio francmasón del Gran Oriente de Francia, como su hermano Luciano, desde 1793, del que llegará a ser Gran Maestre en noviembre de 1804).

La promulgación del nuevo Concordato tenía lugar en la Pascua Florida de 1802. Hubo gran fiesta aquel día, para celebrar el restablecimiento del culto, y audiencia al legado del Papa, con pompa y etiqueta, y ceremonia religiosa solemne, con brillantísima procesión hasta Notre-Dame, asistencia de los tres Cónsules, ministros, Consejeros de Estado y embajadores extranjeros, con misa pontifical cantada y un enjambre de oficiantes… Todo ello, entre grandes medidas de seguridad, visto el sordo descontento de ciertas minorías nostálgicas de la Revolución anticristiana y hebertista, y de algunos generales en torno a Bernadotte. José Bonaparte, prefirió perderse entre el alto personal y declinar el ofrecimiento que le hizo Napoleón de aparecer públicamente a su lado.

E intervendrá en la conclusión de la paz de Amiens en marzo de 1802, ocasiones en las que, con Talleyrand desde el ministerio,  él vendrá a mostrar algún talento.

          Entretanto, el pronto opulento José prosperaba en rango y fortuna, mordiendo el freno de sus propias apetencias, bajo una máscara de suave indiferencia, y sabía conllevar los desaires de su hermano el Primer Cónsul por demostrar quién era el amo. Siempre existirá entre ambos una latente dificultad de relación, a la que venía a sumarse el escaso aprecio en el que él tenía a la que todo el clan Bonaparte llamaba la Beauharnais.

          No tardará en verse a José dueño del prestigioso hotel de Marbeuf, entre el faubourg Saint-Honoré y los Champs Élysées, que comprará, en agosto de 1801, a los descendientes de aquel Marbeuf, comandante de Córcega y protector de su familia (¡de Letizia sobre todo, habían dicho los maledicentes!).

Pero toda su devoción vital parecía depositarla en su propiedad de Mortefontaine, en cuya renovación y embellecimiento comenzaba a invertir sumas importantes, y allí parecía llevar una existencia apacible y epicúrea, en torno a la cual giraba buena parte de la actividad, entre social y politica, del microcosmos Bonaparte y sus allegados, donde Bernadotte y su mujer Désirée Clary eran asiduamente recibidos por su concuñado y hermana Julia.

          Senador en 1802, es nombrado Gran Elector en 1804.

Llegó el Imperio y la coronación, entre desapacibles recriminaciones de todo el clan Bonaparte hacia su hermano Napoleón, alimentadas ahora de envidias y celos de protocolo y preeminencia hacia Josefina, nueva emperatriz, con cuya elevación José se mostraba en desacuerdo, que convertía a sus hijos Hortense y Eugène de Beauharnais, en príncipes del Imperio, a expensas de las suyas, “hijas de una simple burguesa de Marsella” –según su propia expresión. “¡Qué fácil le es a José venir a hacerme escenas, como la que el otro día me hizo –le dirá Napoleón a Roederer-; él no tenía otra preocupación que volver a Mortefontaine a cazar y a divertirse, mientras que yo, al dejarle, tenía sobre mi mesa a Europa entera por enemiga…!”

          Y es que, protagonizando una especie de ala liberal del régimen, José Bonaparte parecía seguir su personal política, y cultivaba sus relaciones entre gente moderada de la antigua sociedad y de la nueva, entre triviales obstrucciones al poder (¡no tan relevantes que vinieran a comprometer su propia situación!).

A raíz de aquel duro enfrentamiento en Saint-Cloud, en el que Napoleón le reprochó igualmente su ambigua y constante postura entre la lealtad debida a su persona y las veleidosas relaciones que mantenía con una cierta oposición (Bernadotte por la izquierda, y sectores de la burguesía liberal), incompatibles con tantos favores y honores recibidos, el nuevo emperador le convocó en Fontainebleau a una agria entrevista:

      – He reflexionado mucho sobre nuestras relaciones, y he de confesaros que no puedo dormir desde entonces. Así que tenéis ante vos las tres opciones siguientes…

      – Pero de qué conflicto me estáis hablando, yo…

      – No me interrumpáis –cortó Napoleón, contundente-…, presentarme vuestra dimisión y retiraros de los asuntos públicos, en cuyo caso renunciaríais a todo, yo os daría uno o dos millones y os dejaría comprar alguna tierra cerca de Turín y viajar por Alemania o Rusia. El hijo de nuestro hermano Luis sería declarado mi sucesor…La segunda que, pese a seguir gozando del rango de príncipe, continuéis oponiéndoos al sistema que yo represento, situación que no voy a seguir tolerando…

      …Si os negáis a asistir a la coronación y a cumplir las funciones propias de vuestra calidad de príncipe y de gran elector, pretendiendo seguir con vuestros títulos y prerrogativas, pasaréis a ser mi enemigo. ¿Con qué medios os opondréis a mí?, ¡os aniquilaría!

Luego hubo una pausa, Napoleón dulcificó levemente la voz y continuó:

      …o bien que toméis el partido de uniros francamente a mí y ser, digámoslo así, mi primer y leal súbdito en una monarquía hereditaria donde tantas ventajas os esperan. ¡Haced mi voluntad, seguid mis ideas y no halaguéis a aquellos que yo rechazo, ni rechacéis a los nobles que yo quiero atraer, ¡ya vendréis a vuestras ideas cuando llegue el momento de sucederme, porque entonces yo ya no estaré!

          Nuevo silencio que José no se atrevió a romper, mientras su hermano recorría la pequeña estancia en zancadas nerviosas, para terminar diciendo:

      – Excuso deciros que es el tercer partido el que deseo que adoptéis; sólo en esas condiciones podremos vivir en armonía, ¡pero, en ningún caso, voy a tolerar que sigáis con vuestra actitud actual! ¡Me habéis entendido bien?

A José debió de venirle a la imaginación su alto tren de vida, su rango, la consideración de la que gozaba, su Mortefontaine donde jugaba al gran señor magnífico e ilustrado, su inanidad personal también, más allá del irrisorio título de abogado que tenía por bagaje, si no hubiese sido la inicial fortuna de su mujer, multiplicada hoy por el tráfico de influencias; y se olvidó súbitamente de sus anhelos campestres de pacotilla y de su pretendida aversión por la grandeza. Compuso como supo un rostro de inocencia ofendida, protestó suavemente de su buena fe, y allí pareció quedar todo, provisionalmente arregladas las relaciones mutuas para la gran ceremonia con el papa.

          Y el nuevo emperador de los franceses quiso darle empaque y compostura a su nueva corte, con algo del protocolo del fenecido Versalles. Todos los miembros del clan recibieron la advertencia de mantener en adelante recato en su vida privada, empezando por José, muy dado a las mujeres, para aflicción de su indulgente consorte.

          Y recibe la Regencia, con motivo de la campaña napoleónica contra la tercera coalición, en 1805.

Aun cuando se veía ya cubierto de honores, José soportaba mal su subordinación y seguían siendo frecuentes los enfrentamientos con su hermano (autoritario y despótico de carácter por lo demás), que le reprochaba, no sin razón, su escasa disposición para asumir responsabilidades de riesgo en el régimen y su apresuramiento, eso sí, como todos los Bonaparte, en recibir prebendas y honores derivados de él. “¡Acaso piensa mi hermano –le dirá también Napoleón a Roederer-, que el Estado le vaya a dar dos millones sólo para que se pasee por las calles de París con frac oscuro y sombrero de copa, como un simple burgués!”

          En 1806 (a expensas del Borbón Fernando IV, hermano menor del rey de España), José era nombrado rey de Nápoles (que Napoleón le ha mandado ocupar en febrero, con Masséna, como represalia –dijo-, por haber entrado ese reino en la tercera coalición). Y el flamante rey -que parecía ver gratificada con ello su indolente ambigüedad-, tratará de afianzarse en su reino, adaptando el modelo francés, pero reclamando en vano cierta autonomía política, y enfrentado a la conquista de Sicilia que los ingleses no le ponían fácil, con su hermano, desde París, instándole a la recia política del rigor y mano dura.

José Bonaparte

Retrato en pie de José Bonaparte, rey de Nápoles, por J.-B. Wicar (1808). Versalles.

          Forzado por Napoleón, y como simple pieza, una vez más, en el particular tablero del amo de Europa, José Bonaparte hubo de ceder, en 1808, su trono de Nápoles a su cuñado Murat -inseparable compañero de armas del Emperador y casado con Carolina-; y se trasladó a España (adonde no quiso seguirle Julie), cuya corona vino a ceñir, escasamente entusiasmado ante el regalo envenenado que se le ofrecía.

          En los primeros días de noviembre de este 1808 Napoleón entraba en la península con su Grande armée de franceses, alemanes, italianos, holandeses, polacos…,  a punto de extenderse por España en un dramático rastro de pillajes, destrucciones y violencia, para consternación de José Bonaparte, según testimonio del embajador Laforest.

Caricatura satírica - José Bonaparte

Caricatura satírica, ahondando en la pretendida desmesurada afición de José Bonaparte por la bebida: ” Querer por fuerza reinar, cuánto me hace padecer. No hay cosa como beber, dormir bien y descansar”. Y, debajo:”El rey de copas, trabajando por la felicidad de España” (BNF)

Los dos hermanos tuvieron en Vitoria y luego en Burgos conversaciones tensas, de vuelta hacia la capital del reino que aún controlaba Castaños.

Con José siguiendo su marcha varias jornadas por detrás, Napoleón entraba en Madrid el 4 de diciembre.

Y José I quedó restablecido, pero sus relaciones con su hermano van a espaciarse ahora en un clima que, aun con altibajos, irá enrareciéndose.

          Entre desaires y postergaciones constantes, y asistiendo impotente a robos y exacciones de sus generales (los Kellermann, Ney, Loison…), la subordinación a los designios del Emperador no desapareció ahora, sino que se intensificará y agravará durante la larga guerra que ya se desataba en la península, intentando el irrisorio rey restablecer las finanzas del país y aplicar una política que pudiera pasar por soberana y nacional, mientras se iban deteriorando sus relaciones con la población madrileña. Al término de lo cual habrá de huir, para perder definitivamente, en la derrota de Vitoria del 21 de junio de 1813, el abundante botín y cualquier posibilidad futura de recuperar aquella corona arrebatada a Carlos IV, cinco años antes (tratado de Valençay, de 11 de diciembre de 1813).

Y es que, este hombre moderado por temperamento, indolente por carácter, reservón por cálculo y no poco vanidoso, no tenía particulares dotes para la gobernación, aparte su genérica buena fe, ni supo ni quiso (como sí lo hizo Luciano Bonaparte, tal vez el más inteligente de los hermanos), anteponer su dignidad al atractivo de honores, ringorangos y vanidades.

          Durante la campaña de 1814 -divorciado ya el Emperador de Josefina y con la nueva emperatriz María Luisa en la Regencia-, José Bonaparte es nombrado lieutenant général del Imperio, con misión de defender la capital, que, de hecho, abandonaba el 30 de marzo.

Los aliados entraban, finalmente, en Paris y, después de algunas vacilaciones, reponían a los Borbones de Francia.

Napoleón fue enviado a la isla Elba, frente a la costa italiana.

          Llegó la evasión del Emperador y el “Vuelo del Águila” hasta las Tullerías de nuevo, y la formidable noticia sorprendió a José en Prangins, a orillas del lago Lemán, que abandonará, para presentarse en París, con tanta más premura cuanto que supo que venían a prenderle. Y, en el paréntesis de los “Cien Días”, volvió a ostentar títulos y rango de príncipe francés, presidiendo el Consejo de ministros en ausencia de Napoleón en campaña, hasta la derrota definitiva, aquel 18 de junio de 1815.

          Presente en París por un momento, después de Waterloo, en Rochefort pudo fundirse con su hermano en un abrazo que iba a ser el último.

Él partirá solo para los Estados Unidos, preocupado por su esposa y sus hijas a las que dejaba en Europa. En Francia lo había perdido todo, incluso su Mortefontaine, pero aún le quedaba mucho de lo afanado durante aquellos brillantes años de poder y de codicia, donde lo desvalijado en España por palacios, mansiones y monasterios, no era el más desdeñable bocado.

Se instalará en Bordentown (Nueva Jersey), discretamente al principio, con el nombre de conde de Survilliers; y allí comprará, dos años después, una propiedad -centro de encuentro para exiliados franceses- donde llevará una vida de opulento propietario, con el refinamiento de la vieja Europa, entre tapices, pinturas, estatuas y bustos familiares, muebles y una espléndida biblioteca. Y aquel que había ceñido dos coronas declaraba en el entorno de sus ricos vecinos y personalidades de paso (como el senador y futuro presidente John Quincy Adams, y algunos escritores y hombres de negocios), que sus ideas se habían formado con la Revolución y que él era más republicano de lo que un americano pudiera serlo.

Siempre que su posición y circunstancias se lo permitan, intentará relacionarse epistolarmente con su mujer Julia y, entre los hermanos, con Luciano, uno de cuyos hijos se desposará en 1822 con su prima Zénaïde, y con Luis, que casará a Napoleón-Luis con su otra hija Charlotte, en una Europa restaurada donde pocos querían emparentar ahora con los Bonaparte. Y logrará establecer algunos vagos contactos con el prisionero de Santa Elena, hasta su muerte, bajo la suspicaz vigilancia siempre del embajador de Francia en Washington, Hyde de Neuville.

          Sometidos a la atenta mirada del gobierno americano, de cuando en cuando se presentaban en Point Breeze exiliados, cuyas primeras penurias intentaba José amortiguar, aunque con una tacañería que algunos le reprocharán. Y hasta él vendrán refugiados franceses y españoles a ofrecerle la corona de un Méjico en rebelión, temerario proyecto que no obtuvo acogida.

En 1827, recibirá al vanidoso La Fayette, de gira triunfal por la Unión, y en 1832 a Tocqueville.

Su natural afición a las mujeres no quedó desmentida, desde luego, con el cambio de continente –favorecido ahora por su soledad afectiva-, y tuvo alguna notoria relación como fue el caso de aquella joven Ann Savage con la que tendrá dos hijas.

Porque su esposa -dos veces reina sin el menor entusiasmo ni pesadumbre-, se había quedado en Europa con sus hijas ”por razones de salud”. Por un momento en el château de Prangins, fueron enseguida para Julia Clary, Estocolmo cerca de su hermana Désirée, y luego Francfort (donde pasará siete años), Bruselas y Florencia; y Zénaïde cruzará el Atlántico para visitar a su padre en alguna ocasión.

          José Bonaparte acabó regresando a Europa años después, desvaidos ya aquellos recuerdos y emociones vinculados a la figura de su hermano. Se trasladó primero a Londres en 1832, para dedicarse, aparentemente, a apacibles tareas literarias y a la redacción de aquella especie de ensayo político De la politique impériale ou du juste milieu,  pretendiendo siempre obtener pasaporte para Italia desde la residencia de Hanover Lodge del Regent’s Park; allí vendrán a verle algunos miembros Bonaparte y su revoltoso sobrino Luis-Napoleón, comenzando ya las intentonas que acabarán un día llevándole al poder y comprometiendo, en lo inmediato, al resto de la familia.

En 1836 sufrirá un ataque cerebral, que le dejará en adelante muy disminuído.

Y en 1838, José Bonaparte volvió a América, para regresar definitivamente al año siguiente, tras la muerte de su hija Charlotte, y, con la autorización del gran duque de Toscana, trasladarse a Florencia en 1841, donde residía su esposa, traspasadas ya las puertas de la vejez. Vivía prácticamente retirado y sin contactos, en el palacio de Serristori, cuando le vino la muerte, el 28 de julio de 1844, a los 76 años y al lado de su mujer, a la que tanto había engañado. Entre Europa y América quedarán de él cuatro o cinco hijos naturales, y dejará un montón de papeles, con los que Albert Du Casse hará unas memorias pocos años después.

      Tras haber sido objeto el 3 de agosto de unas discretas honras fúnebres, José Bonaparte fue primeramente enterrado en la capilla de la iglesia Santa Croce frente al palacio, al lado de su hija, adonde vendrá también Julia Clary de Bonaparte cuando ella fallezca apenas un año más tarde, el 7 de abril de 1845.

José Bonaparte descansa, desde 1862 y por orden de Napoleón III, en los Inválidos de París.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

BEAUFORT J. d’HERTAULT, vizconde de — : Joseph Bonaparte, roi de Naples et d’Espagne (1768-1844); Paris, Les Contemporains, 1903      
GIROD DE L’AIN, Gabriel : Joseph Bonaparte, le roi malgré lui. París, Perrin, 1970; 469 págs.      
HAEGELE, Vincent : Napoléon et Joseph Bonaparte, le pouvoir et l’ambition ; ed. Tallandier, 2010      
LENTZ, Thierry: Joseph Bonaparte; Le Grand Livre du mois, 2016.
NABONNE, Bernard : Joseph Bonaparte, le roi philosophe; Paris, Hachette, 1949.
NAPOLÉON ET JOSEPH. CORRESPONDANCE INTÉGRALE (1784-1818). Édition établie par Vincent Haegele, Talladier, 2007.

En español:

ABELLA, Rafael : José Bonaparte ; Barcelona, ed. Planeta, 1997.
ARTOLA GALLEGO, Miguel: Los Afrancesados; Madrid, Alianza, 1989.        
CAMBRONERO y MARTÍNEZ, Carlos (1849-1913) : José I Bonaparte, el rey intruso; última ed. Madrid, Alderabán, 1997, col. « Vidas privadas »,  202 págs.
DÍAZ TORREJÓN, Francisco, Luis (editado por –) : Cartas josefinas. Epistolario de José Bonaparte al conde de Cabarrús [1808-1810]; Sevilla, Fundación Genesian, 2003.
MERCADER RIBA, Juán : José Bonaparte, 1808-1813, historia externa del reinado; Madrid, CSIC, Instituto Jerónimo Zurita, Escuela de Historia Moderna, 1971 ; luego, 1983.
MORENO ALONSO, Manuel : José Bonaparte, un rey republicano en el trono de España; Madrid, La Esfera de los Libros, 2008.

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