Calvino (Jean Calvin, 1509-1564)

            Calvino domina la segunda generación de la Reforma; veinticinco años más joven que Lutero y Zwinglio, su vida activa corresponde a la transición entre lo que podría considerarse Primer Renacimiento -donde se ubican otros franceses como Marot y Rabelais-, y el Renacimiento desarrollado de los poetas de “la Pléiade” o Pléyade, los Du Bellay y Ronsard. De la segunda mitad  del siglo XVI serán escritores como Montaigne, plenamente inmersos ya en las guerras de Religión.

            Calvino nacía el 10 de julio de 1509, en Noyon (Picardía), 100 km al N de París, en un hogar de mediano pero honesto vivir. La próspera Noyon, ciudad episcopal desde el año 531, parecía dividida entre su vocación eclesiástica y sus aspiraciones burguesas –lo que explicaría, en parte, los resabios procapitalistas de la doctrina del futuro reformador, en contraposición con el catolicismo-. Y era el segundo hijo -en un hogar donde vendrán otros dos varones y tres mujeres-, de una madre piadosa, Jeanne Lefranc, y de Gérard Calvin (o Cauvin), de temperamento crítico y rebelde él, afincado en la ciudad desde 1481, y empleado como jurista y administrador en diversos cometidos para el cabildo catedralicio, con cuyos canónigos acabará en malos términos. Y su progenitor  le va a asegurar beneficios y apoyos.

Jean Calvin

Jean Calvin

Huérfano de madre en 1515, el joven Jean Calvin parecía destinado a la Iglesia, contando con la protección aristocrática de los D’Hangest –que controlaban el obispado de Noyon-: y recibirá en momentos distintos, una triple formación: escolástica, en el severo colegio de Montaigu (adscrito a la faculté des Arts, Universidad de París), humanista, cerca del latinista Mathurin Cordier primero, y luego con el alemán Wolmar, que le enseña el griego; finalmente, en los cursos del helenista Pierre Danès y de Vatable; y jurídica en Orleáns y Bourges, cuando su padre venga a morir en 1531, en malos términos ahora con el estamento eclesiástico y excomulgado.

Ya desde 1521 venía gozando de su primer beneficio eclesiástico, y luego de un curato en 1527.

            En 1532 Jean Calvin publicaba su primera obra, una edición comentada del “De Clementia” de Séneca (que dedica a Claude, uno de los hijos D’Hangest). Todo revela ya al humanista: la erudición clásica, el metodo filológico y el interés por el estoicismo.

No resultaría fácil poner fecha a la definitiva conversión de Calvino a la Reforma –ya Lutero condenado y excomulgado desde 1521-, pero probablemente haya sido en el invierno 1532/33. Un discurso pronunciado, el 1 de noviembre de 1533, por su amigo, el recientemente nombrado rector de la Universidad de París Nicolas Cop, acerca de la necesaria reforma de la Iglesia, y que Calvino le había inspirado, provoca el escándalo y la huida de Cop a Ginebra. Perseguido por el Parlamento, Calvino se oculta y, en abril de 1534, acaba huyendo también él, primero a Nérac (SO de Francia, foco vivaz del humanismo entonces, convertido ya a la Reforma), adonde se ha retirado Lefèvre d’Étaple. Reniega ahora de simonías y nepotismos y declina sus beneficios.

El asunto de los Placards y la persecución que provoca le obligan, finalmente, a abandonar Francia en dirección a Basilea.

                Y es que, en la noche del 17 al 18 de octubre de 1534, unos placards (pasquines) habían sido pegados por los muros de París y en Amboise, e incluso (¡lo que se tomó por desafío e insulto!) hasta en la misma puerta del aposento real. En ellos se atacaba tanto la transubstanciación de los católicos como la consusbstanciación luterana. Habiendo reconocido todos, detrás del osado gesto, al partido protestante de Neufchatel, Francisco I, confesó ostensiblemente su fe católica, y se dispuso a emprender una severa persecución: hubo luteranos quemados en la hoguera y otros muchos tienen que huir.

            Y en esa ciudad helvética publica Calvino en latín su “Institutio religionis christianae”. Comenzada probablemente en Angulema dos años antes y continuada durante la persecución que siguió al vidrioso asunto “des Placards”, la obra que definirá a Calvino fue publicada en marzo de 1536. En la epístola dedicatoria a Francisco I, el autor exponía su doble objetivo: escribir un manual de doctrina evangélica y dirigir al rey y a sus aliados alemanes un alegato en favor de las víctimas de la represión.

            Y en julio de ese año, de paso por Ginebra, Calvino es retenido por Farel que ha convertido a la ciudad dos años antes; pero sus esfuerzos por organizar esa joven Iglesia fracasan, y son proscritos el 23 de abril de 1538.

Llamado por el ex-dominico y ahora reformador alemán Bucer, Calvino va a predicar en Estrasburgo durante tres años. Estancia fructuosa, durante la cual recibe la influencia determinante de su anfitrión y participa en los coloquios religiosos del Imperio.

Vuelto a llamar por los ginebrinos, se ve a Calvino de regreso en esa ciudad el 13 de septiembre de 1541. Y su historia se confunde, en adelante, con la lucha que lleva a cabo para constituir la Iglesia en Ginebra y consolidar la reforma en Europa.

Catálogo de libros prohibidos

Catálogo de libros prohibidos, promulgado por el rey católico Felipe II, de obligada observancia. BNF, Manuscrits.

Riguroso e implacable en su enseñanza, obstinado de personalidad y hasta colérico de carácter, algunos conflictos le oponen a una parte de los burgueses de la ciudad hasta 1555. Y otras dificultades surgen con los intelectuales que discuten su doctrina, cuyo episodio más dramático será el sacrificio en la hoguera del filósofo y médico Miguel Servet (1553), que se había propuesto refutar la “Institución”.

Pero no se trataba ya únicamente, para los contemporáneos, de las opiniones de Calvino, sino del Cristianismo, y la unión sagrada se hizo detrás del reformador.

“Institución de la Religión cristiana”
El éxito del libro fue rápido. En 1539, Calvino daba en Estrasburgo una segunda edición aumentada, y será sobre ésta, sobre la que publicará la traducción francesa de 1541, mostrando así su deseo de evangelizar al conjunto de “nostre Nation françoise”. Y la obra no cesará de desarrollarse a la manera de un ser vivo. El plan primitivo preveía diversos capítulos a la manera del catecismo de Lutero: la ley, la fe, la oración, los sacramentos, y dos desarrollos polémicos sobre los “falsos sacramentos”y la libertad cristiana. Si bien en 1539, esa la línea directriz no fue modificada, la obra se enriquecía en lo tocante a algunos puntos capitales: el conocimiento de Dios, la Trinidad, la predestinación y la vida cristiana. La orientación teológica no volverá a cambiar. Pero la edición latina definitiva de 1559, traducida al francés al año siguiente por el mismo Calvino, presentará adiciones considerables y una nueva estructura, esta vez en cuatro partes: Dios, Cristo, el Espíritu Santo, la Iglesia, según el plan del Credo.

            La edición francesa de 1541 de la “Institución cristiana” encierra un interés bien diferente al que presenta la de 1560: la primera suponía un acontecimiento en la historia literaria, la posterior desvela todo el pensamiento teológico de Calvino.

Desde las primeras palabras de la obra, el autor definía el principio de su teología: reconocer la soberanía de Dios y su absoluta alteridad con respecto al hombre, criatura que sería incluso incapaz de concebir al verdadero Dios sin la Revelación de las Escrituras. Porque ése es el segundo principio del calvinismo. La Biblia nos enseña que Dios ha creado el mundo y que la acción divina continúa en su Creación: “Como una vez ha creado el mundo, así lo gobierna, manteniendo la mano en su obra para mantenerlo todo en su estado, y disponiendo de ello según su albedrío”. Ese Dios es la Providencia.

Y hay que juzgar de la condición del hombre por la medida de esa grandeza divina. El hombre, creado a semejanza de Dios, desde el pecado de Adán, ya sólo es “una miserable ruina”. Siervo del pecado, no puede eludir, sin embargo, su reponsabilidad: al afrontar el problema del mal; situándose en el terreno psicológico, Calvino responde que “el hombre peca voluntariamente”. Pero entre Dios y el hombre, existe la mediación de Cristo; teología de la Redención que se halla en el centro de la “Institutio”. Únicamente Cristo -verdadero Dios y verdadero hombre-, ha podido expiar por nosotros y vencer al pecado, pues él es la Justicia. Y así los hombres serán salvados uniéndose a Cristo; y la fe es esa inserción, operada por el Espíritu Santo.

            Tal es la razón por la cual la fe justifica, excluyendo el mérito y las buenas obras: “Ella es un instrumento a través del cual obtenemos gratuitamente la justicia de Cristo”. Esa unión lleva consigo la santificación de los fieles, base de la vida cristiana. Su doctrina de la divina omnipotencia iba a llevar a Calvino a desarrollar la tesis de la Predestinación, que tanto le han reprochado sus adversarios. Pero esa doctrina, lejos de inquietarles, debe tranquilizar a los fieles, unidos a Cristo por la fe, ya que saben, en adelante, definitiva su salvación. Y, al mismo tiempo les obliga a vivir cada vez más en esa comunión.

Los Opúsculos. La Correspondencia. Los Sermones
           Con ser esencial en el pensamiento de Calvino, la “Institución” ocupa únicamente cuatro de los cincuenta y nueve tomos de las O.C. de Calvino; el resto lo constituyen breves tratados -polémicos en general-, cartas, comentarios y sermones acerca de la Biblia.

Entre los Opúsculos, algunas obras satíricas muestran la maestría de Calvino en lo que podría llamarse “panfleto teológico”. Los hay de diversas clases:

  • Ironicos, como en el “Traité des reliques” de 1543 (enumeración complaciente de las más extrañas reliquias y acumulación de falsificaciones, pues de cada santo se cuentan dos o tres cuerpos); si bien, dado el carácter de su autor, la indignación -fértil en calificativos malsonantes-, a menudo es superior a la burla.
  • Contra los anabaptistas y los libertinos espirituales, Calvino no se enfurece menos, pero a la polémica une la enseñanza, exponiendo, en tono que pretende ser familiar, su propia doctrina de la Providencia: “No hay que imaginarse que Dios trabaja con un hombre inicuo, como lo haría con una piedra o un trozo de madera, sino que actúa como con una criatura razonable, acorde con la calidad de la naturaleza que le ha dado ”.
  • La plena medida del panfletario, la da Calvino reprendiendo a los tibios. En “Excuse à Messsieurs les Nicodémites” (partidarios de la Réforma que no se atrevían a confesar públicamente su fe), de 1544, fustiga a los que “han probado el Evangelio”, pero no han tenido el valor de romper con “la idolatría”, en particular, la “gente de letras”. El “Traité des scandales” (1550) pasa revista de todo aquello que aleja a los humanos del Dios revelado; los mismos adversarios, designados por su nombre, son de nuevo vilipendiados. Pero, en esas dos obras, su fe y la certeza de ser él “instrumento” de Dios le inspiran, para advertir a sus hermanos, acentos dramáticos.

            En su extensa correspondencia, escrita en latín o en francés, según el destinatario, se alían humanidad y sentido de Dios. En sus cartas familiares, dirigidas sobre todo a Guillaume Farel y a Pierre Viret, Calvino aparece muy diferente a la imagen que ha dejado su leyenda: hombre dolorido por la muerte de su hijo, y luego por la de su mujer, amigo fiel, pastor abnegado dispuesto a servir. Se hace director de almas con referencias constantes a la Biblia y a la doctrina, en un ministerio que él toma muy en serio y fervorosamente, incluso cuando se dirige a cabezas coronadas como Eduardo VI de Inglaterra o Antoine de Borbón de Navarra (padre, éste, del futuro Enrique IV y vacilante entre catolicismo y Reforma). Pero Calvino examina humanamente cada caso: el juramento de Renée de Ferrare (hija de Luis XII y de Anne de Bretaña), o las vacilaciones de Roberte Budé (1486-1550, viuda del humanista Budé) a trasladarse a Ginebra. Muchas cartas dirigidas a los mártires hacen resaltar esa exigente franqueza, que será rasgo dominante de su dirección espiritual.

            La obra exegética  de Calvino es considerable, habiendo publicado “Commentaires” de casi toda la Biblia; pero lo superan sus Sermones por su volumen: casi 1.500 de ellos nos han sido transmitidos, tomados taquigráficamente por secretarios de la ciudad, a cuya fidelidad debemos el legado del autético Calvino. Son homilias donde Calvino va explicando libros enteros de la Biblia; se distinguen de los “Comentarios” (que reproducen los cursos del reformador), por la lengua, la amplitud de los desarrollos y la adecuación a los diversos públicos. Y es que, desdeñando la elocuencia ciceroniana, Calvino se dirige a la multitud en la lengua del pueblo, poniendo al alcance de todos los aspectos más arduos de la doctrina; y enseñanzas prácticas surgen del texto bíblico, ilustradas por la evocación concreta de las costumbres de la época.

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            La obra de Calvino presenta el doble interés de, por un lado, coadyuvar a la creación y maduración de la lengua francesa y asumir, por otro, una parte de la herencia humanista. Sus modelos de estilo los toma de los autores sagrados, cuya simplicidad alababa: “La elocuencia que más conviene al espiritu de Dios es la que no está henchida de ostentación y no se pierde en vanos arrebatos, sino que es sólida y eficaz, con más sinceridad que elegancia”. Son casi ya las palabras de un clásico del siglo siguiente, y ese clasicismo (prosa rigurosa, orden de las materias, respeto de su propio objeto), Calvino lo sostiene, primero traduciendo la “Institutio”, ya en 1541, que representaba la primera obra teológica de la literatura francesa. Lengua de los grandes debates, que Calvino no cesará de corregir a través de las sucesivas ediciones. Pero no por eso resulta una prosa “triste”, como se viene diciendo desde Bossuet; Calvino se preocupa de llegar emocionalmente a su público utilizando un determinado giro, o imágenes familiares, y sobre esa base, toma altura la frase, cada vez que la espiritualidad calvinista viene a darle ritmo y potencia.

            El “Traité des scandales”, la hoguera de Servet, el riguroso desarrollo de una doctrina que aniquila al hombre ante Dios han acreditado la idea de que Calvino consumó la ruptura de la Reforma con el humanismo. Pero Calvino no renegó nunca de su formacion humanística: su admiración por los clásicos de la Antigüedad se expresa en la misma “Institución cristiana”. Y corona su obra en Ginebra con la creación de la Academia, donde la organización de los estudios, inspirada de la pedagogía humanista, concede amplio lugar a las buenas letras; sobre todo, el método empleado en la “Institución” es una transposición de los principios mismos del humanismo, estudiando la Biblia con la atención de la exégesis erasmista, volviendo a las fuentes del cristianismo primitivo y a San Agustín, particularmente. Toda la obra de Calvino supone un correcto uso de la razón, de la que él dice que “nadie está desprovisto para el gobierno de la vida presente”. Finalmente, estudios recientes han mostrado cual fue, sobre el reformador, la influencia del derecho romano, de ciertas nociones del estoicismo y de la filosofía platónica.

            Y, con todo, su obra escrita importa menos a la historia que su acción en el mundo: él fue el “creador de un tipo de hombre y de una civilización” (Émile-Guillaume Léonard: “Histoire générale du protestantisme”). El éxito duradero del calvinismo descansa en la fuerte organización dada a la Iglesia. Convenía evitar la inconsistencia de la parroquia evangélica primitiva, nacida espontáneamente de la predicación. Por el acento puesto en la Iglesia visible desde 1539, la “Institutio” proporcionaba una base dogmática a esa organización. Y Calvino la realiza en Ginebra: las “Ordonnances” de 1541 definen los ministerios, aseguran la disciplina a través del doble mecanismo de la Excomunión y del Consistorio (especie de jurisdicción eclesiástica compuesta por los pastores y los “Ancianos”); un compendio litúrgico y un catecismo aseguran la unidad de culto y de la doctrina. Pero fue necesario una lucha de quince años para romper la resistencia de los “libertinos” a la actividad inquisitorial del Consistorio. En adelante, si Ginebra no es una teocracia en sentido estricto, en ella reina una dictadura moral, dentro de una “Ciudad-Iglesia”, enteramente sometida a la ley de Dios. La inspiración que irradiará Ginebra va a expandirse sobre todo en Francia, donde el Calvinismo asume toda la Reforma.

            Son conocidas las teorías que insisten en la importancia del calvinismo en la génesis de la sociedad contemporánea, imputándole el “espíritu del capitalismo”. Esa vía de reflexión tiene, al menos, el mérito de subrayar el realismo moderno con el cual Calvino consideró las cuestiones económicas y sociales, refutando el principio escolástico de la esterilidad del dinero. Toda la Reforma se caracteriza por una apertura de la piedad hacia el siglo, insistiendo, desde Lutero, sobre la “vocación” temporal. Y Calvino refuerza esa tendencia. Su doctrina es dinamismo, y la predestinación rebrota en los elegidos en voluntad de acción; en ello no hay paradoja alguna, sino extrapolación de su experiencia personal de la fe. A la concepción de un Dios actuando perpetuamente en el mundo corresponde, paralelamente, un ideal de vida que es participación en esa acción.

            Paulatinamente socavada su salud a partir de 1558 por el agotamiento, la ansiedad y otros achaques (migrañas, afección respiratoria, cálculos renales, gota), “el papa de Ginebra” moría el 27 de mayo de 1564, a los 54 años, después de haber exhortado al Consejo en estos términos: “Animaos y fortificaos, porque Dios se servirá de esta Iglesia y la mantendrá”. Fue inhumado en el cementerio des Rois (o de Plain Palais), Ginebra, y rechazó para sí una sepultura identificable.

Su amigo Théodore de Bèze será su sucesor.

Dos años antes había empezado a desatarse por toda Francia una aparentemente irreconciliable y sangrienta confrontación, a lo largo de ocho guerras de religión, interrumpidas con frágiles treguas, que sólo concluirá en 1598.

            Un museo protestante existe desde 1955 en la ciudad natal de Calvino, en el 6 de la Place Aristide Briand de Noyon, que encierra abundante iconografía y una rica biblioteca.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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En español

ADRIAN LARA, Laura: Dialéctica y calvinismo; una reflexión desde la teoría política; Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2015.
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KNOTT, Carlos-Tomás: ¿Es bíblico el calvinismo? Breve examen del calvinismo a la luz de La Biblia; Sevilla, Berea, 2010.

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