Pétain, Philippe (1856-1951)

          El que será mariscal de Francia y hombre político, Henri Philippe Omer Pétain nacía en Cauchy-à-la-Tour (Pas-de-Calais, no lejos de la frontera belga), el 24 de abril de 1856, en los últimos años del Segundo Imperio, y en el seno de un hogar campesino, donde ya estaban tres hermanas y nacerá otra después de él, que no llegará a la edad adulta. Era su padre Omer-Venant Pétain y su madre Clotilde Legrand, que fallece cuando el niño apenas tenía año y medio. Otros tres hermanos vendrán de un segundo lecho de su padre.

Atendido y educado por sus abuelos maternos, de sólidos sentimientos religiosos, después de haber aprendido a leer en el seno familiar, con algunos rudimentos de aritmética, ingresa a los once años en el colegio Saint-Bertin de la cercana Saint-Omer, para proseguir sus estudios secundarios.

          Impresionado y frustrado por la derrota de Francia ante Prusia como muchos jóvenes de su generación, decide seguir la carrera de las armas y, en 1876, logra el  ingreso en la academia militar de Saint-Cyr para entrar luego, en 1888, en la Escuela Superior de Guerra de París, de la que será él mismo, profesor en 1901, en 1904/07 y en 1908/11.

Alumno medio siempre, suboficial y luego oficial, discreto y sobrio en sus opiniones en medio de la turbulenta vida política de la joven Tercera República, y corto de relaciones personales, iba ascendiendo lentamente en aquel ejercito francés, relativamente aristocrático aún, de finales del siglo XIX, sin que nada hiciera predecir su brillante prestación militar posterior.

Philippe Pétain (1856-1951). BNF

Philippe Pétain (1856-1951). BNF

En 1914, a los 58 años y a punto de tomar el retiro, sólo era aún coronel con mando del 33º regimiento de infantería en Arras. Fue aquí donde Pétain conoció en octubre de 1912 al joven subteniente Charles De Gaulle, que llegaba destinado a su regimiento, recién salido de Saint-Cyr.

Y es que el coronel Pétain estaba anotado como de temperamento demasiado independiente; cuando, en vísperas de la Primera Guerra Mundial, el Estado Mayor francés preconizaba la ofensiva a ultranza, Pétain, casi el único, defendía la defensiva y la guerra de posiciones, inspirándose en las recientes lecciones de la guerra ruso-japonesa.

          Y es ahora también cuando los caminos de Pétain y de Georges Clemenceau vienen a coincidir. La guerra le va a dar al militar la oportunidad de demostrar su talento y al político su temple de altura en situaciones extremas.

Al principio de las hostilidades el coronel Pétain se distingue a la cabeza de una brigada de Infanteria del 1er. Cuerpo de ejército en Bélgica y en Guisa (uno de los escasos episodios victoriosos del mes de agosto de 1914).

Ascendido ahora a general, estuvo al mando de la 6ª división en la batalla del Marne (septiembre de 1914) y, luego, del 33º Cuerpo de ejército con ocasión de la ofensiva de Artois (mayo de 1915). Colocado luego al mando del II ejército, participó en la batalla de Champaña, en septiembre de 1915. Y en todas las operaciones, Pétain se distinguía por su prudencia y la preocupación siempre por preservar la vida de sus hombres.

A finales de febrero de 1916, al mando siempre del II Ejército, se le encarga que asuma la dirección de la defensa de Verdun contra los asaltos del Kronprinz. Y Pétain presta gran atención a las comunicaciones (la famosa “Voie sacrée”), pero, sobre todo, desarrolla una acción psicológica capital y devuelve la confianza a las tropas con su energía tranquila.

Según el testimonio del general De Gaulle en “La France et son armée”, Pétain se mostraba  siempre “excelente para captar lo esencial”, y aseguró la victoria, al inculcarles a sus tropas “el arte de lo real y de lo posible”. Aquel 10 de abril de 1916, lanzaba su Orden del día concluyendo con la sencilla frase de “On les aura!” (¡Acabaremos con ellos!), que se hará célebre. Y, sin embargo, Pétain hubo de insistir una y otra vez para hacer comprender la importancia de Verdun al Alto Mando, obstinado en su proyecto de ofensiva sobre el río Somme.

Sustituido por Nivelle, su nombramiento al mando del grupo de ejércitos del Centro en mayo de 1916, representó, de alguna manera, una medida de alejamiento. Pero Pétain se había convertido ya en una figura popular e iba a permanecer para siempre “le vainqueur de Verdun”.

En 1917, cuando la moral del ejército francés se vino a tambalear, tras la sangrienta ofensiva y fracaso del general Nivelle en el Chemin des Dames, fue a Pétain otra vez a quien el gobierno de Alexandre Ribot recurrió.

          Promocionado a Comandante en jefe de los ejércitos en sustitución de Nivelle (15 de mayo de 1917), Pétain hubo de enfrentarse inmediatamente a las diversas rebeliones que estallaron entre las tropas esa primavera (paralelamente a lo que estaba sucediendo en el frente ruso). Pero pudo restablecer rápidamente la situación, reduciendo las sanciones a lo mínimo y mejorando las condiciones materiales del combatiente, si bien ejerciendo igualmente una rigurosa firmeza, hasta el fusilamiento en determinados casos, y combatiendo con rigor el derrotismo.

          Nombrado de nuevo Presidente del Consejo en noviembre de 1917, Clemenceau mantiene relaciones estrechas con Foch y con Pétain, aunque aprende a conocer mejor al segundo, gracias al general Henri Mordacq, su jefe de gabinete.

En los meses que siguieron, Pétain reorganiza completamente el ejército francés y forja el instrumento de la que será ofensiva victoriosa de 1918.

Sin embargo, continuando él fiel a su concepción defensiva, es a Ferdinand Foch, partidario de la ofensiva a ultranza, al que el estamento político prefiere, en marzo de 1918, como generalísimo de los ejércitos aliados, con Pétain siendo comandante en jefe de todo el ejército francés.

Estando en esta función, en el momento en que la infantería alemana cruzaba el río Aisne y avanzaba peligrosamente hacia París, a finales de mayo de este 1918, el Presidente de la República Raymond Poincaré, pedía sanciones para Pétain por considerar su actitud excesivamente conservadora. A duras penas pudo salvarle de una brusca destitución un Clemenceau cuya fe en él iba también decayendo en esta guerra inacabable. “Si el país ya no confía en mí –le dijo al presidente del Consejo en Provins- pido ser sustituido”. Y el propio Mordacq ofreció igualmente su dimisión si Pétain había de irse.

          La oposición entre Foch y Pétain vino a manifestarse particularmente el 18 de julio de 1918, tras el fracaso de la última ofensiva alemana en Champaña: la orden de contraataque inmediato dada por Foch al ejército de Mangin fue considerada prematura y Pétain anuló la operación. Foch consiguio, no obstante, imponer su punto de vista y los hechos vinieron a darle la razón, con la retirada alemana, a finales de septiembre de 1918.

Así, desde esta época, se revelaba claramente un rasgo del carácter de Pétain y que puede explicar su accion politica futura: una prudencia rayando en el pesimismo (sus adversarios dirán, en el derrotismo).

Llegó la firma del armisticio del 11 de noviembre de 1918, y el 19 Pétain entraba pacificamente en Metz y era nombrado mariscal de Francia. Se convertía en vice-presidente del Consejo Superior de la Guerra en 1920 e inspector general del ejército en 1922.

          Pero ya el octogenario y siempre quisquilloso Clemenceau, retirado de la política, consideraba al mariscal, hacia 1923, alguien sin agallas (sans coeur), ni arrojo, ni ideas, y más administrador que jefe –según dice Georges Wormser [“Clemenceau vu de près”], que sería jefe de gabinete del presidente del Consejo y luego su albacea-.

 De aspecto sencillo y bonachón, apreciado como jefe, humano siempre y sopesando en cada acción el precio de la sangre de sus soldados, Pétain era considerado por los hombres del régimen republicano un militar más seguro políticamente que Foch o Lyautey.
Y este último interpretó como una falta de confianza hacia su persona el envío de Pétain al Rif (Marruecos) en 1925/26 para reprimir la rebelión de Abd el-Krim. Allí coincidiría con Miguel Primo de Rivera, recientemente llegado al poder en España, en una gira de inspección.

          El 22 de noviembre de 1931, Pétain era recibido en la Academia Francesa, sucediendo a Foch, recientemente fallecido: “Au-dessus de moi, c’est l’armée que vous avez voulu acclamer” –dijo él en su discurso de recepción, donde no faltaron generosas, aunque matizadas palabras, hacia la memoria de su antecesor -; y fue acogido calurosamente por Paul Valéry.

          Último superviviente de los grandes jefes de la Guerra, el prestigio de Pétain fue creciendo en los siguientes años 30’. Abandona la vie-presidencia del Consejo Superior de la Guerra, para ser nombrado inspector de la defensa aérea del territorio. Y, después del movimiento sedicioso del 6 de febrero de 1934, en que los ex-combatientes de 14/18 y las ligas de extrema derecha se manifiestan en París contra un sistema parlamentario, más que muralla de libertades, pretexto hipócrita de carreristas y corruptos, Gaston Doumergue llama a Pétain para que forme parte de su gabinete como ministro de la Guerra.

          Terminada la guerra civil española en 1939 es también a él a quien Daladier recurre para ser enviado como embajador a Madrid, pues su prestigio parecía indispensable para retomar las relaciones diplomáticas con la nueva España de Franco.

El mariscal se vió naturalmente objeto de muchas solicitaciones llegadas de hombres políticos de los más diversos horizontes. No partidario de una eventual guerra contra Hitler, no acude a la solicitud de Daladier que le invitaba a formar parte del gobierno en el momento de la declaración de guerra, en septiembre de 1939; pero tampoco quiso comprometerse ni entró, antes de 1940, en ningún complot contra el régimen républicano. Y hubo de desautorizar en varias ocasiones a quienes pretendían comprometerle, particularmente irritado por aquel folleto “C’est Pétain qu’il nous faut” (“Es a Pétain al que necesitamos”), de Gustave Hervé, socialista y antimilitarista en su juventud, al que ya nadie tomaba en serio.

En los primeros días de la derrota francesa, Paul Reynaud hizo volver a Pétain de Madrid para darle entrada en su gobierno como vice-presidente del Consejo (18 de mayo de 1940), buscando un efecto psicológico en la opinión publica, bien necesitada de un reforzamiento moral. Pero el mariscal consideraba que la guerra estaba ya perdida y, con 84 años, tenía ideas estratégicas rebasadas: siendo ministro de la Guerra en 1934, había desaconsejado la fortificación de la frontera franco-belga, bajo pretexto de que las Ardenas (por donde iban a pasar los panzer de Guderian pocos años después) no constituían un sector peligroso. Y en 1938 todavía, en el prefacio de una obra militar, minimizaba la eficacia de los carros de combate.

Una vez que las tropas francesas de la metrópoli hubieron capitulado, hundida ya la resistencia por todas partes, y ocupado París por los alemanes, con ocasión del Consejo de ministros de Burdeos el 15 de junio de 1940, Pétain y Weigand se opusieron vivamente a Reynaud, que propugnaba seguir la lucha en las colonias. La Wehrmacht acababa de cruzar el río Loira y se encontraba en el Saona, pero Pétain rechazaba esa solución que le parecía deshonrosa para el ejército, e insistía en que el gobierno debería abrir negociaciones con vistas a un armisticio. A partir de ese momento, Pétain obedecía al pensamiento que no habría de dejar de inspirarle hasta 1944: el principal deber era permanecer al lado de los franceses de la metrópoli para protegerlos, en la medida de lo posible, contra los rigores de la ocupación extranjera.

Puesto en minoría por la autoridad de los grandes jefes militares, Reynaud se retiró y, en la noche del 16 al 17 de junio de 1940, Pétain quedó encargado de constituir nuevo gabinete, siendo Albert Lebrun presidente de la República. Y Pétain solicitó inmediatamente el armisticio, que fue firmado el 22 de junio de este 1940.

Ya dos de sus ministros, Raphaël Alibert y Laval, preparaban el derrocamiento del régimen republicano.

          El 1 de julio de 1940, Pétain decidía instalar su gobierno en Vichy, y el 10, a propuesta de Laval y por 569 votos a favor contra 80 y 17 abstenciones, las Asambleas daban al mariscal “todos los poderes (…), a los efectos de promulgar, por uno o varios actos, una nueva constitución del Estado francés”.  Con lo que Pétain iba a acumular las funciones de Jefe del Estado y de presidente del Consejo. Con este gesto de dudosa legalidad para algunos y, en cualquier caso, de indiscutible atipicidad política, a partir del día siguiente, diversos actos constitucionales le concedían el título de “Chef de l’État”, con poderes legislativos hasta la constitución de nuevas asambleas, y el derecho a promulgar leyes, a disponer del ejército, y a nombrar y revocar a los ministros, responsables únicamente ante él.

En una Francia anonadada por la súbita derrota, su popularidad era entonces considerable, y está fuera de duda el resultado positivo, por inmensa mayoría, de una hipotética consulta a la nación por referéndum que el “vainqueur de Verdun”, hubiera podido organizar en el transcurso de ese verano. Grandes escritores como Mauriac, Claudel, o Maurras encomiaban su figura.

Así, el voto de la Asamblea nacional aseguraba la transición legal entre la Tercera República y el nuevo régimen, y los llamamientos lanzados desde la radio de Londres por el general De Gaulle, ex-protegido de Pétain, apenas fueron oídos. Finalmente, el aplastante espectáculo del poderío militar alemán y su contraste con la miseria de una Francia lanzada por los caminos del éxodo, dejaban en esos aciagos días, pocas esperanzas respecto a una próxima revancha.

          Jefe del Estado ya, Pétain rompe con el parlamentarismo considerado estéril, elimina de su gobierno a los viejos políticos (salvo Laval), para rodearse preferentemente de “tecnócratas”, inaugurando así la “Révolution nacionale”, autoritaria, paternalista, jerárquica y corporativa, que la nueva divisa del “État français”: Travail, Famille, Patrie venía a compendiar.

Pero la libertad de acción de la que disponía el nuevo régimen era muy limitada, pues la mitad septentrional del territorio nacional estaba ocupada por los alemanes, cuyas exigencias económicas y prepotencia política no iban a dejar de aumentar en adelante. En Vichy mismo, el viejo mariscal iba a verse sometido a influencias contradictorias, a las cuales terminaba por ceder, no sin haber opuesto, a menudo, una resistencia testaruda y ambigua.

La divisa del nuevo régimen

La divisa del nuevo régimen

          En el terreno de la política extranjera, la actitud de Pétain ha sido presentada a menudo como un “doble juego” patriótico, consistente en aceptar exigencias parciales de los alemanes, a fin de mantener lo esencial, esto es, la independencia de un Estado francés en la metrópoli y la inviolabilidad de la flota y de las colonias. Politica que en 1940/41 y dentro de las escasas opciones disponibles, parecía aún practicable: en el momento en que se entrevistaba con Hitler en la estación de Montoire-sur-le-Loir -165 km al SO de París-, aquel 24 de octubre de 1940 (al dia siguiente de la entrevista Hitler-Franco), el mismo Pétain desarrollaba en Londres a través de Louis Rougier, negociaciones con Churchill. Y, ante la voluntad manifiesta de Laval de inclinar su política en el sentido de la colaboración con Alemania, acabó decidiéndose por una especie de revolución de palacio que concluía con la expulsión del gobierno y la detención de Laval (13 de diciembre de 1940).

Hasta 1941, Pétain (cuyo gobierno había sido reconocido por todos los países del mundo, salvo Gran Bretaña y Dominios), conservó estrechos contactos con el embajador americano en Vichy, el almirante William Daniel Leahy.

Sus fines políticos eran preservar, lo mejor que pudiera, los intereses de la Francia vencida, conducir su restablecimiento moral y restaurar su independencia, en el marco, ahora, de una “nueva Europa” dominada por Alemania.

El anciano mariscal lo intentó, pero la inanidad y candidez de tales maniobras no tardarían en aparecer. Pétain había sustituido a Laval por Flandin, pero los alemanes se negaron a entrar en discusiones con este último, lo que creaba una situación insostenible por el hecho de la presencia de tropas de ocupación. Y, a partir de febrero de 1941, hubo de resignarse a practicar, con el almirante Darlan, su sucesor designado, la política colaboracionista que le había negado a su antecesor.

Finalmente, Pierre Laval asumía el 18 de abril de 1942, por exigencia de la potencia ocupante, la presidencia misma del Consejo (dirección del gobierno) que hasta ese momento ejercía Pétain secundado por dos vicepresidencias.

          La division de Francia en facciones opuestas, la pérdida sucesiva de las colonias, ahora bajo el control de la Francia libre, la ocupación total del territorio y el barrenamiento de la flota (26 al 27 de noviembre de 1942), después del desembarco aliado en África del Norte, privaron a Pétain de todas las bazas que poseía para resistir a las conminaciones alemanas, reduciéndolas a una sombra de poder en el sutil juego diplomático que Vichy venía desarrollando, desconocido para la masa de los franceses.

Fue en ese momento cuando Pétain hubiera podido dar órdenes a la flota de Tolón de ganar la alta mar, alcanzar él Argel y proseguir la lucha desde allí, junto a De Gaulle y otras personalidades, arguyendo la violación del armisticio por parte alemana; pero la decisión que tomó de mantenerse en la metrópoli decepcionó a muchos de los que aún creían en su persona.

          Los jefes colaboracionistas de París, que no se hacían ilusiones respecto a los sentimientos reales del mariscal, podían al menos argüir sus múltiples declaraciones oficiales para justificar la ayuda activa que ellos deseaban proporcionarle a Alemnia: Pétain había enviado un mensaje a la Legión de voluntarios franceses contra el bolchevismo (LVF), que luchaban en las filas de la Wehrmacht en el frente ruso (5 de noviembre de 1941), había felicitado a las tropas alemanas, después de que éstas hubieran rechazado la incursion aliada de Dieppe (19 de agosto de 1942), había ordenado a las tropas de Africa del Norte que hicieran frente al desembarco aliado (8 de noviembre de 1942), había prestado su sanción a la creación de la Milicia (30 de noviembre de 1943) y, sobre todo, había dejado pasar sin protesta pública y solemne la ejecución de rehenes y la deportación de judíos. Sin duda, todo tipo de notas y confidencias secretas, reveladas posteriormente, han venido a demostrar que él mismo desaprobaba su  conducta oficial, pero suya era la responsabilidad suprema de todos los actos ejecutados en su nombre, y miles de jóvenes franceses, creyendo seguir el pensamiento del mariscal, habian ido a alistarse en la LVF, en la Milicia o en las organizaciones colaboracionistas. Es cierto, igualmente, que, con su presencia, que imponía cierto respeto a los alemanes, Pétain le evitó a Francia seguir el destino de Polonia, pero la ambigüedad de Vichy alentaba la actitud de espera y el oportunismo, e iba a dejar profundas heridas en la conciencia de los franceses.

          Mientras el contralmirante Gabriel Auphan (que había sido Secretario de Estado de Marina de su gobierno) en vano acababa de intentar entrar en negociaciones con el general De Gaulle, siguiendo órdenes suyas (será detenido y juzgado luego, llegada la liberación), el 20 de agosto de 1944, Pétain era secuestrado en Vichy por los alemanes, conducido a Belfort y, luego a Sigmaringen (Baden-Wurtemberg), a  principios de diciembre. Allí se negó a avalar cualquier simulacro de gobierno francés y, en adelante, a toda actividad política, y protestó cuando la “comisión gubernamental”, presidida ahora por Fernand de Brinon (que acabará fusilado en abril de 1947) intentó utilizar su nombre.

En el momento de la derrota alemana, enterado de que su proceso iba a abrirse en París, obtuvo autorización para regresar a Francia, y el 24 de abril de 1945, se presentaba en la frontera suiza, para quedar, al día siguiente, a disposición de las autoridades francesas.

Fue juzgado ante la Corte Suprema de Justicia (Haute Cour) entre los días 23 de julio al 15 de agosto de 1945, y defendido por los letrados Jacques Isorni, Fernand Payen y Jean Lemaire. Y el acusado se limitó a leer una breve declaración al principìo, para permanecer en silencio en adelante, sin responder a las preguntas.

Por 14 votos contra 13, Pétain se vio condenado a muerte, a la indignidad nacional y a la confiscación de sus bienes; pena capital conmutada, no obstante, por la cadena perpetua, en consideración a su edad. Y la “degradación nacional” implicaba su exclusión de la Academia Francesa.

Fue reducido a prisión en el Fort du Portalet, valle de Aspe (dep. de los Bajos Pirineos, según la antigua denominación), de agosto a noviembre de 1945, y luego en la ciudadela de l’Île-d’Yeu (Vandea), adonde su esposa –instalada ahora en Port-Joinville-, podrá venir a visitarle diariamente por especial favor; ello entre iniciativas de reclamación de indulgencia y revisión del proceso a las que no fueron ajenas incluso muy relevantes personalidades extranjeras.

Degradado ya su estado físico e incluso su salud mental desde hacía algún tiempo, las autoridades judiciales acabaron autorizando la liberación de quien no era ya más que “un anciano inofensivo”,  y su traslado a casa de su esposa en Port-Joinville, el 29 de junio de 1951. Allí moría Philippe Petain el 23 de julio de 1951. Y allí fue enterrado.

          Desde entonces, “L’Association pour défendre la mémoire du maréchal Pétain” y diversas asociaciones de ex-combatientes de la Primera Guerra Mundial venían solicitando inútilmente, apoyados con decenas de miles de firmas, su inhumación en Douaumont, cerca de quienes habían caído en la defensa de Verdun y según testamento expresado tiempo atrás por el finado. Así estaban las cosas cuando, en febrero de 1973 y en una arriesgada acción, un grupo de activistas proceden a su exhumación con la intención de negociar, incluso, su traslado a los “Invalides”. Fueron descubiertos y detenidos, y los restos de Pétain trasladados de nuevo a su originaria tumba, mejor protegida y cerrada en adelante, y honrada con flores, desde las más altas instancias oficiales, en los momentos de ciertas conmemoraciones relacionadas con 1918. Hasta que la protesta de determinados círculos políticos y de la comunidad judía, han hecho cesar dicha práctica.

 

APUNTE BIBLIORÁFICO

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COINTET, Michèle: Nouvelle histoire de Vichy, 1940-1945; Prís, Fayard, 2011.
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