Michelet, Jules (1798-1874)

          Aproximadamente de la misma edad que Vigny, Balzac o Victor Hugo, Jules Michelet nacía el 21 de agosto de 1798 (5 fructidor, Año VI), bajo el régimen del Directorio, y podría encuadrarse en ese movimiento de ideas (el Romanticismo francés entre 1815 y 1850), donde, en Historia, tenemos también, sobre todo, a Tocqueville y a Edgard Quinet, pero igualmente a Prosper de Barante, Augustin Thierry o Louis Blanc.

Casi el único de entre los grandes de su generación, Michelet nace entre el pueblo de París, en la rue de Tracy  y en una pequeña iglesia cerrada al culto (¡son los tiempos!), donde su padre ha podido instalar su imprenta;  orígenes que le marcarán. Eran sus progenitores, Jean Furcy Michelet, tipógrafo arruinado (en un momento en que Napoleón ha suprimido buena parte de las imprentas por controlar la expresión del pensamiento político), que le va a transmitir su admiración por los jacobinos, sus aversiones y su propio odio al Imperio en el que crecerá hasta los 17 años; y su madre, Constance Millet, originaria ella de las Ardenas.

Por el momento, el niño conoce la miseria material en el hogar familiar y vagabundea por las calles de París, desarrollando su sentido de la libertad y de la observación. Y, aprendiendo a componer en el taller de su padre, va adquiriendo también el sentido del trabajo intenso y continuo. De hecho, el muchacho aparece ya dotado de grandes facultades intelectuales, después de la enseñanza primaria y en el transcurso de sus estudios en el lycée Charlemagne, donde tiene como profesor a Villemain.

En 1815 ha perdido a su madre, pero su padre -encarnación de cuanto él admiraba en la Revolución-,  estará presente una buena parte de su existencia.

Llegaron los Borbones, “en los furgones del extranjero” –dirán republicanos y bonapartistas-, pero la explosión de gozo fue universal por toda Francia, porque con ellos llegaba la libertad relativa y, sobre todo, la paz.

Y en la Sorbona, Villemain, Guizot y Victor Cousin, jóvenes profesores entonces, comienzan a impartir su pensamiento liberal.

Licenciado en julio de 1818, Michelet es “docteur ès-lettres” al año siguiente, con 21 años.

          Al tiempo que empezaba a enseñar (interino primero en el lycée Charlemagne, y luego titular de historia en el lycée Sainte Barbe, a partir de noviembre de 1822 y durante cuatro años), sigue estudios de letras, de derecho, de filosofía y de lenguas clásicas. Y su cultura llega a ser  enciclopédica; pero ya se perfilan en él algunas preferencias: a Platón y Virgilio vienen a añadirse los grandes hombres del siglo XVIII: Voltaire, su primer maestro de historia, al que pronto rebasará, los enciclopedistas, con Condorcet y su teoría del progreso anunciando una ciencia del hombre que él tendrá la ambición de fundar; lee también a los pensadores de su tiempo, extrayendo la sustancia incluso de aquellos alejados de sus esquemas mentales, como Ballanche, Joseph de Maistre o Lamennais; y, como toda su generación, las novelas históricas de Walter Scott.

El 20 de mayo de 1824, a los 26 años, prácticamente forzado al matrimonio, se casa con Pauline Rousseau, unos años mayor que él, hija de un tenor; unión que fracasará por la disparidad de formación entre ambos, pero de la cual nacerán Adèle en 1824, y Charles Michelet en 1827.

Y sigue los cursos que Cousin imparte en su domicilio –privado de su cátedra de filosofía en l’École Normale con la reacción de Carlos X-, cuya influencia recibe y que viene a fortalecer su inclinación por las ideas generales; alli conoce a Edgar Quinet, cinco años más joven que él,  a quien le unirá una excelente amistad el resto de su vida.

          En 1827 obtiene un puesto en la Escuela Normal (que entonces quieren llamar École préparatoire),  donde imparte filosofía e historia. Y publica cuadros cronológicos y sincrónicos de la historia moderna, además de una traducción de los “Principios de la filosofía de la historia” (“Science nouvelle” -Scienza nuova-), de Giambattista Vico, con una importante introducción propia. El descubrimiento del napolitano, con cuyo pensamiento se sentirá plenamente de acuerdo, y del alemán Herder resultarán capitales. Para Michelet, la historia sólo se concebirá, en adelante, en relación con una filosofía. Descubre que todas las disciplinas, las artes y las ciencias deberan concurrir a hacer la historia, considerando que el historiador deberá abrazar lo universal.

Jules MIchelet. Estudio Nadar. BNF

Jules MIchelet. Estudio Nadar. BNF

Y redacta entonces una “Histoire romaine” que saldrá en 1831.

          Otra sacudida decisiva: la Revolucion de julio de 1830 que derroca a los Borbones y acaba con la experiencia de la Restauración y de la “Carta Otorgada”. Michelet, vagamente republicano, entreverado de un romanticismo librepensador, no participa en ella, pero concluye que el pueblo es el actor de la historia. Como tantos románticos, transfiere a las “Tres Gloriosas” jornadas que trajeron a Luis-Felipe las nociones difusas y contradictorias que ha heredado sobre la Gran Revolución, la de 1789, aun cuando más tarde se dé cuenta de que lo sucedido en 1830 sería menos decisivo de lo que había anunciado.

Esa idea de que la libertad es una continua conquista, y esa visión de la historia como un relato épico lo refleja en su “Introduction à l’Histoire universelle”, publicada en 1831, obra igualmente introductoria de su propio pensamiento. El tono es ya elocuente y lírico.

Será luego el inicio de su gran obra, la “Histoire de France”, que le ocupará durante los treinta años siguientes.

Aquella revolución de Julio supuso para los liberales una auténtica carrera a ocupar puestos; y con la llegada al poder de sus antiguos profesores Villemain y Guizot, Michelet asume varios cometidos: preceptor para la historia de Clémentine, una de las hijas de Louis-Philippe, puesto, sobre todo, honorífico, pero esta relación con la Monarquía burguesa va a durar quince años; y le nombran jefe de la sección histórica de los Archivos Nacionales, donde removerá tantos papeles y legajos como humanamente le va a ser posible, porque en ellos percibe el pálpito del tiempo pasado que parece interpelarle; él dirá: “Augustin Thierry llamó a la historia narración, Guizot, análisis, yo la llamo resurrección”.

También imparte enseñanza en l’École Normale (historia del Medievo e historia moderna); sustituye a Guizot en la Sorbona (1834-1836) y asume el profesorado de Historia y de Moral en el Collège de France en 1838.

Para sus estudiantes, va precisando él mismo sus ideas, fruto de la docencia; en 1835 ha publicado también unas “Mémoires de Luther par lui-même”.

          Encarnando un nacionalismo profético, Michelet emprende su “Histoire de France”, atribuyéndole a su país cualidades de dinamismo y de equilibrio que, a su entender, le confieren una verdadera misión. La ve guiada por una especie de luz, revelando al mundo, a través de errores y vicisitudes, el sentido del progreso. Michelet le atribuye un sentido a la Historia, y al pueblo francés en ella. Y, hasta el día de su muerte, no cesará de trabajar en su gran obra, volumen tras volumen.

Si el arrebato de Michelet permanecerá el mismo, el espiritu de la obra, experimentará algunas fluctuaciones. Al principio, la influencia de Augustin Thierry era sensible, pero Michelet no quiere fundar la historia de la nación sobre luchas de razas,  porque la civilización y las ideas también tienen su lugar.

Los volúmenes iniciales aparecen en 1833: el primero es, forzosamente, algo vago y arbitrario, dada la precariedad y la falta de documentación disponible. Pero, ya en el umbral de la Francia formada, el autor se detiene para fijar los componentes del país. El t. II se abre con un amplio “Tableau de la France”, que contiene algunas de sus más célebres páginas, cuadro poco equilibrado donde, por razones en parte poéticas, Bretaña adquiere un lugar preponderante.  Es una especie de viaje en el espacio y en el tiempo, en el que Michelet busca una síntesis de la geografía y de la historia. Después de la disolución del imperio carolingio, los pueblos van adquiendo el rostro de la tierra que los sostiene y los alimenta. A través de la diversidad, se esboza ya la unidad de Francia, y los diversos pueblos se agrupan en la idea común de patria, que va adquiriendo así un valor espiritual: la patria es la “amistad” que une entre ellos a cierto número de individuos. Definición de “patria” que se puede comparar con la no menos ambigua, espiritualista y voluntarista, que hace Renan en “Qu’est-ce qu’une nation”.

La visión sistemática e incluso utópica a veces, del “Tableau…” desemboca en un himno a Francia, ese conjunto vivo, formado por parcelas vivas.

          En los años que siguen, Michelet prosigue su “Histoire de France”, privilegiando esos grandes momentos que parecen gozar de su predilección: el año Mil, las Cruzadas, el tiempo de las catedrales. Será, sobre todo, la Guerra de los Cien Años, porque su entusiasmo alcanza una especie de culto por Juana de Arco, “fille du peuple”. Y termina desgajando este episodio del t. V de su “Histoire de France” para la biblioteca de los ferrocarriles de Hachette, pensando que así llegaría más fácilmente al pueblo llano, para el cual, la heroica figura de “la Pucelle” quemada en Ruán debería representar el símbolo, proyectado hacia el futuro, de la recuperacion nacional.

Hombre de acción y profeta aparecen siempre dispuestos en Michelet a tomar el relevo del historiador.

          1838 e inmediatamente posteriores son años importantes en la existencia de Michelet: se  siente en la plenitud de sus facultades, y sus estudios han fortalecido en él la aversión hacia todo principio de autoridad, hacia la Iglesia Católica en general, con la que enfrenta al “pueblo”, y los jesuítas en particular.

Ingresa en la Academia de Ciencias morales y políticas (Institut) y es nombrado para ocupar una cátedra de historia en el Collège de France, donde, en abril de este 1838, inaugura sus funciones con un admirable curso sobre París, algunas de cuyas páginas aparecerán luego en su “Journal”. Allí, de concierto con Quinet y el mesiánico polaco Adam Mickiewicz, entonces en París, exaltará a su auditorio en un ambiente prerrevolucionario y republicano avant la date.

De escritor de la Historia se convierte en actor, aboga por la causa del pueblo y la hace suya. Y en las Cámaras de los Diputados y de los Pares comienzan a ser frecuentes la interpelaciones contra Michelet.

          En julio de 1839 fallecía de tuberculosis su esposa Pauline y él quedaba él viudo a los 41 años; tras lo cual, un tiempo después, Michelet vive unos breves amores con Françoise-Adèle Dumesnil (la madre de su futuro yerno Alfred Dumesnil, alumno que ha sido suyo), la cual también fallece en 1843.

          Por esta época, Michelet es un hombre solo a quien una carrera demasiado rectilínea parece pesarle ahora. La Edad Media (únicamente va por Luis XI, el 6º vol. de su “Histoire de France”, al cabo de diez años) está lejana y, hombre de su época, siente la necesidad de una acción más inmediata. Sabiendo, en adelante, a donde va, se permite saltar por encima de los siglos y aborda la Revolución, punto final del pasado y principio del porvenir para él, como para muchos de su tiempo (según lo demuestran otros estudios aparecidos también por entonces de Lamartine o Louis Blanc).

Cuatro años de preparación y de investigación le serán necesarios antes de publicar el primer volumen, en 1847, de su “Histoire de la Révolution française”, en la que identifica, una y otra vez, nación con libertad y con revolución; en “Du Peuple” va a escribir: “Sabedlo, frente a Europa, Francia nunca tendrá más que un nombre, inexpiable, su verdadero y eterno nombre, la Revolución”.  Sus convicciones políticas eran entonces las de la pequeña burguesía liberal de estos años 40’ (Roland Barthes): asociación cordial entre el capital y el trabajo, anticlericalismo, antimaquinismo (ver su “Histoire du XIX siècle”)…

Pero su Revolución se ve revisada y la Universidad criticada por la contraoposición legitimista y los sectores asimilados, y Michelet lo percibe como un ataque personal. Y así, en un anticlericalismo cada vez más virulento, se lanza en una guerra contra los jesuítas (bandera siempre de los liberales de la época), y, en colaboración con Quinet, les consagra un volumen: “Des jésuites” (1843). Atacado él mismo a su vez, el escritor contraataca con “Du prètre, de la femme et de la famille” (1845), en una deriva cada vez más alejada del consenso ideológico orleanista en el que está instalado el régimen: ¡la religión aliena a la mujer, rompe la familia y atenta contra la paz en el hogar! Ni que decir tiene que tampoco el catolicismo social de los Buchez y Lacordaire gozaban de su simpatía…

          Pero -al igual que Lamennais que, por estos mismos años, no tarda en pasar de la polémica a la afirmación de su propia verdad-, Michelet quiere expresar un mensaje positivo. Lo hace en 1846 en su libro “Du peuple” (cuyo prefacio, por cierto, aporta interesante información acerca de su infancia), punto de equilibrio de su pensamiento y de su obra (entendiendo él “pueblo” como “plebs” , no como “populus”).  Se presenta como un hijo de obrero, analiza las diversas clases que componen el pueblo, sus condiciones de vida, las fuentes psicológicas de sus reacciones y el determinismo social que le rige. Y muestra con entusiasmo las vías para su emancipación: a través del instinto, de la naturaleza y de la patria (fundada ésta en la familia, en la amistad, “la grande amitié”,  y en el asociacionismo). “Du peuple” quiere ser un grito de amor, además de una profesión de fe.

Y ese análisis va a aparecer igualmente en los siete volúmenes de la “Histoire de la Révolution”, obra para la cual su autor maneja muchos más documentos de lo que sus predecesores habian podido hacer, renovando a menudo los supuestos admitidos. Es verdad que su interpretación es, casi siempre, sistemática, buscando las piezas que abruman y acusan, o bien las que exoneran o disculpan, más que los elementos objetivos para una visión ecuánime y serena. Porque Michelet no es imparcial y manifiesta por los actores de la Revolución, ya sea abierta admiración, amor o simpatía, ya odio o despecho, según hayan servido u obstaculizado al pueblo, tal como él lo veía.

          En 1847 comenzaba en Francia, en un clima cada vez más crispado, lo que se ha llamado “campaña de banquetes” contra Luis-Felipe: la situacion política se hacía cada vez más tensa.

En enero de 1848, el ministro de Instrucción pública suspendía la enseñanza de Michelet en el Collège de France; pero llega la revolución de febrero, que él acoge con entusiasmo, y queda reintegrado en su puesto, si bien, contrariamente a otros hombres relevantes, no acepta entrar en la vida política activa y se repliega, aun cuando exprese su dolor por los sucesos de junio.

          En diciembre de este 1848 conoce personalmente a una joven admiradora con la que venía intercambiando cierta correspondencia desde hacía un año, era Athénaïs Malaret. Fue el gran flechazo, y la boda tenía lugar en marzo de 1849; él tenía 50 años entonces y ella 23. Fueron testigos Lamennais, el popular cantautor Béranger, Quinet y Mickiewicz.

          Michelet parecía encontrar de nuevo el sentido de la vida, al lado de su joven esposa, y con ella llegará a tener otro hijo en julio de 1850, que no sobrevivirá.

Sus cursos de 1849/50 en el Collège de France son ahora consagrados al amor y a la mujer. Pero en marzo de 1851 –ya con Luis-Napoleón en la presidencia de la República y una nueva Cámara conservadora, a la espera de nuevos acontecimientos-, Michelet ha de comparecer ante sus colegas que le reprochan el carácter sistemáticamente político y polémico de su enseñanza; y su magisterio queda suspendido de nuevo.

          Tras el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851, Michelet se niega a prestar juramento;  al igual que sucede con Quinet y Mickiewicz, es destituido entonces (abril de 1852) y pierde también su puesto de los Archivos nacionales. Deja entonces momentáneamente París en dirección a Nantes, donde sabe que existen buenos archivos para la redacción de su Révolution y todavía testimonios vivos de aquella época. Porque la gran tarea era ahora terminar su “Histoire de la Révolution”, con el período del Terror que le sume en cierta inevitable zozobra, no exenta de exaltación (ver el cap. sobre los cementerios del Terror).

Luego, en octubre de 1853, el matrimonio Michelet viaja a Italia, para volver, finalmente, a la Capital.

          Y, después de una larga interrupción, vuelve a su “Histoire de France” con un volumen que titula “Renaissance” (“Renacimiento”); la palabra ya existía antes, pero fue él quien la transforma en concepto histórico.

Necesitará trece años para enlazar con 1789.

          Su hija Adèle fallecía en 1855

          Su mente totalizadora rechazaba la compartimentación de la realidad y rechazaba limitarse a la Historia, porque, para él, el hombre sólo es uno de los aspectos del mundo. Posiblemente influenciado por su nueva esposa, también la historia natural le interesa. Pero es que ya desde “Du Peuple”, Michelet había hecho algunas calas fuera del campo humano. Los libros que emprende a partir de 1856 –posiblement en colaboración con Athénaïs-, “l’Oiseau”, “l’Insecte”, “la  Mer”, “la Montagne”, prolongan y amplifican ese interés; en ellos, Michelet expresaba su convicción de que, si entre el Ser humano y la Naturaleza existe antagonismo, éste ha de ser fecundo, porque un principio de unidad rige, en último término, la vida de los pueblos, su vida moral y la presencia de los animales.

Libros, por cierto, mucho mejor vendidos que su “Histoire de France”.

          La filosofía de Michelet queda aún más ampliamente expresada en “Le Banquet”, redactado en los años 50’, pero que publicará su mujer en 1878; el libro venía a modo de prolongación de “Du Peuple”, y su doble sentido era que el banquete del futuro debería alimentar a los que tienen hambre y proporcionar a todos la luz espiritual, reconciliada ya la humanidad y en alianza la Iglesia republicana y la Iglesia socialista.

Y la presencia de Athénaïs a su lado le inspira “L’Amour”

          Editado por Hachette en 1858, la primera edición de este libro, de diez mil ejemplares, se agotó antes de un mes, lo que vino a reflotar las finanzas del hogar, maltrechas después de su exclusión como profesor y archivista.

          …Y también “La Femme” (1859), donde las preocupaciones biológica y espirituales se equilibran. Eran, estas dos, obrillas de moral familiar que, en su tiempo, causaron revuelo y polémica.

          En “La Sorcière” (“La Bruja”, 1862), su autor viene a afirmar el positivo papel de esa figura, alzada contra el monopolio del saber oficial que pretendía ostentar la Iglesia, y lanza un puente entre las reflexiones sobre la mujer y su concepción de la Historia.

          Denunciado por Hachette, en el último momento, el contrato de edición ya firmado, por temor al escándalo y a represalias judiciales, el libro fue publicado, finalmente, por Hetzel, con una primera salida de nueve mil ejemplares, renovados con cinco impresiones más ese mismo año.

          El último estadio de su pensamiento filosófico lo encontramos en la ambiciosa “Bible de l’humanité”, de 1864. Anticlerical desde 1843 y más empeñado sobre esta cuestión que el mismo Victor Hugo, el volteriano Michelet se descubre religioso, no puede “pasarse sin Dios”, símbolo de la unidad del mundo, cuya verdadera Iglesia es el pueblo. Su libro debería ser un nuevo evangelio, porque, al igual que otros pensadores de su época, también él quiso ser, a su manera, fundador de religión.

          En 1867 veía coronada la gran obra de su vida, culminación de una aventura intelectual, la “Histoire de France” (19 vols. en su edición habitual), cuya sistemática parcialidad venía a comprometer irreversiblemente la serenidad del historiador. Era producto de la generación romántica en su fase liberal, la que no tuvo que huir o soterrrarse para salvar la vida, la que no tuvo que llorar tragedias familiares, nacida demasiado tarde para haber vivido aquellos años y sus horrores, pero crecida a su sombra emocional y con sus recuerdos.

          En los postreros años del Segundo Imperio la faz del pais había cambiado profundamente y el régimen se venía liberalizando. En Michelet la vena republicana se despertó y el viejo luchador volvió a cierto activismo político, apoyando, p. ej., a Jules Ferry y escribiendo en 1870 “Nos fils” (“Nuestros hijos”), a la manera, en parte, del “Émile” de Rousseau y en su perspectiva de educación republicana.

          Cayó el Segundo Imperio, con la absurda guerra y la derrota de Napoleón III ante Prusia. Y fueron luego los trágicos sucesos de París bajo la Comuna.

Michelet, ya con 72 años entonces, quedó muy afectado, e influenciado por su mujer, que le instaba a mantenerse alejado de la política, aceptó ausentarse de Francia en dirección a Italia, donde tenían por costumbre pasar algunas temporadas.

Su salud se venía degradando y, consecuencia ahora de dos ataques sucesivos de apoplejía en 1871, en Pisa y luego en Florencia, el escritor quedó físicamente muy disminuído.

Tal vez por esa razón y salvando, sin duda, la calidad literaria de su producción, la joven Tercera República no le devolvió su catedra del Collège de France: el nacionalismo romántico “quarante-huitard” había pasado también y se imponía una investigación científico-histórica más “positiva”, rigurosa y sosegada.

          En sus últimos años, Michelet había comenzado la “Histoire du XIX siècle”, cuyo tercer volumen, último redactado, alcanzará sólo Waterloo: era la versión final de su mensaje socialista y republicano. Su admiración por Babeuf y su odio a Napoleón quedan aquí ampliamente de manifiesto. Su exposición forzada de la Historia resultaba cada vez más evidente en estas obras de madurez, y la visión que proponía, crecientemente distorsionada y apocalíptica. Él va a lo que considera esencial, a su verdad profunda, verdad de artista que rebasa la inmediata exactitud. Hoy sabemos que es difícil hacer al mismo tiempo obra de arte o de combate y obra de historiador. Pero Michelet lo creía, y con él toda una generación.

          Jules Michelet, cuya obra no podría separarse de su vida, moría, finalmente, en la Costa Azul, el 9 de febrero de 1874, a consecuencia de un ataque al corazón, ocurrido cuatro días antes. Fue enterrado primeramente en el lugar del fallecimiento, Hyères, donde solía pasar los inviernos, y, dos años después, a petición de su viuda, en el cementerio del Père Lachaise de París (hoy “Cimetière de l’Est”), con honras oficiales instadas por G. Monod, y multitud de personas presentes. Un mausoleo, erigido por suscripción nacional, fue inaugurado en 1882: “L’Histoire est une résurrection” –sigue rezando su epitafio-.

Y en el château de Vascoeuil (Eure, Normandía), donde él hizo frecuentes estancias, existe un museo Michelet, con la reconstitución que pretende ser exacta de su gabinete de trabajo.

          ¿Historiador dilettante?, ¿novelista? ¿Literatura o historia creíble? De hecho la última edición en 17 volúmenes (2008-2009) de su Histoire de France,  ha sido calificada de “roman national”. Michelet, uno de los grandes románticos franceses, había querido reanimar las edades del pasado, pero la pauta de poeta visionario e imaginativo que adopta frecuentemente  (¡él se irritaba cuando le llamaban “poeta” con la mejor de las intenciones!), le hace extraviarse en no pocas ocasiones.

No dejó posiblemente un libro perfecto, pero su “Histoire de France” es una joya y un monumento literario.

          Y su “Journal”, comenzado a publicar en 1959 en Gallimard por Paul Viallaneix, que él mantuvo y redactó desde 1828 hasta su muerte (primer tomo: 1828-1848), viene a sumar a su prestigio como artista y como hombre. Es la obra de un escritor lleno de intuiciones y de fórmulas definitivas. Y las obsesiones que traslucen, como las sexuales o la de la muerte, él las asume.

          Su estilo presenta de vez en cuando frases amplias y cadenciosas que más parecen versos libres que prosa, pero son frecuentemente cortas, nerviosas, jadeantes, llenas de elipsis que acentúan los contrastes y aceleran la progresión. Sobre un amplio registro, del sarcasmo a la ternura, del éxtasis a la explosión, en Michelet la emoción del poeta nunca está lejos; y a esa imaginación él le debe la mayor parte de su talento; su sinceridad le preserva de la retórica, porque cree en lo que dice. ¡Cuántas veces sus ilusiones generosas e ingenuas han quedado desmentidas por los hechos!, pero, de alguna manera, el universo que él creó subsiste porque no es objetivo, sino, simplemente, como sucede en los grandes artistas, imagen de su creador.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

MICHELET, Jules:

  • Correspondance générale, entre 1994 y 2001, en 12 tomos; textos reunidos,
    clasificados y anotados por Louis LE GUILLOU, Honoré Champion, 1996.
  • Histoire de la Révolution Française (publ. bajo la dirección de Paule Petitier), Gallimard, “La Pléiade”, 1957 y 2019.
  • Histoire de France (última reed. en 2008/2009, presentada por P.Viallaneix y Paule Petitier).
  • La Bible de l’humanité (última reed. en Tallandier, 2016).
  • Cours au Collège de France (t. I: 1838-1844; t. II: 1845-1851); Gallimard, 1995.
  • Oeuvres Completes (bajo la dirección de P. Viallaneix; Flammarion, 14 vols. 1971-1987).

ARAMINI, Aurélien: Michelet à la recherche de l’identité de la France: de la fusion nationale au conflit des traditions; Presses universitaires de Franche-Comté; 2013.
BARTHES, Roland: Michelet par lui-même; Seuil, 1954.
BÉNICHOU, P.: Le Temps des prophètes; Gallimard, 1977.
FAUQUET, Éric: Michelet, ou la gloire du professeur d’histoire; París, Le Cerf, 1990.
FEBVRE, L.: Michelet et la Renaissance; Flammarion 1992.
MONOD, Gabriel (eminente historiador, coetáneo y amigo de Michelet): Jules Michelet: Études sur sa vie et ses oeuvres, avec des fragments inédits; También: Renan, Taine, Michelet, les maîtres de l’histoire; 1894, y La Vie et la pensée de Jules Michelet; 2 vols., Honoré Champion, 1923.
PETITIER, Paule: La géographie de Michelet; L’Harmattan, 1997; tambien: Jules Michelet, l’homme histoire; Grasset, 2006.
QUINET, Hermione (1821-1900): Cinquante ans d’amitié Michelet-Quinet (1825-1875); A. Colin, 1895/1905.
REMAUD, Olivier: Michelet, la magistrature de l’histoire; París, Michalon, 1997.
RICHER, Laurence: La cathédrale de feu: le Moyen-Âge de Michelet, de l’histoire au mythe; Saint-Cloud, Ed.Palam, 1995.
THIBAUDET, Albert (1874-1936): Michelet (ed. presentada  por Stéphane Zékian); ed. des Équateurs, 2018.
VIALLANEIX, Paul: La Voie royale (ensayo sobre la idea de “peuple” en la obra de Michelet); Delagrave.1959; también: Jules Michelet, les travaux et les jours, 1798-1874; Gallimard, 1998.

En Español

KHAN, Salah J.: Revolución e ironía en la Francia del siglo XIX; Anthropos, 2016

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