Ana de Austria – (1601-1666)

          Ana de Austria – (1601-1666) – Ana Mauricia de Austria hija primogénita de los ocho hijos que tendrán Felipe III y Margarita de Austria-Estiria nacía el 22 de septiembre de 1601 en Valladolid, donde la corte española se había instalado en enero anterior, a propuesta del valido duque de Lerma. Y, muy cercana afectivamente a sus padres y a sus hermanos, iba recibiendo una educación piadosa y estricta que marcaría profundamente su personalidad.

          Ya la corte hispana pensaba en uniones entre infantes españoles y franceses, por lo que, en 1612, se conciertan a la vez los matrimonios del príncipe de Asturias -futuro Felipe IV- con Isabel de Borbón, hija de Enrique IV de Francia y de María de Médicis, y el de Ana con el hermano de Isabel, Luis XIII.

          El 25 de agosto de 1612, pues, con la fuerte hostilidad de los sectores protestantes en el Reino, también el Consejo real, que presidía María de Médicis, regente tras el asesinato de su esposo (y donde el aventurero Concini ejercía su autoritaria influencia), votaba en Francia el enlace de Luis XIII con Ana de Austria, cuyo fin esencial habría de ser perfeccionar el acercamiento a la “Muy Católica” España (Francia venía recibiendo tradicionalmente el título de “Muy Cristiana”, siendo el rey “le Roi Très Chrétien”).

 La infanta española había dejado el Alcázar de Madrid un mes antes y, cruzándose con Élisabeth de Francia camino de España, en la isla de los Faisanes, el 9 de noviembre de 1615, cruzaba el río Bidasoa, después de haber formalizado su unión por poderes en Burgos veinte días atrás, actuando el duque de Lerma en representación del futuro esposo.

El joven rey Luis, salido de París el 17 de agosto, acompañado de su madre la regente y de toda la corte, entraba en Burdeos el 7 de octubre siguiente. Y allí se vió también a los principales embajadores extranjeros.

La boda entre la apenas núbil Ana y el tímido e inseguro Luis, de su misma edad (nacidos ambos en el mismo mes y año), fue celebrada en la catedral Saint-André el 21 de noviembre siguiente, entre fiestas palaciegas y regocijos cortesanos, y el pueblo llano olvidó por unas semanas, penas y miserias, y gozó de trompetas y oboes, mientras se desparramaba por la capital de la Guyena el alegre repiqueteo de las campanas de la basílica episcopal; se queria obviar, por unos días, el período de agitación e inestabilidad por el que atravesaba el país, al que las recientes sesiones de los Estados Generales no habían podido poner término.

El cortejo real dejaba finalmente la ciudad el 15 de diciembre siguiente. Y dicen las crónicas que, temerosa María de Médicis, la gran mentora de aquella unión, de que algo viniera a torcerse –dada la joven edad de los contrayentes y las diversas oposiciones que la alianza suscitaba en Francia, instó al inexperto adolescente a que consumara enseguida su matrimonio, de lo cual no quedará constancia, sino indicios de lo contrario. Porque Luis guardó de ello no poco rencor hacia su madre.

Y era embajador de España en la corte de Francia el duque de Monteleón, Héctor de Pignatelli y Colonna.

Dice madame de Moteville, amiga y confidente que será de la española (“Mémoires pour servir à l’histoire d’Anne d’Autriche, épouse de Louis XIII”),  que Ana era de cara agradable, tenía buena estatura y alto semblante, sin ser altiva, “su belleza inspiraba en el corazón de quienes la veían una ternura, acompañada siempre de veneración y de respeto”.

          Pero aquel matrimonio distará mucho de ser feliz, y el nuevo Secretario de Estado del rey de Francia, a partir de 1616, y un día valido, Cardenal de Richelieu, hará todo lo posible por agravar las desavenencias entre los esposos.

Concini era asesinado el 24 de abril de 1617, lo cual supuso, por parte del joven rey, un autentico golpe de palacio contra su madre; y lo hizo con la ayuda de Charles d’Albert de Luynes que pasó entonces a asumir lo sustancial del poder.

María de Médicis, junto a Richelieu, que todavía no había decidido disociar su suerte política de la reina madre, hubieron de alejarse, pero también tuvo que regresar a España, en los meses siguientes, aquella pequeña corte española que Ana habia traído consigo (salvo su confesor y una sirvienta personal), a la cabeza de la cual se hallaba Inés de la Torre, su primera dama de honor, prima del duque de Lerma, a la que se había colocado en ese puesto para conservar influencia sobre la joven reina y obtener información.

De fuerte personalidad, poco instruida, de mucho temple y hasta testaruda, la reina Ana iba a desatar las pasiones (se recuerda el relevante papel que el escritor Alejandro Dumas padre asigna a su figura en “Los Tres Mosqueteros” y en “Veinte años después”).

Ana de Austria. Retrato, entre 20 y 25 años, copia de un original perdido, a partir de Rubens

Ana de Austria. Retrato, entre 20 y 25 años, copia de un original perdido, a partir de Rubens

De compleja personalidad y una marcada cortedad y apocamiento en los primeros tiempos (¡eran aún tan jóvenes ambos!), Luis XIII albergaba cierta aversión a lo sexual, unido a una genérica desconfianza hacia las mujeres; lo cual explica el descuido, si no el desdén con que Ana fue tratada por su marido en los primeros tiempos de relación conyugal.

          Y comprometida un momento por los galanteos del vanidoso George Villiers, duque de Buckingham (de visita en París en 1623, para solicitar la mano de Enriqueta de Francia, hermana del rey, para Carlos, prìncipe de Gales entonces), Ana de Austria vino a favorecer también las conspiraciones e intrigas contra Richelieu –primer ministro desde 1624, que desplegaba en Europa una política cada vez más antiespañola-, lo cual no favorecerá ni sus relaciones con el Cardenal, ni su plena integración en la Corte y los sectores cercanos al gobierno.

Entre 1626 y 1642, participará en los diversos complots urdidos contra Richelieu, en los que el hermano del rey Gastón de Orleáns (virtual heredero del trono) y Marie de Rohan duquesa de Chevreuse, estaban siempre presentes, con la ocasional presencia de Madeleine de Silly dame du Fargis.

Porque la reina Ana estimulaba al “partido devoto” que se oponía a las alianzas concluidas con los protestantes de Europa. Más allá del apelativo, no movían a esa fuerte corriente de opinión, estrictas cuestiones de “devoción”, pues se sabe cómo toda la sociedad de entonces –y hasta bien entrado el siglo XVIII-,  se hallaba intensamente informada por la religión

Es que aquellos sectores no entendían que un país como Francia viniera a desviarse de la gran tradición católica -¡y ello de la mano de un príncipe de la Iglesia!-, y a consumir sus energías en vanas confrontaciones con aquella que debería ser su aliada, España, en la lucha contra los elementos disgregadores que el protestantismo representaba. Y, no menos importante, a desangrarse financieramente, mientras el campo y el pequeño pueblo de las ciudades gemían en la miseria, agobiados por la fiscalidad real para financiar sus guerras.

E irá incluso la española, en 1626, a prestarle su apoyo al conde de Chalais que proyectaba asesinar al valido.

          Llegó luego la que se conoce por “Journée des Dupes“, o día del “chasco”, aquel 10/11 de noviembre de 1630, en que se volvió humillante fracaso el complot que venían fomentando el “partido devoto” y María de Médicis, contra el cardenal de Richelieu. Ana será víctima también del resultado, como lo fue, sobre todo, la madre del rey:

Durante la guerra de sucesión de Mantua (1628), María de Médicis detentora de un poder del que no gozaba desde el final de su regencia (1610-1617), aprovechó el decaímiento en que se encontraba el rey su hijo, postrado en Lyon, para hacerle prometer que despediría a su todopoderoso ministro, cuando concluyera la guerra. Ya su médico personal y el jesuíta padre Suffren, confesor de la reina madre, consideraban cercana su muerte.

El rey vino a recuperarse para sorpresa de todos, y la paz fue firmada el 13 de octubre de 1629; pero Luis XIII no manifestaba señales de que se dispusiese a llevar a efecto lo prometido, ni daba pruebas de descontento hacia su Ministre principal. Su madre quiso recordarle aquella promesa de Lyon que les había hecho a ella, a su hermano Gastón de Orleáns y a su esposa Ana de Austria.

Es entonces cuando María de Médicis decidió aliarse a aquella fuerte oposición que dirigían los hermanos Michel y Louis de Marillac, críticos acerbos, ambos, de la costosa política de enfrentamiento a los Habsburgo que ya empezaba a desarrollar Richelieu, y que reclamaban el fin de las hostilidades y la reorganización de las finanzas del Reino.

Contando con esos apoyos, en la mañana del 10 de noviembre de 1630 hubo una violenta escena en el palacio del Luxemburgo, residencia de María de Médicis, en el transcurso de la cual se oyeron gruesas palabras (“un torrent d’injures” –dice Claude de Saint-Simon-) entre la regia florentina y madame de Combalet, sobrina del Cardenal, a la que acaba expulsando de su casa sin miramientos; un Richelieu que ha llegado luego, de rodillas y entre lágrimas, y un Luis que ha venido desde el hotel de Embajadores extraordinarios, rue de Tournon, donde se aloja, para instar a su madre a que haga las paces con su Ministro, por el bien del Reino –dice-, y que, tras asistir mudo y pálido a aquella insólita escena, prefiere desalojar el lugar, descompuesto y encolerizado para sus adentros, y parte en dirección a su pabellón de caza de Versalles, sin haberse pronunciado sobre la gran cuestión.

Convencida de su victoria y viendo ya al Cardenal fuera del Consejo y en desgracia, María de Médicis comenzaba a reunir a sus partidarios.

Pero no pensaba el rey, cuando se serenó y hubo recuperado el ánimo, ejecutar lo que su madre le pedía y hasta exigía, bien al contrario. Horas después, Luis XIII recibía a Richelieu en Versalles para, contra todo pronóstico, renovarle su confianza.

Y los miembros eminentes del complot, que habían sido dupés, engañados o chasqueados, son perseguidos ahora muy duramente: a la reina madre se la confina en el château de Compiègne (70 km al N. de París, de donde conseguirá huir al año siguiente para llegar a los Países Bajos españoles).

Su Eminencia se apresuró a colocar y recompensar a sus fieles y no conocerá, en adelante, oposición que le pueda inquietar peligrosamente.

Al optar por la política del Cardenal, Luis XIII afirmaba su deseo de instalar las firmes bases de una monarquía fuerte frente a la Casa de Austria, cualesquiera que fuesen las consecuencias; y se rechazaba la política de apaciguamiento y contemporización con los Habsburgo que defendía el “partido devoto”.

Aun cuando ella se mantuvo firme en sus convicciones y en sus afectos, ese fue el clima en el que le tocó vivir a Ana de Austria en los siguientes años, agravada la suspición hacia su persona, incluso, cuando Richelieu decidió en 1635 trocar en guerra abierta contra España lo que venía siendo sorda hostilidad o enfrentamiento por interposición de adversarios.

Grabado de Ana de Austria

Grabado de Ana de Austria de Léonard Gaultier (BNF), con unos mediocres versos:”Voici, comme un astre qui brille/ Une autre Blanche de Castille…., en alusión a la que fuera reina de Francia, madre de Luis IX (San Luis)

          Hasta que, en agosto de 1637, estalla el “caso del Val-de-Grâce”: la detención de Pierre de La Porte, personaje al servicio de la reina, portador de papeles para la duquesa de Chevreuse desterrada entonces, la compromete a ella gravemente. Y Ana fue acusada de traición, sospechosa de mantener o haber estado manteniendo correspondencia secreta con sus hermanos Felipe IV de España –rey desde 1621-, al que Francia le hace la guerra, y con Fernando Cardenal-Infante, gobernador de los Paises Bajos; e igualmente con el marqués de Mirabel, que fuera embajador de España en París, y con el duque Carlos IV de Lorena.

Fuertemente presionada en los días siguientes y, con la promesa del Cardenal, finalmente, de que obtendría el perdón del rey, lo confesó todo y prometió enmendar su conducta en adelante. Y decidió también no volver a combatir la autoridad del Primer Ministro.

Era aquello el triunfo total de Richelieu.

          Y parece que hubo reconciliación entre los esposos, mal que le pesara al rey, buscando un heredero directo. El nacimiento tardío en septiembre de 1638 de Louis Dieudonné (futuro Luis XIV) -después de veintitrés años de matrimonio y un aborto espontáneo allá por 1622-, salvará a la española de la desgracia. “¡Quién lo hubiera creído hace un año!” –exclamaron muchos en la Corte-.

Dos años después nacerá Felipe de Orleáns.

          Concluyendo así años de muy quebrantada salud, el Cardenal de Richelieu moría en su Palais-Cardinal el 4 de diciembre de 1642, a los 57 años, después de haber recomendado Mazarino al rey, en su lecho de agonía, para ocupar su puesto; brillante personaje éste que había trabajado para el papa, allá en Italia y por Europa, antes de pasar al servicio del rey de Francia, y del que Richelieu había hecho uno de sus principales consejeros.

Sic transit gloria mundi. Luis XIII le seguirá a la tumba cinco meses más tarde, el 14 de mayo de 1643.

La sonada victoria francesa de Rocroi sobre los españoles unos días después (19 de mayo), donde se iba a ilustrar el duque de Enghien, futuro Grand Condé, casado con una sobrina del cardenal fallecido, sonaba la aciaga señal para España del inicio del declive de su preponderancia en Europa.

Apartada del poder, durante mucho tiempo, por su esposo y por Richelieu, la española estaba deseosa de desempeñar un papel político, y pareció empezar entonces una nueva carrera, radicalmente diferente; no en vano debía ahora atender al futuro político del heredero de la corona de Francia. Lejos de continuar poniendo en peligro los intereses y la seguridad del Estado, Ana sólo muestra una preocupación: dejarle a su hijo un reino pacificado y unificado. Intenta la anulación del testamento de Luis XIII (que, si bien le reconocía la regencia, debería escuchar en toda circunstancia el parecer de un Consejo que se le colocaba para asistirla, en cuyo seno figuraba, precisamente, el designado por el difunto cardenal), y consigue su casación por el parlamento de París, obteniendo así los plenos poderes que le confía a Mazarino, en quien va a depositar, en adelante, su entera confianza.

Todo ello para fuerte irritación y desagrado de la Grandeza del Reino, del parti dévot, que pedía el restablecimiento de las buenas relaciones con España, y de otros notables, que no tardarán en levantarse. Será la Fronda.

          Naturalizado francés y nombrado cardenal sin las órdenes del sacerdocio, Giulio Mazarini era inteligente y de flexible carácter, con el insinuante sentido de la diplomacia que había aprendido en Roma; ningún parecido con el carácter de Richelieu: éste había empleado la fuerza y el imperio del poder; aquel utilizará la intriga y la habilidad. Ana de Austria terminó sintiendo por él una viva amistad, hasta llegar a ser probablemente su amante y tal vez su esposo morganático y secreto.

Pero la codicia y la inclinación al fasto serán también rasgos de la personalidad del italiano; se enriquecerá escandalosamente y dotará con generosidad a los miembros de su familia en un desatado nepotismo.

Su entrega al servicio de la monarquía, en todo caso, parecía también absoluta. Así que Ana de Austria quiso mantener con el designado aquel ministeriado cuyos beneficios había demostrado ya el fructífero entendimiento entre Luis XIII y Richelieu.

 Sin embargo, el nuevo primer ministro se encontró enseguida con una situación extremadamente difícil cuando vino a verse al frente del gobierno: ávidos de poder y de pensiones, los Grandes volvieron a agitarse por todo el Reino, y la continuación de la guerra exterior seguirá hipotecando gravemente el déficit de las arcas del Estado. Y se vió obligado a recurrir a habituales expedientes como empréstitos forzados, venta de oficios públicos, restablecimiento de viejos impuestos o el aumento de las tasas sobre las mercancías que entraban en París, encareciendo los alimentos de una población sin trabajo.

          Las fuertes revueltas insurreccionales que se conocen con el nombre de Fronda (1648-1652), van a ser consecuencia de aquel descontento contra Mazarino y de la presión fiscal del poder real; guerra civil que consiguió unir, al principio, en heterogénea coalición, a los Parlamentos, la alta Nobleza, gran número de propietarios de cargos titulares de justicia y finanzas y al católico pueblo de París. Pero, más allá de particulares reivindicaciones, a veces contradictorias, los insurrectos cuestionaban toda la obra que Richelieu había desarrollado, tendente a reforzar el poder real.

          Si bien la Regente Ana pareció ceder inicialmente en algunas de las principales reivindicaciones rebeldes, como la supresión de los intendentes, poco después –en la noche del 5 al 6 de  enero de 1649-, decidía dejar el Louvre y huir secretamente para refugiarse en el château vieux de Saint-Germain-en-Laye, con el pequeño Luis XIV, de 11 años entonces, su hermano Felipe  y Mazarino.

La agitación no había tardado en saltar al resto de Francia, donde los diferentes parlamentos se solidarizaron con el de París, sostenido a su vez por el pueblo y por Paul de Gondi, joven eclesiástico intrigante y pasablemente bribón, futuro cardenal de Retz. Y las clientelas de nobles provincianos siguieron el movimiento. Fue aquella la llamada fronda parlamentaria que sólo duró unos meses. Y el 11 de marzo de 1649, el presidente del Parlamento de París Mathieu Molé y Ana de Austria firmaban la paz de Rueil, a pesar de la animadversión que el cardenal italiano les inspiraba a sus colegas de magistratura.

 La Corona fue generosa en su amnistía y Gondi obtendrá en la operación la promesa del birrete de cardenal.

           El movimiento insurreccional iniciaba ahora una segunda fase, la que se conocerá como Jeune Fronde, la de los prìncipes, más descerebrada que la anterior y que llegará a conocer diferentes momentos en su desarrollo. En enero de 1650, el apresamiento de Condé -el vencedor de Rocroi en 1643-, descontento por el mantenimiento de Mazarino en el poder, y su detención durante más de un año en Vincennes, vino a provocar un recrudecimiento de las hostilidades.

 Ya con el joven Luis XIV declarado mayor, tres poderes se oponían aún entre sí a finales de 1651: el de los príncipes, con el engreído Condé, que codiciaba para sí el puesto de Mazarino; el de París y el del gobierno del rey, refugiado a estas alturas en el valle del Loira. En pocas ocasiones  el Reino había conocido semejante anarquía.

Porque, divididos por disputas y celos personales, los rebeldes se mostraban incapaces de entenderse en torno a un programa de reformas de la Monarquía. Y ya los parlamentarios, inquietos ante las ambiciones de la nobleza, condenaban abiertamente las intrigas de Condé con los españoles y mostraban su preocupación por salvaguardar la independencia nacional.

          Mazarino pareció retirarse y, en agosto de 1652, partía para ir a refugiarse en los dominios del antihabsburgués arzobispo príncipe-elector de Colonia Maximiliano-Enrique, aun gobernando desde la distancia a través de hombres de confianza que había situado al lado de Ana de Austria, como Servien en Finanzas, Lionne en Exteriores, Le Tellier en la Guerra, y un Colbert que gestionaba la fortuna del cardenal.

Y otra vez l’Île de France fue sometida a sangre y fuego y a la miseria de las enfermedades. Después del enfrentamiento, en el faubourg Saint-Antoine, entre Condé y Turenne  –¡con mademoiselle de Montpensier, la Grande Mademoiselle (1627-1693), hija de Gastón de Orleáns y prima de Luis XIV, ordenando disparar contra las tropas reales los cañones de la Bastilla!- el de Rocroi pudo entrar en la capital del Reino, pero sus errores y sus compromisos con los españoles, hicieron que el Parlamento de París y los burgueses acabaran suplicando al rey que volviera a su palacio del Louvre, y los parisienses acogieron con entusiasmo el regreso del joven Luis XIV, en este octubre de 1652.

Llamado de nuevo en febrero de 1653, Mazarino no volverá a ver su poder discutido, hasta su muerte en 1661.

Y el que conoceremos luego por Grand Condé, condenado a muerte en rebeldía, huyó a buscar refugio a los Países Bajos españoles, con Gastón de Orleáns exiliado a Blois.

Numerosas provincias de Francia habían quedado asoladas por el saqueo de la soldadesca, la pérdida de cosechas y las epidemias. La demografía, el comercio y el consumo se vieron gravemente afectados, y fue grande también la miseria en las ciudades.

Pero el fracaso del movimiento va a permitir a Mazarino restaurar la Monarquía, contando con la confianza y el apoyo de la reina Ana:

  • el parlamento quedó reducido a su función judicial,
  • los intendentes fueron restablecidos en su autoridad,
  • las ciudades y provincias cada vez más sometidas al control de los funcionarios de la Corona.

          El joven Luis XIV no iba a olvidar ese período, duro y humillante para su orgullo de rey; y desconfiará en adelante de la chusma y del populacho de París, también de aquella nobleza díscola, poco inclinada al servicio desinteresado del Estado.

Después de la pacificación del Reino, Mazarino y Ana de Austria -española de origen, pero más francesa ahora que nunca-, podían ya gobernar sin obstáculos. Y la obra que va a desarrollar el “duovirato”, va a ser considerable: consiguieron someter a los protagonistas de aquella Fronda, durante cuyo azaroso período la reina regente había mostrado gran entereza de ánimo, se había llegado a la paz multilateral de Westfalia en 1648 (con Francia como una de las principales beneficiarias), y se firmará el importante documento del tratado de los Pirineos -7 de noviembre de 1659-, que preveía la unión del joven rey con María Teresa, primogénita de Felipe IV de España, contribuyendo así grandemente, con esos trascendentales actos políticos, a la salvación de la Monarquía.

Pero el cardenal Mazarino moría en Vincennes, el 9 de marzo de 1661, en la cima de su poder, y el joven Luis XIV, con 22 años entonces y a la cabeza de un reino poderoso y sometido, decidía ahora gobernar por sí mismo.

El papel de Ana de Austria parecía agotarse en este último y definitivo acto. Cansada de la política, con 60 años entonces, la reina madre decide retirarse al Val-de-Grâce, su abadía parisiense, que ella había fundado en 1621 y mandado construir a partir de 1624, y donde tantos recuerdos, dulces unos y otros amargos, había dejado ella entre sus muros. Cada vez menos escuchada por su hijo, a quien reprende, con afectuosa severidad de madre, por desdeñar a su joven esposa en beneficio de mademoiselle de La Vallière –en lo que será una incesante carrera de amantes y favoritas-, allí morirá devotamente el 20 de enero de 1666, víctima de un cáncer de mama, rodeada de la admiración general y del profundo afecto de quienes la rodeaban; y, sobre todo, del reconocimiento y cariño de su hijo, que tanto le debía.

Alguien en la antesala de la cámara mortuoria quiso decirle al rey -28 años tenía entonces-, a modo de consuelo: “¡Ha muerto una gran reina!” –Non, monsieur, c’est un grand roi qui est mort! Pocas palabras hubieran podido salir de los labios de Luis XIV, más justas y sentidas.

Y fue enterrada en Saint-Denis.

El retrato que el pintor Rubens habia hecho de ella en 1622, es revelador del excepcional papel que desempeñó esta mujer: no parece representada ni como madre ni como amante, sólo con la grandeza y solemnidad que confería el poder monárquico.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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DELORME, Philippe: Anne d’Autriche, épouse de Louis XIII, mère de Louis XIV; París, Pygmalion, 1999.
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En español:
ARÍSTEGUI, Pilar: Laberinto de intrigas: Ana de Austria, de infanta de España a reina de Francia y madre del Rey Sol; La Esfera de los libros, 2018.
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LEDUC, Margueritte: Ana de Austria, amor y sexo en la corte de Francia; Barcelona, Grupo editorial G.R.M., 2004.

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