Comte, Auguste (1798-1857)

          Auguste Comte (1798-1857) – El que es considerado como uno de los principales precursores de la Sociología, Auguste Comte que, por nacimiento, pertenece a la generación de los grandes románticos, venía al mundo en Montpellier, el 19 de enero de 1798 (el año en que también nace Michelet), bajo el período de la Revolución llamado “Directorio”. Era su padre un modesto funcionario de ingresos fiscales y Contribuciones en el departamento del Hérault, realista y católico de tradición. Pero Auguste tomará pronto una orientacion inspirada en aquella Revolución francesa, que vino a marcar profundamente en sus recuerdos e impresiones a este hijo de una localidad donde tan dramáticamente se vivieron aquellos años.

          Niño prodigio, siguió sus estudios secundarios en el lycée de su ciudad natal y, con brillantes diposiciones para la ciencia y las matemáticas, ingresa sin dificultad, a los dieciséis años, en la Escuela politécnica de París, donde adquirirá una sólida formación, bajo la férula de excelentes profesores y sabios como el astrónomo François Arago y el matemático Louis Poinsot.

Pronto se hace notar allí por la influencia que ejerce sobre sus compañeros, pero también -en estos primeros años de la Restauración de los Borbones, después de la caída del tinglado napoleónico-, por su indisciplina y sus ideas republicanas.

Y se siente agnóstico tempranamente, con tendencia, no obstante, al dogmatismo y a cierto misticismo que brotará en él en los últimos años de su vida.

          Pero el joven Auguste, aun apreciado intelectualmente por sus maestros, acaba siendo expulsado de l’École polytechnique en abril de 1816, según decisión del ministro del Interior Vaublanc, junto con otros compañeros de estudios, por acto de insubordinación colectiva.

Vuelve entonces a su casa, pero desocupado y sin trabajo, sus padres acceden a que retorne a París, donde, con lecciones de matemáticas y ciencias pueda ir saliendo adelante, a la espera de mejor fortuna.

Y pasa a ser discípulo, a partir del otoño de 1817, de ese autodidacta y agitador de ideas que era Henri de Saint-Simon, bien conocido ya en los medios liberales por sus teorizaciones acerca de la sociedad industrial, e inmediatamente secretario suyo, con el que colabora en sus publicaciones y, particularmente, en “L’Organisateur” (1819-1820). Pero debe compatibilizar, no obstante, esa principal ocupación con otras tareas aquí y allá, por llegar a fin de mes.

Comte, Auguste

Auguste Comte (Images et portraits. Antigua “Université de Paris”. En Gallica, BNF)

Saint-Simon le inicia a la economía política y el joven Comte se familiariza entonces con la problematica social, va completando su formación historica y científica, y conoce al astrónomo Delambre, al físico Joseph Fourier y al naturalista Henri Blainville que ejercerá sobre él gran influencia.

          Pero, entre abundantes lecturas de política y de ciencia, ya comienzan a aparecer interesantes opúsculos suyos sobre la sociedad; es, sobre todo, a partir de 1824 y de su tempestuoso alejamiento de Saint-Simon de quien –aun con notables diferencias-,  se lleva, no obstante, la influencia y la revelación del hecho social, con la confianza en la ciencia, la voluntad de rebasar las disputas políticas y similar evolución hacia cierto misticismo.

Y ello bajo la ceñuda atención de la policía de la Restauración, que desconfía de este joven intelectual, que publicaba obrillas como aquel ensayo de un centenar de páginas “Plan des travaux scientifiques nécessaires pour réorganiser la société”, que escribe para Saint-Simon de 1822.

Era ya la base de su positivismo en formación.

          Con la oposición primera de sus padres, en febrero de 1825 Auguste se casa con Caroline Massin (¡en una ceremonia civil!, corregida, andando los meses, con una boda religiosa, para alivio de sus progenitores). Era ella una ex-prostituta de veintitrés años entonces, a la que Auguste había conocido, tiempo atrás, en los variopintos círculos de las malfamadas galerías del Palais-Royal, y que, paralelamente a los esfuerzos personales de la joven mujer, él quiso arrancar de su estado dándole alguna formación. Pero el infeliz marido no tardará en conocer disgustos y alguna tempestad conyugal; y es que la esposa, aun con voluntad, no acababa de comprenderle y, aburrida de verle enteramente consagrado a su reflexión filosófica, había vuelto a sus galanteos; todo entre dificultades de índole económica y delirios violentos que le sobrevenían.

Y en 1826 había comenzado a profesar un “Cours de philosophie”, que hubo de interrumpir poco después para ser internado durante ocho meses  en los servicios del conocido  alienista doctor Esquirol. Apenas se había recuperado cuando tuvo un intento de suicidio, lanzándose al Sena desde lo alto del Pont-des-Arts. Fase infortunada de su salud mental que parecía haber superado cuando, en 1829, pudo regresar a su enseñanza y a su trabajo, hasta llegar a su gran obra que llamará “Cours de philosophie positive” (publicada en seis tomos entre 1830 y 1842), ya bajo el régimen de la monarquía liberal de Luis-Felipe; Y en su Cours refiere el modo como las ciencias han ido evolucionando hasta llegar al estado positivo: las matemáticas y la astronomía, luego la física, la química, y la biología y, finalmente, la sociología, nueva ciencia de la que él precisa los fundamentos.

          Y en 1832 se ve nombrado profesor auxiliar de “análisis trascendente” y de “mecánica racional” en la Escuela politécnica, y examinador de candidatos al ingreso, y, los domingos por la tarde, imparte también clases gratuitas de astronomía en la Junta municipal del III distrito de París (rue des Petits-Pères) que será luego su “Traité philosophique d’astronomie populaire” (1844).

          Pero su desabrido talante y su rígido dogmatismo serán obstáculos en la brillante carrera universitaria que hubiera podido seguir, particularmente en un medio de celos y competencia por el puesto, en que, entonces como siempre, primaban más las “habilidades sociales” que el talento intelectual; y Auguste Comte, pese a haberlo intentado en diversas ocasiones, no consigue cátedra, ni en Polytechnique, ni en el Collège de France, y ello para mayor alteración de su carácter.

          En 1841 se había instalado con su esposa en un piso (appartement) del 10 de la rue Monsieur-le-Prince, pero Caroline y Auguste, decididamente, no estaban hechos el uno para el otro, y madame Comte abandonaba a su marido un año después, después de 17 años de matrimonio.

Pierde, incluso, en 1844, el puesto subalterno que ocupaba de examinador de admisiones en Polytechnique; debido, en particular, a las malas artes de Arago, miembro influente del Consejo de esa Escuela, que se habia visto agriamente criticado por Comte en el prefacio de su “Cours de Philosophie…”, junto a otras figuras de lo que el llamaba “la corporation des savants”.

Y conoce ahora la pobreza, en una situación retroalimentada de fracaso social y personal y de amargura moral; sólo algunos pocos admiradores vienen en su auxilio, como Stuart Mill, desde Inglaterra, y algunos ricos británicos de sus amigos,  que contribuyen a darle a conocer en su país, donde hasta entonces era un desconocido; y una suscripción que Littré impulsa viene a mitigar su penuria material y, en parte, las penas del corazón, más difíciles de aliviar.

                                                           * * *

          Según expone Comte en su “Cours de philosophie positive” –filosofía de la historia y teoría del conocimiento-, se podrían distinguir tres estadios en el desarrollo intelectual de la humanidad:

  • Primero, el estado mitológico-teológico (caracterizado por la búsqueda de las causas primeras y finales), en cuya fase más primitiva (fetichismo), el ser humano atribuye poderes primero a las cosas, y luego a dioses especializados en distintas parcelas de la existencia (politeísmo), para terminar depositando en un dios único la explicación de todo cuanto ocurre y existe (monoteísmo).
  • Posteriormente, el estado crítico o metafísico (transitorio y destructor del primero, que explica los fenómenos por la acción de fuerzas, entidades o principios abstractos), donde aún hay ficciones, si bien no tan rudimentarias como en la etapa anterior.
  • Y, finalmente, el estado científico o positivo (régimen definitivo de la razón), momento en el que el hombre ve ya cuál ha de ser la misión y fin del saber humano, esto es, lo positivamente dado por la experiencia sensible. A partir de ahí, caminará por los senderos de la ciencia, cuya misión es doble: 1) descubrir lo constante, a través de los fenómenos que parecen imponerse en su inmediatez, y 2) fijar en fórmulas matemáticas las leyes subyacentes.

Lo cual no significa que cada fase apareciera cuando la anterior venía a extinguirse por entero; él veía a los liberales de su tiempo instalados aún en el estado metafísico, y a los realistas legitimistas, en el estado teológico.

          Comte pretendía demostrar, con su exposición, que el futuro de la civilización humana debería fundamentarse en la predominancia del espíritu de observación, por encima de las construcciones imaginativas o emocionales. Estimando que el tiempo que a él le tocaba vivir era transitorio, quería contribuir a colmar la profunda brecha social y moral abierta por la Revolución francesa de 1789 con la destrucción del antiguo orden; y, de esa manera, cooperar al advenimiento del estado positivo, aplicando las ciencias –elementos de fijeza en la anarquia universal-, al estudio y a la gestión de las sociedades.

Es cierto que el progreso de las ciencias exactas, de las disciplinas positivas (las matemáticas, la astronomía, la física/química, la biología), donde no es cuestión de invocar la libertad de opinión, han venido contribuyendo a la evolución de la humanidad y continuarán haciéndolo, pero será únicamente la filosofía positiva la que establezca el verdadero conocimiento y funde la ciencia sociológica (que Comte concebía como una auténtica “fisica social”), remate y colofón de las demás.

Y es que la Sociología percibe los fenómenos sociales supeditados a auténticas leyes, las cuales permitirán una razonable previsión. Distinguiendo Comte entre estática social, “statique sociale” y dinámica social,“dynamique sociale” (porque el género humano –decía-, evoluciona sin transformarse), dicha disciplina debería permitir desembocar también en una política positiva capaz de asegurar el orden y el progreso, bienes de los que ella asegura la teoría.

          Comte escribe un breve libro de conjunto en 1844: “Discours sur l‘esprit positif”, funda con Émile Littré la “Société positiviste” en 1848 y publica un manifiesto,
“Discours sur l’ensemble du positivisme”, en medio de aquella revolución que venía a expulsar a Luis-Felipe de Orleáns, como éste había contribuido a la caída de Carlos X. Es el momento en que se opera realmente la transformación de la “filosofía positiva” en “positivismo”, y en que se organiza su sistemática promoción: Littré (1801-1881) difunde esas ideas en una serie de artículos que van apareciendo en el periódico “Le National” (de tendencia republicano-burguesa), para ser reagrupados en 1852 bajo el título “Conservation, révolution et positivisme”.

El “Catéchisme positiviste” es de este año de 1852, y su segunda obra fundamental: “Système de politique positive, ou Traité de sociologie, instituant la religion de l’Humanité”, aparece en cuatro tomos entre 1851 y1854, obra que venía a marcar un antes y un después, e iniciaba la fase “religiosa” de  su pensamiento.

          Y es que había llegado el golpe de Estado de Luis-Napoleón (2 de diciembre de 1851), que Comte acabó aceptando -después de haber criticado antes al personaje- con la secreta esperanza de que abrazase su nueva religión positivista.

Pero otros representantes de la doctrina no tardan en mostrar sus divergencias, y Littré se distancia cuando Comte acepta la nueva situación (giro conservador de su pensamiento) y, sobre todo, cuando el maestro prolonga su “Système de politique positive” (1851-1854) en religión positiva.

          Supeditando la política a la moral, “según el admirable programa de la Edad Media”, la “religión de la Humanidad” que Comte pretendía construir en su Système…(y que concebía en cultos jerarquizados: personal, familiar y público), se apoyaba en tres grandes princìpios y en esta divisa: “l’amour pour principe, l’ordre pour base, le progrès pour but”. A la influencia de Condorcet –enciclopedista, sabio e intelectual de la Revolución, que “pensó” la educación-, había venido a superponerse las de Bonald (1754-1840) y de Maistre (1757-1821), para remodelar “un catolicismo sin el cristianismo” (Jean Lacroix), que sería dirigido, esta vez, no por clérigos, sino por sabios. Y la “inmortalidad del alma” dejaría paso a una “inmortalidad subjetiva” a la que nos haríamos acreedores tras una vida volcada hacia los demás: porque tal era la concepción que él se hacía de la “Humanidad”: el conjunto de los seres humanos, pasados, presentes y por venir.

Y entre el individuo y esa Humanidad, Comte identificaba entidades mediadoras como la familia y la patria, nociones cada vez más cargadas de misticismo bajo su pluma.

 

          Resulta paradógico constatar que el “positivista” Comte, seguirá necesitando a la religión, a la que quería -eso sí-, hacer “positiva”, con sus “sacramentos sociales”, sus días festivos (sustituyendo  a los santos por grandes figuras bienhechoras), su ceremonial y, por encima de todo este andamiaje de naturaleza estética y formal, el Grand Être, la Humanidad -nueva abstracción que recuerda a la “Diosa Razón” de Robespierre, aquel otro enemigo del Cristianismo, con semejante efímero recorrido-.

          Con rasgos de desequilibrio mental, que han llegado en algún momento a acentuarse, la vida de Auguste Comte era, en definitiva, difícil y desgraciada, a pesar de su capacidad de trabajo y de su indiscutible genialidad; hasta el punto de vivir sostenido económicamente, en sus ultimos años, por sus amigos y partidarios, franceses e ingleses, sobre todo.

E infeliz también en el ámbito privado.

Al menos, hasta 1844, en que se cruza en su camino una figura que vendría a iluminar su vida por un momento. Era Clotilde de Vaux, de desgraciada vida también la suya y de acendrada religiosidad católica, a la que ha conocido en casa de su hermano, un ex-alumno de Politécnica, y por la que acaba sintiendo un profundo amor. Él tiene 46 años, y ella 29. Pero, tras un breve idilio, la joven mujer moría de tuberculosis en abril de 1846, y aquella pérdida vino a abatirle a él aún más. Porque Clotilde no había llegado a convertirse aún en su amante, sino en algo superior, en su ascética Egeria, para trascender su mente y su corazón. Fue ella la que hizo entender al racionalista Comte la dimensión religiosa de la condición humana. Y, a su adusto republicanismo de siempre, vino entonces a añadirse la comprensión de la dimensión religiosa del ser humano y una especie de misticismo feminista.

Y él quiso considerarse el gran sacerdote de la nueva religión, reuniendo todas las semanas a sus discípulos en torno a sí, en el marco de la Sociedad positivista, para intercambiar una copiosa correspondencia con los simpatizantes de su doctrina en Francia, Inglaterra y las Américas.

          Utópico y global, el pensamiento de Auguste Comte era indudablemente deudor de la época romántica anterior a la revolución de 1848, en la que había crecido y en la que se había formado. Pero el romanticismo era esencialmente individualista y amaba la libertad, y Auguste Comte concebía el gobierno ideal de la sociedad bajo la forma de una dictadura de “los productores” y de “los banqueros” (reminiscencia del sansimonismo), aliados al poder espiritual positivo; él que establecía una rigurosa distinción entre la masa, los técnicos y los gobernantes.

          Pero no pertenece menos a la fase de industrialismo del Segundo Imperio. Instalado ya Napoléon III, y preocupado, una vez más, por conciliar orden y progreso, Auguste Comte se siente decepcionado por la evolución y actitud de los nuevo proletarios, y lanza, en agosto de 1855, una llamada o “Appel aux conservateurs”, en pro de una alianza social entre positivistas y católicos para cortarles el paso a los “demócratas” (entendiendo por ese término a la extrema izquierda revolucionaria y a los anarquista, según el sentido de ese vocablo entonces)

          Su amplia aportación, por el esfuerzo de síntesis que representó -probablemente fallido-, no podría ser asimilada, sin forzar su verdadero sentido, a ninguna de las corrientes de pensamiento de entonces:

  • ni al tradicionalismo, receloso de la ciencia,
  • ni al liberalismo, para quien el individuo se halla en el centro de su sistema de
    pensamiento, pues nada hay más extraño a Comte que la noción de “derechos
    individuales”: sólo existen deberes hacia la sociedad.
  • ni al socialismo, pues nada menos igualitario que el pensamiento de Comte, que creía, al contrario, en las élites (siguiendo en esto a Saint-Simon).

          Y en noviembre de 1856 salía a la luz su “Synthèse subjective” (ou Système universel des conceptions propres à l’État normal de l’humanité, primer volumen que, en el ánimo de su autor, debería tener continuación en otros dos más, y culminación de sus trabajos de índole filosófica, científica y religiosa.

Pero la vida no le dejó más oportunidades. Envejecido prematuramente y ya muy debilitado, Auguste Comte, maestro del positivismo y uno de los grandes pensadores de su siglo, moría en su domicilio de París-de donde prácticamente no habia vuelto a salir este sedentario, desde su segunda llegada, cuarenta años antes-. Tenía 59 años de edad entonces, y sucumbía víctima, al parecer, de un cáncer de estómago. Era el 5 de septiembre de 1857.

Y dejó previstos diversos ejecutores testamentarios, bajo la autoridad del albacea general Pierre Lafitte, el más comtiano de sus discípulos.

          La autoridad de Auguste Comte -ese gran desconocido en su tiempo, salvo en el ámbito  anglosajón-, será considerable, y el valor e interés de su obra (si desdeñamos los aspectos fútiles de su “religión de la Humanidad”), han sido comparados por algunos a la de Marx, Nietzsche o Hegel. Unos retendrán la primacía que el considerado como fundador del positivismo había dado en todos los campos al método científico o positivo; metodología y pauta  que el fisiólogo Claude Bernard iba a aplicar a la medicina, Renan a la exégesis y Taine a la historia y la crítica literaria. Pero más ampliamente está en el origen de toda la corriente cientificista que iba a dominar el pensamiento en Francia en los primeros años de la Tercera República y el final del siglo XIX, decantada ahora su doctrina de las “impurezas” místico-religiosas de las que se había impregnado.

Fue él, igualmente, quien lanzó, definitivamente, la palabra “sociología” y, posiblemente, quien más contribuyó a crear esta ciencia mostrando que la realidad social debía ser tratada en el mismo pie de igual que las ciencias naturales.

Charles Maurras (1868-1952), entre otros discípulos suyos, quiso reconstruir el orden político e intelectual sin referencias teológicas (“L’Avenir de l’Intelligence”), siguiendo la vía trazada por el maestro.

          Su influencia fue notable en Francia en epistemología y sociología, y se ejercerá igualmente en la visión del mundo que prevaleció en las naciones industrializadas a lo largo de aquel siglo XIX que a Comte le tocó vivir, para saltar, desde sus fronteras, hacia el Este de Europa y a otros países allende los mares, particularmente a Estados Unidos e Iberoamérica con Brasil.

          Auguste Comte fue enterrado en el cementerio del Père Lachaise, al lado de la tumba de la malograda poetisa Élisa Mercoeur (1809-1835), la preferida de Clotilde.

 Una efigie suya en piedra fue inaugurada en 1903 en la plaza de la Sorbona, y una estatua, representando a la Humanidad, vino a colocarse en 1983 detrás de su sepulcro.

Hoy existe un pequeño museo y centro de documentación (abierto en las tardes de martes y miércoles), en el 10 de la rue de Monsieur-le-Prince de París (al lado de Odéon), último domicilio que ocupó, donde tienen lugar, igualmente, con regularidad, charlas y otros actos culturales.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

GOUHIER, Henri: La jeunesse d’Auguste Comte et la formation du positivisme; J. Vrin, 1970.
KRÉMER-MARIETTI, Angèle: Le positivisme; Presses Universitaires de France, 1982 y 1993; reeditado luego bajo el título: Le positivisme d’Auguste Comte; L’Harmattan, 2006.
LACROIX, Jean: La sociologie d’Auguste Comte; Presses Universitaires de France, 1956 y otra.
PETIT, Annie: Le système d’Auguste Comte. De la science à la religion par la philosophie; París, Vrin, 2016.
ROUVRE, Charles de –: L’amoureuse histoire d’Auguste Comte et de Clotilde de Vaux; Calmann-Lévy, 1920.
SOLOVIEV, Vladimir: L’Idée d’humanité chez Auguste Comte, traducido del ruso (“Archives de philosophie”, 2016/2, t. 79, pp. 245-270).
UZAN, Florian: Auguste Comte, la religión de l’humanité, l’échec d’une transmission; L’Harmattan, 2019
WOLFF, Maurice: Le roman de Clotilde de Vaux et d’Auguste Comte; (seguido de una selección de sus cartas y de la novela de ella “Wilhelmine”); Perrin, 1929.

En español:

LAGARRIGUE, Juan Enrique: Carta al señor don Juan Valera sobre la religión de la humanidad; 1888.
REDAELLI, Cristina: Comte, un pensador positivo; EMSE EDAPP, SL, 2017. 
SANGUINETI, Juan José: Auguste Comte. Curso de filosofía positiva; Magisterio Español, 1977.

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