Saint Simon y el sansimonismo

          Saint Simon y el sansimonismo – Es el sansimonismo una doctrina económica, política y social que se halla en el origen de diversas corrientes importantes del pensamiento y la economía del siglo XIX. Y fue su fundador Claude-Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon.

Nacía en París el 17 de octubre de 1760, y era descendiente de una vieja y noble familia arruinada y, por via lateral, del memorialista  Louis de Rouvroy, duque de Saint-Simon (1675-1755).

          Henri de Rouvroy ingresa en el ejército a los diecisiete años y participa en la guerra de independencia  de las colonias británicas de América (1779-1783). Ya de regreso, y llegada en Francia la Revolución, seducido por las ideas de libertad, Saint-Simon no emigra, como muchos de sus congéneres nobles o incluso de pequeña nobleza; abandona su título nobiliario y, gracias a especulaciones afortunadas sobre los bienes nacionales, no tarda en reconstituir su fortuna personal perdida.

Pero llega la fase del Terror (1792/94) y Saint-Simon es encarcelado, para sólo verse en libertad cuando vino a rodar la cabeza de Robespierre en Termidor.

Saint Simon y el sansimonismo - Grabado de E. Perrot (BNF)

Saint Simon. Grabado de E. Perrot (BNF)

No tarda en arruinarse de nuevo por su prodigalidad, pero la idea de que él ha venido para cumplir una misión le sostiene y, con cerca de cuarenta años, decide liquidar sus inciertos negocios y retomar sus estudios; sigue entonces cursos en la Escuela de medicina y en la Escuela politécnica y ahonda su cultura en las más diversas ramas, entablando relación con diversos sabios del momento.

Pero, sumido ahora en la mayor pobreza y desamparo, Henri de Rouvroy de Saint-Simon se ve en la necesidad, en 1805, de aceptar el cobijo de Diard, antiguo criado suyo, que viene a morir en 1810, para encontrarse él de nuevo en la calle y vivir los últimos años de su vida en condiciones difíciles, sin poder contar con otros recursos que los subsidios con los que esporádicamente venían a ayudarle amigos suyos industriales y banqueros (situación muy similar a la que, a su vez, conocerá un ex-discípulo suyo, Auguste Comte).

          En marzo de 1823, desesperado por las dificultades que venía atravesando, intenta suicidarse, y fue gracias a la generosidad del banquero judío Olinde Rodrigues, como Saint-Simon pudo conocer, finalmente, la tranquilidad material en los dos últimos años de su vida, para acabar expirando, el 19 de mayo de 1825, rodeado de sus discípulos: “El resumen de mis trabajos de toda una vida, -les dijo-, es darle a cada miembro de la Sociedad la mayor libertad para el desarrollo de sus facultades”.

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          Incansable constructor de sistemas, Saint-Simon tuvo la ambición de poner fin a la honda crisis revolucionaria por la que acababan de pasar los franceses, y de restaurar la sociedad sobre la doble y firme base de la ciencia y de la industria. En sus primeros trabajos: “Lettre d’un habitant de Genève à ses contemporains” (1802), “Introduction aux travaux scientifiques du XIX siècle” (1807), “Lettres au Bureau des longitudes” (1808), se proponía ya sustituir los dogmas religiosos por una síntesis científica fundada en la ley de la gravitación universal.

Pero,  poco a poco, fue desplazándose de la filosofía científica a la filosofía de la Historia para apasionarse, a partir de 1814, por la problemática industrial que, con la caída del Imperio napoleónico y el regreso de la paz, pasaba a primer plano y comenzaba a ocupar las mentes pensantes.

Finalmente, en los últimos años de su vida, se puso a elaborar una nueva religión, porque Saint-Simon tenía ciertos rasgos de iluminado y se consideraba como el profeta de ese mundo nuevo que él veía despuntar. Sus preocupaciones, si bien aparentemente dispersas e incluso contradictorias, aparecían sin embargo ligadas por una lógica.

Saint-Simon prosiguió incesantemente su obra reformadora, tanto desde la perspectiva espiritual como en el plano temporal. Discípulo del enciclopedista Condorcet (1743-1794), había concebido una doble ley de evolución, por la cual la Sociedad, tras haber pasado por la edad teológica  y militar, y luego por la edad metafísica y “democrática” (en el sentido en que el vocablo se entendía entonces), debía alcanzar la edad científica en lo espiritual, y la edad industrial en el plano temporal, momento en que la administración de las cosas habría de  sustituir al gobierno de los hombres (argumentos similares, todos ellos, que encontraremos en Auguste Comte).

Y la más contundente expresión de sus ideas se encuentra en la conocida “parábola de Saint-Simon”, que él publicababa en 1819, en el primer número de su revista “L’Organisateur”, texto en el cual su autor proponía la hipótesis en que Francia viniera a perder súbitamente sus 50 primeros físicos, con otros tantos banqueros y eminentes químicos y fisiólogos, sus primeros 200 negociantes, sus 600 mejores agricultores, sus 50 primeros herreros, etc.; dado que esas personas son “los más esencialmente productores”, la nación sufriría una terrible catástrofe, para convertirse en “un cuerpo sin alma”. Pero si, por el contrario, Francia viniera a perder a todos los miembros de la familia real, con los grandes dignatarios de la Corona, ministros de Estado, mariscales, cardenales, prefectos, los grandes funcionarios ministeriales, jueces y diez mil propietarios ociosos, “semejante accidente afligiría a los franceses, gente de buen corazón (…), pero de ello no resultaría ningún mal politico para el Estado”. Porque –argumentaba Saint-Simon-, el gobierno oficial sólo es una fachada, sin la que la sociedad podría muy bien pasarse (aserciones que le valdrán una acción judicial contra él).

Y es que quienes realmente cuentan en un país son los “productores” (entendiendo por tales los sabios, industriales, banqueros, negociantes, obreros); y esos productores o “industriales” -ambos términos son sinónimos para Saint-Simon-, que representan el poder económico, han de tener también el poder político. El régimen del futuro es el industrialismo, es decir una organización social enteramente combinada para favorecer la industria, “única fuente de todas las riquezas y todas las propiedades” (dejando atrás, pues, aquella “fisiocracia”, evangelio de los ilustrados, para los cuales, el origen de toda  riqueza está en la tierra y sus frutos, pero con la que el “sansimonismo” compartía el liberalismo económico de fondo). Para ello, hemos de eliminar a los ociosos y hacer que todos entren en “el partido nacional o industrial”, que comprende a los agricultores, a los obreros manuales y a los artesanos, a los negociantes y manufactureros, a banqueros, sabios y artistas, y “al pequeño número de clérigos que predican la sana moral”.

          Semejante revolución necesitaba una autoridad; no la autoridad del Estado, cuyas intervenciones son siempre más perjudiciales que útiles, y que deben limitarse a “proteger a los trabajadores de la acción improductiva de los perezosos y ociosos (les oisifs), y a mantener seguridad y libertad en la producción”, sino la autoridad de los productores, que constituyen la auténtica elite del mundo nuevo. Las “capacidades” sustituirán al “poder”, la política se convertirá en “la ciencia de la producción”, pues una nación “no es más que una gran sociedad de industria”, y el gobierno únicamente el “encargado de negocios de la sociedad”.

Saint-Simon imaginaba ya un Parlamento que comprendería tres cámaras: una de inventos –donde ingenieros, escritores, poetas y artistas elaborarían los grandes proyectos; otra de examen, donde los sabios considerarían el valor de aquellos proyectos y establecerían “las leyes higiénicas del cuerpo social”; y, finalmente, una cámara de ejecución, compuesta por los jefes de la agricultura, del comercio y de la industria, que serían quienes, de hecho, ejercerían el poder efectivo.

El gobierno económico, reemplazando así al gobierno político, se fijaría como único objetivo “prosperar por medio de trabajos pacíficos de una utilidad positiva”; y, abolidas ya las barreras aduaneras (pues “la industria de una nación no es enemiga de la industria de otra”), y habiéndose desarrollado los nuevos medios de comunicación, la edad industrial se encaminaría rápidamente hacia la armonía universal, bajo la forma de una federación de pueblos de Europa que un Parlamento general reunido en Ginebra vendría a dirigir.

          Adversario de la igualdad, Saint-Simon proclama insistentemente, sin embargo, que la misión de la nueva organización social será “la mejora, lo más rápidamente posible, de la condición de las clases más pobres”. Él pensaba que cada uno ha de retirar de la sociedad beneficios exactamente proporcionales a “sa mise sociale”, es decir a lo que cada cual ha puesto, que podrá ser trabajo o bien capital. Su fórmula fundamental era: ”A cada uno, según su capacidad y a cada capacidad según sus obras”. Pero Saint-Simon se dio cuenta de que esa union de todos en el gran movimiento del industrialismo no podía descansar en la pura moral -de escaso alcance entre los hombres-,  y que debía sellarse en sentimientos y en una nueva religión. “Souvenez-vous que, pour faire quelque chose de grand, il faut être passionné” (“Recordad que, para hacer algo grande, hay que sentir pasión”) –les decía a sus discípulos poco antes de morir-. Y, vuelto ya, parcialmente, de su optimismo industrial, sus últimos trabajos los había consagrado a plantar las bases de esa religión nueva que retenía únicamente del cristianismo la idea de fraternidad, un sentimiento que, en adelante, inspiraría a proletarios y empresarios, porque sólo la religión puede gobernar a los hombres y constituir el vínculo social de la sociedad industrial.

Saint-Simon moría en el mismo París que le había visto nacer, el 19 de mayo de 1825, casi desconocido, dejando una obra tan diversa y ambigua que podrá inspirar tanto a liberales como a socialistas. Y está enterrado en el cementerio parisiense del Père Lachaise.

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          Los libros de Saint-Simon “De la réorganisation de la société européenne” (1814, donde se mostraba partidario de una alianza con Inglaterra e instaba a buscar de qué modo organizar la paz en Europa), “L’Industrie” (1817/18), “Du système industriel” (1821/22), “Catéchisme des Industriels” (1824), “Le Nouveau Christianisme” (1825), sólo habían conocido una limitada difusión, pero le habían valido a su autor algunos discípulos valiosos: el historiador Augustin Thierry (1795-1856) y el filósofo Auguste Comte (1798-1870) –secretarios que fueron, ambos, del maestro-, Enfantin, ex-politécnico, Bazard, ex-revolucionario carbonaro, y los banqueros Olinde y Eugène Rodrigues. Luego, el sansimonismo iba a atraer también a muchos hombres que desempeñarían un papel de primer orden en la historia de la Francia del siglo XIX: Michel Chevalier, los hermanos Pereyre, Buchez, Hippolyte Carnot, Ferdinand de Lesseps…

Organizado en secta jerarquizada tras la muerte del maestro, el sansimonismo se constituye y  extiende a traves de las revistas “Le Producteur” (1825/26) y “Le Globe” (1831), y de las conferencias que pronuncia Bazard en 1828/30, publicadas luego bajo el título
Doctrine de Saint-Simon. Exposition”
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Armand Bazard y Prosper Enfantin sobre todo, junto a otros discípulos –muchos de los cuales no llegaron a conocer personalmente al filósofo-, acentuaron las tendencias socialistas de su pensamiento y criticaron la propiedad privada, asegurando que se trataba únicamente de una institución evolutiva que, si bien había jugado su papel en el pasado, ya no correspondía a las actuales necesidades y era negativa…

  • desde el punto de vista de la productividad, ya que desemboca en una organización anárquica de la producción,
  • y desde la perspectiva de la justicia, pues el beneficio del capital le sustrae al trabajador una parte del fruto de su trabajo, consagrando así “la explotación del hombre por el hombre” (conocida expresión, ésta, que surge entre los sansimonianos).

          El sansimonismo reclamaba, pues, la supresión de la herencia, convirtiendo al Estado en único heredero, el cual, colocado así en posesión de todos los instrumentos de producción, distribuiría los capitales a los más capaces, a través de un Banco Central con múltiples sucursales. Pero, no se trataría de colectivismo ni de estatalización de la propiedad y del crédito, porque el Estado sólo tendría un papel de intermediario y los dueños de la organización seguirían siendo los industriales, quienes continuarían gozando legítimamente de sus beneficios, al corresponder éstos a una “capacidad” y a obras, contrariamente a la herencia.

Saint Simon y el sansimonismo - Los sansimonianos

Saint Simon y el sansimonismo – Los sansimonianos

          Simultáneamente, el sansimonismo acentuaba sus tendencias “religiosas”. En 1828, Bazard y Enfantin fueron elegidos “padres” supremos de la Iglesia sansimoniana. Enfantin, sentimental y místico él, iba a llevar las ideas sansimonianas de fraternidad hacia una exaltación del amor y de la emancipación de la carne. Bazard se separó de él en 1831, por lo que, habiéndose quedado solo como “Père suprême”, aquél se fue a vivir a Ménilmontant (fuera, por aquel entonces, de los límites de París), para llevar allí una especie de vida conventual con un pequeño grupo de adeptos, que, como él, esperaban la llegada de la “Mère suprême”. Su condena a dos años de cárcel, por asociación ilegal y ultraje a las buenas costumbres (1832, ya bajo la monarquía de Luis-Felipe), vino a poner fin a aquella Iglesia sansimoniana.

          Muerto ahora institucionalmente, el sansimonismo iba a tener, no obstante, larga influencia. En el campo de las ideas, estuvo en el origen del positivismo de Auguste Comte y, en medio del liberalismo y del agnosticismo triunfante, planteó el problema de la restauración del orden y de ciertos principios de naturaleza  religiosa; y lanzó fórmulas llamadas a un gran futuro (“explotación del hombre por el hombre”, “organización del trabajo”, “instrumentos de trabajo” para designar los capitales, etc); finalmente, su idea de la disolución del gobierno político en una administración económica sería retomada por Proudhon y, luego, por Marx y Engels.

Y en el terreno práctico, sobre todo, los sansimonianos se hallan en el origen de múltiples realizaciones: lanzaron la idea del trazado de apertura del istmo de Suez, llevado a efecto por el sansimoniano Lesseps, a partir de 1859, cristalizando asi su antiguo interés por Oriente y después de un viaje  de Enfantin a Egipto en 1833/37. Y contribuyeron igualmente al desarrollo de los ferrocarriles, haciendo campaña por que fuera el Estado quien tomara la iniciativa en los grandes trabajos públicos; orientaron a Francia hacia el librecambio bajo el Segundo Imperio (tratado anglofrancés de 1860, negociado por Michel Chevalier, uno de los primeros sansimonianos); y, finalmente, fueron los primeros en Francia en subrayar el papel que habrían de desempeñar los grandes bancos en el desarrollo industrial (como será la fundación, en 1852, del crédito mobiliario por los hermanos Pereire, sansimonianos también, que venía a marcar un giro importante en la historia del crédito en Francia).

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

ANSART, Pierre: Saint-Simon (textos escogidos); Presses Universitaires de France, 1969.
LEROY, Maxime: La vie véritable du comte de Saint-Simon (1760-1825); Bernard Grasset, 1925.
MUSSO, Pierre: Saint-Simon et le saint-simonisme; “Que sais-je”; Presses Universitaires de France, 1999. También: La religion du monde industriel. Analyse de la pensée de Saint-Simon; Éditions de l’Aube, 2006; y Saint-Simon, l’industrialisme contre l’État; Éditions de l’Aube, 2010
PÉTRÉ-GRENOUILLEAU, Olivier: Saint-Simon, l’utopie ou la raison en actes; Payot & Rivages, 2001.
PICON, Antoine: Les saint-simoniens: raison, imaginaire et utopie; París, Belin, 2002.  
WEILL, Georges: L’École saint-simonienne, son histoire, son influence jusqu’à nos jours (reimpresión de la edición de 1896); alen, Alemania, Scientia, 1979.
YACINE, Jean-Luc: La question sociale chez Saint-Simon; L’Harmattan, 2002.

En español:

ANSART, Pierre: Sociología de Saint-Simon; Barcelona, Peninsula, 1972.
CHARLÉTY, Sébastien (m. en 1945): Historia del sansimonismo; Alianza Editorial, 1969.
FARIAS GARCIA, Pedro: Saint-Simon, anticipador de las tecnoestructuras (tesis); Zaragoza, 1977.
SAINT-SIMON: Catecismo político de los industriales; Aguilar, 1964. También en ed. Orbis (1985): Catecismo político de los industriales, precedido de la vida de Saint-Simon, escrita por él mismo.

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