Hébert (1757-1794) y los hebertistas

          Hijo de un notable local orfebre de profesión, Jacques René Hébert nacía en Alençon, el 15 de noviembre de 1757 en el seno de una familia medioburguesa de esta baja Normandía.

Y, con 23 años, dejando atrás una adolescencia agitada, vendrá a refugiarse en la gran urbe, huyendo de ciertos sinsabores judiciales en los que había incurrido, para llevar en París una vida de empleos miserables y expedientes: portero en las puertas de un teatro, lacayo…

          1979. Llega la Revolución, y Hébert tarda en tomar posición; sólo en septiembre de 1790 funda “Le Père Duchesne” (sacando este nombre de un personaje popular en el teatro de feria de la segunda mitad del XVIII), periódico de lenguaje soez y popular, que venía a expresar las posiciones de los sans-culottes y del extremismo revolucionario, y cuya audiencia se acrecentará aún más después de la desaparición de su competidor “L’Ami du peuple” en la misma franja ideológica; y comienza a lanzar panfletos de todo tipo, con lo que se ve ganando algún dinero y con la relevancia social que no había conocido hasta entonces.

          Miembro de “Les Cordeliers” desde marzo de 1791, y  presidente del club en junio de este año, Hébert es nombrado substitut (teniente fiscal) del fiscal general de la Comuna (Chaumette), después de la insurrección del 10 de Agosto de 1792.

Era la Comuna insurreccional -que había sustituido a la Comuna salida de los acontecimientos posteriores a la toma de la Bastilla-, instalada después de aquellos sangrientos sucesos que provocaron la caída de la monarquía. Constituida ahora esencialmente por extremistas, se va a convertir en uno de los órganos principales del gobierno, y a extender su poder a los departamentos, donde el temor a una dictadura de Paris suscitará el movimiento federalista.

Decir los Cordeliers era nombrar aquella “Société des Amis de l’Homme et du Citoyen”, llamada habitualmente así por celebrar sus sesiones en un antiguo convento de franciscanos;  había sido frecuentada primero por quien lo había fundado en abril de 1790, Danton, y por Camille Desmoulins, Marat, Santerre, Fabre d’Églantine…, antes de pasar ahora, bajo la Convención, a manos de los hebertistas.

Jacques Hébert. BNF

Jacques Hébert. BNF

La amenaza de una invasión militar del territorio se precisaba en este final del verano de 1792, después de la inhabilitación de Luis XVI y de la rendición de Longwy (25 de agosto) y  Verdun (2 de septiembre). Y fue así, con la activa cooperación de Marat y Hébert, la Comuna de París incitando a la gente de los arrabales, y la inhibición de las autoridades revolucionarias (Danton), como vinieron a desarrollarse aquellas inícuas massacres de septiembre, o matanzas preventivas, en las diversas prisiones de París: 1.200 infelices, curas refractarios, nobles –hombres y mujeres-,  y presos de derecho común fueron asesinados, en lo que será el inicio del gran Terror.

Aquella revolución inicial de 1789, que hablaba de los derechos humanos y había prometido la Libertad y las garantías individuales refrendadas por el derecho, parecía volverse ahora dictadura impulsiva de la plebe, exasperada por la miseria y que azuzaban desde la Comuna Hebert y Chaumette.

El poco sospechoso historiador Michelet comparará luego la Comuna y sus miembros, a esos “hurones de morro afilado, dispuestos a empaparse de sangre”.

          Y Hébert adquiere gran notoriedad a partir del invierno de 1792. Con sus partidarios (Chaumette, Anacharsis Cloots, Vincent -secretario general del ministerio de la Guerra y muy influyente en los cordeliers-, Ronsin, Momoro, Hanriot –comandante en jefe de la garde nationale-), Hébert vino a dominar enseguida aquel club extremista, así como las sociedades populares y las secciones parisienses, azuzando, con sus amigos, a la plebe de los faubourgs, exasperada por la miseria. A través de Collot d’Herbois, ex-cómico que había sido (bufón -había dicho de él el poeta André Chénier- que, al pasar a la política, sólo había cambiado de tablas), y de Billaud-Varenne, su influencia se ejerce igualmente en el Comité de Salut Public (Comité de Salvación Pública)

          En el marco de la feroz rivalidad entre la Convención girondina y la Comuna de París, Camille Desmoulins, Robespierre, Marat, los jacobinos y unas secciones cada vez más violentas, desatan ataques furibundos contra los “cómplices del traidor Dumouriez” -general girondino que se había entregado a los austríaco-,  y sus órganos de expresión. Y esta facción relativamente “moderada” y federalista (a la que llaman también brissotins) responde decretando de acusación a Marat con el apoyo de la plaine (esa mayoría amorfa de la cámara, oportunista y atemorizada); pero el agitador resultó absuelto por el Tribunal Revolucionario, el 24 de abril, para ser recibido triunfalmente por los suyos. También obtuvieron los girondinos la creación de una comisión de investigación, que acabó ordenando la detención de varios miembros de la Comuna, entre ellos Hébert.

Hubo entonces manifestaciones ante la sala de la Convención (mudada ya al ala norte de las Tullerías, ahora Palais National), para exigir la liberación de los presos.

          El 2 de junio, la Convención fue asediada por miles de guardias nacionales y gente venida de las secciones. El comandante Hanriot, conspícuo cordelier, desde el gran patio de las Tullerías mandó apuntar sus cañones contra la Asamblea, símbolo insignificante ahora de la representación nacional. Y fue así como aquella amedrentada y exigua mayoría de diputados presentes (120 de 720), hubo de decretar la detención de treinta girondinos. Buzot, Petión y Roland, lograron huír. Los demás no volvieron a aparecer por la Convención.

Era la derrota definitiva de la legalidad republicana, a manos de quienes se decían sus grandes defensores. En Normandía y en la Gironda, los ahora proscritos van a intentar un levantamiento federalista, antes de verse –impotentes-  reducidos al suicidio. Pero en Marsella y en Lyon la insurrección se había vuelto ya realista.

          Practicando una sistemática puja demagógica y amenazando siempre con la insurrección, Hébert se había convertido en uno de los principales responsables de la caída de los girondinos, después de que éstos intentaran encarcelarle en aquella commission des Douze, del 18 de mayo de 1793). Su detención desencadenó el movimiento popular de toda la sans-culotterie, entre el 31 de mayo y el 2 de junio.

 Liberado ya, Hébert adopta el programa de los “enragés” (furiosos o exaltados).Y fue bajo la presión de su grupo como la Convención vino a tomar ese mismo año medidas extremas, tales como la loi des suspects, votada tras el asesinato –otros dirán, el “ajusticiamiento”- de Marat, en julio de 1793, de quien Hébert se presenta como sucesor. El 21, una semana después del gesto de Charlotte Corday, el panfletario del “Père Duchesne” se presentaba en el Club de los Jacobinos para decir allí: “Si Marat necesitara un sucesor, si hiciera falta una segunda víctima, ella está ya preparada y resignada: ¡soy yo!”.

La ley de sospechosos de 17 de septiembre, iba a alcanzar a aquellos que, sin haber cometido acto reprensible alguno, eran considerados capaces de cometerlos, y permitirá proceder a miles de detenciones por toda Francia; y la loi du maximum (ley de máximos, de 29 de septiembre).

Leyes que ponían la terreur à l’ordre du jour.

          Llegado el juicio de María Antonieta –ya guillotinado Luis XVI en enero de 1793-, las odiosas acusaciones de Hébert contra l’autrichienne, “la viuda Capeto”, relativas a la depravación en la que, supuestamente, habría incurrido con su hijo, contribuyeron a la condena de la ex-reina y a su ejecución final el 16 de octubre de 1793.

Juicio de María Antonieta

Juicio de María Antonieta. “El infame Hébert se atrevió a acusar a la Reina de haber pervertido a su hijo”. Estampa. BNF

En el trayecto desde la Conciergerie a la plaza de la Revolución (hoy Concordia), era multitud la gente salida a la calle para verla pasar. Pero aquella desdichada que iba ahora al encuentro de la muerte, supo hacerse grande, y todo era respeto contenido y corazones encogidos por la emoción punzante, al ver aquella figura, erguida y pálida, que Hébert encontrará todavía, en su Père Duchesne del día siguiente, “audaz hasta el final, e insolente”.

Y escribirá en su Père Duchesne, a propósito de Chauveau y Tronson, los dos abogados que se atrevieron heroicamente a defender a aquella flor, ya marchita, del fenecido Versalles:

“…¿No hemos visto a esos puñeteros abogados no sólo agitarse como diablos en sacristía, para intentar probar la inocencia de la arpía, sino atreverse a llorar la muerte del traidor Capeto y decirles a los jueces que era suficiente con haber castigado al cerdo de su marido, y que había que concederle la gracia a la puerca de su mujer! (à sa saloperie de femme)”.

Los hebertistas fueron igualmente instigadores del culto de la Razón a cuya cabeza quiso ponerse el mismo Robespierre, y de la campaña de descristianización, mientras seguían reclamando más terror.

Desfiles grotescos de sans-culottes, revestidos con atributos sacerdotales, recorrían las calles e incitaban a los eclesiásticos a renegar de su condición y a formar familia. El 10 de noviembre de 1793, en la ci-devant catedral de Notre-Dame, ahora Temple de la Raison, se celebraba una ceremonia dedicada a la diosa de idem, mientras una bailarina de la Ópera, sentada en el altar, pretendía encarnar la Libertad. La Comuna seguía aprobando, pero ya Dantón y Robespierre consideraban que se estaba yendo demasiado lejos por el sendero del ateísmo.

En el transcurso del otoño de 1793, el Tribunal revolucionario condenó a muerte, además de a multitud de gente anónima y a María-Antonieta, a Bailly, astrónomo famoso y ex-alcalde de París; a los girondinos detenidos desde el 2 de junio, con su ninfa Egeria madame Roland; al siempre intrigante Philippe-Égalité, el 6 de noviembre; a la Du Barry; y a madame Élisabeth, hermana del rey; mientras Hébert en su Père Duchesne ensalzaba a santa Guillotina.

Y el terror se hizo también antirreligioso, continuó la persecución de curas refractarios, los mismos juramentados dejaron de ser sostenidos por el régimen, y algunos representantes en misión tomaron la iniciativa de cerrar las iglesias, “antros de superstición”.

          Hébert ha adquirido ya una influencia preponderante, y su “Père Duchesne” se ha convertido en el periódico más difundido de Francia. Después de haber denunciado la ofensiva de los “indulgents” o moderados -los Danton, Camille Desmoulins…-, que reclamaban el final del Terror (diciembre de 1793-enero de 1794), Hébert ataca también, por similares razones, a los robespierristas: “¿Por qué coño algunos montagnards, que graznaban hace unos meses en medio de los sapos de la charca, no han de ser considerados, ellos también, sospechosos?” ¡Y decía que había que depurar la Convención de esos nuevos brissotins [girondinos]!

Y propone un programa en el terreno económico y social. Pura demagogia desatada, todo ello, porque -como señalará el socialista Jaurès en su “Histoire socialiste”– el partido hebertista “no tenía ni programa social, ni táctica militar, ni sistema administrativo, ni vigor ni humanidad”.

          Consideraba aún demasiado moderada, Hébert pretendía transferir todos los poderes de la Convención a la Comuna de París, pero, en esto, hubo de afrontar la oposición del Incorruptible.

Porque, en medio de la grave crisis de subsistencias que Francia atravesaba estas semanas, el Comité de Salut Public que dominaba Robespierre, se veía amenazado ya de desbordamiento, tanto por su derecha como por su izquierda.

Poco antes de que tuviera efecto aquella insurrección de las secciones de la que ya los cordeliers hablaban sin ambages, Hébert fue detenido en la noche del 23-24 ventôse (13-14 de marzo de 1794), y acusado en la Convención por Saint-Just. Hubo de comparecer ante el Tribunal revolucionario, que le condenó a muerte, junto a otros dirigentes cordeliers. Y subió al patíbulo el lunes 24 de marzo siguiente (quartidi, 4 germinal, An II), junto a otros veinte señalados hebertistas (entre ellos una mujer), acusados todos como agentes del extranjero y de “haber conspirado contra la libertad del pueblo francés”.  El “Journal de Paris” de ese día seguía hablando de nuevas manifestaciones recibidas en la mesa de la Convención “pour avoir sauvé la Patrie en démasquant la conspiration”.

Y rodarán hasta la cesta del serrín, en tandas siguientes, las cabezas de Chaumette, de la viuda Hébert y de algunos otros correligionarios como el “arzobispo” de Paris Gobel (clérigo “juramentado” primero, luego apóstata y notorio hebertista ahora, según iba rolando el viento político).

Ejecuciones éstas seguidas, a no mucho tardar, por las de los “indulgentes”, con lo que el Incorruptible se erigía en adelante en el dictador supremo de Francia, tan odiado cuanto temido. Pero, más que este último proceso, la eliminación de los hebertistas parecia anunciar ya Termidor, y Robespierre no llegará a ver el final del verano, para alivio de muchos otros, comprometidos de sangre y corrupción, los Fouché, Barras, Fouquier-Thinville…

          El nombre de este controvertido personaje, junto con el de Marat, permanece asociado en la memoria histórica a la desaforada violencia física y verbal de ese aciago tiempo, y a las exigencias más radicales y “democráticas” (utilizando la acepción que el término tenía entonces). Más panfletario que periodista, Hébert sólo fue para muchos “un ladrador grosero y sanguinario”

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

ANDRÉ, Jacques: La Révolution fratricide; París, P.U.F., 1993 (punto de vista psicopatológico).
BACZHO, Bronislaw: Comment sortir de la Terreur. Thermidor et la Révolution. Gallimard, 1989.
BERTAUD, Jean-Paul: La vie quotidienne en France au temps de la Révolution (1789-1795); Hachette, 1983 y posteriores.
ELYADA, Ouzi: Manipulation et théâtralité. Le Père Duchesne; tesis, 1985.
GUENIFFEY, Patrice: La politique de la Terreur. Essai sur la violence révolutionnaire (1789/1794). Paris, Fayard, 2000.
JACOB, Louis: Hebert le Père Duchesne, chef des sans-culottes; París, Gallimard, 1960.

MATHIEZ, Albert: Girondins et Montagnards, études d’histoire révolutionnaire, Fermin Didot, 1930.
PALMER, Robert Roswell (1909-2002): Le Gouvernement de la Terreur. L’année du Comité de Salut Public. Armand Colin, 1989, 368 p. (traducido del inglés americano).
WALTER, Gérard: Hébert et le père Duchesne; París, J. B. Janin, 1946.

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