Josefina. Emperatriz de Francia

          Maríe Josèphe Rose Tascher de La Pagerie, a la que conocemos por “Josefina”, nacía el 23 de junio de 1763, en el seno de una familia de pequeña nobleza instalada en La Martinica, y era hija de un teniente de infantería de marina, Con sólo dieciséis años, es enviada a Francia en octubre de 1779 para ser casada con el vizconde Alexandre de Beauharnais, hijo él de un gobernador que había sido de aquellas islas, de cuyo matrimonio nacerán pronto dos hijos: Eugène y Hortense de Beauharnais.

            Pero los dos jóvenes esposos no acaban de entenderse y en la primavera de 1785 estaban ya separados.

Llegada la Revolución francesa y ya bajo el Terror, después de la detención del que seguía siendo su marido, “”Rose” fue encerrada también en la prison des Carmes entre los días 21 de abril y 6 de agosto de 1794, de donde sólo será liberada tras los acontecimientos subsiguientes al 9 Termidor. El infeliz Alexandre, padre de sus hijos, no tuvo el mismo destino, y había perecido en la guillotina el 23 de julio anterior, cinco días antes de la caída y ajusticiamiento de Robespierre.

A su salida, la viuda Beauharnais no tarda en entrar en relación con Jean-Lambert Tallien y con su mujer Teresa Cabarrús, y también con Barrás, hombre principal del nuevo Directorio y mandamás de Francia entonces, a quien seduce la natural dulzura de la caribeña y su buena educación. Así se convierte Josefina ahora en una de las mujeres más en voga de los salones de la época, llevando una vida relativamente libertina. Se la veía, con otras merveilleuses (como se llamaba entonces a este tipo de mujeres), en opíparas cenas y sobrecenas, mientras gran parte del país no sabía de qué estaría hecho el puchero de mañana. Era ya Josefina –como pronto la empezarán a llamar-, pintada por Prud’hon en 1805.

El influyente Barrás se venía mostrando generoso con la Beauharnais, pero iba pronto a aburrirse de quien “comenzaba su decrepitud precoz, expresión que no parecerá exagerada a quienes la conocieron de cerca”, cuando podía ofrecerse él flores aún en capullo. Y dice Barrás en sus memorias: “[Todo su encanto] se lo debía a sus artes, pero al arte más refinado, previsor y perfeccionado que nunca cortesana de Grecia o de París haya empleado en el ejercicio de su profesión”. -¡Estás hecha una buena engatusadora!, le dijo un día, “y era la expresión más suave”.

Es en octubre de 1795 cuando la viuda Beauharnais conoce al militar Bonaparte en aquellos turbios círculos del nuevo poder termidoriano y pronto del Directorio; el ya brillante general era seis años más joven que ella.

Josefina Emperatriz de Francia

Josefina Emperatriz de Francia

La impresión que el flacucho militar le dejó a la Beauhanais fue al principio muy apagada; pero después de otras coincidencias esporádicas, el joven oficial ha visitado a la coqueta en su hotelito de la rue de Chantereine, un pabellón particular que ocupa en alquiler. Rose le encontró original –que no gracioso-. Luego él no volvió a dejarse ver ni a hacerle caso…

París [a 28 de septiembre de 1795]

“Ya no venís a ver a una amiga que os quiere (…). Hacéis muy mal, porque ella siente afecto por vos. Venid mañana septidi a comer. Tengo necesidad de veros y de charlar de vuestros intereses. Buenas noches, amigo mío. Un abrazo”.

Y Rose le escribía a una demoiselle X, por estos días de octubre de 1795:

“Mi sultán [Bonaparte] me ha pedido que cenemos juntos hoy. Dado que una conversación tan íntima no ha de ser interrumpida, le rogaría que dejáramos para mañana nuestra cena…”

          Pudo ser al día siguiente de aquella velada, o cualquier otro de este mes de octubre, cuando Bonaparte, deslumbrado en esta primera noche de pasión caribeña, le enviaba a la que él empezaba a llamar Josefina –por utilizar un nombre menos amancillado-, estas inflamadas letras:

[7 de la mañana]

“Me despierto lleno de ti. Tu retrato y el recuerdo de la embriagadora noche de ayer no han dejado descanso a mis sentidos. Dulce e incomparable Josefina. ¡Qué extraño efecto haces en mi corazón! (…). Te vas a mediodía, te veré dentro de tres horas. Mientras tanto, mio dolce amor, recibe mil besos”.

          ¿Qué pudo atraerle en ella? Tal vez la idea de que la viuda poseía fortuna, allá en las islas. –visto el tren que mantenía y que el aún ingenuo provinciano no atribuía a protectores-; o quizá la vanidad de ganarse, como un trofeo, a aquella mujer que tantos éxitos cosechaba en los salones. Pero Barrás se muestra categórico: “Bonaparte no ignoraba las aventuras de la Beauharnais, al haberlas oído frecuentemente en mi entorno”. Sin ninguna duda, vio el general en ella el camino más corto en los peldaños del poder.

          Gracias a Barrás, Bonaparte ha recibido el mando del ejército de Italia, apenas unos días antes de su matrimonio; es la dote que Josefina aportaba –según la expresión de Chateaubriand-.

Y ambos se casan civilmente el 9 de marzo de 1796. Él ya sabía que Josefina no tenía la fortuna con la que había podido especular, pero también que el amigo Barrás podía mucho. Utilizando la influencia que ella poseía, él creyó por un momento que la amaba; y ella, que nunca le quiso realmente (sus grandes amores serán otros: Barrás, Hippolyte Charles…), pasará a llevar el apellido de uno de los más brillantes generales del momento, con el que hará pingües  negocios (tráfico de influencias, información privilegiada…), siempre, ¡eso sí!, con una desarmante candidez por su parte -¡esas cosas se hacen, no hay nada malo en ello!

 Detrás de este hombre excepcional, no habrá habido una gran mujer, porque esta “criolla descerebrada”, manirrota y liviana, sin la mínima “cabeza política”, que su situación hubiera requerido, nada tendrá que ver con madame Roland, Sophie de Condorcet o la Germaine Nécker, mujeres de su tiempo.

Bonaparte sintió por ella, al principio, un amor muy sensual, inquieto y celoso, y quiso llevarla a Italia en su campaña, a lo que ella se resistió durante largos días, perezosa que era por índole y temperamento. Y el general victorioso le escribía, una tras otra, cartas de colegial enamorado:

(…). ¿Cómo quieres, vida mía, que no esté triste?, no recibo cartas tuyas, sólo cada cuatro días, mientras que, si me quisieras, me escribirías dos veces al día. ¡Pero hay que parlotear con los señoritos que se presentan a las diez de la mañana, y escuchar las pamplinas y las tonterías de cien mequetrefes hasta la una de la noche! (…).

Adiós, Josefina, eres para mí un mundo que no puedo explicar, te quiero cada día más (…). Piensa en mí, o dime con desdén que no me amas (…).

Tampoco acompañará Josefina a su marido, por supuesto, en su campaña de Egipto, ¡esa tierra al fin del mundo! Era en París donde estaban sus amoríos y los jugosos trapicheos que le permitían llevar gran tren. Y Bonaparte sufrirá de sus infidelidades (consolado, desde luego, con la bonita esposa de un teniente, al que el general alejó oportunamente, y de la que pareció enamorarse, en aquellos largos meses de orfandad sentimental). Sus hermanos Luciano y, sobre todo, José Bonaparte se encargaban de mantenerle informado de los devaneos de su mujer y de todos sus negocios en las avenidas del poder.

Y a París llegó un día, en la primavera de este 1799, la noticia de que el general Bonaparte habia perecido en el transcurso de cierto levantamiento popular en El Cairo. Y cuenta el director Barrás –¡siempre malicioso en lo tocante a Josefina y Bonaparte!-,  de qué manera se presentó ella en el palacio del Luxemburgo, sede del gobierno, buscando confirmación a lo que ya era un rumor general, bañada en lágrimas mientras hubo testigos, y cómo, diciendo sentirse mal, pidio éter para respirar y retirarse al gabinete personal de su amigo. Entraron ambos, seguidos por el médico, y allí comenzó la generala, más tranquila y mientras seguía pidiendo confirmación, a expresarse en pésimos términos contra su marido, que sólo conocía su interés y su ambición. Su gran reproche era el poco dinero de que podía disponer, pues José era el encargado de contarle el gasto, etc., etc. Así que, viéndose ya viuda, le pedía a Barrás un préstamo de cincuenta mil francos -¡avalados, desde luego, por cierto cofrecillo de joyas y diamantes que le rogaba poder traerle!-, como adelanto para una propiedad cercana a París que le gustaría adquirir.

No le debieron de ir mal, en efecto, sus actividades financiero-comerciales, pues andaba Josefina, por estas fechas, en negociaciones de compra de La Malmaison, con su inmenso parque en Rueil, 15 km al oeste del centro de París. (Luego Napoleón pretenderá que fue él quien la compró para su mujer).

La transacción ante notario por trescientos mil francos plata en “escudos republicanos” (palacio, muebles y tierras) se efectuó el 21 de abril de este 1799, con un abono inicial del cinco por ciento. Bonaparte, a su regreso, aceptará la compra y dará orden y poder de pago. Y de Génova hará venir la nueva propietaria porcelanas y adquisiciones diversas, hechas durante su estancia en Italia.

Y ella utilizaba sin pudor –pero, ¿quién se paraba entonces en tales bagatelas!- sus influencias cerca del poder, protegiendo los negocios de sus amigos que eran también los suyos:

Tal era el régimen, convertido en patrimonio de políticos venales, falsos patriotas y codiciosas pendonas de la República.

Josefina pasará largas semanas en Malmaison, después de la ruptura con su amante Hippolyte. A Barrás le escribía ella el 30 de septiembre:

“Desde que vivo en el campo, me he vuelto tan salvaje que la sociedad me asusta. Además, me siento tan desgraciada, que no quiero ser objeto de lástima para los demás”.

          Vuelto a París Bonaparte, sus hermanos le instarán vehementemente al divorcio, a lo que él mismo venía resuelto.

          Pero el ambicioso general africano traía también otros planes en el terreno político, y amplios sectores sociales de la nación contaban con su espada y su inmensa popularidad ya, para echar del poder a tunantes y granujas.

Amenazada de separación, el sincero cariño que Bonaparte sentía ya por aquellos encantadores adolescentes que eran Eugenio y Hortensia de Beauharnais, y el negativo efecto que podrían causar en la opinión las disputas matrimoniales de quien pretendía regenerar la sociedad francesa, hicieron que Bonaparte desistiese de su primera intención, y las  relaciones en el matrimonio acabaron por recomponerse, coadyuvando a ello el éxito del golpe institucional del 18 brumario.

Pero Josefina, nueva consulesa, hubo de renunciar a sus turbias amistades y a aquel enjambre de oportunistas y mundanas de la peor especie, a cambio de asumir él sus cuantiosas y atolondradas deudas, que sus enredos especulativos no alcanzaban a cubrir.

          En febrero de 1800, el Primer Cónsul Bonaparte y su esposa, trasladaban solemnemente su residencia a las Tullerías, Ella sabrá rápidamente recobrar su cariño y ejercerá gran influencia mundana e incluso política en la época del Consulado.

Y comenzaba a ser objeto de un verdadero tratamiento de Estado, recibiendo casi todas las mañanas a quienes no podían acceder directamente al Primer Cónsul; eran esposas que solicitaban exclusiones de la lista de emigrados, reintegraciones o favores diversos, y ella acogía a todos con su imperturbable sonrisa, diciéndole a cada cual lo que quería oír. Los testimonios sobre su buena disposición y bondad natural son frecuentes, pero la primera consulesa se mostraba fácil hasta la trivialidad, y esa bondad hacia todos –dice Constant, ayuda de cámara de su marido, que la conoció bien-, le era tan inseparable a su carácter como la gracia natural a su persona. Y facilitará no poco la adhesión al nuevo régimen de la hermética aristocracia del faubourg Saint-Germain.

¿Quién se acordaba ya de Rose, la amiga de la Cabarrús y otras merveilleuses y cazafortunas! Josefina vivirá con su marido el prodigioso ascenso que hará del general Bonaparte el emperador Napoléon I, aquel 2 de diciembre de 1804; y, a pesar de las tensiones surgidas con la familia Bonaparte, que siempre sintió por ella hostilidad y celos, fue coronada Emperatriz ante el papa Pío VII, tras una apresurada celebración que hacía de su primera unión civil un matrimonio católico.

¡Cuántos sentimientos hubieron de remover en el corazón de Josefina las prestigiosas fechas que acababan de elevarla al supremo rango de Francia! ¡Cuántas añoranzas removidas en el alma de aquella criolla, llegada a Francia un día de aquel ya lejano octubre de 1779, para ser casada con un vizconde de Beauharnais!  Y el corazón voló, probablemente en aquellos señalados días, hacia su madre y sus parientes, y en pos de tantos recuerdos como había dejado aquella casi niña en su rincón natal de Trois-Îlets.

            Desde entonces y hasta su separación, los celos cambiarán de bando muy fundadamente, al hilo de las múltiples aventuras de su esposo, haciéndole comprender a Josefina la vulnerabilidad de su propia situación, dado que, con el correr de tiempo, no conseguía darle un heredero al Imperio. Así llegó Napoleón a la idea del repudio, a partir de 1807, comprobadas en su propia familia incapacidad para gobernar, codicia y deslealtad en todos.

          Tras haber llegado a la cumbre en su ascenso social, todo parecíó aliarse bruscamente en el destino de la emperatriz Josefina, vuelto aciago en adelante. Porque aquel 5 de mayo de 1807, le llegaba la brutal noticia de la muerte, víctima del garrotillo, con apenas cinco años, de su  nieto, el primogénito de su hija Hortensia y del rey de Holanda Luis Bonaparte.

Napoléon-Luis había sido hasta entonces el tenue lazo de unión que aún quedaba entre sus desavenidos progenitores. E igualmente, la esperanza (nieto suyo, de algún modo, a través de la hija de su esposa, y sangre de su propia sangre, a través de su hermano Luis), de que el infortunado niño hubiera podido suceder un día a Napoléon en el Imperio.

          Con lo que, conocida su propia capacidad para procrear (de sus amores con la polaca María Walewska acababa de nacer un niño), sólo le quedaba al Emperador encontrar la candidata idónea y la ocasión de planteárselo al país abiertamente. ”¡La Nación me lo está pidiendo a gritos!” –decía él-.

Lejos parecía ya el tiempo de las veleidades, “[Josefina] no manifestaba ninguna coquetería, todos sus modales y su exterior eran decentes y sensatos (…) y aquel divorcio suspendido sobre su cabeza era su gran preocupación” (Rémusat). Si bien no eran ahora derroches suntuarios para sí misma, dicho sea en su descargo, en todo parecía haber cambiado, salvo en lo tocante al gasto.

Y Josefina continuaba derramando lágrimas por el nieto fallecido, por el dolor de su propia hija y porque presentía ya las consecuencias que habrían de resultar para ella.

Cierto día en que Napoleón hablaba a solas con su mujer acerca de las relaciones de su hermano Luis con Hortensia, de la pérdida de su hijo primogénito, de la frágil salud del único que les quedaba y del vacío no sólo familiar, sino institucional que podría crearse, vino a abordar así la posibilidad de un repudio:

-Si llegase a ser el caso, Josefina, te pediría que me ayudases con tu comprensión a semejante sacrificio y a soportar lo odioso de esa separación. ¿Podrías entonces tomar la iniciativa y tener la valentía de retirarte tú misma?

          Ella respondió que obedecería a sus órdenes, pero que jamás iría a provocarlas. Y esas palabras las pronunció con el tono tranquilo y digno que sabía poner en ocasiones hablando con su marido y cuyo gran efecto conocía –dice Rémusat-:

Sire (porque, incluso en la intimidad, venía acostumbrándose a tratarle con cierta ceremonia), vos sois el amo y sabréis decidir de mi suerte. Cuando me lo ordenéis abandonaré las Tullerías, y yo obedeceré; pero soy vuestra esposa y he sido coronada por vos en presencia del Papa. Si os divorciáis, toda Francia sabrá que sois vos el que me aparta, y conocerá mi obediencia y mi dolor…

          Aquella manera de responderle lejos de irritar al Emperador, pareció emocionarle. Y, al contárselo Josefina a su primera dama, unas veces lloraba y otras protestaba sobre lo que consideraba ingratitud de semejante abandono, en un ejercicio selectivo de sus propios viejos recuerdos:

-¡Cuando se casó conmigo, parecía sentirse muy honrado de esa alianza! Encuentro odioso que hoy que está en la cumbre, rechace a quien consintió compartir con él la mala fortuna! ¡Nunca cederé, y seré su víctima, si es necesario!

          Pero siniestros temores la asaltaban al instante: “¡Quién sabe de lo que sería él capaz!”. Y, cuando hablaba así, su dama de honor intentaba tranquilizarla y calmar su imaginación: – ¡Madame, podéis estar segura de que nunca sería capaz de llegar a semejante extremo!

          Pasadas ya las fiestas y recepciones de la paz y del aniversario de la coronación, a las que hubo de asistir, la emperatriz Josefina va a ser repudiada oficialmente, con rica dotación, por senadoconsulto de 15 de diciembre de este 1809.

El 14, con la familia reunida y la presencia del archicanciller, Napoleón leyó un documento, aduciendo el interés de su pueblo: “¡Dios sabe todo lo que esta resolución le ha costado a mi corazón!”, hasta llegar a  aquellas palabras en que, refiriéndose a Josefina, dijo “Embelleció quince años de mi vida”; y su voz, firme y alta hasta entonces, se rompió, y sus ojos se empañaron. “…Ella fue coronada por mi mano, y deseo que conserve el rango y el título de emperatriz, pero, sobre todo, que no dude nunca de mis sentimientos y que siempre me considere su mejor y más querido amigo”.

A su vez, Josefina leyó, como pudo y con voz quebrada también, un documento, consensuado, que luego firmó:

          “Con la autorización de nuestro augusto y querido esposo, declaro que, al no conservar ya ninguna esperanza de tener los hijos que pudieran satisfacer las necesidades de su política y el interés de Francia, me complazco en darle la más alta prueba de abnegación y de afecto que jamás haya sido dada en la tierra. Todo cuanto tengo se lo debo a su bondad y fue su mano la que me coronó y, desde lo alto de ese trono, sólo he recibido testimonios de amor y de estima del pueblo francés…”

          Y se redactó un acta que firmaron todos.

Al día siguiente, Josefina se trasladó a la Malmaison.

          Gozando de una espléndida dotación de tres millones de francos y conservando el título de “Impératrice couronnée”, Josefina vivió, a partir de entonces, ya fuese en el château de Navarre en Normandía, o en La Malmaison, cerca de París, y no cesó de mantener cierta correspondencia con el Emperador (Lettres authentiques, publicadas por primera vez en 1895), de la que no supo María Luisa.

            Tras la malhadada invasión de Rusia y la catastrófica retirada que siguió, todo iría de mal en peor, en adelante, para los intereses  de Napoléon y de su Imperio. Y fue la campaña de Francia y la invasión de los Aliados.

Hortensia, ex-reina de Holanda, vino cerca de su madre, y el Zar visitó a Josefina en La Malmaison en varias ocasiones, y quiso colocarla, a ella y a sus hijos, bajo su protección. Después él vendrán también el rey de Prusia y su familia y hasta los grandes-duques, hermanos de Alejandro, Constantino, Nicolaï (un día Nicolás I) y Miguel Pavlovitch; además de otros extranjeros por pura curiosidad.

También pasaron por la Malmaison franceses notables como Berthier o Bernadotte (príncipe real de Suecia ahora), con un montón de razones, todos ellos, para explicar por qué no habian venido antes, el alto interés de Francia y cosas así.

          Unas semanas después, el 29 de mayo, domingo de Pentecostés hacia mediodía, moría la ex-Emperatriz, después de unos días de postración, dos meses y medio después de la primera abdicación de Napoléon -encontrándose él exiliado en la isla de Elba-, y sin llegar a conocer el destierro final que iba a vivir aquel que tan indeleblemente había marcado su destino. “El día en que se apagó el inmenso poder del hombre, también se apagó el alma de aquella mujer” (Abrantes).

La ciencia médica explicó como causa del fallecimiento un fuerte catarro, complicado con unas “fiebres pútridas”, lo que pudo ser una pulmonía; pero fueron extrañas las circunstancias de aquella muerte; Hortensia habla de tristeza por la humillante situación en la había llegado a ver al ayer amo de Europa, y de preocupación por la suerte que sus hijos habrían de correr. Pero esas cosas disgustan o deprimen, no matan en pocos días.

Iba a cumplir 51 años. Y será enterrada en la iglesia parroquial de Saint-Pierre et Paul de Rueil-Malmaison. Y el Journal des Débats, sin saber como nombrarla en la nueva situación política, hablaba en su crónica necrológica del día siguiente de “la mère du prince Eugène”.

Días después, Armand de Caulincourt, duque de Vicenza escribirá estas letras en dirección al proscrito de la isla de Elba:

                                                                                                  París, 2 de junio de 1814.

          “Sire: La emperatriz Josefina, apenas enferma, ha expirado en pocas horas, a causa de una fiebre pútrida (…). Sus postreros pensamientos fueron para Vuestra Majestad (…). Es un duelo general y, en particular, para quienes, habiendo tenido el honor de acercarse a ella, tuvieron también ocasión de apreciar a menudo su conmovedora bondad”.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

AVRILLION, Marie-Jeanne : Mémoires de Mademoiselle d’Avrillion, première femme de chambre de l’Impératrice, sur la vie privée de Joséphine.  Sa famille et sa cour. Entre otras ediciones desde 1833: Mercure de France, ‘Le Temps Retrouvé’, 1969, 1987, 2003.
CASTELOT, André : Joséphine ; Perrin, 1964 primera edición.
CHEVALIER, Bernard, CATINAT Maurice y PINCEMAILLE Christophe (Edición establecida por –): Impératrice Joséphine. Correspondance (1782-1814). Histoire Payot; Ed. Payot et Rivages; 1996.
ERICKSON, C.: Joséphine de Beauharnais; Paris, Grasset, 2000.
GAVOTY, André: Les amoureux de limpératrice Joséphine. Paris, Arthème Fayard, 1961.
GONZÁLVEZ FLÓREZ, Roberto: Napoléon y el clan de los Bonaparte; European Academic Press, 2015.
MASSON, Frédéric: Joséphine de Beauharnais (1763-1796) y Madame Bonaparte (1796-1804), VII y VIII  vols., respectivamente de sus Études napoléoniennes.
NORMAND Suzanne : Telle fut Joséphine. Ed. du Sud, París, 1962, 333 p.

TULARD, Jean: Lettres d’amour [de Napoléon Bonaparte] à Joséphine. Paris, Fayard, 1981.

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