Géricault, Théodore (1791-1824)

          Théodore Géricault (1791-1824) – El que había de ser acuarelista, litógrafo, escultor y, sobre todo, excelente pintor y retratista, anunciador de la escuela romántica en pintura, Jean-Louis-André-Théodore Géricault, nacía en Rouen/Ruán el 26 de septiembre de 1791, en plena revolución francesa, cuyo tenso ambiente vivió durante su infancia, y era hijo de Georges Nicolas Géricault, hombre de leyes que, enriquecido con el comercio del tabaco, había invertido parte de su fortuna en tierras de rendimiento, y de Louise-Jeanne-Marie Caruel, hija ella de una no menos holgada familia de magistrados locales.

          No se conoce en qué fechas la familia decidió trasladarse a París, en aquellos años de cambios y sobresaltos, aunque ocurrió, probablemente, pasado ya el Terror e instalado el Directorio.

Con el golpe de Brumario (1799), había llegado el Consulado de Bonaparte, y fue luego el Imperio (1804). Lo que sí es cierto es que el adolescente Théodore siguió sus estudios secundarios en el lycée imperial (Louis-le-Grand) de la Capital, a partir de 1806, habiendo ya perdido a su madre en 1801.

Y en 1808, el joven Géricault toma ya la decisión de consagrarse a la pintura e ingresa en el taller estudio de Carle Vernet (1758-1836), -el padre de Horace Vernet, con quien trabó amistad-, atraído, sin duda, por sus cuadros de caballos y de caza.

Esa pasión del joven artista por los caballos (que pintará en diferentes actitudes y circunstancias: en la granja, trabajando o en la guerra), había sido temprana, y ya montaba frecuentemente en la propìedad familiar de Mortain en Normandía o cuando visitaba a su tío materno Caruel en Versalles, donde se ubicaban las cuadras imperiales. Los caballos terminarán por convertirse en una de las imágenes periódicas de su arte.

En 1810, encontramos a Géricault inscrito entre los alumnos de Pierre Guérin, severo pintor neoclásico y seguidor de la inspiración y la técnica de David. Lo cual deja pensar que quiso obligarse a una disciplina más severa que la de Vernet, y que, sintiéndose atraído por un arte alejado de todo academismo, decidió someterse a una especie de prueba.

          Las obras de Géricault de estos años revelan el eclecticismo de su  inspiración, en relación con la enseñanza neoclásica: y lo corrobora su interés por Rubens y la serie de copias de pinturas de los siglos XVI y XVIII (Rafael, Tiziano, Caravaggio, Van Dyck…), y otras de bajorrelieves y de sarcófagos del Musée Napoléon (Louvre) que frecuentaba, cuyo director era entonces Vivant Denon, que había estado con Bonaparte en la campaña de Egipto.

Géricault tenía veinte años cuando abandona la escuela de Guérin, habiendo dado ya pruebas de su talento personal, y se inscribe en l’École des Beaux-Arts de París, en las primeras semanas del año 1811.

          Su padre ha conseguido evitarle la conscripción, que segaba por entonces la vida de tantos jóvenes franceses en lejanos frentes de combate, muriendo ellos por la supervivencia del tinglado napoleónico.

Y en este 1812, año de la tragedia de la Grande armée en las llanuras nevadas de Rusia, el admirativo Théodore Géricault se presenta por primera vez en el Salón con un “Chasseur à cheval”(o “Chasseur de la garde”, Louvre), por lo que recibe la medaille du Salon. Tiene 21 años. Dos años después presentará también allí “Le cuirassé blessé quittant le feu” (“El coracero herido, alejándose de la línea de fuego”, pintado en 1813 y presentado al año siguiente, con menos éxito por razones de coyuntura política; Louvre). De esta época es también “Le trompettiste des hussards”, reflejos directos, entre otros, de la actualidad y de los acontecimientos.

Chasseur à cheval de la Garde impériale (1812)

Chasseur à cheval de la Garde impériale (1812)

Brillantes y magnificos, los oficiales del ejército napoleónico (cuyo ejemplo paradigmático era el cuñado del Emperador, Joaquín Murat), suplantaban, en adelante, a los heroes davidianos de apenas treinta años antes, los Bruto, Horacio…, símbolos de las “virtudes republicanas” y del jacobinismo vencido. Celebrada por la pintura, esa brillante oficialidad que habia entrado victoriosa en todas las grandes capitales de Europa, aportaba su colorido, su movimiento y su olor de lucha y de sangre.

          Y es que, Géricault, como buena parte de la juventud francesa de su tiempo vivía fascinada por la gloria de Napoléon. Y en sus inicios él como artista ocupa un lugar original en el mundo de la pintura napoleónica que sigue el impulso dado por el barón Gros (“Bataille d’Eylau”, etc).

Pero ya el inquieto pintor sentía surgir de su corazón y de su mente una realidad moral por encima de ese mundo militarista de cascos y sables rutilantes, y más allá de esa mentalidad de un tiempo y una  época concreta.

En el momento en que Napoleón fue vencido, Gericault explota en una serie de obras, picturales y gráficas (“Charrette avec des blessés”, “Carreta con heridos”), la tragedia de la derrota. Pero el tema de la energía continuaba en una busqueda sobre el destino de los hombres en el mundo modermo, y reflexionaba sobre las manifestaciones de la existencia, del amor (“Les Amants”) o de la muerte (“La Mort d’Hippolyte”. Musée Fabre de Montpellier)

          Cayó Napoléon y, con su estrepitosa derrota en Rusia y las penosas campañas de 1813 y 1814, Francia se sentía cansada de la guerra y de esa larga epopeya sangrienta que estaba diezmando a la juventud francesa, cuando el sufrimiento, hasta entonces, del resto de Europa se convertía ahora en ocupación y en destrucción del propio territorio…; y con el nuevo y dramático clima general, se derrumbaba la inmensa construcción europea levantada sobre violencia y nepotismo familiar cínico y sin límites, y se esfumaba también el efímero sueño de un déspota megalómano. La juventud estaba cambiando, y se hacía católica, monárquica y romántica, y Géricault se alista en los Mosqueteros del Borbón Luis XVIII, a quien acompaña a Gand durante los “Cien Días”.

          Y anda su corazón enzarzado, por esta época, en un imposible amor que durará varios años con Alexandrine Caruel de Saint-Martin, tía suya apenas seis años mayor que él, fruto del cual nacerá Georges-Hippolyte en 1818.

          Por esa y otras razones de formación personal, en el otoño de 1816 Géricault decide dejar momentáneamente el taller que viene ocupando desde 1813 en la rue des Martyrs y parte para Italia donde permanecerá un año (Florencia, Roma sobre todo), y allí estudia a Miguel Ángel, Rafael, Tiziano, Tintoreto, Veronés…Y en el espectáculo popular de las carreras de caballos libres, propias del carnaval de Roma, piensa en un lienzo de grandes dimensiones cuyo tema habría de ser “La Course des chevaux barbes” (“La Carrera de los caballos berberiscos”), buscando una renovada expresión de la energía; proyecto que, si bien no llegará a ejecutar, dio lugar a algunos lienzos preparatorios.

          De regreso a París, a partir del otoño de 1817, Géricault parece reanudar con Alexandrine, y pinta “L’Abattoir” (“El Matadero”, Cambridge, EE.UU., Fogg Art Museum); y quiere buscar ahora su inspiración en los hechos contemporáneos, conocer esa verdad profunda, hecha de destrucción y violencia, más allá de la tranquilizadora superficie del orden, la verdad de la “France ensevelie”, de la Francia enterrada, como la llamará el historiador Michelet que dará un curso sobre Géricault, precisamente, en vísperas de la revolución de 1848. Y pinta “Le Domptage de taureaux” (“La doma de toros”, Cambridge, Massachusetts. Fogg Art Museum).

Pero esa verdad la vino a encontrar el artista, sobre todo, en un acontecimiento dramático que había conmocionado recientemente a la opinión pública en 1816: el rescate de unos infelices en una balsa a la deriva. Sera su “Radeau…

            Se trataba de “la Méduse”, una fragata enviada por el gobierno de Louis XVIII para recuperar la soberanía sobre el Senegal que le reconocian a Francia los tratados de 1815, y que había zozobrado frente  las costas de África el 2 de julio de 1816…

 

          El pintor quiso representar a los escasos supervivientes agotados y semimoribundos, en el momento en que, después de doce días de horrible sufrimiento, con episodios de antropofagia, avistan a lo lejos el bricbarca “Argus” que al fin les salvará. Podríamos ver simbólicamente, en este cuadro que representa una desoladora deriva colectiva, la ardiente búsqueda de la supervivencia del ser humano, más allá de los azares con que la existencia le amenaza. Y en él verá Michelet en 1848, metafóricamente, el naufragio de Francia.

Y Géricault se inicia por esta época en la litografía, donde empieza a distinguirse igualmente Antoine Gros.

          Pero “Le Radeau de la Méduse” (“La Balsa de la Medusa”, Louvre)sobre cuyo tema el pintor había hecho varios estudios preliminares-, obra maestra por su excelente composición y el realismo de las expresiones, más allá de una vana declamación, provocó polémica en el Salón de 1819 y violentas reacciones en el mundo académico, a cuya cabeza se encontraba Ingres, que calificó la obra de “Sala de anatomía”. No le faltaba a Ingres alguna razón para decir aquello, pues el artista había frecuentado -buscando modelos e inspiración para su lienzo-, las dependencias del hospital Beaujon donde pudo ver numerosos cadáveres y rostros de ajusticiados.

Géricault. La Balsa de la Medusa (1819).

La Balsa de la Medusa (1819)

Aquella hostil acogida entristeció a su autor profundamente, por razones de legítimo amor propio, no porque necesitara vender sus obras ¡Poco importaba, en definitiva, porque el lienzo fue recibido con entusiasmo por la nueva generación, romántica ya (el mismo Delacroix había posado para uno de los personajes), que parecía haber encontrado un jefe en lo inmediato.

A las críticas en el orden artístico o, por el contrario, defensa de la obra, vinieron a añadirse las pasiones políticas del momento; y es digna de señalar la distribución entre críticos y defensores en función de su adscripción político-ideológica: la denigraron los defensores del régimen y la ensalzó la oposición liberal, más interesada en erosionar al gobierno por aquel desastre ocurrido en aguas africanas que convencida por las cualidades de Géricault.

          En torno a dicho tema, giran colateralmente gran número de lienzos más pequeños, fragmentos de anatomía, brazos, piernas y cabezas de guillotinados (p. ej. el cuadro del Museo nacional de Estocolmo).

Porque, en definitiva, lo que llamaremos “romanticismo” en pintura será el resultado de un realismo a veces violento y un idealismo vitalista y apasionado que acentúa los contrastes.

          Intentando huir del profundo desánimo que aquella acogida le causó, y de ciertas dificultades también de orden familiar, derivadas de sus amores con Alexandrine, Géricault se retira primero a Fontainebleau y luego parte para Inglaterra con su Radeau, en abril de 1820, respondiendo a ciertas propuestas de exhibición del lienzo en Inglaterra, como si de un objeto de feria se tratara, dado el tema allí expuesto (Fue el Egyptian Hall de Piccadilly, recientemente abierto en Londres, y luego Dublin). No hay mal que por bien no venga, porque su presencia en la isla le permitió no sólo ganar un buen dinero que necesitaba, sino, sobre todo, darse a conocer, y la crítica y los buenos amateurs apreciaron en él no el suceso anecdótico que había interesado a la opinión, sino la obra de arte.

          Y allí queda impresionado por la revolución industrial y las transformaciones económicas y sociales que descubre. En Londres, aprecia la obra del paisajista Constable y la escuela inglesa. Además del “Derby de Epsom” (óleo de 1821, en alusión a la famosa carrera inglesa), y de numerosas acuarelas, Géricault ejecuta ahora –después de aquellas dedicadas al ejército de Napoleón, ¡ya bajo los Borbones!-,  una docena de hermosas litografías a través de las cuales se aprecia la paulatina irrupción de elementos realistas y un marcado interés por lo cotidiano.

Con el Derby, de ejecución romántica e intenso carácter dramático, ejercerá su influencia incluso en el Impresionismo. Inspirado en una imagen deportiva de unos años antes, la gran masa plástica del cielo, con sus nubes oscuras y deshilachadas y el mar al fondo, añadido al ambiente general amenazador, sugieren el propio galope del ser humano, como huyendo del fondo sombrío hacia una meta no menos desconocida e inquietante. Por no mencionar el mágico efecto que puede sugerir la posición de los caballos, congelados todos en el mismo paso de carrera, como si volaran.

El Derby d’Epsom se encuentra en el Louvre, con estudios previos en el Louvre y en Bayona.

Géricault. Derby d'Epsom (1821)

Derby d’Epsom (1821)

          A su regreso, a finales de 1821, se cree que pasó por Bruselas (para visitar al viejo David exiliado.

Pero la salud del pintor estaba ya muy quebrantada, quejándose de ciática unas veces, y otras de un gran cansancio, derivado, se cree, de un afección venérea que arrastraba; trastornos que se agravarán después de una desafortunada serie de circunstancias: una caída del caballo mal curada, un atropello luego en Fontainebleau y otra caída posterior. Unido ello a un serio deterioro de su economía personal, consecuencia de malas inversiones financieras y muy dado él a una vida sin privaciones.

Y el periodo 1823/24 supuso para Theodore Géricault un pedregoso sendero de mortificación y sufrimiento.

Géricault. Caballos de granja. Estampa (1823). BNF.

Caballos de granja. Estampa (1823). BNF.

Entre períodos de enfermedad, dolor y convalecencias que se hacen cada vez más prolongadas, alternados con momentos de gran actividad, Géricault consigue pintar diversos cuadros de caballete y, sobre todo, esa serie de diez retratos de “Fous” (desorden mental de dementes o monómanos), de los que únicamente la mitad han llegado hasta nosotros, que se encuentra entre sus más extraaordinarias realizaciones. Y, adentrándose en el universo -doloroso también-, de los excluidos y oprimidos (dramático reverso de ese futuro luminoso que liberaría al hombre y que el optimismo “progresista” del momento anunciaba ya), su intención era entonces hacer nuevos grandes lienzos sobre los temas de la trata de Negros (para la cual comienza a preparar numerosos bocetos) y de la Inquisición, que no pasarán de proyectos.

Retrato de Th. Géricault por su amigo H. Vernet (1823).

Retrato de Th. Géricault por su amigo H. Vernet (1823).

          Su taller ha sido vendido y buena parte de su obra dispersada sin remedio. Era el naufragio de su vida -que dirá J. L. Berthet-, como aquel de “la Medusa” que él había pintado. Después de la atroz agonía que le supuso aquella tuberculosis ósea que supo soportar con entereza, Géricault se perdía para el arte poco después, el 26 de enero de 1824 –ese año en que moría Byron-, a la temprana edad de 33 años, y está enterrado en el cementerio parisiense del Père Lachaise.

Delacroix, que le conoció bien, escribirá de Géricault en su diario que “había derrochado su vida” y que era extremo, “en amor como en todo”, y que ello “había comprometido su salud horriblemente”.

Pintor de transición que vivió el cambio de estética y de gustos, Géricault dejaba tras él una obra inacabada y prometedora, pero, en todo caso, representó uno de los grandes momentos de la pintura moderna. Adelantado en el romanticismo pictórico, fue también precursor del realismo; Daumier y luego Courbet beberán en esa fuente de inspiración.

Mucho tiempo después de su muerte, los amigos que le habían conocido seguían pensando aún en él con emoción. Y no sólo Delacroix; Michelet le dedicará un curso en el Collège de France.

          Y una retrospectiva de Géricault fue ofrecida en el Grand-Palais de París, entre octubre de 1991 y enero de 1992; y en el Metropolitan Museum de Nuevo York.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

AIMÉ-AZAM, Denise: La passion de Géricault; París, 1970. También Géricault, l’énigme du peintre de “La Méduse”; París, Perrin, 1983.
BERTHET, Jean-Louis: Les naufrages de Géricault: un bateau, “la Méduse”, une vie, Géricault; Saintes, Le Croît vif, 2012.
EITNER, Lorenz: Géricault, sa vie et son oeuvre (trad. de  “Gericault, his life and work”); Gallimard, 1991.
GRUNCHEC, Philippe: Tout l’oeuvre peint de Géricault (trad. del italiano: “L’Opera completa…”), introd. de Jacques Thuillier; Flammarion, 1978 y 1991.
HOUSSAYE, Henri (1848-1911): Théodore Géricault: dieux, hommes, chevaux (con otros estudios aparecidos en su momento); les Éditions de l’Amateur, 2010.
MICHELET, Jules (1798-1874): Jacques-Louis David et Théodore Gericault; La Rochelle, Rumeur des âges, 2006. También: Géricault; París, L’Échoppe, 1991.
NOËL, Bernard: Géricault, Flammarion, 1991.
ROSENTHAL, Léon: Du Romantisme au Réalisme; essai sur l’évolution de la peinture en France, de 1830 a 1848; H. Laurent, 1914; reed. en París, Macula, 1987.
SAGNE, Jean: Géricault; Fayard, 1991.

En español:

EDGE, Arabella: El naufragio de La Medusa (trad. del inglés); Barcelona, Edhasa, 2008.

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