Maupassant, Guy de (1850-1893)

            Henri René Albert Guy de Maupassant nacía el 5 de agosto de 1850 en el château de Miromesnil (Seine Maritime, Alta Normandía, cerca de Dieppe).

Su padre, Gustave de Maupassant, de una familia originaria de Lorena, se dedicaba a actividades de cambio y bolsa, y no le iban mal sus negocios; y su madre Laure, Le Poittevin de soltera, con raíces en la sólida burguesía normanda, era persona culta, distinguida y amiga de las letras.

            La familia Maupassant se instala en París, 3, rue du Marché, en 1859, pero su progenitor parecía, por desgracia, preferir la bulliciosa vida parisiense al tranquilo ámbito familiar, y el matrimonio no duró. Por lo que, separados sus padres amistosamente cuando él tenía diez años, su madre regresa a Normandía, y en Étretat vivirá Guy durante su infancia, solo con su madre y su hermano menor Hervé, nacido en 1856.

            El divorcio oficial entre los esposos intervendrá en enero de 1863.

            Había comenzado sus estudios en el collège religioso de Yvetot, prosiguió su formación media en el lycée de Rouen / Ruán, y era estudiante de derecho cuando la contienda franco-prusiana de 1870 le obligó a interrumpir esos estudios. Y por edad y formación, se vió bajo las armas como garde mobile.

            Terminada la guerra, Guy tiene que empezar a ganarse la vida; gracias a ciertas relaciones de su protector Flaubert, acepta un modesto empleo que se le ofrece en París en el ministerio de Marina en 1872, para pasar en 1878 a la Intrucción pública.

El trabajo no parece absorberle y Maupassant aprovecha su ocio para escribir, porque en él ha despertado desde hace un tiempo, la irresistible vocación de la escritura. Pero es joven y bien parecido, y durante diez años el joven Guy va a divertirse y a frecuentar merenderos y ventorrillos (guinguettes) donde hay jóvenes de ambos sexos; y los ambientes de canotaje también, al borde del Sena.

A partir de 1876 empieza a quejarse de mareos y de fuertes migrañas que le sumen en crisis de melancolía; y en 1877 comprueba ya que está infectado de sífilis, mala compañera ésta que, silenciosa pero obstinadamente, irá adueñándose de su salud corporal y mental.

            Su madre era hermana de Alfred Le Poittevin, muerto en 1848, el amigo de Flaubert. Y ella misma conocía al que será autor de “Madame Bovary” desde su infancia, y continuará en correspondencia con él. No extraña pues, que, deseando favorecer las disposiciones literarias de su hijo mayor, ella le haya llevado al maestro de Croisset cuando vino a afirmarse su vocación.

            El menor, Hervé, con signos de desequilibrio mental a partir de 1887 y víctima de violentas crisis nerviosas, será jardinero y botánico, antes de morir en un asilo, en 1889 a los 33 años.

            En el prefacio de “Pierre et Jean” que Guy de Maupassant escribirá en septiembre de 1887, contará él mismo lo que le dijo Flaubert entonces: “No sé si tienes talento. Lo que me has mostrado prueba cierta inteligencia, pero no olvides, muchacho, que el talento, según decía Chateauriand, sólo es una larga paciencia. Trabaja”.

Maupassant, retrato por Nadar, 1888 (BNF)

Maupassant, retrato por Nadar, 1888 (BNF)

Y Flaubert introduce a Maupassant en los medios literarios (Alphonse Daudet, los Goncourt, Émile Zola), y él recibe la fuerte influencia de un temperamento con el que siente afinidades: sentimentalidad reprimida, tristeza, visión pesimista del mundo -que va más allá, incluso, que la de su maestro, pues éste, al menos, creia en el arte-, y hasta el humor vengativo de Flaubert. Como él, se quiere cerca de lo real y piensa que la obra de arte ha de serle fiel. Por su lado, Flaubert siente gran afecto por aquel del que dice: “C’est mon disciple et je l’aime comme un fils”; sigue de cerca sus inicios y le recomienda, sobre todo, que no se precipite buscando el éxito.

Por atenerse a sus consejos, Maupassant permanecerá durante unos años sin publicar nada. “Durante siete años –dirá luego- escribí versos, cuentos y hasta un drama detestable”. De ello sólo quedarán los versos, sin gran originalidad, que aparecerán en 1880, con el voluntariamente intrascendente título de “Des vers”.

El cuentista

            Después de que Flaubert se lo hubiera presentado a Zola, Maupassant se había convertido en uno de los habituales de esas reuniones donde se vino a forjar el naturalismo, en París y luego en Médan.

            Fue con “Boule-de-Suif” (1880) -su contribución a las “Soirées de Médan” de Zola – como Maupassant comenzó, de manera fulgurante, su verdadera carrera literaria, abriéndole también los salones mundanos durante un decenio. Y ahí mostraba ya todas sus cualidades de aguda observación y de estilo propio.

Conocemos el tema:

Una diligencia, partida de Ruán en dirección a Dieppe, durante la guerra 1870/71, es detenida por un oficial prusiano, que exige, para dejarla continuar su camino, que una joven viajera, a la que llaman Boule-de-Suif, se someta a sus caprichos. Tenida al margen y menospreciada, hasta entonces, por el resto de sus compañeros de viaje, la muchachas se ve sometida ahora a una presión que toma las formas más diversas, desde el halago a la amenaza, hasta acabar triunfando, finalmente, sobre su inicial negativa. Pero, apenas ha reiniciado su marcha la diligencia, gracias al sacrificio que la muchacha hizo a la causa común, Boule-de-Suif se verá rechazada con más desprecio aún que antes.

            Toda la humanidad descrita por Maupassant está ya presente en este cuento cruel, con sus mezquindades, la hipocresía y el egoísmo burgués; y también todo su arte, el sentido de la concisión, la palabra o la actitud que planta a un personaje, el efecto discretamente subrayado, la rigurosa precisión en la descripción de lugares y cosas.

            La carrera de cuentista de Maupassant comienza entonces. Serán aproximadamente trescientos cuentos los que dará a los periódicos en once años (en“Le Figaro”, “Le Gil Blas”, “Le Gaulois” sobre todo), antes de reunirlos, la mayoría, en diversos recopilatorios.

Con la perfección que buscaba en lo que él llamaba sus “historiettes” llegó a Francia -como le gustaba decir-, “la violenta afición por el cuento y la novela corta”. A través de ellas describía todos los medios sociales, como el “satírico destructor” que quería ser, multiplicando los pequeños cuadros de costumbres y las escenas prestamente esbozadas. Sus modelos predilectos son los campesinos de las tierras de Caux que él conocía bien, con sus prejuicios, su avaricia y su astuta o socarrona truculencia; también la sociedad burguesa, parisiense o provinciana, le proporciona no pocos temas, con sus aventuras amorosas, sus dramas familiares, suicidios o anécdotas burlescas o irrisorias. Si al autor le complace evocar la vida rutinaria y mediocre de los empleados y los pequeños comerciantes, tampoco le asustan las situaciones truculentas o melodramáticas, y no tiene reparos en mostrar a un amante violando una tumba sólo por ver de nuevo el rostro de su amada muerta.

Finalmente, antes de sentir él mismo al mal implacable apoderarse de su mente, y de fijar sus obsesiones en “Le Horla”, abordará en diversas ocasiones los dramas de la locura, las angustias, pensamientos y conductas delirantes.

Maupassant. Le Horla

De esa manera, el realismo de Maupassant se prolonga en lo inesperado y lo excepcional, porque todo su arte consiste en hacernos admitir ese lado fantástico y que aceptemos la risa o el estremecimiento que nos provoca. No se propone desarrollar ante nosotros el análisis minucioso de un caso complejo, desconcertante o turbador, sino únicamente la breve escena de unos personajes viviendo y hablando en un momento importante o característico de su vida.

            Con el éxito entre el público lector, vendrán el reconocimiento social y la holgura económica, y Maupassant comienza a desdeñar los círculos estrictamente literarios, para frecuentar ahora la alta sociedad del Segundo Imperio, en torno a la princesa Mathide Bonaparte (1820-1904), en cuyo salón –incluso ya en los primeros años de la III República-, brillaban los Taine, Renan, Flaubert, Théophile Gautier, los Goncourt…

            En 1881, Maupassant publica una recopilación de relatos cortos, bajo el titulo de uno de ellos “La Maison Tellier”, y “Les contes de la bécasse” en 1883.

            En esta última aparece el barón des Ravots, hidalgüelo de esta tierra normanda, quien, llegada la temporada de caza, tiene la costumbre de invitar a sus amistades a compartir con él en la mesa sus bécasses cobradas (especie de perdices), a las que es gran aficionado; sólo uno de los comensales, sin embargo, designado por sorteo, tendrá derecho a la cabeza -la parte más apreciada-, pero habrá de contar una historia para disfrute de los demás. Y así van surgiendo los dieciséis relatos que conforrman esta pequeña colección, y van desfilando campesinos y propietarios de estas tierras que tan bien conoce el autor, con sus rasgos, sus defectos y su particular psicología, traídos todos y descritos con el arte literario de Maupasssant; y lo trágico de la vida, como trama de la mayoría de los cortos relatos, se codea con la ironía y la comicidad.

El novelista

            Pero sus cualidades, que tan fácilmente se acomodaban en los periódicos a las doscientas líneas de un cuento, ¿podrían eclosionar igualmente en una estructura narrativa más amplia? Maupassant concibe sus primeras novelas: “les dimanches d’un bourgeois de Paris” (1880), “Une vie” (1883) y “Bel-Ami” (1885) como “novelas cortas” (nouvelles) ampliadas, con un personaje principal cuya historia se va desarrollando de anécdota en anécdota, sobre fondo de trivialidad cotidiana.

            Jeanne, la heroína de “Une vie”, que se parece a su propia madre –sensible, novelera, y de ambigua personalidad-, lleva, al salir del convento donde se ha educado, una melancólica y solitaria existencia entre lecturas, sueños y paseos solitarios, en el seno de su familia, en la mansión rural familiar de Normandía.  Hasta que el vizconde de Lamarre, pide su mano…Serán entonces desilusiones, al lado de un marido trivial, tacaño e infiel; y, viuda ya, la amargura de ver cómo Paul, su único hijo, convertido en un golfillo a medida que ha ido creciendo, se va perdiendo en París, entre expedientes y una existencia irregular. Y arruinando a su madre también. Sólo el  proyecto de criar y educar a su nieto aporta a la vida de Jeanne un rayo de esperanza en sus años de vejez…

            Y Georges Duroy, al que llaman “Bel-Ami” lleva adelante una carrera de periodista cínica y brillante, apoyado en las mujeres.

            Mediante un cuidado meticuloso, Maupassant busca describir la realidad de su tiempo –la sociedad del medio rural normando, o los círculos de la prensa y la política-. Invención y trama endeble, psicología sumaria en ocasiones, todo coadyuva a una visión pesimista, modulada e iluminada apenas por escasos momentos de sensibilidad.

Y Maupassant parecía querer orientarse hacia un naturalismo sin violencias ni exageraciones que sacaba del Flaubert de “L’Éducation Sentimentale” la impresión del paso monótono de los días.

Pero el éxito de Paul Bourget y su ejemplo, reorientaron su concepción, no sin esfuerzo, hacia un tipo de novela donde la psicología habría de ocupar un lugar más importante y se situaría, sobre todo, en los ambientes de la alta burguesía que tanto interesaban al autor de “Le Disciple”(1889). Maupassant reconocía que le habia costado sacar adelante “Mont-Oriol” (1887), en lo que él llamaba los “chapîtres de sentiment”. Novela ésta con una variedad de puntos de vista superior a las obras precedentes: porque a la exposición de una relación sentimental, y a la evocación de un medio social, se añadía la descripción satírica de una localidad-balneario de moda, Ni el autor renunciaba a ciertos despliegues poéticos en sus cuadros de paisajes.ç

            Con la novela “Pierre et Jean” (escrita en el verano de 1887 y publicada en 1888), Maupassant vuelve a la pintura de la burguesía media, concediendo a lo psicológico una importancia creciente, al fundamentar el relato en la crisis de conciencia de un hombre, Pierre, que descubre el pasado de infidelidad de su madre y asiste al triunfo económico y sentimental de Jean –aquel al que hasta entonces había tomado por su pleno hermano y destinatario del importante legado de su padre biológico-; mientras su vida empeora significativamente, constata el acercamiento afectivo entre Jean y su madre, al tiempo que su propia marginación, ¡él, que representaba la legitimidad familiar!

Acentuando esa tendencia, “Fort comme la mort” –título sacado de “El Cantar de los Cantares”- es un sutil y pesimista análisis psicológico sobre el amor y el envejecimiento, publicado en mayo de 1889. Y aquí expone Maupasssant “una idea de la vida terrible, a la vez que tierna y desesperada”, con la descripción del caso de Olivier, pintor bastante convencional pero de un notable éxito social en el París de entonces, hombre que, enamorado de una joven (después de haber sido el amante de su madre) y presa de los celos, descubre que el tiempo pasa degradándolo todo, hasta su propio talento de artista, y constata que él se hace viejo sin remedio y que se ve solo, después de haberlo sido todo en aquella sociedad mundana y trivial.

            Debilitado por la enfermedad que le corroía y las depresiones de las que era objeto, Maupassant escribía ya poco desde finales de los ’80, frecuentaba la Costa Azul en estancias de descanso o viajaba por el norte de África.

            Su última novela  “Notre coeur” (1890), deja entrever ya los efectos de la enfermedad que habrá de acabar con él y, a través de la historia de una pasión, tiende a la confesión, más aún que “Fort comme la mort”, cuyo protagonista se le parece.

Naturalista, pero no tanto.

            Con su concepción desengañada de la vida, Maupassant compartía esa visión del mundo de los naturalistas. Este hombre sin pasiones, que no creía en nada, que sólo sentía verdadera ternura por su madre y afecto únicamente por Flaubert, pensaba que “todo se divid[ía] en tedio, farsa y miseria”, reducido todo a “un gozo físico, ya sea en el amor o en la contemplación de un paisaje”.

Pero su propia experiencia le daba a esa visión un color distinto, porque la obsesión de la muerte, patente desde sus primeras obras, el sentimiento angustioso de la impotencia humana y, sobre todo, la enfermedad y luego la locura paulatina que él veía venir lucidamente, no le abandonaban.

            Pasando del realismo a lo fantástico, no era Maupassant hombre a dejarse arrinconar en teorías literarias, y quería reivindicar su libertad. Por sus ideas sobre la novela y la obra de arte, expresadas particularmente en el ensayo que sirve de prefacio a “Pierre et Jean”, se aleja del puro naturalismo. Si bien él decía situarse del lado de quienes pretenden “darnos una imagen exacta de la vida”, rechazaba el principio de “toda la verdad y nada más que la verdad”, porque “le vrai peut n’être pas vraisemblable” (lo verdadero puedo no ser verosímil): “El realista, si es un artista auténtico, buscará darnos, no la fotografía trivial de la vida, sino una visión más completa y emotiva que la realidad misma”. Con lo que parecía imponerse una elección: “Expresar lo real (faire vrai) consiste, pues, en dar la ilusión completa de la realidad, según la lógica ordinaria de los hechos, y no en transcribirlos servilmente, en la mezcolanza de su sucesión”.

Yendo aún más lejos, Maupassant criticaba la noción misma de realismo fotográfico, en nombre de la diversidad de impresiones que cada individuo recibe: “Cada uno de nosotros se hace una ilusión del mundo, ya sea poética, sentimental, alegre o melancólica, sucia o lúgubre, según su propia naturaleza. Y la misión del escritor será reproducir esa ilusión, con los procedimientos del arte que ha aprendido y de los que puede disponer”.

También se enfrenta al tipo de novelista psicológico que se pone en el lugar de sus personajes, equivocándose así y engañándonos a nosotros, porque la novela ha de ser objetiva, mostrando unicamente las acciones, sin intentar explicar sus motivaciones.

            Y, entre aquellos que se acercaron al naturalismo o incurrieron en él diversamente, Maupasssant fue el único en mostrar una constante y exigente preocupación por el estilo. Porque este discípulo de Flaubert conocía las virtudes de la palabra precisa y de la expresión rigurosa. “Esforcémonos –escribía en el ya mencionado prefacio- en ser buenos estilistas, más que coleccionistas de términos raros (…). La lengua francesa es un agua pura que los escritores amanerados nunca han podido ni podrán enturbiar”. Es verdad que una cierta distensión aparece en sus útimas obras,  y en particular en “Notre coeur”, pero cuando se encontraba en la plenitud de sus medios, su simplicidad y su sentido del equilibrio y de la sobriedad aparecían como cualidades clásicas.

            En otro registro literario diferente, Maupassant había escrito una obra en tres actos, “Musette”, en colaboración con Jacques Lenormant, que consiguen montar y representar en el “Théâtre du Gymnase”, en este 1891 con algún éxito.

            Pero, en la noche del 31 de diciembre de 1891, sintiendo rondarle de cerca la locura, Guy de Maupassant –asistente esporádico él de los cursos del eminente neurólogo Charcot en La Salpétrière-, intenta suicidarse con una navaja de afeitar, hallándose en Cannes: vano intento aquel, pero, transportado a París con una camisa de fuerza, su razón quedó ya definitivamente a la deriva, sobreviviendo un año y medio más, extraño a sí mismo y a su obra, en la residencia de salud del doctor Blanche, en el barrio de Passy. Allí acabará muriendo el 6 de julio de 1893, prácticamente paralizado y vencido por una sifilis de incidencia neurótropa.

Ya conocido su estado y previendo la fatal deriva de su cuadro médico, no habían faltado los cronistas que, escrutando en su obra y particularmente en sus cuentos (“Lettre d’un fou”, “Madame Hermet”, “La Chevelure”…), decían descubrir allí señales anunciadoras de su demencia. “Le Figaro” del 16 de enero siguiente a su intento de autodestrucción, opinaba perentorio: “Maupasssant es víctima de la intensidad de sus sensaciones. Él ha descrito y analizado la locura mucho antes de verse alcanzado por el terrible mal” (traducimos). Pero no faltaron tampoco quienes, recordando la incierta personalidad de su madre y el concreto final de su hermano Hervé, evocaron la posibilidad de algún contagio transmitido hereditariamente, sin relación con la sexualidad concreta del escritor.

            De estatura media y de perfil compacto y musculado (lo cual llevaba él muy a gala), el vitalista Maupassant se había mostrado siempre aficionado a las mujeres, al ejercicio físico y al canotage y la navegación en mar abierto con su yate “Bel-Ami”. Y hasta había caído en el esnobismo mundado del “beau monde”, con las damas que frecuentaba en los últimos tiempos de su vida activa y social, declarando, con una pizca de afectación, que nunca se postularía para un sillón de la Academia francesa, ni aceptaría la legión de honor.

Nada, en un principio, hubiera hecho esperar el final que habría de tener.

            En su corta existencia dejaba una producción equiparable a 27 volúmenes de edición, creada en el breve espacio de diez u once años, producción en la que había desparramado condensación, equilibrio, simplicidad y sobriedad  estilística. “Que voulez-vous qu’on dise de ce conteur, sinon qu’il est parfait? -dirá de él el crítico Jules Lemaître (1853-1914)-.

Es cierto que su visión pesimista de la existencia le habia llevado por el sendero negativo de cualquier esperanza –Dios, la Providencia o el efímero consuelo de la Filosofía o de la Ciencia-. Y ese vacío  o desesperación la había expresado a menudo el escritor por medio de la caricatura, el sarcasmo o la venganza literaria (“La Maison Tellier”, “Mademoiselle Fifi”)

Ello no fue obice, sin embargo, para que, alterada ya seriamente su salud, Maupassant dejara el sarcasmo, invadido por la simpatía o la compasión hacia algunos personajes (mujeres solas y viejas solteras, enfermos, ancianos, pordioseros… (“Miss Harriet”), o por su propia angustia… (“le Horla”)

            Desdeñado durante mucho tiempo en el siglo XX, por encontrar mezquina su humanidad y estrecho su universo, Maupassant ha descrito la soledad y la vanidad de la existencia, el lado absurdo de la condición humana, en términos que una sensibilidad educada en el existencialismo comprendería hoy mejor. Y su técnica narrativa y su teoría de la objetividad psicológica le acercan a los autores contemporáneos atentos a la psicología del comportamiento.

Maupassant, busto en el parque Monceau de Paris (BNF)

Maupassant, busto en el parque Monceau de Paris (BNF)

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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En español:

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SAVINIO, Alberto: Maupasssant y el Otro; Barcelona, Bruguera, 1983 y posterior.

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