Briand, Aristide (1862-1932)

          Aristide Briand (1862-1932) – El que será abogado de talento y periodista, sindicalista y militante socialista en sus inicios, además de excelente orador en la tribuna parlamentaria, Aristide Pierre Henri Briand, nacía en Nantes el 28 de marzo de 1862, hijo de un modesto mesonero, Pierre Guillaume Briand, y de su mujer Madeleine Bouchaud.

          Cuando Aristide tenía aún dos años, sus padres se trasladan por un tiempo a Saint-Nazaire, donde han encontrado la ocasión de regentar “Le Grand Café”.

Y en 1864 nacía su hermana Marie Valentine, que no llegará a la mayoría de edad.

Aristide sigue la escuela primaria y, luego, unos brillantes estudios secundarios como becario en el lycée de Nantes, adonde sus padres acabarán regresando, ya retirados.

Cursa Derecho y ejerce como pasante de notaría en Saint-Nazaire primero, para iniciar su profesión de abogado propiamente dicha en 1886. Tenía 24 años y el ejercicio del periodismo de combate, la defensa letrada en causas obreras  y la política activa parecen interesarle vivamente. No incompatible ello con una activa vida amorosa, aquí y allá, la más relevante de cuyas relaciones será la mantenida con Marie Bonaparte (1882-1962), discípula colaboradora de Freud y sobrina nieta de Napoleón.

Y a finales de los años ’90 se le ve ya en la dirección de la conocida revista anticlerical La Lanterne,

Candidato sin suerte en diversas ocasiones como “radical révisionniste” primero, y luego  “socialiste révolutionnaire” (en la línea de Jules Guesde, defensor de la huelga general) en 1902, Briand comienza a situarse en un socialismo reformista después de conocer a Jean Jaures y consigue ahora ser elegido diputado por el nuevo PSF, condición de parlamentario que Briand mantendrá, en adelante, hasta su muerte.

Y es redactor en “L’Humanité”, el periódico que Jaurès crea en abril de 1904 con la finalidad de  reunificar las diversas corrientes y convertirse en el órgano del socialismo.

Pero, tras el Congreso antimilitarista de Amsterdam de junio de 1904 (“ Ni un hombre, ni un céntimo para el militarismo”), Briand acaba abandonando el Partido Socialista francés, en el momento en que Jaurès consigue la gran reunificación de 1905, si bien al precio de una mayor rigidez ideológica.

Y en el marco de la cruzada que desarrolla el, por entonces, presidente del Consejo Émile Combes, apoyado en la opinión anticlerical que le secunda, Briand era ponente ese año en la tribuna de un proyecto de separación de las Iglesias y del Estado que quedará, finalmente, fijada en la ley de 9 de diciembre de 1905 (modificada, luego, en algunos de sus articlos, en abril de 1908).

Circunstancias que llevarán a la ruptura de relaciones diplomáticas entre la República Francesa y la Roma de Pío X; y en París dejará de haber nuncio.

Combes cae y, con la fuerte reserva de Jaurès y de toda la “Section Française de l’Internationale Ouvriere” (SFIO), Briand es encargado ahora –marzo de 1906-, de la Cartera de Instrucción Pública, Bellas Artes y Cultos, en el ministerio del radical moderado Ferdinand Sarrien, donde ha querido él que entre también Clemenceau en Interior. Y se ve encargado de aplicar la reciente y litigiosa ley de Separación.

Pero es que Briand, con su casi constante presencia en el gobierno desde ahora hasta 1913, ha iniciado ya su evolución hacia el moderantismo. Y muestra su hostilidad hacia los sindicatos, cuando éstos desarrollan huelgas insurreccionales en las que Briand sólo ve empresas criminales “de violencia, desorden y sabotaje” (“L’Express du Midi”, del 13 de octubre de 1910).

Ya con Clemenceau en la presidencia del Consejo –octubre de 1906-, a quien le unen por entonces unas relativamente cordiales relaciones que no durarán, Briand es llamado para asumir, esta vez, la Justicia, en un gabinete que cuenta un ministerio de Trabajo por primera vez, con Armand Fallières en la presidencia de la República.

Casi veinte años mayor que Briand, Clemenceau cae en julio de 1909, después de casi tres años en la jefatura del Consejo; y Fallières le llama a él para que asuma, por primera vez, la Presidencia del Consejo, puesto en el que se mantendrá hasta noviembre de 1910, con la Cartera de Interior en sus manos, y rebajando sensiblemente la crispación anticlerical. Y luego, de noviembre de 1910 a febrero de 1911 -en que es derribado acusado de flaqueza en su política anticlerical-.

En enero de 1912 acepta la cartera de Justicia que Poincaré le ofrece en su ministerio;  y durante tres semanas, entre enero y febrero de 1913, asume otra vez la presidencia de Consejo, sucediendo a Poincaré; para retomar de nuevo la jefatura entre esa fecha y diciembre de 1913.

Sus relaciones con Clemenceau se han deteriorado, cuando, al término de su mandato, Fallières deja la Presidencia de la República en 1913. Briand apoya a Raymond Poincaré, contra Jules Pams el candidato del jefe de los radicales; y será irreversible ya su distanciamiento a raíz de la cuestion del sistema electoral (en contra Briand del sistema uninominal por distrito, en vigor hasta entonces, y a favor, contra Clemenceau, de un sistema proporcional, menos susceptible de corrupciones localistas, lo que Briand llamaba  “les mares stagnantes”, las charcas o pozas estancadas).

Ya bajo la presidencia de Poincaré, ambos se muestran de acuerdo, contra la izquierda radical y socialista, en ampliar el servicio militar de dos a tres años, en medio de fuertes tensiones sociales y violentas huelgas politicas.

          Briand fue también presidente del Consejo (ya en plena Guerra en Europa y, en Francia, la “union sacrée”), entre finales de octubre de 1915 y diciembre de 1916 primero (coincidiendo con la batalla de Verdun), que prolonga tras una remodelación, entre diciembre 1916 y marzo de 1917; período durante el cual organiza las expediciones de Tesalónica (1915/16, “Armée française d’Orient”) y de los Balcanes.

Briand y el general Primo de Rivera de visita en Francia (14 de julio de 1916). BNF

Briand y el general Primo de Rivera de visita en Francia (14 de julio de 1916). BNF

           Aun así, Clemenceau le reprocha ácidamente, en la tribuna y en las columnas de su periódico “L’Homme enchaîné” (expurgadas por la censura de guerra), su falta de vigor –dice-, en la conducción de la contienda e insuficiente control sobre el Estado mayor militar…

“M. Briand (…), no parece tener otra finalidad que la de ir acomodando los acontecimientos a su medida por el prestigio de la palabra, recurso donde él ve la clave última del arte de gobernar (…). Y, sin embargo, tenemos a los alemanes en Noyon [Pîcardia, apenas 100 km al NE de París], y no serán las melodías de M. Briand las que les van a expulsar” (traducimos, “L’Homme enchaîné”, del 14 de mayo de 1916).

Con Clemenceau presidiendo ya las comisiones senatoriales del Ejército y de Asuntos Exteriores, será a éste a quien Poincaré encomiende la formación de gobierno en el tramo final de la gran contienda (noviembre de 1917).

Y Briand permanecerá en la sombra, intentado derribar a Clemenceau, ni formará parte de las negociaciones del Tratado de Versalles (siendo invitado, unicamente, a consignar su firma en él).

          Poincaré ha llegado al final de su mandato y decide no volver a postularse. En respuesta a la inamistosa actitud de Clemenceau hacia su persona, también Aristide Briand, como Jules Ferry, se opone, a través de una activa campaña de pasillos y despachos, a la candidatura que el “Père la Victoire” presenta para la presidencia de la República a finales de 1919.  Pero, si bien se encuentra en lo alto de su prestigio popular ahora por su papel en la conducción de la guerra, Clemenceau tiene también enemigos en las Cámaras que no perdonan y que saben de su despotismo de carácter y de su autoritarismo; y será el presidente de la Cámara Paul Deschanel el elegido por la Asamblea Nacional.

Ya terminada la guerra y creada en 1920 -a instigación del americano Wilson-, la Sociedad de Naciones para el mantenimiento de la paz y el desarrollo de la cooperaciones entre los pueblos (SDN), prevista en el mismo Tratado de Versalles, Briand asumirá de nuevo la jefatura del gobierno entre enero de 1921 y enero de 1922.

          No obstante su actitud decidida durante la guerra a pesar de las recriminaciones del “Tigre”, Briand fue uno de los más ardientes partidarios de la política de conciliación con Alemania (Clemenceau le llamará, despectivamente, el “raccommodeur de porcelaine”, lañador de porcelanas, el que recompone lo que está irremediablemente roto), y muy inclinado también a la colaboración internacional, firmando en Locarno, en octubre de 1925, un pacto universal al cual quedará ligado su nombre, introduciendo allí la noción de arbitraje. Documento este, que será objeto igualmente del anatema de Clemenceau en su “Grandeurs et misères…”, donde trata a Briand de naïf, ingenuo, al desconocer la verdadera mentalidad de los alemanes: “Il montre son jeu à l’adversaire, retourne ses atouts et dit: Maintenant que la partie s’engage!” (“Le muestra sus cartas al adversario, vuelve a tapar su baza y dice: ¡que comience el juego!”).

En su actuación general Briand mantendrá en el interior cierta consideración con la derecha política para imponer personalmente en el exterior, casi sin interrupción, la diplomacia francesa entre 1925 y 1932 (aprovechando su regreso a la jefatura del gobierno -cuatro ministerios diferentes presididos por él, con la cartera de Exteriores a menudo en sus manos-), tendente siempre a fundar una sólida paz en Europa a través de un acercamiento durable entre los dos históricos rivales, Francia y Alemania, para irritación y sarcasmo de Clemenceau.

Y en 1926 se le otorgaba el Premio Nobel de la paz, junto al alemán Gustav Stresemann.

Continuación del espíritu de Locarno, será luego decisivo coautor del pacto Briand-Kellogg, de agosto de 1928, por el cual sesenta naciones renunciaban a la guerra como instrumento de politica nacional; y propuso también un régimen de unión federal europea (Memorándum Briand de 1930, especie de Estados Unidos de Europa que no fue tomado en consideración), apoyando los trabajos en Ginebra de la cada vez más impotente SDN.

Briand y Quiñones de León firman el acuerdo sobre Tánger

Firma del acuerdo sobre Tánger, entre Briand y el embajador de España Quiñones de Léon (después del Estatuto de 1925), al incorporarse Italia (1928). BNF.

Muerto ya su gran rival Clemenceau en noviembre de 1929 (ostentando él entonces la Cartera de Exteriores), el mandato de Gaston Doumergue llegaba a término en junio de 1931 y, al no desear volver a presentarse, Briand se postula para el cargo de Presidente de la República. Sin embargo, candidato favorito de salida, fracasa, finalmente, ante Paul Doumer, presidente del Senado por entonces y candidato de la derecha y del centro (que caerá asesinado a manos de un perturbado ruso, Paul Gorgulov).

          No iba a tardar en morir.  Una de las más largas carreras ministeriales de la Tercera República, célebre por su habilidad negociadora, flexible siempre y adaptable (“un monstre de souplesse” –decía de él Barrès-), y por su elocuencia a la que ayudaba una voz persuasiva, veinticinco veces ministro, de las cuales, diecisiete en los Negocios Extranjeros, y once  Presidente del Consejo,  Aristide Briand fallecía en su domicilio parisiense de la Avenue Kléber, esquina rue Copernic,  el lunes 7 de marzo de 1932 a los 70 años.

Aristide Briand, ministro de Negocios Extranjeros en 1932. BNF

Aristide Briand, ministro de Negocios Extranjeros en 1932. BNF

          Traidor renegado para la izquierda, y abominado por la extrema derecha, los restos de Aristide Briand fueron depositados primeramente en Passy, en el transcurso de unos solemnes funerales de Estado, el 12 siguiente, donde el presidente del Consejo André Tardieu pronunció un discurso fúnebre en presencia de numerosas representaciones extranjeras. Y allí estaba el español Ernesto de Zulueta, representando a Alcalá Zamora.

          En este 1932 quedaban abandonadas las reparaciones de guerra alemanas y, este mismo dia en que la clase política despedía al briandismo, más allá del Rin tenían lugar en Alemania, ¡sarcasmo del destino!, unas elecciones que iban a marcar en adelante la preponderancia del partido nazi, y que llevarían a Hitler a la Cancillería en 1933; y esos franceses pacifistas que gritaban este dia de luto, por las calles de París, “A bas l’armée!” y “Désarmons!” no sabían que abrían también la puerta a cuatro años de ocupación por el extranjero y de oprobio para su propio país.

Allá en Oriente, con una SDN ya sin autoridad, los japoneses han invadido Manchuria y van a crear el estado fantoche de Manchukuo, a cuya cabeza ponían al último emperador de China.

          Los restos de Briand serán luego traslados al cementerio de la pequeña localidad de Houlbec-Cocherel (dep. del Eure, en tierra normanda), donde el finado tenía una acogedora residencia.

Aristide Briand tuvo la suerte –o la desgracia-, de ser seguido y sentirse apoyado, más allá de las Cámaras políticas, por una opinión aún traumatizada por el infierno que había supuesto la Primera Guerra Mundial.

“La polémica se detiene a los pies de la tumba –escribía Le Figaro del día 8 de marzo, buscando decir más de lo que allí expresaba-, y ha pasado la hora de condenar una obra que empieza a hundirse antes de la desaparición de su artifice. ¡Con que tristeza habrá muerto el hombre que ha visto todas sus ideas, sus empresas y sus sueños condenados por la experiencia…!” .

Y es que los acontecimientos que conocerá Europa a no mucho tardar, no vendrán, precisamente, a darle la razón, en lo inmediato, a este gran pacifista al que sus adversarios tildaban de ingenuo peligroso- : “Yo trabajo por la paz, pero no soy dueño de controlarla” –había dicho-.

Su pensamiento era simiente de lenta germinación.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

BELLON, Christophe: Aristide Briand; Éditions du CNRS, 2016, o bien: Aristide Briand et les leçons politiques de la laïcité, 1902-1919: Les Éditions du Cerf, 2019. También: Aristide Briand, parler pour agir; Paris, CNRS Éditions, 2016.    
BINOUX, Paul: Les pionniers de l’Europe: L’Europe et le rapprochement franco-allemand, J. Caillaux, A. Briand, R. Schuman, K. Adenauer, J. Monnet. C. Klincksieck, 1972.
CHABANNES, Jacques: Aristide Briand, le père de l’Europe; Perrin, 1973. 
ELISHA, Achille: Aristide Briand, la paix mondiale et l’Union européenne (a partir de tesis doctoral);  Groslay, Val-d’Oise, Éd. Yvoire-clair, 2003. 
HERMANS, Jules: L’évolution de la pensée européenne d’Aristide Briand; Impr. Nancy, V. Idoux, 1965.
OUDIN, Bernard: Aristide Briand, Perrin, 1987 y otras posteriores.
SIEBERT, Ferdinand: Aristide Briand, 1862-1932: ein Staatsmann zwischen Frankreich und Europa; Stuttgart, E. Rentsch, 1973.
UNGER, Gérard: Aristide Briand, le ferme réconciliateur; París, Fayard, 2006.

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