Ferry, Jules (1832-1893)

          Jules Ferry (1832-1893) – Jules François Camille Ferry nacía el 6 de abril de 1832 en Saint-Dié des Vosges, en un hogar de ideas liberales y republicanas, de reciente pero holgada burguesía, donde ya ha nacido su hermana Adèle en 1826, y nacerá tras él, dos años después, el benjamín Charles. Y eran sus padres Charles-Édouard Ferry –activo y declarado librepensador-, y Adèle-Joséphine Jamelet.

          A la muerte de su madre en 1836, Jules Ferry sólo tenía cuatro años, y su padre, Charles-Édouard, abogado del colegio de Saint-Dié, sabrá cuidar de cerca la educación de sus tres hijos. Jules encontrará también en Charles, a lo largo de su vida, un hermano admirable, un afecto, una abnegación y un constante apoyo moral y material.

Es a su padre a quien Jules debe parcialmente su inclinación por los estudios jurídicos, que comenzaba al término de una ejemplar escolaridad en Estrasburgo. Pero le debía, sobre todo, la orientación de sus ideas –con lo que su vocación puede compararse a la de Clemenceau o de Waldeck-Rousseau-. “Estos son nuestros santos” –solia decir su tío Émile, mostrando los bustos de Voltaire y de Rousseau-. Y la carrera política de Jules fue facilitada, sin duda, por la reputación de la que su padre gozaba en los medios republicanos de oposición bajo la Monarquía de Julio.

          En 1850, Charles-Édouard decide fijar su residencia en París, en el momento en que su hijo Jules se inscribía en la Facultad de Derecho. Y, tras el golpe de Estado de Luis-Napoleón, del 2 de diciembre de 1851 (al que seguirán el inmediato plebiscito que obtuvo la aprobación de los franceses y la proclamación del Segundo Imperio el 2 de diciembre de 1852), Jules se inflama en contra de Napoléon III.

Y a partir de 1855, ya estaba inscrito como miembro del barreau (colegio de abogados) de París.

Jules Ferry. Fotografía de Nadar

Jules Ferry. Fotografía de Nadar

En la Conférence Molé -fundada en 1832, la más antigua de las asociaciones de juristas  y vivero de ministros-, Jules Ferry se va afirmando poco a poco como uno de los principales elementos de la juventud republicana, reuniendo los rasgos de una cultura donde se entrelazan las ideas de Kant y de Condorcet, de Augusto Comte (muerto en 1853, y cuyo lema de “Ordre et progrès” consideraba Ferry la clave del futuro), de Stuart Mill, de Michelet y de Renan, las voces de los grandes proscritos, Victor Hugo (Ferry se sabía de memoria “Les Châtiments”) y Edgar Quinet; pero también la pintura, la poesía y la música romántica.

Su padre fallece en 1856, a los 60 años, dejando, no obstante, una confortable fortuna a sus hijos que le permitirá a Jules consagrarse cada vez más activamente a la política.

          Sin que llegue nunca a brillar particularmente como orador en la tribuna, Jules Ferry se revela ya temible polemista, en estos tiempos en que la prensa, aun siendo objeto de estrecha vigilancia, va ganando paulatina influencia en la sociedad. En 1864, su condena en el proceso de “los Trece” (oponentes perseguidos por asociación ilícita), le eleva al primer nivel del estado mayor republicano.

          A finales de 1865 Ferry entra en el diario “Le Temps”, y la serie de artículos críticos que publica entre diciembre de 1867 y mayo de 1868 (convertido en folleto de resonante efecto en la opinión), bajo el título de “Les Comptes fantastiques de Haussmann” (en alusión al prefecto de París Hausmann, empeñado en un ambicioso plan de modernización de la capital, y juego de palabras con “Los Cuentos de Hoffmann”) le aseguran ya en la opinión una cierta notoriedad. Y empieza a popularizarse la figura de este hombre de grandes favoritos negros (signo distintivo tan explotado luego por los caritaturistas).

          Después de haber conquistado en reñida lucha la circunscripción de Paris en las elecciones de junio de 1869 para el Corps législatif, bajo la etiqueta de “républicain modéré”, Ferry manifiesta, en su oposición al régimen, una gran firmeza, denunciando los vicios y abusos del régimen imperial: “De todos los males que dieciocho años de poder personal han infligido a este país –dirá en la tribuna-, el más grave es el envilecimiento de la justicia”.

Y, consciente de la amenaza que suponía para el equilibrio europeo la derrota de Austria en Sadowa en julio de 1866, rompe con su amigo Émile Ollivier cuando éste se adhiere al Imperio liberal y se lanza, luego, en la guerra franco-prusiana “d’un coeur léger” (decidido y animoso), según su propia expresión. Pero, ya declarada la guerra, Ferry acabará votando los créditos necesarios en aquel julio de 1870.

Y fue la derrota de Francia y el desastre de Sedan el 2 de septiembre siguiente.

          Combatiente de la libertad y patriota riguroso, Ferry se muestra también, a partir del 4 de septiembre de 1870 –día de la proclamación de la República-, hombre de orden y de autoridad. “Porté”, según su propia expresión, del Palais-Bourbon al Hôtel-de-Ville, al lado de Gambetta y de Jules Simon, para allí proclamar la República, consigue que se excluyan del gobierno de la Defensa Nacional a extremistas y demagogos, a los que apoyaba el joven Clemenceau quien, después del levantamiento revolucionario del 31 de octubre de este 1870 contra el gobierno de la Defensa Nacional, en pleno asedio de la Capital, preconizaba la creación de una “Comuna”, desde su cargo de alcalde de Montmartre.

Y, a partir de noviembre, acumula las funciones de préfet de la Seine y luego maire (alcalde) de París (16 de noviembre).

Del poder, Ferry sólo conoce al principio la ingratitud de los cargos y la impopularidad, porque su primera tarea, efectivamente, ha de consistir en asegurar el abastecimiento de la ciudad asediada y el mantenimiento del orden contra la extrema izquierda; de ahí el apelativo que sus adversarios le dieron de “Ferry-famine” (“Ferry-hambre y miseria”).

          Detestado por el París communard, Ferry analiza por qué los republicanos habían fracasado en 1848 (reflexión que también hará Gambetta). Antes incluso de las elecciones del 8 de febrero de 1871, que dan a Francia una mayoría de monárquicos, piensa que la República únicamente acabará arraigando en el medio rural si se instalan allí escuelas donde reinen la razón y la moral laica, no la moral religión. “Cuando recayó sobre mí el supremo honor de representar a una porción de la población parisiense en la Cámara de los Diputados, me juré a mí mismo que, entre todas las necesidades del tiempo presente y sus problemas, yo elegiría uno, al que consagraría toda mi inteligencia, mi alma, mi corazón y mi fortaleza física y moral: el de la educación del pueblo”.

Ese juramento, pronunciado en 1870, Ferry hubo de esperar nueve años antes de poder llevarlo a ejecución. Nueve años en el transcurso de los cuales su figura aportará una eminente contribución a la consolidación institucional y a los progresos electorales del régimen republicano.

Diputado en 1871 del departamento de los Vosgos (Épinal), fue embajador en Grecia entre 1872 y 1873, de donde regresaría para ocupar escaño en la Asamblea Nacional en las filas de la oposición republicana al monárquico Mac-Mahon.

En julio de 1871 ingresaba en la logia “La Clémente Amitié”, al mismo tiempo que Littré (otras fuentes hablan de la logia “Alsacia-Lorena”), donde obtendrá los grados de compagnon y de maître en junio de 1876.

          Ya para entonces, con 43 años, Jules se ha casado, el 24 de octubre de 1875, con la joven de 25 Eugenie-Mathilde Risler, y esa unión no sólo va a representar un acontecimiento feliz en su vida privada, sino un giro en su carrera política. Él encuentra en su esposa no sólo una compañera ejemplar, sino, por el hecho de sus relaciones con la dinastía Kestner, una más estrecha relación con los medios industriales, y un más íntimo apego, también, a la “provincia perdida” de Alsacia.

          Después de la crisis institucional del 16 de mayo de 1877, que oponía el “Ordre moral” de Mac-Mahon a la mayoría republicana, Ferry percibe que la tentativa del mariscal llegaba demasiado tarde: “Se nos presenta la disolución de la Cámara como una amenaza, pero nosotros la aceptamos como un liberación” –les dice a los electores de Saint-Dié-. De hecho, reelegido triunfalmente el 14 de octubre, Ferry preside el grupo más importante en la nueva Cámara, y recibe, al fin, a sus 47 años, en el gobierno que se forma el 4 de febrero de 1879, la Cartera de Educación.

          Imbuídos de una rígida y sistemática moral sin Dios, de un ideal masónico y de una especie de misticismo cientificista, queriendo arrebatarles la enseñanza a las congregaciones, los nuevos hombres que llegan ahora al poder pretendían hacer de la nueva escuela -laica, gratuíta y obligatoria-, las bases de su régimen. Período conocido como de “la República oportunista” y marcado por la influencia de “dinastías burguesas”, de politicos ligados a los grandes negocios (los Rouvier, Freycinet, Ferry…), que van a incitar a grandes gastos de equipamientos y al desarrollo de una política colonial. Y esos mismos hombres sabrán también darle a Francia el régimen más libre hasta entonces conocido.

          Jules Ferry domina la vida pública en Francia entre 1879 y 1885. Además de cinco años fecundos como ministro de l’Instruction publique, es Presidente del Consejo durante algo más de tres años, entre septiembre de 1880 y noviembre de 1881 y, luego, entre febrero de 1883 y el 30 de marzo de 1885, siempre con la agria oposición de Clemenceau en la Cámara; lo cual podría parecer corto hoy día, pero este segundo mandato fue uno de los más largos de la III Républica.

          En su primer gobierno, seran de destacar dos leyes, que consagraban una la libertad de reunion (30 de junio de 1881), y la otra la libertad de prensa (22 de julio de 1881). Y en su segundo ministerio Ferry decidirá la abolición de los senadores inamovibles (concesión a los que, como Clemenceau, propugnaban la supresión del Senado), y la elección de los concejales municipales por sufragio universal (5 de abril de 1884), de huelga y de asociación (21 de mayo de 1884), y hará votar la ley del divorcio que había sido abolido con la Restauración (27 de julio de 1884).

            En enero de 1879, las elecciones trienales del Senado le habian dado la mayoría a los republicanos, y Mac-Mahon había dimitido, arrastrando tras sí un sinfín de depuraciones en toda la función pública.

Ya en marzo de 1879 (ese año en que Grévy accedía a la presidencia de aquella República –¡toda ella, ahora, en manos de los republicanos!-, y que la Marseillaise se convertía en himno de la nación), Ferry presentaba en la Cámara un proyecto de ley por el cual las universidades libres se veían retirar sus facultades para el otorgamiento de grados oficiales, además de prohibírseles a las congregaciones no autorizadas toda participación en la enseñanza pública o privada. Y los jesuítas, directamente apuntados, fueron expulsados de Francia. Así comenzaba aquella política anticlerical agresiva que marcará parte del crispado devenir de la III República y que, en lo inmediato, obligó al presidente del Consejo Freycinet a dimitir en septiembre de 1880, en beneficio del mismo Ferry.

          Se conoce la amplitud de su obra en materia educativa –tarea a la que dedicará su tenacidad y su gran capacidad de trabajo-. Es a él a quien Francia debe la promulgación de las leyes sobre las escuelas normales primarias (9 de agosto de 1879), de donde saldrán los nuevos maestros nacionales, los instituteurs, verdaderos “hussards noirs de la République” –según la expresión que acuñará de Charles Péguy-;  sobre el Consejo superior de la Instrucción pública (27 de febrero de 1880); sobre la gratuidad (16 de junio de 1881); e igualmente, sobre la enseñanza secundaria de las jóvenes francesas (21 de diciembre de 1881): “Il faut former des jeunes républicaines pour des jeunes républicains” –decía él-; la obligación también de la enseñanza primaria -ley de 29 de marzo de 1882, que Ferry quiso hacer solidaria para que pasara mejor, con la muy polémica laicización en dicho tramo de educación-, por sólo citar aquí sus principales actuaciones.

Y, no obstante, ante la falta de maestros, la laicidad fue aplicada a menor ritmo que el inicialmente previsto, incluso después de la ley de 30 de octubre de 1886.

Preocupado por inscribir en las costumbres, al mismo tiempo que “l’égalité d’éducation”, la “liberté de conscience”, y queriendo relegar a la estricta esfera privada las creencias religiosas, Ferry concebía la escuela como un instrumento de civilización, de unificación nacional y de pacificación social, y hubo de enfrentarse a las congregaciones religiosas docentes y a los sectores sociales hostiles al desarrollo de sus propuestas.

          Jules Ferry quería cerrar definitivamente “la boîte de Pandore” de la Revolución y devolverle su rango a la patria, y a esa ambiciosa labor exterior -otro gran aspecto de su actividad politica-, quiso entregarse a partir de su primer ministerio. Él se proclama, una y otra vez, heredero de los constituyentes de 1789, y quiere ser el restaurador de “la Grande Nation”, porque, humillada por la derrota de 1871, Francia debía retomar su expansión colonial, no únicamente por razones ecónomicas evidentes, sino, igualmente de prestigio exterior, lejos del interés inmediato del temible rival alemán.

En Túnez –presionado muy de cerca por Italia, con similares pretensiones, y con el acuerdo tácito del resto de las potencias-, bajo pretexto de las incursiones de los montañeses Kroumirs, Ferry envió al lugar una expedición que impuso el protectorado (tratado del Bardo de 12 de mayo de 1881, por el cual el Bey declinaba todos sus poderes); y una segunda expedición -entre agosto y noviembre siguiente-, que iba a pacificar el O. de la región, pero que iba a provocar la caída de su gobierno, tras un áspero enfrentamiento con Clemenceau, a propósito de esta cuestión tunecina.

Y, en el transcurso de su segundo ministerio, se adelantó a las ambiciones de la llamada “Asociación Internacional del Congo” (AIC) de Leopoldo II de los belgas ordenándole a Brazza la ocupación del Congo francés (1883/1885).

Estableció también la presencia de Francia en Madagascar (1883), que ya ocupaba Nosy Bé desde 1841, hasta llegar a convertirse aquella gran isla, años después, en colonia francesa (1896).

Y en 1882 había comenzado también la conquista de Tonkín (Vietnam del N.), que concluiría en 1885 (protectorado de Tonkin), cuyas importantes dificultades iban a acarrearle a él una impopularidad creciente.

          Pero su política colonial, haciéndose el esforzado defensor de la causa ultramarina, se vio combatida vigorosamente no sólo por la corriente nacionalista de Déroulède, sino también en su propio campo y, particularmente, por el representante de la izquierda Clemenceau –obsesionadas ambas corrientes por la gran revancha contra Alemania.

La hostilidad entre Ferry y Clemenceau se remontaba a la época de la Comuna, llegando a rayar, con el tiempo, en el odio personal.

El 30 de marzo de 1885 y en una sonada filípica en la Cámara (Palais-Bourbon), contra la expedición de Tonkin, el impetuoso Clemenceau acaba derribando el ministerio Ferry -al que acusaba de alta traición por no haber informado al parlamento oportuna y completamente-…

          “Todo ha acabado entre nosotros –le lanzó el radical- no queremos oirle más, porque ya no podemos discutir con usted los grandes intereses de la patria (…). No son ministros lo que tengo ante mí, sino acusados de alta traición sobre los cuales, si todavía existe en Francia el principio de responsabilidad y de justicia, la mano de la ley no tardará en caer…” (traducimos).

          Fue por 306 votos en contra del gobierno –unidos los votos de la izquierda con los de la “reacción” y todos los enemigos de la República-,  y 149 a favor. Los cercanos a Ferry no perdonarán al “Ours vendéen”, entonces en el apogeo de su reputación y erigido en jefe de facto de la extrema izquierda.

          Pero Ferry nunca fue más enteramente hombre de Estado que ese día, en que quiso guardar silencio frente a quienes le interpelaban, por no traicionar el secreto de las negociaciones con China, que venían desarrolládose por buen camino, y que habrían de desembocar, precisamente, en la cesión del Tonkín a Francia al año siguiente (tratado de Tianjin). Amargo éxito, sin embargo, para aquel al que sólo llamaban ya “el tonkinés”, y a quien reprochaban haber traicionado la causa “de la revanche” contra el prusiano y la recuperación de las provincias perdidas.

          Cuando Ferry deja las riendas del gobierno, Francia seguía aislada en Europa, porque Bismarck se venía encargando de ello, pero estaba ahora presente en Madagascar y en el lejano Tonkin, en parte del Congo y en algunos otros puntos de África. Y había sido posible, paradógicamente, gracias a la benevolente neutralidad del prusiano, que quería ver a Francia entretenida lejos de Europa.

          Ferry no volverá a formar parte de ningún otro ministerio.

El 10 de diciembre de 1887, un desequilibrado, un tal Aubertin, atentaba contra su vida en el Palais-Bourbon, en el contexto de una campaña de odios contra su persona. Y, muy poco después (efecto de las maniobras de Clemenceau para impedirlo), se veía frustrado en su pretensión de acceder al Elíseo, tras la dimisión de Grévy.

El atentado contra Jules Ferry (BNF)

El atentado (BNF)

Ha de reconocerse que el mismo Ferry tuvo ocasión devolverle a Clemenceau la misma animosidad en diferentes momentos en que el vandeano pudo promocionar.

          Derrotado en las elecciones legislativas de octubre de 1889, Ferry entraba en el Senado en febrero de 1891, representando a los Vosgos, y alcanzaba la presidencia de esta cámara en 1893, dos meses antes de su fallecimiento.

          En medio de una pertinaz animosidad de la opinión contra su persona, Jules Ferry moría en París, efectivamente, el 17 de marzo de 1893, a consecuencia de un ataque al corazón, cuando iba a cumplir 61 años.

Tumba de Jules Ferry en Saint-Dié-des Vosges. Foto de prensa (1919). BNF

Tumba de Jules Ferry en Saint-Dié-des Vosges. Foto de prensa (1919). BNF

Él, que había pedido descansar “face a cette ligne bleue des Vosges, desde donde se eleva hasta mi corazón el lamento lastimoso del vencido”, fue enterrado en su localidad natal de Saint-Dié, allá en los Vosgos.

          Hombre de carácter frío y distante, desdeñoso de cualquier demagogia, podría decirse que Jules Ferry fue socialmente conservador. A parte su incompatiblidad personal y su oposición a la política colonial (Egipto, Madagascar, Tonkin…), otro de los continuos reproches del intratable Clemenceau a Ferry fue su excesiva atención a la ruralidad, en detrimento del mundo obrero, y su falta de interés por lo que aquel denominaba “la République sociale”.

Pero, según querrían los que se complacen en oponer al “esprit républicain” las aspiraciones “democráticas”, ¿ha de ser considerado “de derechas”, sin más, este hombre positivista, como pedía el evangelio de su generación, y de cuyo corazón está ausente la idea de Dios? Distinción, no obstante, anacrónica y superflua, si recordamos que en todos los debates sobre las leyes escolares, Ferry contó con los votos de la izquierda “republicana”, teniendo contra él a la derecha que no lo era. Si todos los republicanos se consideran hoy sus herederos, es –como señala Maurice Agulhon-, porque la naturaleza del régimen ha dejado de ser discutida (en un país donde, de N. a S. y de E. a O. del hexágono, ninguna fuerza relevante cuestiona la unidad de la nación). Lo cual constituye, para el hombre al que sus adversarios calificaban de “oportunista”, la más segura de las victorias.

          La unanimidad que se ha constituido en el poso de la Historia sobre el valor de esta figura, cuya carrera política fue tan breve como fecunda, no impide, sin embargo, que su obra y su herencia política continúen siendo objeto de debates, porque existen pocos hombres de Estado cuya gloria póstuma ofrezca un contraste tan marcado con la hostilidad que sufrieron cuando estaban en el poder. Jules Ferry es uno de los pocos dirigentes de la Tercera República cuya evocación siga siendo familiar para los franceses, aunque sólo sea por los numerosos establecimientos escolares que llevan su nombre.

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En español:

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