Revolución francesa (caída de la Monarquía y matanzas de septiembre de 1792)

          Con la disolución de la Asamblea Constituyente el 30 de septiembre de 1791, después de la adopción del nuevo Texto monáquico-constitucional, en una nación “una e indivisible”, Maximiliano Robespierre había vuelto a Arras y, a su regreso a París a finales de noviembre, la situación era ya distinta; los de la Gironda utilizaban el club de los jacobinos para influenciar a la nueva Asamblea Legislativa.

          Y es que, entre finales de 1791 y principios de 1792, las dificultades heredadas de la Constituyente se habían agravado: faltaba el azúcar, cuya llegada a Europa había quedado interrumpida por la rebelión de los esclavos de Santo Domingo, se saqueaban los mercados, menudeaban los asaltos a los convoyes de trigo, o eran los campesinos propietarios los que guardaban su grano a la espera de que subieran los precios.

Prisionera de sus convicciones en materia de libertad de circulación de mercancías y de precios, la Asamblea no intervenía. Sí quiso responder, por el contrario, a las provocaciones de los emigrados y a los tumultos religiosos que iban en aumento. En noviembre habían sido dictados dos decretos: contra los curas refractarios uno, y el otro intimando al conde de Provenza, futuro Luis XVIII (ver Restauración), a regresar a Francia, bajo pena de confiscación; muy pocos cometerán el error mortal de regresar. A ambos decretos Luis XVI opuso su veto suspensivo, lo que terminó de situar a la Legislativa en conflicto irreparable con el rey.

          En París, los periódicos de extrema izquierda se desataban contra los réfractaires, los nobles, el rey al que llamaban “Monsieur veto”– y la reina –l’Autrichienne-. Y la gente de los suburbios afectaba ahora en su lenguaje y en su facha una simplicidad de lo más “democrática”; se impusieron el tuteo (llamándose citoyen y no Monsieur), el gorro frigio, la carmañola o chaqueta corta y el pantalón, en vez del calzón (culotte), considerado aristocrático. Y en la primavera de 1792, los sans-culottes tomarán la costumbre de armarse con picas y de reunirse en sus secciones.

          Los feuillants, o monárquico-constitucionales, sólo esperaban ya el restablecimiento de la autoridad real con una intervención extranjera.

De hecho, los partidarios de la guerra eran cada vez más numerosos: la mayoría de los moderados creía que la victoria le devolvería al rey el prestigio perdido; pero eran los girondinos -siguiendo los preceptos de su jefe Brissot, que en la guerra de propaganda veía un instrumento para “liberar” a los pueblos-, sus más entusiastas valedores; además de que obligaría al rey a “desenmascararse” permitiría un derivativo a las dificultades internas.

Y así, en diciembre de 1791, Luis XVI aceptó que se dirigiera al elector de Tréveris un ultimátum para que dispersara a las tropas de emigrados.

Además de Marat y Desmoulins, Robespierre, tras un momento de vacilación, defendió la alternativa de la paz y denunció las ambiciones de Brissot: una derrota sería el final de la revolución, y la victoria subyugaría Francia a la autoridad del general victorioso, quería decir de La Fayette.

Revolución francesa caida de la Monarquía - Robespierre

Maximiliano Robespierre (Anónimo, Musée Carnavalet)

Talleyrand fue enviado a Londres en febrero de 1792, y regresó convencido de que Inglaterra no intervendría en un eventual conflicto entre Francia y las potencias del continente, a menos que los Países Bajos austríacos fueran atacados.

          El rey decidió, pues, en marzo de 1792, sustituir a sus ministros feuillants por un gabinete de “patriotas”; al general Dumouriez se le confiaron los Negocios Extranjeros, y el Interior fue para Roland.

Entretanto, los soberanos más ilustrados habían acabado por sentirse amenazados, y muchos de aquellos burgueses que habían manifestado su entusiasmo con los primeros actos de la Revolución, temieron pronto los excesos de la “democracia”. A partir de 1792, los gobiernos de Europa van a coligarse contra Francia y a reprimir en sus países la difusión de las ideas jacobinas. La contrarrevolución, alentada por los emigrados extendidos por Europa, cuyos teóricos y portavoces eran hombres como Burke en Inglaterra o Gentz en Alemania, pedían ya una cruzada para defender lo que llamaban la civilización.

El ponderado Leopoldo II, hermano de María-Antonieta, moría el 1 de marzo de 1792, y su sucesor Francisco II interrumpió las negociaciones. El 20 de abril, el rey de Francia proponía a una asamblea enfervorizada declararle la guerra al “rey de Hungría y de Bohemía”, a Austria sola y no al Imperio; pero el rey de Prusia entró también en la lid.

          En adelante, los acontecimientos militares van a desempeñar un papel esencial en el curso de la Revolución.

          La Constituyente había intentado completar el desorganizado ejército francés con batallones de voluntarios, de uniforme azul. Pero los culs blancs aristocráticos y las faïances bleues populares se despreciaban, y los mandos eran mediocres. Dumouriez había ordenado una ofensiva en Bélgica, que terminó en desbandada; únicamente la lentitud del enemigo libró a Francia de un desastre. La Asamblea votó entonces tres decretos enérgicos: por el primero se autorizaba la deportación de los eclesiásticos refractarios; el segundo licenciaba a la guardia personal del rey, y el tercero decidía la formación de una fuerza de 20.000 hs. para la defensa de París. Luis XVI aceptó el segundo de ellos, pero opuso su veto a los otros dos. Una carta abierta de reproche que Roland dirigió al rey, acarreó el despido de los girondinos. La Fayette pensó llegado su momento y el 18 de junio denunció la Constitución amenazada, tanto por los enemigos exteriores, como por los facciosos del interior.

          Y una jornada revolucionaria fue organizada el 20 de junio por los “demócratas”, con la finalidad de forzar al rey a retirar su veto y a que volviera a llamar a los ministros “patriotas”, pero sin resultado. La gente de los suburbios invadió las Tullerías, con Santerre a la cabeza de una comitiva armada, entre procacidades y amenazas. Luis XVI, que hubo de sufrir durante horas aquellos insultos, acabó brindando a la salud de la Nación, como se le conminaba a hacer, pero se negó a volver sobre su decisión de veto.

Revolución francesa caida de la Monarquía - Mujer arrastrada hasta el patíbulo

Mujer arrastrada hasta el patíbulo

          Ya los prusianos penetraban en Champaña, al mando de Brunswick y, el 11 de julio, la Asamblea decidía proclamar la patrie en danger. Por todas partes se improvisaron, entonces,  estrados adonde venían los jóvenes para alistarse. Así se crearon 200 nuevos batallones de voluntarios, y vinieron a adquirir protagonismo suboficiales y ex-soldados, frustrados antes en sus expectativas de ascenso.

          Los federados convocados por la Legislativa iban llegando, a pesar del veto real; una columna de marselleses entonaban a lo largo del camino aquel “Chant de guerre pour l’armée du Rhin”, que el músico y capitán Claude Rouget de Lisle había compuesto en abril anterior en Estrasburgo, y pronto conocido por “La Marsellesa”.

          Robespierre, crítico tenaz hasta entonces, defendía ahora la constitución de 1791, sospechando designios de ambición en ciertas voces reformista.

          El 25 de julio de 1792, Brunswick, cediendo torpemente a los emigrados que seguían a su ejército –pues ello comprometía a Luis XVI-, publicaba un manifiesto con la exigencia a los franceses de no oponer resistencia, y amenazaba a París con “una total subversión”.

El manifiesto de Brunswick iba a tener el efecto contrario, para desdicha de la familia real. Y es que no eran pocos los revolucionarios, a estas alturas, que hubiesen dado Versalles y Notre-Dame de la Cité juntos, por poner su vida a salvo, harto comprometidos ya en muertes, violencias y exacciones. El manifiesto, recibido en los últimos días de julio, pareció un excelente pretexto. Sólo quedaba apelar al arrabal radicalizado y febril.

Y así, aquel requerimiento vino a enardecer aún más el ansia revolucionaria de los “patriotas”. En los departamentos, las secciones locales del club de los jacobinos exigían el derrocamiento del rey; y en la Capital, aquellas tumultuosas asambleas mantenían sesión permanente. La Legislativa parecía desbordada.

A pesar de la carta que Luis XVI hizo llegar a la Asamblea desolidarizándose, no les costó mucho a los cabecillas, con aquella intimación de Brunswick, exacerbar aún más el ardor de patriotas y sans-culottes, en las secciones de barrio que dominaban y en los clubs, donde eran adoctrinados los federados llegados de los departamentos.

Y el movimiento republicano salió reforzado.

          Los girondinos han comprobado ya la insoluble contradicción en la que ellos mismos se han situado y de la que no saben salir: Movilizaron al pueblo de los faubourgs cuando les convino, pero no desean ahora que aquella fuerza irrumpa en el marco censitario del que quieren verla excluída. Y, muy a su pesar, un comité ha llegado a constituirse, con delegados de las secciones de la Capital, cuyo cometido va a ser asaltar las Tullerías, como fue asaltada la Bastilla, mientras en el club de los jacobinos Robespierre atiza la lumbre insurreccional y, a instigación suya, se forma un directorio secreto de aquellos federados, a los que se mantiene en la Capital con abundante dinero de origen nada incierto.

Muchos saben lo que se prepara, y algunos la fecha exacta. Dominada por la izquierda y amedrentada por los arrabales, la Asamblea quiere atajar el levantamiento que se barrunta y viene trabajando en un proyecto de inhabilitación o deposición de Luis XVI, -al que llaman a gritos por todo Paris “el tirano”, o ”monsieur veto”-, pero no forzosamente de supresión de la monarquía.

          Hacia las cinco de la tarde del 9 de agosto, el rey ha decidido salir a pasar la revista de algunas secciones de la guardia nacional, acompañado de la reina, de su hermana Elisabeth y de sus hijos. Se oyen, aquí y allá, gritos desangelados de Vive le roi!, pero el ambiente general es hostil. Unos cañoneros dejan sus puestos y se acercan al rey agitando el puño, entre gritos de amenazas. Pálido, Luis vuelve a palacio con los suyos.

Salvo una enérgica arenga que hubiera podido lanzar en esa ocasión, nada más podía hacer el rey sin la firma de sus ministros, aterrados ellos mismos por su responsabilidad ante la Asamblea.

          En la noche del 9 al 10 de agosto, se oye tocar a rebato y la generala por todo París, y la ciudad parece entrar súbitamente en una convulsión enfebrecida. Nada menos espontáneo, pues esa era la señal: comisarios llegados de la secciones irrumpen en el Hôtel-de-Ville, la Casa Consistorial,  y deponen, porque sí, a las autoridades electas, de composición moderada, que sustituyen por una Comuna insurreccional. Y, a la cabeza de la guardia nacional, ponen ahora a Santerre, industrial cervecero, muy popular y gran cacareador él del faubourg Saint-Antoine.

Nadie dormía en palacio, sentados unos en sillones y taburetes, otros en las mesas y consolas, y hasta por el suelo, en la ansiosa espera de acontecimientos ya ineluctables. Y aún no despuntaban las primeras luces del viernes 10, que se anunciaba caluroso, cuando irrumpe en las Tullerías una tropa de federados, de guardias nacionales de los barrios populares y de seccionarios con picas. La defensa sólo contaba con algunos centenares de suizos y gendarmes, de guardias nacionales poco seguros, y de nobles, venidos espontáneamente a poner su espada al servicio del rey, mientras de los arrabales seguían llegando riadas de habitantes que ocupaban ya el Carrousel y las inmediaciones de las Tullerías.

          En su habitación, velado por madame de Tourzel, aya de los infantes de Francia, dormía el delfín, ajeno a cuanto estaba sucediendo. Y el inane del rey sin saber qué hacer.

          El joven artillero Buonaparte que, por entonces, había dejado el ejército y malvivía en París de trapicheos, fue testigo de  la  irrupción de la turba de los suburbios, “que  denotaba  por su facha todo cuanto el populacho tiene de vulgar y de abyecto” (Memorial de Santa Elena).  Aquel día  salía  en compañía  de su amigo Bourrienne  de  un figón de la calle Saint-Honoré, cerca del Palais-Royal, y se dirigían ambos al  Carrousel, a una casa  de empeño donde el corso había dejado su reloj, cuando vieron venir en dirección a las  Tullerías a cinco o seis mil harapientos, dando  gritos:

-¡Sigámosles!

          Y fueron a instalarse  a la  terraza del bord de l’eau. Apareció el rey a una de las ventanas tocado con el gorro frigio y aquel que, a no mucho tardar, se hará oportunista jacobino se indignó:

Che coglione! ¡Cómo  han dejado entrar a esa chusma? ¡Había que barrer a cuatrocientos o quinientos a cañonazos!

          Hubo violento tiroteo por ambas partes desde muy temprano, y el estrépito de la mosquetería y de los cañones se unía al de los cristales que volaban en mil pedazos; pero la situación se había ido haciendo insostenible y los insurrectos amenazaban ya con acabar con el palacio a cañonazos. Y eran las ocho y media de la mañana, aproximadamente, cuando, apretados por la situación, los reyes acabaron por acceder a lo que se les pedía: “¡Bueno, messieurs, aquí ya no hay nada que hacer. –parece que dijo Luis XVI a los ministros y a quienes le rodeaban-. Os ruego a todos que ceséis cualquier resistencia, todo sería ya inútil!”

Ya los asaltantes saqueaban el palacio y perseguían a los últimos supervivientes. Fue una verdadera degollina, donde seiscientos guardias suizos perdieron la vida en condiciones de saña indecible, rematándose a los heridos y mutilando a los cadáveres.

          Luis XVI fue depuesto entonces por una pusilánime Asamblea Legislativa que no se atrevió a optar entre la fuerza usurpadora de la Comuna y la legalidad institucional, es decir por los arrabales. Y encerrado el 13 de agosto en la prisión del Temple con la familia real. Abandonaba las Tullerías de sus antepasados, asustado y sin honor, como había dejado el brillante Versalles sin pena ni gloria. Todo parecía irremisiblemente perdido.

          Algunas personalidades sinceramente afectas a la Constitución, van a optar, a su vez, por el exilio.  Y una última oleada de franceses lo dejan todo y deciden exiliarse también ellos.

La Fayette había intentado inútilmente dirigir contra París a las tropas del ejército del Norte que él mandaba. Pero la Legislativa lanzó contra él un decreto de acusación el 19 de agosto, y el “héroe de los dos mundos”, el aristócrata reformista y liberal hubo de emprender, a su vez, el camino de la huida preservadora.

El poder fue confiado entonces a un Consejo Ejecutivo provisional, donde el girondino Roland recobraba su ministerio del Interior, y en el que el nuevo animador iba a ser Dantón al frente de la Justicia.

Revolución francesa caida de la Monarquía - Danton

Georges Danton (Musée Carnavalet)

          La jornada del 20 de junio había sido un simple tumulto; la del 10 de agosto supuso una escalada popular y republicana que vulneraba gravemente aquel consenso inicial que a tantos franceses había congregado en 1789.  Y quedó decretada la convocatoria de una “Convention Nationale”, que habría de ser elegida por todos los ciudadanos que vivieran de su trabajo (salvo criados y gente doméstica), y que se encargaría de redactar una constitución republicana.

Frente a la Asamblea, aquella Comuna insurreccional de los sans-culotte, carente de cualquier legitimidad democrática, iba a pretender desde el primer momento imponer a toda Francia la voluntad brutal del pueblo de París.

Y en los días y semanas siguientes, no cesó la represión contra todo cuanto los nuevos amos quisieron tildar de aristócrata, traidor a la patria o siervo al servicio de los tiranos..

          La caída de la monarquía pareció, un instante, la reconciliación entre girondinos y montagnards. Pero la Comuna va imponer lo que llamaban ahora la “voluntad del pueblo” y que sólo era la de activistas minoritarios. Porque los girondinos no salían bien parados de una victoria que no era la suya.

          El 19 de agosto de 1792, el duque de Brunswick cruzaba finalmente la frontera. Caerán Longwy el 23, y Thionville, y Verdun se rendirá sin combatir el 2 de septiembre.  El ejército de Condé marchaba en retaguardia.

Las malas noticias llegadas de Lorena contribuyeron a aumentar aún más el pánico de la población parisiense y la inquietud de aquellos que mucho podían temer para sí mismos. Dantón pedía de l’audace, encore de l’audace, toujours de l’audace para salvar a la patria (quería decir al régimen tan violentamente instalado y, sobre todo, a ellos mismos; porque en julio de 1791, Dantón había podido partir a toda prisa para Inglaterra, pero, ¿a dónde huir ahora!). Y la Comuna, los ministros y la Legislativa, que poco tenía que decir, tomaron un conjunto de medidas, ante el peligro que sentían inminente, muy alejadas del espíritu de 1789: supresión de los periódicos realistas, visitas domiciliarias y registros, requisición en las iglesias de los objetos de valor y las campanas de bronce para fundir cañones, tasación del precio del grano, envío de comisarios a algunos departamentos con la misión de vigilar a las autoridades locales, y constitución de rehenes entre los parientes de los emigrados, mientras el furibundo Jean-Paul Marat aconsejaba una justicia popular expeditiva, y a los voluntarios que se deshiciesen de sus enemigos del interior antes de subir al frente; y en la prisión del Temple, todo eran injurias y amenazas constantes de muerte hacia los prisioneros.

Revolución francesa caída de la Monarquía - À Marat, David.

Asesinato de Marat, 1793, Museo Real de Bellas Artes de Bruselas

Aquellas personas cercanas a la familia real, que ahora gemían en los calabozos, quisieron pensar que los revolucionarios acabarían aceptando la mediación del rey con los Aliados, y que se salvarían. Así sostenían su fe encomendándose a Dios, y su esperanza de supervivencia también, en el tiempo de zozobra que les tocaba vivir.

          Pero, entre los días domingo 2 a viernes 7 de septiembre de este 1792, van a sucederse las atroces y apenas descriptibles escenas de este primer Terror: cuadrillas a sueldo del “Comité de vigilancia de la Comuna”, con vino a discreción, irrumpieron violentamente en las viejas prisiones y en todas aquellas que habían ido habilitándose en París, donde se mantenía hacinados a curas refractarios, a aristócratas y rehenes de emigrados, y a casi niños y adolescentes, junto a prostitutas, vagabundos, gente miserable y otros condenados de derecho común.

En la Abadía de Saint Germain, la que llamaban comúnmente l’Abbaye, acabaron de degollar a los suizos que no habían perecido en el asalto a las Tullerías, y hasta más de doscientas personas. Iban conducidos aquí por aquel Maillard, a quien llamaban tape-dur, ¡tan joven aún -29 años tenía entonces- y de tan negro corazón! Acabará –dicen unos- muriendo de tuberculosis año y medio después; otros pretenden que cambió su nombre para desaparecer, después del Terror, y huir, más que de su conciencia, de la justicia imperfecta de los hombres.

En el convento de los Cármenes, rue de Vaugirard, en la Conciergerie con más de 350 ejecuciones, en Bicêtre y en la Force de la rue Saint-Antoine, donde perecieron 170 detenidos; y en otras prisiones también.

Aquellos “enemigos de la libertad”, iban siendo llamados por las celdas y, tras un expeditivo simulacro de juicio, a cargo de una parodia de tribunal, un frutero, un carpintero, o un tendero y algún escribiente sacado de cualquier tribunal, exculpaban a unos pocos, protegidos a tiempo por algún valedor (como madame de Tourzel con su joven hija, que se salvaron milagrosamente); pero hacían creer que quedaban libres a la inmensa mayorìa, cuando, en el exterior les esperaban ya sicarios para abatirlos, a una señal, como a reses, a palos y a sablazos.

Mil trescientas víctimas no quedaron para contarlo; entre ellas el ex-ministro Montmorin y la princesa de Lamballe, que había regresado en mala hora, desde su exilio de Aquisgrán, para reasumir las funciones de superintendente que le ofrecía su amiga la reina, en el momento en que Luis XVI, ya rey constitucional, quiso rehacer su Casa. Era representante ella, con la Polignac, de aquellos días de juvenil inconsciencia, entre Versalles y Trianón. Su cuerpo fue mutilado con indecible vesania, y arrancados su corazón y las”ubres”, para ir luego, en turba vociferante, a presentar su cuerpo y su cabeza a la residencia de su suegro el duque de Penthièvre, después de haberla llevado bajo las grises ventanas de María Antonieta, “l’Autrichienne”, cuya prisión pretendieron forzar.

Quizá fue víctima Lamballe del temor de algunos de aquellos revolucionarios a que, en un juicio reglado, pudiera dar nombres venales comprometidos con la Corte; lo fue, sobre todo, de su fidelidad, cuando sus propios amigos la habían advertido del peligro de regresar a Francia.

          Escenas similares se desarrollaron en diferentes partes de Francia: El 4 de septiembre, La Rochefoucauld-d’Anville, ex-presidente del Directorio de París, perteneciente a la nobleza ilustrada y liberal desde la primera hora, fue obligado a bajarse de un coche en Normandía y degollado sádicamente en presencia de su madre y de su esposa; y en Versalles, De Lessart, ministro de Asuntos Exteriores desde octubre de 1791, cayó asesinado el 9 de septiembre; y en las calles de Versalles el duque de Brissac, gobernador que había sido de París y amante por entonces de la Du Barry, pereció también cuando era conducido para ser juzgado por el alto tribunal de Orleáns.

Hechos semejantes se dieron en Meaux, Lyon, Caen, Reims…¿En qué había quedado aquel optimismo de filósofos y enciclopedistas que, apenas veinte años atrás, difundían aún su fe en la Razón y en la Tolerancia? ¿Dónde estaban  aquellas voces que expresaban su confianza inalterable en la virtud del hombre en libertad, naturalmente generoso y bueno?

          Dantón, de quien dependía la seguridad de los presos, y Roland, desde el ministerio del Interior, dejaron hacer.

Y, como muchos otros, Germaine Nécker, baronesa de Staël tomó también el camino del exilio. Más cómoda suerte corrió Talleyrand, a quien ciertos papeles encontrados en las Tullerías comprometían gravemente; y fue el ministro de Justicia quien le facilitó a toda prisa, en los días siguientes, pasaporte para Inglaterra. Allí permanecerá, antes de ser expulsado por Saint-James y pasar a América.

Por fortuna para la causa revolucionaria, el ejército del Norte no avanzará como se hubiera podido esperar, más atentos Catalina II, el rey de Prusia y el Emperador a los asuntos de Polonia y del Este de Europa que a las miserias del rey de Francia.

          La rivalidad entre la Legislativa y la Comuna se iba haciendo cada vez más violenta con el correr de las semanas. Y aquellos brissotinos, que nada habían hecho por evitar los asesinatos de septiembre, no tardaron en saber que sus enemigos habían tratado de incluirlos en su macabra lista.  Así comenzaba la cruel y devoradora galerna que iría creciendo, hasta culminar en el Gran Terror, veinte meses después.

Y en este desapacible clima político llegaron las elecciones para la Convención -con la  opinión adversa amordazada-, en las que apenas participó el 10% de un cuerpo electoral de siete millones y medio. La ciudad de París, ni que decir tiene, eligió casi exclusivamente a “demócratas”, amigos de la Comuna, con Robespierre y Dantón.

          Y el 20 de septiembre de 1792, la Asamblea Legislativa se dispersaba y huía (más que concluía sus funciones), para dejar paso al nuevo órgano que decían soberano, a la terrible Convención, una de las más infaustas asambleas de la historia contemporánea, por los crímenes que sancionó, o el silencio abyecto de muchos de sus integrantes.

          Pero aquel día 20 también, la invasión extranjera había sido detenida. Kellerman, que había tomado el mando dejado por La Fayette-, conseguía en Valmy detener la invasión, gracias a la resistencia de los voluntarios bajo su mando. Pequeña victoria, pero de gran efecto psicológico, de la Francia revolucionaria sobre el extranjero.

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