Mounier, Emmanuel (1905-1950)

          Emmanuel Mounier (1905-1950) – El que será ensayista y filósofo francés, impulsor de un corriente del pensamiento cristiano llamado “personalismo” –donde veremos, igualmente, a mentes como Javier Zubiri (1898-1963)- nacía en Grenoble el 1 de abril de 1905, en el seno de una modesta familia de fervientes convicciones religiosas, donde el padre era mozo boticario y donde se leía y se reflexionaba.

          1905 era el año en que la República radical imponía legalmente la separacíón de la Iglesia y del Estado, como triunfo y símbolo del laicismo, pero que provocaba a su vez -por las maneras, brutales en ocasiones, como procedieron aquellos politicos anticlericales-, una oleada de valiosas conversiones al catolicismo (Max Jacob, Jacques Maritain, Charles Péguy…).

          Tanto la figura de Mounier, como su pensamiento (y ello sería igualmente predicable de otras importantes figuras de su tiempo), apenas serian explicables si soslayáramos las concretas circunstancias de la época –tensa, crispada, profundamente enfrentada-, en que la vivió y los acuciantes problemas sociales, políticos y morales a los que aquella generación hubo de enfrentarse y a los que hubo de dar urgente respuesta.

Emmanuel Mounier

Emmanuel Mounier

          Emmanuel comienza sus primeras letras y enseñanza primaria en su ciudad natal, y luego la secundaria. Y, por complacer a sus padres aunque sin convicción ni gusto personal, comienza estudios de medicina que no prosigue más allá del segundo o tercer año, para cambiar a la filosofía y seguir los cursos, en la universidad de Grenoble, del bergsoniano Jacques Chevalier (1882-1962, comprometido luego con el régimen de Vichy), época también en la que Emmanuel participa activamente en grupos de reflexión religiosa y de acción católica.

En el otoño de 1927 se traslada a París y, recomendado por J. Chevalier, entra en relación con el influyente teólogo Padre lazarista Guillaume Pouget (1847-1933), con el que, junto a otros inquietos universitarios de entonces, estudia teología, hasta la muerte del anciano profesor.

En ese tiempo en que el modernismo sacudía a la Iglesia y la conciencia de numerosos creyentes, la relación entre filosofía y teología será importante en la conformación de la personalidad misma de Emmanuel y en la formación de su pensamiento, hasta llegar a una filosofía autonoma, al margen ya de la genuína problemática de la filosofía cristiana.

Y frecuenta también, en compañía de otros intelectuales, las reuniones que el neotomista Jacques Maritain (1882-1973) organiza en su propio domicilio.

En enero 1928 moría su mejor amigo Georges Barthélemy, y esa separación va a provocar en  Emmanuel una profunda desmoralización.

Entretanto, había que ganarse la vida, y ese mismo año se presenta a oposiciones a cátedra de filosofía (agrégation), que gana con el número 2, siendo el primero Raymond Aron. Un tal Jean-Paul Sartre suspende en esa ocasión.

          Pero obtiene entonces una beca de investigación y, en la primavera de 1930, viaja a España a fin de recabar documentación para una tesis sobre la mística española y Juan de los Ángeles en particular, y el 3 de mayo daba una conferencia sobre Charles Péguy en la universidad de Salamanca. No tardará en interrumpir aquella investigación e incluso de renunciar, en adelante, a la idea de carrera universitaria, siguiendo las sugerencias de Maritain y, en parte también, a causa de la crisis espiritual profunda en la que la muerte de su amigo le ha sumido.

Un Maritain que, distanciado ahora de l’Action Française, buscaba la vía de un compromiso civil democrático.

Y Mounier se centra, por el momento, en la figura de Péguy, que ejercerá no escasa influencia en su propio pensamiento.

          Y es que, tras haberse involucrado en aquel grupo creado allá por 1916/17, que llamaban “les Davidées” y que dirigían entonces Jean Guitton y Mademoiselle Silve, en favor de las maestras católicas que trabajaban en la enseñanza pública laica, Mounier se muestra aún vacilante, pero no retiene ya el simple apostolado organizado ni la investigación doctoral sin contacto directo con la realidad ambiental, y termina prefiriendo la actividad de la reflexión militante.

Con George Izard y el hijo mayor de Péguy, Marcel Péguy (1898-1972), escribe en 1931 “La Pensée de Charles Péguy”, dentro de un colección que dirige el mismo Maritain.

          Por el momento, parte para incorporarse al cuadro docente del lycée de Saint-Omer (Pas de Calais), donde sólo va a permanecer el curso escolar 1931/32. Porque acaba tomando la decisión de renunciar a su puesto de agrégé y a una brillante carrera profesoral que parecía ya trazada ante él, dispuesto  ahora a desarrollar un movimiento que él quiere aconfesional y en estrecha vinculación con amigos no forzosamente todos cristianos o católicos.

          Sufre la influencia de Henri Bergson, cuya figura conoce a través de sus estudios de Grenoble, pero igualmente de Maritain y de Péguy quien le ha enseñado que “lo espiritual ha de ir de la mano de lo temporal, porque querer separarlos es traición”; por no mencionar también a  Gabriel Marcel que hablaba siempre de “la morsure sur le réel”.

          Después de una detenida preparación de lo que habría de ser el movimiento, con reuniones regulares en casa de Maritain, a las que asistían Gabriel Marcel, Charles Du Bos, el jesuíta Jean Danielou (1905-1974), futuro cardenal, Henri Ghéon y algún otro-, en el verano de 1932 tenía lugar el congreso de donde salía la revista “Esprit”, y en octubre siguiente aparecía el primer número, cuyos fundadores, en rigor, eran Mounier, George Izard, André Deleage y Louis-Émile Galey, aunque en su consejo de redacción figurarán plumas del nivel de Jean Lacroix, Jean Marie Domenach, Albert Béguin, Paul Louis Landsberg, y Pierre Aymé Touchard.

Subtitulada desde sus orígenes como “revue internationale”, su vocación habría de ser oponerse al fascismo y a los totalitarismos en ascenso del nazismo y el comunismo, y constituirse en cauce para un catolicismo social y de vanguardia, lo cual no dejaría de atraerle no pocas suspicacias por parte de la jerarquía católica. Para defenderse de aquellas acusaciones, Mounier buscó la colaboración de Jacques Maritain, y juntos redactaron un informe al Arzobispo de París:

«Los colaboradores de “Esprit” son hijos de la Iglesia; no quieren ser semi-católicos ni neocatólicos. Reciben íntegramente el depósito de la fe (…). Y dentro de este espíritu de sumisión filial llevan a cabo una gran aventura, ni conciben que pueda ponerse en duda su fidelidad a la Iglesia…»

          Y ello sucedía, concomitantemente con otro proyecto paralelo: la “Troisième Force”, movimiento de carácter más polìtico cuya dirección se le encomienda a Izard, y que acabará, a no mucho tardar, absorbido por el “Front Social” de Bergery.

          “Esprit” surgía en el contexto de los graves efectos de la crisis financiera mundial, a partir del grand crack de Wall Street de octubre de 1929, y en medio de la devastadora ola que acabó también llegando al Viejo Continente. Por el Este de Europa, se constata la preponderancia del partido totalitario nazi, tras las elecciones, y la publicación que acaba de aparecer en Berlín del bolchevique León Trotski: “Revolución permanente”. Todo parecía conspirar contra el ser humano, su dignidad y su inalienable libertad. En reacción contra el mundo absurdo y enloquecido en el que se vivía, el novelista Louis-Ferdinand Céline publicaba en ese año de 1932 “Voyage au bout de la nuit” (Prix Renaudot), visión desesperanzada de la humanidad, donde su autor expresaba su desprecio y su perplejidad, reivindicando la cobardía, contra la podredumbre del entorno y lo absurdo de la guerra -ese “matadero internacional”-  como un derecho y un postrero recurso del hombre, más allá de falacias propagandísticas de pseudoheroísmo y de sacrificio predicadas siempre, cuando conviene, por burgueses y totalitarios.

Pero “Esprit” era, al contrario, una apuesta decidida de esperanza en el ser humano, desestructurado por el individualismo liberal exacerbado, sin norte y sin valores, a la espera de ser engullido, también en Occidente, por el totalitarismo colectivista.

          Al año siguiente, Mounier pasaba a ser el redactor-jefe de “Esprit”, y su vida se confundirá con los avatares de esta revista mensual, de la que asumirá la dirección hasta su muerte, junto con una parte de la redacción.

La revista “Esprit” y su grupo “personalista” alcanza enseguida los 500 abonados, para desempeñar, en adelante, un importante papel en el panorama intelectual, espiritual y político de la Francia de su tiempo y en el complejo período de entreguerras.

Y aparecen números especiales de “Esprit”, donde se publican “Por una revolución personalista”, “El arte y la revolución espiritual”, “Los pseudovalores fascistas”.

          En 1935 Emmanuel Mounier contraía matrimonio con Elsa Leclercq (Paulette), una muchacha belga a la que había conocido dos años antes en Bruselas en el entorno de Jacques Lefrancq –intelectual, fiel colaborador y corresponsal que será de “Esprit”, desde Bélgica, hasta que la guerra 39/45 y su propia enfermedad terminen separándole-. Y viviendo ambos modestamente de algunas clases que él daba en el lycée français de Bruselas y del salario de ella, Mounier se agotaba en encuentros y conferencias, mientras iba redactando artículos y libros.

Publica ahora“Révolution personnaliste et communautaire” (1934) y asiste al Congreso por la defensa de la Cultura. Y en 1936, en “Esprit”, “De la propriété capitaliste à la propriété humaine” (con estas palabras como divisa: “Pecuniae obediunt omnia” (Eccl. X-19), y estas otras de Cor. VI-10: “Nihil habentes, et omnia possidentes”), además de diversos artículos relacionados con la situación española del momento.

Ya en ese año de 1936, Mounier escribía en “Manifeste au service du personnalisme”: “Nuestra inmediata finalidad será definir, frente a las concepciones masivas y parcialmente inhumanas de la civilización, el conjunto de fundamentales consentimientos que puedan asentar una civilización consagrada a la persona humana” (traducimos). Esas “conceptions massives”, eran el individualismo y el colectivismo.

En 1938 nacía su hija Françoise que, siete meses después, enfermaba de encefalitis, dejándola reducida a una vida casi vegetal, lo que provocará gran dolor en sus padres y en Mounier la extenuante y digna necesidad de sobreponerse, entre tantas dificultades domésticas y externas.

Y en 1939, llegó aquella guerra que los acuerdos de Munich de septiembre de 1938 habían querido evitar, y Mounier se incorporaba a los chasseurs alpins como soldado de servicios auxiliares, ya con un Maritain (1882-1973) partido para Iberoamérica y América del Norte.

Y Mounier comparte entonces con P. A. Touchard, viejo colaborador en “Esprit” con su sección de teatro y director ahora del “Voltigeur français” (que ha lanzado, precisamente, para criticar el espíritu de Munich), la dirección de dos periódicos fusionados.

Hasta que cae prisionero de los alemanes, si bien no tarda en ser desmovilizado, gracias al  armisticio de junio de 1940, negociado por Philippe Pétain. Y se abre entonces, para Mounier, su período lyonés. Parece mostrar, inicialmente, algún interés, por ciertos aspectos del régimen de Vichy y (como otros importantes nombres, que se verán –ya Pétain rebasado-, en la oposición a Laval a no mucho tardar, e incluso en la Resistencia), participa en aquella “École des cadres d’Uriage” (remedo de la ENA, para la formación de altos funcionarios), que no tendrá largo recorrido.

Porque aquella Escuela, cada vez más critica hacia la colaboración abierta con la Alemania ocupante y antisemita, apenas llega a 1942, y, después de un paréntesis mudo de “Esprit”, entre mayo y noviembre de 1940, el régimen acaba prohibiendo definitivamente la publicación de la revista, en agosto de 1941.

          Es el año, 1941, en que nace su segunda hija Anne, y, desde la primavera, ha establecido contactos formales con la Resistencia.

En enero de 1942, Mounier es detenido por la policía de Vichy, encarcelado en Clermont-Ferrand, acusado de actividades clandestinas e involucrado incluso con el movimiento Combat; pero acaba siendo exonerado en el otoño siguiente, y va a refugiarse entonces con su familia en Dieulefit (Rhône-Alpes), bajo un nombre falso.

El contacto con sus relaciones y amigos no se ha perdido, y Emmanuel redacta dos libros, mientras iba dando algunos artículos a los Cahiers políticos clandestinos, dependientes de un “Comité Général d’Études” (CGE), creado por el jefe de la Resistencia Jean Moulin.

En 1943/44 se celebran dos congresos clandestinos de “Esprit”, y escribe en este período el “Traité du caractère”.

Y la liberación llega, finalmente, a París a partir de agosto de 1944, y luego a toda Francia, y Mounier decide volver a la Capital y reabrir “Esprit” en diciembre, y él se instala con algunos amigos del proyecto (Jean-Marie Domenach, Henri Marrou, Jean Baboulène, Paul Fraisse et Paul Ricoeur) y con sus familias, en una copropiedad de Châtenay-Malabry (Île-de-France), unciéndose a la laboriosa tarea que conllevaba la dirección de la revista y de sus colecciones colaterales en las Éditions du Seuil, sus conferencias, los numerosos artículos y su frecuente presencia en la radio, en el momento en que el movimiento personalista comenzaba a expandirse por la nueva Alemania y otros países de Europa, entraba en España (véase el  caso de Alfonso Carlos Comín), y daba el salto a Iberoamérica. Y se contaban por millares ahora los abonados de la revista.

Y, participando de aquel espíritu que animaban igualmente otros prohombres del momento, a ambos lados de la frontera, Mounier contribuye también a la reconciliación franco-alemana.

Tras la contienda mundial, él escribía en el número 118 de “Esprit”, de enero de 1946:[Después de los horrores de la guerra], nuestra mirada continua fija en nuestra razón de ser, esto es, allanar el camino de una irreductible fidelidad al hombre en un mundo desbordante de inhumanidad” (traducimos).

          Y en 1946, año en que nacía su hija Martine, Mounier publicaba ”Introduction aux existentialismes”, y “Qu’est-ce que le Personnalisme” en 1947. Para Mounier, el “existencialismo” y el “personalismo” (ambas con el mismo objeto de conocimiento: el ser humano, la persona) eran la reacción de la filosofía del hombre contra los excesos de las filosofías idealistas y de la filosofía de las cosas (cientificismo y materialismo).

Pero el personalismo, cuyas raíces se encuentran en el cristianismo (ya Santo Tomás definia la persona como “lo que es perfectísimo respecto a toda la naturaleza”) y cuya savía asciende a través de Kant -él, que hablaba de la persona como un “fín en sí”-, pretende rectificar, a través de un Péguy los defectos del mismo existencialismo (esto es, su narcisismo egocéntrico), volcándose en “el otro” y entregándose a los demás.

Pero no sólo se limita el personalismo a valorar y reivindicar a la persona en sentido amplio, sino que hace de ella la categoría y estructura central de su pensamiento.

          En estos años de madurez intelectual, honrado ahora por la Francia resistente, es reconocido como el jefe de la corriente personalista, interlocutor ante los intelectuales comunistas y existencialistas y guía de una nueva generación de cristianos.

“El personalismo –explicaba él siempre que tenía ocasión-, más allá de ser una actitud, es una filosofía. Y aun cuando no huye de la sistematización, pues conviene que haya orden en los pensamientos, no es un sistema”. En cuanto a lo que su movimiento entendía por “Persona”, decía que es un ser espiritual que se adhiere a una jerarquía de valores adoptados libremente, asimilados y servidos a través de un compromiso responsable y de una constante conversión. Porque la noción de “compromiso”, de don y de entrega a la comunidad, era fundamental para Mounier en la definición de la “persona humana”, portadora de la absoluta dignidad y en las antípodas del individualismo.

Semejante dignidad viene iluminada para Mounier, como lo era para Maritain, por el Evangelio mismo, que le confiere a la persona una trascendencia, incluso formando parte del Estado, gracias a su libertad espiritual. Pero esa libertad deberá orientarse hacia la conquista de los bienes absolutos –razón que ha de ser del Estado-, como son la justicia social, la fraternidad y la compasión por los débiles y los que sufren.

          Aquella “revolución personalista y comunitaria” nacía como urgente respuesta del momento al “désordre établi”, decididos sus integrantes, no obstante, a evitar los cantos de sirena totalitarios de fascismos y comunismo.

Pretendiendo ser síntesis entre el capitalismo y el marxismo (como pretenderán serlo otros tanteos más o menos fascistoides de aquellos años) al colectivismo de la izquierda, al individualismo burgués y a todo aquello que él percibía como desorden espiritual, económico y social del mundo (por eso no menguados aspectos del personalismo han podido ser reconocidos por “Falange Española”, ese movimiento político coetáneo de sus primeros pasos), Mounier quiso oponer su “personalismo”, revalorizando y defendiendo al ser humano en todas sus dimensiones y –recogiendo principios básicos de la doctrina social de la Iglesia-, afirmar la primacia del bien común y reivindicar el superior valor del Trabajo sobre el Capital, de la solidaridad y de la participación en sociedad. porque su pensamiento nos concibe como seres trascendentes, libres y sociales por encima de todo.

Mounier mantuvo también vínculos con el grupo de Louis Lavelle (1883-1951) y René Lesenne, con quienes se reconocía algunos puntos de contacto (como la preocupacion de estos espiritualistas, como finalidad última de la vida moral, por la actualización de los valores que el ser humano lleva en sí). Pero, aun considerando él también, quizá entre los mayores peligros al estudiar la humana naturaleza el alejarse de las raíces cristianas -error en el que cayeron el racionalismo y todo el pensamiento científico de la modernidad-, Mounier quiso hacer de “Esprit” un foro amplio y generoso donde personas de buena voluntad de todas las confesiones y hasta no creyentes pudieran encontrar juntos puntos comunes de encuentro en la construcción de un mundo mejor.

Y prefería un acercamiento más existencial, volcado en la acción y en la sociedad, porque –decía él-, sólo nos haremos personas viviendo interdependientes –es su personalismo comunitario-,  y aprendiendo de los demás en un continuo intercambio de enseñanzas mutuas y de vivencias.

Valores, eso sí, adoptados en libertad por esa persona relacional capaz de optar en todo momento entre el bien y el mal, y atendidos con responsabilidad y compromiso.

          Pero la vida de Emmanuel Mounier iba a ser corta, en adelante, él que no había estado prácticamente nunca enfermo.

Esta figura referencial del siglo XX que había sido y continuaría siendo, por sus preguntas, sus intuiciones y sus proyectos, moría en Châtenay-Malabry en la alta madrugada del 22 de marzo de 1950, mientras dormía, víctima, más que de un fulminante ataque al corazón como causa próxima, del agotamiento profesional e intelectual que ya venía dándole señales de mal augurio desde meses atrás. No había cumplido aún los 45 años.

Sus funerales, oficiados por el cura obrero Depierre, su amigo personal, tuvieron lugar el 24, en la iglesia de Châtenay-Malabry, repleta de gente cercana al difunto y de simpatizantes nunca conocidos. Y el escritor católico François Mauriac, allí presente, dirá en sus palabras funerarias: “No hay cristiano que no deba meditar ante la santidad que en Mounier se expresa, Algunos seres han de morir para que podamos acercarnos a ellos. El ejemplo de Mounier ayuda a comprender que estar del lado de los pobres no tiene sentido en una vida aburguesada. Él vivió la pobreza deliberadamente y nació pobre. Porque la pobreza es un estado del alma”.

Y en esa localidad fueron inhumados sus restos mortales.

Desde “Époque”- venido de la Resistencia  y de inspiración nacional (había denunciado recientemente ciertos apaños de los comunistas de “l’Humanité” con la Getapo a fin de que se les permitiera su publicación durante el pacto germano-soviético)-, a “Libération”, todos los periódicos rindieron sentido homenaje al filósofo desaparecido: Izard en “Ce Matin”, Jean Wahl en “Le Monde”, Luc Estang dans “La Croix”, Mauriac en “Le Figaro”, G. Madaule en el demócrata-cristiano “L’Aube” de Francisque Gay, Pauwells en “Combat”, además de semanarios como “Témoignage Chrétien”, “Le Figaro littéraire”, “La Gazette des lettres”, etc., sin hablar de similares sentimientos en la prensa de provincias.

Su viejo amigo Jacques Lefrancq había muerto unos meses antes.

          Con sede en París, en el 212 de la rue Saint-Martin, “Esprit” seguirá en adelante su propio curso y devenir, comprometido siempre con la actualidad y con su entorno, en un acercamiento generalista, “entre la culture médiatique et les études savantes” –como dicen ellos mismos-. Otro será el tiempo social y político y otras las urgencias.

Porque la historia de la revista “Esprit -como resulta inevitable en un organismo vivo con 90 años de existencia-,   no ha sido siempre uniforme, ni únicamente el cauce ideológico al que se la ha querido reducir, reaccionando, frecuentemente, por el contrario, a los sucesivos compromisos que decidieron asumir los círculos e individualidades que la han animado y conformado a través del tiempo, como también a los diversos contextos internacionales.

A partir de los años ’50 del siglo XX la revista comenzó a trabajar por el afianzamiento en Francia de una izquierda moderada no comunista y a sostener a los disidentes del Este de Europa, como fue el caso de Alexandre Soljenitsyn, a la introducción de cuya obra contribuyó “Esprit” decisivamente. Y, llegados los acontecimientos y disturbios políticos de mayo del ’68 en Francia y la década de los ‘70, al mismo tiempo que se posicionaba en favor de ciertas fórmulas de autogestión, críticaba vívamente el programa común de la izquierda, y la cerrada defensa de la URSS por parte del PCF.

Y han sido relevantes en el devenir de la revista dos hechos desde finales de los años ’70:

  • Su acercamiento ahora al liberalismo, bajo la dirección del periodista y filósofo Paul Thibaud hasta 1989, -lejos ya de aquella hostilidad con cuya bandera había crecido en los años 30 y posteriores-.
  • La difuminación del combate antitotalitario, bajo la dirección de Olivier Mongin, de 1988 a 2012, entre los temas primordiales de la publicación (por incomparecencia del adversario, podría casi decirse), tras la caída del sistema soviético.

          El 4 de octubre de 2019 se inauguraba una placa en el nº 11 de la Grand rue de la ciudad de Grenoble, en el entorno donde él había pasado lo esencial de su juventud.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

ARNAUD, Paul: Le personnalisme et la crise politique et morale du XXe. siècle. Vie et oeuvre d’Emmanuel Mounier, 1905-1950 (estudio bajo la dirección de MOSSÉ-BASTIDE, Rose-Marie – antiguo D.E.S. de 1965, publicado después-); Nanterre, P. Arnaud, 1988
BLOCH, Daniel y CHEVALIER, Jacques: Emmanuel Mounier et la revue “Esprit”; La Pierre et l’Écrit, P.U.F. de Grenoble, 30; 2019
CONILH, Jean: Emmanuel Mounier, sa vie et son oeuvre, avec un exposé de sa philosophie; Presses Universitaires de France, 1966.
DOMENACH, Jean-Marie: Emmanuel Mounier, París, Seuil, colección “Écrivains de toujours”,1972
LOUBET DEL BAYLE, Jean-Louis: Les non-conformistes des années 30: Une tentative de renouvellement de la pensée politique française; París, Seuil, 1969 y 2001.
PETIT, Jean-François: Philosophie et théologie dans la formation du personnalisme d’Emmanuel Mounier; París, Cerf, 2006; también: Petite vie d’Emmanuel Mounier: la sainteté d’un philosophe; Desclée de Brouwer, 2008.   
STERNHELL, Zeev: La troisième voie fasciste ou la recherche d’une culture politique alternative; Pessac, Maison des Sciences de l’Homme d’Aquitaine, 1995.

En español:
DÍAZ, Carlos: Emmanuel Mounier, un testimonio luminoso; Madrid, Ed. Palabra, 2000. 

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