Enciclopedia, La – (1746 – 1772)

          La Enciclopedia (privilegio: 1746 – fin de las planchas: 1772) – “L’Encyclopédie ou dictionnaire raisonné des Arts et Métiers par une société de gens de lettres” fue concebida inicialmente como una operación de librería, coincidiendo en el tiempo con la generación posiblemente más militante de la historia de Francia.

          El éxito parecía asegurado a priori, porque al público del siglo XVIII le gustaban los diccionarios. Ya en 1694, Thomas Corneille había publicado un “Dictionnaire des Arts et de Sciences”, para paliar las carencias de aquel de la Academia que, salido ese mismo año, sólo contenía los términos ordinarios de buen uso de la lengua francesa, excluyendo los campos especializados. El de Bayle, después de la edición de 1720 dedicada al Regente, conocía cuatro impresiones entre 1720 y 1740, y no cesaban de reeditarse el “Grand Dictionnaire historique” de Moreri, el “Grand Dictionnaire géographique et critique”,  de Bruzen de la Martinière, y el “Dictionnaire de Trévoux” de los jesuítas. Y obras maestras como “l’Esprit des Lois”, “l’Essai sur les moeurs”, la “Histoire naturelle” de Buffon se presentaban como sumas de conocimientos. Existían igualmente gruesos diccionarios de economía, de comercio, de derecho, porque el humanismo en el Siglo de las Luces se hacía enciclopédico, y el “honnête homme” del siglo deseaba tener al alcance de la mano un compendio del saber humano.

Pero los diccionarios que preceden a “l’Encyclopédie”, aun repletos de erudición histórica, no respondían a las reales expectativas del público; la intención de ésta será radicalmente nueva: hacer balance y ofrecer un panorama general de la civilización material y del estado de los oficios y de las técnicas, con una imagen, de paso, de las curiosidades y gustos del siglo, como eran la afición a la historia, a la geografía y a los viajes, en un tiempo, aquel, en que el mundo estaba terminando de conocerse.

          Tanto el prospecto anunciador, como el prefacio, explicarán que se trataba de un diccionario “razonado”; el chevalier de Jaucourt hacía notar que sólo la Enciclopedia describía cómo se fabrica el pan, las camisas, o un par de  zapatos… Y esa novedad del “Dictionnaire des sciences et des arts” fue la que le aseguró el verdadero éxito. Muchos lo comprarán que, sin ser “filósofos”, deseaban tener una documentación útil.

Cómo empezó

          Buen conocedor de la demanda del mercado, el librero e impresor Le Breton se había propuesto, inicialmente, traducir la “Cyclopaedia or Universal Dictionary of de Arts and Sciences” de Ephraim Chambers (1745) que, desde 1728, iba ya en Inglaterra por la quinta o sexta edición; y, después de algunos infructuosos intentos con traductores extranjeros, se puso en contacto con Denis Diderot, ese personaje desbordante de vida y de recursos, que acababa de traducir una obra de medicina y que asumió el nuevo reto con entusiasmo.

Diderot. La Enciclopedia

Diderot. Óleo sobre lienzo, de L.M. Va Loo (1767). Louvre.

Sin embargo, pronto hubo de reconocerse las carencias de aquella obra inglesa,  publicación destinada, por razón de su precio, a lectores acomodados y poseedores de tierras la mayoría, en la que las 32 líneas que Chambers consagraba a la agricultura resultaban insuficientes. Y a iniciativa, ya fuese del primer director, el abate matemático Jean-Paul de Gua (1712-1786), o de Diderot mismo, se decidió plantearse una obra original.

Tras haber conseguido el privilegio real del chancellier (ministro de Justicia) Henri François D’Aguesseau en enero de 1746, Diderot quiso contar para el campo científico con la asistencia directa de D’Alembert, miembro de la Academia de las Ciencias desde los veintitrés años y conocido matemático ya a nivel europeo,  colaboración aquella que durará diez años.

Diderot va a ser, en definitiva, el auténtico planificador y ejecutor de la Enciclopedia, y sabrá reunir en torno a él a un ejército de especialistas de todos los niveles, y a todos aquellos también  que, con su talento y conocimiento propios (J. J. Rousseau contribuirá para la música), se sentían ligados “por el interés general del género humano y por un sentimiento de benevolencia recíproca”.

Estuvieron, pues, en primer plano de aquella ambiciosa empresa, desde el primer momento, Diderot y D’Alembert, secundados en una honorable segunda fila por notabilidades del panorama intelectual como el activo erudito chevalier de Jaucourt (que dio gran número de artículos de ciencia, de historia y política); el barón D’Holbach (cuyo salón vino a ser el C.G. de la Enciclopedia y que aportó sus conocimientos en química y mineralogía); el infatigable Marmontel para temas de literatura, cuyos artículos para la Enciclopedia reunirá él luego en “Eléments de littérature”(1787); y el abbé Morellet, el más joven de ellos, especialista en temas de metafísica y teología.

Pero también, con variable regularidad, el fisiócrata Quesnay (“Fermiers”, “Grains”), el economista Turgot (“Existence”, “Expansibilité”, “Foires et Marchés”), el matemático y pensador CondorcetHelvétius

          A partir de entonces el plan empezó a tomar proporciones cada vez más amplias: los 10 vols in-folio anunciados en 1750 se van a convertir en 35 (17 de texto, 11 de planchas, 4 de suplemento, 2 de índices y 1 de suplemento de planchas).

Semejante proyecto, que reunirá a 150 colaboradores y permitirá vivir durante unos años a centenares de obreros o artesanos, va a exigir importantes inversiones. Y el mismo Le Breton hubo de asociarse a otros tres libreros (Briasson, David y Laurent Durand).

El poder no podìa desinteresarse de una operación donde tan importantes intereses se hallaban comprometidos; e imaginarse “la Enciclopedia” como una máquina de guerra dirigida contra el Antiguo Régimen equivaldría a atribuirle a ese Antiguo Régimen una cohesión que no tenía. Incluso en artículos “sensibles” como serían “Liberté”o “Représentant”, el tono y su contenido no van más allá de las tradicionales posiciones de Fenélon (1651-1715), Boulainvilliers (1658-1722), o Montesquieu (1689-1755): “la igualdad absoluta es una quimera, sólo concebible en una república ideal”; el monarca no ha recibido de Dios una autoridad sin control; poder, por otro lado, con el que el rey no puede “oprimir al pueblo, ni pisotear la razón y la equidad”; sólo es cuestión de vagas “leyes fundamentales”, y ni rastro de reivindicaciones acerca de una pretendida constitución representativa. Porque, de hecho (ahí están Voltaire con Federico II de Prusia y Diderot con Catalina de Rusia), el ideal de los enciclopedistas sería un déspota ilustrado: “¡Qué felices serán los pueblos –decía Diderot en el artículo ”Philosophe”- cuando los reyes sean filósofos, o cuando los filósofos sean reyes!” (traducimos).

          Ateniéndose a la pertenencia social de los colaboradores, los estudios han puesto de relieve que no pretendían en absoluto la subversión. Entre ellos, ningún negociante, a pesar de la común opinión y de las aparencias (los hubo, sin duda, entre los suscriptores), pero sí funcionarios de finanzas (Damilaville), de Ponts et Chaussées, infrastructuras y comunicaciones (Boulanger), y muchos médicos; en general poseedores titulares de rentas inmuebles, de un cargo venal (office), o de una pensión del gobierno, pero también de rentas industriales y comerciales, porque aquellos enciclopedistas pertenecían a los sectores de actividad donde se estaba construyendo un nuevo orden económico y social. La Francia de Luis XV, comprometida en una dura competición frente a Estados modernos, como eran entonces Inglaterra y Prusia, necesitaba desarrollar su potencial económico y, en consecuencia, el poder no podìa desalentar a esas fuerzas vivas de la economía y la innovación.

Sin descuidar por ello la tradicional consideración hacia los sectores conservadores, fuerzas que representaban los más firmes pilares del trono, esto es:

  • la parte de la nobleza cortesana, agrupada en torno a la piadosa reina María Leczinska y el delfin (padre del que será Luis XVI).
  • el clero cuyo poder seguía siendo considerable, a pesar de su debilitamiento consecutivo a la expulsión de los jesuítas, y al que inquietaba aquella filosofía que decian ilustrada y que predicaba una felicidad terrenal hedonista, en lo material y en lo social (ver el articulo “Bonheur” que Diderot escribía en enero de 1752: “Un hombre que pretendiera sutilizar la virtud hasta el punto de no dejarle ni un ápice de alegría o de placer, sólo conseguiría alejar a nuestro corazón (…). Una virtud que no viniera acompañada de placer, pudiera tal vez ser estimable, pero no contaría con  nuestra inclinación y apego ”)
  • el Parlamento, legalmente habilitado para perseguir libros y autores.
  • la facultad de teología de la Sorbona.
  • todo un ejército de antifilósofos entre los que destacaban el obispo Lefranc de Pompignan y Fréron el animador de “l’Année littéraire”.

            La historia de la Enciclopedia vendrá a reflejar esas contradicciones; en diversos momentos, el poder extremó su rigor, aun tratando de no destruir la empresa. El Prospectus redactado y lanzado por Diderot, en noviembre de 1750, provocaba un primer altercado con los jesuítas, irritados por haber sido marginados. Y, tras la salida de los dos primeros volúmenes (julio de 1751, precedido de un “Discours préliminaire” de D’Alembert,  y luego octubre del mismo año), la furia del llamado “parti dévot” de la Corte, de los jansenistas del Parlamento y de los jesuítas del “Journal de Trévoux”, se desataba abierta y conjuntamente. Para más inri, uno de los colaboradores, el abate de Prades, acaba de defender por entonces en la Sorbona, en noviembre de 1751, una tesis sensualista; y, tras constatarse que detrás de De Prades estaban los enciclopedistas, al nuevo doctor se le retira su grado y se denuncia esta misma filosofía impía contenida en diversos artículos del Dictionnaire. De Prades hubo de huir a Prusia para evitar la prisión.

La Enciclopedia

La Enciclopedia

Por lo que, el 7 de febrero de  1752, una resolución del Consejo prohibía aquellos dos primeros volúmenes.

          Y no sería por la falta de variados recursos, argucias y precauciones que aquellos emprendedores vinieron a instalar, a modo de pantallas de sus reales intenciones, con el fin de adormecer la atención de los censores, reenviando unas veces las cargas de profundidad a otros artículos más inocuos donde no se las esperaba, evitando expresar abiertamente sus audacias (aunque las hubo, p. ej. en el artículo “Propagation de l’Évangile”), protestando cándidamente de la pureza de sus intenciones (“Canon”, “Bible”, “Carême”), o recurriendo a otros recursos tipográficos o retóricos emboscados en el discurso de multitud de artículos, como paréntesis, insinuaciones, ironía…

Incluso habrá momentos en que, sabiéndose en amplia sintonía con el público, se expresará el articulista sin disimulo ni embozo (artículo “Tolérance”, “Persécuter”…)

            Los simpatizantes con las ideas del proyecto empezaban, entretanto, también a organizarse, a cuya la cabeza se sabía que se hallaba Madame de Pompadour por antipatía hacia los jesuítas: los dos volúmenes suprimidos consiguieron reimprimirse, amparándose en una “autorisation tacite”. Y, dado que aquella resolución emanada del gobierno no se refería a los volúmenes por salir, los siguientes fueron apareciendo sin dificultad al ritmo de uno por año, mientras iba creciendo el número de suscriptores y el director de la Librairie Malesherbes (competente en todo lo que se publicaba) hacía la vista gorda e intentaba con sus discretos oficios salvar la Enciclopedia.

          Hasta que llegó otra tormenta, que vino a abatirse sobre el volumen VII. Y es que, el 5 de enero de 1757, había tenido lugar el conocido e inoportuno atentado de Damien sobre la persona del monarca, que venía después de los reveses sufridos por las tropas de Francia en la guerra de los Siete Años; y los antifilósofos atacan entonces la Enciclopedia con más saña y celo que nunca:

  • Un panfletario ingenioso, el abogado Jacob Nicolas Moreau, encontraba una palabra de onomatopéyica resonancia en su libelo “Nouveau Mémoire pour servir a l’histoire des Cacouacs”, que publicaba “Le Mercure de France” y que hizo reir al público a costa de los colaboradores de Diderot, presentados como una tribu salvaje más peligrosa que los Caraibes.
  • Aprovechan el escándalo provocado por la publicación del libro del materialista Helvétius “De l’esprit”, en julio de 1758; y el sensualismo enciclopedista es denunciado una vez más como impío y como una amenaza para la autoridad real.
  • Rousseau, ahora enemistado con la facción, participa en los ataques con su severa “Lettre à d’Alembert sur les spectacles”  (1758), contra el artículo “Genève” del vol. VII, en el que el matemático colaborador alentaba a los habitantes de la austera Ginebra a frecuentar el teatro.
  • El mismo Parlamento se ocupa entonces, también él, de su propio negociado: la acción judicial; siguiendo el alegato acusatorio de Joly de Fleury, condena a la hoguera el libro “De l’Esprit” en agosto de 1758, cuyo autor hubo de retractarse;  y, en la misma dinámica, se decide dar a revisar los volúmenes de la Enciclopedia ya publicados, por censores escogidos por el Parlamento (6 de febrero de 1759). Interviene entonces una resolución del Consejo real del 8 de marzo siguiente por la cual el privilegio inicial quedaba revocado, y prohibida la venta y reimpresión de los siete tomos; los libreros asociados deberían reintegrar a los suscriptores las sumas correspondientes a los volúmenes aún por publicar.
  • El papa Clemente VII se decide, también él, a condenar “L’Encyclopédie”, en septiembre de 1759.
  • Finalmente, el dramaturgo Palissot presenta en escena, con no escaso éxito, su comedia “Les Philosophes” en 1760.

La victoria final:

            La resolución del Conseil royal de febrero de 1752  pudo haber significado el final de la Enciclopedia. Pero aquella misma decisión del Consejo que expulsaba al Parlamento de la cuestión, iba a permitir la intervención de los protectores del gran proyecto cerca del ministerio, alegando, además, la excelente acogida, ya constatada, del Dictionnaire raisonné. A pesar del elevado coste de la obra, el total de suscriptores se elevaba, desde 1754, a 4.200, cifra muy considerable en este siglo XVIII. Y la tirada real, algo superior, pronto se reveló insuficiente: los volúmenes comenzaban a venderse incluso por encima del precio de suscripción. No es cierto, como se pretendió durante un tiempo, que ningún suscriptor se presentara después de la sentencia del 8 de marzo, para exigir el reintegro: alguno lo hizo, y otros aceptaron recibir como contrapartida los volúmenes de planchas. Pero los libreros no se llegaron a ver en ningún momento en la situación de tener que enfrentarse a una avalancha de peticiones que hubiera puesto en peligro la viabilidad financiera de la empresa.

Primera página del Discurso preliminar de la Enciclopedia (BnF)

Primera página del Discurso preliminar de la Enciclopedia (BnF)

Y así, sacando fuerzas de flaqueza, Diderot, D’Alembert, D’Holbach, Jaucourt mantuvieron a finales de de abril de 1759 una reunion en casa de Le Breton. Diderot propuso allí que se preparasen en secreto los tomos siguientes, a fin de publicarlos de una sola vez y en el momento más favorable. Sólo D’Alembert (ya quebrantado su ánimo después de la polvareda suscitada en torno a la controversia del tema Genève), rechazó la propuesta y abandonó la Enciclopedia.

En el transcurso del verano, David y Durand viajan a Holanda y entablan negociaciones con el editor Marc-Michel Rey con vistas a una publicación en Amsterdam, aun a sabiendas del problema que supondría la introducción clandestina en Francia de tan pesado y voluminoso material.

Ante aquella amenaza, el ministerio francés cedió.

          En septiembre de 1759, un privilegio era concedido para los volúmenes de planchas, y Malesherbes dio su permiso tácito para aquellos que aún quedaban por salir, los cuales se imprimen discretamente en París entre 1759 y 1765. Y, con ocasión de cierta nueva alerta, no sabiendo Diderot donde ocultar sus manuscritos, Malesherbes ofreció ocultarlos en su propio domicilio adonde la policía no se le ocurriría venir a buscarlos.

          En 1765, finalmente, se distribuyen los tomos VIII a XVII de texto, ante la inactividad del ministerio que parecía no querer enterarse. Hasta que, en 1766, bajo la presión de la Asamblea del Clero, se vio en la coyuntura de tener que prohibir la distribución en París y en Versalles, y mandar a Le Breton a la Bastilla. Lo cual no impidió, finalmente, que los volúmenes llegaran a sus destinatarios, gracias al hábil subterfugio de que, enviados a provincias, desde allí eran reexpedidos a la dirección de los suscriptores.

Fue no menos cierto que aquella general complacencia del poder no iba sin contrapartida, porque, secretamente y de su propia iniciativa, Le Breton acabó aceptando censurar los artíclos más atrevidos (lo que provocaría la cólera de Diderot cuando vino a descubrir la manipulación de su obra). Algo a destiempo y sin sobradas razones, hay que decirlo, porque él mismo se había avenido a autocensurarse en artículos de pura ortodoxia.

Pero ya los volúmenes estaban impresos y el mal era irreparable.

            A pesar de estas últimas concesiones ofrecidas al poder, “l’Encyclopédie ou dictionnaire raisonné…” llegó a ejercer una decisiva influencia sobre el público, y de ello, un Stendhal daría luego testimonio: su padre, devoto y no poco tacaño, había adquirido en Grenoble los costosos in-folio de Diderot, y es que –dirá su hijo en la “Vie d’Henri Brûlard”-, se necesitaba una gran ascendiente para llevar a un provinciano como él a invertir todo un capital en libros”.

La Enciclopedia se convertirá en la marca más brillante del triunfo de los “filósofos”, apología prudente del progreso humano desligado ahora de todo dogma y autoridad, y el mejor documento de conjunto de la burguesía francesa del siglo XVIII, con sus osadías y sus límites también.

Obra colectiva y necesariamente diversa, deberemos evitar el error de tomar las ideas de la Enciclopedia por las del mismo Diderot. El cuerpo doctrinal, en definitiva, de aquel proyecto utilitarista que fue la Enciclopedia, vendría a sintetizarse en algunos principios simples y siempre repetidos: que la humanidad se encuentra ya en la vía del progreso, traído por las luces de la razón y no por la teología; que ese progreso se ha expresado hasta ahora en las ciencias, pero que acabará manifestándose en la religión misma, gracias a la idea de tolerancia, y en la sociedad y la política, por la paulatina desaparición de los prejuicios y el advenimiento de la libertad; y en la moral también, a través de una ética que, aun reconociendo el valor de las pasiones individuales, asegurará la felicidad de todos.

          Rico de información útil para todos, el “Dictionnaire” insinuó la filosofía hasta en las mentes más reticentes y sus numerosos artículos de tecnología llevaron el progreso económico al primer plano de las preocupaciones. Durante su elaboración, Diderot visitó los talleres, hizo montar y desmontar delante de él todo un telar y, a menudo, dio forma a las descripciones dadas por los artesanos. A través de la Enciclopedia, aquellos secretos de fabricación con los que las corporaciones se había protegido secularmente quedaban desvelados, y el mundo del trabajo dejaba de ser un ámbito desconocido.

Si bien el “Dictionnaire raisonné”, en el artículo “feu”, describía, p. ej., la que llamaban “pompe à feu”, utilizada en Francia para regar jardines y en Inglaterra y Bélgica para aspirar el agua de las minas, no parecía conceder a la máquina de vapor la atención que sabemos que tendrá en la industria a no mucho tardar. Pero contribuyó a hacerles tomar conciencia a los “productores” (es decir, los físicos, químicos, banqueros, negociantes, agricultores, herreros…) de la importancia que tenían en el Estado, justificando por adelantado sus reivindicaciones de trabajadores y de ciudadanos; y la célebre (y polémica) parábola de Henri de Saint-Simon en “l’Organisateur” (1819), se situará en la línea de “l’Encyclopédie”. Aunque un indiscutible espíritu “burgués” impregne de un cabo al otro la publicación de aquellos libreros asociados, las diferentes escuelas “socialistas” podran seguir reclamándose de ella. Ya un articulo como “Autorité politique”, muy respetuoso en apariencia con la monarquía, planteaba, con la afirmación de la soberanía popular, todo un principio preñado de consecuencias.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

L’ENCYCLOPÉDIE, OU DICTIONNAIRE RAISONNÉ DES SCIENCES, DES ARTS ET DES MÉTIERS (1751-1772). Antología; edición presentada por Christian DENIS; Nathan, 2013.
TEXTES CHOISIS DE L’ENCYCLOPÉDIE; Introducción y notas de Albert SOBOUL; Éditions Sociales, “Classiques du Peuple”, 1952
DIDEROT, Denis: L’Encyclopédie. 50 articles fondamentaux; edición comentada y con postfacio de Jérôme VÉRAIN; París, Mille et une Nuits, 2013.
DUCROS, L.: Les Encyclopédistes, Champion, 1900;
FERRET, Olivier: Voltaire dans l’Encylopédie; Société Diderot, 2016.
LEGRAS, J.: L’Encyclopédie et le progrès des sciences et des techniques; Presses Universitaires de France, 1952.
MOUREAU, François: Le roman vrai de l’Encyclopédie; Gallimard, 2001. 
NAVES, Raymond: Voltaire et L‘Encyclopédie; 1938.
PROUST, Jacques: Diderot et l’Encyclopédie; A. Michel, 1995.
QUINTILI, Paolo: La pensée critique de Diderot: matérialisme, science et poésie à l’âge de l’Encyclopédie, 1742-1782; H. Champion, 2001.

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