Mauriac, François (1885-1970)

          François Mauriac (1885-1970) – Estaríamos tentados de clasificar a François Mauriac entre los llamados “novelistas católicos”, junto a Georges Bernanos, a Marcel Jouhandeau y a Julien Green, si no fuese porque el mismo Mauriac decía que él no era un novelista católico, sino “un católico que escribe novelas”.

          François Charles Mauriac nacía en Burdeos el 11 de octubre de 1885, en una familia de la burguesía católica; y era el último hijo de Jean-Paul Mauriac -hombre letrado, negociante en maderas para toneles, algo banquero y propietario de viñedos (el château Malagar)-, y de Marguerite Coiffard, de similares origenes gascones; al hogar han llegado ya sus hermanos: Germaine en 1878, Raymond en 1880, Jean en 1881 y Pierre en 1882. Pero el padre vino a morir en plena juventud, cuando François sólo tenía dos años y, como el resto de sus hermanos, bajo la tutela de su tío paterno, fue educado por su madre, mujer de hondas convicciones, y rodeado de los afectos familiares de su madre y de su abuela materna Irma Coiffard, cuya muerte en 1902 provocará en el adolescente una fuerte crisis emocional. Y esos orígenes y formación traslucirán en múltiples aspectos de su personalidad y sus afectos.

          El universo de Mauriac podría parecer poco variado, encerrado en estrechos límites provincianos y religiosos. Pero gana en intensidad lo que le falta de abundancia y desbordamiento.

Mauriac, François, a los 60 años

Mauriac, François, a los 60 años

Porque los escasos elementos que transformarán la personalidad de François Mauriac son igualmente aquellos que van a alimentar la mayoría de sus novelas: su ciudad natal y la tierra landesa donde respiraba el olor balsámico de los pinos en aquellas vacaciones algo salvajes de su infancia y adolescencia; el medio familiar, estrictamente burgués, constreñido en torno a la figura de la madre, como él lo describirá más adelante en “Le Mystère Frontenac”; y la impregnación católica recibida de sus primeros maestros, los Maristas de Caudéran, a las afueras de Burdeos, en aquellos años de adolescencia, entre 1897 y 1903.

Durante sus estudios secundarios en el lycée y luego en la Facultad de Letras de Burdeos, el joven François frecuenta los ambientes estudiantiles católicos y, a partir de 1905 y durante un tiempo, los medios bordeleses de la revista cristiana socializante “Le Sillon” que, fundada en 1904, va a animar Marc Sangnier. Son los desapacibles años en que la Tercera República ha endurecido su política anticlerical, con el gabinete Combes, a partir de 1902 (prohibición a las Congregaciones de enseñar, en 1904; y separación de la Iglesia y el Estado en 1905).

Y descubre y frecuenta también a poetas como Claudel, Fr. Jammes, Rimbaud, Baudelaire, además de escritores como Gide, Colette y esos Maurras y Maurice Barrès que influirán profundamente en sus ideas juveniles.

          Ya licenciado en la facultad de Burdeos, el joven François “monte” a París en septiembre de 1907, con la intención de seguir la formación de l’École nationale des Chartes, para la investigacion histórica. Pero su vocación literaria se había declarado ya en él y, habiendo sido ya admitido, no tarda en abandonar aquel proyecto en beneficio de la escritura creativa.

          “Vuestra carrera literaria será gloriosa” –le dijo Barrès, cuando hubo leído su primer libro de poemas “Les Mains jointes”, de 1909; libro este por el que circulaba ya un sincero estremecimiento poético; y el célebre escritor de losVosgos le dedicaba un elogioso artículo en l’Écho de París del 21 de marzo de 1910.

¡Intimidante competencia la que existía en el panorama poético, estimulante para ser emulada, pero temible para ser superada entonces: Paul Claudel daba a conocer sus “Cinq grandes Odes”, y Charles Péguy “Le Mystère de la Charité de Jeanne d’Arc”.

          En junio de 1913, François Mauriac -ese “joven poeta” al que el padre de su prometida desdeñaba al principio y mantendrá bajo sospecha después-, contraía matrimonio con la veinteañera Jeanne Lafon (1893-1983) -de excelente posición social y en la alta administración del Estado su familia-, a la que había conocido el verano del año anterior. Nunca apreciará su familia política la sistemática crítica y escasa simpatía con la que el nuevo miembro Mauriac tratará a su propio medio social, y verá en él a un traidor o a un “égaré”, según la posterior expresión de Robert Brasillach. Y es que desde l’Action Française –con cuyos medios ha roto enteramente-,  a Le Figaro, Mauriac no cesará, en adelante de fustigar  a sus congéneres de clase.

De esa unión naceran cuatro hijos: Claude (1914-1996) -formado en derecho, que será  un día secretario del general De Gaulle (1944-1949) y ejercerá luego como crítico de cine y arte en Le Figaro, y autor de novelas y ensayos-; Claire (1917-1992), casada con un Wiasemsky; Luce (1919-2011), casada con un Le Ray, que llegará a general y obtendrá la Grand-Croix de la Légion de Honor, ganada en la Resistencia; y Jean Mauriac (1924-1920), cercano, también él, a los círculos gaullistas y periodista político en la Agencia France-Press.

          Cuando en 1914 estalla la Primer Guerra Mundial, aun declarado inútil para el servicio activo por su endeble salud, Mauriac quiere alistarse y es destinado a Champaña, a Lorena y luego a Salónica, sirviendo en la Cruz Roja en labores auxiliares hospitalarias, de donde regresa repatriado en 1917 por causa de paludismo.
Será en la posguerra cuando alcance ya la consagración literaria, y en la novela donde las dotes poéticas de François Mauriac vendrán a florecer. Sus primeros relatos, desde “L’Enfant chargé de chaînes”, de 1913, y “La Robe prétexte” (donde el autor esbozaba ya su ámbito propio: el corazón humano y la interminable lucha entre el espíritu y la carne), al “Fleuve de feu” de 1923, dejaban entrever ya algunos de sus grandes temas, exhibiendo, por lo demás sus dotes de observador de las costumbres y ambientes de provincias:

  • el desgarramiento del alma, presa de “La Chair et le sang” (1920),
  • la rebelión contra una sociedad prisionera de las “Préseances”, las precedencias o el fariseísmo burgués (1921), libro que le valió la enemistad de la sociedad bordelesa.
  • el peso de los intereses, que llevan a una joven (Noémi d’Artiailh) a dar “Le Baiser au lépreux” (1922), primer éxito de Mauriac, donde el autor parece encontrar, finalmente, su verdadero estilo.

            “Fleuve de feu”, sólo venía ya a confirmar su talento. Vienen luego una serie de éxitos literarios: “Génitrix” (1923), pintura de una maternidad abusiva; “Le Désert de l’amour” (1925, “Grand Prix du roman” de la Academia francesa del año siguiente)…

          Con otro libro de poemas: “Orages”, en ese mismo año de 1925.

Ya para entonces, Mauriac formaba parte enteramente del mundillo literario parisiense de círculos y salones, como aquel celebrado de la escritora Anna de Noailles, antes de trascender plenamente al conocimiento del gran público lector de Francia.

Pero será esa pequeña obra maestra:“Thérèse Desqueyroux” (1927), la que vendrá a consagrarle definitivamente; era la tragedia de una mujer que intenta envenenar a un marido al que detesta, a fin de evadirse de una existencia que considera asfixiante, y en el marco, vigorosamente descrito, de cierto medio provinciano de entonces. Una mujer contenta, inicialmente, de poder entrar, por matrimonio con un Desqueyroux, en una acreditada familia de Las Landas.

Mauriac. Una edición de Thérèse Desqueyroux (1992)

Mauriac. Una edición de Thérèse Desqueyroux (1992)

En el prólogo de esta última novela, Mauriac invocaba su propia criatura: “J’aurais voulu, Thérèse, que la douleur te livre à Dieu… (Hubiera querido yo, Teresa, que el dolor te llevara a los brazos de Dios), … pero algunos de quienes, sin embargo, creen en la Caída y en la Redención de nuestras atormentadas almas, hubieran clamado sacrilegio”.

Figura de la protagonista a la que su creador consigue impregnar de misterio y espesor psicológico. Si es cierto que no podemos abordar la historia de la novela francesa del siglo XX sin mencionar a Mauriac, no lo es menos dejar de reconocer que “Thérèse…”ocupa un lugar especial. Andando el tiempo, en mayo de 1950, un jurado presidido por la novelista Colette, designará “Thérèse Desqueyroux” como “una de las doce mejores novelas de este medio siglo”

          En este 1927, François Mauriac ha heredado la propiedad de Malagar, en su tierra de la Gironde (30 km al sureste de Burdeos); y aquí será donde el escritor sacará adelante gran parte de su obra.

Mauriac. Propiedad Malagar, hoy Centro Cultural Fr. MAURIAC

Mauriac. Propiedad Malagar, hoy Centro Cultural Fr. MAURIAC

          Entre 1928 y 1938 se sume Mauriac en obras emparentadas con sus novelas por la profundidad o el tono, aunque diferentes en el objeto, como eran esos ensayos en torno al jansenismo “La Vie de Jean Racine” (1928), “Dieu et Mammon” (1929), “Blaise Pascal et sa soeur Jacqueline” (1931).

          Y empieza también ahora los primeros volúmenes de un Journal, 1934, 1937, etc. que harán de él un diarista considerado.

          Con “Ce qui était perdu” (1930, escrita al final de la crisis personal y religiosa que conoce su autor),  y “Souffrances et bonheur du chrétien” (1931), otra luz de esperanza y de paz comenzaba a percibirse en su inspiración de escritor.

Y ello, a pesar de obras sombrías que daban aún testimonio de la presencia del mal, como “Le Noeud de vipères” (1932), “Nido de víboras”, otro drama conyugal, cuyo protagonista es un abogado de negro corazón, que trata a su esposa con desdén y al que decepciones familiares han conducido a la pasión del dinero, a la espera de la conversión final, viendo venir la muerte.

          En ese año de 1932, François Mauriac es elegido Presidente de la Société des Gens de Letres. Es el año en que conoce el grave sobresalto, físico y emocional, de verse afectado por un cáncer de garganta cuya intervención quirúrgica le dejará, en adelante, un hilo de voz., pero que parece haber supuesto para él un golpe de humildad en el momento oportuno; a Henri Ghéon le escribía: “J’gnorais ces angoisses, elles sont venues à point (…). J’ai tout de suite compris” (v. su  Correspondance).

          Y, en la cumbre ahora de la aceptación por el público culto y los medios literarios, entraba en la Academia Francesa en noviembre de 1933, no sin poder evitar los sutiles dardos que André Chaumeix le reservaba en su discurso, donde se mezclaban perfidias y reproches hacia aquel universo de “noirceur”, de podredumbre y pesimismo que el recipiendario –decía Chaumeix-, había creado en sus novelas: “Es usted el príncipe borrascoso de las inquietudes infinitas (,,,). Leyéndole, pensé que iba a enturbiar la armoniosa imagen que conservo de su región, adonde me llevan los recuerdos de días felices (…). Poco me faltó para tomar la Gironda por un río de fuego y la Guyena por un nido de víboras” (un noeud de vipères, en alusión a su novela).

          Y siguen “Le Mystère Frontenac” (1934), especie de oasis, de inspiración autobiográfica, donde rinde homenaje a esa madre a la que siempre amó; “La Fin de la nuit” (1935), donde narra una especie de ascenso moral, y que él desmentirá en el prefacio, contra toda apariencia, ser continuación de “Thérèse…” quince años después; “Plongée” (1936), donde vuelve a aparecer Thérèse –obsesión siempre de su  creador-, liberada ahora y perdida en el anonimato de las calles de París; “Les Chemins de la mer” (1939), más denso de materia que los anteriores y entrecortado de poemas, que saldrá, en 1940, bajo el título de “Le Sang d’Athys”.

          Llegó la guerra de España y François Mauriac elige su campo;  al igual que los círculos de cristianos obreristas de izquierdas, tras unos primeros pronunciamientos a favor del bando de Franco, también él viene a posicionarse del lado del gobierno de aquella república ya en manos de marxistas y revolucionarios que, desde el golpe fallido insurreccional de 1934 en Asturias, sólo pensaban en acabar, ellos, con esa república que decían ahora defender. Los Mauriac y otros Bernanos no querían representarse entonces el destino que aquellos “republicanos” reservaban a sus correligionarios de fe, en el caso de ganar la guerra: fusilamientos sistemáticos de sacerdotes, quema de iglesias y conventos, hubieran podido ya, sin embargo, abrirles los ojos. ¡Particularmente a él, Mauriac que, años después, presidirá un comité de apoyo a los cristianos de la URSS!

Sin hablar aquí de André Malraux (de abiertas simpatías comunistas en ese tiempo y luego incondicional partidario de De Gaulle), aquellos escritores franceses hablaban desde la cómoda posición institucional de una Tercera República que -aun conociendo tensiones por estos años-, descansaba en los fuertes cimientos de una estable clase media urbana y rural, y que se empeñaban en comparar con la frágil República española, en manos, a derecha e izquierda, de ideologias hostiles. Alguien en España, con antenas exteriores muy concretas, se empeñaba, desde sus ensoñaciones revolucionarias contra “el capitalismo moribundo”, en obstaculizar el desarrollo de una burguesía vigorosa, liberal y progresista, donde aquellos intelectuales podrían seguir expresándose y escribiendo en libertad. Pero quienes firmaban tan voluntariosamente manifiestos solidarios no parecían querer verlo. Tontos útiles les consideraron no pocos, y André Gide, coqueteando también él con el Comunismo por estos años, no tardaría en arrriar velas (“Retour de l’URSS”, 1936), antes de mostrarse intratable enemigo de aquel sistema.

Para comprender el profundo error, hasta la ceguera, de aquellos intelectuales (cristianos o agnóstico, pero amantes del individualismo y de la dignidad humana), hay que entender la época, inestable y crispada hasta lo indecible, en la que socialistas basculaban en el fascismo y la URSS pactaba con Hitler (próximo pacto germano-soviético de agosto de 1939), mientras el comunismo –dedicado entonces a una gigantesca operación de seducción entre los intelectuales- lo amenazaba todo: Por combatir al nazismo y al fascismo, destructores ambos del multisecular humanismo de Occidente, algunos cándidos no veían aún el otro peligro venido del Este, del que, triunfando, no habría escapatoria ni, sobre todo, retorno.

          Ya en este 1939, Jean-Paul Sartre  criticaba al autor de“La Fin de la nuit” en cuanto a la “libertad” de sus personajes (ver en bibliografía: C. Casseville).

 

            “La Pharisienne” (1941) es el retrato de una “Maintenon biliosa”, Brigitte Pian en la novela, persona atormentada en busca siempre de esa perfección religiosa que exhiben algunas almas desasosegadas e inquietas. Publicada bajo la Ocupación, los medios petainistas tildaron a su autor de “agent de désagrégation de la conscience française”.

Y es que, después de algunas vacilaciones, Mauriac, burgués liberal, no se hacía ya ilusiones respecto a lo que podía esperar de aquella “Revolución nacional” de Pétain, y se adhiere al Front national des écrivains, FNE (cercano a los sectores comunistas y controlado por ellos, pero pronto abierto a católicos y otros demócratas, al mudarse en Comité national);  y, bajo el seudónimo de Forez, produce escritos de combate -comprometido ahora, él también, con la Resistencia, desde la perspectiva gaullista-, como el diario de guerra “Le Cahier noir” (1943).

          Llega la Liberación y en Francia se desata una rigurosa represión, protagonizada espontáneamente por la población o bien urgida desde las nuevas instancias del gobierno provisional (jun.1944-ene.1947): hubo más de 10.000 víctimas (9.000 linchamientos salvajes y 1.600 condenas legales a muerte, cifras manejables en un cálculo prudente), además de 13.000 condenas a trabajos forzados, 25.000 penas de cárcel y 50.000 degradaciones de derechos civiles. (Y en Italia las cifras fueron bastante más rigurosas).

Es cierto que en Francia, François Mauriac reclamó, con algunos pocos, perdón y generosidad a favor de determinados nombres acusados de “collaboration” (de Robert Brasillach, que, pese a todo, fue fusilado, o de Henri Béraud), mientras desde los sectores de extrema derecha se le trataba a él de “girouette” (veleta).

          Ya desde “Asmodée” en 1937 y durante diez años, Mauriac se ha vuelto hacia el teatro con no poca brillantez; serán también “Les Mal-Aimés”, “Los Malqueridos” (1945), y, en diciembre de 1947, “Passage du Malin”, mediocremente recibida esta por la crítica.

          Con la Liberación llego también una nueva cultura y nuevos gustos: el sentimiento del absurdo, la rebelión del hombre ante su destino…, y pudo pensarse que Mauriac, testigo de una sociedad en recesión, se retiraría del panorama literario; pero no fue así.

En 1948 publicaba el poema “Journal d’un homme de trente ans”, donde el poeta evocaba aquella tragedia que había sido la Primera Guerra Mundial en el frente de Francia, y expresaba su conciencia avergonzada por contarse entre los supervivientes.

Era el año en que se veía expulsado de aquel Comité national des écrivains a causa de sus relaciones con las Éditions de La Table Ronde y con nombres como Henri de Montherlant, Jean Giono, Paul Morand, escritores que, como él, se negaban a doblegarse al “terrorismo intelectual” de los Sartre, “Les Temps Modernes” y sus adláteres.

¡No hay mal que por bien no venga! Durante los años ’50 quiso involucrarse en el vidrioso mundo del periodismo, brillando como polemista y suscitando, incluso entre sus habituales seguidores, fuertes reservas, no exentas, a veces, de irritación.

Porque pronto se vio brillar a François Mauriac en las páginas de “Le Figaro” y luego del centro-izquierda “L’Express” a partir de 1955, para volver otra vez a “Le Figaro”, manteniendo así, durante largo tiempo, una acreditada sección, su “Bloc-notes”, fuente inagotable de agudeza y de inteligencia, convertido ahora en temido columnista con tonos de planfletario, incluso contra sus propios congéneres del “Mouvement Républicain Populaire” (MRP, democráta-cristiano), en virulento anticomunista en el marco de la guerra fría y en testigo privilegiado de la cultura occidental; y quiso comprometerse en temas políticamente embarazosos y candentes entonces, con un discurso anticolonialista, por la independencia de Marruecos y de Argelia o contra la tortura en esos territorios.

          Y en sus últimos relatos revelará un talento descarnado, como si el autor desdeñase ya las vicisitudes de la ficción para concentrar ahora toda la luz en el  misterio de las almas: Fue primero “Le Sagouin”, “El Cochino” (enero de 1951), con toques de naturalismo literario, donde el autor exponía un horrible drama familiar, cuyos personajes parecen evolucionar en la abyección como en su propio elemento. Y luego “Galigaï” (1952) y “L’Agneau”, “El Cordero”  (1954), donde, como “continuación informal” de “La Pharisienne”, quiso retomar su autor algunos de aquellos personajes, entre ellos el que Brigitte Pian.

Ya en 1952 se le había concedido el Premio Nobel de literatura, “por la profunda intuición espiritual y la intensidad artística con la que ha penetrado en sus novelas en el drama de la vida humana”; y la “Grand-Croix de la Légion d’honneur” en 1958.

          Todavía en 1969 sacaba a la luz su postrera “Un adolescent d’autrefois”, evocaciòn girondina de su infancia y adolescencia, entre la vigilante atención educativa de su piadosa madre y la figura de un hermano mayor; y la novela –la última terminada-, recibió una excelente acogida.

          François Mauriac, “chrétien écartelé”, como se ha dicho de él, cristiano desgarrado siempre, en la cumbre entonces de una cierta gloria literaria, creador de seres solitarios, sedientos, en el fondo, de amor, de pureza, de soledad…, desde sus personales convicciones católicas (él que nunca había querido ceder a la obra-tesis o ejemplificadora), moría el 1 de septiembre de 1970, a los 84 años de edad, en su domicilio parisiense del XVIe arrondissement, rodeado del respeto y los honores de la opinión pública.

Dos meses después moría también el general De Gaulle.

Fiel siempre a sus raíces bordelesas, como da testimonio su obra, sus restos yacen, sin embargo, junto a otros miembros de su familia, en el cementerio de Vémars (40 km al nordeste de París), donde los ascendientes de su esposa tenían una propiedad.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

MAURIAC, François: Oeuvres romanesques et théâtrales complètes; Gallimard, Bibliothèque de La Pléiade, 4 vols., 1974-1978. También: Oeuvres autobiographiques; La Pléiade, 1990.
BAUDOTRE, Philippe, Textes présentés et réunis par –: François Mauriac: un écrivain journaliste; París, “La Revue des Lettres modernes”,  Minard, 2003.
BOURDET, Denise: François Mauriac, “Visages d’aujourdhui”; Paris, Plon, 1970.
CASSEVILLE, Caroline: Mauriac et Sartre: le roman et la liberté; Burdeos, “L’Esprit du Temps”, 2006.
COCULA, Bernard: Mauriac, écrivain et journaliste; Burdeos, Sud Ouest, 2006.
LACOUTURE, Jean: François Mauriac; 2 vols. Le Seuil, 1980.
LAURENT, Jacques: Mauriac sous De Gaulle; La Table Ronde, 1964.
MARCOTTE, Gilles: François Mauriac, le chrétien, le romancier, le journaliste; Saint-Laurent, Fides, 2006. 
TOUZOT, Jean: Mauriac sous l’Occupation; Burdeos, Confluences, 1995. También bajo la dir. de Touzot:  François Mauriac; colección “Cahiers de la Herne”, París, Fayard, 2000.

Además, la Universidad Bordeaux-Montaigne cuenta con una rica página web “Mauriac en ligne”.

En español:

ROBICHON, Jacques: François Mauriac; Madrid, EPESA, D.L., 1976
ROUSSEL, Bernard: Mauriac, o El pecado y la gracia; Madrid, Ibérico Europea de Ediciones, 1970.

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