Frente popular (Front populaire, 1936-1938)

Fue el nombre que se dio a sí misma, por analogía con el Frente popular español, la coalición de partidos de izquierda que llegó al poder en Francia, en junio de 1936.

Su origen es complejo: Por un lado, la prolongada crisis económica mundial, tras el espasmo de Wall Street de 1929, que, como una lenta pero inexorable ola,  llegaba a Europa meses después y vino a afectar a Francia entre finales de 1930 y principios de 1931; y por otro (después de aquellos años de esperanza que habían seguido al desastre económico y social y a la hecatombe demográfica de 1914-1918), factores diversos de naturaleza política como eran la evolución europea, con el ascenso del fascismo en Italia y del nazismo en Alemania, y el fortalecimiento de aquellas ligas de extrema derecha (Action Française, Croix-de-Feu, Jeunesses Patriotiques), que, derivado del escándalo Stavisky, habían organizado la violenta manifestación antiparlamentaria del 6 de febrero de 1934.

Y es que el sonado caso Stavisky -pasto reciente de la actualidad-, se inscribía en la serie de escándalos político-financieros, surgidos bajo la III República (tráfico de decoraciones, en 1887 y en 1926, de Panamá, 1892…), y había provocado no poca conmoción en la opinión pública y desafección en el sistema parlamentario:

Este Serge Alexandre Stavisky era un hombre de negocios de origen ucraniano, instalado en París a principios de siglo y fundador del Crédit municipal de Bayona en 1931, que había sustraído varias decenas de millones, procedentes de bonos emitidos por el Crédit y avalados por joyas falsas o robadas. El descubrimiento de este escándalo, que estallaba a finales de 1933, vino a desacreditar al régimen, al verse implicadas algunas personalidades. Buscado por la policía, Stavisky apareció muerto en un chalet de Chamonix, el 8 de enero de 1934, de un tiro en la cabeza. La versión oficial habló de suicidio, pero las ligas de extrema derecha acusaron al gobierno de haberlo acallado interesadamente

Diversos y complejos factores, pues, que propiciaron el acercamiento de los partidos de izquierda, el cese de las hostilidades entre ellos y la impulsión hacia la unificación (pacto de unidad de acción socialo-comunista del 6 de julio de 1934); tanto más, cuanto que, desde Moscú, viendo subir la amenaza al Oeste, llegaban consignas de que los pc’s nacionales salieran del aislamiento y cooperaran con aquellos a los que ayer todavía trataban de traidores a la clase obrera.

Vino a acelerar esa tendencia, finalmente, el fracaso de la política deflacionista de Pierre Laval (1935), que tendrá que dimitir a finales de enero de 1936, sustituido por el radical-socialista Albert Sarraut hasta las elecciones.

Y así se constituyó, el 14 de julio de 1935 –siendo Albert Lebrun presidente de la República-, aquel movimiento popular que vino a reunir en una gran manifestación en París, al Parti communiste français, con Maurice Thorez (era ahora lo que él llamaba su “mano tendida”); a la Section française de l’Internationale ouvrière, SFIO (futuro PS), con Léon Blum –a quien ciertos sectores de la derecha reprochaban ya sus orígenes israelitas-; a la Union socialiste et républicaine que Paul Ramadier acababa de fundar en 1933; al Parti radical-socialiste con Daladier; a los sindicatos Confédération Général du Travail CGT y la comunista CGTU (divididos desde 1921, pero que muy pronto van a reunificarse en el Congreso de Toulouse de los días 2 al 5 de marzo de este 1936); y a organizaciones de intelectuales de izquierda (Ligue des droits de l’homme del filósofo Victor Basch, Mouvement contre la Guerre et le fascisme, llamado de Amsterdam-Pleyel, en cuyo origen -agosto de 1932/junio de 1933- estaban la Internacional comunista y dos comunistas notorios Henri Barbusse y Romain Rolland; y el Comité de vigilance des intelectuels antifascistes, creado en marzo de 1934 con el filósofo Alain, el médico y etnólogo Paul Rivet –luego diputado socialista-, y el investigador Paul Langevin).

El 27 de octubre siguiente, Thorez concluía una alianza electoral con la SFIO y con los radicales-socialistas de Édouard Herriot, y el 12 de enero de 1936 se hacía público el programa de Rassemblement populaire, que pretendía recuperar –decían sus firmantes- el retraso acumulado por la III República en materia social desde hacía 60 años; de hecho, el Frente popular francés se mostraba más preciso en el campo político y social (prohibición de las ligas de extrema derecha, afirmación de los derechos sindicales, enseñanza laica), que en el terreno de la acción económica.

Pero persistía el amenazador contexto internacional: poco antes de las elecciones que se anunciaban en Francia, Hitler ocupaba, en marzo de 1936, la Renania desmilitarizada por el tratado de Versalles, y anunciaba, acto seguido, el rearmamento y militarización de Alemania

Se hizo campaña bajo las consignas de Pain, paix, liberté, y contra la misère, le fascisme, la guerre. Y así llegaron los comicios y la victoria legislativa de la izquierda de los días 26 de abril y 3 de mayo de 1936 (72 escaños para el PCF, 147 para la SFIO, 106 para los radicales y 61 otras izquierdas, frente a los 222 de las derechas), levantadas las masas en un ambiente de optimismo y en un impulso general de aspiraciones -probablemente desmesuradas-, y de esperanza en un futuro mejor…

Después del À nous la liberté! (1932), del cineasta René Claire (que inspirará a Chaplin sus “Tiempos modernos”), Jean Renoir –hijo del pintor- estrenaba en  abril de 1936, financiado por el Partido Comunista y en vísperas de las elecciones, su película La vie est à nous, y en el otoño de 1937 rodará La Marseillaise, que saldrá en febrero de 1938 y tendrá gran éxito en la URSS de las purgas estalinistas, y algo menos en Francia.

Ray Ventura cantaba ya en 1935 Tout va très bien, madame la marquise, y cantará en 1938 Qu’est-ce qu’on attend pour être heureux?, Qu’est-ce qu’on attend pour faire la fête? Y el joven Charles Trenet participaba también en este ambiente general de aturdimiento y optimismo, con su Y’a d’la joie de 1936que Maurice Chevalier cantará al año siguiente-, y Je chante de este 1937, antes de entonar nostálgico, en 1942, Que reste-t-il de nos amours?

¿Que quedará, efectivamente, de tan quiméricas esperanzas, cuando nadie quiso ver en el exterior el monstruo que amenazaba?

Se formó entonces un gobierno compuesto de radicales y socialistas (con los comunistas presionando desde fuera), y donde se contaban tres mujeres, bajo la presidencia de Blum, jefe del partido mayoritario.

En medio de una incontenible oleada de huelgas, con ocupación de fábricas, grandes almacenes y locales de trabajo por todo el país, tanto en el sector público como en el privado, y en un ambiente sorprendentemente semifestivo, Léon Blum vino a imponer medidas diversas de reformas sociales, con la firma (en la noche del 6 al 7 de junio de 1936), de los acuerdos de Matignon (residencia del presidente del Consejo), entre la patronal y la CGT  que conllevaban, en lo inmediato, aumentos de salarios, 15 días de vacaciones pagadas, semana laboral de 40 horas y creación de los convenios colectivos y delegados sindicales; se reorganizará también el Banco de Francia y las finanzas públicas, a cargo de Vincent Auriol, el gran especialista de la SFIO. Luego se creará un Office du blé -Instituto u Oficina nacional del trigo, después de la crisis mundial de 1929 y la caída de los precios-, y se nacionalizarán los ferrocarriles en agosto de 1937, con la creación de la SNCF (51% del capital en manos del Estado).

Bajo la dirección del joven subsecretario de Estado para el deporte y el ocio, Léo Lagrange, serán adoptadas, igualmente, medidas a favor del deporte y del ocio popular, como el descanso pagado.

Y allá en Moscú, habían saludado el ejemplo que la clase obrera francesa daba “a todo el proletariado internacional (…) sobre la manera como ha de combatirse el fascismo”.

Ante el caos laboral creado por toda Francia, cuando no pocos activistas sindicales pedían la supresión del sistema capitalista, ya desde el 11 de junio lanzaba Thorez aquello de que “hay que saber terminar una huelga (…), incluso saber aceptar un compromiso, aunque no todas las reivindicaciones hayan sido obtenidas”, y que no era cuestión de tomar el poder entonces. Y el 12, en la Cámara de los Diputados, Blum aludía a grupos sospechosos, ajenos al mundo sindical; ese mismo día su gobierno prohibía la aparición del periódico trotskista Lutte Ouvrière, que instaba a la ocupación de las fábricas, a la formación de consejos obreros y a que se les diera armas.

Pero el trabajo volvía muy lentamente; mes y medio después de las firmas de Matignon, más de mil empresas seguían paralizadas y centenares ocupadas aún. Y así, con el aumento de los salarios en un marco general de descenso de la productividad, pronto surgieron tensiones económicas y financieras, y estrangulamientos en ciertos sectores industriales, derivados de la perentoria limitación de la semana laboral, sin relevo en una mano de obra cualificada; agravado todo ello con la huida de capitales. En tan degradadas condiciones, el paro obrero no podía disminuir.

La persistencia de perturbaciones sociales y laborales y la hostilidad de los medios financieros condujeron al gobierno de Léon Blum, en febrero de 1937, a marcar une “pause sociale”, lo que vino a suscitar la irritada oposición de los comunistas, que también criticaron su política de no intervención en la guerra civil española.

Ni faltaron, durante estos tensos meses, dramáticos sucesos, como el suicidio, a los 46 años, al que se sintió abocado en noviembre de 1936 el ministro del Interior del primer gobierno Blum y alcalde SFIO de Lille Roger Salengro, a quien la oposición vino a ofender gravemente en su honor con calumnias y una campaña de prensa difamatoria, pretendiendo que había desertado y se había entregado al enemigo en 1915.

 Y graves altercados de orden público, como aquel ocurrido en Clichy el 16 de marzo de 1937, cuando cierta pacífica reunión organizada por el Partido Social Francés del derechista François de La Rocque -que había optado expresamente, desde 1934, por la legalidad (“mostrar nuestra fuerza para no tener que utilizarla”)-, hubo de enfrentarse a una contramanifestación de comunistas y socialistas, venidos para reventar el acto, en el transcurso de la cual, la policía del ministro del interior Dormoy -después de las advertencias de rigor-, disparó contra los manifestantes; hubo cinco muertos y unos doscientos cincuenta heridos. Y aquello fue el principio del divorcio con la izquierda más radical.

El 21 de junio de este 1937, León Blum hubo de ceder la presidencia del Consejo a un gobierno encabezado por el radical-socialista Camille Chautemps -con él de vicepresidente-, el cual intentará proseguir la experiencia emprendida, aunque atenuando ciertos aspectos como la rigurosa semana de 40 horas, que ahora dejaba latitud a las horas suplementarias. No iba a ser sin la oposición de socialistas y comunistas, que reclamaban de nuevo la integralidad del programa y van a acabar provocando su retirada antes de un año.

Pero era verano, y los franceses se lanzaban en masa a las carreteras con sus familias, despreocupados y contentos, y ocupaban playas, lugares de esparcimiento y albergues juveniles, dispuestos a gozar de esas vacaciones pagadas que les había traído el Frente popular.

En diciembre de este 1937, la Italia de Mussolini, enzarzada en Etiopia, abandonaba la Sociedad de Naciones (después de que Alemania y Japón lo hubieran hecho en 1933). Eran señales como nubarrones amenazadores para la paz mundial.

Camille Chautemps dimitía en marzo de 1938.

Pero la tensión en Europa seguía aumentando. Los blindados alemanes habían invadido Austria, e Hitler entraba en Viena el 14 de este marzo de 1938, proclamando, al día siguiente, la anexión de ese país al Reich (Anschluss), y ello, un vez más, ante la mirada impotente de la SDN.

Ante aquellos gravísimos acontecimientos en la escena internacional, Blum quiso formar un gabinete de Unión nacional el 13 de marzo, que incluyera a un Thorez muy rechazado por los moderados; pero, ya sin medios ni ideas, su gobierno no duró; el radical-socialista Daladier le sucedió el 8 de abril, y su gestión iba a marcar el final del Front populaire.

Fue Daladier quien habría de reconocer con su firmar los acuerdos de Munich (29-30 de septiembre de 1938), sobre los Sudetes, con Hitler, Mussolini y Chamberlain, ¡para oprobio de aquellas democracias y de aquella opinión francesa y británica, tan “pacifista” entonces!, que recibió la noticia con alborozo:¡se había evitado la guerra!

Y Alemania se vió alentada en sus atropellos.

Antes de un año (23 de agosto de 1939), la Rusia soviética y la Alemania nazi firmarán un pacto de no agresión con las plumas, a cual más alevosa, de Ribbentrop y Molotov (que durará apenas veintidós meses). El Front populaire no había conseguido realizar los objetivos que se había propuesto inicialmente, pero las reformas que impuso vinieron a mejorar la condición social de los asalariados.

 

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

GAILLARD, Jean Michel: Les 40 jours de Blum; Perrin, 2001.
LACOUTURE, Jean: León Blum; Seuil, 1977.
LALMY, Pascal Éric: Le Parti radical-socialiste et le Front populaire (1934-1938); Paris, Mare et Martin, 2007.
MARGAIRAZ, Michel: Le Front populaire; Larousse, ‘Essais et documents’, 2009. 
MATHIAS, Bernard: Le Front populaire; Toulouse, Milan, 2006.
MONIER, Frédéric: Le Front populaire; La Découverte, 2002.

TARTAKOWSKY, Danielle: Les premiers communistes français: formation des cadres et
bolchevisation
; Presses de la Fondation nationale de sciences politiques; París, 1980. Luego: Une histoire du P.C.F.; París, Presses Universitaires de France, 1982; y Des lendemains qui chantent: La France des années folles et du Front populaire; Paris, Messidor, 1986; finalmente: Le Front populaire:La vie est à nous; Gallimard, 1996.

WOLIKOW, Serge: 1936, le monde du Front populaire; París, Cherche Midi, 2016.
The French and Spanish Popular Fronts. Comparative Perspectives. Edited by Martin S. Alexander and Helen Grahan; Cambridge University Press, 1989.

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