Exposición Universal de París de 1867

Con el advenimiento de la era industrial, habían comenzado a organizarse unos específicos  acontecimientos o exposiciones universales, abiertas a todos los campos de la actividad humana, a las que podrían concurrir las naciones que desearan presentar sus productos y realizaciones; tales acontecimientos van a acabar desarrollándose con alguna regularidad. El gran precedente había tenido lugar en Inglaterra con aquella primera manifestación de 1851,  a la que siguió otra en 1862.

            La Exposición Universal de París de 1867, llamada tambien “Exposición Universal de arte y de Industria”, supuso un acontecimiento clamoroso en toda Europa; era la séptima de las llamadas universales y la segunda que conocía París, después de la de 1855. Tuvo lugar entre el 1 de abril de ese año, en que abría sus puertas oficialmente, y el 3 de noviembre en que se clausuraba; en ella participaron 41 países.

            Los grandes trabajos hausmannianos en la capital acababan prácticamente de concluir y esta Exposición venía a marcar el apogeo del Segundo Imperio, con el triunfo del liberalismo sansimoniano.

            No era todavía emperador cuando en Burdeos, cierto día de 1852, Luis-Napoleón, sobrino de Napoleón I, había dicho: “Tenemos grandes territorios incultos por roturar, carreteras y puertos que abrir, ríos que hacer navegables y nuestra red de ferrocarriles por completar”. Pronto se iba a rodear de hombres de negocios, de industriales y banqueros, que creaban compañías y reunían capitales.

            Y fue en 1864, cuando Napoleón III decidía que la próxima exposición universal debería tener lugar en París en 1867, en el décimoquinto año de su reinado. Se preveía que la financiación fuese asegurada por el Estado y la municipalidad de la Capital, además de las importantes aportaciones que se esperaba habrían de venir de suscriptores privados; pero los cálculos rebasarán las iniciales previsiones, y el importante déficit será cubierto, finalmente, por el Estado y París.

A tal efecto, el Emperador procedió  formar, de inmediato, una comisión constituida por personajes de primer orden, pertenecientes a la vida económica y política del Segundo Imperio, cuya dirección quedaba confiada a dos hombres con experiencias en exposiciones universales: el príncipe Napoleón-Jerónimo Bonaparte (primo del Emperador e hijo de Jérôme Bonaparte, ex-rey de Wesfalia), y el ingeniero y economista Frédéric Le Play, consejero de Estado desde 1855.

            El lugar escogido para la gran manifestación fue aquel Champ de Mars (“Campo de Marte”), antiguo campo de maniobras desde la segunda mitad del s. XVIII, escenario de las manifestaciones de la Revolución y de los grandes momentos del Primer Imperio; y habría de ocupar una superficie de unas cincuenta hectáreas, a la que se añadieron veinte hectáreas más de la conocida como isla de Billancourt (hoy de Saint-Germain), donde quedará instalada la exposición agricola.

            Nombrados por la comision imperial así formada, el experimentado ingeniero Jean-Baptiste Sébastian Krantz y el arquitecto Léopold Hardy (futuro constructor de la basílica Ntra. Sra. del Rosario de Lourdes), comienzan a dirigir, a partir de 1865, la construcción de un grandioso edificio elíptico de ladrillo, fundición y hierro, de 490 metros de largo y 380 de ancho, paralelamente a importantes allanamientos y movimientos de tierra a los que se hubo de proceder también; y en aquel inmenso espacio van a afanarse 26.000 obreros durante dos años. Nunca tan vasto edificio habrá sido construído en tan breve tiempo.

Un joven Gustave Eiffel de 35 años, empresario especializado en construcciones metálicas, recibió el encargo de levantar la Gallerie des machines.

El conocido Pierre Petit fue nombrado fotógrafo oficial de la Exposición, donde realizará 12.000 clichés.

            Y el medallista y grabador Hubert Ponscarme recibió la tarea de realizar las medallas de oro, de plata y de bronce, ornadas con el perfil del Emperador, que serán distribuidas al término de la Exposición.

Carpeaux, por su lado, ejecutará para ser aquí expuesta, su Ugolin et ses fils, hoy en el Metropolitain Museum of Art de Nueva York.

            Y en marzo de 1867 la comisión imperial nombraba al compositor Gioachino Rossini -instalado en París desde hacía veinte años y que iba a morir al año siguiente-, presidente honorífico del Comité de composición musical. Su Hymne à Napoléon III et à son vaillant peuple será el himno oficial de la Exposición, que también marcará su clausura.

            Y el exiliado Victor Hugo escribirá el prefacio que servía de introducción a la guía de la Exposición.

            A fin de facilitar el transporte de los materiales y luego de los viajeros deseosos de acudir a la Exposición, se construye la primera estación de ferrocarril del Champ de Mars, de tres km de longitud y antecesora olvidada de la actual Champ de Mars-Tour Eiffel, que abriría el 1 de febrero de 1867, antes de la apertura oficial; permanecerá en funcionamiento hasta noviembre, en que línea e instalaciones sean desmanteladas.

            El edificio principal aparecerá dividido en galerías temáticas concéntricas, dedicadas, cada una, a un conjunto de productos, y en radiales por países, con un jardín en el centro y el museo de la historia del trabajo.

En torno al palacio de la Exposición, en jardines concebidos por el ingeniero Jean-Charles Alphan (que había trabajado con el barón Haussmann) y por el paisajista Jean-Pierre Barillet-Deschamps, van a disponerse, diseminados, un centenar de pequeños pabellones nacionales e industriales. Eran construcciones secundarias que evocaban la diversidad del mundo entero, a través del tiempo. Y las colonias del Imperio iban a ocupar, por primera vez, un lugar eminente: Marruecos, Tunez, Argelia… se presentaban en el pabellón central y tenían su propia comisión y su propio jurado para la distribución de recompensas. Y se les encomendó que realizasen construcciones y decorados exóticos.

            Fue Frédéric Le Play –uno de los adelantados, en Francia, del catolicismo social conservador-,  quien tuvo la idea de ese nuevo concepto de musée de l’histoire du travail, a fin de narrar la evolución de los régimenes o sistemas industriales.  En la misma galería Histoire du travail, el paleontólogo Jacques Boucher des Perthes exponía una de las primeras herramientas prehistóricas científicamente repertoriadas, y colecciones de objetos del neolítico, del bronce, de la Tène celta, provenientes de aldeas palafíticas suizas.

Una sección especial estaba destinada a la mejora de la “situation morale et matérielle des travailleurs”, con una presentación de objetos domésticos. Y se invitaba a las delegaciones obreras a presentar informes sobre lo que observaran relacionado con sus profesiones.

            En la galería de materias primas va a mostrarse al público un nuevo metal, muy ligero y resistente, cuyo método de obtención acababa de ser mejorado recientemente (aunque todavía muy caro de obtener), y que interesó mucho: el aluminio.

            Y demostraciones de la utilización del aceite del petróleo anunciaban un futuro prometedor para este producto bien conocido desde la Antigüedad.

            Eran los esfuerzos hacia nuevas aplicaciones industriales las que retenían más la atención de los visitantes. La galería de máquinas, p. ej., ofrecía multitud de temas de observación: máquinas de vapor, de gas, de aire comprimido… Y la exposición específica de ferrocarriles sorprendió por el esfuerzo de desarrollo que esta industria mostraba por estos años, en un época en que ya sólo se necesitaban 16 horas para ir de París a Marsella (cuando la generación anterior debía contar 8 días en diligencia para recorrer el mismo trayecto).

            Y otra sorpresa venía luego, al descubrir el ritmo elevado con que obreros y operarias confeccionaban ahora tejidos, sombreros, zapatos…, con ayuda de nuevas máquinas.

            Entre otras muchas novedades y avances presentados aquí, podrían citarse:

– El ascensor con freno de seguridad, que daban a conocer los americanos Charles y Norton Otis, pronto indispensable por la continua elevación de los edificios en las grandes ciudades.

– El piano recto que presentaba Joseph Gabriel Gaveau en el campo de los instrumentos musicales, del que una de las partes de la caja aparecía sustituida por un espejo sin azogue, que permitía observar los detalles del interior del mecanismo. Obtendrá una medalla de plata (ver más abajo)

            – El fusil ricamente ornado y provisto de una novedosa mejora, como era el cartucho de percusión central, que presentaba el taller de arcabuces de monsieur Gastinne Renette.

– La balanza argométrica, que mejoraba la precisión de la cantidad de metales preciosos utilizados en galvanoplastia, mostrada por el sabio Plazanet.

– La escafandra, extraño sistema que sorprendió a todos y que permitía al ser humano permanecer en el fondo del agua; era un artilugio experimentado ya en Francia por el abate Jean Baptiste de la Chapelle, en el último cuarto del s. XVIII, y que traía ahora a la Exposición, muy modificado y perfeccionado,  la “Compañía Neoyorquina Submarina”.

– el caldo casi instantáneo de extracto de carne (extractum carnis), que el químico alemán barón von Liebig proponía.

– ¡Y qué decir de ese cañón monstruoso llegado de Prusia!

También el inventor francés Henri Giffard proponía ascensiones en un globo de hidrógeno cautivo de 5.000 m3, situado en la avenida de Suffren, y que era accionado por un torno a vapor de descenso. La intrépida Eugenia de Montijo lo probará.

            La Exposición le permitió también al egiptólogo Auguste Mariette, miembro de la comisión virreinal egípcia, mostrar el resultado de sus investigaciones y hallazgos, y exponer la admirable estatua de madera conocida con el nombre de Sheikh-el-Beled, la imagen de la reina Amneritis tallada en alabastro, las joyas de la reina Aah-Hotpou, y otras maravillas que harán el principal ornamento del museo de Gizeh.

            A lo largo de los siete meses que mantendrá abiertas sus puertas, aquella Exposición será visitada por más de diez millones de visitantes de pago, y contará con 50.226 expositores (casi el doble de los registrados en la exposición de Londres, cinco años antes) -según el informe que hará luego el economista Michel Chevalier-. ¡Nunca se había visto antes tanta gente en París! Y se contaron entre las personalidades del momento: el príncipe de Gales (futuro Eduardo VII), el príncipe Óscar (rey de Suecia y de Noruega unos años después), el príncipe japonés Tokugawa Akitake (que venía al frente de la delegación de su país), la joven reina Maria Pía de Saboya (esposa de Luis I de Portugal), Leopoldo II (segundo rey de los Belgas), Alejandro II de Rusia, Guillermo Federico (rey de Prusia y pronto emperador), el joven Luis II de Baviera, el sultán Abdulaziz, el emir Abd el-Kader (reconciliado ya con Francia, después de su enconada oposición a la colonización de Argelia), Bismark, Moltke…

            La opera bufa La Grande duchesse de Géroldstein fue escrita por Jacques Offenbach para un libreto de Meilhac y Halévy -con la muy popular cantante Hortense Schneider en el papel principal, que, tras su éxito, hubo de recibir a todas las coronas de Europa en su camerino-.          Y el célebre autor de cuentos Hans Christian Andersen quedó muy impresionado por los pabellones nacionales y las evoluciones tecnológicas que se anunciaban; y se inspirará para escribir “La Dríade” al año siguiente.

            Julio Verne se inspirará en el acuario gigante presentado en la Exposición, que contenía más de 800 peces, para describir la ventanilla del Nautilus en “Vingt mille lieues sous les mers” de 1870.

            Es con ocasión de esta Exposición Universal de 1867, cuando los conocidos bateaux mouches comienzan a navegar por el Sena a su paso por la Capital. Como resultado de un concurso convocado por los organizadores, Michel Félizat y asociados, constructores navales de Lyon,  se alzan cn la adjudicación y conducen, Saona arriba, y luego por el canal de Borgoña, el Yonne y el Sena, una treintena de embarcaciones diseñadas para pasajeros turistas, construídos en sus astilleros de La Mouche, al sur de Lyon.

            Y, entre los laureados estuvieron:

Medallas de oro para:

. la cristalería fina de Lorena Baccara, por dos vasos y una fuente de cristal de 7 metros de atura (galardonada ya en la Exposición de 1855);

. la Casa Philippe-Henri Herz neuveu et Cie. por su perfecta fabricación de pianos (en competición desde 1863 con el Henri Herz fundador, medalla de honor en 1855);

. el Château Rayne-Vigneau por la elaboración de su “Sauternes” (prestigiosos vinos blancos bordeleses que han llegado hasta nuestros días);

. el municipio de Saint-Émilion (Gironda), representado por 34 propietarios expositores, por sus vinos;

. D. Savalle hijos y Cía., por sus aparatos de destilación de alcohol (vinos, remolacha, maíz, cebada…).

Medallas de plata para:

            . Henri Vogelsangs (sucesor de su padre François-Jacques), fabricante belga de pianos;

            . Martin et Cía. y Joseph Gabriel Gaveau (manufactura de pianos);

            . Acuarelas de los frescos de la iglesia Saint-Sauveur de Nereditsa (Novgorod, Rusia).

Medallas de bronce para:

            . La empresa Latscha & Cie. (fundición de Alsacia, que caerá en el lado alemán después de 1870);

            . Victor Étienne Gautreau, investigador cultivador de rosas que ya había creado una veintena de variedades, como la celebrada Camille Bernardin.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

CHAMP (seudónimo de Charles Amédée Henri de Noé) : La comédie de ‘Exposition; Paris, A. de Vresse, 1867; también: Bouffonneries de l’Exposition; Michel-Lévy frères, 1868.

CHAPON, Alfred (arquitecto): Souvenir de son exposition de 1867 (diplomas y recomensas, dibujos y  planos…)

DUCUING, François: L’Exposition universelle de 1867 illustrée; publication internationale autorisée par la Commission impériale; Paris, Bureaux d’Abonnements, 1867; vols. 1 y 2.

PARVILLE, Henri de –: L’Exposition universelle de 1867; guide de l’exposant et du visiteur, avec les documents officiels, un plan et une vue de l’Exposition; Garnier frères, 1867. También: L’Exposition universelle; J. Rothschild, 1890.

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