Bernard, Claude (1813-11 febrero 1878)

El que iba a ser eminente fisiólogo de la ciencia francesa, nacía en la aldea de Châtenay de Saint Julien, cerca de Villefranche-sur-Saône –región del Beaujolais-, el 12 de julio de 1813, y era el primogénito de Jean-François Bernard, un agricultor viñador medio y de una madre, Jeanne Saulnier, piadosa y de suave carácter, de la que guardará una imborrable memoria; matrimonio del que nacerán tres hijos más.

El pequeño Claude inicia su infantil andadura con el párroco de Saint Julien, para el que ejerce de monaguillo en la misa y que le enseñará latín; y su escolaridad formal en la escuela comunal, hasta los ocho años; después de un tiempo con los jesuítas de Villefranche, en 1831 pasa al colegio real de Thoissey (a 20 km de allí, en dirección a Macon) –donde, según los programas de la época, enseñaban sobre todo letras, pero no física ni ciencias naturales-.¡Eran los tiempos!

Pero sus padres atraviesan dificultades materiales, el joven Claude tiene que abandonar los estudios y, con la necesidad ahora de ganarse la vida -ya instalado el nuevo régimen de Luis Felipe-, entra como aprendiz, el 1 de enero de 1832, en la oficina de un boticario, a las afueras de Lyon, mientras frecuenta una escuela veterinaria cercana; allí permanecerá algo más de año y medio.

Y le da un poco, entonces, por la literatura; fuera de sus horas de trabajo, asiste con frecuencia al teatro y compone un vodevil: Rose du Rhône (¡que será representado y le dará un dinerillo!), y luego un drama histórico, a la manera del nuevo teatro romántico, en cinco actos y en prosa: Arthur de Bretagne.

Había llegado a la edad militar y, ateniéndose a las posibilidades que la ley daba, su padre pidió un préstamo de mil ochocientos francos con que poder comprar la sustitución de su hijo.

Liberado de su servicio militar, decide entonces “monter” a Paris (como se solía decir), y presentarle su drama nada menos que al crítico y profesor de literatura en la Sorbona Saint-Marc Girardin. Lo dice Ernest Renan:

“Vino a París con una tragedia en cinco actos y una carta en el bolsillo; la tragedia, naturalmente, le interesaba más que la carta, pero es el caso que la carta le valió mil veces más que la tragedia. Iba dirigida a nuestro recordado colega Saint-Marc-Girardin, el cual aconsejó al joven que aprendiera un oficio”: “-Habéis practicado la farmacia, estudiad, pues, medicina, y reservad la literatura para vuestro esparcimiento”. No podía haber recibido mejor consejo.

En agosto de 1834, la Facultad de Letras de París le otorgaba el título de bachelier ès Lettres, y ya con su título de bachiller en el bolsillo, y en ese entorno de circunstancias, fue así como Claude Bernard empezó sus estudios de medicina en noviembre de ese año, que proseguirá mientras daba algunas lecciones para poder vivir. Fue externo (1837) y luego interno de los hospitales (1839), hasta aprobar su último concurso sin pena ni gloria, con el puesto 26 de 29 candidatos.

Trabaja con el reputado fisiólogo François Magendie, inicialmente como stagiaire, en prácticas, y luego externo; y asiste a sus lecciones, hasta convertirse pronto en su asistente en el Collège de France.

Sus primeros trabajos van a orientarse hacia el papel que desempeñaba en la nutrición el jugo gástrico; tal fue el título de la tesis con la que será recibido doctor en medicina en diciembre de 1843 –treinta años tenía entonces-:  Du suc gastrique et de son rôle dans la nutrition.

Pero, al año siguiente, no consigue la agrégation de anatomía y fisiología (catédra orientada a la formación de futuros médicos en la Facultad y los hospitales), por lo que irá orientándose, cada vez más, hacia el laboratorio, marco de trabajo por el que empezaba a sentir predilección.

Inicialmente decepcionado por aquel aparente fracaso de habérsele negado la agrégation de anatomía y fisiología, en 1845 abre con Charles Ernest Lasègue (conocido luego por sus investigaciones en enfermedades mentales), un laboratorio libre de fisiología en la rue Saint Jacques; pero acabaron faltando los fondos, y el proyecto tuvo corto recorrido.

Ese año Claude Bernard recibía, eso sí, el premio de fisiología experimental de la Academia de Ciencias.

            Y era el año también en que se casaba con la hija del doctor Henri Martin, a la que había conocido unos meses atrás, a través del químico Théophile Pelouze, cuyo laboratorio había  frecuentado. Nunca matrimonio habrá salido peor aparejado, para confusión de quienes pretenden que detrás de un gran hombre ha habido siempre una gran mujer. No pensamos ahora en la frívola y manirrota Josefina de Napoleón –entre cien otros ejemplos-, sólo, aquí, en esta Marie-Françoise Martin, “Fanny”, de 26 años entonces, que en tan mala hora le había presentado el bienintencionado Pelouze, verdadero calvario, en adelante, para Claude Bernard, en los veinticinco años que hubo de convivir con ella. Demasiadas cosas separaban a este investigador de origen rural, de la mujer con la que decidía desposarse: muy  de “burguesía parisiense” ella, y de carácter agrio y quisquilloso -a vueltas siempre con lo que ella consideraba estrecheces económicas, ¡ella que había aportado 60.000 frcs. de dote!-, cuanto su esposo era reflexivo y amante del aislamiento que permite pensar. Matrimonio del que saldrán cuatro hijos, no obstante (dos varones, muertos prematuramente, y dos hembras, nacidas en 1847 y 1850 respectivamente, únicas supervivientes, que permanecieron solteras).

Casado ahora, ya Bernard pensaba en abandonarlo todo, ante la ausencia de perspectivas coherentes con su vocación profunda, y dedicarse, simplemente, a ejercer la medicina práctica en cualquier lugar de provincias. Pero en 1847, tuvo la suerte de verse nombrado en el Collège de France, como profesor de medicina experimental, nada menos que suplente de un Magendie que seguía confiando en su valía; y, aquella feliz circunstancia vino a cambiar su vida; empezaba su carrera de sabio, y sus trabajos y publicaciones iban a sucederse: En lo inmediato fue el descubrimiento del papel del jugo pancreático en la digestión (1849), tras lo cual obtiene el premio de fisiología experimental.

En 1849, era nombrado Caballero en la Orden Imperial de la Legión de Honor, y su madre Jeanne Saulnier de Bernard vino a París para visitar a su hijo y su familia. La impresión que Fanny le va a causar será mediocre.

Nuevo trabajo acerca de una nueva función del hígado en el hombre y en los animales, para el que cuenta con la colaboración de Marcelin Berthelot, al que ha conocido en el laboratorio de Pelouze (Comptes rendus –informes-, de la Academia de Ciencias, XXXI, 1850); y sobre esta materia versará su siguiente tesis.

Y Premio de fisiología experimental para el año 1851.

En marzo de 1853, presidiendo el tribunal el fisiólogo Henri Milne-Edwards, Claude Bernard defendía su tesis para el doctorado en Ciencias Naturales: Recherches sur une nouvelle fonction du foie, considéré comme organe producteur de matière sucrée, chez l’homme et chez les animaux. Su nombre quedaba, en adelante, asociado al descubrimiento capital de la función glicogénica del hígado: pudo aislar el glucógeno y aportaba una explicación de la diabetes azucarada.

Y sus estudios acerca de la fisiología del sistema nervioso le van a llevar a demostrar la influencia del nervio neumogástrico sobre la respiración y la acción vasomotora del gran simpático, y completó los trabajos de Lavoisier con sus investigaciones sobre el calor animal y el mecanismo de su regulación: Recherches expérimentales sur le grand sympathique et spécialement sur l’influence que la section de ce nerf exerce sur la chaleur animale

De nuevo Premio de fisiología experimental para el año 1853.

En ese año era nombrado profesor en la Facultad de Ciencias de París, y en el Collège de France.

También analizó los efectos de determinados productos tóxicos (el óxido de carbono, el curare a partir de flechas envenenadas traídas de América del Sur, la estricnina) sobre la hemoglobina de la sangre y el sistema nervioso.

En 1854 se creaba para él en la Sorbona -41 años tenía entonces-, una catedra de fisiología experimental, si bien a la muerte de Magendie, Claude Bernard le sucederá al año siguiente en la cátedra de medicina experimental del Collège de France, sin abandonar su enseñanza en la Universidad.

Y, entre 1855 y 1859, va a publicar (ed. J.-B. Baillière et fils, París) los Cursos de esa institución, en 7 vols.: Leçons de physiologie expérimentale appliquée à la médecine (2 vols.); Leçons sur les effets des substances toxiques et médicamenteuses; Leçons sur la physiologie et la pathologie du système nerveux (2 vols.); Leçons sur les propriétés physiologiques et les altérations pathologiques des liquides de l’organisme (2 vols.).

Eran trabajos convergentes hacia la noción fundamental de medio interior del ser vivo, constituido por la sangre y la linfa, cuyos equilibrio y fijeza son condiciones para una vida orgánica autónoma.

Claude Bernard era ya muy conocido y, en 1864, el Emperador le invita, al mismo tiempo que a Pasteur, a las fiestas que ofrece en Compiègne, le lleva aparte y le pìde que le expong, en lo que será una larga conversación, la naturaleza e interés de sus investigaciones

            En 1865, sintiéndose enfermo -víctima, también él, de cierta epidemia de cólera que había invadido la capital-, abandona París y se retira a su pueblo natal. ¡Y el mismísimo Emperador interesándose por su salud!

Aprovecha su convalecencia para darle la última mano a su “Introduction à l’étude de la médecine expérimentale”, obra importante que publicaba. ese mismo año, en la que exponía el método y los principios fundamentales de su disciplina: identidad de las leyes del funcionamiento (normal y patológico) del organismo, determinismo de los fenómenos biológicos y especificidad de las funciones vitales; y marcaba la obligada secuencia de un buen trabajo científico: observación-hipótesis-confirmación/rechazo. En el ánimo de su autor, dicha Introducción no era más que el prefacio de los Principes de Médecine…que sólo verán la luz, póstumamente, en 1947.

            Claude Bernard se hallaba prácticamente en la cumbre de su renombre y prestigio. Para el positivismo y la escuela naturalista era su dios en la laicidad; Zola decía: “La fórmula científica de Claude Bernard es, sencillamente, la de los escritores naturalistas (…); si hubiéramos de elegir un jefe sería más bien un sabio como Claude Bernard”.

            Al año siguiente aparecían “Leçons sur les propriétés des tissus vivants”, impartidas en la Facultad de Ciencias.

            En 1867 -año de la Exposición internacional de Paris-, Victor Duruy, ministro de Educación de Napoleón III, le encarga un Informe que la Imprimerie nationale publicará, sobre el punto en que se encontraba la fisiología en Francia, y sus perspectivas: “Rapport sur les progrès et la marche de la physiologie générale en France”.

            Año triste y penoso para Bernard, este de 1867: decidía, definitivamente, pedir la separación de la insoportable Fanny, y, allá en Villefranche, fallecía su madre a los 78 años. Aunque nunca en excelentes relaciones con su nuera, la piadosa Jeanne, sólida mujer del terruño borgoñón, sufrió con la noticia de la separación de su hijo, que ella tomó como deshonra para la familia, y Claude va a considerarse, en su conciencia, responsable de su muerte.

            Y, ante la doble enseñanza que venía ejerciendo, renuncia en 1868 a su cátedra de la Sorbona, de la que se encargará Paul Bert. Él asumirá en el Muséum d’histoire naturelle –donde encontró mucho mejor laboratorio y otras condiciones materiales-, la cátedra que había ocupado Pierre Flourens, muerto el año anterior, con quien las relaciones habían sido siempre, a lo sumo, templadas.

Un decreto imperial del 6 de mayo de 1869 le nombraba senador por la voluntad expresa de Napoleón III.

Y es por entonces cuando la separación legal del matrimonio Bernard se hace efectiva. Marie-Françoise y sus hijas ya habían dejado el domicilio conyugal del 94, rue du Luxembourg (hoy rue Cambon), y él mismo se traslada ahora con una sirvienta a un modesto y reducido apartamento del 40, rue des Écoles, enfrente del Collège, donde vivirá triste, pero aliviado, con visitas que le hacen su hermana Carolina y su marido Jean-Baptiste Cantin, y algunos colegas o discípulos, de cuando en cuando; y a veces se le ve en el prestigioso salón de la princesa Mathide (prima de Louis-Napoleón) o en aquellos dîners –entre reunión gastronómica y circulo masculino-, de Modeste Magny o de Bixio, selectos por sus parroquianos.

Llegó la guerra franco-prusiana, que iba a acabar con el Segundo Imperio en septiembre de 1870, y Claude Bernard sólo pudo llegar a Saint-Julien a finales de año -lejos ahora de sus continuos quebraderos familiares-, a aquella bonita casa solariega, gentilhommière, que había adquirido no lejos de su hogar natal, diez años antes, y adonde siempre venía, llegado el verano, para reunirse con su familia y ocuparse de la vendimia y de la venta de la cosecha; y allí era el campo y el sosiego para su reflexión y la paz de su corazón agnóstico, ¡hijo él, al fin, de su época positivista!  A Ernest Renan le escribía: “Tengo por horizonte los Alpes, cuyas cumbres blancas veo desde aquí, cuando el cielo está limpio”. Hasta allí vendrá a visitarle –parcialmente paralitico ya-, Luis Pasteur, en febrero de 1871. Y de él dirá un día el reputado fundador de la microbiología: “La distinción de su persona y la noble belleza de su fisionomía llena de una gran dulzura, seducen de inmediato; sin pedantismo, ni los típicos sesgos del sabio, sino una sencillez a la antigua, una conversación natural y alejada de cualquier afectación, pero plena de ideas justas y profundas, tales son algunos de los méritos exteriores de monsieur Claude Bernard ”

También los Goncourt hablaban de la positiva impresión que se sacaba hablando con él, de “su hermosa cara de hombre bueno y de apóstol científico”, y de su modestia, diciendo on a trouvé…, para referirse a sus propios hallazgos.

Ya pronunciada la separación judicial de su esposa en agosto de 1870, y manteniendo con sus hijas una precaria relación afectiva, Claude Bernard regresará al París devastado, en junio de 1871 –en la cumbre de su renombre, pero solo-, después de los acontecimientos de la guerra y de los terribles sucesos marcados por la Comuna.

            Y es por esta época cuando conoce a una rica y culta joven dama, hija de un banquero de Odesa emigrado, que seguía sus clases en el Collège y que decía admirar su inteligencia y su sencillez. Y el maduro Claude queda encantado por su inquieta curiosidad intelectual, su atractivo y su buen corazón; madre de tres hijos y buena esposa, por lo demás, madame Raffalovitch animaba cierto salón en París, también ella, y le invitará con alguna frecuencia a su residencia familiar o al palco de la Ópera, y entre ambos va a surgir enseguida una afectuosa y duradera amistad que la muerte interrumpirá; con ella abordará, en adelante, los más variados temas, seguro de que le entendía; ella será su confidente y su traductora ocasional de artículos alemanes o rusos, y hacia ella partirán, en los años siguientes, ora desde Saint Julien, ora desde París, varios centenares de cartas, que la destinataria legará un día a la biblioteca del Institut; las que él pudo recibir, no fueron conservadas.

            Nueva serie de cursos del Collège de France en 1871: “Leçons de pathologie expérimentale”, “Leçons sur les anesthésiques et sur l’asphyxie”; “Leçons sur la chaleur animale, sur les effets de la chaleur et de la fièvre”; “Leçons sur le diabète et la glycogenèse animale” (que publicará Baillières entre 1875 y 1877).

Aun quebrantada su salud desde 1865, y nunca enteramente repuesto, Claude Bernard proseguirá sus investigaciones hasta el final de su vida, con intensidad decreciente. Durante la vendimia de 1877 en Saint Julien, todavía tenía humor e interés por estudiar el mecanismo de la fermentación del vino, trabajo que la vida que le quedaba no le permitirá concluir.

Y a sus cursos del hemiciclo del Collège de France (dos veces por semana, a las 10h30), asistía ahora no sólo lo más selecto del mundo científico, universitario y literario, atraído por el interés de su enseñanza, sino la flor y nata de la mundanidad parisiense y hasta, de vez en cuando, alguna relevante personalidade extranjera, empujados, ellos, por la curiosidad.
Pero el 28 de diciembre de ese año de 1877, Claude Bernard iba a pronunciar la que sería su postrera lección. Una semana después caía enfermo, a consecuencia de una infección renal, posiblemente contraida en su húmedo laboratorio. Y, durante largos dias, quedará irreversiblemente postrado en su lecho. Al padre Henri Louis Didon, joven dominico, y ya respetado predicador, que había seguido sus clases en el Collège de France y que, como algunos otros, pudieron pasar a verle, le dijo: “-Padre, ¡cuánto me apenaría si mi ciencia hubiera podido ir en lo más mínimo contra vuestra fe! Nunca ha sido mi intención  combatir la religión”

Morirá en París en la noche del 10 al 11 de febrero de 1878, y sus funerales –funerales de Estado, a petición de Gambetta-, tendrán lugar el 16, con discursos de eminentes colegas ante su tumba, en el cementerio del Père-Lachaise

Dejaba numerosos discípulos: Albert Dastre –especialista de la diabetes-; Paul Bert -autor de trabajos sobre los injertos en animales, sobre la fisiología de la respiración, sobre los anestésicos, etc.-; Arsène d’Arsonval –asistente de Cl. Bernard en los últimos años en el Collège de France y autor de trabajos sobre las aplicaciones en medicina de las corrientes de alta frecuencia, “darsonvalisation”, o electroterapia; Louis Antoine Ranvier –hábil experimentador en histología y fisiología, cuyos trabajos sobre la degeneración de los nervios y la mielina fueron notables.

Claude Bernard, mente eminentemente curiosa e inquieta, era un investigador nato: para él lo conocido perdía interés inmediatamente, y era lo desconocido lo que adquiría todo su atractivo entonces. Abrió las vías de la fisiología moderna e hizo de ella “una ciencia independiente, con sus métodos y sus fines” (Dastre), a la que impregnó de humanismo: “El principio de la moralidad médica –decía-, consiste en no practicar nunca en el ser humano una experiencia que podría serle perjudicial en cualquier grado, aunque el resultado pueda interesar mucho a la ciencia, es decir, a la salud de los demás”.

 Había ingresado en 1854 en la Academia de las Ciencias (Académie des Sciences) y en la Academia Francesa (Académie Française) en 1868, para suceder a Flourens, también aquí. Y era miembro de prestigiosas sociedades científicas extranjeras: Londres, San Petersburgo, Berlín…

En sus obras póstumas intentaba formular el esbozo de un teoría general de la biología: “La Science expérimentale”, que reúne artículos y discursos, y el Curso de fisiología general del MuséumLeçons sur les phénomènes communs aux animaux et aux végétaux”, publicadas en 1878. Además de otros escritos publicados también después de su desaparición: “Leçons de physiologie opératoire” y “Cours de médecine au Collège de France” (1879).

                A lo que habría que añadir: “Pensées, Notes détachées” de 1937; “Philosophie” (1938); “Le Cahier rouge” (1942) -con notas sacadas de un cuaderno de tapas rojas-, con una edición integral en 1965 en Gallimard; y “Principes de Médecine expérimentale”, (PUF, 1947), cuyo prefacio podría ser su conocida Introduction à l’étude de la Médecine expérimentale de 1865.

            Llegará el centenario de su muerte en 1913, y habrá sentida conmemoración en el anfiteatro del Collège de France, donde tantas veces había enseñado el sabio maestro, y el filósofo Henri Bergson analizará, en un notable discurso, la originalidad de su pensamiento.

Su casa de Saint Julien-en-Beaujolais va a convertirse en el Musée Claude Bernard inaugurado en 1965, que puede verse hoy, a partir de un primer museo establecido en 1947.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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                                  : Lettres parisiennes 1869-1878; Lyon, Fondation Mérieux, 1978.

BARBARA, Jean-Gaël y CORVOL, Pierre; bajo la dirección de — : Les élèves de Claude Bernard: les nouvelles disciplines physiologiques en France, au tournant du XXe. Siècle; París, Hermann, 2011.

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SERTILANGES, Antoine Dalmace: La philosophie de Claude Bernard; París, Aubier, 1943 (punto de vista espiritualista).

En español:

BERNARD, Claude: Antología; Península, 1989.

            “      ,      “      : Introducción al estudio de la medicina experimental; Crítica, 2005.

ESCARPA SÁNCHEZ-GARNICA, Dolores: Filosofia y biología en la obra de Claude Bernard; Univ.Complutense; disco CD-Rom; 2006.
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