Hugo, Victor (1802-1885)

          El azar de un acuartelamiento de su padre hizo que Victor Hugo viniera al mundo en Besançon, el 26 de febrero de 1802. “Ce sièce avait deux ans” –escribira él un día-.

Su progenitor, Léopold Sigismond Hugo (1773-1828), nacido en Nancy de una familia de labradores y de artesanos, se había alistado en los ejercitos de la Revolución, y había alcanzado el grado de comandante cuando nació su hijo Victor; hasta llegar a general al final de su vida bajo la Restauración. Y en una de sus campañas, había conocido en Bretaña a Sophie Trébuchet (1772-1821), de una familia nantesa de marinos y gente de leyes, se había casado con ella en París, en noviembre de 1797 y había tenido ya dos hijos, Abel, nacido en París (1798-1855, conde Hugo luego), y Eugène en Nancy (1800-1837). Fue así como Victor Hugo pudo preciarse de su doble origen y decirse “d’un sang breton et lorrain à la fois”.

          La infancia del niño Victor fue agitada y desgraciada, siguiendo los destinos de su padre en el ejercito imperial, y marcada, además, por la falta creciente de entendimiento (donde las divergencias políticas entre ambos no fueron lo de menos, monárquica ella y hostil al Imperio), que iba a separar poco después agriamente a sus progenitores. Entre el uno y el otro, y París, Elba, Bastia, Nápoles…, para volver siempre a París, y más a menudo con su madre que con su padre, Victor hubo iba a conservar de aquella infancia viajera, una formación religiosa vacilante, pero un fondo de conocimientos -sobre todo en literatura latina-, más sólido y extenso de lo que podría esperarse, siempre completado por lecturas abundantes y desordenadas. Sobre todo, le quedaron para siempre imágenes poéticas y prestigiosas, en particular de su estancia de un año en España (1811-1812), y de ese jardín, hoy desaparecido, de la rue des Feuillantines, vecino del Val-de-Grâce, en la parte alta del Barrio latino.

A la caída del Imperio, separados ya sus padres (cuya formalización judicial tendrá lugar en 1818), el adolescente Victor ingresa en el internado Cordier y en el lycée Louis le Grand, ya bajo la Restauración, donde va a seguir tres años de estudios seguidos. Luego se inscribirá en la facultad de Derecho, a la que acudirá durante un año sin convencimiento ni asiduidad.

 

Iniciándose:

          A partir de 1816 ya parecía haberse marcado otra meta, y cubría cuadernos de versos (calificados luego como “tonterías –bêtises… que yo hacía antes de nacer”). Eran sobre todo, traducciones latinas, dos tragedias, un drama y elegías.

En 1817, logra una mención en un concurso poético de la Academia Francesa; así que, alentado por su madre y animado él mismo por el deslumbrante ejemplo del genio de Saint-Malo (“être Chateaubriand ou rien” –habría declarado desde muy joven-), Victor Hugo persiste en su actividad y, en 1819, recibe el importante premio Lys d’Or de la Academia de Juegos Florales de Toulouse, por una oda en la que pedía el restablecimiento de la estatua del rey Enrique IV, derruída en tiempos de la Revolución. En diciembre de este año funda con sus hermanos una pequeña revista, nombrada el “Conservateur littéraire”, que durará apenas dos temporadas; en ella publicará, en particular, un artículo sobre los poetas Chénier y Lamartine, así como una larga novela exótica, Bug-Jargal, cuya intriga descansaba en un drama de celos.

Y en 1820, el duque de Berry, hijo del conde de Artois (futuro Carlos X), caía asesinado a manos de los sectores liberales, y Hugo -ferviente realista entonces, influenciado por su madre, ¡él que se sentará un día en los escaños de la izquierda republicana!- versificó una “Ode sur la mort du duc de Berry” que emocionó a Luis XVIII y le valió al joven poeta una pensión real. Ya podia casarse.

Su madre Sophie Hugo moría en París en junio 1821, cuando aún no tenía cincuenta años -ella que se oponía a su proyecto de alianza-, y un año después, Victor Hugo se unía en matrimonio con Adèle Foucher, una amiga de infancia a la que había dedicado fervientes versos de amor (publicados póstumamente bajo el título “Lettres à la fiancée”).

Escasa de recursa, la nueva pareja hubo de instalarse, por el momento, en casa de los Foucher. Pero, ya en junio de ese mismo año de 1822, el recién casado hacía su entrada pública en el mundo de las letras con “Odes et Poésies diverses”, donde decía ya no querer distinguir “l’intention littéraire de l’intention politica”.

 

El largo aprendizaje:

          Pero, el destino literario de Victor Hugo no se abría con un éxito comparable a aquel que había obtenido las “Méditations poétiques” que Lamartine había publicado dos años antes, verdadera revelación para el mundo romántico. Con ese “hermano mayor” rivalizaba fraternalmente, sustituyendo la religiosidad en la tonalidad dominante por una inspiración a menudo más política y circunstancial.

Doble inspiración que se vuelve a encontrar en su primera narración: “Han d’Islande” (1823), publicada poco después en traducción inglesa. Aquella especie de “roman noir”, como entonces se decía, mereció la atención del conservador de la biblioteca del Arsenal Charles Nodier, crítico literario e iniciador del género fantástico en Francia; y Nodier le introduce entonces en el Cénacle, grupo de gente favorable a la renovación de las letras en Francia y a las ideas que llamaban ya “románticas”. Hugo empieza a frecuentar aquel cenáculo y participa con algunos de sus miembros en la redacción de una nueva revista, “La Muse Française” (1823-1824), de tendencia moderada, donde consagraba artículos de crítica a obras de amigos, Lamennais et Vigny, o de maestros consagrados, Byron y Walter Scott, o a exposiciones de pintura.

Victor Hugo. Retrato al óleo hacia 1829, por Paul Gavarni (BnF)

Victor Hugo. Retrato al óleo hacia 1829, por Paul Gavarni (BnF)

          Ya con algún desahogo económico el matrimonio Hugo puede instalarse en la rue de Vaugirard, con un alquiler de 625 frcs. anuales; y pronto la familia empezará a aumentar: Después de un primer hijo al que llamarán Léopold en honor al abuelo, y que no llegará al año, nacerá Léopoldine (1824-1843), y luego Charles (1826-1871), François-Victor (1828-1873) y Adèle (1830-1915), la única en vida cuando su padre venga a morir.

La frecuentación de aquellos medios artísticos, sus visitas al Louvre o al gabinete de Estampas y Grabados de la Bibliothèque Nationale (BnF), fecundan su imaginación e inclinan su talento hacia una forma de poesía más pintoresca y visual que elegíaca, y ello se percibía ya en su segundo libro de versos “Nouvelles Odes” (1824),

Convertido ya, por así decirlo, en el poeta oficial de la Monarquía, Carlos X le confiere la Legión de Honor, y es invitado en 1825 a la solemne Coronación del monarca (le Sacre), en Reims.

El siguiente libro, “Odes et Ballades” (1826), confirmaba aquella evolución, añadiendo piezas de inspiración medieval. Aumentado en una edición definitiva de 1828, este último libro representaba la suma de su esfuerzo poético hasta el momento. Un prefacio venía a reivindicar la libertad para la imaginación del poeta, y las últimas piezas, en particular las Ballades, presentaban una nota brillante de virtuosismo poético y de variedad de esquemas estróficos.

Después de “Odes et Ballades”, Hugo quiso aventurarse en el drama histórico, pero lo hizo en versos alejandrinos: fue “Cromwell” de 1827 (obra prácticamente irrepresentable, al menos en su versión original de cerca de 7.000 versos), donde trataba, en el marco de la revolución inglesa, el tema de la ambición y del jefe popular; pero “Cromwell” causó, sobre todo, gran sensación por su extenso prefacio, en el que se afirmaba la doctrina de un romanticismo moderado en sus contenidos, pero contundente por el tono; preconizaba el verso, el fin de las famosas unidades del clasicismo francés y, siguiendo a Shakespeare, reflejar la vida y sus contradicciones, mezclando lo trágico y lo sublime con lo grotesco, ofreciendo en escena, según la exclusiva verdad de la poesía, toda la historia y el destino de la humanidad. Las bases de la nueva escuela quedaban así sentadas.

El drama en cinco actos y en prosa “Amy Robsart” -adaptación de la novela de Walter Scott Kenilworth-, representada en febrero de 1828 en el teatro del Odeón bajo el nombre de autor de su cuñado Paul Foucher, resultará un fracaso.

Pero tuvieron éxito, sin embargo, “Les Orientales” de enero del año siguiente (1829), cuya actualidad parecía eco de la guerra de independencia de los griegos. Era la época en que pintores como Delacroix tomaban esos temas como marco de su búsqueda estética. Tanto en el registro patético como en la fantasía, Hugo mostraba un talento vivo y pintoresco, con tal dominio del verso, que algunos como Sainte-Beuve vieron en ello “un trono maravilloso construído para el puro arte”. Y también aquí el poeta, que se iba distanciando de la monarquía legitimista, exaltaba la libertad en versos vibrantes y en imágenes llenas de colorismo que excitaban la imaginación y los sentidos.

El trabajo del joven Víctor Hugo era incesante, entre penas y disgustos familiares que, entretanto, iban llegando: su hermano Eugène se hundía definitivamente en la demencia en 1822 y vivía internado en Charenton; al año siguiente moría un primer hijo suyo, y su propio padre en 1828. Y a esas tristezas vino a añadirse el desabrimiento de sus conflictos conyugales.

Y llegó el éxito.

Esa defensa de las libertades, unida al culto de Napoleón -secuestrador de las libertades cuando gobernó, pero idealizado ahora, tras su muerte-, que aparecía en poemas como “Ode à la colonne”, y “Lui” (“Les Orientales”), pronto le granjea al poeta la simpatía de los liberales del periódico Le Globe bajo la Restauración, que ya no querían acordarse del despotismo imperial. Las restricciones a la libertad de pensamiento impuestas por el gobierno de Carlos X, y la prohibición por la censura de su nuevo drama “Marion de Lorme” de 1829, inspirado en la vida de aquella cortesana, vinieron a confirmar a Hugo en esa actitud.

Sin desalentarse, escribe otro drama, “Hernani”, representado en la Comédie Française a partir de aquel memorable 25 de febrero de 1830 (la “bataille d’Hernani”). Allí exaltaba al héroe romántico, ya esbozado en el Didier de Marion, personaje fuera de la ley, enamorado, generoso y adusto, en lucha con la sociedad y perseguido por el destino. La rítmica sonoridad de aquellos versos venían a distenderse con los acentos elegíacos de los duos amorosos entre Hernani y doña Sol. Parte del clamoroso éxito de esta obra fue debido a la ruidosa claque de la juventud estudiantil, venida para apoyar la vibrante protesta que en la obra se hacía contra toda forma de tiranía, tanto por parte del Estado como contra el individuo.

Victor Hugo. Hernani

Y es que el ambiente general estaba ya tenso de por sí, y no por disquisiciones literarias, sino causado, en buena parte, por la torpe política del presidente del Consejo Polignac, y el 27 de julio de este 1830, estallaba la revolución que expulsaba del trono a los Borbones restaurados.
El 28, nacía la última hija del escritor y de su esposa Adèle; será llamada Adèle Hugo.

          El teatro difundía así la reciente gloria del escritor, y el género novelístico vino a consolidarla en el gran público. Fue “Notre-Dame de París” (1831), cuyo brillo tuvo la virtud de eclipsar el oscuro “Dernier Jour d’un condamné”, denuncia contra la pena de muerte, aparecida dos años antes, y que, en una extraña fórmula entre novela y ensayo, evocaba el último momento de un condenado a muerte, y los escasos recuerdos felices de su existencia, y la implacable estrechez de las leyes. Tres años después, un nuevo opúsculo, “Claude Gueux” lanzará una protesta similar contra la miseria forzada.

Como “Hernani” y esas obras menores citadas, la gran novela del 31 representaba un alegato contra la sociedad que, a través del diácono Frollo y el oficial Phoebus, era responsable de las desgracias del jorobado Quasimodo y de la gitana Esmeralda. Y la ambigua sombra de la catedral dominaba ese fresco histórico, bullente de descripciones pintorescas y de escenas grandiosas, como el incendio de Notre-Dame (¡imaginario esta vez!). Un capítulo añadido: “Ceci tuera cela”, anunciaba el futuro para una religión más abierta y la influencia predominante de lo impreso.

Mientras escribía “Notre-Dame de París”, la burguesía liberal y los estudiantes, en las jornadas de julio llamadas luego Les Trois Glorieuses, elevaban al poder a un rey constitucional, Luis-Felipe, que se avenía a sus expectativas y esperanzas.

La agitación de ideas que siguió a aquella revolución vino a retumbar en la mente y en el corazón del joven Victor Hugo, a quien las cuestiones filosóficas, religiosas y políticas preocupaban cada vez más, y que compuso entonces un poema a la gloria de los héroes de la calle, “Dicté après juillet 1830”, que aparecerá pronto en Les Chants…Del legitimismo de su primera juventud -siguiendo la estela de Chateaubriand y del primer Lamartine– había pasado al bonapartismo, hasta que la muerte del duque de Reichstadt en 1832, venga pronto a truncar, para él, aquella vía. Su ideario será entonces una especie de cristianismo social en lo religioso y de liberalismo humanitarista en lo político.

 

Años fecundos

          Victor Hugo se instala con su familia en el nº 6 de la que llamaban entonces “Place Royale” (hoy Place des Vosges y museo a él consagrado desde 1903).

Y va a publicar, sucesivamente, cuatro libros de poemas bajo la nueva Monarquía de Julio:

– “Les Feuilles d’automne” (1831), añadían -según expresión del poeta-, “une corde d’airain”, “una cuerda de bronce”, dándole mayor amplitud a la expresión de esperanza y de ideas políticas, si bien en él predomina la inspiración intima, familiar (“Ce siècle avait deux ans”, “Lorsque l’enfant paraît”) y meditativa, con versos “de l’intérieur de l’âme”, según su expresión.

– “Les Chants du crépuscule” (1835), escrito cuando algunas convicciones se van derrumbando en el alma del poeta, su vida conyugal se ha desmoronado ya y pronto va a surgir en él un gran amor. Porque, efectivamente, con el descubrimiento de los amores entre su mujer y su gran amigo, escritor y crítico Sainte-Beuve, él mismo ha conocido a Juliette Drouet, interpretando un modesto papel en “Lucrèce Borgia” y en el seno de su vida familiar va a instalarse una ambivalencia insatisfactoria para ambas partes.

– En “Les Voix intérieures” (1837) adoptaba una tonalidad íntima y filosófica, y multiplicaba las preguntas sobre el sentido de la vida, sobre Dios y el porvenir del hombre.

– Y en “Les Rayons et les Ombres” (1840), al tiempo que retomaba todos esos temas, relacionando este libro con los anteriores (como él precisaba en el prefacio), volvía al colorido y a lo pintoresco.

          Pero, no contento con expresar sus emociones personales, el poeta quería hacerse “el eco sonoro” de su época, y las interrogaciones filosóficas o políticas vienen a converger en su poesía con las inquietudes religiosas y sociales; tal poema evoca la miseria de los obreros, tal otro exalta la virtud de la oración; y un cierto número de otras composiciones están escritas a la gloria del emperador Napoleón I, cuyas cenizas aceptaba traer el nuevo régimen, con pompa y solemnidad, desde Santa Elena a los Inválidos, en diciembre de este 1840.

Victor Hugo se había ganado ya la admiración y la simpatía del nuevo duque de Orleáns (1810-1842) y de su joven esposa Hélène de Mecklembourg-Schwerin (1814-1858), amantes ambos de buena literatura y de bellas artes, cuya protección, después de la boda de esos príncipes en 1837, le había quedado asegurada.

Pero las ideas del poeta iban evolucionando hacia un ideal vagamente republicano.

Tras haber conseguido, finalmente, representar en agosto de 1831 su “Marion de Lorme” en cinco actos y en verso (con Marie Dorval en el papel de Marion), Hugo va a multiplicar los dramas en estos años fértiles y -como él repetia en sus prefacios-, va a hacer del teatro una tribuna política y social.

A partir de 1833, consecuencia de sus desavenencias conyugales, inicia abiertamente una relación sentimental con Juliette Drouet, y para ella escribirá papeles que no conseguirá llenar plenamente. Juliette renunció pronto a la escena, para consagrarse a aquel de quien, en adelante, iba a ser la compañera oscura y fiel durante cincuenta años, a aquel que iba a poner su nombre de mujer en la historia literaria.

Después de otro drama en verso y en cinco actos también, “Le Roi s’amuse” (noviembre de 1832) -igualmente prohibido, pero esta vez bajo la nueva monarquia-, Victor Hugo escribirá tres dramas en prosa: “Lucrèce Borgia”, “Marie Tudor” (1833), y “Angelo, tyran de Padoue” (1835) que no habrán de ser contadas entre sus grandes obras; y luego otros dos dramas en verso: “Ruy Blas” (1838), y esa obra de un pintoresquismo extravagante que son “les Burgraves”.

De la producción de estos años emerge “Ruy Blas” –drama romántico por excelencia-, y “Le Rhin” (libro de viajes efectuados con Juliette en 1838, 1839 y 1840 y publicado en 1842 y luego 1845).

Ruy Blas” era la historia de amor, en la corte de España del siglo XVII, de un hombre del pueblo nacido poeta, hacia su reina. Hugo se rebasa a sí mismo aquí por la convicción “democrática” que sostiene la acción y la creencia del protagonista -que es la de su creador-, en las reformas idealistas para aquella  monarquía ya decadente, a las que alg personaje aporta, según lo preceptuado en el prefacio de “Cromwell”, una diversión burlesca muy lograda.

El fracaso, en marzo de 1843, de ese drama prewagneriano que eran “les Burgraves”, cuya exageración épica se prestaba al ridículo, iba a interrumpir definitivamente la carrera de Victor Hugo dramaturgo, que el exilio y la preocupación por otras obras no le permitirán retomar (al menos con vistas a su representación en un teatro).

 

Honores y sinsabores

          Su trabajo literario ya había quedado consagrado en 1841 con su elección a la Academia Francesa, después de tres fracasos anteriores y gracias a la protección de la Corte, y coronado luego en 1845 con su nombramiento a la selecta cámara de los Pares, donde tendrá un cometido poco relevante.

A partir de ese momento, Víctor Hugo parece espaciar sus publicaciones, retenido por su vida mundana y pública, pero, sobre todo, abatido por un golpe del destino: la muerte de su hija mayor Léopoldine, casada desde hacía unos meses, que se ahogaba en el Sena con su marido Charles Vacquerie, a la altura de Villequier, en el transcurso de un paseo en barca, aquel funesto 4 de septiembre de 1843. Él mismo viajaba entonces con Juliette y conoció la terrible noticia leyendo un periódico por tierras de Charente.

“Oh! je fus comme fous dans le premier moment,
Hélas! Et je pleurai trois jours amèrement…“          

“Me volví loco en un primer momento, ¡qué desgracia! Y, durante tres días, lloré amargamente…”

          Y esa fecha obsesionará al dolorido padre, con su largo eco, el resto de su obra.

Porque, si Hugo ya no publicaba, al menos seguía creando; es entonces cuando escribe algunos de los poemas que habrán de aparecer luego en “Les Contemplations”, ese libro de poemas trágicamente dividido por la muerte de su hija en Autrefois y Aujourd’hui.

Sobre todo, trabaja en una nueva novela, popular en el estilo de Eugène Sue, y humanitaria según su propia manera, a la que, por el momento, llama “Misères”. Se reconcentra en el trabajo pero, al mismo tiempo, se distrae también y se aturde en aventuras amorosas  diversamente duraderas pero que no dejarán huella en él: la escritora Léonie d’Aunet, a partir de abril de 1844, y durante unos años, con la que es sorprendido en delito de adulterio por el marido de ella, el pintor François-Auguste Biard; la poetisa Louise Colet, que la historia literaria relaciona, sobre todo, con Flaubert; la actriz Alice Ozy… Y en las recepciones, durante la Monarquía de Julio, de la Corte del rey Luis-Felipe (enlutada también, después de la trágica muerte del heredero en accidente), a cuyo régimen no parecía encontrarle defectos este colaboracionista intelectual que luego clamará contra Napoleón III y contra tantas cosas.

Pero sus escritos en verso y en prosa seguían reflejando su dolor de padre y las inquietudes sociales que se iban apoderando crecientemente de él y que llenaban ya el ambiente político a su alrededor.

Su escritura quedó interrumpida, efectivamente, por los acontecimientos de febrero de 1848 (revolución de carácter social, esta vez, y no estrictamente político como en 1830), en los que quiso tomar parte activa -alcalde provisional del VIII distrito de París-. Ante el fracaso de su proyecto de regencia a favor de la duquesa de Orléans, viuda y también madre del heredero oficial, se adhirió a la Segunda República como diputado de París en la Asamblea Constituyente y, luego, en la Legislativa. Allí defenderá ahora la libertad de prensa que el ministro de Luis-Felipe, Guizot, había pretendido coartar, la enseñanza laica para todos y el bienestar del pueblo.

Sus ideas humanitarias y su fidelidad al apellido Bonaparte, le llevaron a sostener, en un primer momento, la candidatura a la Presidencia de la República del príncipe Louis-Napoleón en 1849; pero, a medida que éste vaya evolucionando hacia un régimen autoritario, Victor Hugo se situará en la izquierda de la Asamblea. Cuando llegue el golpe institucional del 2 de diciembre de 1851 (“le mauvais coup du 2 décembre”), después de algunos intentos por organizar la resistencia, huirá a Bruselas (adonde vendrá Juliette, pocos días después).

Un exilio sobreactuado y efectista

          Fue, al principio, un exilio forzado; pero cuando Napoleón III promulga una amnistía en 1859, el poeta decide no regresar. Su alejamiento iba a durar hasta el advenimiento de la República en Francia, el 4 de septiembre de 1870.

Tras una estancia de siete meses en Bélgica (1851-1852), Víctor Hugo pasó a Inglaterra en el mes de agosto, anticipándose a la expulsión, para instalarse en Jersey, en Marine-Terrace (1852-1855), acompañado de alguno de sus hijos, y luego, ya definitivamente, en la vecina Guernesey, en Saint-Peter Port donde, en 1856, va a comprar una casa, que llamará Hauteville House, con Juliette Drouet en una casita aparte.

Victor Hugo. Fotografía de 1853 en Jersey.

Victor Hugo. Fotografía de 1853 en Jersey.

Será durante este exilio de cerca de veinte años, cuando los temas presentidos en sus obras anteriores vengan a desarrollarse, hasta convertirse en lo que será la parte más considerable y original de toda su creación: “Les Châtiments”, “Les Contemplations”, “La Légende des Siècles”, “Les Misérables” (entre otros títulos menos conocidos), van a sucederse en la soledad de las islas anglonormandas, lejos de París y de sus salones, en el círculo pronto cansado de su familia y la fiel y discreta compañía de Juliette Drouet Y su figura adquiere entonces una salvaje estatura.

Atento a la actualidad política, el poeta consagra sus primeras obras a la historia y a la sátira de los recientes acontecimientos, con los panfletos en prosa “Napoléon le Petit” (1852) e “Histoire d’un crime” (que aparecerá en 1877). Y en esa línea de pensamiento, su regreso a la poesía se marca inicialmente con una explosión de cólera (Les Châtiments, “Los Castigos”, 1853). Su escritura acre y violenta de este momento se hace vigorosa y desata su imaginación, como se ve en “On loge à la nuit” (“les Châtiments”, escrito en nov. de 1852). Con “Les Tragiques” de Agrippa d’Aubigné, en la época de las guerras de Religión en el s. XVI, “les Châtiments” son, tal vez, la obra más acerba y contundente de la poesía francesa. Pero en Hugo la sátira se matiza y accede unas veces al puro lirismo, con la meditación del atardecer al borde del mar de “Stella”, otras a la epopeya, en las evocaciones bíblicas de “Sonnez, sonnez toujours…”, o a los acentos imperiales de “l’Expiation”, o humanitarios de “La Caravane”. El poeta profetiza el hundimiento de las tiranías y el advenimiento del pueblo, al corazón del cual sabe llegar con poemas como “Souvenir de la nuit du 4”, escrito en Jersey, un año después del golpe de Estado de Louis-Napoléon Bonaparte, donde se entrelazan sátira, ironía y patetismo fácil:

L’enfant avait reçu deux balles dans la tête.
(…).
Une vieille grand-mère était là qui pleurait.
(…)
Son crâne était ouvert comme un bois qui se fend.
L’aïeule regarda déshabiller l’enfant,
Disant : “Comme il est blanc ! approchez donc la lampe !
(…)

Et quand ce fut fini, le prit sur ses genoux.
La nuit était lugubre; on entendait des coups
De fusil dans la rue où l’on en tuait d’autres.
Il faut ensevelir l’enfant, dirent les nôtres.
Et l’on prit un drap blanc dans l’armoire en noyer.
L’aïeule cependant l’approchait du foyer,
Comme pour réchauffer ses membres déjà roides.
(…)

“Est-ce que ce n’est pas une chose qui navre !
Cria-t-elle, monsieur, il n’avait pas huit ans !
Ses maîtres, il allait en classe, étaient contents.
Monsieur, quand il fallait que je fisse une lettre,
C’est lui qui l’écrivait. Est-ce qu’on va se mettre
A tuer les enfants maintenant ? Ah ! mon Dieu !
On est donc des brigands ? Je vous demande un peu,
Il jouait ce matin, là, devant la fenêtre !
Dire qu’ils m’ont tué ce pauvre petit être !
Il passait dans la rue, ils ont tiré dessus.
Monsieur, il était bon et doux comme un Jésus.
Moi je suis vieille, il est tout simple que je parte;
Cela n’aurait rien fait à monsieur Bonaparte
De me tuer au lieu de tuer mon enfant ! ”  

Elle s’interrompit, les sanglots l’étouffant,
(…)

“Que vais-je devenir à présent, toute seule ?
Expliquez-moi cela, vous autres, aujourd’hui.
Hélas ! je n’avais plus de sa mère que lui.
Pourquoi l’a-t-on tué ? Je veux qu’on me l’explique.
L’enfant n’a pas crié vive la République.”  

Nous nous taisions, debout et graves, chapeau bas,
Tremblant devant ce deuil…
Vous ne compreniez point, mère, la politique.
Monsieur Napoléon…aime les palais;
Il lui convient d’avoir des chevaux, des valets,
De l’argent pour son jeu, sa table, son alcôve,
Ses chasses; par la même occasion, il sauve
La famille, l’église et la société;
Il veut avoir Saint-Cloud, plein de roses l’été,
Où viendront l’adorer les préfets et les maires,
C’est pour cela qu’il faut que les vieilles grand-mères,
De leurs pauvres doigts gris que fait trembler le temps,
Cousent dans le linceul des enfants de sept ans.

          El niño había recibido dos balas en la cabeza (…), y ahí estaba llorando su anciana abuela (…). Su cráneo estaba abierto como una madera agrietada. La abuela miraba cómo desnudaban al niño, diciendo: “¡Qué pálido está! Acercad la lámpara” (…), y cuando se hubo acabado, le cogió en sus rodillas. La noche era lúgubre; y se oían disparos de fusil en la calle, donde mataban a otros. Hay que enterrar al niño, dijeron los nuestros. Y alguien cogió una sábana blanca en el armario de nogal. La abuela, entretanto, le había acercado al hogar, como para calentar sus miembros ya rígidos

(…). “¿No aflige! exclamó ella, ¡señor, sólo tenía ocho años!

          Sus maestros, en la escuela, estaban contentos con él. Señor, cuando yo tenía que escribir una carta, él me la escribía. ¿Van a ponerse ahora a matar niños? ¡Dios mío! ¿Nos hemos vuelto bandidos? ¡Os lo pregunto! ¡Esta misma mañana estaba jugando en su ventana! ¡Y decir que me han matado a este pobre ser! Pasaba por la calle y le dispararon. Señor, era bueno y dulce como un niño Jesús. Yo soy ya vieja, y es normal que me vaya; ¡a Bonaparte le hubiera dado igual matarme a mí, en vez de a mi niño!” Y dejó de hablar, ahogada por los sollozos (…). “¿Y qué va a ser de mí ahora, sola? ¡Decídmelo…! ¡Qué desgracia, sólo me quedaba él de su madre! ¿Por qué me lo han matado? Quiero que me lo expliquen. El niño no gritó Viva la República” Los demás permanecíamos callados, serios y de pie, el sombrero entre las manos, temblorosos ante tal duelo… ¡Es que no entendéis la política, madre! Al señor Napoleón…le gustan los palacios y tener caballos y criados, dinero para su juego, su mesa, su alcoba y sus cacerías; mientras salva a la familia, a la Iglesia y a la sociedad; quiere tener Saint-Cloud lleno de rosas en verano, adonde vendrán a adorarle prefectos y alcaldes; y por eso es necesario que las ancianas abuelas con sus pobres grises dedos que el tiempo ha vuelto temblorosos, cosan en su mortaja a niños de siete años.

Cólera poética quizá, pero desacreditada bajo la pluma de quien enzalzó siempre la figura de Napoleón I, aquel que se comportó como un déspota en la jefatura del Estado, negó las libertades políticas a su país hasta su propio hundimiento y, sobre todo, fue responsable de la muerte de setecientos mil franceses y de dos millones de europeos en las guerras imperialistas. Napoleón Bonaparte fue grande, y Napoleón III, el de la modernización social e industrial de Francia durante el Segundo Imperio, el de la profunda renovación y saneamiento del tejido urbano de grandes ciudades como París, para Victor Hugo, será…petit; ¡caprichos de poeta!

Les Contemplations

          Hugo se sentía satisfecho, pero también cansado de los límites de la poesía exclusivamente política. Volviendo sobre sus poema inéditos de los años 1840-1850, inicia entonces la composición de un volumen de “poesía pura”, “Les Contemplations” (1856), cuyo contenido resultó alterado por la práctica de las tables tournantes (mesas giratorias) del espiritismo, y por la comunicación del poeta con el mundo irreal: sueños, insomnios, fenómenos de golpeo vendrán a añadirse a esas experiencias, y sus anotaciones comienzan a aparecer en sus carnets intimos que se publicarán después de su muerte. Sobre ese trasfondo, desarrollado en el último libro, el recuerdo de su hija muerta adquiere actualidad y profundidad. Hugo hizo de la pérdida de Leopoldine el centro de división de este libro, donde quiso reconstituir “las memorias de un alma”. Es el más puro libro de versos que haya escrito, y el más emotivo por la presencia del dolor:

“Demain, à l’aube, à l’heure où blanchit la campagne,
Je partirai, vois-tu, je sais que tu m’attends…
J’irai par la forêt, j’irai par la montagne,
Je ne puis demeurer loin de toi plus longtemps.
Je marcherai les yeux fixés sur mes pensées.
Sans rien voir au dehors, sans entendre aucun bruit,
Seul, inconnu, le dos courbé, les mains croisées,
Triste, et le jour pour moi sera comme la nuit. 

Je ne regarderai ni l’or du soir qui tombe,
Ni les voiles au loin, descendant vers Harfleur,
Et quand j’arriverai, je mettrai sur ta tombe
Un bouquet de houx vert et de bruyère en fleur”.

“Mañana al amanecer, a esa hora en que el campo comienza a clarear, partiré, ya lo ves, sé que me estás esperando. Iré por el bosque y por la montaña, porque no puedo permanecer más tiempo lejos de ti. Caminaré absorto en mis pensamientos, sin ver nada a mi alrededor, ni oir ruido alguno, solo, desconocido y triste, doblado hacia adelante y con las manos cruzadas, y el día será para mí como la noche. No me fijaré ni en el sol dorado del atardecer, ni en las velas lejanas que bajan hacia Harfleur; y, cuando llegue, depositaré sobre tu tumba un ramillete de acebo verde y de brezo en flor”.

Y hay motivos para admirar los versos negros de “Pleurs dans la nuit” y de “Ce que dit la Bouche d’ombre”, donde se manifiesta una mente obsesionada por los problemas del más allá, que se debate entre la duda y la fe.

 

La Légende des Siècles

          Esa dimensión apocalíptica invade la inspiración del poeta, para no abandonarle en adelante, y domina largos poemas metafísicos o épicos: el inconcluso “la Fin de Satan” y  “Dieu”, tratan el problema del mal, intrínseco a la materia. El primero hace alternar las visiones fulgurantes de la caída del Maligno, “fuera de la tierra” con cuadros inspirados de la Biblia o del Evangelio (“Le Gibet”, “La Horca”), y anuncia la desaparición final del mal en la inmensidad del amor divino. Y el segundo, “Dieu”, pasa revista a algunas actitudes del hombre hacia la divinidad: desde el ateísmo, pasando por el cristianismo y el racionalismo, hasta un ideal luminoso pero incognoscible para el hombre carnal, al que sólo la muerte deja acceder. Ambos poemas, escritos entre 1854 y 1860, fueron únicamente publicados tras la muerte del poeta, mientras que “la Pitié suprême” y ”l’Âne” (“el Asno”, sátira contra la presunción positivista y el ateísmo), iban a ser publicados en 1870 y 1880.

Siguiendo, sin embargo, el consejo de su editor, Hugo se había puesto a trabajar en la fórmula más accesible de las “pequeñas epopeyas”, fundadas en la historia y la leyenda, con las que compondrá La légende des siècles (primera serie, 1859).

El poeta alcanza en este libro la cumbre de su arte épico. A través de las narraciones, es el sentido de la lucha humana entre el bien y el mal. Comienza con “Le Sacre de la femme” (“la Consagración de la Mujer”, en el que se exalta la maternidad de Eva en una reconciliación del ser humano con la naturaleza) y continúa con ilustraciones del heroísmo solitario en el Medievo (“Le Petit Roi de Galice”); luego gira en torno al mito del sátiro que resume el Renacimiento, donde la humanidad liberada de las enfeudaciones religiosas y políticas, se pone en marcha hacia la posesión de la verdad divina y de la justicia, para desembocar en las visiones de “Plein Ciel” y de “la Trompette du Jugement” que recuerda el supremo arbitrio divino…

          En un final de siglo positivista y escéptico, Hugo adoptaba la actitud de un profeta de los tiempos modernos, y se le perdonaban sus desvaríos de soñador, por sus hermosos logros, como en el poema “La Rose de l’Infante”, que evocaba el s. XVI de Felipe II de España, donde el encanto de un Velazquez, desarrollado en versos, le ocultaba al lector todo el poder de un “coup de vent”, ya fuese que se ejerciera sobre los pétalos de la rosa de la Infanta, sobre la Armada Invencible o sobre la barca que hizo zozobrar a su hija Leopoldina.

Las grandes novelas

          Después de haber publicado, uno tras otro, tres gruesos volúmenes de poesía, Hugo se volvía hacia la prosa, no sin antes haberse solazado con las deliciosas “Chansons des rues et des bois”, piezas ligeras, en la línea de la moda poética de Gautier y de Banville.

Y, desde 1858, trabajaba de pie ante un pupitre alto, después de que una inflamación purulenta de origen antráxico le hubo sensibilizado la espalda.

Es en 1860 cuando el escritor rescata de sus cajones aquella novela “Misères” (iniciada en 1845 -el año en que aceptaba la dignidad de Par de Francia que le otorgaba Luis-Felipe-, y abandonada en 1848, llegada la revolución). Y, en dos años de laboriosa tarea, va a hacer de ella “Les Misérables”, cuyo éxito en el momento de su publicación, entre abril y junio de 1862, terminó de extender su popularidad en Francia y en el extranjero. Basada en una intriga policíaca, esta novela del pueblo de París había venido a convertirse en una novela-acusación en cinco partes, y también -como lo pretendía la copiosa Préface philosophique, que permaneció durante mucho tiempo inédita-, en un “libro religioso”: Era la historia de Jean Valjean -presidiario de buen corazón, vuelto al camino recto gracias al ejemplo de un obispo humanitario-, recorriendo las vicisitudes de un largo martirio moral y social, hasta regenerarse. Y, a través de sus personajes -algo sistematizados, es cierto, aunque vivos y estimables-, y de la descripción, también, de ese universo bullente del hampa de París, era el combate de la conciencia humana contra las fuerzas del mal lo que su autor desarrollaba. Cuadro épico, donde el novelista revivía sus años de primera juventud, que sigue interesando aún hoy al lector sencillo por su sed de justicia y, a los críticos, por la fuerza del poder de la imaginación y su compleja organización -a pesar de unos pasajes tal vez algo tediosos-. Las descripciones del convento, del tribunal, de una posada, de una calle o de un hogar de clase acomodada, alternaban mezclándose con la evocación grandiosa de la cadena de presidiarios o de la insurrección de 1832, de la batalla de Waterloo, o de los túneles del alcantarillado de la gran ciudad, donde Jean Valjean viene a perderse.

Al año siguiente, con ocasión del tricentenario de Shakespeare, Hugo elaboraba y publicaba, bajo el título “William Shakespeare”, una teoría de la contemplación poética dividida entre la luz y las sombras, el gozo y el dolor, de la que la obra del dramaturgo inglés servía de pretexto para exponer su propia experiencia. Y en ese ensayo, ponía de relieve el carácter ambivalente del verdadero poeta, compuesto de capricho y de lógica, de inspiración y de técnica.

François-Victor Hugo. Fotografía de Edmond Bacot, 1862 (BnF)

François-Victor Hugo. Fotografía de Edmond Bacot, 1862 (BnF)

Dos nuevas novelas vinieron entonces a ilustrar esa tendencia del escritor a la composición grandiosa:

  • Les Travailleurs de la mer” (1866), que hablaba de la lucha de los marinos de Guernesey contra el océano y se inspiraba de los ensueños del poeta, vagando por aquellas solitarias arenas y en la isla vecina de Serk. El estilo del poeta daba aquí un nuevo salto en la evocación metafórica del mar, del famoso pulpo o de la tempestad, mientras que una particular atención al vocabulario técnico le aseguraba respaldo realista al relato. Un ligero humor (perceptible ya en algunos lugares de “Les Misérables” en torno a Thénardier), reaparece aquí y volverá en su siguiente novela.
  • L’homme qui rit” (1869), comenzada en Bruselas en julio de 1866 y concluída en el verano de 1868, y que, entre acentos filosóficos, históricos y poéticos, tenía por tema la lucha popular contra el feudalismo en la Inglaterra del tránsito del s. XVII al XVIII: Pars autor el mal residía en unos aristócratas depravados, y la conciencia moral en un trío de seres abandonados: un actor de feria, una muchacha ciega y un joven (Gwinplaine), con el rostro desfigurado “por orden del rey”, con una profunda cicatriz, en forma de eterna sonrisa. Después de un desigual combate contra el egoísmo de los poderosos, la muerte ofrecía su refugio a la pura unión de estos amantes miserables. Y la reivindicación de los derechos del pueblo, ofrecía cierto sentido a esa reconstitución aparentemente histórica. Obra desconcertante, mediocremente recibida por el público lector a su salida y que obtuvo muy dispar crítica en el mundo literario (laudativa para Zola, y calificada de lo peor escrito por su autor en lo últimos tiempos, para Barbey d’Aurevilly).

          Durante estos años, Hugo ha esbozado igualmente otro proyecto de novela, que acabará publicando en 1874, para cuya redacción ha leído abundantemente sobre la Revolución francesa.

En el momento de volver a su país el poeta dejaba tras de sí numerosos manuscritos, destinados a ser publicados año tras año, hasta su muerte y más allá.

 

La gloria

          La derrota de Francia en la guerra franco-prusiana y la proclamación de la Tercera República en septiembre de 1870, hicieron volver, finalmente, a Paris al gran exiliado, envuelto en una aureola de enorme prestigio, e inmediatamente acepta involucrarse en los asuntos del momento como diputado (febrero de 1871); pero, a partir del mes siguiente, devolvía su escaño, alejándose, en la Asamblea de Burdeos, de la mayoría conservadora.

Pero es que Víctor Hugo ya no era el mismo hombre, aun cuando siguiera dispuesto a combatir en pro de causas generosas; los años del exilio le habían envejecido, y otras pruebas le esperaban todavía: su hija Adèle (1830-1915), se había fugado de Guernesey en 1863 para reunirse con un teniente inglés que su padre había acogido en Guernesey y que resultó ya casado; durante los nueve años siguientes se perderá su rastro y sólo regresará en 1872, afectada de una demencia inofensiva pero incurable, después de que su hermano François-Victor haya de ir a buscarla a las Antillas. Su esposa Adèle Foucher habia muerto ya en Bruselas en agosto de 1868 y, en marzo de 1871, morirá en Burdeos su hijo Charles-Hugo víctima de una apoplejía cerebral.

Y de nuevo parte para Bruselas, con su nuera viuda Alice y sus dos nietos de tres y dos años, mientras la capital de Francia se veía sumida en los sangrientos sucesos de la Comuna (marzo-junio de 1871).

Expulsado también de allí, por haber ofrecido cobijo a communards huídos de París, Hugo se traslada a Luxemburgo, para volver luego a Francia.

Aunque convertido en una especie de héroe nacional, el poeta de ”l’Année terrible” (abril de 1872), se iba apartando paulatinamente. Y volvió a Guernesey, donde permanecerá cerca de un año.

Sin embargo, continuaba su tarea, con la mirada fija en el horizonte que se acercaba, como dice él en el poema compuesto para la tumba del poeta Théophile Gautier en 1872 y recogido, posteriormente, en “Toute la lyre”:

“J’ai commencé la mort par de la solitude;
Je vois mon profond soir vaguement s’étoiler.
Voici l’heure où je vais aussi, moi, m’en aller…”

“Mi muerte ha comenzado con soledad; y veo mi profundo atardecer poblarse confusamente de estrellas. La hora ha llegado, en que también yo partiré…”

          Y en diciembre de 1873, su hijo François-Victor Hugo, brillante traductor de Shakespeare y periodista (simpatizante de la Comuna de París, aunque no de sus excesos), moría de tuberculosis.

Pero le quedaban aún sus nietos Georges y Jeanne, que le inspiraban poemas sonrientes destinados a constituir “L’Art d’être grand-père” (1877). Su vena poética alternaba, una vez más, de lo grave a lo jovial, de la sátira y la epopeya contemporánea, a la serenidad recogida, consolada por la participación en el mundo de los niños.

Y entre esos dos libros de poemas, se sitúa “Quatre-vingt-treize” (1874), concluida durante su última estancia en Guernesey: era la historia del marqués de Lantenac, que regresaba para organizar la resistencia en Vandea, durante el período de la Revolución francesa. La novela volvía sobre el tema de la justicia humana y de la caridad evangélica; el sobrino de Lantenac, Gauvain (clemente jefe del ejército republicano), y el padre adoptivo de éste, Cimourdain (enviado por París), encerrados los tres en el trágico círculo de una revolución que les enfrenta, evolucionan entre la rígida justicia a la “piedad suprema”.

 

El ocaso

          Elegido senador en 1876, Víctor Hugo seguía participando en la vida pública. Pero, en 1878, sufre una congestión cerebral, también él, de la que se recuperará sólo en parte. En noviembre de ese año se instalaba con Juliette Drouet en el 130 de la avenue d’Eylau, en un hotelito particular alquilado a la princesa de Lusignan en cuya planta baja, con salida a un amplio jardín, recibía con alguna regularidad a jovenes de la nueva generación poética.

El 27 de febrero de 1881, para celebrar su entrada en su octogésimo aniversario, se organiza una gran fiesta, y, durante horas, el pueblo de París puede desfilar bajo sus ventanas para rendirle homenaje.

Las obras meditadas en el exilio habían venido a entrelazarse, durante los últimos años, con obras de circunstancias, en una continua corriente de publicaciones que ni su muerte iba a interrumpir. A lo ya citado, hay que añadir los tres volúmenes de “Actes et paroles”(1872), que recogen sus discursos políticos, y numerosos libros de poesía, en cabeza de los cuales viene “la Légende des Siècles” (“Nueva Serie”, 1877, y “Serie complementaria”, 1883). Este año de 1883, la edición definitiva de la Légende…venía a redistribuir los poemas de las tres series, según la cronología de sus temas.

Cuatro poemas de combate, de un didactismo satírico, venían a atacar tanto a ateos como a clericales, en esta nueva Francia posimperial, que se buscaba a sí misma y se debatía entre la tradición católica y el laicismo agresivo: “le Pape” (1878), “la Pitié Suprême” (1879), l’Âne (1880) -terminados hacía veinte años-, y “Religion et religions”, concluido en 1870.

Y en “les Quatre Vents de l’esprit” (1881), Hugo catalogaba los aspectos principales de su inspiración: satírico, dramático, épico y lirico, por medio de algunos poemas reservados desde hacía cuarenta años.

Un último drama en verso, “Torquemada” (1882), centrado en la intolerancia religiosa, que aparecía después de trece años en sus cajones, venía a completar su tetralogía filosófica, respuesta al bullente movimiento de las ideas contemporáneas. ¡Lástima que para ilustrar el fanatismo religioso no se hubiera inspirado en las violentas Guerras de Religión, entre “papistas” y “hugonotes”, que asolaron a sangre y fuego su propio país durante cuarenta años!

Juliette Drouet moría el 11 de mayo de 1883, y él mismo la seguirá dos años más tarde, tras una corta enfermedad que acababa con su vida el 22 de mayo de 1885, colmado de gloria y de honores.

Y el 1 de junio siguiente fueron celebrados funerales nacionales (que bien podrían ser los del Romanticismo en su conjunto), con el cortejo fúnebre seguido por más de dos millones de personas hasta el Panteón de Sainte-Geneviève.

Y después de su muerte serán dados al público:

  • los dos grandes poemas apocalípticos del exilio:” la Fin de Satan” (1886, inconcluso), y “Dieu” (1891);
  • un libro de poesías líricas antiguas: “Toute la lyre” (entre 1888 y 1893);
  • otro de poesía satírica: “les Années funestes” (1898);
  • un apéndice poético: “Dernière gerbe” (1902);
  • un volumen de piezas versificadas, en las que el poeta había querido renovar su inspiración dramática: “Théâtre en Liberté” (1886), al que habría que añadir “Mille francs de récompense” (melodrama burgués en prosa y publicado sólo en 1934);
  • dos volúmenes de “Choses vues” (1887 y 1900), donde aparecían reunidas sus anotaciones sobre hechos contemporáneos, conversaciones e impresiones de París; pequeña obra maestra del reportaje;
  • dos volúmenes de cartas de viajes titulados “Alpes et Pyrénées” (1890), y “France et Belgique” (1892), donde se alían lo pintoresco, lo fantástico y el humor;
  • un último libro de poesía y de prosa, “Océan” (1942), con sus postreros textos inéditos;
  • su abundante Correspondancia, dispersa aún hoy día.
  • sus Carnets íntimos, publicados por Gallimard.

Verdadera encarnación del siglo XIX, Victor Hugo fue en vida y sigue siendo hoy día uno de los grandes autores preferidos por los franceses; poeta incomparable, dramaturgo fecundo, novelista internacional,, deja una obra literaria y también gráfica, inmensa hasta la desmesura (las O.C. de aquel que llegará a practicar todos los géneros literarios en uso en su tiempo, representan 14 vols. en la colección “Bouquins”), accesible y compleja al mismo tiempo. Sus modelos fueron Chateaubriand y Lamartine, grandes autores, con la política en las venas también ellos. Y con Dumas y Zola comparte cripta en el Panteón.

Victor Hugo

La obra hugoliana es única en la literatura francesa. Desde 1830, se le designaba como “la plus forte tête du mouvement romantique”, la más empeñada y más sólida figura del movimiento, y, ya en 1845, era académico y par de Francia de aquel régimen burgués de Luis-Felipe que él frecuentó. Admirablemente servido por una gran virtuosidad en el manejo de la métrica y del ritmo, dotado de una imaginacion visionaria, orgullosamente convencido de que se hallaba investido de una misión humanitaria y religiosa, Víctor Hugo creía que el genio era un sacerdocio, y que, en las sociedades modernas, el arte no sólo debía ya buscar la Belleza, sino también el Bien.

Saludado y adulado por muchos, hasta proclamarle el más grande poeta de Francia, fue criticado también acerbamente, en vida y después de su desaparición. Pero. tanto entre sus admiradores, como en el campo de sus detractores, las opiniones más ponderadas intentarán abrirse paso en adelante:

– el novelista Zola, decía de él en pleno naturalismo: “No creo en la posteridad de Víctor Hugo; él se llevará el romanticismo como un harapo de púrpura con el que se había hecho un manto real”.

– el poeta parnasiano Leconte de Lisle:  “Su vida ha sido un canto múltiple y sonoro, donde todas las pasiones, todas las ternuras, todas las sensaciones, todas las cóleras generosas que han agitado al alma humana a través de los siglos, han encontrado una soberana expresión“;

– y el crítico Jules Lemaître: “El alma de Hugo era muy diferente de la mía. Los miles de versos en los que dice: ‘Yo, el pensador’, donde se califica de mago, donde se compara a los leones y a las águilas, resultan insoportables para la gente modesta y los que de verdad pretenden pensar (…), pero, aun así,  Hugo es único; se podría decir que nunca ningún poeta mostró tanta abundancia, fuerza, precisión e imaginación; su mente y su personalidad, ni me seducen, ni me deslumbran, pero la fuerza de su verbo, me aplasta”.

André Gide: “Hugo, ¡por desgracia!” (Hugo, hélas!)

Victor Hugo

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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