Dreyfus, Affaire – (1894-1906)

Despues de la derrota frente a Prusia y la conmoción social que había supuesto la Comuna de París, la III República terminó imponiéndose laboriosamente con Mac Mahon, ante la imposibilidad de instalar una monarquía, en la que todos los monárquicos (legitimistas y orleanistas) pudideran coincidir. Pero las referencias políticas y morales de tradiciones y sentimientos permanecian vivas en la conciencia de amplios sectores de la sociedad francesa.

            Exponemos aquí las grandes líneas de lo que será conocido como caso o affaire Dreyfus y que vino configurado por diversos rasgos: espionaje en beneficio de una potencia extranjera, error (?) judicial, y combate ideológico; sonado asunto aquel que supuso en Francia una de las mas graves crisis de la conciencia nacional de toda la historia de la III República.

            Se trataría, en definitiva, de dos temas o acciones paralelas: Al princìpio una operación de intoxicación de los servicios secretos franceses dirigida contra su potencial enemiga, por un lado; y el caso de ciertas acusaciones llegadas al Estado-Mayor, que involucran gravemente a cierto oficial judío, por otro.

Ambas se unen en una acción común final.

            En cualquier caso, será difícil, en adelante, establecer otra cosa, sino conjeturas más o menos bien fundadas. Porque, en 1940, el Service des Renseignements destruirá la documentación existente sobre el Caso, si bien permanece aquella de naturaleza judicial (1894), y la derivada de los procesos ZOLA (1898) y de Rennes (1899), sacados por el editor dreyfussard STOCK, así como papeles personales y públicos que diversos testigos conservaron.

EL CASO JUDICIAL – En sus orígenes, l’affaire Dreyfus, no pasaba, aparentemente de un asunto judicial de espionaje, enmarcado en las siempre tensas relaciones franco-germanas, en incesante guerra fría desde 1871. La conclusión de la alianza franco-rusa en 1893 –tranquilizadora para la opinión francesa, porque venía  romper el aislamiento diplomático ante Alemania y el sistema europeo instalado por BISMARCK-, había provocado de cada lado, una revisión de los planes de concentración, en caso de guerra, y un renovación de la artillería. El estancamiento demográfico del país contribuía igualmente a un generalizado sentimiento de inseguridad. Precisamente, el cañón de tiro rápido, llamado 75C –desde su concepción en 1892, hasta su puesta a punto en 1898-, era, por estos años, objeto del máximo celo, Francia intentaba ocultarlo al enemigo, hasta tal punto de que cierta hipótesis interpretativa insiste en que, parcialmente, el Caso bien podría haberse iniciado a partir de una construcción de los servicios secretos franceses por desviar la atención de Alemania hacia el cañon de 120, bien conocido. Los servicios de información y contraespionaje estaban, pues, muy activos, y una verdadera obsesión se había apoderado de la opinión pública. Seis franceses habían sido ya condenados desde 1888 hasta entonces.

            En tal ambiente, una pretendida filtración de secretos militares fue descubierta en septiembre de 1894. El 6 de octubre, el tte.-crnel. SANDHERR, del Service des Renseignements del Estado-Mayor general (eufemísticamente llamado Section de statistique), que ha recibido de Alsacia una carta denunciando al capitán Alfred DREYFUS como espía, le imputa a este cierta nota o bordereau (original ha desaparecido hace muy tiempo), sin fecha ni firma, dirigida al agregado militar de la embajada de Alemania, rue de Lille en París, el coronel Maximilien VON SCHWARTZKOPPEN, en la que le anunciaba el envío de documentos militares secretos –de valor secundario, por cierto, pero convenía atribuir a aquella trivial información una desmesurada importancia-. Tal nota había sido recuperada por los servicios franceses de contraespionaje, de una de las papeleras de la legación germana.

            Alfred DREYFUS era originario de la ahora ocupada Mulhouse, y en 1872 había optado por la nacionalidad francesa, mientras su hermano mayor permanecía al frente de la fábrica de hilados, y allá se trasladaba Alfred, de cuando en cuando, subrepticiamente (detalles que contribuyeron a confirmar las sospechas). Había sido alumno de la Escuela Superior de Guerra, y era meritorio ahora (stagiaire) en el Estado Mayor general.

            Hasta DREYFUS se ha llegado después de un apresurado razonamiento tejido por burdas imputaciones e hipótesis. De él decía cierto informe del coronel FAVRE, jefe del 4e. Bureau: “Oficial incompleto, muy inteligente, con mucho talento, pero pretencioso”. Y era Alfred, por otro lado, intransigente, altivo y poco apreciado por sus compañeros, rechazo no explicable como simple sentimiento antisemita, pues otros oficiales judíos eran bien aceptados en camaraderia corporativa.

            Puestos al corriente el Presidente de la República Jean-Casimir PÉRIER, y el del  Consejo de ministros Charles DUPUY, Alfred DREYFUS fue detenido el lunes 15 de octubre, por orden del ministro de la Guerra, general MERCIER, y encarcelado en la prisión de Cherche-Midi en París, sin conocer la naturaleza exacta de las acusaciones que sobre él pesaban: “¡alta traición!” –se le dice simplemente-.

            En los días siguientes fue sometido al áspero interrogatorio del comandante DU PATY DE CLAM, “grafólogo” a sus horas, que acaba presentando su informe, el 31 de octubre, donde se omite cualquier elemento susceptible de fragilizar la acusación, y sin poder señalar la más mínima confesión del sospechoso. El diario Le Soir fue el primero en revelar la identidad del oficial detenido. Al día siguiente, el periódico antisemita de Édouard DRUMONT La Libre Parole sacaba un largo artículo diciendo que el caso sería silenciado “porque ese oficial es judío”. Era ésta razón suplementaria para que el Estado Mayor y el ministro MERCIER (que pasaba por republicano librepensador y, por ello, denostado por la prensa nacionalista) redoblaran de celo patriótico.

            Y es que Francia atravesaba una época de acentuado antisemitismo, lo cual, como tal, no suponía particular novedad, pues era sentimiento extendido desde la época del Segundo Imperio, entre los pequeños ahorradores y los empleados de corredurías de Bolsa, muy reservados hacia la “judería financiera”. Entre los intelectuales y escritores, HUYSMANS, MAUPASSANT, o los GONCOURT –Edmond vivirá l’affaire-, entre muchos otros, nunca ocultaron su hostilidad hacia los judíos. Antisemitismo superior, por cierto, en el tejido social general, al que hasta entonces se había podido apreciar en el seno mismo de la institución militar; ¿No acudían a ella ahora, a través de las prestigiosas escuelas de Saint-Cyr y Polytechnique, buen número de ciudadanos de familias judías, con frecuencia originarios de las provincias perdidas, alentados por el espíritu de las leyes militares de 1872, 1875, 1888, y la ley FREYCINET, de julio de 1889, sobre reclutamiento, y por el clima de relativa tolerancia que allí se vivía? Superada la crisis política del boulangisme y reafirmada la solidez del régimen republicano, se empezaba a instalar en el país el optimismo en el que se iban a desarrollar los fastos que celebrarán el centenario de la Gran Revolución y la Exposición Universal de ese año, cuando la orgullosa torre de EIFFEL señalaba al mundo el progreso de la técnica francesa y la estabilidad democrática de las instituciones.

            Y, no obstante, la desproporcionada representación, entre la oficialidad, de aquellos “que pertenecen al culto israelita” (verosímilmente en torno a 300 oficiales), comenzaba a provocar situaciones de rechazo y alarma. Ya la Libre Parole, del 23 de mayo de 1892 había puesto el dedo en la llaga de muchos franceses. “Los hijos de Israel, dueños ya de las finanzas y de la administración, y dictando decretos a los tribunales, acabarían siendo los amos de Francia el día en que mandasen al Ejército…Rothschild hará que se le comuniquen los planes de movilización”. ¿Cuál podía ser el fundamento de esos sentimientos y rechazo? Cierto libro de DRUMONT (La France Juive, 1886) había obtenido gran resonancia, desde su publicación, en el complejo contexto de resentimiento, frustración por las provincias perdidas en 1870, cólera ciudadana y antijudaísmo, que venían alimentando, por un lado los repetidos escándalos político-financieros, protagonizados por los chevaliers d’industrie y el personal republicano y radical (affaire de Panamá, dic. de 1892, donde CLEMENCEAU, el ex-presidente del Consejo ROUVIER o Gustave EIFFEL se vieron comprometidos), y, por otro, cierta corriente israelita, hacia Francia, de personajes del gran mundo, entre acaudalados y pintorescos, que buscaban, en el marco de libertades que la República les ofrecía, ambiente propicio para sus altos vuelos. Jacques REINACH, financiero alemán de origen judío, había llegado a París en 1863 y, ligado a los ambientes republicanos gambettistas, obtenía la nacionalidad francesa en 1871; en 1892 aparecía entre los primeros implicados del escándalo de Panamá; ese año apareció muerto en su domicilio, y nunca se llegó a saber si por suicidio o asesinado.

            En 1895, cierto proyecto de ley (rechazado, no obstante), preveía que para ser admitido en la administración francesa, o como oficial de tierra o de marina, el candidato habría de ser hijo de franceses, desde tres generaciones antes.

            Tras haber obtenido autorización del Consejo de Ministros (algunos de cuyos miembros sólo conocían los elementos generales del caso leyendo su prensa diaria), el ministro de la Guerra ordenaba al gobernador militar de París, el general SAUSSIER, la apertura de una información judicial militar, que se iniciaba el 3 de noviembre de 1894. MERCIER hablaba en Le Figaro del 28 de las pruebas acumuladas contra DREYFUS, y que su culpabilidad era “absolument certaine”. Una vez recibido por el ministro el informe del juez militar instructor del caso, SAUSSIER convoca el primer consejo de guerra de París para el 19 de diciembre, cuando los cargos contra DREYFUS estaban muy lejos de haber quedado confirmados. La única base acusatoria –la carta por la que el caso se había desatado-, no había puessto de acuerdo a los expertos calígrafos. Y tanto menos se podía probar su acusación, cuanto que se trataba de una persona escrupulosa en su trabajo y económicamente deshogada, si bien su conducta privada parecía lejos de la ejemplaridad: Casado en 1890 con una rica herederera y con dos hijos, se le conocían aún aventuras femeninas, después de haber llegado al matrimonio con fama de mujeriego. La pista de algún despecho sentimental no es desdeñable entre las posibles fuentes de donde pudo llegar a París la acusación alsaciana.

            A fin de evitar complicaciones diplomáticas, y que pudieran llegar a airearse aspectos secretos de la defensa, el gobierno logró imponer que el proceso se desarrollara a puerta cerrada. Le movía a ello la delicada cuestión de los estudios técnicos sobre el cañón 75 C que no dejarían de surgir. Ni podía Francia hacer público el origen de la carta acusatoria contra DREYFUS, sino a riesgo de comprometer parte de su red de espionaje en Alemania. Todo ello a expensas de las garantías procesales, pero perfectamente entendido entonces por la inmensa mayoría de la opinión.

Dominado por una oficialidad católica y monárquica en su mayoría e imbuído, como su congénere alemán de entonces, de un fuerte sentimiento de casta, era el francés un ejército cada vez menos representativo del conjunto y evoluciòn de la sociedad, y presa, desde la derrota ante Prusia, de una profunda frustración; a él llegaban candidatos de la vieja aristocracia, sin lugar ya ni papel que desempeñar en la Francia radical. Profundamente dividido también, donde, a contrario, convicciones republicanas garantizaban fulgurantes ascensos (recordemos aquí el sonado caso de las fichas masónicas que, pocos años después, protagonizará el radical COMBES).

            Así, dentro y fuera de la Institución, amplios sectores, condicionados por la prensa popular, o convencidos de buena fe de que DREYFUS, por el hecho de ser judío, contaba con protección, exigía sanciones. Le Petit Journal, que tiraba diariamente un millón de ejemplares, hablaba de la necesidad de liberar al Ejército de la lepra judía.

Cuando con tanta contundencia se habia pronunciado el propio ministro, en noviembre anterior, el Consejo de Guerra que se abría el 19 de diciembre de 1894, oídos testimonios abrumadores como el del comandante HENRI, del 2e. Bureau, que, señalando con el dedo a DREYFUS, corroboraba ante un crucifijo:  Voilà le traître! “¡Ese es el traidor!”, y conocedor del dictámen de algún “experto” calígrafo, coo el conocido antisemita BERTILLON, que sostenía que el acusado había disimulado su propia letra; a la vista también de otros elementos de prueba no comunicados a la defensa ni al acusado –falsos unos y antedatados otros-, e infringiendo principios procesales esenciales, no podía sino declarar al capitán culpable, condenándole, el 22 de diciembre siguiente, a la deportación de por vida. Su abogado defensor DEMANGE interpuso un recurso de revisión que fue rechazado el 31.

            DREYFUS fue degradado el 5 de enero de 1895 en el patio de la Escuela militar de París: “Ya no tiene edad, ni nombre, ni tez, su color es el color de los traidores” –describía el hijo de Alphonse DAUDET, Léon, en las páginas de Le Figaro del día siguiente. Testigo de excepción de aquella ignominiosa ceremonia fue el corresponsal semita en Paris del diario vienés Neue Freie Presss, Theodor HERZL, cuya convicción de que los judíos nunca podrían gozar de una auténtica asimilación en las sociedades cristianas quedó robustecida. Pronto publicaría HERZL su Judenstaat (1896). El sionismo contemporáneo, mirando a Palestina, había nacido.

            A pesar de sus continuas protestas, Alfred DREYFUS fue trasladado a la Isla del Diablo (Guayana francesa), adonde llegó en abril. Ninguna voz en su defensa se levantó por entonces; toda la prensa, desde la derecha a la izquierda, expresó en diversos tonos su satisfacción, y no pocos se desataron contra el “traidor judío”. El 24 de diciembre, dos días después de la sentencia, el diputado JAURÈS había protestado en la Cámara de los Diputados por la benignidad del tribunal. Y el 26, volvía JAURÈS en La Dépêche de Toulouse, sobre la enorme “presion judía” que, según él, habría salvado a DREYFUS del fusilamiento. Por su lado, el radical CLEMENCEAU, en La Justice del día de Navidad de aquel 1894, trataba a DREYFUS de “alma inmunda y corazón abyecto”.

            Por aquellos días, otros temas contribuian a crispar aún más el ambiente político: tras un despiadado ataque de JAURÈS, en relación con un proceso Gérault-Ricard (5 de nov. de 1894), el presidente de la República Jean CASIMIR-PÉRIER, en el cargo desde el 26 de junio anterior, renunciaba a su magistratura el 15 de enero de 1895, siendo sustituido por Félix FAURE. Y este nombraba inmediatamente a Alexandre RIBOT como jefe del Gobierno, con HANNOTEAU en Asuntos Exteriores, el cual va a intentar un cierto acercamiento a Alemania (visita de la escuadra francesa a Kiel).

RIBOT, que había apreciado escasamente cómo el ambicioso MERCIER buscaba capitalizar a su favor el caso DREYFUS, prescinde ahora del ministro, al que sustituye en la cartera de la Guerra por el general Émile ZURLINDEN. Todos los ministros de la Guerra que, tras MERCIER, van a sucederse a lo largo del Caso se declararán convencidos de la culpabilidad de DREYFUS.

            Pero el sentimiento de que se estaba en presencia de un error judicial, o de una maquinación, va a ir abriéndose paso. Ante todo, su hermano Mathieu DREYFUS, que entregaba a finales de febrero de 1895 al escritor y periodista judío Bernard LAZARE, cuyas simpatías revolucionaria y anarquizantes eran conocidas, una primera documentación, tendente a demostrar la inocencia de Alfred. LAZARE acababa de publicar L’antisémitisme, son histoire et ses causes. También, el coronel PICQUART, alsaciano que en junio sustituía a SANDHERR por razones de salud, al frente del 2e. Bureau, y cuyos servicios llegarán a interceptar un telegrama, a finales de marzo de 1896, le petit bleu, que SCHWARZTKOPPEN dirigía a otro oficial, el comandante Ferdinand W. ESTERHAZY, intrigante de deplorable moralidad  y vida disoluta. Abriendo de nuevo el legajo formado con ocasión del juicio contra el deportado de Cayenne, PICQUART cree advertir cierta similitud entre la letra de ESTERHAZY y aquella primitiva carta de 1894, por lo que, tras unas pesquisas personales (e ignorante de que su sospechoso haya podido estar siguiendo órdenes de  SANDHERR), llega personalmente a la convicción del error judicial, a partir del mes de agosto de 1896. Persuasión que, en vano, tratará de transmitir a sus superiores, el general DE BOISDEFFRE (jefe del Estado Mayor General), y el general GONSE. Los esfuerzos de PICQUART chocaban entonces con la firme voluntad del Estado Mayor de no volver sobre la cosa juzgada, lo que –opinaban-, podría comprometer la autoridad del Ejército.

Pero, si bien mayoritario, el sentimiento de que DREYFUS era un traidor no era compartido por toda la institución militar; además de PICQUART, aquel que llegará a mariscal LYAUTEY escribía su escepticismo, entre Indochina y Madagascar: “Grita la turba contra ese judío porque es judío, hoy el antisemitismo lleva las de ganar”.

            El 2 de septiembre, el británico Daily Chronicle, propalaba la noticia de que, allá en Guayana, DREYFUS se había evadido del penal, especie reproducida en París al día siguiente. Sólo era una bienintencionada argucia de su hermano Mathieu. Ciertas dudas se deslizan entonces en la prensa, respecto a la validez de aquel proceso de 1894.

            Algunas publicaciones contraatacan, como L’Éclair del 15 de septiembre de 1896, que a fin de impedir que “una sola conciencia le conceda al traidor el beneficio de la duda”, dice revelar ahora, “por deber patriótico” el documento secreto y “excepcional” con el que, en el proceso, se había podido abrumar definitivamente al acusado. Se trataba de una carta cifrada enre las embajadas de Italia y de Alemania en Paris: “Decididamente –se decía en ella, al parecer-, ese animal de Dreyfus se está volviendo demasiado exigente”.

            Lucie DREYFUS enviaba al día siguiente una petición formal a la Cámara de los Diputados, solicitando la revisión del proceso de su marido, por vicio procesal.  Pero la opinión pública estaba, por entonces, más ocupada con la visita que el joven zar NICOLÁS II hacía a la Francia republicana.

            El 2 de noviembre de 1896, el coronel HENRI le entregaba al general GONSE cierto documento que se pretendía captado también en la embajada de Alemania y en el que, de nuevo, en un cruce epistolar entre aquella legación y la de Italia, se insistía en nombrar comprometedoramente a DREYFUS (la falsedad de ese papel, “le faux Henri”, será puesta de manifiesto en 1898).

            El 6 de noviembre, Bernard LAZARE, bien asesorado por Mathieu, publicaba en Bruselas su folleto “Une erreur judiciaire. La vérité sur l’affaire Dreyfus”, y en París intentaba interesar a uno de los grandes personajes del Estado, el republicano moderado y vicepresidente del Senado Auguste SCHEURER-KESTNER (otro originario de la perdida Alsacia), y al novelista Émile ZOLA que, allá por 1866, había intervenido ya públicamente en L’Événement en favor de Édouard MANET; pero LAZARE es aún recibido con bastante escepticismo.

            PICQUART, separado del 2e. Bureau desde noviembre de 1896, y alejado de París con otras misiones de diversión, era gratificado por HENRI, su ex-subordinado, en mayo de 1897 siguiente, con una insolente carta que acaba de convencer a su destinatario de que una maquinación pretende anularle en tanto que incómodo testigo. Éste también, con la complicidad de DU PATY DE CLAM y del propio ESTERHAZY fabrican falsos telegramas, firmados Speranza y Blanche que, dirigidos a PICQUART, tenían por objeto destruir la eficacia, en tanto que prueba, de aquel petit bleu, dirigido en su día a ESTERHAZY por SCHWARTZKOPPEN, y que había sido interceptado por PICQUART, siendo éste jefe del 2e. Bureau.

            A SCHEURER-KESTNER le han ido llegando indicios diversos de la posible culpabilidad de ESTERHAZY (al que HENRI se encarga de poner en guardia), y anuncia su intención de iniciar una campaña de revisión del proceso que condenara a DREYFUS tres años antes. A tal efecto es recibido por el Presidente de la República Félix FAURE, el 29 de octubre de 1897.

La prensa de la derecha se desata entonces contra el vicepresidente del Senado. Y no clamaba menos alto La Dépêche del 24 de noviembre, faro y guía del radicalismo de provincias, para quien “el sindicato judío” disponía de una docena de millones para conseguir el regreso del deportado de Guayana.

            El 12 de noviembre de este 1897 salía publicada la segunda parte de “Une erreur judiciaire. L’affaire Dreyfus”, de LAZARE y, al día siguiente, Le Temps publicaba una carta de SCHEURER-KESTNER, afirmando la inocencia de DREYFUS y dejando entender que el verdadero culpable no era desconocido. Dos día después, ESTERHAZY era acusado formalmente por Mathieu DREYFUS ante el ministro de la Guerra BILLOT como autor del bordereau. Ese 15 de noviembre SCHWARTZKOPPEN, probablemente siguiendo instrucciones, juzga oportuno abandonar París.

            BILLOT ordena la apertura de una investigación sobre ESTERHAZY, cuyo instructor, el general PELLIEUX, adelantaba ya por su cuenta, el 20 de noviembre: “En mi fuero interno, y según mi conciencia, Esterhazy me parece fuera de toda sospecha (…). Picquart parece culpable”.

            ZOLA, redactando su ambigua novela L’Argent (1891) -inspirada en la quiebra, en 1882, de L’Union Génerale (banco de los medios monárquico-católicos), en la que tanto habían tenido que ver las maniobras de la banca judía- había podido leer y compartir los análisis de Ernest FEYDEAU (“Les Mémoires d’un coulissier”), o de Eugène MIRECOURT (“La Bourse, ses abus et ses mystères”), respecto a la “judería financiera”; pero, de formación entre libre-pensadora y masónica, tambiéb había quedado negativamente impresionado por la virulencia de la campaña de DRUMONT en estos año de 1894-1896. Y el 16 de mayo de 1896, publicaba ZOLA, en Le Figaro, su artículo “Pour les Juifs”; otros que publicaba en el mismo diario del 25 de noviembre de 1897, “M. Scheurer-Kestner: la verdad está en marcha y nada la detendrá”; el 1 de diciembre, “Le Syndicat”, en defensa de la banca judía, y el 5 “Procès Verbal”, contra “el veneno del antisemitismo”. Gestos con los cuales rompía con estrépito los puentes que le unían a muchos de sus colegas literatos. Esa hospitalidad de Le Figaro para con las tesis dreyfusistas le va a costar una oleada de anulaciones de suscriptores en numerosas guarniciones militares y entre el público, lo que acabará alarmando a la dirección del periódico, y ZOLA hubo de buscar otra plataforma.

A LAZARE, que acababa de reeditar, en la editorial STOCK, una nueva versión ampliada de su folleto de Bruselas, Mathieu DREYFUS le pide que, en adelante, se abstenga de intervenir, porque su imagen podría perjudicar a la causa de su hermano. Y es que otras personalidades se interesaban cada vez más seriamente por el caso. El radical George CLEMENCEAU, desde hacía unas semanas, parecía haber decidido entrar en la lid, formulando el 29 de noviembre de 1897, en su periódico de combate L’Aurore, la pregunta que ya estaba en la mente de muchos: ¿Quién estaba protegiendo al comandante ESTERHAZY contra la legítima curiosidad del juez? Y Jean JAURÈS también que, el 27, planteaba ya en La Petite République, todavía entre dudas y vacilaciones, algunas cuestiones turbadoras sobre el proceso DREYFUS.

El 4 de diciembre, PELLIEUX daba por concluida su investigación en el sentido del sobreseimiento, a favor de ESTERHAZY, lo que no libraba a éste –dada la enérgica campaña desarrollada por los partidarios de la revisión-, de ser llevado ante el Consejo de Guerra de París, mientras en la Cámara de los Diputados, el jefe del Gobierno Jules MÉLINE afirmaba: “¡No existe ningún caso Dreyfus!”.

El 4 de enero de 1898, LEBLOIS, abogado de PICQUART, presentaba una demanda por falsedad documental, en relación con los telegramas que su representado había recibido, tendentes a comprometerle. Pero es el demandante el que resulta condenado a 60 días de arresto, a la espera de que una comisión decida sobre su suerte. En el Senado, entretanto, SCHEURER-KESTNER no era revalidado en su puesto de vicepresidente de la mesa.

En esas condiciones, ESTERHAZY fue absuelto por el Consejo de Guerra, actuando a puerta cerrada, los días 10 y 11 de enero de 1898; y aclamado, a su salida, por el público alborozado.

Para que la verdad que se alegaba pudiera llegar a prevalecer, era preciso conseguir un cambio sustancial en la opinión, y exigir la intervención de la justicia ordinaria con deliberaciones públicas.

Los radicales parecían decididos a explotar el tema, en el marco de su lucha por la laicización de la sociedad, cuyo crispado combate desarrollaban por entonces, y denunciaban la complicidad entre la Iglesia y el Ejército, la alianza –decían-, del sable y del hisopo. Tal fue la razón por la que ZOLA, que decide ahora apelar a los ciudadanos por encima de la instituciones, obtenía, dos días después de la absolución de ESTERHAZY, complaciente acogida, en primera plana de l’Aurore, para su “J’Accuse!”, bajo forma de carta abierta al Presidente de la República: “Acuso [al Consejo de Guerra] de haber comegido el crimen jurídico de absolver a un culpable a sabiendas de que lo es”. Allí denunciaba el novelista los intentos por sofocar el caso, cuestionaba gravemente las actuaciones de los oficiales del Estado Mayor y criticaba el funcionamiento de la justicia militar. El escandalo que aquella publicación provocó fue clamoroso en toda Francia. La Iglesia Católica, el Parlamento, el Gobierno, la Presidencia de la República se veían puestos en solfa.

            La Cámara de los diputados decide entablar acciones judiciales contra su autor, por 312 votos a favor y 122 en contra (reflejo parlamentario de las posiciones respectivas). Y, en los días y semanas siguientes, se conoció un auténtico torbellino de pasiones, odios y adhesiones, a favor y en contra del Ejército, de los judios y de ZOLA. La vehemencia política se tradujo incluso en batallas campales en plena calle. Sólo ha lugar aquí para evocar simplemente los duelos de honor o provocación (con pistola o a espada) que figurones, a veces, de melodrama o comedión protagonizaron en la “ilustrada Francia republicana”, durante los envenenados años de Panamá o con ocasión del Affaire: militares “franceses” contra oficiales “judíos”, éstos contra periodistas, CLEMENCEAU contra el presidente de la Ligue des Patriotes Paul  DÉROULÈDE, éste contra JAURÈS, DRUMONT contra el jefe de los radicales, HENRI contra PICQUART, DRUMONT contra LAZARE…, entre otros; no siempre saldados con simples heridas, y que provocaron interpelaciones en la Cámara y emoción en la prensa que aún conservaba cierta sensatez (Le Siècle, Le Temps, Le Radical, Les Débats). El caso DREYFUS hacía tiempo que se hallaba ya en el territorio político.

EL CASO POLÍTICO – El país e incluso las colonias –el alcalde de Argel Max RÉGIS era un notorio antijudío-, se dividen hasta la exacerbación. Más allá del problema judicial eran los grandes principios morales y políticos los que estaban en juego. Y la institución militar parecía, paradógicamente, la más serena en el exaltado clima general. Aun cuando hubo dreyfusards y antidreyfusards, en ambos campos, la división se hizo, a grandes rasgos, entre izquierda y derecha. Los adversarios de la revisión del juicio querían defender al Ejército como institución, garantía de la grandeza nacional e instrumento de la recuperación, un día, de las provincias perdidas de Alsacia y Lorena. Atacarlo era antipatriótico. La razón de Estado prevalecía sobre la causa de cualquier individuo. Era la posición de nacionalistas como BARRÈS y DÉROULÈDE, seguidos por la mayoria de los monárquicos y de los catolicos. Los antisemistas denunciaban al “sindicato judío”.

            Los partidarios de la revisión, por su parte, decían anteponer la defensa de la justicia y de los derechos de la persona a cualquier otra consideración. Era la posición de radicales, protestantes y francmasones. Cierto es que, en no pocos casos de este bando, se entremezclaban sentimientos mal confesados de antimilitarismo –contra la “casta” de oficiales conservadores-, y de anticlericalismo también, en su combate contra los monárquicos, Los socialistas, por su lado, se mostraron desconfiados durante mucho tiempo, considerando aquel asunto querellas entre burgueses; Jules GUESDE y Édouard VAILLANT prescribían a los proletarios, en un manifiesto de 19 de enero de 1898: “¡No os enroléis en ninguno de los clanes de esta guerra civil burguesa!” Jean JAURÈS, si bien decía admirar el coraje que ZOLA demostraba con sus acusaciones, le prevenía en La Petite République del 22 de enero, contra su utilización por los intereses judíos, pues, tras él, “toda la sospechosa banda de los gorrones judíos camina ávida y solapadamente, esperando no sé qué rehabilitación indirecta…”, propicia para nuevas fechorías.

ZOLA, dreyfusard y revisionista él de la primera hora, cuyo proceso se abría en el tribunal de lo penal de Paris (Assises de la Seine), el 7 de febrero de 1898 –tratando el presidente de separar el caso Zola del caso Dreyfus-, acabará siendo condenado el 23 por difamación a la máxima pena de un año de cárcel y 3.000 frcs. de multa. Su caso ante los tribunales iba a provocar, a su vez, sonadas rupturas. Un recurso que interpone el interesado (agredido a pedradas en Medan, donde residía, el 16 de abril), es admitido por el Tribunal de Casación por vicio de forma. Llevado, pues, el proceso, esta vez, ante las Assises de Versalles, el 23 de mayo siguiente, el novelista será condenado a la misma pena el 18 de julio, por lo que decide exiliarse y ocultarse en diferentes lugares de las afueras de Londres, adonde le llegarán, no obstante, miles de cartas de apoyo y adhesión, venidas de Francia, de Europa entera e incluso de América.

            Por los mismos días, PICQUART era apartado del Ejército.

            Las elecciones del 8 al 22 de mayo de 1898 vinieron a exacerban aún más las pasiones entre candidatos de ambas facciones; y, no obstante, concluida la consulta, la Cámara de los Diputados presentaba la misma fisionomía: una mayoría de republicanos moderados, con 250 escaños, limitados a su izquierda por un centenar de radicales y 40 socialistas en ligero retroceso; a la derecha, 45 monárquicos, 38 emparentados y una veintena de revisionistas, diversamente nacionalistas y antisemitas. La derrota de JAURÈS en Carmaux (dep. del Tarn) y la victoria de Henri ROCHEFORT, con su demagogía de irisaciones socializantes, desde l’Intransigeant donde colaboraba, y de Édouard DRUMONT (elegido por la ciudad de Argel) parecían buen reflejo del estado de la opinión. Pero ya el dreyfusismo se organiza y desarrolla.

            En efecto, la prensa desempeñó un papel determinante en el apasionamiento de la opinión. Aquellos que, por entonces, se empezaba a llamar intellectuels, se comprometieron en el combate. En los días de enero de 1898, siguientes a la absolución de ESTERHAZY, aparecía una primera lista de pesonalidades del mundo literario, científico y universitario (que se prolongará en los días siguientes), pronunciándose a favor de una revisión del famoso juicio, mientras CLEMENCEAU proseguía su propia lucha desde l’Aurore. Tal leva de simpatías iba a provocar su réplica en el bando opuesto:

            Pro DREYFUS, entre otros: Émile ZOLA, Anatole FRANCE, André GIDE, Marcel PROUST, Lucien HERR (también alsaciano, bibliotecario de l’École Normale), Charles PÉGUY (otro normalien), el historiador Daniel HALÉVY, el economista François SIMIAND, Georges SOREL, el sociólogo Émile DURKHEIM, el pintor Claude MONET, y un joven y brillante crítico literario que, en 1902, ingresará en el Partido Socialista, Léon BLUM. Y Jean JAURÈS acabará decidiéndose, convenido por los argumentos cada vez más abrumadores de los revisionistas, contra la opinión de sus correligionarios.

            Adversarios de la revisión: el novelista nacionalista alsaciano Maurice BARRÈS, Charles MAURRAS, los críticos literarios y profesores Jules LEMAÎTRE, y Ferdinand BRUNETIÈRE (Director éste de la Revue des Deux Mondes), Léon DAUDET, el músico Vincent D’INDY, los poetas Frédéric MISTRAL, François COPPÉE y Paul VALÉRY, los novelistas Paul BOURGET y Jules VERNE, todo ello para encanto o desencanto de seguidores y lectores.

            Unos y otros de esos intelectuales se agrupaban en ligas, si bien profesores y científicos más bien del lado revisionista, y escritores y académicos del lado antidreyfusard.

            A la derecha, la Ligue de la Patrie Française, presidida por Jules LEMAÌTRE, que vino a añadirse, a finales de diciembre de 1898, a la Ligue des Patriotes de DÉROULÈDE, y a la Ligue antisémite.

            A la izquierda apareció la Ligue des Droits de l’Homme, que el ministro de Justicia y ahora senador Ludovic TRARIEUX creaba a principios de febrero. No se cuestionaba únicamente la actitud ante los judíos, pues todo antidreyfusard no era forzosamente antisemita, como era el caso de F. BRUNETIÈRE y de J. LEMAÌTRE; y la inversa también se dio. La cohesión de las instituciones sociales, por encima de la aristocracia intelectual, individualista y disolvente, el papel del Ejército en la sociedad (¿corruptor de las instituciones o garantía final de la democracia y la integridad nacional, como BRUNETIÈRE sostenía?; porque la enemiga Alemania no era, precisamente, por entonces, parangón en cuestión de libertades y garantías individuales), y la función de los intelectuales, más allá del concreto destino judicial de un hombre, eran el auténtico debate. La disputa había cambiado de naturaleza, y todos lo sabía.

            Los ingredientes que manejaban los antidreyfusards, eran, en buena parte de naturaleza prefascista (e incluso comunista en algunos de sus rasgos): antiparlamentarismo, preeminencia del Estado sobre el individuo, hostilidad al intelectualismo abstracto, reacción contra el decadentismo; pero también aquí integrismo religioso y antisemitismo (pese a que el país, de 39 millones de habitantes, sólo contaba unos 80 000 judíos, 0,2%).

Pero el imaginario de los antidreyfusards presentaba su simétrico del lado de los revisionistas (que apreciaban en los cuerpos constituidos del Ejercito y la Iglesia señales inminentes de conspiración). La derrota de Sedan y el expolio de las provincias perdidas de Alsacia y Lorena envenenaban la pacifica convivencia en libertad. Pero el libre examen y la reafirmación del individuo ante el Estado eran ya fundamento de la democracia liberal basada en el derecho. Abstrusas e irrelevantes matizaciones éstas, para la mayoría de los socialistas de entonces, anarquistas y otros antimilitaristas, y para todos aquellos que, subidos tardiamente al tren del Caso, acabaron viendo en él una excelente oportunidad. El combate ideológico contra el orden capitalista y burgués ¡bien valía una revisión! La evolución del caso DREYFUS era ya inseparable de la situación política y del proyecto de cada bandería.

            Jules MÉLINE, jefe del gabinete desde abril de 1896, hubo de ceder el gobierno al radical Henri BRISSON el 28 de junio de 1898. Los medios nacionalistas y antisemitas proclamaban, ellos también -¡irrisorio remedo jacobino!-  la patrie en danger, en La Croix del 21 de julio siguiente. El ahora presidente del Consejo (que ya lo había sido en 1885, y que se distinguirá como uno de los jefes del anticlericalismo bajo la III República), opondrá pronto su dreyfusismo al resto de sus ministros (entre los que se contaban Godefroy CAVAIGNAC, uno de los más activos antirevisionistas en el gobierno).

PICQUART, objeto, el 3 de julio de 1898, de un garrotazo por parte de ESTERHAZY, le ofrecía al presidente del Consejo, desde las páginas de Le Temps del 8 de julio, demostrar cómo el documento presentado en su día por HENRI era falso; el 13 era detenido y condenado en septiembre por divulgación de documentos secretos. Pasará once meses en la cárcel. Y en cuanto a la denuncia de enero de 1898, contra los autores de los falsos telegramas y cartas fabricadas para comprometer al ex-coronel, el juez instructor había concluido que ESTERHAZY era culpable; aunque, visto luego por el tribunal, su caso será sobreseído.

La prolongada impunidad de que este llegará a gozar conforta a algún especialista en la idea del montaje por parte de los servicios secretos franceses.

            El 10 de agosto de 1898, JAURÈS iniciaba una serie de artículos en La Petite République: “Les Preuves” (que en octubre serán publicados reunidos), asegurando que no era posible dudar por más tiempo de que “una ilegalidad violenta” había sido cometida en el juicio contra DREYFUS.

            Por esas mismas fechas se detecta la falsedad de aquella prueba utilizada contra DREYFUS, que se decía sustraída de la embajada de Alemania. HENRI acaba confesando el 30 de agosto, en el despacho del ministro de la Guerra CAVAIGNAC que la había fabricado él mismo, a fin de hacer indiscutible la culpabilidad del por entonces confinado en Guayana, (¡culpabilidad de la que, por otro lado, se decía convencido!). ¿Fue para salvar el honor del Estado Mayor, en caso de revisión, o para cubrir a ESTERHAZY o a cualquier otro culpable? Encarcelado, HENRI apareció muerto en su celda al día siguiente. El suicidio, con una navaja de afeitar sorprendentemente en poder del detenido, derrumbaba el artificio que sostenía aún las últimas esperanzas de los antirrevisionistas. Charles MAURRAS le dedicará su último elogio en La Gazette de France, del 5-6 de septiembre, El general DE BOISDEFFRE, jefe del E.M., y CAVAIGNAC presentaron su dimisión. Y el nuevo ministro de la Guerra, otra vez ZURLINDEN, va a mostrarse, también él, contrario a la revisión, frente a BRISSON, por lo que, habiendo dimitido, es, a su vez, sustituido, el 17 de septiembre, por el general CHANOINE.

            Aquel gobierno de centro (moderados y emparentados) no resistirá a las pasiones desatadas por el Affaire, que había venido a enconar más el enfrentamiento entre izquierda y derecha; ésta evolucionaba hacia el nacionalismo, y aquélla hacia el antimilitarismo. Los emparentados (ralliés) volvieron a mirar a su derecha, mientras que el ala izquierda de los moderados buscó apoyo en los radicales. Y la evolución fue cristalizando a lo largo de diversas crisis ministeriales, que los rebotes y repercusiones de caso DREYFUS provocaba.

            La reapertura del proceso, a la que la mayoría del parlamento y el propio gobierno habían permanecido hostiles parecía inevitable. Lucie DREYFUS solicitaba del ministro de Justicia la interposición ante el Tribunal de Casación de un recurso contra la sentencia que  había condenado a su marido, y obtenía satisfacción el 27 de septiembre de 1898.

            ESTERHAZY, apartado del Ejército, ha pasado a Inglaterra el 4; DU PATTY DE CLAM es suspendido de servicio; y CHANOINE dimitirá de su cartera de la Guerra el 25 de octubre siguiente, apenas cuarenta días después de su nombramiento, lo cual arrastra a todo el gabinete BRISSON.

            A finales de octubre de 1898, el Tribunal de Casación admitía a trámite la revisión del juicio contra el capitán DREYFUS, entre violentas manifestaciones antisemitas en París, que provocan 150 detenciones. París conocía su máxima tensión política, pero el resto del país permanecía sereno. DÉROULÈDE acusaba a los JAURÈS, CLEMENCEAU y REINACH (sobrino y yerno del suicidado de Panamá Jacques Reynach), de pactar con la Triple Alianza.

El nuevo ministerio DUPUY (nov. de 1898-junio de 1899) contaba al experimentado Charles de FREYCINET como ministro de la Guerra.

Entretanto, absorbida la atención de la opinión pública francesa e internacional por las peripecias del caso DREYFUS, el nuevo cañón 75C continuaba su última puesta a punto, protegido así de la curiosidad de los servicios alemanes de información. En la expedición contra los Boxers de China (verano de 1900), el nuevo ingenio mostrará todas sus cualidades en campaña.

            Entre los católicos, una corriente liberal iba emergiendo, representada por hombres activos como el ensayista e historiador Anatole LEROY BEAULIEU o el historiador del derecho Paul VIOLLET; este último se mostraba públicamernte en favor de DREYFUS desde las páginas de Le Temps, el 23 de noviembre de 1898; gesto que el abate PICHOT prolonga con un folleto: “La conscience chrétienne et l’Affaire”, bajo forma de carta abierta a La Croix (entonces antidreyfusard y antisemita,. llevado por los Asuncionistas y comprometido en un catolicismo populista de no muy buena ley); y tal actitud le cuesta al clérigo su puesto de profesor en el colegio católico de Felletin (Creuze).

LA CRISIS DE 1899 – Los sectores hostiles a la revisión se lanzaron a una agitación agresiva, tanto más exasperados, cuanto que habían humillado su patriotismo el retroceso ante Inglaterra en la carrera colonial africana (Fachoda, julio-sept. de 1898), en Marruecos ante Alemania misma. y las rivalidades en Túnez frente a una Italia protegida por la Triple Alianza bismarckiana.

            El presidente de la República Félix FAURE, antirrevisionista él mismo, moría repentinamente de una crisis cardíaca en el Elíseo, el 16 de febrero de 1899, y fue sustituido dos días después por el, hasta ese momento, presidente del Senado Émile LOUBET que, como jefe del gobierno en el momento en que estallaba el escándalo de Panamá, se había señalado por sus intentos de acallarlo. La derecha nacionalista se manifiesta con ocasión de los funerales de Félix FAURE, el 23 de febrero. Y ese día, DÉROULÈDE intenta arrastrar contra el Elíseo a las tropas del general ROGET; no tuvo éxito y fue detenido, para resultar absuelto tres meses después.

El ministro FREYCINET presentaba su dimisión el 5 de mayo, al cabo de seis meses de ejercicio, y fue reemplazado por Camille KRANTZ en la cartera de la Guerra.

El 1 de junio, el Tribunal de Casación anulaba, finalmente, la sentencia pronunciada en su día contra DREYFUS por el Consejo de Guerra de París, y remitía el caso a Rennes. Y el 4 de junio, la sociedad elegante se manifestaba en el hipódromo parisiense de Auteuil contra LOUBET, a quien cierto barón CHRISTIANI hundía el sombrero de copa de un bastonazo. Después de la intentona de DÉROULÈDE el peligro de un golpe de Estado seguía pesando sobre las instituciones republicanas.

Corrían los años que luego hemos dado en llamar la Belle Époque.

            Los partidarios del régimen deciden que ha llegado el momento de reaccionar. Émile ZOLA ha regresado de Londres. Manifestaciones republicanas comienzan a organizarse por toda Francia, como aquella del 11 de junio en París. La causa seguida contra PICQUART es sobreseída. WALDECK-ROUSSEAU, republicano moderado, constituía el 22 de junio un ministerio de “défense républicaine”, que comprendía a moderados, a radicales, con el general GALLIFFET en la Guerra (odiado por la izquierda, por cierto, como uno de los fusilleurs de la Comuna), e incluso a un socialista posibilista en Industria, Alexandre MILLERRAND, censurado por su propio partido, al que se olvidó de consultar.

            Desde Inglaterra, ESTERHAZY reconocía, en Le Matin del 18 de julio de 1899, pocos días antes de que se abriera el proceso de revisión de DREYFUS, ser el autor de aquel primitivo bordereau, que ahora declaraba haber escrito por orden del coronel SANDHERR, para así sostener la culpabilidad del oficial judío, sobre la cual se manifestaba él moralmente convencido (y aludiendo a que los viajes de DREYFUS  a Alsacia tenín otra finalidad que la de visitar a su familia). Ello vendría a robustecer la tesis del puro montaje, habiendo actuado ESTERHAZY como añagaza para los servicios alemanes; y supondría que, si bien DREYFUS fue siempre inocente, nunca habría sido ESTERHAZY traidor. Es el misterio que seguirá persistiendo en torno a esta figura. Y el exiliado irá, en lo sucesivo, destilando declaraciones a quien quisiese comprárselas, hasta su muerte en el exilio en 1923.

            El segundo Consejo de Guerra se abría, pues, en la sala de actos escolares del lycée, o instituto de Enseñanza Media de Rennes, el 8 de agosto de 1899, con la presencia del rescatado de la Isla del Diablo que, tras cuatro años, había vuelto a ver a su esposa Lucie. DREYFUS aparecía solitario en el banquillo, demacrado y distante, incluso para aquellos que se decían sus amigos, entre unos odios que no entendía y unas “simpatías” que él sentía instrumento de un combate político que le rebasaba. Ante sí tenían los jueces la incomodísima tarea de revisar la causa de aquel convertido ya en un simbolo. La capital de la Bretaña, de moderado republicanismo, aparecía como una anomalía en un entorno católico-conservador. Allá afluyen periodistas llegados de París y de muy diversos países, fotógrafos y hasta la novedad del cinematógrafo con Georges MELIÈS, además del tout Parisdreyfusards y antidreyfusards-. WALDECK-ROUSSEAU ha juzgado oportuno, en todo caso, mandar detener a los jefes de las ligas nacionalistas, en particular DÉROULÈDE y el agitador antisemita Jules GUÉRIN -director del semanario l’Antijuif-, mientras el escritor Léon BLOY, talentoso periodista de combate y acre enemigo de la escuela naturalista y de todo el positivismo, arremetía contra su congénere ZOLA (el autor de La Terre y de tantas otras “inmundicias”), en “Je m’accuse”. El recién llegado del exilio londinense tuvo el buen criterio de no aparcer por Rennes.

Uno de los dos letrados de la defensa, LABORIE, era herido en la calle de un disparo, el 14 de agosto, por un agresor que nunca se llegó a encontrar. Aunque sin grandes consecuencias, la emoción que ese atentado suscitó fue grande; el arzobispo mismo, temiendo derivaciones no deseadas del acto, suspendió la tradicional procesión de la Asunción, ¡para escándalo y planto de sus fieles! Y el gobierno francés, en un gesto diplomáticamente extravagante, llegó a solicitar de Alemania la confirmación de la culpabilidad de ESTERHAZY: “No soy Emperador de los Franceses!” –parece que respondió Guillermo II-.

            Cinco de los siete jueces de Rennes, quisieron tirar por la vía del medio, reconociendo a DREYFUS, el 9 de septiembre, culpable de “inteligencia con el enemigo”, pero ahora con circunstancias atenuantes (¿!), y condenándole a diez años de prisión. Pero su conclusión no satisfizo a nadie. El Presidente de la República, a petición del gobierno, acabará concediéndole el 19, la gracia presidencial, “por razones de salud”. ¡Ya CLEMENCEAU, contra la opinión de la familia Dreyfus, se preparaba a ponerse en campaña en favor de un tercer proceso!

El Senado, constituido en Alto Tribunal, condenará, esta vez, el 4 de enero de 1900, a DÉROULÈDE y otros a seis años de destierro, por complot contra el Estado, y a GUÉRIN, además del cargo anterior, a diez años de prisión por otros delitos conexos (lo que no impedirá a DÉROULÈDE entrar en Francia solo para batirse con JAURÈS –fundador, este año, de l’Humanité-, al que ha acusado de hacerle el juego al extranjero).

            El orden quedó aproximadamente restablecido. Se procederá también a la depuración del alto mando militar. Pero los hondos resentimientos perdurarán en amplios sectores de la población urbana. En las elecciones municipales del 28 de enero siguiente, la izquierda perdía la alcaldía de París, en beneficio de la derecha nacionalista.

            La Exposición Universal que se abría en esta primavera de 1900 parecía venir oportunamente a apaciguar los ánimos político. En París se inauguraba el puente Alexandre III, (en honor del emperador de Rusia, muerto seis años antes, y de su acercamiento a Francia), el Gran Palais y el Petit Palais y, como en Londres, Nueva York, Budapest, Berlín y Viena, el nuevo Metropolitano que impulsaba el ingeniero Fulgence BIENVENUE.

Francia, con su ascendiente intelectual, quería mostrar al mundo progreso económico y optmismo en sus instituciones. El 14 de diciembre, la Cámara de los Diputados votaba una amnistía general para todos los implicados en el deplorable caso DREYFUS, que así se deseaba cerrar; de ella vinieron a beneficiarse ZOLA y PICQUART.

WALDECK-ROUSSEAU, que venía apoyándose en el ala izquierda de la Asamblea, se sostendrá hasta las elecciones de mayo; el 3 de junio siguiente daba paso al gobierno COMBE.

Las consecuencias políticas del Caso –affaire Dreyfus-, convertido en un drama nacional, resultaron duraderas y profundas. Aquella grave crisis de conciencia, definitiva entrada de Francia en las instituciones democráticas y parlamentarias del siglo XX, vino a actuar como un revelador de las tendencias políticas y provocó resentimientos duraderos en todos los medios sociales, en los salones político-literarios (cuya influencia resulta hoy dificil de imaginar), en las profesiones e incluso en el seno de las familias. Cada lado había pretendido representar a la Francia verdadera. Fue ocasión, también, para poner en evidencia las pasiones contradictorias que se venían manifestando desde hacía algún tiempo en la vida política y, en particular, respecto al ejército. En adelante, los nombramientos de los oficiales superiores serán estrechamente controlados por el poder civil, y numerosas dimisiones van a permitir ir modificando la mentalidad castrense. La prensa adquiere desde entonces un definitiva relevancia político-social, más allá de lo estrictamente informativo.

Fue también el final del gobierno de centro, conservador en lo social y tolerante en materia religiosa. Los antiguos opportunistes, ahora progressistes, que habían organizado la República y el mando del Estado desde hacía veinte años, acabaron dividiéndose: la mayoría se desplazó a la derecha, y una minoria se unió a la izquierda. La derecha conservadora se hizo nacionalista y militarista; y la izquierda cedía al antimilitarismo sumario, al anticlericalismo como forma de gobierno (después de que la idea del complot de la Iglesia Católica contra la República hubiera prosperado como teoría de consumo popular) y, en ciertos casos, llegaba al internacionalismo.

            Aun cuando, desde hacía algunos años, con la Encíclica a los fieles de Francia “Au milieu des sollicitudes”, de 1892, el papa León XIII invitaba a aceptar las nuevas instituciones, para así defender mejor los intereses de la Iglesia, los republicanos estimaron que las congregaciones religiosas (los asuncionistas particularmente) habían utilizado el caso DREYFUS contra el régimen. WALDECK-ROUSSEAU les reprochaba a todas su riqueza y su control sobre la juventud burguesa, que ellos mismos les disputaban. La mayoría de los alumnos de las Grandes Escuelas, como Polytechnique y Saint-Cyr, que alimentaban la mayor parte de la oficialidad, salían, en efecto, de los colegios católicos. Pero WALDECK-ROUSSEAU no deseaba romper el Concordato que regía las relaciones entre la Iglesia Católica y el Estado desde 1801, sino, únicamente, controlar a las Congregaciones. Ese era el objeto de aquella Loi de 1901 sur les associations: las civiles eran libres de constituirse, pero las religiosas quedaban sometidas a una autorización. Pero la política anticlerical como programa de gobierno tuvo el infeliz resultado de retrasar la sincera incorporación de los católicos a la República.

            En las elecciones de 1902 (27 de abril-11 de mayo), derecha e izquierda se enfrentaron en contendida disputa por los votos. El bloc des gauches, que reagrupaba a los amigos de WALDECK-ROUSSEAU y a los socialistas se alzaron con la victoria. WALDECK-ROUSSEAU se retira enfermo, y su sucesor el radical Émile COMBE va a comprometerse inmediatamente en un anticlericalismo militante y sectario. Cierto es que “el Papa de los obreros”, aquel excelente político que León XIII había demostrado ser, muerto ya, era reemplazado en 1903 en la Silla de San Pedro por el escasamente negociador Pío X, que comprendió mal su tiempo.

            Émile ZOLA moría en la noche del 28 al 29 de septiembre de 1902, en su domicilio de la rue de Bruxelles, víctima de un deficiente tiro de chimenea, no sin haber dejado su obra póstuma, La Vérité, inspirada en l’Affaire.

            Y el capitán DREYFUS reclamaba en marzo de 1904, la revisión completa de su caso, tras haberse descubierto nuevos elementos. Habrá que esperar a 1906 para que la Cour de Cassation acabe anulando la sentencia de Rennes y pronunciando su rehabilitación definitiva, el 12 de julio de ese año. DREYFUS, que así concluía el padecimiento de un largo martirio físico y moral, era entonces reintegrado en el Ejército, promocionado a jefe de escuadrón y luego a comandante, y condecorado con la Legión de Honor, y el tte.-crnel. PICQUART ascendido a general de brigada. La apoteosis la constituyeron dos actos altamente simbólicos: con la formación del ministerio CLEMENCEAU (1906-1909), en octubre siguiente,  PICQUART era nombrado ministro de la Guerra, y las cenizas de ZOLA trasladadas solemnemente al Panteón parisiense de la colina Sainte-Geneviève, el 4 de junio de 1908. Y en el transcurso de esta ceremonia, Alfred DREYFUS fue herido en el brazo de dos tiros que le disparó el periodista nacionalista y antisemita Louis GRÉGORI.

            El estandarte de los antidreyfusards será asumido a partir de 1908 por l’Action Française de MAURRAS, BAINVILLE y DAUDET.

            El maniqueísmo –propio de manuales al uso o de lectores deseosos de encontrar reconfort a sus preconceptos-, con el que el sectarismo ciego de unos es opuesto al elevado sentido de la justicia, el derecho y el humanitarismo de otros es, en este caso, mal consejero y pésimo método histórico-científico. La institución militar francesa de aquella época era compleja; en ella cohabitaban los sentimientos antisemitas de numerosos oficiales con la serenidad institucional republicana; en cualquier caso, ha de huirse de la condena monolítica del ejército francés de entonces, so pena de una grosera apreciación histórica: ni durante el desarrollo de las diversas vicisitudes que jalonaron el Caso, ni después, se constata un descenso en el número de candidatos israelitas, ni tampoco en la proporción de admitidos a Saint-Cyr o Polytechnique: en los años 90, antes de la crisis, ingresaban en cada una de estas Grandes Escuelas entrre 5 y 9 candidatos de familias judías (11 en Polytechnique en 1893); en 1895 (después de la condena de DREYFUS) varios de esos alumnos salen normalmente de la Escuela Superior de Guerra y acceden al grado de capitán; en 1898, diez candidatos ingresaban en Polytechnique, y otros nueve al año siguiente, tras el indulto del Presidente de la República; en el mismo 1894, año en que DREYFUS fue degradado, varios alumnos judíos salieron de la Escuela Superior de Guerra, llegando a capitanes de infantería; oficiales judíos ascendían por entonces, no ya sólo a teniente, capitán o jefe de batallón, sino a tenient-coronel, coronel o incluso general, como aquel Samuel NAQUET-LAROQUE, que lo fue en julio de 1894.

Se apreciaban, aquí y allá, diversos casos de solidaridad comunitaria, en el dolor del fallecimiento de algún oficial judío, en el seno de la familia militar, más allá de la pertenencia étnico-religiosa, donde el rabino comparte ceremonia con el comandante del batallón y una representación de las diversas armas. Y la Legión de Honor seguía igualmente abierta a dicha categoría de ciudadanos. Salpicado, todo ello, es cierto, de exclusiones, vejaciones antisemitas o retrasos de carrera.

            Así, entre contradicciones y crispaciones, los grandes principios republicanos de libertad e igualdad ante la ley, iban progresando en la Francia que se abría al nuevo siglo.

            Nuevos retos y sinsabores, a corto y medio plazo desafiaban la solidaridad y el patriotismo de la Nacion entera. Todavía en enero de 1913, se preguntaba DRUMONT, desde sus páginas, de qué lado de la frontera se situaría el judío DREYFUS en cas de coup de tourchon. Los acontecimientos que seguirían se iban a encargar de responderle ampliamente: sobre el río Marne (donde, en septiembre de 1914, el cañón 75 C fue protagonista), en Champaña y Lorena, combatieron, junto a centenares de miles de compatriotas el ahora tte.-crnel Alfred DREYFUS -“excelente oficial superior”, se dirá de él-, y su vástago el teniente Pierre DREYFUS.

            Alfred DREYFUS fallecía en París el 11 de julio de 1935, a los 76 años de edad, cinco años después de la desaparición de su hermano Mathieu, que por él tanto había combatido desde el amor fraterno; Lucie sobrevivirá a su marido hasta 1945; tenía entonces, también ella, 76 años.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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En español

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