Enrique IV, asesinato de – (1610)

        El 14 de mayo de 1610, Enrique IV el bearnés, (Henri IV), “rey de Francia y de Navarra”, con 56 años entonces, se dirigía para visitar a Sully enfermo. Pero no llegará a su destino, asesinado en la propicia situación de un atasco de circulatorio por las estrechas calles de París, no lejos del Louvre. Era la última y definitiva de la serie de tentativas de la que había sido objeto para acabar con su vida.

      En esta azarosa época -y antes también: ver, p ej., en el siglo XII, Jean de Salisbury, que será obispo de Chartres, con su Policraticus-, en que, tanto los jesuítas por el lado católico (Mariana: De rege et regis institutione, 1599), como los teólogos calvinistas y asimilados (los escoceses George Buchanan y John Knox), propugnaban la legitimidad del regicidio en determinadas circunstancias, una “cultura regicida”, como dirá Mousnier, circulaba por Europa a finales del siglo XVI, la cual consideraba legítimo la muerte del tirano, violador del orden querido por Dios. Enrique IV era la última víctima, después de Guillermo I de Nassau el Taciturno, estatúder de las Provincias Unidas en julio de 1584, y de Enrique III, rey de Francia, su predecesor, en agosto de 1589.

Enrique IV, asesinato de —

            Segundo y último rey de Francia en morir bajo el cuchillo de un asesino aislado, Enrique IV moría lo suficientemente temprano para evitar la abierta impopularidad; y su muerte violenta marcaba el inicio de un mito nacional, el del “bon roi Henri”, que había sabido concluir las guerras de religión y había restaurado la paz civil y la prosperidad.

      Prematuramente consumido por una vida fecunda en golpes de teatro e imprevistos, el rey podía, en esta primavera de 1610, contemplar con alguna satisfacción el trabajo conseguido. Pero él mismo sufría de sus frecuentes disputas con la reina María de Médicis, que le había dado, sin embargo, seis hijos y conservaba aún, a sus treinta y cinco años, una belleza carnosa y sensual. Y, rodeado de grandes señores que ansiaban ajustar cuentas y le reprochaban la paz concluida entre protestantes y católicos, sentía también la fragilidad de su trono. Entre los más agrios figuraba Jean-Louis de Nogaret de La Valette, duque de Épernon, ex-favorito (mignon) de Enrique III, de quien había recibido honores y títulos; sólo tardíamente, en 1596, se adherirá Épernon al bearnés, que le acogió con generosidad.

Enrique IV, asesinato de –. Inscripción rue de la Ferronnerie

       Practicando una política extranjera que dividía profundamente a la opinión francesa, Enrique se sabía rodeado de asesinos en potencia y de gente que deseaba su muerte, cuando su legitimidad no era evidente para todos y que muchos dudaban de la sinceridad de su conversión. Como había sucedido en Inglaterra con Isabel I y sucederá con Jacobo I, ya en agosto de 1593, un tal Pierre Barrière venido de Orleáns, fue apresado por haber querido asesinar al rey, y recibió el castigo que le infligirán a Ravaillac; en diciembre de 1594, un Jean Châtel, joven católico estudiante de derecho, ex-alumno de los jesuítas de Clermont y no muy sano de juicio, había intentado apuñalarle. El parlamento de París había aprovechado la ocasión entonces para expulsar del reino a esa orden más leal al papa que a la corona de Francia, y clausurar sus colegios. Con el correr del tiempo, se pudieron desbaratar otras tentativas de asesinato por diversos medios, desde el veneno hasta la ballesta

            Sagaz político, jefe de guerra carismático y de compleja personalidad, Enrique IV era, sin embargo, vulnerable cuando su ya vacilante líbido de viejo verde, le llevaba a la alcoba de alguna belleza. Y la última de sus quimeras amorosas acababa de ser la jovencita Charlotte de Montmorency, con apenas 15 años cumplidos. Para poder seducirla y frecuentarla cómodamente, el rey la había unido en matrimonio a su primo, el joven Condé, más ocupado de caza que inclinado a las mujeres. Pero, ya casado, el príncipe, que no entendía desempeñar el deslucido papel de marido deshonrado, huyó con su mujer a Bruselas, para colocarla allí bajo la protección del gobernador español de los Países Bajos.
Enrique IV montó en cólera al saberlo y amenazó con entrar en guerra para “rescatar” a su hurí. La vacante, en marzo de 1609, de las ciudades imperiales de Clèves (al. Kleve) y Juliers sobre el Rin -rayando con el ámbito alemán y las Provincias Unidas, y tan cercana  a la frontera francesa-, vino a ofrecerle pretexto pintiparado, porque las tropas del Emperador Rodolfo II, vinieron a ocupar esas plazas, hasta tanto quedara solucionada la sucesión del difunto duque Jean-Guillaume (guerra de Juliers-Clèves). Y el rey de Francia quiso ver en ello el esbozo de lo que habría de acabar en anexión por los Habsburgo.
Aquel proyecto de guerra, después de doce años de relativa paz, venía a encender de nuevo las discordias en la Corte, donde la reina y el duque de Épernon mostraban su abierta hostilidad. La supersticiosa María de Médicis temía dos cosas: acabar siendo repudiada y la muerte prematura del rey, y por ello venía reclamando ser coronada reina y entrar en la Capital con toda solemnidad, simbolismo que probablemente la protegería contra una eventual separación y le aseguraría la regencia durante la minoría de edad del heredero, en caso de que viniera a acaecer el segundo de los temores, ahora que su marido andaba moviendo guerra.
Enrique IV acabó cediendo: la coronación quedó fijada para el 13 de mayo y la entrada en París para el 16. El rey tenía previsto ponerse a la cabeza de su ejército para entrar en campaña tres días después.

          Pero en Francia (cuando ya el rey venía apoyando a los protestantes alemanes contra el Emperador), algunos clérigos, sobre todo jesuítas –orden que, sin embargo, había dejado regresar a Francia en 1603, después de lo de Châtel-, manifiestaban ya públicamente su oposición a esa guerra contra los Habsburgo, y contra el rey de España particularmente, paladín de la Contrarreforma católica a pesar de aquella paz de Vervins de 1598; y en ello veían una nueva traición de Enrique, hijo, al fin, de aquella activa calvinista Jeanne d’Albret.

       Entre los que recibieron aquel difuso mensaje se encontraba Jean-François Ravaillac, robusto pelirrojo y barbudo de 32 años, objeto ya de frecuentes crisis de inquieto misticismo, hijo de un pequeño jurista de poca monta, brutal y dado a la bebida después de haber perdido su empleo, y de una madre de acendrada piedad, nacido en la aldea de Touvre (según cierta tradición no probada), en el Angoumois, esa tierra tan castigada por las guerras de Religión. Ya por esta época, había ejercido diversos oficios, desde criado a los 12 años, hasta escribiente y maestro de escuela, pasando por fraile bernardo en París, estado que hubo de dejar al poco de su ingreso, expulsado de la comunidad por su carácter visionario y desaforado. Porque Ravaillac ya venía dándole vueltas, en su exaltada cabeza, a la idea de eliminar físicamente al “tirano”; y dos veces había intentado acercarse al rey sin conseguirlo.
En estos primeros meses de 1610, decidido a pasar a la acción, había vuelto a París andando, desde su tierra natal; y de camino, había robado en una posada el cuchillo que habría de utilizar en su acción.
Aquellos religiosos y jesuítas a los que venía confiando su proyecto “de salvar Roma y a Francia”, no le denunciaron, ni hicieron nada para apartarle de su idea.

             Y llegó el 13 de mayo, día previsto de la coronación en Saint-Denis de María de Médicis (única reina de Francia en ser coronada), y todo eran fiestas y regocijo con motivo del acontecimiento.

            Al día siguiente, el rey daba muestras de una inhabitual agitación. En el aire, rumores de complots, sombríos vaticinios de videntes y tormentos de amor. Para cambiarse las ideas, decidió ir a ver a su amigo Sully, que le decían que está enfermo, al Arsenal, orilla derecha del Sena al E. de París, donde el ministro residía desde 1599. Ya de paso, comprobaría diversos detalles de la próxima entrada de la reina en la Capital.  Y hacia las cuatro de la tarde de ese 14 de mayo, sube a su pesada carroza acompañado de los duques de Épernon y Montbazon. No le ha parecido necesario que la guardia a caballo asegure su escolta.
El tal Ravaillac salía en esos momentos, con su cuchillo, de la posada de “les Trois pigeons”, cercana a la iglesia de Saint-Roch, y se dirigía al palacio; fue a tiempo para ver alejarse la carroza real.
Pero, a la altura de la estrecha rue de la Ferronnerie, esquina con la rue Saint-Honoré, el carruaje se ve comprometido en el inoportuno atasco que están provocando un par de carretas; los criados de acompañamiento saltan del estribo posterior para intentar apartarla. Y allí surge entonces Ravaillac, que se arroja en dirección al carruaje, se apoya en los radios de una rueda, introduce el brazo y, por encima del duque de Épernon, asesta dos certeras cuchilladas de muerte en el pecho y en la garganta del rey.
No intentó escapar, convencido de la justicia de su acto; fue reducido, apresado y conducido, inicialmente, al hotel de Retz, rue Saint-Honoré, para un primer interrogatorio; y,  finalmente, a la cárcel de la Conciergerie.
Ya al rey se le iba yendo la vida en borbotones de sangre, mientras la carroza volvía al Louvre a toda prisa, y allí terminó expirando. De hecho, será el único soberano que muera en ese palacio.

         Ravaillac fue sometido a la habitual “question” (tortura) durante trece días, juzgado por la grand’chambre del Parlamento, y condenado a morir como regicida. Será el 27 de mayo.
La mañana de ese día, fue sometido de nuevo a “la question préalable”, antes de ser conducido en carreta, ya por la tarde, al antetemplo de Notre-Dame donde, “desnudo en camisa y con una antorcha ardiente en la mano”, hubo de retractarse y hacer confesión pública de su horrendo parricidio; luego cerca de la iglesia des Innocents, donde el crimen había sido cometido, le queman la mano derecha; acto seguido, fue llevado a la place de Grève (hoy del Hôtel-de-Ville): ¡traître!, ¡parricide!, ¡méchant! -le gritaban por el camino-. Allí será descuartizado este loco de Dios, tras indecible suplicio, como ha dejado explicado en su journal Pierre de l’Étoile. Y hasta su último aliento, seguirá declarando haber actuado solo y sin cómplices.
Sus padres, allá en Angoulême, fueron obligados a cambiarse el apellido y a exiliarse de Francia, “con prohibición absoluta de regresar jamás, so pena de ser ahorcados y estrangulados (“à peine d’être pendus et étranglés”).
No tardaron en circular rumores, sin embargo, diciendo unos que eran largos los brazos de España y del Emperador (¿Ravaillac, instrumento inconsciente de intrigas españolas y austríacas?), asegurando otros que el duque de Épernon estaba implicado en el asesinato, o acusando a la colérica ex-favorita Henriette d’Entragues (a la que Enrique había prometido matrimonio para dejarla después, y que ya había incitado en 1605 a la conspiración del conde de Auvernia, su hermano uterino). ¡O señalando incluso a la misma reina!

            En lo inmediato una ola de temor se extendió por toda Francia, pensando que la formidable noticia podría desencadenar un nueva guerra civil. Y por Europa también: en Madrid, Felipe III, mandó declarar luto riguroso para su familia y la corte, y se suspendió el teatro.

           Los funerales del rey fueron celebrados en la catedral Notre-Dame de Paris en medio de un gran fervor popular. Siguiendo su voluntad, el colegio de La Flèche, que él habia fundado en 1607 y confiado a los jesuítas, recibió su corazón; y la inhumación tuvo lugar el 1 de julio siguiente, según tradición, en la abadía de Saint-Denis, donde había abjurado del calvinismo. Unas horas antes, la necrópolis había acogido también los restos de sus antecesor en el trono Enrique III, también asesinado. Enrique IV no había querido que ello sucediera antes de su propia muerte, ¡a causa de cierto augurio que pretendía que él iba a morir inmeditamente después de que los despojos del anterior rey hubieran llegado a Saint-Denis!

          Y al contar sólo ocho de edad, el nuevo rey Luis XIII nombró oficialmente a su madre regente del reino ante el Parlamento, siguiendo las instancias de Épernon. Ya no era cuestión de partir en guerra contra los Habsburgo, pero María de Médicis y sus favoritos, con su impericia, van a conducir al reino, al borde de una nueva guerra civil. En el medio plazo, sin embargo, el gesto de Ravaillac, paradógicamente, tendrá el efecto contrario de apuntalar la monarquia francesa, absoluta y galicana.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

CASSAM, M.: La Grande Peur, de 1610.Les Français et l’assassinat d’Henri IV; Seyssel, Champ Vallon, 2010.
CASTARÈDE, Jean: 1610, l’assassinat d’Henri IV: un tournant pour l’Europe?; Chaintreaux, ed. France-Empire Monde, 2009.
CHEVALLIER, Pierre: Les régicides: Clément, Ravaillac, Damiens; Paris, Fayard, 1989.
GARRISSON, Jeanine: Henri IV, le roi de la paix; La France au fil de ses rois; J. Tallandier, 2000. 
MOUSNIER, Roland: L’assassinat d’Henri IV: 14 mai, 1610; “Trente journées qui ont fait la France”;  Gallimard, 1964; y diversas ediciones posteriores, 1981, 2008. 
PETITFILS, Jean-Christian: L’asassinat d’Henri IV, mystères d’un crime; Perrin, 2009.
www.Henri-IV.culture.fr

En español:
ALIÑO TESTOR, María Socorro: Enrique IV y su tiempo; Ed. Universidad Complutense, 1983.
GUERRA VISCARRET, Pello: Jaque mate al rey de Navarra; Astero, 2008.

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