Bernardo de Claraval (Bernard de Claivaux) (1091-1153)

            Nació en el château de Fontaine-lès-Dijon, en el probable año de 1091 (y no 1090). Sus padres fueron Tescelin, señor de Fontaine (ca. 1065-1120), y Aleth de Montbard (ca. 1070-1107), ambos de la alta nobleza borgoñona.

Tercero, al parecer, de un familia de siete hijos, fue enviado con sus hermanos, cumplidos los nueve años, a una conocida escuela canónica de Châtillon-sur-Seine, donde recibió una buena formación en religión, latín y literatura. Aficionado a esta última disciplina, dedicó por entonces horas y desvelos a la poesía, ganándose pronto el aprecio de sus maestros por su dedicación al estudio, su aprovechamiento y –se decía- su crecimiento en virtud.

Y era todavía adolescente cuando perdió a su madre.

Bernardo de Claraval

Bernardo de Claraval

            El progreso social de un clérigo letrado estaba entonces asegurado, y la vía del ascenso e incluso del poder, a la sombra de la monarquía, parecía prometedora. Pero Bernardo deseaba retirarse del mundo y llevar una existencia de soledad y oración.

E ingresó fraile en la abadia de Cîteaux -cuatro o cinco leguas al sur de Dijon-, en 1112, en la época del abaciado de Étienne/Esteban Harding (que también llegará a santo); era aquella abadía fundada catorce años antes por Robert de Molesme -San Roberto abad-, con el propósito de restaurar la regla de San Benito en todo su rigor; serán los cistercienses.

Y en 1115, enviado por Esteban (junto con unos veinte o treinta compañeros, todos ellos pertenecientes a familias nobles de Borgoña), Bernard acabará siendo el fundador y primer abad de Clairvaux –Clara vallis, un lugar apartado del bosque, a quince km. de Bar-sur-Aube (Champaña)-, una de las colonias emanadas de Cîteaux-. Y será confirmado por Guillaume de Champeaux, célebre teólogo que, a la sazón era obiso de Châlons.

Los comienzos allí fueron confusos y penosos, con un régimen tan austero que llegará a afectar a la salud de Bernardo y de sus hermanos en Cristo. Pero el monasterio progresaba rápidamente, y allí llegarán a ingresar su viudo padre y sus cinco hermanos varones, convertidos ya al fervor religioso de Bernard (su hermana Humbelina tomará también los hábitos en el priorato de Jully-les-Nonnains); hasta convertirse Clairvaux en la casa madre de numerosas otras comunidades (como la abadía de Notre-Dame de Fontenay). Porque Bernardo, pretendiendo volver a las fuentes, toma lo más auténtico de la tradición benedictina y lo renueva con sus rasgos más eminente de pobreza y humildad y devoción a la Virgen María.

            En 1119, Bernardo forma parte del capítulo general cistercienses convocado por Harding, que dará su forma definitiva a la orden, en la que se llamará “Carte de Charité”, confirmada poco después por Calisto II [1119-1124]

            Con una notable influencia ya entre el clero secular, en 1128 asiste –más instado por otros que por gusto personal-, al concilio de Troyes (del que fue secretario) convocado por Honorio II y que presidirá el legado papal Mateo d’Albano; su objeto era solucionar determinadas controversias de los obipos de París, y regular igualmente otros asuntos de la iglesia de Francia, lo que le atrajo, en el momento, hostilidad de ciertos sectores del clero secular acusándole a él, simple fraile, de inmiscuirse en asuntos fuera de su incumbencia, y acusaciones de orgullo y presunción.

            Es digna de señalar, en este sentido, la carta que Bernardo le había enviado al arzobispo de Sens (entre otras a diversos obispos), Henri de Boisrogue -al que llamaban “el Jabalí” por su irascible carácter-, que luego se conocerá como “De Officiis Episcoporum”, reveladora –en este siglo en que los pueblos europeos formaban una gran comunidad cristiana-, de la positiva influencia que ejercían determinados monjes y conventos del siglo XII, y de las tensiones entre ambos cleros regular y secular. Y el de Sens hizo público proposito de enmendarse.

            Fue en el transcurso de aquel concilio de Troyes cuando Bernardo consiguió que se reconociera la “Orden de los Caballeros de la Milicia del Temple”, los Templarios, orden, entre religiosa y militar, que Hugo de Payns y Godofredo de Saint-Amour, habían fundado en 1119 para la defensa de los peregrinos a Tierra Santa, de la que él mismo había redactado regla y estatutos, pronto ideal de la nobleza francesa.

            Hombre de gran carisma y atractivo, Bernardo va convirtiéndose paulatinamente en una de las personalidades más escuchadas del Occidente cristiano, interviniendo en los asuntos públicos y aconsejando a los papa. En el concilio nacional de Étampes de 1130 (convocado por el rey, y al que asistieron los arzobispos de Sens, Reims y Bourges, así como otros obispos y abades), y en medio del cisma que dividía entonces a la Iglesia, Bernardo, convocado allí con el beneplácito del episcopado, contribuyó poderosamente a decidir en favor de Inocencio II (Gregorio Papareschi [1130-1143], desterrado de Roma por Anacleto II y refugiado en Francia), determinando asi la posición de varios soberanos, entre ellos Luis VI el Gordo, por entonces rey de Francia.

Y estuvo también al lado de Inocencio II en el concilio de Reims de ese mismo año de 1130 convertido ya en su escuchado consejero.

            En 1132, Bernardo obtuvo del papa la independencia de Clairvaux respecto a Cluny y que quedaran abolidos los derechos que venían pagándoles (acción que dará lugar, durante veinte años, a una diputa entre “monjes blancos” (cistercienses) y “monjes negros” (cluniacenses)).

            Y en 1139 asistió al segundo concilio general de Letrán y décimo ecuménico, en el que fueron definitivamente condenados los aún partidarios de aquel cisma, ya teóricamente concluido ahora con la muerte de Anacleto en 1138.

            Fue por estas fechas cuando Bernardo recibió en Clairvaux al primado de Irlanda Malaquías (que la Iglesia canonizará), con el que le unía gran amistad después de que ambos se hubieran conocido en Roma. Él introducirá aquella regla cisterciense en su país y, poco inclinado a los honores, de buena gana hubiera tomado el hábito cisterciense si el Pontífice le hubiera autorizado. Sin embargo, Malaquías morirá en Clairvaux, cuando se dirigía una segunda vez a Roma, y fue asistido por Bernardo, que luego escribiría su vida.

            Hostil al racionalismo del filósofo y teólogo Abelardo, el más elocuente y uno de los más instruidos de su época (ya condenado su tratado sobre la Trinidad en el concilio de Soissons, de 1121), Bernardo obtuvo de nuevo su condena en el sínodo de Sens (1140), al que asistió igualmente Gilbert de la Porrée (que será condenado él mismo por otros motivos en posterior concilio).

            Inocencio II moría en 1143, y el reinado de sus sucesores Celestino II y Lucio fue breve. Y subió entonces a la Silla de San Pedro Bernardo de Pisa, abad de las Tres Fuentes, fraile que había sido de Claivaux y discípulo de Bernardo, que será conocido por Eugenio III [1145-1153]. Y, a petición suya, Bernardo le envío diversas instrucciones que componen el “Libro de Meditación”, cuya principal idea era que la reforma de la Iglesia había de empezar por preservar la santidad de su cabeza y que los asuntos temporales eran secundarios.

            Ya por esos años se había ido desarrollando la corriente de los cátaros, y, a partir de 1145, Bernardo va a intervenir también en este espinoso tema político-religioso. Bajo el pontífice Eugenio III y junto al obispo cluniacense de Chartres Geoffroy de Lèves [1115-1149], acompaña al  nuncio apostólico para predicar contra aquella desviación herética en el foco mismo, el Languedoc (Cahors, Albi y otras localidades).

            Mientras tanto, allá en Oriente, el condado de Edesa acababa de caer en 1144 en manos de los turcos, y estaban amenazadas Antioquía y Jerusalen. Y a petición del nuevo papa, Bernardo aceptó predicar aquella Segunda Cruzada, con las mismas indulgencias que Urbano II había otorgado a la primera: Estuvo en Vézelay (Borgoña), aquel 31 de marzo de 1146, ante un inmenso gentío y los reyes de Francia Luis VII y Leonor de Aquitania; y en Spire (Germania), ante el emperador Conrado III y su sobrino Federico Barbarroja.

La cual cruzada acabará en fracaso militar dos años después, para gran pesadumbre de Bernardo.

            Y en 1148, presidiéndolo el papa Eugenio, tuvo lugar el concilio de Reims, al que asiste también Bernardo; allí se debatieron y condenaron determinadas posiciones del teólogo y filósofo obispo de Poitiers Gilberto de la Porrée, o Porretano.

Porque Bernardo, que a veces habla de “la charlatanería de los filósofos”, ni se oponía al saber, ni lo despreciaba, sólo quería, en la vía mística, fundarlo sobre otras bases: no partiendo de la presuntuosa inteligencia, sino del corazón. Para este cisterciense, fe, entrega, amor sincero a Cristo y sumisión humilde, son las mejores vías para recibir la Verdad; y en ese camino distingue tres  estadios: la consideratio (en la que el hombre busca), la contemplatio, en la que abarca la verdad encontrada, en actitud de humildad y confianza, y el éxtasis, en que nos fundimos en la unión mística con Dios, fuera ya de nosotros mismos.

            Bernardo de Claraval sostuvo, igualmente, algunas polémicas contra la orden de Cluny, particularmente en la persona del abad cluniaciense Pierre le Vénerable (1092-[1122-1156]).

Más hombre de acción y de espiritualidad que teólogo, él es autor de diversos tratados polémicos; pero también lo es de sermones sobre el Cantar de los Cantares, de homilías –él que había sido gran predicador-,  y de poemas a la Virgen María, su gran sentimiento y  devoción

            Bernardo de Claraval, fue uno de los hombres de Iglesia más estimados -y venerado por no pocos-, de la cristiandad, y le llamaron “doctor melífluo” (el de la boca de miel, que supo extraer lo más dulce de la palabra de Dios), y “cazador de almas” y vocaciones; y, como Pedro Abelardo, imprimió su sello a la época en que vivió.

Moría en la cisterciense Claivaux el 21 de agosto de 1153, a los sesenta y tres años, después de haber fundado innumerables monasterios en diferentes partes de Europa, y fue enterrado en su abadía. Sucedía su óbito pocos días después de que hubiera fallecido en Tívoli el papa Eugenio III, su gran amigo.

En 1174 -primer cisterciense inscrito en el santoral-, fue canonizado santo por Alejandro III. Se le celebra el 20 de agosto. Y posteriormente declarado doctor de la Iglesia por Pío VIII, en 1830.

Suprimida como congregación bajo la Revolución francesa, la antigua abadía, como sucedió en muchos otros casos, fue destinada, hasta hoy, a prisión de Estado.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

AUBÉ, Pierre: Saint Bernard de Claivaux; París, Fayard, 2003.
BARTHELET, Philippe: Saint Bernard; Pygmalion, 1998). 
BREDERO, Adrien Hendrik: Papauté, monachisme et théories politiques, t. I: Le pouvoir et l’institution ecclésiale; Lyon, 1994.
CHÉLINI, Jean: Histoire religieuse de l’Occident médieval; Hachette, 1991.
DAVY, Marie-Madeleine: Bernard de Clairvaux;Albin Michel, 2001.
MERTON, Thomas: Saint Bernard, dernier père de l’Église; Salvator, 2014.
RATISBONNE, Maríe-Théodore, Abad: Histoire de Saint Bernard et de son siècle;  Poussielgue-Rusand, 1853 y otras ediciones.

En español:  

BARTHELET, Philippe: San Bernardo; el hombre que transformó Europa; Madrid, Ediciones Palabra, 2001 (traducción de la edición francesa)

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