Abelardo, Pedro (1079-1142)

Formación y contexto

Pierre Abélard (Abailard u otras variantes gráficas), el que será una de las mentes más brillantes de la primera mitad del siglo XII y, con San Bernardo, personalidad cumbre del siglo XII en Francia, filósofo y teólogo de agitada existencia, incómodo carácter (disputador y orgulloso –dicen algunos-), y de pluma agria, había nacido en Le Pallet, a apenas 20 kms. de Nantes en dirección Poitiers, en 1079, reinando en Francia el capeto Luis VII, y era el primogénito del chevalier Bérenger, persona instruida, y de su esposa Lucie, de los que serán cuatro hermanos más (Raoul, Porchaire (que será canónigo en Nantes), Dagobert y la pequeña Denyse)

Después de la instrucción primaria, de la que su padre se encargó personalmente, decide no seguir la carrera de las armas, a la que su posición de primogénito parecía destinarle:

  “Les progrès que je fis dans l’étude m’y attachèrent avec une ardeur croissante, et tel fut bientôt le charme qu’elle exerça sur mon esprit que, renonçant à l’éclat de la gloire des armes, à ma part d’héritage, à mes privilèges de droit d’aînesse, j’abandonnai définitivement la cour de Mars pour me réfugier dans le sein de Minerve ”.  “Los progresos que hice en el estudio me aficionaron a él cada vez con más ardor y, fue tal el atractivo que pronto ejerció sobre mi mente, que, renunciando al brillo de la gloria de las armas, à la parte de mi herencia, a mis privilegios de primogenitura, abandoné definitivamente la corte de Marte, para refugiarme en el seno de Minerva ”

Y, apasionado ya por el estudio, Abelardo pasa a cultivar la gramática y la dialéctica en Melun y en Corbeil, y llega a París en torno a 1099, con 20 años.

Olvidadas ya aquellas sombra de ciudades romanas del Bajo Imperio, después de haber sido abandonado paulatinamente por merovingios y carolingios, el París de entonces, sin representar aún la sólida capital que no tardará, era ya la residencia favorita del rey y centro cultural importante, donde se multiplicaban las escuelas en torno a la colina Sainte-Geneviève y los clercs se enzarzaban acaloradamente sobre los más abstrusos temas teológico-filosóficos.

Abelardo (P.-J. Cavelier - Louvre)
Abelardo (P.-J. Cavelier – Louvre)

En este segundo medievo que se anuncia (siglo XII), se asiste ya a un tímido despertar del comercio y a la emergencia de cierta economía de mercado y circulación de mercancías, relativamente al margen de lo feudal: es el nuevo tiempo de los burgos, de las comunasa donde vienen a refugiarse los siervos huidos de la gleba, de la incipiente clase de negociantes y comerciantes, de las corporaciones de artesanos y de la nueva segmentación del trabajo, y el de las universidades, más allá de las escuelas episcopales o catedralicias.Y (sin desdeñar aquel leve soplo de cultura que había representado, en el tránsito de los siglos VIII al IX, lo que se viene en llamar, algo exageradamente, “renacimiento carolingio”), el nacimiento, sobre todo, de esa nueva “clase” que son ahora los intelectuales y que cultivan el saber, casi desinteresadamente, por sí mismo.

Nueva incipiente división social, por otra parte, que va dejando atrás aquella que el obispo Ascelin de Laon había descrito no hacía mucho tiempo: los que rezan, los que guerrean para protegernos y los que trabajan para alimentarnos

 En el barrio latino, Abelardo será alumno de Jean Roscelin / Roscelino (1050-ca.1122), introductor del “nominalismo” en lógica; e igualmente del, por entonces, maître director (écolâtre) de la escuela episcopal de París Guillaume de Champeaux (1070-1121), a cuyo “realismo” se opondrá en aquellos debates (quaestiones) que el arduo tema suscitaba.

Era el nominalismo aquella doctrina que sostenía que no hay conocimiento sin los sentidos y que las ideas generales, abstractas y universales no tienen existencia, que son solo palabras, nombres salidos de la convención. Y la disputa se remontaba ya a la Antigüedad, pues ya los “nominalistas” de entonces se oponian a Platón (para quien existen entidades como la Belleza en sí, o la Bondad), y reconocían únicamente individualidades hermosas y personas buenas. El más famoso nominalista del medievo será el franciscano Guillaume de Occam en el siglo XIV, que contribuirá, con su posicionamiento, a la separación de la teología y la filosofía y anunciará el empirismo.

En aquel bullicioso mundillo de estudiantes, clercs y letrados, destacará con luz propia Pierre Abélard.

Hacia 1102, ya maître respetado y distanciado del círculo de Champeaux, Abelardo funda su propia escuela en Melun (40 km al Sede París)y luego en Corbeil, e intentará ser nombrado maestro de la escuela capitular de Notre-Dame, cuando Champeaux -sintiéndose ya abandonado por sus discípulos-, venga a retirarse de la enseñanza en 1108 y funde la colegiata de Saint-Victor en el barrio latino.

Al no conseguir su propósito, Abelardo abre ese año su propia escuela en la montagne Sainte-Geneviève, con la ayuda del poderoso Étienne de Garlande (1070-1150).  No tardará en atraer a gran número de oyentes de todas las “naciones” -como se decía entonces-, y en adquirir nombre y prestigio Y enseña teología escolástica y, sobre todo, lógica, disciplina esta de la que será gran maestro en su tiempo.

Todo lo cual no impedía a este intelectual, de no anodina personalidad, componer en sus horas vagas canciones para sus hermanos de temperamento: los goliardos.

Representativos de la gran movilidad social de este tiempo, evadidos del constrictivo orden social medieval, eran llamados así ciertos intelectuales del siglo (y que pervivirán aún en el s. XIII), estudiantes la mayoría, clercs o gente de letras, poetas y artistas, que practicaban lo que Jacques Le Goff llamará “vagabondage intellectuel”; criticaban el orden establecido, a la Iglesia y, particularmente, a los clérigos regulares. Pero estos goliards, aunque gibelinos en ocasiones, nunca se mostraron abiertos partidarios del emperador germánico.

      Reinaba en Francia el capeto Philippe I (1052 [1060-1108]), y le sucederá Louis VI le Gros (1081[1108-1137]).

En 1113 Abelardo deja París para seguir en Laon -125 km al NE de París, esa comuna ayer sangrientamente emancipada de la autoridad de Louis VI-, los cursos de lectura sacra (escrituras sagradas) del realista Anselmo (ca. 1050-1117), al que también acaba enfrentándose, para regresar a París, imitado ya por un grupo no desdeñable de seguidores.

Pero ya hombres poderosos como Bernardo de Claraval, y Guillermo de Saint-Thierry comenzaban a tildar de héreticas algunas de las afirmaciones de Abelardo, particularmente aquellas sobre la Trinidad.

Amor y tragedia

Se alojaba entonces en l’île de la Cité, tan  cercana a la sede episcopal y a la escuela catederalicia.

Y fue a petición del rico y poderoso canónigo Fulbert (1060-1128), que deseaba perfeccionar la ya muy apreciable formación de su sobrina Héloïse / Eloísa, hija de su hermana noble fallecida y tal vez de nacimiento ilegítimo (algunos como Lamartine sugieren incluso que era su propia hija), como Abelardo va a convertirse en maestro de la joven.  Era ella de notable inteligencia (superdotada, dicen incluso); y, habiendo pasado parte de su infancia y su adolescencia en el convento de Argenteuil -lugar reservado a la aristocracia-, y ahora en el recinto de Notre-Dame (la catedral gótica no existe aún), conocía bien el latín y el griego. Ya él por los 38, cabe, incluso, que tuviera ella más edad cuando se conocieron, pues Abelardo dice “adolescentulus” para hablar de sí mismo, cuando tenía 23/25 años.

Entre ambos surge enseguida  un idilio amoroso y es por esta época, para honrar a su amada, cuando Abelardo escribe poemas en lengua vulgar (no en latín), y comienzan ellos a intercambiar cartas. No pasa mucho tiempo cuando Eloísa acaba constatando que está encinta, y Abelardo decide trasladarse entonces con su pupila a su natal Le Pallet (cerca de Nantes), donde residía su hermana Denyse…

“Peu après, la jeune fille sentit qu’elle était mère, et elle me l’écrivit aussitôt avec des transports d’allégresse, me consultant sur ce qu’elle devait faire. Une nuit, pendant l’absence de son oncle, je l’enlevai, ainsi que nous en étions convenus, et je la fis immédiatement passer en Bretagne, où elle resta chez ma soeur jusqu’au jour où elle donna naissance à un fils qu’elle nomma Astrolabe.” (Historia Calamitatum)“Poco después, la muchacha sintió que era madre, e inmediamente me lo hizo saber con grandes muestras de gozo, consultándome acerca de lo debería hacer. Un noche en que su tio se hallaba ausente, me la llevé conmigo, según habíamos acordado, para conducirla inmeditamente a Bretaña, donde permaneció en casa de mi hermana, hasta el día en que dio a luz a un varón al aue puso por nombre Astrolbe”

Allí va a nacer –como él explicará luego en “Historia calamitatum”-, el hijo de ambos Pierre Astrolabe (o Astralabe), nombre inusual entonces que, con la lectura Astro-, podría significar “el que alcanza las estrellas”, y que reteniendo “Astralabius [puer Dei]”, podría ser anagrama de “Petrus Abaelardus II” (según la investigadora Brenda Cook).

Al cuidado de su hermana deja a la criatura (del que, con el transcurrir de los particulares  acontecimientos, nunca se van a ocupar directa y personalmente, aunque se sabe que llegó a canónigo en Nantes, como su tío Porchaire), y ambos parten para París, con la intención de casarse secretamente, según los términos que, al parecer, han convenido con el tío Fulbert –y ello a pesar de los iniciales escrúpulos de la joven madre, significándole que un hombre de tanto talento, no debía cargarse de preocupaciones familiares, ni asumir otras que las derivadas del estudio y la labor intelectual-.y  Abélard acaba desposándose con ella en la parroquia de Saint-Julien-le-Pauvre, en la ceñuda presencia de Fulbert y de unos contados amigos de ambas partes.

Abelardo y Eloísa
“Image d’Épinal” sobre Abelardo y Eloísa. De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Encuentro, Amores. Huida y Boda de Eloísa y Abelardo (BnF)

Pero, movido por el rencor, Fulbert ha resuelto otra cosa para Abelardo en su fuero interno: emascularle, amputarle la parte de su cuerpo con la que había pecado, y decide llevarlo a cabo por gente a su servicio (castigo habitualmente reservado a los violadores). Era el año 1117 o 1118.

Al haberse tratado de una venganza privada, dice la crónica que aquellos esbirros fueron castigados cumplidamente por el poder civil (les sacaron los ojos y amputaron sus órganos genitales igualmente) y el mismo Fulbert acabó siendo encarcelado y despojado de sus bienes.

Víctima de aquella terrible venganza y enfermo de vergüenza más que de dolor –dirá él en “Historia de mis desgracias”…

fièvre de la douleur, confusion de la honte, trouble du désespoir, tout ce que j’éprouvai alors je ne saurais l’exprimer aujourd’hui……fiebre por el dolor, confusión por la vergüenza, y trastornado de desesperación, todo lo que entonces sufrí, no sabría expresarlo hoy…

…con 38 años entonces y apenas repuesto de sus heridas, Abelardo hace profesión monástica y se retira a la abadía de Saint-Denis (1119), mientras insta a Eloísa para que tome los hábitos en aquel convento de Argenteuil bajo la jurisdicción de Suger, donde, tiempo atrás, ella había recibido educación. Y allí tendrá ya ocasión de revelarse, con su buen sentido y su moderación, una notable gestora y conductora de almas.

            Pero tampoco en Saint-Denis –donde aquella cumbre del saber que les llegaba fue acogida, al inicio, muy favorablemente-, consigue Abelardo reprimir el ansia crítica y de reformador que surgía en él, viendo a su alrededor relajamiento del fervor e indisciplina monástica, hasta el punto de que aquel abad Adam que regentaba el monasterio decidió alejarle en una aparente promoción.

Abelardo parte, pues, para instalarse ahora, a 50 km de allí en  el que se cree (según cierta tradición no absolutamente confirmada), que fue el priorato de Sainte-Marguerite de Maisoncelles-en-Brie, dependiente de  Saint-Denis (fuera de los dominios reales y en la Champaña del conde Thibaud II). Y lo hizo con tanta mayor ligereza de ánimo, cuanto que, respondiendo a la demanda de sus discípulos,  contaba en ese lugar retomar sus enseñanzas. Lo cuenta él en Historia calamitatum:

“…Pressé par les sollicitations incessantes des écoliers, et cédant à l’intervention de l’abbé et des frères, je me retirai dans un prieuré, pour reprendre mes habitudes d’enseignement ; et telle fut l’affluence des auditeurs, que le lieu ne suffisait pas à les loger, ni la terre à les nourrir. Là, conformément à ma profession religieuse, je me livrai particulièrement à l’enseignement de la théologie; toutefois, je ne répudiai pas entièrement l’étude des arts séculiers dont j’avais plus particulièrement l’habitude et qu’on attendait spécialement de moi; j’en fis comme un hameçon pour attirer ceux que la saveur de la philosophie avait appâtés à l’étude de la vraie philosophie, selon la méthode attribuée par l’Histoire Ecclésiastique au plus grand des philosophes chrétiens, Origène. Et comme le Seigneur semblait ne m’avoir pas moins favorisé pour l’intelligence des Saintes Écritures que pour celle des lettres profanes, le nombre de mes auditeurs, attirés par les deux cours ne tarda pas à s‘accroître, tandis que l’auditoire des autres se dépeuplait: ce qui excita contre moi l’envie et l’inimitié des maîtres” (“Historia calamitatum”)“…Instado por las continuas solicitaciones de los escolares y cediendo a la intervención del abad y de los hermanos, me retiré a un priorato para [allí] retomar mis hábitos de enseñanza; y fue tal la afluencia de oyentes, que el lugar no era [ya] suficiente para albergarlos, ni la tierra para alimentarlos. Y allí, de conformidad con mi estado religioso, me entregué a la enseñanza de la teología, sin repudiar enteramente, no obstante, el estudio de las artes seculares a las que estaba más particularmente habituado y que mis oyentes esperaban especialmente de mí; y lo convertí en un anzuelo para seducir a aquellos que el sabor de la filosofía había atraido al estudio de la verdadera filosofía, de acuerdo con el método atribuido por la Historia eclesiástica al mayor de los filósofos cristianos: Orígenes. Y como el Señor parecía no haberme menos favorecido para la inteligencia de las Sagradas Escrituras que para la de las letras profanas, el número de mis oyentes, atraídos por los dos cursos, no tardó en crecer, mientras se vaciaba el auditorio de los demás: lo cual excitó contra mí la envidia y enemistad de los maestros”

Y allí permanecerá  cerca de tres años. Es durante ese pacible periodo cuando redacta obras importantes como las glosas “Super Porphyrium”, el “Liber super Periermeneias” (Aristóteles), “Liber super Topica” (Boecio) y también “Tractatus de intellectibus” entre 1120 y 1125. 

Y, en torno a 1119/20,  escribe también “Theologia summi bonni” (“Théologie du souverain bien” / Teología del bien supremo), donde deducía que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son diferentes aspectos del Ser divino, más que personas distintas, con lo cual también el Padre habría sufrido pena de cruz; afirmaciones estas que desconcertaron y que, con parte de su doctrina, la Iglesia condenará por inútiles, heréticas y blasfematorias, en el concilio de Soissons de la primavera de 1121 (areópago al que Abelardo llamará “un conventículo autoproclamado concilio”).

A dicha condena habían coadyuvado decisivamente su antiguo maestro Roscelino (devorado ahora por los celos y queriendo hacer olvidar aquellos sus antiguos “yerros” que le habian costado el calificativo de “triteísta” y su propia condena en aquel otro concilio de Soissons de 1092); y, sobre todo, Bernardo de Claraval.

Él lo explicará en “Historia calamitatum”:

J’étais dévoré par la fièvre de l’orgueil et de la luxure; la Grâce divine vint me guérir malgré moi de ces deux maladies: de la luxure d’abord, en me privant des moyens de la satisfaire; puis, de l’orgueil (…), en m’humiliant par la condamnation au feu du livre fameux dont je tirais particulièrement vanité”Yo estaba devorado por la fiebre del orgullo y de la lujuria; [pero] la Gracia divina ha venido a curarme de estas dos enfermedades, a pesar mío: primero de la lujuria, al privarme de los medios de satisfacerla; y luego del orgullo (…), humillándome con la condena por el fuego del famoso libro del que yo hacía particular vanidad”

Entonces, escribe su “Theologia christiana”, obra más conocida por su epígrafe “Sic et non” (hacia 1123, y que Victor Cousin publicará un día), colección de 158 cuestiones suscitadas a partir de discordancias entre los Padres de la Iglesia, tratando de resolver las oposiciones –que otros obviaban-, acerca de aquellos espinosos temas.

Eloísa y El Paracleto

 Habiendo abandonado aquel priorato de Maisoncelles, fue a instancias de su amigo Pierre le Vénérable (1092-1156), abad de Cluny (ese eminente lugar de cristiandad y de cultura) y en mediocres términos personales con el cisterciense Bernardo de Claraval, como Abelardo se decide a fundar en 1122, a 100 km. al SE de París, no lejos de Nogent-sur-Seine, con la ayuda de sus discípulos, en unos terrenos donados por el conde de Champaña, una comunidad entre religiosa e intelectual, el monasterio a la Santísima Trinidad (germen apenas de lo que pudiera llegar a constituir una nueva orden), que va a llamar “le Paraclet” –el Espíritu Santo consolador e intercesor-,  significativo nombre de lo que era su filosofía. Abelardo enseña aquí hasta 1127 en que parte para Bretaña. Y de esa abadía -expulsada ya de Argenteuil en 1129, por el abate Suger, con muchas de sus hermanas en religión-, Eloísa será la primera abadesa, pronto solicitada por Pedro el Venerable para que aceptara integrar el monasterio en la red filial femenina de la orden de Cluny, a cuya demanda ella no cederá.  

Con el latin erigido en lengua científica general, y con la meritoria excepción de la brillante escuela de traductores de Toledo desde hacía unos decenios, bajo la protección de los reyes de Castilla y Léon, o el foco constituido en Cluny en torno a Pedro el Venerable  su regreso de España (más centrado él en el combate contra Mahoma y el Corán), ya para entonces Occidente había olvidado la lengua que habian ilustrado no solo Aristóteles, sino también el matemático  Euclides, el astrónomo Ptolomeo, o los médicos Hipócrates y Galileo (siendo a través de versiones árabes llegadas de la península ibérica, a su  vez revertidas al latin habiendo pasado por el castellano, como empezaban a llegar los primeros textos de aquella prestigiosa lengua griega), de lo cual era consciente Abelardo, y él instará repetidamente a su esposa y dilecta discípula para que el Paráclito viniera a colmar aquella deplorable carencia.

Refugio de mujeres cultas y centro de erudición importante también en la música sagrada de su tiempo, fue aquel lugar testimonio vivo de cómo la mujer podía elevarse en cotas de intelectualidad.

Con frecuentes visitas a su creación varias veces al año, él se ha retirado –decíamos-, a Saint-Gildas-de-Rhuys (Bretaña, en la diócesis de Vannes), monasterio con dificultades materiales por entonces y que buscaba un personaje poderoso y reconocido. Abelardo será su abad, pero él llegaba con proyectos concretos de orden y regeneración, en unos años en que -dado el relajamiento en las costumbres en que habia caído el clero, tanto secular como regular-, se multiplicaban por Occidente los intentos de regeneración (Cîteaux, Fontevrault, la Chartreuse) y se crean nuevas órdenes.

Abelardo distará mucho de llevarse bien con aquellos frailes indisciplinados y licenciosos, más atentos a su barragana y a sus hijos, que a los actos de devoción prescritos. Y en uno de aquellos vivos desencuentros, insultado y amenazado, viendo peligrar su vida, tuvo que huir definitivamente en 1133 (54 años tenía entonces), para ir a refugiarse en el apacible ambiente de Paraclet, donde escribirá “Historia calamitatum mearum” (“Historia de mis desgracias”), en forma de cartas y con cierta influencia de las Confesiones de San Agustín (Abaelardi ad Amicum Suuum Consolatoria). Y, a petición de Eloísa, también un comentario completo del Génesis, el “Hexameron”; además de componer 130 himnos para la liturgia de la abadía.

La correspondencia entre Abelardo y Eloísa que se conserva comienza en torno a 1135/36, en que él parte para enseñar en París: “Ô, ma soeur, vous qui me fûtes si chère dans le siècle,  vous qui m’êtes plus chère mille fois en Jésus-Christ…” (“Oh, hermana, vos que tan precioso tesoro me habéis sido en el siglo, vos que me sois mil veces  más preciosa en Jesucristo…”) . Y ella le escribirá en algún momento:

“Ces plaisirs de l’amour que nous avons partagés assidûment m’ont été très doux, au point que je ne peux en éprouver de déplaisir, encore moins les effacer de ma mémoire”.“Esos placeres del amor que compartimos asiduamente fueron muy dulces para mí; hasta el punto de que no puedo sentir disgusto [al evocarlos], y menos aún borrarlos de mi memoria”.

Persecución y condena. Sus ultimos años

Abelardo –una de las primeras figuras él de profesor urbano-, ha retomado, pues, su enseñanza en la colina Sainte-Geneviève. Y, para neutralizar la enseñanza de su rival, también ha venido a París Bernardo de Claraval, el  “doctor melífluo”, el de la boca de miel, cazador de almas y vocaciones, que despliega, sin mucho éxito entre los estudiantes, su sabia predicación.

 Y escribe también Abelardo una “Teología para estudiantes”.

Pero Bernardo de Claraval, con una lista de supuestas herejías empapadas de escepticismo y racionalidad, va a obtener una nueva condena contra este “novateur” en aquel concilio (de hecho, simple sínodo local) solicitado por el profesor a fin de poder explicarse ante el carismático fraile, y que se abría el 2 de junio de 1140 en aquella catedral de Sens, cuya construcción hacia el gótico acababa apenas de iniciarse. Entre otros eminentes eclesiásticos, estarán presentes Gilbert de la Porrée (Gilberto Porretano), futuro obispo de Poitiers en 1148 y que será condenado él mismo, por otros motivos, en posterior concilio, e igualmente el romano Jacinto Bobone (único defensor de Abelardo), un día papa Celestino III (1106-[1191-1198]).

Abelardo y su lucha con San Bernardo
Abelardo y su lucha con San Bernardo

Y en aquel sínodo, verdadera trampa y emboscada (“souricière”, según Pierre Aubé, “traquenard”,  según Jacques Verger), junto con Arnaldo de Brescia su discípulo, Abelardo fue condenado por once de sus tesis sacadas de sus obras,  a pesar de la defensa que el acusado hará de sus posiciones, de la recusación de aquel sínodo para juzgarle y de la apelación a Inocencio II, haciendo el penoso viaje de Roma a sus 62 años. Pasará por Cluny cansado y enfermo, y no continuará camino.

Inocencio II acabará también condenándole por rescripto de 18 de julio de 1141 y ordenando su ingreso en un convento.

Será en el priorato cluniacense de Saint-Marcel (alrededores de Châlons-sur-Saône), que Pedro el Venerable le propuso al papa para su amigo. Después de haber concluido un “Dialogus inter philosophum, judaeum et christianum”, allí morirá maître Abélard, finalmente, el 21 de abril de 1142, a los 63 años, después de que Pedro hubo conseguido –al parecer-, el cese de las sanciones que pesaban sobre él y un inicio de reconciliación con Bernardo de Claraval.

Y sus restos fueron llevados al Paracleto, según él había expresado. Su esposa mandó grabar sobre su tumba: “Ci-gît Pierre Abélard, le seul qui connut tout ce qui pouvait être su” (Aquí yace Pierre Abélard, aquel que conoció todo cuanto podía saberse).

Monumento a Abelardo y Eloísa en el cementerio Père Lachaise (BnF)
Monumento a Abelardo y Eloísa en el cementerio Père Lachaise (BnF)

Y allí vendrá también el cuerpo de Eloísa,. 22 años después, cuando ella muera en 1164; y de esta mujer superior se acordará aún François Villon, tres siglos después, al evocar a “la très sage Héloïse” en su balada de “Les dames du temps jadis”.

 La osamenta de ambos esposos permaneció en el lugar durante 650 años; llegó la Revolución y el convento se vendió como propiedad eclesiástica que era; posteriormente y durante poco tiempo, en la iglesia de Nogent-sur-Seine, y diecisiete años en el convento de los “Petits Augustins” de París, para terminar, en 1817, en el cementerio del Père Lachaise (recientemente inaugurado en 1804), bajo un mausoleo que el conservador Alexandre Lenoir mandó erigir para ellos, y adonde vendrá Lamartine a recogerse sobre aquellas “âmes aimantes, séparées par (…) l’inflexibilité du monde” (Lamartine: “Héloïse et Abélard”, 1859).

De Paraclet sólo subsisten hoy los muros.

                                                                      *

Su aportación

Pedro Abelardo desempeñó un papel relevante en el debate de los UNIVERSALES al que se ha aludido más arriba -¡el gran problema ontológico de todas las escuelas del Medievo!-, oponiendo lo universal (aquello que se predica común a todos los individuos de una totalidad) a lo particular, como lo abstracto a lo concreto. ¿Tienen los géneros y las especies existencia real, o son puras concepciones de la mente? ¿Tiene el género una existencia separada de los individuos? Abelardo critica el realismo de Guillaume/Guillermo de Champeaux (1070-1120), universalia per se,  ante rem (¡Sócrates y Platón son sólo manifestaciones de la humanidad, es el género humano el que existe en ellos!), sin por ello llegar a adoptar el nominalismo de un Roscelino de Compiègne, que sostenia que género y especie no son nada fuera de las individualidades, que sólo ese árbol que veo en mi jardin existe, y el cisne blanco en el lago, y también los individuos Sócrates y Platón, no la “arboreidad”, ni “la blancura”, ni la “humanidad”, simples palabras, meros soplos de voz, nomina, “flatus vocis”, simples categorías mentales.  

Con Roscelino, precisamente, vino a tener Abelardo una agria confrontación por los años de Maisoncelles, de la que ha dejado vestigio una ofensiva  y amenazante carta del primero, de esta época, en respuesta a otra anterior de nuestro filósofo, de similar acerbo carácter, y hoy perdida:

“Tu as envoyé une lettre débordante de critique contre moi, fétide des inmondices qu’elle contient, et tu dépeins ma personne couverte de taches d’infamie comme des taches decolorées de la lèpre. Rien d’étonnant si tu te livres à des furieux transports dans tes propos honteux contre l’Église, toi qui t’opposes si violemment par la qualité de ta vie à cette sainte Église. Cependant, j’ai décide d’ignorer ta présomption, car tu n’agis pas ainsi après réflexion, mais poussé par l’immensité de ta douleur. Et, de même que le dommage subi par ton corps et dont tu te lamentes est irréparable, de même la douleur par laquelle tu t’opposes à moi est inconsolable. Mais tu dois craindre la justice divine: la queue de ton impureté, avec laquelle auparavant, tant que tu en avais la possibilité, tu piquais sans discernement, t’a été à bon droit  coupée; prends garde que ta langue, par laquelle tu piques actuellement, ne te soit pareillement enlevée. Avant, en piquant de la queue, tu ressemblais à une abeille, tandis que maintenant tu piques de la langue et ressembles au serpent”“Has enviado una carta desbordante de crítica contra mí, fétida de las inmundicias que contiene, y describes mi persona cubierta de manchas de infamia, como las manchas descoloridas de la lepra. No es de extrañar si te entregas a furiosos delirios en tus vergonzosas declaraciones contra la Iglesia, tú que tan violentamente te opones a esta santa Iglesia, por el tipo de vida que llevas. Y, sin embargo, he decidido ignorar tu presunción, porque no actúas así habiendo reflexionado, sino llevado por tu inmenso dolor. Y, del mismo modo que es irreparable  el daño que has sufrido en tu cuerpo, del cual te lamentas, así es inconsolable el dolor con el que te opones a mí. Pero deberás temer a la justicia divina: la cola de tu impureza, con la que antes picabas sin discernimiento, mientras tuviste la posibilidad, te ha sido cortada justamente; cuidate de que tu lengua, con la que picas actualmente, no te sea arrancada de igual manera. Antes, picando con tu cola, parecías una abeja, mientras que ahora picas con la lengua como hace la serpiente.

La posición  de Abelardo ha sido calificada de “conceptualista”, al afirmar que, si bien los universales carecen de existencia objetiva, si la tienen subjetiva; lo que es real debe ser individual, y sólo a partir de los singulares se puede dar verdadera ciencia.

Abelardo -una de las primeras figuras de su tiempo en filosofía, lógica y fundador de lo que podría considerarse escolástica racional-, fue un “dialéctico“, que reflexionó desde la lógica y sobre el problema del lenguaje (“Dialectique” y “Glosulae super Porphyrium”, en torno a 1121 o 1122, donde critica el realismo). De él existen cuatro lógicas: “Introductiones parvulorum”,”Logica ingredientibus”, “Logica nostrorum petitioni sociorum” y, sobre todo, la “Dialectica”.

Es también autor de tratados teológicos, como su “Introductio ad Theologiam” (acerca de la Trinidad) y de una obra autobiográfica, la “Historia calamitatum”, ya citada, esencial para el establecimiento de su biografía.

Y no fue menos original en sus concepciones éticas: Lo que ya en la patrística se admitia sin discusión -a saber, que la cualidad moral de una acción radica en el conocimiento de ella, en la voluntad de ejecutarla y en la libertad-, se habia ido desdibujando:

Así, si de mi acción ha resultado la muerte de un semejante, aun sin intención de matarle, ni conocimiento claro de los efectos de lo que hacía, o sin la plena latitud para actuar de otro modo, el resultado jurídico era lo decisivo. Bien es verdad que la Iglesia se venía pronunciando contra esa práctica primitiva de origen germánico, de tan extremado pensamiento, pero el antiguo uso seguía en la mentalidad de la época.

Abelardo distingue claramente entre voluntad (intentio, consensus) y obra externa (opus): el cazador que dispara una flecha en el bosque contra un animal y casualmente mata a un hombre, o el que se casa y yace con su hermana sin conocerla como tal, no cometen pecado. Si todo está en la intención y en el consentimiento, la acción pecaminosa misma carece de sustancia de pecado (nullam esse substantiam peccati); pero el paso siguiente sería sostener que basta con que la intención sea buena, para que la obra lo sea. ¿Podría bastar una conducta moral que sólo se preocupe de la intención? Esta no puede tener valor absoluto, porque no es más que el camino hacia la acción propuesta; sin la obra a la que tiende, la intención resulta vacía. Una moral que sólo cuide de la intención interior corre el peligro de reducirse a subjetivismo. Y Abelardo quiso evitar ese peligro: él comprende su influjo, pero no cae en el puro subjetivismo. Y es significativo el hecho de que se retractara de aquella su primera opinión de que los judíos no pecaron al crucificar a Jesús.

      No obstante su nueva valoración de la subjetividad, él se mantuvo en la línea tradicional como todos los escolásticos.

Fue, sobre todo, el método dialéctico del Sic et non de Abelardoel que hará escuela, marcando los inicios de la metodologia y del pensamiento escolásticos.

                                                          *

Abelardo, cuya influencia va a ser grande en la escolástica posterior (cuando esa metodología alcance su culmen en los siglos XIII y XIV con la reintroducción de Aristóteles), creyó en ese poderoso instrumento que era la razón, iluminada por la fe (por lo que su figura será altamente reivindidada durante la Ilustración del s. XVIII), y tuvo entusiastas discípulos y seguidores luego ilustres, como Arnaldo de Brescia (1090-1155), de revolucionarias ideas sobre la reforma del clero, la pobreza de la Iglesia y su lugar en el mundo, y que acabará en la hoguera; a Pedro Lombardo también (1100-1160), y al joven Jean de Salisbury (1115-1180), un día obispo de Chartres.

Desaparecido Abelardo, la falta de empuje y la obediencia de Lombardo y de Salisbury no conseguirán mantener enhiestas las enseñas del nominalismo y el conceptualismo, avasallados ahora por el realismo que entonces defendía la Iglesia.

  Y contó igualmente Abelardo con detractores que le odiaron, sentimiento contra él que su apasionado temperamento no podía venir a aplacar.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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